CAPITULO XVI
Quince días después, a pesar de mis torpezas, me hallaba en
cabal convalecencia. Había sido necesaria una constitución de acero
como la mía para burlar a la muerte. Me sentía mejorado
poderosamente en mi salud, y tenia ansias de vivir.
No se me escapaba que el tiempo es un revelador de verdades que
nada reconoce, y confiaba en que ese tiempo me sabría sincerar al
fin.
Mi primer anhelo fue ir a casa de Inés.
-No lo debes hacer aun, dijo mi madre. Tu presencia la puede
causar una emoción que bien sabes, la podría agravar. Cuando se
halle en un estado mejor de salud, no solo permitida sino necesaria
se te ahora: ahora no.
-¿Esta, pues, muy mal? Pregunte.
-No, no esta muy mal ¿pero no depende del buen régimen su
salud?.
-¿y su enfermedad……………..?
-es curable, me contesto.
-¿y sus vómitos de sangre…………?
Mi madre me lanzo aquí una mirada demasiado penetrante, pero yo
la esquive.
-Un vomito que se dice hubo, fue ocasionado por una hematemesis,
según afirman los médicos, me replico.
-¿y que es una hematemesis?
-Una afección ocasionada puramente por desorden en
digestión.
-¿Nada más?
Fuese por una u otra causa, yo seguí el consejo de mi madre, y
así, sin visitar a Inés me lance a las calles. De que manera me
miraban todas las gentes, parecía que en mi frente se hallaba
escrito un código de moral bastante espeluznante para que así se
sorprendieran con mi vista las más prudentes me esquivaban sus ojos
como para hacerme creer que no tenían noticia de mi presencia, y
evitarse así el disgusto que esto les causaba.
¡Qué amargo era aquello¡ volví a mi casa triste y avergonzado,
me puse a recorrer todos sus aposentos, a contemplar el lugar en
que Inés venia a orar con mis padres, y a recordar tantas cosas
sucedidas allí. Conté mis libros no faltaba uno tan solo; salí al
huerto; era el mismo: remolachas, garbanzos y todos frescos y
lozanos; pase a jardín, siempre igual; magnolias muellemente
adormecidas, claveles y rosas que como gotas de sangre salpicaban
las eras, amapolas que se doblegaban como cansadas de aguantar sol,
guarda rocíos que convidaban a refrescar y aves que enredándose en
las frondas no dejaban de lanzar bastantes trinos. Sin embargo,
aquello me entristecía. Subí a mi cuarto otra vez: me aburrí.
Caminé a la sala, la misma de siempre. Sillas y taburetes franceses
de maderas teñidas de negro, yacían colocados simétricamente sobre
el tapiz rojo de pavimento, sirviendo como de guardianes a una
cuantas mesas chicas cargadas de frondosas violetas y josefinas
derramaban una lluvia insaciable de perfumes; en los ángulos habían
las mismas estampas que yo había dejado de partir, las mismas
tarjetas postales, la misma ornamentación; y en la paredes, más
elevada que unos cuantos espejos de cristal con marcos dorados y
forma aovada, los retratos de mi madre y mi padre , y aun el mió
propio se destacaban solemnes y graves en aquel recinto. Los
contemple detenidamente. Mi madre estaba allí con su rostro sereno,
con sus mejillas rugosas pero sonrientes con sus cabellos canos,
con su frente espaciosa, con sus ojos no muy negros pero tiernos y
dulce como siempre, con su nariz un si es no es grande, con su boca
ligeramente contraída pero en cuyos labios de grosor y dimensiones
proporcionales a su rostro flotaba algo con una sonrisa diáfana,
con su barba un tanto pronunciada y por sobre todo esto con su
pañolón negro que le cubría la parte posterior de la cabeza y
descendía por sobre el cuello para venir a arropar luego sus
hombros y su pecho. Así estaba. Mire el de mi padre. Siempre su
presencia me infundía un respeto acervo. Era su rostro un tanto
lleno, su cabeza calva, su frente espaciosa, su mirada sumamente
penetrante, su nariz más bien achatada, su boca regular, su bigote
tupido aunque bastante cano, llevaba el pelo de la barba mas bien
largo, casi hasta cubría la pechera de la camisa, el cuello de esta
doblado en las esquinas, corbata negra de lazo y levita de anchas
solapas adornadas con peluche toda ella marcialmente abotonada.
Mire el mio. Cuanta diferencia para como ya me hallaba allí estaba
robusto, lleno de vida. Mis mejillas rosadas, mis ojos vivaces, mi
frente serena, cabellos negros, cejas pobladas, nariz algo
semejante a la de mi padre, boca muy grande, mis labios ligeramente
grueso, bigote que apenas principiaba a despuntar, cuello de la
camisa cerrado adelante, camisa blanca cruzada y chaqueta negra de
solapas no muy grandes, eso era mi retrato. Pero yo ya no era
aquel. Mi rostro se había desfigurado mucho, había cambiado
poderosamente, mis mejillas ya no eran llenas ni rosadas, sino
curtidas y escuálidas en vez de la sombra de bigote que antes
lucia, llevaba ahora grandes mostachos y en ves de mis cabellos
alisados me encontraba con unos largos desgreñados repugnantes.
¡OH! Que cosas las de la vida, sentí tristeza y no pudiendo
resistir su vista mire a otra parte.