CAPITULO XV
Nada supieron por lo pronto mis padres de la furtiva y
desgraciada visita que yo había realizado; a saberlo ¿Cuánta
alarmar no habría debido suscitar?
El día amaneció y yo supe callar, sin embargo, el mediodía hube
de aventurarlo todo otra vez. Llame a mi madre, y la dije:
- ¡quiero hablar ahora mismo con don Cesar, el padre de
Inés!
La sorpresa era natural para que yo no la esperase, y así que
sin titubear, agregue:
- ¡Es necesario, madre! ¡no debéis guardar ninguna dilación!
El tono imperativo y atrevido de mis palabras decidieron a la
anciana, y sin decir una sola frase, ella salio a comunicar a mi
padre mi deseo.
El efecto no se hizo esperar. Don cesar se presento, y yo
afronte el momento con dignidad.
-Me creéis, señor, el asesino de vuestro hijo-le dije-juradme
que nada revelareis, excepto en vuestra casa, y os confieso la
verdad.
Algo como la majestad del silencio se cernió durante un corto
intervalo en aquel cuarto de enfermo, y corrió como una ola de
misterio-empapando las paredes. Don Cesar exclamo al fin:
-¡Lo juro!
Sin preámbulos de ninguna naturaleza le hice verdadera
exposición de lo que en aquel día aciago había pasado. El buen
viejo me miro con ojos enternecidos y salio. ¿Creyó lo que le dije?
¡Quien sabe! Yo le vi. marchar sin aquella alegría que mi
revelación le debía causar, sin lanzarme una de esas miradas
complacidas que marcan la reconciliación;
Mis padres entraron. Tan ansiosa fue la mirada que me
dirigieron, que no la pude resistir. Mi padre valiéndose de un
rodeo intencional. Me pregunto si era cierto lo que se decía de mí.
Yo refute inmediatamente su suposición, cosa que hizo que mi madre
se arrojara en mis brazos, murmurando con voz que traspasaba:
-¡Si! ¡Tú no fuiste! ¡tu no fuiste! Pero la dulzura de sus
palabras fue deshecha por un rumor de mi padre, que solo admitía
esta traducción.
-Y si tú no fuiste ¿Quién fue?