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CAPITULO XIV

 

Seis días después de los sucedido lo que se acaba de encontrar, a tiempo en que yo me encontraba solo, enteramente solo en mi cuarto, Simona, la buena criada de casa, se presentó en el. Era la misma de siempre. Sobre su curtido rostro de cincuentona lucia las mismas arrugas, la misma expresión, la misma simpatía que tenia cuando yo me había ido para la guerra, sus cabellos negros y cortos recogidos por una especie de toca formada por un a pañuelo rojo que anudaba en su cabeza, allí estaban; sus ojos vivaces, inquietos, no habían cambiado; un diente que en su boca llevaba y que en vano trataba de ocultar cuando conversaba, cuando reía, allí se mostraba con su gentileza, con su donaire; su chaqueta de medio-luto, con sus gruesos botones de concha y sus anchas mangas remangadas, tampoco había querido cambiar ni menos su basquiña de saraza morada, ni su delantal de lienzo crudo, ni sus gruesos zarcillos de oro que yo le había regalado. Era la misma de siempre. Al verme tuvo sonrisas de sierva agradecida y palabras amorosas para mi alma; pero luego, resolviendo sin duda algún recuerdo lúgubre en su mente murmuró:

-D. Juan ¿ Usted para que se fue a guerrear?

Yo corte aquella interrogación, y prorrumpí:

- no lo preguntes : dime que hay de Inés

La infeliz sirvienta volvió sus ojos a otra parte y exclamó

-pues… ¿no lo sabe?

-¡No¡ - la dije sin interrupción

-¿ni sabe lo que dicen de usted?

-¿Ah? Estaba en el terreno: los velos se rompían se deshacían los misterios

-¿A que otra cosa podía hacer alusión Simona más que a la noticia de la muerte de Carlos?

Temblé.

-¿Qué dicen? - pregunte con desvarío; pero la criada se atemorizó y quiso enmudecer.

--¡habla! Hube que repetir, pero cuando lo creí que lo iba hacer, no hice más que presenciar lo que tantas veces hasta allí había contemplado: llanto

- ¡Maldición! Exclamé.

-Pero señor, si hablan tanto las gentes ¿Cómo no hemos de llorar? ¿No aseguran que si fue usted?

-¡Retírate! Le dije y la infeliz salió.

Desde aquel momento la lasitud, el odio a la vida, el despecho más acervo, gravitaron en mi alma, no se como, pero pronto supe que mis soldados, aquellos compañeros de fatigas eran los que de tal modo me favorecían ante la sociedad. ¿Que esperanza para mi? Eran ellos los que confirmaban la muerte de Carlos. Ellos quienes testificaban su fusilamiento, ellos los que decían que yo era su matador y los hacían ponderando mi excepcional sangre fría mi arrojo mi denuedo. Más luego formulé un proyecto en mi cabeza, y me propuse realizarlo aquel mismo día. Yo sabía que la familia de Inés no visitaba a mis padres desde mi regreso de la guerra, y sabía también del dolor de que eran victimas estos pobres seres por los dichos que acercan mi conducta circulaban. Era pues necesario destruir todos aquellos prejuicios y aseveraciones y poner en su punto la verdad. ¿Más como?

De una manera bien sencilla, según a mi me parecía la noche había llegado y las bujías fueron encendidas, yo contaba las horas, los minutos y con la luz que las lámparas derramaban trataba de sorprender aun la misma revolución del instantáneo de mi reloj.

Al fin dieron las 9 de la noche. Mi madre, abrumada sin duda por aquellas largas horas de vigilia que con mi enfermedad había sufrido, se recostó en una cama que se encontraba cerca de a la mía, y se quedó profundamente dormida. Yo fingí hacer lo mismo, y con esto, Simona, que acostumbraba velar hasta bastante tarde, salió con paso mesurado de mi cuarto y cerró sus puertas sigilosamente. Aproveche la oportunidad, me vestí apresuradamente, me cale una espesa capa, y sin hacer ruido me arroje fuera de mi lecho. A través de los cristales de las ventanas, percibí la calma poderosa que reinaba aquella noche sobre la población. El cielo estaba luminoso y daba tintes de claridades vagas a las casas, a las torres, y también a las colinas. Las calles se percibían claramente.

Pase con sumo cuidado cerca al lecho donde mi madre reposaba. Al verla así tan quieta, tan callada, tan solemne., quise estampar un beso sobre su frente, pero temí despertarla y hube de desechar esa intención. Apague las luces encendidas y salí.

Era el aire que soplaba demasiado frío, y las calles se encontraban pantanosas. Temí, vacilé un instante y luego….. avance. Sin embargo, pronto principié a darme cuenta de mi remedad. ¿Qué era lo que iba hacer? ¿ a visitar la casa de Inés a aquellas horas? ¿y para que?

Pronto mis miembros también flaquearon, el rocío que caía me amareaba, y hube de recostarme fatigado contra el cancel de un portón. Repose un momento, y continué. Creí no llegar, creí ver frustrados todo mis deseos, creí que aquello iba a deshacerse, y no obstante, tras luchas fatigosas, tras angustias increíbles, me encontré en los umbrales mismos de la casa que buscaba, una de las puertas que daban a la calle se hallaban entreabiertas y tembloroso, mas de lo que es de suponer, me lance al interior. La presencia de algunas luces me indico que todos sus moradores no dormían y esto me consoló. Seguí avanzando con paso cauteloso, recorrí un corredor, tome una escalera…………

- ¿Quién va ¿ dijo una voz.

Sentí deseos de huir, pero en el momento una figura se interpuso a mi paso. Exclamando:

- - ¿Qué quiere Ud?

Las palabras las palabras me faltaron, no supe que decir, el cielo con la tierra parecía que se juntaban y un mundo abrumaba afortunadamente en ese instante- ¿ud aquí?

Rápido como el relámpago volví mi vista atrás, y pude contemplar, no sin sorpresa que era D. Cesar, el mismo padre de Inés el que tales palabras pronunciaba, sus brazos se encontraron con los míos, y en un apretón solemne, nuestros cuerpos se estrecharon. Después………yo fui introducido a uno de los cuartos interiores en medio de un silencio extravagante, silencio apenas interrumpido por los débiles cuchicheos de unas cuantas persona que yo conocía, cuchicheos que pude traducir y cuyo significado no era para mi un enigma verdadero-¿Esta loco! ¡Este loco! Se decían. En realidad ¿no lo estaba?. Claro que si. ¿Qué otra cosa podía a verme llevado a aquel lugar? No obstante, era necesario probar lo contrario ¿y de que modo? ¿Preguntando por Inés? ¿y en donde estaba ella? Trate de imaginarlo. ¿Por qué tanta gente allí? ¿Estaba enferma? Si……..lo debía estar ¿no era lo que yo debía suponer?

-¿estaba enferma? - si, lo debía estar:

D Cesar me miraba de arriaba abajo, y yo notaba, en el algo que me escocia. ¿Por qué? De pronto, en medio obligado que nos rodeaba, un acento agudo, pavoroso, aleteo por toda la casa, y mi nombre, brotando como una saeta de fuego que se escapa de un abismo, vino a morir intempestivo en mis oídos. D cesar salio por una de las puertas que teníamos al frente y yo casi hice lo mimo. Pero ¡OH! Mi vista se horrorizo, mis ojos se extraviaron y mi espíritu como herido por un rayo, huyo de a aquel lugar al contemplar a Inés, en el lecho de su cuarto, hecha su boca un cuajaron de púrpura y el pavimento una sabana de sangre. Nada me detuvo; solo, ya en la calle, vacile un momento al oír el alto dado por uno de los cuartos de ronda que se encontraban aquella noche. Después………..nada oí. Solo recuerdo que ese mismo cuarto de ronda se despidió de mí en las puertas de mi casa, que entre trémulo y sombrío a mi aposento, y que así, sin encender una luz ni desnudarme de traje, en mi lecho me arroje.

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