CAPÍTULO XII
Algo como una romería de espectros ó la ondulación de una
caravana de seres borrosos, informes, fue lo que principió a
ponerse en marcha, después de apurar unos cuantos sorbos de agua de
panela con masatos de maíz, a los primeros resplandores de la
alborada del siguiente día.
Los vítores poblaron por unos momentos aquellos lugares que
íbamos a dejar, pero pronto principiaron a revolverse en todos
nosotros recuerdos más o menos entristecedores, hondas nostalgias y
amargas melancolías que congelaban los acentos festivales en
nuestros labios.
Los árboles, agitando sus hojas secas lúgubremente, parecían
quejarse de nuestra indolencia, echarnos en cara que ya sus troncos
no produjeran ramos floridos por la crueldad con que los tratamos.
Flotaban brisas que eran gemidos, acordes misteriosos de la
naturaleza que recordaban el canto de las plañideras en frente de
los sepulcros. Apenas si las aves sorprendidas con nuestro
movimiento, se levantaban emperezadas agitando tímidamente la gasa
de sus plumas, y como un clamor de labios enfermos daban al aire el
rumor de sus melodías. De todas partes salían a contemplarnos
hombres y mujeres pobremente vestidos, cuyas alabanzas no se sabía
si eran gritos de amargura, pues en ocasiones los veíamos
llorar.
La franja de rosa que dibujaba el Oriente se fue tornando
grasosa, y una luz como de ojos circundados por azules ojeras
invadió por unos momentos las plateadas moles andinas, al paso que
los valles se envolvían como en un sudario de pesares.
Los ecos que nos asediaban lanzados por nuestros mismos
compañeros ponían rienda al frenesí que tratara de agitar nuestras
almas, y estábamos obligados a recordar, aunque no lo quisiéramos,
que de aquellos fornidos y robustos mancebos que entraron cantando
a aquellos lugares, no regresaban sino unos cuantos que habían
resistido valerosamente una lucha de tantos años. Tras de nosotros
quedaban aquellos compañeros de nuestros primeros días, dormidos,
velados por el ala de la muerte en aquellos campos yermos y
sombríos. Allí yacían confundidos mártires y miserables héroes
olvidados, guerreros a quienes debía faltar un cantor que
rememorase en estrofas inmortales la magnitud de sus hazañas,
todos, todos caídos en nombre de una causa que creyeron restañaría
los sufrimientos de la Patria.
- ¡Ay! ¡quizás felices ellos! Le oímos exclamar a una infeliz
mujer que nos acompañaba, y cuyo hijo había quedado
allá……….allá……..confundido con las
cenizas de los otros.
- ¿Qué se hizo el prisionero costeño? Me preguntó en éstas
Esteban.
- Lo dimos libre.
- ¡Gracias a Dios! Respondió religiosamente el pobre negro.
- ¿Qué pasa atrás? Murmuré al ver un desordenado pelotón de
soldados.
Volví la brida a mi caballería, y corrí a informarme de lo
sucedido.
¡Oh! Uno de aquellos enfermos que miraban acá lejos las azules
montañas tras las cuales la madre o la esposa les esperaban con
anhelo soberano, uno de aquellos que comprendían que esa dicha
quizás no la lograrían pues sus miembros vacilantes se negaban a
traerlos por donde antes habían pasado fornidos y vigorosos,
acababa de desprenderse de su cabalgadura, presa de un acceso de
hemoptisis, y ahogado con aquella espuma de sangre que de su pecho
brotaba, era recibido cadáver por sus camaradas, sin haber
alcanzado a pronunciarse más que éstas palabras:
-¡Oh………mis hijos………mis
hijos!