INDICE




CAPITULO XI

 

Desde el principio de la revolución la familia de Carlos había sabido que este había ingresado a al contienda, y tenía constante conocimiento de su vida, de sus percances y de sus hechos, ya por cartas enviadas por el, ya por otras particulares.

En vano indagaban por una y otra parte, pues ninguna nueva adquiría, llegando al fin a temer que hubiera muerto en los combates o bien en el patíbulo. Veinte días después del combate de V. cuando ya nosotros nos hallábamos en Mariquita, llegó otra carta de aquella adorada mía, en la cual se leía lo siguiente:

"Es imposible definir la angustia que nos domina, y los hondos sufrimientos que en los últimos días hemos tenido que sufrir. Veo que el regreso de ustedes no se realiza, que tarda más de lo que presentíamos, y también ¿Para que ocultarlo? Que a diario nos cuentan cosas que aunque imposibles de creer, no por eso dejan de afectarnos dolorosamente. Hacía días que nosotras no teníamos conocimiento alguno del paradero de Carlos, y han hecho circular la noticia de que ha muerto. Más como abrigarnos la esperanza de que U. pueda darnos algunos informes positivos que nos ilustren en este punto, me atrevo a suplicarle, en nombre de cuanto haya más sagrado, se digne contarnos lo que sepa sobre el particular"

Fácil me era suponer qué clase de versiones correrían referentes a lo que Inés lamentaba en su carta ¿pero cómo hubiera podido imaginar que esas versiones estuvieran confirmadas por una comunicación de Luís, que había vuelto ya al bando revolucionario, como lo supe más tarde? Era cierto que él no decía quiñen había muerto a su compañero de armas, pero daba datos para la averiguación. Inmediatamente le enviaron una petición para que contara todo lo que supiera sobre ello, en tanto que Inés, valiéndose de rodeos más o menos intencionados, me interrogaba a mí.

Yo, que aspiraba a hacerla saber con mis propios labios la verdad de caso, y que esquivaba también que mis superiores llegaran a tener conocimiento de mi conducta, cosa que hubiera dado lugar a que se me juzgase de una manera peligrosa, me contenté con decirla que sabía de manera positiva que él estaba sin ninguna novedad en las filas de la Revolución, como lo había sabido por el testimonio de algunos prisioneros. Creí que esto fuera suficiente, y me engañé. Carlos no había logrado -como lo supe mucho tiempo después- volver a encontrar a su amigos de campaña.

Mi carta llegó a tiempo de la contestación de Luís. Formaban éstas un verdadero contraste entre sí. Aquel mi amigo de otros tiempos, tras una breve exposición de lo que es la guerra y de lo que uno está obligado a hacer aún con los hermanos, y más allí donde sin duda yo no tenía conocimiento de que aquél fuese una persona por quien yo me debiese interesar, concluía diciendo que en verdad yo era su matador.

En tanto, la Revolución perdía terreno cada día. Muchos de sus jefes principales caían y otros deponían las armas para acogerse al decreto de amnistía promulgado por el Gobierno. Así que una tarde en que nos solazábamos en D. comiendo carne de vaca acompañada de papas y alguna sopa de arroz, se nos comunicó que al día siguiente emprenderíamos viaje a nuestras montañas. ¡Qué alegría entonces la nuestra! ¡Qué gritos de jubilo aquellos que poblaron en esas horas los lugares donde tanta angustia habíamos visto correr! Los cantares rudos pero sentidos, los bailes nacionales, todo se revolvió en aquel momento memorable. ¡Soñábamos con la manera como íbamos a se recibidos por nuestras vírgenes, con las flores con que alfombrarían nuestro sendero, con las coronas que nos habrían de ceñir! ¡Ah! Yo que iba a ver a Inés a poco, a decirle que yo había salvado la vida de su hermano a riesgo de la mía propia, como él mismo lo podía corroborar, me estremecía de placer! ¡Quién hubiera podido prever lo que me esperaba!

anterior | índice | siguiente