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CAPITULO II

 

LA DESPEDIDA de, mis padres fue una despedida amarga, una despedida singular, .Y no obstante, así, tenía que serlo. Mediaban bastantes circunstancias para que pudieran suceder de otra .. Manera. Por una parte, para mí no era un misterio el amor que prodigaba á Inés, .Y por otra, parte el corazón de mi padre hervía un hondo desafecto por la revolución que había estallado. Desde mucho antes de ésta presentarse, con una claro videncia que en él debía de parecer rara, seguía los pasos de una manera que eL tiempo confirmó en mucho. Varias veces le oí decir, al leer Los periódicos de la prensa nacional, principalmente El Autonomista, que no se explicaba cómo era que un Gobierno qué se decía tan amante de la paz y de las instituciones no trataba de ponerle freno al lenguaje instigante de algunos revoltosos, y de echarle mano con especialidad al General Rafael Uribe, Cabecilla, que tarde que temprano había de producir un gran trastorno en el país; y así! en sus conjetura, llegaba hasta afirmar qué la , colecta que los liberales habían abierto para erigirle un monumento al General José Hilario López, la habíamos de probar muy ponto todos los colombianos en fusiles y demás elementos de guerra. Por estas causas, pues, por el temor de ver perdida su fortuna que él había conquistado a fuerza de luchas y ahorros, y más que todo, por el temor de verme comprometido a mi en semejantes revueltas, él tenía que ver con ojos irritados cualquier trastorno social que se presentase; pero, cuándo ¡a vio que lo último era inevitable puesto que cediendo yo á ciertos arrebatos de mi orgullo, me había enrolado en uno de los cuerpos que aquí se formaban á favor del Gobierno, su' enojo estallo en grado tan superlativo que me fue' imposible tratar le volver alcanza hasta que su cólera se hubiese apaciguado por completo. Simona, una e buena negra sirvienta de nosotros, me mantenías al corriente de lo que sucedía, y me detallaba minuciosamente la tristeza que en mi pobre madre se albergaba. Así las cosas, el momento de marcha había llegado era imposible que pudiera sustraerme á su despedida. Sin llamar al portón, me presenté. Mi madre, que sabía; ya, los preparativos de viaje, lanzó un grito de amargura al percibirme.

Mi padre me arropó con una mirada. Penetrante, y exclamó con cierto desdén que avasallaba:

-¡OH, mi General, cómo vamos!

-Nos vamos-contesté-vengo á decirles adiós.

-Es claro-repuso él, y volviéndose á otra parte, me pareció ver que-enjugaba algo que corría por sus mejillas.

Ya en estas mi madre, sollozando tristemente, me estrechaban entre sus brazos, diciéndome:

- ¡Ya no hay remedio!¡Dios lo ha dispuesto a sí! Quiera él que si algún día vuelves, nos encuentres vivos. Por ahora, parte y que se cumpla su santa voluntad; y cuando sobre mí derramaba su bendición de madre, mi padre se me acercó también, y me dijo:

- Si ya no hay remedio, parte pero sabe que á la guerra se va á pelear, no á cometer tropelías. Que nunca tengamos que avergonzarnos de lo que tú hagas. Al volver mi rostro encontré con el de la negra Simona, la cual tampoco podía contener sus sollozos. La di un abrazo y salí.

Al llegar al cuartel, los capitanes de la tropa gritaron firmes á sus respectivas compañías, y á la voz de mando del Coronel, el Ejército principió á ondular Y á moverse como un pólipo que despierta. Las cajas de guerra y las cornetas entonaron alegremente una marcha marcial las bestias piafaron, y del toda , partes brotó, como un grito lúgubre que se escapa en medio de un torneo de púgiles, esta frase penetrante con que se despedía á la tropa al ver que destilaba:

El Ejército principió á moverse......

-¡Adiós, que les vaya bien, que no tengan no - vedad! y en medio de las luces matinales que caían, del traqueteo que formaban los cascos de las bestias en los empedrados y de las miradas anhelantes que se derramaban sobre nosotros desde puertas, y ventanas,. mi espíritu se contrajo un breve instante, y haciendo recuentos del pasado y remembranzas del presente, pareció reunir en un solo afecto todo lo que en esta ciudad querida se guardaba, y despedirlo con frase emocionada.

Cuando pasé por la casa de Inés, agité en el aire mi pañuelo, diciéndole de nuevo adiós. Después, mis ojos no quisieron volver á mirar atrás: miraban adelante, hacia el Carretero que se ofrecía silencioso á nuestra vista, hacia esas crestas azules y arrogantes de la Cordillera, hacia esas cimas que pronto, también, habrían de quedar atrás......

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