INÉS
Capítulo I
Era la mañana fría. Desde las tres de la madrugada había
resonado el primer toque de marcha y ante el acento austero y grave
de las cornetas se había formado en el cuartel una especie de
pandemónium capaz de enloquecer á cualquiera que no fuera un
soldado. Gritos descompuestos, voces de mando, risotadas, resonar
de fusiles, movimiento de municiones, cabrilleo de bestias,
sacudida de esteras, todo parecía revolverse y mezclarse en aquel
momento como si el diablo anduviera soplando por todas partes.
Esteban, mi ordenanza, se me acercó yen voz baja me preguntó adónde
sería la marcha.
-No sé-le contesté.
El me miró con ojos chispeantes de malicia, y al alejarse de mi
lado, sus labios dejaron escapar una especie de susurró que
decía:
-¡No sé yo si sé
……………………no
sé...........................yo si
sé………….
Esa frase me hizo gracia, Y llegué hasta imaginar que ese
espíritu ignaro quizás adivinaba algo de lo que en aquel momento
estaba pasando en el suelo de la Patria.
Cuando ya el día hubo clareado y que la tropa estuvo dispuesta
para el viaje, resolví ir á despedirme de Inés y de mis padres.
Monté la mula que me había tocado en suerte, y me fui á cumplir mi
cometido. Fácil me era adivinar el drama que ante mis ojos se
presentaría, pues tanto Inés como mis padres habían tratado de
apartar idea mi mente la idea de tomar armas en la revuelta que
acababa de estallar, alegando para ello! razones de bastante
fundamento y echándome en cara, la primera, que si yo daba aquel
paso era porque ningún sentimiento de amor germinaba para ella
dentro de mi pecho.
Sin embargó, yo no vacilé aquel día para presentarme en su casa.
¿Cómo había, de vacilar si á pesar de toda mi fuerza de voluntad yo
no podía mirar el espectáculo de la marcha sin sentir una especie
de contracción que aturdía todos mis miembros? Llegué. Inés fue la
primera que. Salió á recibirme. Tenían sus ojos una expresión de
suyo tan contristadora, que me fue difícil mirada sin
estremecerme.
-¿Conque, es cierto que se van? exclamó con tono lleno de
amargura.
-Cierto_ la contesté-muy cierto.
Sus ojos dejaron escapar-al brotar mis palabras dos lágrimas que
como gruesos brillantes surcaron sus mejillas. Doña Rosa que
llegaba presurosa por uno de los corredores de la Gasa, exclamó
también:
_ ¿Se van? ¡ya ve lo que es la guerra, Juan!
_ Sí, triste cosa, pero como no hay tiempo qué perder, adiós!
dije en són de despedida, extendiéndoles mi mano.
-¡Adiós, ,Juan! Contestó doña Rosa alargándome la suya ¡adiós!
pero cuando Inés fue á hacer lo mismo, su rostro se volvió, y sin
pronunciar una sola palabra encaminó sus pasos á su cuarto, de
donde brotó un grito hondo, demasiado hondo para mi alma.
Mi saludo para la señorita Julia y para don César, alcancé á
murmurar á doña Rosa, y salí. Ya volvía yo la brida de mi
caballería en dirección á casa cuando recordé que Inés tenía un
hermano suyo residente en Ambalema, y quise volverme á pedida
órdenes, para éL pues creíamos con bastante fundamento que el
Departamento del Tolíma sería teatro de nuestros hechos, pero en
ese momento un muchacho se me llegó á todo correr y me entregó una
carta acompañada de un retrato.
"¡Juan-rezaba la epístola- ese retrato es el de mi
hermano Carlos ,con quien sin duda puede verse al una vez. Ello lo
acreditará ante él colmo á uno de nuestros más íntimos amigos.
Inés". . -Gracias, dije al chicuelo, y me alejé.