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EPILOGO

 

Faltan algunas horas para que el sol empiece a mostrarse en el limbo oriental del cielo, i yá la campana de la Abadía está llamando al oficio de maitines.

De que Abadía hablamos? De la de SoIigy_la-Trappe, cuna de la órden de Bernardos, fundada el año 3O de nuestra a, por San Benito, en el monte Cassin, a unos 80 kilómetros de Nápoles. El convento esta sobre la cumbre de la montaña, i gurda las cenizas de Carloman, hijo de Cárlos-Martel, vencedor de los árabes, i las de Pedro de Médicis, hermano mayor de Leon X. Fuera de éstas, no hai allí otras tumbas que puedan ser conocidas. La órden no permite poner ninguna inscripcion en ellas.


La campana de que hablarnos hacia; pues, trece siglos i medio que viene sonando del mismo modo a la primera hora canónica del dia. Su toque es el preludio de la oracion de la mañana; luego lo será de la del medio dia, i más luego de la de la tarde.
 
El frio es mucho i aún estan los últimos huracanes de la noche las secas ramas de los árboles, a la sazon sin hojas, sin flores i sin savia. Grandes nubes de oscuro color pasan con rapidez vertijinosa, como en busca de más gratas rejiunes, i al pasar se rasgan el seno contra las torres i los ángulos del colosal edificio.... Se les podria tomar por montañas en embrion, impelidas por la borrasca.
 
La hora, que yá no es solemne, pues se aproxima el dia, tiene, en cambio, mucho de pavorosa Retumba el trueno, cae la lluvia, la oscuridad crece.
A cada golpe de la robusta i lugubre campana, cual si fuera una ovocacion nominal, se abre una celda i sale de ella un monje, con ancha capucha sobre las cejas 4 las rnanostrnzadas sobre el pecho. Sale i espera el momento de incorporarse en la comunidad. El blanco i talar trajo de estos mudos penitentes, que desfilan en hilera por los largos corredores do la Abadía, a la escasa llama do unas pocas antorchas, da a la procesion el aspecto de una desfilada de fantasmas. No se les puede ver sin temblar.
El paso de los monjes es igual i monótono.

Llegados a la capilla i colocados en sus sillas de coro, se echan las capuchas atras i se prosternan tocando el suelo con la frente. A su lado, siempre al alcance de sus ojos i de sus manos yace abierto o cerrado el libro de sus lecturas cuotidianas. T tienen para leer cuando se han cansado de meditar.
Lo que pasa en el alma de los trapenses durante aquella larga oracion -ya sea dolor, ya arrepentimiento, ya beatitud, ya temor, ya amargura, ya recuerdos, Dios, que es quien la ve, ello quienes le hablan. Nosotros no sabremos decir sino que, al levantarse, unos dejan en la tierra la señal de sus lágrimas, i otros la sangre de sus sienes. Sinembargo (álguien lo ha dicho), ¿qué importa la aspereza de la rama i el ave que está posada en ella va a alzarse al éter?
Concluida la oracion, empiezan los cánticos.
Estos son solemnes, i las bóvedas de la capilla resuenan estremecidas por los ecos, ecos de voces esforzadas, gritos del almas arrepentida, que han ido hasta alla para llorar o para pedir. A los canticos, siempre augustos
i melancólicos, armonioso comido de cien pechos que no conocen otro vinculo, que el de la fe, sigue la masa, i a ésta el desayuno, frugal como lo os todo en aquel santuario del ascetismo.

El sol esta ya  sobre el horizonte; la tempestad ha cesado. Cantan las aves, corren bullicicias las aguas, el cielo se viste de vívidos mantos, sonríe el prado, se alegran las manadas, hace un momento, estaba frio i tétrico, está ahora lleno de vida i de animo. La campana da la señal del trabajo, poro su tañido no es y lúgubre i pausado como el del alba, no infunde pavor: ahora es animado i alegre, como animados i alegres son lo campos do la Abadía. La Trapa, que momentos parecia un inmenso sepulcro ejipcio, perdido en l sombras del cos, es ahora una activa i alegre colmena. Unos van a distribuir el grano a las aves domésticas, otros  a dar el pienso a los caballos, o alistarlos para las labores agrícolas. Los talleres empiezan a funcionar, arde el fuego en isa forjas, se saca de los establos a los gouados i se les conduce a las dehesas, van los Hortelaos a cuidar do sus frutos, recibe el jardin nuevos cuidados, pónense los carpinteros en sus bancos, i salen lo hermanos. -procuadores hácia las ferias vecinas, para vender en ollas los cereales, los forrajes, las legumbres, el ganado gordo i la volatería criada en el convento. Sinembargo, oh rigor de la orden! O poder de la costumbre y del voto! En medio de tanta actividad, de tanto esfuerzo, de tanta lucha i de tanta faena, no se oye ni una voz. Nadie habla, nadie manda, todos estos activos monjes proceden como si fueran mudos i como si estuvieran movidos por resortes de acero. No es lícito entre ellos sino entrar a preguntar o contestar, cuando así lo exije alguna necesidad imperiosa del trabajo del que esta cada cual encargado.

A pesar de la riqueza relativa de la Trapa, riqueza adquirida Por un constante i bien dirijdo trabajo, el trapense solo come legumbres preparadas con sal i Vinagre. Lejos pues de robustecer su cuerpo para las fatjas de la agricultura o de las artes a que vive consagrado su objeto no es otro que buscar la muerto en la agonía de un prolongado suicidio. En cambio, está puesta siempre en el refectorio la mesa de la hospitalidad, i en ella se sientan los pobres de la comarca i los peregrinos do todas partes. No contentos con esto, los trapenses salen a visitar a los enfermos a llevarles medicinas i consuelos. Consagrados a la práctica de la caridad, solo no la tienen paria sí mismos.

Los viajeros que visitan el convento reciben de él asistencia gratúita hasta por ocho dias.
Al mediodía vuelve a sonar la campana, para avisar que ha llegado la hora do la segunda comida de la segunda oracion.
Por la tarde, cuando el sol se ha puesto, todo vuelve a la quietud i al descanso.
Los ganados entran en sus establos, conducidos por los  pastores i los perros-guardianes ; se hace apagar, las fraguas, se hace recojer las herramientas i se cierran los talleres i las barberias vuelven del mercado los hermanos-procuradores, con el producto do sus ventas o con los nuevos objetos, los abonos o las maquinas se fueron a buscar para el servicio de la Abadía con ellos o en pos de ellos, asimismo, vuelven los hermanos- visitantes, como siempre mudos, como si fueran estatuas, ha capilla abre entonces del nuevo sus puertas - a tiempo que se cierran las del convento -para que la comunidad vaya a orar, ántes de recibir su tercera colacion, que es la última, i escasa i sosa como las otras dos.
De la capilla se pasa a los dormitorios, i de ellos se pasó a la capilla al asomar la aurora. El naciente, el cenit i el ocaso del  trapense los marca siempre la oracion.
Las camas del convento son tablas desnudas, sin otro abrigo que una manta lijera.
Junto de ellas hai un tosco escabel, i en la testera una cruz grande de encina, toscamente tallada.
De tiempo en tiempo, al comenzar la larga i muda oracion de la noche, dice el abad, con voz pausada i glacial: -"Hermanos, uno de los nuestros ha perdido un miembro de u familia: oremos por el muerto."
Este puede ser el padre, la madre, el hijo, la esposa o el hermano de alguno de los que bien esas terribles palabras; peró eso no importa : el trapense no llora a nadie en particular: pide solo a Dios por los que mueren, en jeneral.
No se dice más; no se pregunta nada. Paja el trapense no hai familia, no hai patria, no hai mundo, no hai afectos, no hai siquiera recuerdos. El trapense os un cadáver que va i viene dentro de su tumba, que es la Trapa. Esta tumba, demasiado grande para su cuerpo, no lo es, acaso, para su espiritu. Sinembargo, el es el único que puede alejarlo.
Por lo demas, bueno es que no se abran nunca los corazones de aquellos hombres, vencidos por sus desgracias o vencedores de ellas por la fe, i que no se desplieguen Sus labios, sellados juntamente por la regla i por el dolor. De no ser así, qué confidencias i qué secretos serian los suyos. De no ser así, ¿ porqué no temer que sus almas estallasen i se rompiesen como otros tántos frájiles vidrios chocados con violencia?


En el cementerio de la Abadía hai siempre abierta una sepultura, la cual es visitada en procesion todos los días por la comunidad, para meditar a su vista acerca de la muerte, i para pedir a Dios por el hermano a quien le toque ocuparla. Ese hoyo de diez i ocho piés cuadrados es el blanco de la ambicion de todos los que están allí presentes para unos, como la portada del cielo ; para otros, tal vez como el fin absoluto del hombre i de la vida!
En vista do tánta austeridad, desemejante melancólico silencio, de tan continuado ayuno, i de esa oracion muda, nunca terminada, no sabe úno si compadecer o admiras el trapetiso, a tiempo mismo que tiembla al poner en la horrible falta o en el dolor tremendo que ha conducido a aquellos hombres hasta aquel hogar de santos o de locos, i filósofos o de mártires. Solo un estrado mental, una fe suprema, la necesidad do una expiación sublimada, o un desprecio absoluto por las riquezas, por la juventud, por cita- lento, por las gracias i por la hermosura, puede producir esos autómatas de la penitencia. La simple misantropía es inferior a esta prueba.
Los solitarios de la Tebaida fueron grandes doctores de la iglesia, i tenian por horizonte el universo moral el trapense tiene solo un universo estrecho-la muerte; pues si no es cierto que abra su tumba con sus propias manos, si lo es que la cava con sus propios hechos. ¿Cuántos de ellos, si no les fuera dado llamar a las puertas de las abadías, o si éstas no les fueran abiertas, estrellarían su cráneo contra las piedras de sus muros Misteriosos contrastes, profundas aberraciones del espíritu del hombre i el suicidio del claustro, consumado por medio de la penitencia, es una corona; el del veneno o del hierro es una maldicion i está bien que así sea, porque el primero es una afirmacion i el de una negacion de Dios. Busca el primero la misericordia infinita; desafía el segundo esa misericordia, ola desprecia. Quieren los primeros llorar ñatos do morir ; quieren los otros morir i no llorar
¿ Quién es mas grande, empero el infeliz que rindo la jornada de la vida bajo el poso de sus ordinarios deberes, o el que huyo del mundo, para entregarse al mistico egoismo de su alma?
 

¿Quién es más grande, empero: el infeliz que rinde la jornada de la vida bajo el peso de sus ordinarios deberes, o el que huye de estos y del mundo, para entregarse al mistico egoismo de su alma?

Que respondan por nosotros las circunstancias en que se halle cada cual… Sin embargo al despojarse el trapense de todo lo que fue suyo, i al abandonar a todo lo que le fue querido, es lo cierto que dice, como el hombre grande de la historia: "no reservo para mí sino la esperanza" esa esperanza es la eternidad, es Dios!

Con todo, entre el cartujo i el sibarita esta el orden social ordinario, que es tambien el orden lójico. Ni Sardanápalo, ni San Bruno.
 

Lloraba, no por salir del mundo, sino por haber venido a él.
Terminada la ceremonia, los trapenses desfilaron en pos uno de otro, i el el monje moribundo quedo acompañado del mas anciano de la Abadía y del Sacerdote, quién no debia abandonarlo ya hasta depositarlo en el seno de la madre comun. Pocos momentos después, el agonizante era una ceniza tan fria como la que le servia de sudario.

Muerto el trapense, sin quitarle el hábito se le hecho en el ataúd i se le cubrio con una sabana, dejándole visible el rostro. Este llamaba la atención por lo perfecto i lo varonil de sus aristocráticas facciones. El difunto tendria, a lo mas, unos cuarenta i ocho o cincuenta años. Transportado por la comunidad a la capilla, se le deposito en ella en la parihuela en que se le habia conducido, al pié de un alto crucifijo, detrás del cual vinieron a sentarse, para verlo durante la noche, el viejo monje i el sacerdote, cada uno con un gran libro en la mano, cuyas pájinas se pusieron a leer a la luz de un cirio único, casi tan alto i tan macizo como la cruz. Este cirio estaba sobre una mesa, la cual servia de atril a los dos acompañantes. Hacía los pies del cadáver habia una gran copa con agua bendita i un hisopo.

Nada más lugubre que aquella capilla oscura, llena de sombras medrosas en sus ángulos, en sus sillones i en sus ventanas, con la luz del cirio iluminando a medias las dos figuras de los hermanos acompañantes i la larga silueta del muerto. Bóvedas, paredes, pavimento, todo era terrífico.
Celebróse al di siguiente el funeral con mucha solemnidad; suspendiéronse, durante él, todos los trabajos en el campo i en la Abadía; oci6 el abate, i el cuerpo del difunto fue llevado en brazos de los trapenses aI cementerio, en donde ocupó la fosa preparada, junto a la cual ya habia abierto otra para recibir al que le siguiera. El abate bendijo al difunto, pronunció la últimas oraciones, i arrojó la primera palada de tierra sobre el cadáver. Llenado el hoyo i pisado, so puso sobre l tina tosca cruz de madera, i la comunidad volvió a la Abadía para entregarse a sus diarios quehaceres. Nada importaba a la Orden que hubiera un hombre de ménos en ella.


Nadie, en el convento, habia sabido quién era el hombre que acababa de dejarlos, ni cómo se llamaba, ni que contratiempos lo habian conducido a la Abadía. En una palabra, lo habian sepultado con la misma indiferencia con que lo habian recibido hacia uno cuántos meses. Como a peregrino del dolor, l habian abierto sus puertas; habian vivido con él como vive la piedra junto a la piedra, i lo habian llevado al cementerio como serian llevados ellos mismos algun dia. El soldado al menos, en los huecos que abre a su lado la metralla homicida, el lugar vacio que deja un conocido, un camarada, un compañero de armas, un amigo: el trapense no ve nada, ni aun el hueco, porque la fila está llena siempre, porque la sombra que cae es reemplazada, al instante mismo, por la sombra que llega!


El galeote tiene al ménos un hombre del número que le corresponde ; el trapense nó. El trapense es una hoja nueva que aparece, o una hoja seca que cae del árbol de la comunidad. ¿Quién dió jamas nombre opus" número a las hojas de los árboles?

 
Sinembargo, nosotros sí conocíamos al hombro que acababa de morir. Era aquel sabio que no habiendo podido encontrar la verdad inmortal en ninguno de los ángulos del mundo, dentro de sí mismo ni en los domas, habia venido a buscarla en el silencio del claustro, entro las penitencias del ascetismo i en las místicas contemplaciones del alma. Nada le habian enseñado los libros, nada las relijiones, nada la física naturaleza, i por eso, acaso, quena saber qué le onscílaria de suyo la soledad. Intelijencia poderosa i activa que, engañada con el empujo de su propia fuerza, habia querido ir más allá del radio de los seres creados, en cuyo ámbito so había perdido como los espíritus rebeldes en los ámbitos del cáos.... Corazón amante sacudido por la desgracia, - nuevo Juan-Armando, - había venido al claustro para dar en él fe i testimonio de lo efímero do las anidados humanas!


¿Es pues cierto que debajo del sayal es solo oracion el jonio audaz, i solo nieve el Corazon enamorado? Eso, al ménos dice el arrepentimiento.

Sir Arturo Wise tuvo en la Trapa lo que él habia dado en el desierto a la hija de Imina:
das leños en forma de cruz, pero nó una inscripcion, ni una flor. Tampoco tuvo una lágrima. ¿Le habrá cabido en el ciclo galardon igual al de aquella nula?
Lo preguntamos, porque Sir Arturo Wise habia dudado; i si la duda relativa es, segun algunos, el principio de la sabiduría, la duda absoluta, segun todos, es el fin del orgullo i de la ignorancia.
Sinembargo, una lágrima de arrepentimiento, aunque pequeña como una gota de rocío, basta i sobra para purificar una conciencia turbada.

FIN

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