IX
Terminado el huraco, la numerosa comitiva regresó al Cuzco en el
mismo órden que había traído, para entregarse a las diversiones que
le estaban preparadas, i que, segun la práctica, debian durar
algunos dias.
- Creo, Challcuchima, decía aquella noche a este Quizquiz, creo
que hasta ahora llevamos ganada la mitad de la partida.
- Algo mas de la mitad: Quizquiz, qué guapo mozo es nuestro
Atabalipa; nunca ha desmentido de su estirpe!
- El tiempo urje, Challcuchima.
- Vamos! un chasqui (correo) para despachar al punto a Quitus;
hai algo importante que comunicar a mi hermana.
- Cuándo piensas despacharlo?
- Antes de media noche.
- Voi a enviártelo al instante.
- Espera, Quizquiz. No has visto aun a Umuc, i creo que seria
prudente enviarte a Lloque previniéndole de tu visita. Ademas,
miéntras yo entero a Scyri Paccha de lo que ha pasado, tú irás a
exijir de Atabalipa su completa aquiescencia.
- Está bien.
Quizquiz se retiró, i Challcuchima, yendo a su aposento
particular, tomó una cuerda como de un pié de largo, compuesta de
hilos de diferentes colores, de cuales salían otros mas pequeños;
la que anudó i combinó de diferentes modos, para trasmitir a su
hermana la siguiente misiva:
Scyri Paccha:
"Hoi Atabalipa ha vencido, a los ojos del pueblo i del ejército,
a Huascar en la espléndida fiesta del huaraco. Tal victoria nos
brinda la circustancia mas propicia para consumar nuestro plan.
Descansa, querida hermana mia, quedarás pronto vengada, i Atabalipa
el
|bastardo será proclamado inca de Tavantinsuyu."
Una vez formado el quipus, Challcuchima lo introdujo en una
pequeña caja de pino barnizada de brillantes colores a estilo
quitense, la que cerró herméticamente.
Esta cajita fué entregada por Challcuchima al chasqui tan luego
como se presentó.
Los chasquis eran una especie de postas o correos, i se
diferenciaban del resto de los habitantes de Tavantinsuyu por su
traje particular. Por lo regular, se los educaba desde niños para
este oficio, que requería gran rapidez i fidelidad.
- Atabalipa, decía a aquella sazon Quizquiz a este mimado hijo
de la fortuna, Atabalipa, ya ha llegado el momento de aclarar todos
los misterios que rodean tu vida, i de revelarte la alta mision que
el destino te ha encomendado.
-Habla.
- Oyeme, pues. Las hojas de los árboles se han renovado muchas
vezes desde que Huayna Capac, a la cabeza de un numeroso ejército,
penetró en las dilatadas i ricas comarcas de nuestro Quitus,
talando las heredades de nuestros hijos, i sometiendo a su odiosa
dominacion todo lo que no alcanzaron a destruir sus guerreros.
Ciudades, pueblos, aldeas, todo cayó baja el poder de su iris
victorioso; pues en vano, mui en vano, nuestro Scyri convocó sus
súbditos, i le opuso en los campos de Hatuntaqui una resistencia
tenaz i desesperada. En ménos de cuatro cosechas todo cambió entre
nosotros, lengua, costumbres, relijion; que todo el país, hasta sus
mas apartadas rejiones, jemía víctima inocente del conquistador.
Los huesos insepultos de nuestros padres, blanqueando nuestras
pampas ántes cubiertas de mieses, son, si se quiere, el mejor
testimonio de nuestro amor a la libertad; pero la pujanza de los
incas fué superior a ese amor, i ciñéndonos el cuello como con una
sola cuerda, oprimiéndonos como a un solo hombre, casi terminó por
habituarnos a la esclavitud!
Empero, la desgracia no fué tanta, que algunas almas nobles no
escapasen de semejante contajio, i jurasen, por el nombre de sus
dioses vilipendiados, por ha memoria de sus Scyris vencidos,
redimir a su patria, o caer junto con el tirano, lidiando brazo a
brazo con él. En este glorioso i reducido número estábamos
Challcuchima i yo.
Pero hai mas (i esta es la parte fatal de nuestra historia), si,
hai mas, porque, aparto de haber perdido la libertad, perdimos el
honor. El honor! que Huayna Capac complaciese en arrancarnos (que
mas valiera que nos hubiese arrancado la vida!) en la persona de tu
madre Paccha, bella como la azucena del valle, i pura como la gota
de rocío; a quien el impudente conquistador despojó de la esmeralda
de sus mayores, para arrastrarla, agonizante de pena i de
vergüenza, hasta su lecho impuro!
Atabalipa por la primera vez de su vida se estremeció: había
leído, como a la luz de un relámpago, la primera indigna pájina de
su vida.
Quizquiz continuó:
- De aquel criminal abuso de la fuerza, de aquella profanacion
aun mas criminal de la belleza abandonada, naciste tú, Atabalipa; i
naciste réprobo, porque naciste bastardo i desheredado!
Atabalipa lanzó un rujido de rabia.
- Empero, en medio de tanta afrenta i de tanto baldon, hai un
hombre, mas bien una deidad tutelar, que vela por tu suerte i la de
tu madre; i el cual ha jurado revindicar tus derechos i lavar tu
deshonra, volviendo a Huayna Capac conquista por conquista, i
humillacion por humillacion. Este hombre es Challcuchima.
- Siempre él, balbució Atabalipa.
- Siempre él,. repuso Quizquiz, porque en él hai sangre de tu
sangre i hueso de tus huesos.
- Cierto, es mi pariente.
- Es tu providencia.
- Continúa, Quizquiz.
- Las primeras lunas de cautiverio las pasamos léjos de Quitus,
entregados al mas amargo dolor; pero conociendo en breve que aquel
retiro no estaba de acuerdo con nuestros vastos planes de venganza,
resolvimos presentarnos a Huayna Capac i tomar servicio en su
milicia. Astuto i prudente el Inca, recibionos con agrado i
empleonos con ventaja. Pero nosotros vimos en esta política lo que
debiamos ver, esto es, un deseo manifiesto de hacernos olvidar los
agravios recibidos, i de curarnos, con el bálsamo del favor, las no
cicatrizadas heridas de la conquista; por lo que nos previnimos
desde luego, para no dejarle tomar ningun ascendiente en nuestros
corazones, oponiéndole el engaño al engaño, i la ficcion a la
ficcion
Las nuevas campañas emprendidas por Huayna Capac nos brindaron
campo para desplegar todos nuestros talentos militares, i todo el
valor de que eran capazes nuestros pechos, ávidos de nombradía.
Conseguimos al fin con nuestra conducta fascinar; i grande es hoi
nuestro partido entre el pueblo i el ejército de Tavantinsuyu,
prontos a secundar nuestros designios ... Atabalipa! la obra esta
pronta a consumarse, no falta mas que tu aquiescencia; i yo estoi
comisionado por Challcuchima para obtenerla.
- Quizquiz, no te comprendo bien.
- No querrás comprenderme, Atabalipa, pues el negocio no puede
ser mas sencillo. Huayna Capac, sin mas derecho que la fuerza, se
apoderó de nuestro país, ultrajó nuestros Scyris e hizo shipacuna
(concubinas) a nuestras esposas; nosotros hoi, con el mismo
derecho, i en justa represalia de las ofensas recibidas, nos
apoderamos del país de Huayna Capac; solo que, ménos infames, no
mancillaremos su honor.
- I eso cómo?
- Quitándole la vida, i proclamando un nuevo inca.
- Quitándole la vida! olvidas que es mi padre!
- No es tu padre, sino tu verdugo, i el de tu raza.
Atabalipa no respondió.
- Ah! continuó Quizquiz, si lo hubieras visto derribando los
altares i dioses do tu nacion, profanando sus templos i unciendo a
su tiana victorioso nobles i plebeyos, ancianos i niños; si lo
hubieras visto pasar por nuestros valles i montañas terrible i
asolador como el huracan; si lo hubieras visto beodo, i amenazante,
ofrecer la muerte a tu desvalida madre si le negaba sus favores,
entónces ...
- Silencio! Quizquiz; todo eso es abominable: yo lo conozco así;
pero le amo.
- Si, le amas; pero no le amas con el puro amor que tiene el
hijo al padre: le amas con el amor del
|agradecido. Le amas,
porque te ha deslumbrado con sus dádivas; que tú estimas de mas
precio, que el honor de tu madre i la libertad de tu nacion!
El acento de la voz de Quizquiz era terrible. Atabalipa bajó la
frente avergonzado.
- Acabemos, Atabalipa, añadió Quizquiz; esta conferencia se
prolonga mas de lo que debiera prolongarse: resuélvete. Por un
lado, tienes el ominoso nombre de
|bastardo, que encierra
todo un pasado de ignominia i todo mi porvenir de vergüenza; por
otro, un imperio, el mayor del mundo, i la mas justa de todas las
venganzas satisfecha: elije.
- Eres cruel, mui cruel, Quizquiz: me pones a elejir entre mi
padre i mi madre. Es una alternativa espantosa.
- No te pongo a elejir entre tu padre i tu madre, te conozco
bien para creer eso: entre lo que te pongo a elejir es, entre tu
insondable ambicion i tus equívocos afectos.
Atabalipa se estremeció - por la primera vez de su vida
conversaba con un hombre que lo conocia a fondo. Esta idea no pudo
ménos que hacerlo temblar.
- Te engañas, repuso.
- No me engaño; es que ha llegado el momento de hablar con
claridad Por qué te he de vender yo todos mis secretos, i tú has de
continuar haciéndote el reservado i el escrupuloso?
Atabalipa se sonrió, i Quizquiz prosiguió.
- Creo que empezamos a entendernos?
- Suponiendo eso ¿qué probabilidades tienes de triunfo?
- Todas las que son apetecibles. Un accidente imprevisto pone
término a la vida de Huayna Capac, el ejército proclama a Atabalipa
por su sucesor, i Quitus, todo el poderoso Quitus, segunda el
movimiento.
- Pero eso hubiera estado bueno para ayer: hoi ya es tarde: hoi
ha sido proclamado Huascar inca de Tavantinsuyu.
- Sí; pero esa proclamacion en vez de perjudicar, favorece, una
vez que ella ha servido para exhibirlo como indigno de reemplazar a
su padre.
- I los ñusticuna?
- Se dispersarán como pajas al viento, a la vista de nuestros
guerreros.
- Nunca pensé que fueras tan léjos.
- Tienes miedo?
- Sí tal, dijo Atabalipa con ironía.
- Pues entónces? ...
- Pues entónces nada. Qué me dices de Quitus!
- Te digo que en Quitus está todo preparado por tu madre i tus
parientes: i que un ejército, listo a marchar sobre el Cuzco en
caso necesario, se ha avanzado tres jornadas acá de la capital.
- Eso, es brillante, Quizquiz ¿pero por qué proclamarme a mí en
vez de otro cualquiera?
- Porque otro cualquiera no es hijo de Huayna Capac, como tú;
porque otro cualquiera no se ha mostrado hoi a los ojos del pueblo
tan gallardo, como tú; en fin, porque Challcuchima, secreto
representante de Quitus, no tiene instrucciones para proclamar a
otro que a ti.
Un silbido semejante a los que se dejaron oir en la avenida de
la gran via, la noche anterior, cuando los mismos personajes de
ahora conversaban, acababa de sonar; pero mas agudo i penetrante
que en aquella ocasion. Quizquiz, como sucedía en tales casos, se
inmutó; i acercándose a Atabalipa preguntole paso i con interes,
qué respuesta llevaría a Challcuchima.
- Dile que lo pensaré, le contestó Atabalipa.
- Necesito una respuesta categórica.
- Pues dije que no.
El silbido volvió a sonar apremiante. Quizquiz palideció.
- Que no? Lo has reflexionado bien?
- Si.
- I el honor de tu madre? la suerte de los tuyos?
- Pero si me comprometes así!
El silbido sonó por tercera vez.
Atabalipa al parecer meditaba; mas de pronto, como hombre que
juega el todo por el todo, volvió la espalda a Quizquiz, para que
este no viera la impresion de su semblante, i con voz clara i firme
dijo: si.