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VIII



Una hora por lo ménos gastó la comitiva en ir de la plaza mayor del Cuzco al paraje donde debía celebrarse el huaraco. Durante la marcha el hatuntaqui (tambor) i la quipa (trompeta) regalaron los oídos de los concurrentes con variadas sonatas; i el pueblo que, en número de mas de ochocientas mil personas, llenaba todas las avenidas del camino, i coronaba todas las eminencias circunvecinas, guardó un silencio respetuoso.

En frente al grande i apartado palacio de los amautacuna, i en medio de vastos jardines, habíase construido un circo con valla de madera, i de mas de quinientos pasos de circunferencia.

En el estremo oriental de este circo, i a una altura de veinte piés, había un lujoso andamio, cubierto con una gran tienda en forma de pabellon, que ostentaba en el centro el tiana de oro de Huayna Capac, i en su rededor los inferiores asientos de los cortesanos.

El circo estaba por dentro rodeado de soldados, para impedir que la multitud penetrase en su recinto. Parte de los jefes que comandaban estos soldados formaban grupos mas o ménos numerosos ácia el centro, i conversaban con familiaridad; al parecer, sin curarse de la llegada del Tuca, cuya tardanza empezaba a inquietar a los espectadores.

- Dicen, observó uno de ellos, que el bastardo será tambien de los lidiadores.

- Cómo asi?

- Por haberle concedido esta gracia el Inca.

- De véras?

- De véras.

- Creo que es un guapo mozo, agregó un tercero.

- Si, guapo pero |bastardo i estranjero.

- Eso qué importa?

- Cómo qué importa! Acaso se me oculta en esto hai un lazo tendido a Huascar, a quien el tal mira de reojo?

- Nosotros somos de la misma opinion, dijeron varios a la vez.

Un inmenso grito de aplauso resonó en aquel instante en el circo, grito que devolvieron en eco prolongado los mas distantes collados del valle. El grito era:

"¡Mui grande i poderoso Señor, hijo del Sol, tú solo eres Señor, todo el mundo te oye en verdad!"

Aclamacion usual del pueblo de Tavantinsuyu en ocasiones semejantes, al presentarse el inca su señor.

Nuestros jefes cortaron su conversacion, i fueron a ocupar sus puestos respectivos.

Miéntras que Huayna Capac, ántes de ocupar su tiana, saluda con majestad cesárea al pueblo, ébrio de entusiasmo; miéntras los ñusticuna i curacas ocupan sus puestos; i miéntras los soldados que acompañan al Inca se colocan en columna cerrada al pié del andamio, el lector nos permitirá echar una mirada rápida i escrutadora sobre los objetos que adornan el circo.

En el centro mismo de este, i en la cúspide de una elevadísima columna, había un globo de tela blanca, que desde el principio traía interesada la multitud; sin que, por repetidas que habian sido las preguntas de unos a otros, se hubiese acertado con su verdadero objeto.

En frente mismo del tiana de Huayna Capac, i a distancia de unos cuarenta pasos del circo, estaba tirado horizontalmente un nudoso tronco de ceiba, de unos doce piés de diámetro, i custodiado por dos arqueros.

En el resto de aquella inmensa plaza artificial, no había otra cosa que llamase la atencion.

Segun la costumbre del país, los treinta dias anteriores al de la mayor edad de los ñusticuna, dormian estos al raso, andaban descalzos i comian frugalmente; sin esceptuar de esta prueba al rejio neófito, que, como sus demas compañeros, había sufrido ya un exámen rijido sobre los misterios i ceremonias relijiosas del país, i los principios cardinales de su gobierno.

El pueblo esperaba con ansia.

Dada la señal por los que hacian de farautes, entraron por la puerta del circo, situada enfrente al andamio del inca, cuatro jóvenes vestidos con sencillez, el carcaj a la espalda i el arco al brazo.

Los dos delanteros eran Huascar i Atabalipa, i los traseros dos hijos de dos grandes del Cuzco.

Marcharon los cuatro hasta el frente de Huayna Capac, i le saludaron abatiendo sus armas. En seguida esperaron la señal de partir. Dada esta, partieron a carrera abierta ácia la columna central del circo.

Al Principio ninguno llevó ventaja; mas habiendo hecho, ácia la mitad de la jornada, un esfuerzo supremo Atabalipa, logró adelantarse a los compañeros, i llegar el primero a la columna, en medio de un aplauso universal. Huascar llegó el segundo. i los otros dos competidores despues.

- Bien! dijo uno de los ñunisticuna de los muchos que había junto a Huayna Capac, casi al oido de otro que estaba a su lado.

- Bien! repitió este imperceptiblemente, i cambió con su interlocutor una mirada de placer.

Aquellos ñusticuna eran nuestros dos viejos conocidos, Quizquiz ¡ Challcuchima.

Este primer triunfo alentó sobremanera a Atabalipa, al paso que desconcertó profundamente a Huascar. Empero, ámbos lucharon con su ánimo para mostrarse indiferentes, i ámbos lo consiguieron.

Acto continuo los cuatro contendores se colocaron a igual distancia de la columna, i sacando cada uno de su carcaj una flecha de pluma de diverso color, la pusieron en sus respectivos arcos, i levantando estos a la altura del ojo, en direccion al globo de la columna, tomaron puntería con serenidad.

La pluma de la flecha de Huascar era amarilla; la de Atabalipa azul; i las otras dos, la una negra i la otra blanca.

Hubo un momento de espectativa jeneral, pues ya entre los concurrentes, como sucede siempre en tales casos, se habian formado partidos, i unos querian el triunfo de este, otros el de aquel. Huascar imajinó que, en trance tan apurado, una invocacion a su madre adorada le daría la certeza que ambicionaba. Atabalipa pensó de mui distinta manera, i, reconcentrándose en su orgullo, echó una mirada de desprecio al auqui, i sintió su mano fuerte i su arco templado.

El globo de la columna se abrió como por encanto.

La multitud lanzó un grito de asombro.

Una hermosa garza, echada en un nido de flores, había aparecido a sus atónitos ojos. El arisco animal se espantó con el grito, i estendiendo su cuello de sierpe dos o tres vezes en diferentes direcciones, como azorado ante aquel espectáculo desconocido para él, parose sobre el borde de su matizado nido, i desplegando al sol del mediodia sus prolongadas alas de armiño, alzose como un leve copo de nieve sobre el éter.

Las cuatro flechas partieron rápidas i silbadoras en su seguimiento, i ya parecía que el ájil volátil las dejaba atras, cuando dió un grito ahogado, i, purpureo el albo pecho, descoyuntada el ala majestuosa, descendió, mas veloz que las saetas, a algunos pasos de su desierto i caliente nido.

Atabalipa, que no pudo contenerse, corrió a levantar el ave del suelo miéntras que Huascar, con agonía visible, se enjugó la frente con mano temblorosa.

La garza tenía el corazon traspasado con la flecha azul.

Huascar, herido en lo mas hondo de su orgullo, despojose de sus armas, i haciendo un saludo glacial a Atabalipa, lo provocó para la lucha. Este imitó a su hermano, i empezó aquella.

Fué la lucha al principio mansa, luego violenta, nerviosa, casi desesperada. Mas de una vez Atabalipa se vió pronto a ceder bajo el pujante esfuerzo de su adversario; pero mas de una vez tambien se rehizo i batalló con denuedo.

El pueblo, que al principio había estado suspenso i jadeante, acabó por impacientarse. Atabalipa comprendió, al punto, que perdería todas las ventajas adquiridas si aquella liza terrible se prolongaba por un segundo mas. Parose, pues, como para rocojer su desmayado aliento i sus debilitadas fuerzas, i estendiendo luego su brazo derecho ácia Huascar, i ciñéndole con él la cintura como con una faja de bronce, suspendiole en el aire i luego tendiole, como si fuera un niño, sobre el prado.

La desesperacion de Huascar llegó entónces a su colmo. Lívido i fuera de sí levantose del suelo, al tiempo que Atabalipa, con una mal finjida sonrisa de cariño, le presentaba la mano para ayudarlo.

Los ochocientos mil espectadores de aquella fiesta, que, de espectáculo inocente, estaba tomando un carácter de combate a muerte, no se atrevieron en esta vez a hacer demostracion alguna de aplauso, como asombrados de la audazia del bastardo; i los ñusticuna miraron a Huayna Capac como buscando en su semblante la impresion que debian pintar en los suyos. El Inca se mantuvo impasible.

Empero, no se había terminado el huaraco, i ya Atabalipa era el ídolo de aquella masa inmensa de jente, deslumbrada por su destreza, elevada al rango de valor sin límites por su entusiasmo bélico.

Atabalipa, despues de haber vencido a Huascar, incitó a los otros dos jóvenes a la lucha; pero Ambos se escusaron.

Procediose, en consecuencia, a la última terrible prueba. Consistía esta en saltar por encima del robusto tronco de que hemos hablado.

Los cuatro contendores tomaron distancia, i partieron en su direccion. Mas, al llegar al término fatal, dos de los jóvenes se detuvieron, i uno cayó: fué este el infortunado Huascar, que al hacer pié para salvar el ceibo, resbaló en la yerba húmeda del circo. Solo Atabalipa saltó por sobre el tronco; pero, previendo que le seria imposible caer parado, a semejanza de los vencidos gladiadores romanos, buscó la mejor postura para caer, i en efecto cayó con una gracia imponderable.

- Triunfo! triunfo! gritó la multitud absorta; i triunfo, triunfo, repercutió por el espacio el eco ensordecido.

A este gritó, siguiose un rumor sordo como el rumor de la tormenta; rumor causado por las conversaciones de los espectadores sobre las diferentes suertes del huaraco; pues, aunque todos las habian presenciado, los unos las esplicaban a los otros, realzándolas o deprimiéndolas, segun eran Partidarios de Atabalipa o de Huascar, las dos figuras mas notables de aquella funcion.

Terminados los ejercicios, los cuatro neófitos se presentaron a Huayna Capac como dignos de recibir los honores del triunfo i de entrar en la vida civil.

Huayna Capac les dirijió la palabra en estos términos;

- "Hijos del Sol! yo os felizito a nombre de Tavantinsuyu por la destreza militar que habeis manifestado en este dia, pues ella nos dice cuánto tenemos que esperar de vuestro raro valor i prendas raras. La nueva vida que vais a emprender os impone muchas obligaciones sagradas, i echa sobre vuestros hombros una responsabilidad inmensa; pues bien, yo hago votos a Pachacamac porque durante todos los momentos de ella tengais presente vuestro noble oríjen, para que salgais briosos en todas vuestras empresas, i puros, cual vuestro digno padre en su diurna carrera por el espacio."

Huascar i sus dos compañeros se arrodillaron delante del Inca, quien procedió a horadarles las orejas con la aguja de oro de la órden. En seguida un anciano militar, sin disputa el mas venerable de todo el país, calzó a los tres las bendecidas sandalias. I, ceñidas las cinturas con la faja, símbolo de haber salido de la menor edad, fueron coronados con guirnaldas de flores matizadas de siempreviva, emblema entre los de Tavantinsuyu de la clemencia í del valor.

Terminada esta parte de la ceremonia, los ñusticuna se pusieron de pié, el ejército abatió las armas, i el pueblo se prosternó. Huayna Capac, levantándose majestuosamente de su tiana, se acercó a Huascar i le ató las sienes con el cordon amarillo, insignia distintiva de los herederos del llauta; i, tomándole por la mano, le dió a reconocer como al inca futuro.

Huascar recibió los honores de su espléndida inauguracion cabizbajo i avergonzado, cual si no los mereciera; al paso que Atabalipa los codiciaba en el fondo de su corazon, una vez que su calidad de hijo natural de Huayna Capac le hacía imposible recibirlos nunca; i es fama, que al tiempo de ser proclamado Huascar inca de Tavantinsuyu, el ambicioso Atabalipa murmuró un terrible juramento contra él. Juramento que, no hai duda, decidió de la suerte de estos dos jóvenes, tan opuestos en carácter, i tan dignos de admiracion bajo diferentes respectos.

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