V
La noche había entrado hacia seis horas. La luna pálida i fría
empezaba a declinar en el horizonte entre torbellinos de infinitas
nubes, i Quizquiz i Atabalipa, paseándose tranquilamente en una de
las avenidas de la gran vía, conversaban con calor.
En el estremo de la avenida un hombre les servía de escucha,
descamisando con todo el cuerpo sobre su luciente turpuna.
El aire de Atabalipa era melancólico i pensativo, sus vestidos
estaban desaliñados i su cabellera sin rizar.
- Atabalipa, decía a este Quizquiz, clavándole su mirada de
águila, al tiempo que un rayo mortecino del astro nocturno bañaba
su descolorida faz; Atabalipa, te he buscado para que, como en
tiempos mas dichosos, hablemos de la patria natal: son tan dulces
las emociones de su memoria!
- No, Quizquiz; no hablemos de nuestra patria, harto desgraciada
para inspirarnos placer: esto me pondría mas triste de lo que
estoi. Hablemos mas bien de la fiesta del venidero dia.
Quizquiz se sonrió con satisfaccion: era todo lo que necesitaba.
I luego, como eludiendo el tema que le brindaba Atabalipa,
preguntole:
- Por qué estás triste?
- Vaya una pregunta! Porqué estoi triste, Quizquiz? porque la
noche próxima anterior al dia de la mayor edad del auqui
|lejítimo heredero del cordon rojo (Atabalipa pronunció estas
palabras con acrimonia, al tiempo que sus ojos despedian una luz
siniestra), produce en mí, como debe producir, un efecto tan
agobiador, tan desesperante, que turba mi razon, i casi reduce a
pavezas el candente volcan que arde en mis entrañas. Ah! para esa
turba estúpida que mañana saludará a Huascar como a Inca, o no seré
mas que el BASTARDO; mientras que él, él será el hijo del
|Sol, como apellidan estos conquistadores soberbios a sus
gobernantes!
Quizquiz nada observó, cual si se complaciera en la
desesperacion de Atabalipa, o le parecieran sobrado justas sus
razones; i este, cojiéndose la cabeza con ámbas manos, fué a
apoyarse contra un carcomido tronco de la vecindad.
- Bien, pensó Quizquiz, el estado del ánimo de Atabalipa no
puede ser mejor para nuestros planes. Su precoz ambicion es la
poderosa arma que la Divinidad, protectora de nuestra causa, coloca
en nuestras manos para servir a sus secretos designios. I Atabalipa
tal vez no lo comprenda ahora, ni acaso lo comprenda mas tarde;
pero ¡ah! no es una mira rastrera lo que nos guía; no es en
menoscabo de sus derechos ni de su país, usurpado i escarnecido por
las armas de su padre, que ha ya para tantas cosechas que
trabajamos Challcuchima i yo, con el mas rudo empeño i la mas
porfiada constancia. No: es por adornar su frente con la esmeralda
(insignia real) le los Seyris. I la adornaremos! porque así lo
hemos jurado por las víctimas cuya memoria vive i vivirá
eternamente con nosotros; porque así lo hemos prometido a su madre
ultrajada ...!
Pasados algunos segundos, Quizquiz se acercó a Atabalipa, i
poniéndole una mano familiarmente sobre el hombro, le dijo:
- No te entregues así a la desesperacion. Atabalipa, el destino
te reserva para grandes cosas, muéstrate digno de ellas; i cuenta
siempre con los que debimos ser tus yanacuna. Challcuchima i yo no
esperamos mas que tus órdenes.
- Qué puedo yo mandarte?
- Lo que gustes, Atabalipa; nunca faltan flechas a nuestro
carcaj, ni fuerza a nuestros brazos cuando se trata de tu servicio:
habla.
- Tal vez mas tarde, bravo i fiel Quizquiz; por ahora ... por
ahora, no.
- Atabalipa, el dia, el tremendo dia se acerca; i es
indispensable que tomes una resolucion.
- Cuál?
- La de presentarte mañana en el huaraco.
- Con qué fin?
- Con qué fin? Con el de disputar a Huascar los honores del
triunfo.
- Eso me aconsejas?
- Hago mas: te lo mando a nombre de tu patria.
- Eso es de todo punto imposible, Quizquiz; ignoras, acaso, que
semejante triunfo pertenece de derecho esclusivo al auqui, segun la
práctica inmemorial del país?
- I eso qué importa ? preguntó Quizquiz, que, como hombre tenaz
en sus propósitos, tenía siempre en los labios esa pregunta para
desarmar a sus controversistas.
- Eso importa mucho, tanto, que es imposible el intentarlo
siquiera. Yo no soi mas que Atabalipa el
|bastardo, Atabalipa
el
|estranjero; miéntras que Huascar es el hijo de Coya. el
ornamento del Cuzco i la esperanza del pueblo!
- Por lo mismo es que te aconsejo que le disputes los honores
del triunfo. Arrebátale mañana esa palma de gloria; exhíbete a la
multitud mas digno que él del llauta, i habrás hecho mucho en tu
favor.
- Ahora comprendo.
- Sí, ahora comprendes, porque ahora te fijas en que el pueblo
de Tavantinsuyu es un pueblo guerrero por escelencia, i como tal,
mui susceptible de amar con frenesí a los héroes; en que es
sencillo, i como tal, fácil de seducir con las apariencias; en que
es lójico, i como tal, capaz de establecer despues del huaraco
comparaciones entre los lidiadores, i de sacar consecuencias que
desde luego no favorecerán a Huascar. Si, ahora comprendes; porque
piensas que, aunque segun la práctica inmemorial que alegas, se
dispense a tu hermano el premio de la jornada, ese premio no
servirá sino para ponerlo en ridiculo, pues recibirá sobre su
frente mohína de vergüenza, la corona de siempreviva;
|
*
miéntras los circustantes
dirán en voz baja: "ella no está bien ahí; dásela al triunfador;
dásela a Atabalipa, que no ha tenido rival en el huaraco." I esta,
i no otra, será la palma de triunfo que arrebatarás al auqui
Huascar; pero será la mejor, porque será la palma del asombro
público.
Al pronunciar Quizquiz su última palabra, se oyó ácia el lado en
que estaba el escucha, un fuerte i rápido silbido. Quizquiz se
inmutó.
- A la verdad que eres persuasivo, Quizquiz, dijo Atabalipa, sin
curarse del ruido que había inmutado a su interlocutor.
- Lo persuasivo no está en mi, sino en el hecho mismo: es la
cosa tan clara!
- Sin embargo, me ocurre una dificultad.
- A saber?
- La de cómo me presentaré en la fiesta.
- Bah! hai apénas cosa mas sencilla: alcanza el permiso del
Inca.
El silbido se repitió en aquel instante por dos vezes. Quizquiz
empezó a impacientarse.
- Probaré.
- Cómo es eso de
|probaré? Oyeme, es necesario que lo
alcanzes; i lo alcanzarás. Pídeselo con fuerza de voluntad, i la
cosa es hecha: la fuerza de voluntad ahorra en esta vida la mitad
de todos los caminos.
- Soi de tu opinion, dijo Atabalipa, como hombre capaz de
apreciar las palabras de Quizquiz: aquellos dos jenios se
comprendian sin decirselo.
- Entonces, es seguro que te presentarás en el huaraco?
- Seguro: me has dicho que
|querer es
|poder.
- Tómalo en ese sentido; es mucho mejor.
Quizquiz i Atabalipa se separaron. El segundo para ir en busca
de su padre Huayna Capac; I el primero para ir a informar a su
confidente, Challcuchima, del buen resultado de su conferencia.
Ambos tomaron vías opuestas.
- Qué ha habido? por qué has hecho la seña, Lloque? preguntó
Quizquiz al llegar cerca del escucha.
- Porque sentí pasos i rumor de jente ácia esta parte.
- I se alejaron?
- Se alejaron, apusquipay.
- Retirémonos, pues.