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II



Huayna Capac ántes de ceñir su frente con el llauta o cordon rojo, emblema de la dignidad Inca, había sometido al poder de su padre Yupanqui el país floreciente de los Quitus, como quedó dicho en el capítulo anterior. Durante las campañas de esta conquista conoció i se enamoró perdidamente de la bella hija de Cacha Duchincela, último Seyri (señor) de aquel reino, de quien tuvo un hijo llamado Atabalipa.

Miéntras que el conquistador introducía su lengua i sus costumbres en los países conquistados, Atabalipa crecía querido de los suyos (quienes no podian ménos de ver en él un vástago de los antiguos Seyris), i viviendo siempre en medio de la algazara de los campamentos; vida del todo militar, de la que se había hecho un hábito por haber acompañado siempre a su padre al campo del honor.

Era Atabalipa de jenio impetuoso i atrevido, mui dado a la carrera de las armas i de carácter enérjico. Su astucia, así como la precozidad de su desarrollo, le habian hecho granjearse la voluntad dé varios ñusticuna (nobles) del Cuzco, entre los cuales figuraban los apusquipaycuna (jenerales) mas aguerridos i de mas acreditado valor; a quienes hacía frecuentes i señalados servicios, merced a la privanza que alcanzaba de Huayna Capac.

Aunque jóven, Atabalipa había comprendido que le esperaba un porvenir halagüeño si lograba hacerse el ídolo de los conquistadores de su país, toda vez que de los sometidos Quitus nada tenía a qué aspirar; por lo que no omitía esfuerzo alguno, a fin de hacerse un auqui (príncipe) digno bajo todos aspectos; esmerándose en su educacion i popularizándose hasta donde le era posible.

Empero, en medid de estos sueños de ambicion, del intenso cariño de su padre i del favor de los ñusticuna i del ejército, un malestar continuo aquejaba a Atabalipa, un pensamiento constante le traía meditabundo i aflijido. "Soi bastardo!" se decía frecuentemente, recorriendo era su estancia suntuosa a grandes pasos, tirándose ora desesperada sobre su blanco lecho de vicuña.

Mas, pasadas aquellas breves tempestades de su corazon, i serenado un tanto su espíritu, acaso porque no desconfiase enteramente de su suerte, volvía Atabalipa a revestir su semblante de calma, i a abrillantar sus ajos, de mirar siniestro, con el fuego inmenso de su juventud i de su orgullo. Entónces era casi hermoso Atabalipa: sus negros lacios cabellos calan sobre sus hombros en caprichoso desórden, ceñidos por una faja azul, ornada de las vistosas plumas que su huachi (flecha) certera había arrebatado, tintas en sangro, a las aves del bosque natal; i cuyas flotantes estremidades venian a perderse entre los oblongos pendientes de sus orejas. Una túnica, blanca como la escarcha, puesta con desgaire sobre su hombro izquierdo, i recojida por una faja, tambien azul, sobre su cuadril derecho, dejaba admirar su membruda diestra, adornada del rico brazalete, i armada del estolica (venablo), siempre listo para la pelea.

Pero no solo Atabalipa era hijo de Huayna Capac, éranlo tambien Manco e Illescas, que llegaron a ser incas, i Yuti Gusi Huallpa, despues Huascar; Huascar el jeneroso, el pazífico; Huascar, si no el mimado del Inca, si el digno heredero del cordon rojo i el ornamento de la familia real.

Pocas primaveras, mayor que Atabalipa i educado para gobierno de Tavantinsuyu, había pasado su niñez en las cercanias de la grada Cuzco, sustraido al poderoso influjo de la ambicion i a las adulaciones de los ñusticuna; pues ademas de ser aquella contraria a su jenial modestia, podía decirse que se hallaba colmada desde su nacimiento con la brillante perspectiva del país de que seria dueño absoluto.

Huascar, a diferencia de su hermano Atabalipa, no tenía otro amigo ni confidente que su madre Coya, esposa i hermana de Huayna Capac, por la que tenía un respeto santo i un cariño inmenso. Los ratos de ocio que le dejaban las faenas de su educacion, los pasaba en su compañía, entregado a los coloquios mas dulces i a las caricias mas tiernas. Caricias casi siempre acibaradas por el llanto que un hondo i fatal presentimiento hacía derramar a aquella noble mujer; i cuya causa nunca osaba descubrir a su hijo, temerosa de dar ella misma principio a los infortunios del objeto de su amor.

-" Madre, por qué lloras?" solía preguntar Huascar a Coya; i esta, en vez de responderle, lo estrechaba fuertemente contra su pecho, cubriendo de ardientes besos su amarilla i despejada frente. Huascar, sin apercibirlo, lloraba tambien; i lloraba sus futuras desgracias i padecimientos. Noches enteras se los vió asidos i entregados al mas acerbo dolor, bajo los capulíes del jardin, sin que el frio los importunase, ni el tiempo pasase para ellos; hasta que con los primeros resplandores del dia, volvian al aposento de uno de los dos a anudar sus interrumpidos coloquios. Jamas hubo hijo mas amante ni madre mas tierna.

Cuántos momentos de felizidad (porque a posar de sus lágrimas ellos eran felizes) pasaron así Huascar i Coya! Cuántos momentos! en que no parecian sino nacidas el uno para la otra-la madre enamorada del hijo, i el hijo de la madre; pero enamorados con ese amor que a nada aspira, que nada desea, que está satisfecho de si mismo, en fin. Ese amor que no puedo confundirse con el de Safo, Elvira o Isabel; que no se disminuye con la ausencia; que no perece con la criatura, plegando sus alas con el ánjel de la muerte sobre la helada baldosa del sepulcro; i que no se profana jamas. Lo diremos de una vez: con ese amor que solo comprende la que ha sido |madre i el que sabe ser |hijo.

Dichosos ellos! Cada calle del jardin les recordaba una conversacion, cada piedra del llano un lijero descanso. El viento remedaba sus suspiros en el follaje de las arboledas, las fuentes el sonido de sus besos, i la urpai (tórtola) jemebunda del bosque, sus lamentos.

El carácter opuesto de Atabalipa i de Humear, i la predileccion de Huayna Capac por el primero, tenian preocupados a los ñusticuna de tiempo atras; pues no podian ménos de ver en esto la simiente de las futuras discordias de Tavantinsuyu. Los mas avisados empezaban a combinar sus planes. Los comentarios se multiplicaban. Las esperanzas crecian; cuando he aquí que las fiestas habidas con motivo de la mayoría de edad del auqui Huascar, el heredero del llauta, vinieron a hacerlo olvidar todo a algunos para cuidarse únicamente de los regocijos i de la diversion. Decimos a |algunos, porque otros, como mas avisados, opinaban que el mejor tiempo para conspirar es aquel en que están gobernantes i gobernandos aturdidos con el estruendo de una fiesta pública.

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