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XVII



El próximo dia era el de la gran fiesta del Raymi.

El Raymi entre los habitantes de Tavantinsuyu era lo que es el Bairan entre los turcos, o la pascua entre los cristianos.

Ora sea, ora no sea, una cosa providencial, la idea de la Divinidad ha sido una idea uniforme en todos los pueblos de la tierra; i tanto en el viejo como en el nuevo mundo, ella fué siempre la primera concepcion del hombre al civilizarse. Idea que, grocera en su principio, no se refería, como no podía referirse, precisamente al Dios único i verdadero, tal como está aceptado hoi por todo el orbe ilustrado; sino a una especie de ser superior, indefinido i adorado bajo formas sensibles. De ahí el Brahma de la India, el Tao de la China, el Akerene de la Persia, de cuyo seno salieron Ormuzd-principio bueno, i Arhiman-principio malo, i tantos otros dioses, precursores del Olimpo de los griegos, muestra estupenda de la facundia humana; que si bien con el tiempo han perdido su prestijio divino, no han perdido su prestijio profano, i Júpiter tonante, Hércules el esforzado, Vénus la hermosa, i hasta Baco el borracho, no han muerto aún, salvo que no viven con la vida del empirio, ni liban ya nectar ni yantan ambrosía.

Los tres grandes focos de civilizacion americana, a saber: el pueblo azteca, el chibcha i el peruano, no solo tenian una idea muí adelantada de la Divinidad, sino que su culto esterno había llegado hacerse notable por su magnificencia.

Como una deduccion de la idea de la Divinidad, los peruanos creían en la inmortalidad del alma i en la resureccion del cuerpo.

A la idea de la inmortalidad, seguíase su accesoria i consecuencial de las penas i recompensa futuras. Penas que hacian consistir en el destino del alma a un lugar situado en el centro de la tierra, esento de toda felizidad; i recompensas fijadas en una vida siempre creciente en inefables delicias.

Era Pachacamac el gran ser invisible de los de Tavantinsuyu, cuyo templo único estaba en el valle en que despues fué levantada por el célebre Francisco Pizarro la muelle |ciudad de los reyes, hoi la opulenta Lima. Este templo era el centro comun de todos los peregrinos del imperio; i su construccion se hacía datar como anterior al advenimiento de la dinastía inca.

Empero, la deidad suprema del pueblo de Tavantinsuyu era el sol, que rejía todos sus destinos, que daba vida a la naturaleza vejetal, i era el padre de sus reyes. Para ella había altares en todos los templos del reino, i templos en todas las ciudades, donde nunca se apagaba el fuego de los holocaustos.

A la adoracion del sol seguía la de la luna, su esposa i hermana; i la de las estrellas, entre las que distinguian a Chascas o "el jóven de la larga cabellera" (la Vénus de nuestros dias), como la compañera inseparable de aquel. Rendian así mismo culto al trueno i al relámpago, los tremendos ministros del sol, i al arco-íris, como una fuljente emanacion de sus rayos.

Constituía el culto del sol la atencion peculiar de los incas, cuya política mejor o mas profunda consistía en mantener viva entre las masas populares la tradicion de su desendencía de él, como el lazo de union que ataba mas fuertemente los cuellos de ellas al suave yugo de su imperio. A. la verdad, tal era la preferencia que le daban, que asombro nos causa todavía la pintura sorprendente de su pompa litúrjica, 1 la inumerable cantidad de sacerdotes i virjenes de su servicio.

El templo mas antiguo del sol era el del lago Titicaca, que por haber sido el punto de partida de Manco Capac i de su consorte, se reverenciaba de una manera especial; i el mas suntuoso el Coricancha, de que luego hablaremos.

Las festividades relijiosas tenian lugar entre los de Tavantinsuyu todos los meses; pero las únicas notables de su complicado ritual, eran las cuatro que se celebraban a nombre del sol, especialmente la del Raymi, que tenía lugar en el solsticio de vereno, i a la qué asistía toda la nobleza del reino.

Como ya queda dicho, el dia siguiente al de la serenata de Umuc, era dicha fiesta entre los de Tavantinsuyu.

Durante los tres dias precedentes a ella se había observado un ayuno ríjido i jeneral, i se había apagado el fuego en todas las casas.

En el cuarto i último, Huayna Capac, rodeado de la corte i del pueblo, esperaba en la gran plata del Cuzco la aparicion del astro del dia, para saludarla segun costumbre en tales ocasiones.

La madrugada era oscura; i las pocas estrellas que aun alumbraban iban desapareciendo poco a a poco. El tiempo estaba frio.

Apareció el dia.

Un prolongado grito de aplauso escapose de los labios de aquella multitud palpitante, al cual siguieron cánticos de gozo acompañados de una infinidad de instrumentos de varia melodía.

Huayna Capac, tomando en sus manos una gran copa de oro, hizo una libacion en honor del padre de la luz, con el sora de que estaba llena. El resto se repartió en seguida entre sus reales parientes.

Pasada esta ceremonia, la comitiva se puso en marcha para el templo.

Era este el Coricancha, construido de piedra labrada, i rodeado de capillas i de una estensa muralla de granito. Era su interior magnífico: la pared occidental, frente a la puerta del centro, i en la que estaba incrustada la imájen del sol en la forma de un rostro humano ornado de rayos, formábala una ancha lámina de plata. Dicha imájen era de oro i pedrería, i sobre su faz venian a estrellarse los rayos matutinales con una reverberacion tal que iluminaban todo el pavimento. Las cornisas i columnas interiores eran tambien de oro, lo mismo que la ancha i bruñida faja que circundaba sus jigantezcos muros.

Una de las capillas laterales estaba consagrada a la luna, cuya efijie, lo mismo que la del sol, ocupaba un costado entero, i era de plata. Las restantes lo estaban a las estrellas, al arco-íris, al trueno i al relámpago. El arco-íris era todo de piedras preciosas combinadas, como para imitar sus mezclados colores; i era tanta la riqueza de los vasos sagrados i demas útiles del templo, que los mismos naturales, que casi puede decirse que despreciaban el rico metal émulo del éter, habian designado aquel augusto santuario con el nombre |lugar del oro, que es lo que concancha quiere decir en su lengua.

Pero no solo eran de oro i plata los astros: éranlo tambien los altares, éranlo las bóvedas i paredes, éranlo los vasos sagrados, las cañerías subterráneas, las pilas; éralo, en fin, todo aquel templo casi fabuloso, en donde, en urnas de primorosa orfebrería, ardian el ámbar i el aloe en incesante oblacion.

Acia el centro de la gran nave se contaban hasta doce vasos colosales, tambien de oro puro; colocados circularmente, i repletos del maiz sagrado de la última cosecha. | *

Ultimamente, podiase reputar el Coricancha como un verdadero alcazar, si ni atiende a su estension, i a los muchos edificios i jardines de que estaba rodeado, i que eran el domicilio habitual de los cuatro mil sacerdotes i dos mil i tantas virjenes de su servicio!

Mas ¿qué fué de tan soberbio monumento? Preguntaremos nosotros abriendo un paréntesis a nuestra narracion, i apremiados por las consideraciones filosóficas que ella no ha podido ménos de sujerirnos; i nos responderemos con el historiador. "Sobre el mismo terreno que ocupaba el espléndido Coricancha, se elevó despues la majestuosa iglesia de Santo Domingo. Sementeras de maíz i de alfalfa crecen hoi en el mismo terreno en que brillaban ántes los dorados jardines del templo; i el fraile canta hoi los oficios de la iglesia católica en el recinto sagrado que ocupaban ántes los hijos del sol !"

A la cabeza de los sacerdotes encargados de la custodia i servicio del templo, estaba el pontífice o gran sacerdote, nombrado Villac Uma. Este era solo inferior en nobleza al inca, i siempre se elejia de entre sus parientes mas allegados.

La procesion, a cuya cabeza marchaba Huayna Capac, entró pronto en la larga calle que conducía al templo del sol, i a cuyos dos lados estaban los sacerdotes vestidos de blanco i formados en fila. En esta calle todos se quitaron las sandalias, escepto el Inca i su familia, i continuaron el camino descalzos.

En la puerta del templo recibió el gran sacerdote a Huayna Capac, i despues de saludarlo i presentarle las llaves de la casa de su dios, le quitó reverentemente las sandalias i le condujo al altar, por enmedio de los coros de Vírjenes coronadas de flores i radiantes de hermosura.

Cosa estraña! solo unos cuantos ñusticuna, no mas, de la innumerable comitiva del Inca entraron con él en el templo; i el resto, así como el pueblo i el ejército, permaneció en sus vastísimos umbrales.

Una vez Huayna Capac ante el altar, arrodillose; sacerdotes, ninfas i nobles lo imitaron. Fué su prez muda i breve.

Terminada esta, Huayna Capac volvió a presentarse a sus súbditos, i se dió principio por el gran sacerdote al sacrificio.

Tuvo lugar este en un hermoso rebano, negro como el ébano, cuya luenga piel había sido rizada con primor, i cuya pesuña era tersa como el marfil. El animal, como las víctimas de todo holocausto, estaba coronado de flores.

Colocáronle sobro el altar, i presentando su cuello flexible a la segur del sacrificador, no lanzó el mas leve balido, durante una onda de sangre manchó de rojo su pecho.

El sacerdote, despues de haber examinado sus entrañas, pronosticó mal para el imperio.

Un susurro de alarma i descontento dejose oir entónces del lado de afuera, i el pueblo pidió otra víctima.

Trajéronla en efecto; mas, sacrificada como la primera, dió el mismo resultado.

Quizquiz i Challcuchima, que estaban al lado del Inca, se cambiaron una mirada de asombro. Huayna Capac sorprendió aquella mirada.

El pueblo por esta vez guardó un profundo silencio: el silencio del terror i la supersticion.

Procediose en seguida a encender el fuego sagrado, para lo cual tomó el sacerdote un espejo cóncavo, de metal bruñido i forma circular, que, reuniendo los rayos del sol en un foco, sobre un copo de algodon, al principio produjo una columnita de humo tenue, luego dejó ver un puntito negro, i, por último, una onda espesa i azulada. El dios de los de Tavantinsuyu acababa de enviarles una chispa de su sagrada esencia!

En esta chispa prendió el sacerdote un haz de mieses secas, i puso fuego a las rajas de leña que formaban la pira funeral de las victimas. Desaparecieron estas entre un torbellino de llamas.

Las Vírjenes se encomendaron en seguida de la preservacion del fuego.

Terminada la gran ceremonia relijiosa, tuvo lugar el banquete popular, donde se sirvieron centenares de rebanos. Huayna Capac dió principio a él brindando por la felizidad de sus súbditos; i luego regresó a su palacio, seguido solamente de sus guardias.

El pueblo empleó el resto del día en embriagarse i bailar; pues aunque distinto del de nuestros dias, a este respecto tenía muchas conexiones con él. El pueblo en asunto de fiestas siempre será el pueblo.

- Parece, señor, dijo Challcuchima a Huayna Capac durante el camino, parece que no te ha afectado el ominoso vaticinio del Villac Uma?

- Ciertamente que no; i miéntras tenga a tí i al bravo Quizquiz a mi lado, mis fuertes sostenes, no temeré ni las |conjuraciones celestes.

El Inca pronunció estas palabras con énfasis.

- Gracias, dijeron los apusquipaycuna a la vez.



 

* Las islas del lago de Titicaca se cultivaban entre los peruanos con este grano, cuyo producto anual se repartía en pequeñas porciones entre los almacenes públicos del imperio, para que santificase el abasto que ellos encerraban: tanta era la virtud que se le suponía!

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