XV
El ruido de la caída de Huayna Capac, al saltar de la ventana al
suelo, se ahogó entre el susurro de los vientos de la noche i la
abundante grama del pensil.
El salto dado por Huayna Capac era ciertamente prodijioso para
sus años, pero no es exajerado si se atiende a su educacion i a su
constante vida de soldado; pues aunque la jimnástica no estuviese
mui adelantada entre los de Tavantinsuyu, es un hecho que se
cuidaba mas entre ellos de la ajilidad i desarrollo del cuerpo, que
de la cultura del espíritu.
La noche estaba serena; i la luna, próxima a desaparecer en el
horizonte, despedía sus pálidos rayos sobre el follaje de los
coposos árboles del jardin, proyectando sus sombras sobre las
rectas alamedas.
Huayna Capac anduvo algun trecho en direccion del sitio donde le
pareció haber oído el canto, el cual había cesado enteramente; i
como no percibiese ya el mas leve rumor, escuchó con ansiedad; Al
fin resolvió recorrer toda la calle en que se encontraba, como el
medio mas seguro de dar con el trovador.
Recorriola en efecto, pero sin fruto; i cuando ya se disponia a
volver abras, fatigado por la escursion, i disgustado por el frio
de la noche, que comenzaba a ser intenso, alcanzó a ver en el
centro de un bosquecillo i junto a un estanque, un bulto que se
movía con rapidez.
Apresuró el paso para llegar a él, i llegó ciertamente cuando ya
el tal tocaba la estremidad del muro de palacio, i se disponía a
salvarlo por una escala de mimbre, colgante de su cima.
- Detente! gritó Huayna Capac.
El desconocido, léjos de obedecer, probó subir rápidamente por
la escala.
- Detente! volvió a gritar Huayna Capac con acento amenazador:
en nombre del Inca, detente!
El desconocido pensó que, una vez descubierto, era mejor
obedecer, i se detuvo. Pero lo que mas influyó en su ánimo para
resolverse fueron las palabras
|en nombre del Inca.
- Quién eres? Qué haces aquí? Preguntole Huayna Capac
acercándosele. Es así como te introduces en los jardines del Inca
tu Señor, i de noche Miserable! has incurrido en la pena capital, i
morirás!
- Perdon, señor, murmuró el desconocido.
- Aparta de ahí, i dime quién eres, i qué buscas en este
lugar?
- Soi ... soi ... murmuró el desconocido con apagada voz, soi
...
- Acabas?
- Soi ... Umuc.
- Umuc?
- Para serviros, señor.
Huayna Capac no conocía personalmente a Umuc, aunque había oído
pronunciar su nombre varias vezes a los cortesanos, especialmente a
los militares de distincion, quienes se deshacian en elojios
respecto de su sabiduría i la eficazia de sus bálsamos; así, aunque
repitió Umuc como asombrado, lo hizo porque ese nombre despertaba
en su memoria recuerdos confusos; i no por ninguna otra razon.
- I qué hacias aquí?
- La cosa es larga de relatar, señor camayuc.
- Bueno, dijo para si el Inca, el trovador me toma por un
camayuc i luego añadió en voz alta:
- No es tan larga como dices, pues ese instrumento que tienes al
lado me lo esplica todo. Has venido sin duda a dar música a alguna
de las mujeres de Coya, bribonazo! Pues te juro que eres hombre
muerto.
Umuc, pues no era otro en verdad el trovador, no se afanó con
semejante amenaza, pues desde el primer grito del hombre que él
había tomado por un camayuc de la servidumbre de palacio, había
concebido su plan para libertarse; el que no era otro que, en
último caso, echarse a los piés del Inca, i confesárselo todo. Por
lo cual contestó con bastante sangre fria:
- Te equivocas por entero, señor camayuc.
- Eso lo veremos mas tarde; por ahora sígueme al cuerpo de
guardia, donde quedarás arrestado.
Al oír las palabras
|cuerpo de guardia, Umuc palideció, i
sus piernas vacilaron. El trance no era para ménos: acababa de
pensar en una cosa que hasta entónces no se le había ocurrido, i
era en que el camayuc podía ser de los adeptos de Quizquiz i
Challcuchima, en cuyo caso moriría irremisiblemente.
Esta idea, que cruzó rápida por la mente de Umuc, naturalista i
poeta a la vez, trocé su sangre fría en un desmayo jeneral i como
sucede siempre en tales casos i el miedo fué apoderándose de su
corazon con una prontitud estraordinaria i una proporcion
alarmante. Soi muerto, muerto! se repitió en el fondo del alma:
este camayuc no es sino una espía de aquellos ingratos estranjeros,
que ha oído mi cantinela, i seguido mis pasos para prenderme. Qué
haré? si me conducen a su presencia i me descubro, soi perdido; i
si no me descubro, tambien; miéntras tanto el Inca nada sabrá!
- Parece que empiezas a asustarte? dijo Huayna Capac, que al
Principio había gustado del desembarazo de Umuc; pero que ahora se
impacientaba con su cobardía, retratada en su silencio. Sin
embargo, aquella cobardía era disculpable; i si Huayna Capac
hubiera podido leer lo que pasaba en el interior del hechizero, le
habría estrechado cordialmente contra su pecho real.
- Qué, no respondes, insistió el Inca despues de un rato de
silencio.
- Sí, señor camayuc, sí respondo, dijo Umnc como despertando del
letargo en que lo habian sumido sus tristes pensamientos; si, señor
camayuc, si, tengo miedo.
- Es injenuo el confesarlo!
- I para qué engañarte? si, tengo miedo; i lo confieso para que
me dejes ir. No hai gloria alguna en avasallar un cobarde.
- Yo no avasallo cobardes, sino atrapo escaladores, repuso el
Inca con majestad.
- Yo no soi escalador, sino haravec; i desconozco el derecho que
tengas para insultarme.
- Te incomodas? vamos! déjate de eso, amigo Umuc, i sígueme de
buen grado al cuerpo de guardia.
Dijo Huayna Capac, i sin esperar respuesta, echó a andar por
donde mismo había venido Umuc siguiolo maquinalmente.
- Bien, dijo para si el Inca, este hombre parece veraz, i me lo
confesará todo sin necesidad de descubrirme; probemos.
- Amigo Umuc, parose i díjole: está visto que los dos no nacimos
para reñir, i no reñiremos; pero es preciso no solo que no riñamos,
sino que hagamos las pazes de una manera estable, cual las que
pueden hacerse entre un soldado i un poeta. I sabes a qué precio
haremos esas pazes? dijo el célebre guerrero terror del continente
con cierta sonrisa de buen humor, al precio de que tú no solo me
cuentes tus amores, sino que me recites esas trovas que tan
melancólicamente cantabas ahora poco.
- Luego las has oído? preguntó Umuc trémulo de terror.
- Eso no es contestar, repuso Huayna Capac eludiendo la
pregunta.
Nada mas fácil para Umuc que recitar a Huayna Capac cualesquiera
trovas amorosas, i zurcirle cualquiera novela de amor; pero era el
caso que si lo había oído, caería en el embuste. Por lo que
desechando este como un mal pensamiento, o por lo ménos como un
tanto atrevido, preguntole resueltamente:
- I si te hago participe de mis secretos, qué sucederá?
- Que te dejaré ir libremente.
- Hum! se dijo Umuc, el trato me parece ventajoso.
- Hum! se dijo a su vez el Inca, el tunante trata de engañarme;
i luego añadió en voz alta:
- Pero hai una Cosa, amigo Umuc, i es, que si me engañas, voi a
arrojarte a ese estanque para presa de los pezes.
- I cómo sabrás que te engaño?
- Que cómo sabré que me engañas? No tengas Cuidado: eso lo sabré
yo mui bien. Habla.
- Soi hombre perdido! se dijo por vijésima vez el infeliz
hechizero, que por un momento había tenido la halagüeña idea de su
pronta libertad.
- Vaya! no respondes; esa es buena. Sigueme, pues, al Cuerpo de
guardia.
- Sea, dijo Umuc, i siguió a su interlocutor; añadiendo luego
para si: todo es morir; i mas vale morir sin descubrirme.