XIV
Apénas empezaba Huayna Capac a adormecerse, fatigado por el peso de
sus pensamientos, cuando sintió al lado del jardin, sobre el que
daban algunas de las ventanas de su estancia, el dulce son de un
bien templado instrumento, al cual se unía, de vez en cuando, una
voz varonil pero cadenciosa.
La hora de la noche i lo melancólico del canto, le hicieron
creer al principio que estaba bajo el ala de rosa de un sueño
apacible; mas a fuerza de poner atencion al armónico rumor que le
embriagaba, acabó por despertarse del todo, e incorporándose en su
lecho, pudo percibir distintamente los versos de aquella inusitada
cantinela, que, sin duda, por el estado de su ánimo, le preocuparon
sobremanera.
La voz cantaba a lo léjos
Tranquilo en su blando lecho
Duerme el Inca mi señor,
Miéntras que en oscura sombra
Le asecha amigo traidor.
- Qué es esto? dijo Huayna Capac asustado, no parece sino que ese
canto está en relacion directa con lo que está pasando;
escucharé.
I arrojándose de la cama, fué a colocarse en el alfeizar de una
ventana,
La voz continué:
I entre tanto cortesano
I entre tanto adulador,
No hai quien denuncie el peligro,
Ni quien delate al traidor,
Huayna Capac se sonrió tristemente.
Empero, duerma tranquilo,
El buen Inca, mi señor,
Que vela por él constante
Quien no se vendió al favor.
Aún no se habian estinguido en la atmósfera perfumada de la noche
los dos últimos versos del cuarteto precedente, i ya había Huayna
Capac formado la resolucion de saber a todo trance quién fuese el
trovador; pues no podía ménos de ver en él un amigo oculto, que se
valía de aquel medio, bastante injenioso, para avisarle que corría
un peligro, i ya iba a llamar a Sinchi, capitan de sus guardias,
que dormía en el aposento de la izquierda, para encargarlo de la
comision, cuando le asaltó la idea de que tal vez el trovador sería
el mismo Amauta o alguno de sus sirvientes enviado por él, a fin de
fijarlo mas en la creencia de que se conspiraba; por lo que cambió
de resolucion.
- Pero no, se dijo despues de un rato de reflexion, no puede ser
el Amauta, ni ninguno de sus sirvientes, pues es él bastante
avisado para no dar este paso, que, sea como fuere, no es mas que
una imprudencia; porque ¿quién le aseguraba que solo yo oía esta
cantinela? Debe ser otra persona que no ha podido llegar libremente
hasta mí para prevenirme. Ahora estoi decidido, i averiguará quién
es; pero no llamaré a Sinchi, porque esto sería alarmar a todo
palacio. Iré, pues, yo en persona.
I sin esperar mas, echó sobre sus hombros su manto de escarlata,
calzose unas sandalias de fina piel de tigre, i volviendo a la
ventana desde donde había escuchado, levantó suavemente el rico
cortinaje que la cubría. Ya se aprestaba a saltar a abajo, cuando
le ocurrió el pensamiento de que aquello podía ser un lazo que se
le tendía; i casi estuvo a punto de desistir de su intento. Pero
Huayna Capac no era hombre que retrocediese delante del peligro, i
volviendo atras, se armó con un fuerte i pequeño mazo, su arma
favorita; i regresando a la ventana, saltó por ella con una
facilidad asombrosa, no obstante sus quince piés de elevacion.
En obsequio de la verdad, debemos decir que no solo Huayna Capac
había oído al nocturno trovador: tambien lo había oído Coya,
desvelada por el mal suceso de la tentativa cerca del Inca, i
entristecida por el hado que perseguía de muerte a su hijo
Huascar.
Desde luego que las impresiones que el canto habian producido en
su ánimo, aunque parecidas en el fondo a las de su esposo, eran
algo distintas; empezando por creer que el descubrimiento de la
conspiracion, del cual no podía ménos que gloriarse, había sido un
descubrimiento tardío, puesto que ya era una cosa tan vulgar, que
andaba en boca de los cantores populares. Semejante idea estuvo a
pique de matarla de desesperaron; pues, como mujer entendida, sabía
bien cuánto era el ascendiente que perdía sobre el Inca, al no ser
ella i el Amauta los primeros en avisarle del riesgo que le
amenazaba. Ascendiente que se había prometido esplotar en beneficio
de su hijo. Pero no, soi una insensata! se dijo al fin, este no
puede ser otro que el Amauta.. Magnífica resolucion! magnífica!
buen amigo mio; ella sin duda resolverá el asunto favorablemente.
Gracias, Amauta, gracias!
I ya tranquila enteramente, cerró los ojos, i durmiese rebozando
de esperanzas para lo porvenir.
Nosotros no sabremos decir todavía si Coya se engañaba; pero era
mui probable, puesto que los trovadores, como en todo pueblo del
mundo ácia la época de su
|edad media, esto es, en el último
tránsito de la barbarie a la civilizacion, eran en Tavantinsuyu mui
comunes; aunque tal vez no tan adelantados i cultos en la
|gaya
ciencia como los de los países europeos. Esta comunidad los
había familiarizado tanto con los naturales, que ya ni su
aparicion, ni sus cántigas, por raras que fuesen, los sorprendian;
que todas ellas se miraban como hijas de la tradicion, i por tanto,
como alusivas a los tiempos pasados. Su presencia, como frecuente
que era en los caminos i plazas públicas, así como en las puertas i
los jardines de los nobles, no causaba mayor novedad; cuando mas
uno que otro muchacho, para los cuales todo tiene siempre aire de
novedad, solía seguirlos, gritando a sus compañeros al paso: "el
haravec!""el haravec!" Esto es, el
|bardo! el
|bardo!
Grito que nunca los importunaba, i que los seguía por todas partes,
hasta perderse en las oscuras encrucijadas del Cuzco, o en sus
alrededores.
Mas, la condicion de bardo o poeta errante en Tavantinsuyu no
era solo una condicion de cantor popular, sino que tambien por ella
se gozaba del privilejio de escojer los mas brillantes temas de la
historia patria, para trasmitirlos a la posteridad con todos los
encantos de la epopeya. Así es que sus poetas deben reputarse como
verdaderos analistas del imperio, i buscarse en sus versos las
crónicas mas romancescas i los episodios mas raros del país; del
mismo modo que los buscamos hoi en las crédulas baladas alemanas o
en las leyendas españolas.
El verdadero significado de la palabra
|haravec es
|inventor o
|descubridor; pero parece que ella solo se
aplicaba a los bardos; que, con las variaciones peculiares de la
época i de la nación en que vivian, eran los mismos que se
conocieron con este nombre entre los primitivos sajones, i con el
|trouveres entre los normandos. Siendo fuera de toda duda que
el quichua, que por cierto no es un dialecto comun, se prestaba mas
a servir a las formas inspiradas del haravec, que la lengua de
aquellas dos naciones, que con el tiempo han venido a ser de tanta
importancia etnográfica.
En consecuencia, nada hemos aventurado nosotros al no decir, a
punto fijo, si Coya se engañaba o no, tomando al trovador del
jardin del Inca por el Amanta en persona, pues conforme podía ser
él, podía ser un haravec cualquiera; siendo siempre el mejor medio
de salir de la duda el seguir a Huayna Capac en su nocturna
investigacion, como vamos a seguirlo.