XI
El sol declinaba rápido ácia el ocaso.
Un hombre con pié tranquilo i aire indiferente, faldeaba los
protuberantes estribos de la cordillera que, cual impenetrable muro
de verdura, se alza al Este del Cuzco; i se internaba mas i mas en
el bosque, despues de haber andado gran trecho de la majestuosa i
solitaria calzada que conducía de esta ciudad a la rejion austral
de Tavantinsuyu.
Nada al parecer llamaba su atencion, ya fuese por el hábito de
recorrer aquella no frecuentada via, ya porque los pensamientos que
surjian incesantes de su cabeza lo absorviesen todo i todo lo
concentrasen; pero ciertamente era grandioso el espectáculo que le
rodeaba. Por un lado elevados picos de montaña escondiendo sus
escarpados topes en la rejion límpida del cielo, i como limitando
el horizonte en una línea prolongada i tortuosa por otro, las bajas
planicies del mar, franjeadas por su costa de arenisca, i
sombreadas de distancia en distancia, por grupos de elegantes i
movibles palmeras.
A medida que el hombre subía, el cielo se destacaba a sus ojos
mas inmenso i regular, terminando por presentársele como una
jigantesca cúpula de tul; i el bosque se hacia mas impenetrable a
sus pasos.
El algarrobo de fuerte corazon, la ceiba centenaria, i otros mil
arbustos desconocidos se alzaban en la espesura, presentando a los
oblícuos rayos de un moribundo sol de estío, sus anchas i hojosas
copas, sus delicadas flores i la varia color de sus sazonados
frutos, en medio de un ambiente saturado de vainilla i canelo.
Aves de todo tamaño i color volaban en grupos mas o ménos
numerosos, de árbol en árbol. Allá en lo mas hondo de la enramada,
el picaflor escondía el vívido tornasol de su plumaje, miéntras que
el ájil tití, prendido de la cola en un desnudo tronco de nogal,
balanzeaba divertidamente su cuerpo flexible.
Ora un corpulento gato montés huía espantado por la hoja seca
que caía resbalando por entre el ramaje, o la brisa que murmuraba;
ora el temido jaguar escapaba asustado al ruido de los sonantes
anillos de la cascabel, o al silbido agudo de la coral.
Solo él condor - rei del espacio - cerníase tranquilo en la
inmensidad.
El hombre que trepaba las faldas umbrosas de la cordillera era
Quizquiz.
Creemos que no habrá olvidado el lector la conversacion tenida
entre este personaje de nuestra historia i su inseparable compañero
Challcuchima, la víspera del huaraco, relativa a su proyecto de
quitar la vida a Huayna Capac, a fin de provocar un cataclismo en
Tavantinsuyu, que diese por resultado la exaltacion de Atabalipa al
trono de los incas, o por lo ménos la independencia de su país.
Conversacion en que había dicho sentenciosamente Quizquiz "acaso
sea preferible el brevaje al dardo;" i se había comprometido a ver
a Umuc, natural versado en el conocimiento de los venenos
vejetales, i que desempeñaba en el Cuzco el papel de médico o
hechizero.
Umuc vivía en la parte céntrica del bosque que recorría
Quizquiz, i vivía en un rancho construido por él mismo con hojas de
bihao.
El interior de esta agreste habitacion nada tenía de notable, a
no ser las muchas gavillas de yerbas secas de que estaba atestado;
i en cuya disecacion i estudio había pasado Umuc la mayor parte de
su vida.
Continuaba Quizquiz su embarazoso camino engolfado en las mas
hondas meditaciones, nacidas todas del atrevido paso que iba a dar,
i en el que jugaba la vida de millares de personas, empezando por
la suya propia i la de su cómplice, casi pronto a desistir de su
intento; mas la idea de aparecer cobarde a los ojos de Challcuchima
i de dejar burladas las esperanzas, prontas a realizarse, de sus
comitentes de Quitus, alentaba su desmayado corazon i daba
celeridad a sus movimientos. Acaso el destino lo impelía ácia
adelante.
Era Umuc un hombre como de cincuenta a cincuenta i cinco años,
flaco de miembros, pequeño, de tez ennegrecida por el sol, i de
larga i desgreñada cabellera. Traía, por todo abrigo, una manta de
tela burda i raída, que sujetaba a la cintura con un ceñidor de
piel; i tenía el cuerpo pintado de diferentes i emblemáticos
colores.
Sus pequeños i hundidos ojos brillaban a todas horas con cierta
luz dudosa, de mal agüero, i daban a su cara enjuta i sin pelo de
barba una tinte de sospechosa animacion.
A la hora en que nos referirnos, estaba parado en la angosta
puerta de su rancho, construido sobre una estacada de guadua de
poca altura, que lo preservaba de la humedad i de los reptiles, i
al cual se subía por un tronco de encina colocado casi
verticalmente, i tallado de trecho en trecho, a guisa de escalera.
Sin duda esperaba a Quizquiz pues no apartaba la vista de la
angosta vereda que volteaba negrusca por entre la maleza, i a cada
ruido que oía se empinaba sobre la punta de los piés para
inspeccionar mejor los alrededores.
Quizquiz apareció como a veinte pasos de la morada de Umuc.
- Al fin llegas, esclamó este con cierto contento que revelaba
la inquietud con que lo había estado esperando; bien venido
seas.
- Parece que me esperabas? - dijo Quizquiz, sin curarse de la
salutacion de Umuc.
- Si, te esperaba; i ya estaba creyendo que no venias. La cita
era para mas temprano.
- Está tan retirado tu albergue, dijo Quizquiz empezando a subir
por el tronco-escalera, que ya desesperaba de dar con él. Por qué
causa, amigo Umuc, has fijado tu residencia en medio de las fieras
i de las culebras?
- No digas en medio de las fieras i de las culebras, sino en
medio de la naturaleza vejetal. La he fijado aquí, porque aquí es
donde he debido fijarla, para poder entregarme a mis estudios
tranquilamente.
- Cierto, Umuc; i, muchas consultas en los últimos dias?
- Pocas, apusquipay, respondió Umuc con acento hipócrita; mí
escasa fama disminuye en vez de aumentar.
- Siempre modesto, Umuc; siempre modesto, i sabio.
- Me lisonjeas, apusquipay.
- Te hago justicia.
- Sea como tú dices.
Quizquiz estaba inquieto, pues no acertaba el modo de mover
conversacion sobre el objeto que lo traía, sin despertar las
sospechas de Umuc; este como que penetraba su inquietud i se gozaba
de ella en silencio.
Quizquiz rompió este el primero:
- Creo que me dijiste que me esperabas?
- Así fué. Lloque me previno el honor de tu visita.
- Conoces a Lloque?
- Fuimos camaradas en otro tiempo.
- I ya no?
- Ya no; porque yo dejé de ser soldado.
- Con que has sido soldado, mi buen Umuc?
- I en épocas en que valía la pena serlo.
- En qué épocas?
- En las del gran Tupac Yupanqui.
- I en qué campañas estuviste?
- En las de Chili.
- Es decir que nunca fuiste a Quitus?
- Es decir que nunca fui a Quitus.
- I cómo se portó Lloque en esas campañas?
- Como un quillacinga.
- De manera que habrás platicado mucho con él cuando vino a
prevenirte de mi visita: dos soldados viejos son incansables para
ello.
- Algo hablamos, respondió Umuc con sorna.
- Pero vamos a mi asunto.
- Di, pues.
Un sudor frio discurrió por todos los miembros de Quizquiz. La
voz se le detuvo en la garganta. Aunque fuerte, Quizquiz no era un
empedernido criminal.
Umuc le había quitado los ojos de encima, como para
desembarazarlo.
- Es probable, dijo al fin Quizquiz algo sereno, que dentro de
poco nos pongamos en campaña.
- En campaña! i por qué?
- Por muchas razones.
- No las alcanzo. El país está tranquilo; i no he oído decir que
se prepare ninguna conquista. Se teme por ventura alguna
conspiracion?
Esta palabra hizo estremecer a Quizquiz.
- Te engañas, Umuc, Huayna Capac piensa espedicionar sobre la
costa.
- Sobre la costa! no es toda ella suya?
- Por lo mismo.
- Cómo por lo mismo?
- Sí, por lo mismo; lo que tiene es que me he equivocado, lo que
piensa Huayna Capac no es espedicionar precisamente, sino
pasear.
- Comprendo: un gran paseo militar.
- Un gran paseo militar por la costa, ni mas ni ménos; eso
es.
- I a fe que será mui oportuno.
- Mui oportuno dices?
- Mui oportuno: abrigo mis temores ...
- Tus temores! cómo así!
- He visto en los cielos los funestos anuncios de una invasion
por el lado del mar.
- De una invasion?
- Si, de una invasion de estranjeros.
- Ves ahora cómo sí hai probabilidades de entrar pronto en
campaña, dijo Quizquiz, apoderándose de la idea de Umuc.
- Sin duda.
- Pues bien, necesito para entónces algunos bálsamos para mis
soldados.
- Ah! dijo Umuc sorprendido de que diese tal sesgo al negocio,
sin duda el mas opuesto, pues preguntaba por la vidas para que le
respondiesen por la
|muerte.
- Te sorprendes?
- Por qué había de sorprenderme? es tan natural en un soldado de
nuestros tiempos cargar bálsamos como cargar armas. No te olvides
de que yo tambien he sido de la profesion.
- Si, si; pero tienes lo que busco? repuso Quizquiz impaciente i
rezeloso de que Umuc volviese a torcer la conversacion.
- Lo que buscas, Quizquiz? respondió este con aire de duda.
- Sí, los bálsamos?
- Hum! ... sí los tengo, i los mejores posibles. Casualmente he
preparado en estos dias una infinidad, entre los cuales hai algunos
de una virtud admirable.
- Ya te he dicho que eres un sabio, un verdadero sabio.
- Un entusiasta por la ciencia, i nada mas.
- I podremos ver esos nuevos prodijios?
- Al momento, dijo Umuc dando un cuarto de conversion sobre su
derecha e inclinándose lo bastante para poder entrar por la angosta
puerta de su habitacion. Quizquiz lo siguió.
Como dijimos ántes, el interior de la morada del hechizero
estaba atestado de gavillas de yerbas secas, atadas con quipus, que
hacian el doble oficio de ligaduras i letreros de clasificacion.
Había tambien en ella varias redomas repletas de resinas i materias
oleosas, montones de pepas, cortezas de árboles, pieles de liebres,
pájaros, insectos i sierpes disecadas.
Umuc mostró a Quizquiz todo aquel receptáculo de preciosidades
con muestras visibles de un orgullo satisfecho. El guerrero lo vió
atónito de asombro; miéntras que oía, que no escuchaba, con estupor
las propiedades respectivas de aquel tesoro valiosísimo; pues
aunque Quizquiz, como ya lo hemos dado a entender, no era un hombre
comun, no por esto dejaba de pagar tributo a la supersticion de su
país, que le hacía ver en el hechizero un jénio superior, capaz de
leer en el quipus estrellado del firmamento los destinos de la
humanidad entera, i de sondear el porvenir de toda su jeneracion
con una simple mirada.
Con efecto, Umuc venía a ser entre los de Tavantinsuyu lo que
los agures en la antigua Reina o los astrólogos en la Edad media:
el depositario de la ciencia cabalística.
- Aquí tienes, dijo Umuc tomando unas hojas de agradable olor,
verdes claras i dentadas, el
|chílca; este es un específico
superior contra las roturas de huesos.
- Lo conozco, Umuc.
- Este es el
|huantuc; produce borracheras causa
visiones.
- I qué mas?
- Esas son todas sus virtudes.
- Adelante pues, repuso Quizquiz con impaciencia.
- He aquí el tremendo
|caspi-caracha. Este es un arbusto
frondoso, de hoja regular, lustrosa i olor grave; cuya sombra,
despues de hinchar a la persona, causa de seguro su muerte.
- Terrible efecto! I no tiene contra? preguntó Quizquiz animado
por una súbita esperanza.
- La tiene, siempre que se administre en tiempo al paciente unos
tragos de agua, en que se haya echado ceniza de la hoja o del
tronco del mismo arbusto.
- Es bien raro.
- Raro si; pero cierto, repuso Umuc con aire de autoridad.
Quizquiz guardó silencio, temeroso de prolongar con la discusion
un acto que para él duraba demasiado.
- Pero te voi a mostrar algunas resinas recojidas recientemente
...
- Umuc, no pudiéramos dejar eso para otra ocasion?
- No era mejor ya que estás aquí? ...
- Preferiría ...
- Preferirias? ... yo bien sé lo que preferirias, interrumpiole
Umuc sonriendo.
- Qué?
- Que te diese lo que has venido a buscar aqui.
- Precisamente.
- Pues bien, apusquipay, ahora me toca a mi preguntaros ¿no
pudiéramos dejar eso para otra ocasion?
- Perdona, Umuc, si te ofendí.
- Nada de eso es porque tal vez esto te tendría cuenta.
- Lo crees así?
- Lo creo. Podias ...
- Podía qué? preguntó sobresaltado Quizquiz, mas por el acento
que por las palabras del hechizero, aunque ellas eran bastante
alarmantes.
- Arrepentirte.
- Arrepentirme?
- No comprendo, Umuc.
- No quieres comprender; no ves que dejando eso para otra
ocasion ...
- Qué? preguntó Quizquiz que empezaba a perder el hilo de las
ideas por las sospechas que le estaban dando las retisencias de
Umuc.
- Lo de los bálsamos.
- Ah!
- Pues bien, dejando lo de los bálsamos para otra ocasion, acaso
pudiera preparártelos mejores que los que tengo actualmente.
Quizquiz respiró. Las últimas palabras del hechizero le quitaban
un fardo de encima; sin duda se había equivocado: Umuc nada
sospechaba.
- Sea como tú quieras, agregó al fin.
- No, apusquipay, esta no es mas que una indicacion mia.
- Me ocurre una cosa: dame los mejores que tengas i esperaré por
el resto.
- Bien pensado.
- Veamos, pues.
- Aquí tienes, dijo Umuc a Quizquiz con la mayor sencillez, i
como si la hubiese encontrado por casualidad, aquí tienes una
sustancia sacada del
|itiles i el
|pilcos, que
costituye uno de los venenos mas activos que conozco. No sé por qué
había olvidado ofrecértela.
Quizquiz estuvo a punto de gritar de placer. Las últimas
palabras del hechizero ponian término a aquella entrevista fatal.
Umuc lo había comprendido así, i por eso las había pronunciado;
como tambien con el objeto de ahorrar la iniciativa en tan
peligroso asunto a su interlocutor, que por lo visto no la tomaría
nunca.
- Dices que es un veneno muí activo.
- Activísimo.
- Entónces no puede ménos que ser escelente para embotar las
puntas de nuestras armas arrojadizas.
- Así es.
- Espero que me des alguna cantidad.
- Cuanta gustes.
Quizquiz sacó de entre uno de los anchos pliegues de su follada
túnica una cajita de oro como llevada al efecto, i recojió en ella
la sustancia. Guardola en seguida cuidadosamente.
Umuc lo miró por lo bajo, i sonriose.
Pasado esto, ya no se volvió a hablar de los bálsamos.
Los dos amigos se retiraron despues de mil protestas de
reciproco afecto. I cuando ya Quizquiz se perdía en las primeras
vueltas de la vereda que lo había traído, Umuc, mas bien saltando
que descendiendo por el tronco que le servía de escalera, tomó por
el lado opuesto murmurando:
- Insensato! todo lo sé ...