I
En la América del Sur, ácia su estremo occidental, se dilataba hace
hoi cuatro siglos i medio el imperio poderoso de Tavantinsuyu - sin
rival en el mismo continente, i segundo en el hemisferio americano.
Estendíase desde el Chimborazo i el Soratá hasta el Pazífico; i
desde el Atacama hasta el Rumichaca. De modo que estaba encerrado
entre el océano de agua i el de arena, i entre los volcanes de
cráter altísimo i el rio de lecho subterráneo. Servíale de doble
muralla el cordon montañoso, largo como la orilla del mar, que se
alza en picos desiguales, i se parte en cordilleras menores;
alcanzando muchas vezes su lomo hasta la rejion de las nieves.
Sobre estas dilatábanse en copos las exhalaciones de volcanes que
acaso no son ya sino montes de ceniza; i entónces bastaba tal vez
el humo de sus bocas a sombrear la zona rojiza del arenal, que
junta las bases de su cadena de cerros con las costas del mar del
Sur. Ningun raudal copioso se desataba ácia estos costados de los
Andes, en estremo vecinos del Océano para el alimento de grandes
corrientes, como las de los opuestos, en los inmensos yungas
(valles) del Amazónas, del cual es tributaria toda la parte
oriental, por enormes rios como el Tungurahua, que lleva su curso
por entre dos cordilleras, i el Apurimac que, rico con las aguas de
cien afluentes, entra bajo el nombre de Ucayale en el opulento
Marañon - el Mississipí del Sur. Hoi nacen, se mezclan i mueren
esos mares torrentosos en una sucesion de soledades; entónces se
deslizaban a la vista de sus dueños, i podía decirse que por entre
un cauce de pueblos. Encontrábanse en las sabanas frias rebanos
(oveja peruana) de vellon tupidisimo, vagando en tropa numerosa; i
a la sombra del bosque, o en el umbral de la gruta, reverberaban
los grandes ojos del yurag-taruga (ciervo blanco), cuya frente
enrejada de astas grises, semejaba la copa de un árbol despojada de
sus hojas por el invierno. Pero en el fondo de los valles el ardor
equinoxial animaba aun mas la naturaleza, i multiplicaba la vida.
Allí el otorongo (tigre), rei de las selvas americanas, cruzaba de
ladera a ladera diezmando los zoches silvestres, que pastaban en
manadas bajo el ojo de águila del ullahuanga (chicora) que desde
las nubes seguía la garra de la fiera, para descender a cebarse en
los rezagos del festin. Entre el tapiz herboso se elevaba el rumor
del crótalo de mil colores, semejante a una cinta de llamas; i en
los sitios ribereños del Guayas se arrastraba el corpulento calman,
desatando de sus fauces de reptil espesas ondas de almizcle, i
azotando con su cola de pez el cieno de las orillas. El vagra
(danta), el puma, solo inferior al leon líbico, el puca-puma
(leopardo), color de brasa en el vientre, el yana-puma (leon de las
aguas), de rujido estentóreo, i otros hijos del desierto moraban
bajo el aduar del salvaje i le disputaban su dominacion, al abrigó
del ahuano de tronco colosal, i hartos con el fruto de las
cimbradoras palmas del bosque. Mas el inmenso territorio de
Tavantinsuyu ofrecía amplio espacio al hombre i al bruto, que en
ausencia de la civilización intelectual, detenida del otro lado de
los mares, vivían en guerra abierta desde el Yaguarcocha o "lago de
sangre" hasta la "colina de plomo" o Titicaca, separados por los
ardientes arenales que se pliegan en médanos movibles; i desde el
Putumayo basta el Biobio.
En vano la naturalezá había hecho estériles i el clima habia
retostado las rejiones del Oeste, que no borbotaban ni un solo
manantial, ni recibian una gota de agua del cielo. Los de
Tavantinsuyu horadaban los cerros í derramaban por canales
subterráneos sus aguas sobre las esplanadas ingratas; o si no,
escalaban los estribos de la cordillera, fijando en sus variadas
alturas, como gradas, sus poblaciones, buscando por este medio la
fecundidad, desde sus faldas calorosas hasta sus cimas de páramos.
Así es que los apriscos, los huertos i los caseríos que se
enlazaban por todas partes, venian a formar una cadena de prolijios
de arte i de laboriosidad, cuyo resultado era la opulencia de sus
artífices.
Descendientes los de Tavantinsuyu de la raza rescatada por
Manco, que había echado los Cimientos del Cuzco, por prevencion
divina, en el centro del imperio, formaban una nacion numerosa i
adelantada en los progresos de la vida. Las ciudades eran
verdaderos monumentos de grandeza arquitectónica, i estaban
dispuestas en calles de estraordinaria lonjitud, pues las había de
tres leguas. Sus palacios de piedra viva donde apénas medio se
percibe la union de las partes, eran la obra de millares de hombres
por centenares de años. Sus templos estaban revestidos de láminas
de metales preciosos; i en sus bóvedas no moría el eco de los
cánticos de las Vírjenes del Sol, ni en sus áltares so apagaba
durante el año el fuego sagrado. Tenian magníficas vías militares,
sembradas de tambos abastecidos; i cementerios pazíficos, sin mas
cúpula que el cielo, ni mas adorno que las flores silvestres.
El espíritu conquistador de este pueblo singular era insaciable.
Así es que despues de haber ensanchado su poderío hasta el Maule
bajo el glorioso Yupanqui, por elSur, volvieron la faz al
sotentrion, i a las órdenes de Huayna vencieron i sujetaron la
nacion de los Quitus, fuerte i populosa; nacion que tendió la
cerviz al yugo, i escondió en lo intimo de su corazon el anhelo de
la venganza con el amor de su
|independencia.
Repasemos ahora en las pájinas del historiador los rasgos
privativos de la organizacion política de este imperio: en ellas
están trazados con su propio colorido; i nosotros necesitamos
conocer algo el pueblo de cuya vida vamos a presenciar varias
escenas.
El país estaba dividido en cuatro partes como claramente lo
indica su nombre. Rejía cada una de ellas un Apunchic (especie de
virei), que era siempre de la familia del inca, el soberano
absoluto. Despues de los apunchicuna
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seguian los Curacas, jefes de las
provincias i ajentes subalternos de aquellos. Por lo que hace a la
poblacion en jeneral, dividíase en decurias, centurias, millares
&.ª, con un Chunga, Paehsac, Guaranga-camayuc (decurion,
centurion, milenario) a la cabeza, segun el número, que cuidaba de
los derechos de su tribu i entregaba los criminales al brazo de la
justicia.
Esta se administraba por una série de Tribunales, establecidos a
razon de uno por cada poblado para los delitos de menor cuantía,
los que se castigaban dentro del improrogable término de cinco
días, contados desde la captura del reo; pues para los de mayor
existian otros, sin apelacion, con residencia fija en las capitales
de los departamentos.
Los Tribunales inferiores tenian el deber de dar cuenta
periódicamente a los superiores, para que estos la diesen a su vez
al Inca, de las sentencias pronunciadas; i no obstante esta
prudente medida, todos los años recorrian el país visitadores
|ad
hoc para oir las quejas i decidir los reclamos de los
naturales.
Las leyes entre los moradores de Tavantinsuyu, como las de todos
los pueblos en su pristina civilizacion, eran pocas, pero
suficientes. El robo, el adulterio i el asesinato se castigaban con
la pena de muerte. Así mismo se castigaban con dicha pena las
blasfemias contra el Sol i las maldiciones al Inca. Borrar los
linderos de los terrenos, destruir los mojones, cegar las fuentes,
incendiar las casas &.ª, eran todos delitos que se miraban
como enormes.
Cuando una ciudad o provincia se rebelaba contra su señor
natural, se la asolaba para siempre. El llamado delito de lasa
majestad era el mayor de los crímenes.
Así como existía una division política i otra judicial, existía
una territorial, que separaba el haz del país en tres porciones;
una perteneciente al Sol, su deidad suprema, otra al Inca i otra al
pueblo.
Los productos agrícolas de la primera porcion se aplicaban al
mantenimiento del culto, cuyos gastos eran crecidisimos, debido al
esplendor de los templos i a lo numeroso de los sacerdotes; los de
la segunda al mantenimiento de la nobleza; i los de la tercera se
distribuian,
|per capita, entre los habitantes.
La tierra se trabajaba en comun i en este órden: primero la
perteneciente al Sol; despues la perteneciente a los ancianos,
viudas, huérfanos, enfermos i soldados en servicio activo; i
últimamente la del Inca. Las leyes agrarias del pais solo concedian
el dominio útil sobre la tierra cultivable, i eso por el limitado
término de un año, pasado el cual volvía toda a la masa comun.
En cuanto a las manufacturas se observaba un órden semejante al
de las tierras. Las innumerables manadas de rebanos que vestían el
país en todas direcciones, i que eran de la esclusiva pertenencia
del Sol i el Inca, estaban a cargo de pastores entendidos, que
enviaban a las ciudades los machos para el abasto de la nobleza i
los sacrificios relijiosos; i que en las estaciones
correspondientes esquilaban los rebaños i remitían los esquilmos a
los almacenes públicos. Una vez estos allí, se repartían entre las
familias proporcionalmente para su vestido, cuya hechura estaba a
cargo de las mujeres i los niños.
Por lo espuesto se ve, que en este raro país, sin ejemplo en las
historias, en primer lugar dominaba el sentimiento relijioso, en
segundo el sentímiento popular, i en tercero el de la reyedad; i
que, aunque rejido por un despotismo autocrático en combinacion con
las doctrinas socialistas modernas, que tanto ruido meten hoi en el
mundo político, no presentaba un todo grotesco; al paso que su
gobierno, sobrepujando en bondad al patriarcal, se confundía por su
escelencia con los encantos de la fábula.
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Tal vez no sea fuera de propósito
recordar aquí a nuestros lectores, que uno de los modos de formar
el plural en la lengua quichua, es añadiendo la terminacion
|cuna al singular.
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