Rafael Maya
(1897-1980)
o la tradición
conservadora
Conservador en política, católico en religión y clásico en
poesía, Rafael Maya publicó, en estos quince años, tres volúmenes
de versos:
|Coros del mediodía (1930),
|Después del
silencio (1935) y
|Tiempo de luz (1945). Y tres ensayos:
|Alabanzas del hombre y de la tierra, volumen
|
I, 1934;
volumen II, 1935, y
|Consideraciones críticas sobre la literatura
colombiana (1944), acaso el más personal y valioso de sus
trabajos en este campo.
Una poesía clásica en un tiempo de
cambio
La obra poética de Maya se destaca por su sobriedad expresiva y
el afecto inalterable hacia ciertos temas, constantes a todo lo
largo de su producción. Primero que todo su ciudad natal,
Popayán:
-
- hecha de granito y de mármol
- con escudos de piedra tosca
- que unen la clave de los arcos,
- y llena de polvo y de huesos
- como un antiguo catafalco
La cita resulta ilustrativa: confirma su devoción por el pasado
y por ciertas figuras literarias
|-Virgilio, Horacio
|-
que le ayudan a expresarlo. Así la poesía de Maya, en este período,
mantiene vigente su admiración por los personajes de la mitología
griega
|-Flora, Afrodita, el joven Arcade
|-, o
cristiana
|-Jesucristo como poeta crucificado, en uno de los
poemas dialogados de
|Después del silencio- o incluso del
fantasma romántico, como en su romance "Mujer y
rosa".
Pero cuando trata de incluir en ella las nuevas realidades
-"En las abiertas calles/ forjaban sus motores/ o movía
sus hélices/ la divina mecánica" ("La muerte del
héroe")
|-la estructura se resiente y fracasa.
Debe, como en otro de sus poemas dialogados, "Rosa
mecánica", contrastar la naturaleza, en sus formas más
simples, un tallo de hierba, un escarabajo azul, con una
conflagración cósmica (palabra, esta última, que utiliza con
frecuencia) en la cual caen mil fábricas por el suelo. Sólo así se
siente insertado, de nuevo, en el mundo que le es propio: el de la
tierra, en sus ciclos legendarios; el del firmamento, siempre
inmutable.
Igual sucede en romances como el de "Elegía de las
lámparas", donde la llegada de la luz eléctrica a un
pueblo le dicta amargas reflexiones. Se reza menos y la luna,
provinciana, se pierde en "alegre/calle de letreros.
/¡Todo lo cambiaron/los negros inventos!". Sí, el mundo de
Maya no es el del "ruidoso/mecánico infierno".
Pero no se piense por ello que se complace en el rechazo fácil. Sin
bien ama "las sombras todas/ del antiguo tiempo",
en algunos de sus mejores momentos logra una acertada fusión de
formas clásicas y temas eternos, todavía válidos. Su
"Invitación a navegar" es muy lograda, en tal
sentido. El adiós que profiere a su tierra, y a sus propios
límites, es sereno, y logra crear un vasto horizonte en torno suyo,
no diluyéndose en él mismo sino manteniendo vivas sus raíces. Esta
estrofa es un buen ejemplo:
-
- La tibia noche de mi infancia
- oyó una historia de naufragios
- en que mi abuelo, que tenía
- un corazón de Ulises bárbaro,
- murió de viejo en una isla
- comiendo dátiles dorados.
La utopía poética se torna palpable, y la voluntad de huida se
asume en correspondencia con un sentimiento entonces muy
generalizado. Lo corrobora la novela
|Cuatro años a bordo de mí
mismo (1934) de Eduardo Zalamea y el título, y el contenido, de
un libro de poemas de José Umaña Bernal:
|Itinerario de fuga,
también de 1934. Igualmente, en "Mujer sobre el
ébano", otro poema dialogado, infunde a su verso, en
ocasiones demasiado lógico, un muy humano erotismo:
-
- dorar la alcoba, como la luna un puerto
- Parecía que de sus hombros
- arrancaban dos llamas para iluminar su cuerpo,
- y que toda ella, desde la raíz de las vértebras
- hasta el nácar mínimo de las uñas,
- participase alegremente de la energía elástica
Pero éste no se mantiene, en otros textos, ni logra volver más
accesibles sus largas y a veces un tanto monótonas reflexiones
filosóficas, o su titanismo, un tanto sumario.
Quizá consciente de ello él prefiere concentrar sus esfuerzos en
la flexible cárcel del soneto.
|Tiempo de luz, por ejemplo,
es un libro que sólo contiene sonetos: 49 escritos entre 1940 y
1945. Limita así su ambición, como el que lleva igual título, a una
estética, no por menor, menos reveladora.
-
- Ahora voy a lo humilde, a lo pequeño,
- buscando en todo la fracción divina
- de un amor, de un crepúsculo, de un sueño.
- Y sólo así mi corazón advierte
- la unidad que se encuentra en toda ruina,
- y el designio creador que hay en toda muerte.
Los tiempos modernos no impedían escribir poesía. Le daban, por
el contrario, un extraño encanto. El de manifestar, en versos bien
medidos, su distancia de una modernidad, y un progreso, que
definitivamente no le interesaban. Más aún: de repudiar una
"revolución en marcha", que, por cierto, no era
la suya, y que, además, comenzaba a estancarse apelando a la
intemporalidad clásica. Poeta culto, poeta intelectual, poeta
docto, estas preocupaciones se hacen más claras en sus ensayos.
Una crítica
justa ante una tradición precaria
"Fue firme siempre sin arrogancia vana, y orgulloso,
sin vanidades pueriles": así describe Maya a José Eusebio
Caro y algo de eso hay también en Maya. Continuidad y rigor,
desdeña el histérico brillo de los aciertos ocasionales y elige, en
cambio, la penumbra diligente. Trabaja a largo plazo.
"Somos un pueblo de hombres apasionados y, por lo
tanto, mudables e inconstantes", escribe en su ensayo
sobre "Aspectos del romanticismo en Colombia", y
luego agrega: más que apasionados somos, en realidad,
"simplemente emotivos". Esto explica quizá
"el país de burócratas y de eminencias
pedigüeñas", como lo definió; y da pie para su
aristocratismo de espíritu: los prejuicios dominantes y la voluntad
señuda y vengativa de las masas -tales son sus palabras- arrasarán
con cualquier jerarquía, recreándose en el espectáculo final
"de una vasta e incurable mediocridad". El Ortega
y Gasset de
|La rebelión de las masas (1929) entusiasmó a
muchos latinoamericanos.
Esta conciencia crítica sustentada en una ética del lenguaje le
fue útil para analizar nuestra breve tradición anterior, con gran
perspicacia.
"Muchas de las poesías de Rafael Núñez son exposiciones
prosaicas de temas científicos, escritas en renglones
cortos". "¿Qué cosa quedó de ese humanismo del
siglo pasado, de ese fervor por los estudios clásicos de que fue
símbolo preclaro Miguel Antonio Caro? Quedó un poco de fraseología,
la afición por ciertos temas eruditos y algo que podríamos definir
como la manía o prurito del
|greco-latinismo. En fin: un
humanismo fraccionado y acomodaticio, para uso de la oratoria y el
periodismo, y con todos los estigmas del ripio y del
regazo". "Pequeña, muy pequeña, en relación con
su vida, su talento y su formidable ilustración es la obra de
Valencia".
En 1944 se definió con estas palabras: "No me ha
disgustado nunca la palabra retrógrado, ni cuando se aplica en
sentido literario, ni cuando se le da significación política y
religiosa. Si algo necesita apoyarse en los suelos más duros del
pasado es la revolución". He aquí el fundamento de su fe
en "la continuidad lírica de Colombia".
"Como todos los pueblos pobres y felices, hemos cantado
mejor de lo que hemos logrado vivir. La belleza nos ha prestado
auxilio siempre para suplir abundantemente lo que nos alegó la
menguada realidad".
Mirada al
contorno
En un país de nueve millones de habitantes, como el que
describió muy bien la norteamericana Kathleen Romoli
|
6
, donde sólo había 35.000
extranjeros registrados como residentes, y "en el que la
clase gobernante es limitada y el 80% de la población es
analfabeta", era apenas natural que los escritores
buscasen perpetuar el carácter ideal de su república literaria.
Como lo dijo Alberto Lleras, a la presidencia de la república se
podía llegar por una escalera de alejandrinos pareados. Sólo que
por aquellos años, y con buen olfato, ya percibían las
modificaciones que experimentaría su hábitat. Ahora sólo les
quedaban los suplementos literarios de los periódicos, y no el
país, para medir sus fuerzas.
Otro viajero, el boliviano Alcides Arguedas, había registrado en
su libro
|La danza de las sombras (1934) el tiraje de los
diarios, al comenzar la república liberal, en el treinta. Eran
estos:
|"El Tiempo, 30.000 ejemplares en edición
ordinaria y hasta 50.000 los domingos;
|Mundo al Día, 20.000
y, los sábados, hasta 40.000;
|El Espectador: 15.000;
|El
Nuevo Tiempo: 5.000;
|El Diario Nacional: 4.000;
|El
Debate: 3.000"
|
7
.
Allí, a través de ellos y, claro está, mediante la radio, se
daría la batalla por la modernización y el cambio. Pero los ensayos
de Maya, releídos hoy, resultan demasiado largos para una volandera
hoja de periódico. Eran, si se quiere, más profundos y más graves.
No es que Maya se situase al margen de lo que estaba pasando. Por
el contrario. Como director de la crónica literaria del diario
|El País, de Cali, impulsó, desde 1936, las primeras
apariciones públicas de Piedra y Cielo, y, antes, los trabajos
pioneros de Aurelio Arturo. Y, aunque breve, su participación, en
1944, como miembro del partido conservador en la Cámara de
Representantes, muestra, con claridad, sus simpatías políticas.
Pero hay algo en él que se sustrae a los afanes de la hora. Una
solidez en su tarea crítica y una equilibrada frialdad en su
quehacer poético, que demuestran la firme profesionalización de su
tarea y el recto criterio con que siempre la puso en práctica. Sin
abdicaciones y a la vez sin concesiones.
Jorge Zalamea
(1905-1969),
la praxis de un
hombre de letras
En 1933 Jorge Zalamea publica su ensayo político:
|De Jorge
Zalamea a la juventud colombiana. Era vicecónsul en Londres. Se
trata de una vigorosa diatriba contra la generación del Centenario,
"inconciencia, debilidad, histrionismo y mezquindad en sus
fines", tales las acusaciones, y un llamado de alerta a
los miembros destacados de su generación -Los Nuevos, título de una
pequeña revista literaria de la cual sólo aparecieron 5 números en
1925-, previniéndolos acerca de su "adhesión entusiasta a
los hombres y doctrinas" del Centenario. Los
"nuevos" más destacados eran los hermanos Felipe
y Alberto Lleras Camargo, Maya, Arciniegas, Elíseo Arango, León De
Greiff, Francisco Umaña Bernal, Manuel García Herreros y Luis
Vidales, a juzgar por la nómina de colaboradores. La carta de
Zalamea es, además de un programa de gobierno, una defensa de la
independencia del hombre de letras ante la política, y a la vez de
su libertad de participar, si así lo exige su conciencia, en tareas
colectivas.
"Un pueblo económicamente enfermo no puede producir
cultura; si ya la tenía la pierde; si carecía de ella, jamás estuvo
tan lejos de alcanzarla" dice allí, y a su regreso a
Colombia, en el año 36, habría de entregarse, con gran entusiasmo,
a las tareas que en el campo cultural promovía la primera
administración de López Pumarejo. En ella Zalamea se desempeña como
secretario general del Ministerio de Educación y luego, por 18
meses, encargado interino del mismo, y como director de la Comisión
de Cultura Aldeana. Si en el primer cargo defiende con brillante
inteligencia, ante la Cámara y el Senado, la reforma educativa, en
el segundo publica una muy válida monografía sociológica sobre el
departamento de Nariño (1936). De 1937 a 1938 es secretario general
de la Presidencia y en tal cargo elabora un estudio sobre
|La
industria nacional (1938).
El niño que había comentado libros de los decadentes franceses
en
|Cromos; que se había embarcado, aventurero adolescente
por tierras de América, con una compañía de teatro, y que de 1928 a
1933 precozmente maduró, viajando, entre otros países, por España,
había mantenido con Federico García Lorca una estrecha amistad,
según lo corroboran las hermosas cartas de este último, había
puesto su vocación literaria al servicio de una causa con la cual
se sentía identificado. Había conocido el poder, y las obligaciones
que conlleva. Su conferencia, en mayo de 1936, en el Teatro
Municipal de Bogotá, titulada "La cultura conservadora y
la cultura del liberalismo", es una cabal muestra del
debate intelectual y político en aquellos años.
A las acusaciones de "ordinariez y mental
bajeza" que se le hacen al gobierno liberal, él responde
con un análisis de los treinta años de hegemonía conservadora:
1900-1930. No sobra recordar que en el plano de las ideas, y de
manera más esquemática, estos años han sido los del positivismo
(1880-1900), los del espiritualismo (1900-1920) y los de
planteamientos socialistas, entre 1920-1940, con el reconocimiento
del populismo como factor importante de la escena política
latinoamericana. Consecuente con esa renovación progresista,
Zalamea saca sus conclusiones. ¿Cuáles son?
La existencia, durante aquellos treinta años, de un proceso de
mistificación que había sustituido "la cosa concreta y
viva" por la retórica; que había disimulado "la
ignorancia de la geografía humana y del hecho económico"
con acicalamientos de clásico o intemperancia de románticos, cuando
no con "el bálsamo milagroso destilado en tierras
ultramarinas por los Barres y los Daudet y los Maurras".
La última alusión era transparente: se refería a esa
"Acción Francesa" traducida a Manizales que era
el grupo de Los Leopardos, varios de los cuales habían colaborado
en Los Nuevos, con artículos por demás dicientes, Augusto Ramírez
Moreno, en el No 1, con el titulado "La orientación
reaccionaria de la juventud" y Silvio Villegas, en el No
3, con el denominado "Reflexiones inactuales". La
polémica literaria se convertía en lucha política. A la vibrante
oratoria de Los Leopardos, que habían escuchado con atención la
vociferaciones de Mussolini y los silencios de Franco, Zalamea
oponía la pragmática construcción de escuelas, colegios y
universidades. A la profesión de fe religiosa y política, en
asuntos educativos, una amplia tolerancia de credos e ideas. Pero
el asunto no era fácil y él mismo reconocía allí, en esa
intervención, la "pesada y lenta marcha de los órganos
administrativos" y el débil e intermitente interés de las
regiones por la acción del gobierno central. La modificación del
estilo y el tono de la vida nacional, que había señalado como meta
de su gobierno López Pumarejo, al asumir el poder en 1934, no
parecía factible lograrla en tan poco tiempo, pero de todos modos
la construcción de la Universidad Nacional, a lo cual Zalamea
coadyuvó en forma tan eficaz, atestiguan su capacidad de trabajo en
el terreno de la praxis cultural. Originados en la misma voluntad
pedagógica son los tres libros que publica en un mismo año: 1941.
Son ellos
|La vida maravillosa de los libros, viajes por las
literaturas de España y Francia que fueron, originalmente, charlas
por la radio;
|Nueve artistas colombianos, breves textos de
presentación de los pintores del momento: Pedro Nel Gómez, Ignacio
Gómez Jaramillo, Gonzalo Ariza, Luis Alberto Acuña, Sergio Trujillo
y el escultor Ramón Barba, entre otros; e
|Introducción al arte
antiguo, un breviario didáctico.
En estos años la vocación de Zalamea se encaminaba más hacia la
tarea pública, en sus aspectos de divulgación cultural y
actualización de referencias, que en la elaboración de una obra
propia. Sólo años más tarde, en el exilio argentino, redactaría su
mejor obra:
|El gran burundún-burundá ha muerto (1952) y
experimentaría "la consolación poética", deparada
por sus traducciones de Saint-John Perse. Ahora, en estos años.
Zalamea asumía con honestidad su identificación con un partido, el
liberal, y un gobierno, el de López Pumarejo, que encarnaba, en el
campo administrativo, similares propuestas renovadoras a la suya en
el campo literario. Esta actitud suya, similar a la de Sanín Cano
cuando, en contra del peso de la tradición hispanizante, presentó
las literaturas nórdicas a un público que las desconocía del todo,
muestra también las ambigüedades y conflictos de un medio que, por
pobre y precario, no permitía a verdaderos hombres de letras como
eran Sanín Cano y Zalamea el pleno despliegue de su fuerza
creadora. Debían, primero, crear el espacio propicio donde su obra
pudiera desarrollarse. Sólo que, por desgracia, en tal tarea
secundaria consumieron buena parte de su energía y su talento.
Jorge Rojas
(1911-1995):
muchos poetas,
una sola creación
Una lectura panorámica de la obra de Jorge Rojas, recogida en
volúmenes como
|Suma poética (1977),
|Obras completas
(1978) y
|Obra poética (1986), es sorprendente: conviven allí
varios poetas.
En primer lugar el sonetista impecable que, como ya lo dijo
Alvaro Mutis, hace pensar en el Siglo de Oro. Un Siglo de Oro
evaporado y elusivo, pero siempre elegante y bien dibujado. Luego
el traductor de
|El cementerio marino de Paul Valéry que hace
suya la poesía pura para cantar, en ajustados tercetos, una ciudad,
Tunja, donde "lo soñado/ me oculta claramente lo
vivido" y la arquitectura mental, reconstruida en el
interior del poeta, se elabora "con un conocimiento
luminoso, sin mancha de experiencia". Más que la historia,
la música de Claude Debussy.
Pero no son sólo esos dos poetas los que allí se expresan: hay
también un creador feliz e ingenioso, que retuerce las metáforas,
con la misma alegría con que la generación del 27 dio franquicia al
juego verbal para airear la rigidez neoclásica. Como Rafael Alberti
y Pedro Salinas, su preferido. Jorge Rojas, el deportista, se
divierte sabiamente con los vocablos, respetando todas las reglas
poéticas e inventando algunas otras. Allí están, entonces,
"los columpios que mecen/ el vuelo de los
ángeles", pero allí mismo, en
|La forma de su huida
(1939), asoman otras divinidades.
En primer lugar, claro está, "nuestro Santo Padre Juan
Ramón", como lo llamaba, que se hace concreto en la
evanescencia y prolonga su musicalidad en un acorde siempre
diferido de color: "Vivir como una isla, lleno por todas
partes/ de ti, que me rodeas,/ ya presente o distante,/ con un
temblor de luz/ primera, sin pulir,/ sin arista de tarde,/ ni
sombra de jardín".
Un joven maestro, como puede verse, que hace de la confidencia
otra forma de la impersonalidad, y que comienza a convivir con otro
poeta, más rotundo, más explícito, que recibe también, como todos
los miembros de su generación, el alud terrestre de Neruda y
recorre sus mismas "calles de fósforos y de
calcio", para cantar, con terquedad impar, su tema, el
tema por excelencia: el de un deseo que aspira a ser concreto
(mujer-poema) y que termina por convertirse en una fugaz música
inasible. La del recuerdo. La de la conciencia enfrentada a su
vacío.
Un vacío que va llenando otro Jorge Rojas, prolijo, enumerativo,
americanista, con sus amplios paneles de poesía pública, de Colón a
Bolívar, de Santander a las ciudades colombianas que exalta en
largas odas: Cartagena, Cali, Bogotá.
Sin embargo, ese poeta de los héroes y los paisajes, de las
piedras, las frutas y los ríos empieza, poco a poco, a volcarse
hacia una intimidad exacerbada: la de la pasión amorosa, tan ebria
como arrasadora.
Ello se hace evidente en su
|Cárcel de amor (1976), donde
los cuerpos se vuelven báquicos al intentar detener con el vino la
lividez del olvido, coronados de uvas.
Otro poeta surge, entonces, que clama calcinado. Que busca
recobrar el fluido consuelo de un líquido redentor, como en
"Salvación por el agua", y que añora, quizá, las
brumas campesinas, la casa rodeada de árboles, los momentos de la
doncella. Pero, en realidad, sólo encontrará a la misma poesía.
La que su último libro,
|Huella (1993), patentiza,
demostrándonos su cabal conocimiento de una tradición formal que, a
partir de Góngora, tendió más hacia el escorzo becqueriano que
hacia el abigarramiento barroco; y que terminó por encontrar en el
abrazo de la melodía su refugio y su alivio: "me lanzo a
estrecharla entre mi alma/ y quedamos a gusto./ Su piel contra mi
piel,/ como en los sueños, solo en mi compañía, su cuerpo,/ el
cuerpo de la música".
El hombre que habla a solas, desbordado dé palabras que debe
precisar con nitidez, pacta una tregua en el perpetuo combate, y al
efectuar el recuento de rostros que ya son fábulas, de afectos que
son sólo nombres también idos, encuentra, como es obvio, tan sólo
su propio fantasma, impalpable entre las cosas que lo han
acompañado para siempre: una copa, una terracota, un dibujo de
Foujita.
Un sueño más, que debe clarificar también, con el afán
nominativo con que se remonta al pasado, en el romanticismo
sensible de una persecución infinita. Ese último Jorge Rojas,
herido por Eva en su costado, y que dice, con la plena tranquilidad
que sólo da la auténtica poesía,
-
- Qué fácil es vivir: llegar a lo más alto
- de la vida y mirar la prometida tierra
- y ver por fin, oh vida, los soles del ocaso
- dorar las yertas torres donde la muerte espera.
Los muchos poetas que convivían en el poeta concluían, como debe
ser, en el sensible clasicismo de quien fecundaba la herencia con
la originalidad de su aporte, y volvía productiva su fantasía y su
lenguaje autónomo frente a lo real, para enseñarnos así, con
palabras de Danilo Cruz Velez, cómo "el poeta posee el
poder de captar el relumbrar instantáneo de lo individual y de
fijar en el verso su presencia efímera y fugaz, lo que no logra el
filósofo ni el científico, que van siempre en pos de la universal y
lo abstracto propios de la idea platónica y de la ley válida para
una pluralidad"
|
8
.
Eduardo
Carranza (1913-1985):
"Salvo
mi corazón, todo está bien "
Si bien los primeros poemas de Aurelio Arturo, aparecidos en
suplementos literarios de 1931 a 1934, constituyen el punto de
ruptura en medio del largo dominio modernista, éste sólo falleció
oficialmente en Colombia en 1936 con la aparición del libro inicial
de Eduardo Carranza:
|Canciones para iniciar una fiesta, al
cual habrían de seguir, dentro del período que contemplamos, otros
dos:
|Seis elegías y un himno (1939) y
|Ella, los días y
las nubes (1941).
Y fue quizá la personalidad beligerante de Carranza, nacido en
Apiay, en los Llanos Orientales, y afirmada en su destino de poeta,
la encargada de dar carta de ciudadanía a una poesía esbelta y
emotiva, llena de sugerencias musicales y que tenía como elementos
más propios un cielo perpetuamente azul y un coro de doncellas
inmateriales, o de "doradas señoritas lánguidas",
como las llamaría cuarenta años más tarde.
Esta poesía, que encontraba en Garcilaso y en Gustavo Adolfo
Bécquer algunos de sus paradigmas, respiraba un clima de juventud y
lozanía, regido por una gracia ágil, entre nebulosa y mágica, a
través de la cual asomaba un idealizado pero perceptible paisaje
tropical; y una vibrante sonoridad, surcada de juegos de
palabras:
-
- ¿En qué jardín del aire o terraza del viento,
- entre la luz redonda del cielo suspendida,
- creció tu voz de lirio moreno y la subida
- agua surtió que te hace de nube el pensamiento?
Transparente en el sentimiento y artificial en la forma, había
en ella, sin embargo, algo íntimo en medio de su levedad. Como lo
dijo Jorge Zalamea en 1940: "Eduardo Carranza tiene alas
para vuelos más altos y amplios que los circulares que ensaya en su
clausurado jardín de niñas como alondras y jazmines como
niñas".
En contra de la altisonancia predominante, Carranza opuso un
adelgazamiento verbal y un acento más fino, hecho casi siempre de
nostalgia:
-
- Asomada en su alma, ella sonríe
- detrás del aire, pensativamente.
Al mismo tiempo Carranza, amparado en Rubén Darío y Juan Ramón
Jiménez, iniciaba sus campañas líricas y secundado por Bolívar, el
Bolívar autoritario, el Bolívar de la constitución boliviana, sus
escaramuzas políticas. Sus escaramuzas poéticas en 1935 tuvieron
por blanco a Guillermo Valencia.
En 1941 volvía a la carga calificando a Valencia de
"retórico genial al servicio de un poeta menor",
en un resonante artículo titulado "Bardolatría",
en el cual esbozaba su poética: "En el lirismo lo esencial
no es lo que se dice sino lo que no se dice, la dorada niebla de
sugestión que esfuma los contornos del poema"
|
9
. Se afiliaba así a una
ilustre tradición colombiana que de José Asunción Silva a Eduardo
Castillo y de éste a Aurelio Arturo ha preferido la insinuación al
grito. La voz baja al discurso.
Pero en ese entonces Carranza ya no era, como se autodefiniría
en 1974, "el secreto adolescente triste", sino
"el joven victorioso en su relámpago". Su
relámpago fue Piedra y Cielo.
Apropiándose del título de un libro de Juan Ramón Jiménez, y con
el patrocinio de Jorge Rojas, mecenas del grupo, aparecieron entre
septiembre y diciembre de 1939 cinco cuadernos, y al año siguiente
dos, que recogían producciones del propio Rojas, Carlos Martín,
Arturo Camacho Ramírez, Eduardo Carranza, Tomás Vargas Osorio,
Gerardo Valencia y Darío Samper.
Con los ojos fijos en la generación española del 27, que la
célebre antología de Gerardo Diego, en 1932, había puesto a
circular por toda América, esta poesía aérea, delicada y
suspirante, que retomaba "el imperio tan dulce como
tiránico de las eternas normas poéticas"
|
10
, según las palabras de Jorge
Zalamea, adquirió, sin embargo, en el caso de Carranza, una
entonación propia.
Base de su fama fueron sus sonetos, recogidos en
|Azul de
ti (1937-1944).
Allí se agrupan versos que la memoria colectiva no olvida, como
aquellos de "Teresa en cuya frente el cielo
empieza" o el conocido final de su "Soneto con
una salvedad": "salvo mi corazón, todo está
bien", que gozaron de justa resonancia. La poesía, ha
dicho Carranza, es anécdota trascendida, y en ellos un
neorromántico exaltaba, dentro de la tradición clásica española, el
mito del amor juvenil.
La palabra
|melancolía, una melancolía entre enternecedora
y elástica, define muy bien dicho período, en el cual mantiene la
añoranza de un paraíso feliz y perpetuamente perdido. Un paraíso de
palmeras y vastos horizontes por el cual flotan, translúcidas, o
saltan, gimnásticas, innumerables muchachas, siempre en flor. Su
lenguaje diáfano y su buen gusto le impiden caer en el riesgo
sentimental, como lo ha señalado Fernando Charry Lara.
Una nota de Carranza, fechada en 1943, y referida a su compañero
de Piedra y Cielo, Jorge Rojas, define bien los objetivos del
grupo: la vigencia de los istmos, situada entre 1920 y 1935, ha
quedado atrás; atrás han quedado, entonces, "los
deleznables tópicos ultraístas, la denominada poesía social, a base
de un falso internacional de lugares comunes; la utópica poesía
pura con su pretencioso hermetismo".
"Se buscaron de nuevo la claridad conceptual, la
clásica ordenación, la métrica y los ritmos tradicionales y una
prudente objetividad; se procuró -aun reaccionando contra la
anécdota literaria y el poema argumental- dar a la poesía asideros
mentales y sentimentales y reducir su misteriosa fluidez, su aroma
volandero, a más lógicas y obvias fórmulas expresivas".
Como él mismo lo reiteraba, "volvieron a los eternos
asuntos con las eternas palabras: el amor terreno y el celeste
amor, la angustia del tiempo, del espacio, de la muerte, la
ausencia, la voluptuosidad, la nostalgia, la melancolía, la alegría
o la pena de existir. Había pasado la tormenta, y el campo, el aire
y el cielo de la poesía, eran de nuevo puros, azules,
cristalinos"
|
11
.
Sólo que esa poesía primaveral, mimética, en ocasiones, de la de
Pedro Salinas, de la de Jorge Guillen, de la del propio Paul
Valéry, cuyo
|El cementerio marino tradujo Jorge Rojas en
1945, corría varios peligros. El mayor, como lo expresó en 1944
Joaquín Pineros Corpas, refiriéndose a la totalidad del
piedracielismo, era el comprobar cómo "la excesiva finura
de las imágenes" comunicaba a los textos "una
fragilidad exasperante". Lo que fue asombroso, y metáforas
sorpresivas, se había trocado en fórmula. A partir de allí, y
utilizando el mismo arsenal metafórico, Carranza se dedicó a
cantarle, en voz alta, a la patria. Fabricó, así, una poesía
pública y enumerativa, conmemorando paisajes y gestas sobre la cual
ha caído, en forma justa, el peso del tiempo. En esa ruta, próxima
al "nerudismo", lo había precedido Jorge Rojas
con sus conocidos poemas "El cuerpo de la patria"
y la "Parábola del nuevo mundo", dedicado este
último a Cristóbal Colón y fechado en 1945.
Autor de uno de los primeros artículos que se escribieron en
Latinoamérica sobre José Antonio Primo de Rivera, el caudillo
falangista; defensor, en el juicio universal, de Benito Mussolini;
cantor de
|Cara al sol, "el himno más hermoso de
amor y muerte que yo conozco", Eduardo Carranza era, al
iniciar la década del cuarenta, un poeta célebre, que, en cierto
modo, había desplazado a Guillermo Valencia, arrebatándole su
"cetro de insigne marfil". Viajaría, en 1946, a
Chile, como agregado cultural, y allí, como más tarde en España,
entre 1951 y 1958, su poesía experimentaría un cambio sensible.
Maduraría y se enriquecería.
Precisamente un poeta chileno, Pablo de Rokha, proverbial
enemigo de Neruda, visitó por aquellos años, 1945-1946, a Colombia,
publicando sus impresiones en un libro bastante olvidado hoy en
día
|
12
. Miembro del
partido comunista y defensor a ultranza de la Unión Soviética,
Rokha se sorprende al ver cómo, durante el segundo gobierno de
López Pumarejo, muchas "figuras intelectuales de la Clase
Media, que adoptan las formas académicas de la versificación
caduca" y que "arrastran aún la marca de la
camisa negra del fascio"
|
13
, representan una tendencia innovadora. Le
asombra aún más comprobar cómo "la actitud académica de
Piedra y Cielo aparece como revolucionaria", y cómo la
reacción hace la revolución liberal contra la reacción, apoyándose
en los reaccionarios, todo lo cual,
"indiscutiblemente" -según él- "va a la
demagogia"
|
14
. Tal era el contradictorio clima en que se
desarrolló Piedra y Cielo, calificado por Rafael Gutiérrez Girardot
de "revolución en la tradición".
Sin embargo, 40 años más tarde, estas palabras de Danilo Cruz
Vélez hacen justicia al aporte inicial de Carranza. "El
primer libro de Carranza" -dice- "significó una
ruptura con una tradición de extemporaneidad y una incorporación de
la poesía colombiana a la modernidad". ¿La razón? En
|Canciones para iniciar una fiesta "el poema se
desliga de lo dado, y no tiene que buscar su verificación en las
cosas -en los objetos exteriores, en los sentimientos, en el mundo
cultural- sino en sí mismo"
|
15
. Autonomía de la poesía para cantar lo que
su propio lenguaje le dicta y así poder recobrar, de nuevo, el
mundo. Tal la contribución de Carranza y su grupo. Un aporte, como
todos los de este período 1930-1946, marcado por las fecundas
contradicciones de una época de cambio. Pero, como diría Borges,
¿no son acaso todas las épocas, épocas de cambio? Así, por lo
menos, y en este caso concreto, lo atestigua esta literatura,
debatiéndose, de continuo, entre un pasado que la constriñe y un
futuro que no logra visulizar, del todo, en sus retrocesos y
rupturas. En su sensibilidad renovadora y en sus avances, a veces
no del todo perceptibles.
Bibliografía
|América Latina en su literatura. Coordinación e
introducción: César Fernández Moreno (México: Siglo XXI-UNESCO,
1972).
Fernando Charry Lara, "Eduardo Carranza en la poesía
colombiana", estudio preliminar a la antología de
Carranza:
|Hablar soñando (México: Fondo de Cultura
Económica, 1983).
Fernando Charry Lara, "Los poetas de los
nuevos", en
|Revista Iberoamericana, 128-129
(Pittsburgh, julio-diciembre 1984).
Rafael Gutiérrez Girardot, "La literatura colombiana en
el siglo XX", en
|Manual de Historia de Colombia,
vol. III (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1980).
Héctor H. Orjuela,
|Fuentes generales para el estudio de la
literatura colombiana (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo,
1968).
|Revista de las Indias, 1936-1950. Selección de textos
(Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores
Nacionales N° 28, 1978).
|
6
|
En su libro
|Colombia (Buenos Aires: Editorial Claridad,
1944), p. 294
|
|
7
|
Cfr.
|La danza de las sombras, 1934, p. 163.
|
|
8
|
Ver Danilo Cruz Vélez:
|El misterio del lenguaje (Bogotá;
Planeta, 1995), p. 93.
|
|
9
|
"Bardolatría", incluido en Gloria Serpa de
Francisco,
|Gran reportaje a Eduardo Carranza (Bogotá:
Instituto Caro y Cuervo, 1978), pp. 111-132.
|
|
10
|
Ver "Notas sobre Piedra y Cielo",
|Revista
de las Indias, V (Bogotá, febrero-abril, 1940), pp.
169-180.
|
|
11
|
Citado por Danilo Cruz Vélez en "Arte poética de
Eduardo Carranza, incluido en
|El misterio del lenguaje, op.
cit, pp. 76-82.
|
|
12
|
Ver
|Interpretación dialéctica de América Los cinco estilos
del Pacífico (Buenos Aires: Ediciones Libertad, 1947).
|
|
13
|
|Ibid p. 322.
|
|
14
|
|Ibid, p. 314.
|
|
15
|
Danilo Cruz Vélez,
|op. cit.
|