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DE LEÓN DE GREIFF A EDUARDO CARRANZA (1930-1946)

En 1930 León de Greiff publica en Medellín su |Libro de signos, segundo mamotreto, como acostumbraba a subtitularlos, de su producción poética. En 1945, en Buenos Aires, Germán Arciniegas ve editada su |Biografía del Caribe (1945). ¿Qué ha pasado entre estas dos fechas en la literatura latinoamericana en general y en la colombiana en particular?

Un cambio que hoy nos resulta evidente pero que en aquel entonces no era fácil percibir en medio de tantas tendencias, tan diversas entre sí, y todas conviviendo en el mismo ámbito.,

Denuncia y protesta

Como el título de un libro del poeta peruano Luis Nieto aparecido en 1938: |Puños en alto, Poemas de barricada y combate, la primera y más obvia es la que hace suya la denuncia antiimperialista (United Fruit, Standard Oil, explotación minera) y el ataque a los intermediarios locales, la vieja oligarquía terrateniente, la nueva, y ya ávida, burguesía industrial, centrándose tanto en el análisis del latifundio como en el de los emigrantes europeos, al sur del continente. En el suburbio como en las desdichas del campo.

La primera imagen, en consecuencia, y quizá también la más superficial, es la de las gruesas líneas, en blanco y negro, de los grabados en madera con los cuales se ilustraban libros y revistas por aquellos tiempos. Un buen ejemplo, a nivel colombiano, lo constituye |Mancha de aceite (1935), la novela de César Uribe Piedrahíta sobre los yacimientos petrolíferos en Venezuela.

Campesinos en los puros huesos; obreros que protestan sobre un telón de fondo de fábricas y chimeneas; banqueros de lustroso sombrero de copa y un puro entre los dientes. El garrote del Tío Sam. Esta iconografía se repitió, sin mayores variantes, por toda América. Tenía que ver, nadie lo duda ahora, con el encuentro en Washington, en 1938, de Franklin Delano Rooseveit y el perpetuamente reelegido dictador de Nicaragua Anastasio Somoza.

La lista de dictadores es extensa y abarca del Caribe al Río de la Plata: Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana, sobre el cual, en 1946, el escritor colombiano José Antonio Osorio Lizarazo publicó una elogiosa semblanza, pagada por el propio Trujillo: |La isla iluminada; Maximiliano Hernández Martínez, en El Salvador; Jorge Ubico, en Guatemala; Fulgencio Batista, en Cuba... Los dictadores latinoamericanos, apoyados en tantos casos por Estados Unidos, manejaron sus países como haciendas y prefirieron, antes que senados obsecuentes, el terror y el paternalismo como métodos para mantener su cesarismo, en verdad poco ilustrado.

No es extraño entonces que "la era de Trujillo", como él mismo quiso autodenominarla, iniciada en 1930, coincida, en sus comienzos, con la llamada "década infame" en la Argentina. El golpe militar del teniente general José Félix Uriburu en contra del presidente radical Hipólito Irigoyen habría de inaugurar en aquel país, tan alejado en apariencia de las llamadas "repúblicas bananeras", una cadena interminable de golpes de cuartel que si bien parecía suspenderse con la elección, en 1946, de Juan Domingo Perón como presidente, no por ello dejaría de reanudarse al poco tiempo. Pero es quizá la muerte de Juan Vicente Gómez de Venezuela, en 1935, la que mejor sintetiza este período. La perdurabilidad de los dictadores adquiría ya caracteres legendarios (sobre Gómez el escritor colombiano Fernando González publicaría en 1934 un libro, |Mi compadre).

Así lo entendió muy bien Miguel Ángel Asturias, quien abrió este mismo ciclo a nivel literario con sus |Leyendas de Guatemala (1930), donde la mitología maya y el surrealismo francés engendran un producto latinoamericano, de alto voltaje poético, cerrándolo, en 1946, con la obra que retrataba ante el mundo el personaje nuestro por excelencia: |El señor presidente.

Al lado de las dictaduras castrenses, que Colombia no tuvo, la preocupación ya sea por el indígena o por el negro alimentaban una producción literaria que subordina la validez estética a la reivindicación social, en tantos casos apenas esquemática: indios y blancos, patrones y obreros. Las referencias canónicas son, en la novela, |Huasipungo (1934) de Jorge Icaza y |El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría; y como curiosidad frustrada |El tungsteno (1931), del poeta peruano César Vallejo; y en la poesía: |Motivos del son (1930), |Sóngoro cosongo (1931) y |West Indios Ltd. (1934), de Nicolás Guillen. Es apenas natural, en consecuencia, que escritores colombianos como Antonio García, en |Pasado y presente del indio (1938) o Jorge Artel, en |Tambores en la noche (1940), se adscriban, con carácter derivativo, a estas líneas mayores. Como lo decía García, en un artículo aparecido en la |Revista de las Indias, en 1941: "Ciro Alegría está escribiendo en novelas la sociología del Perú" | 1 . Sólo que deteniéndonos con mayor atención en el terreno y contemplándolo en detalle, veríamos cómo al lado de esta literatura "comprometida" en sus inflexiones ideológicas y sociológicas hay también otra que desde la vertiente ensayística reflexiona buscando una trascendencia mayor.

Reflexión y trascendencia

Esta segunda línea la ejemplifica el título del libro de Raúl Scalabrini Ortiz aparecido en 1930 en Buenos Aires: |El hombre que está solo y espera. ¿Quién es él? El habitante de la gran ciudad. El transeúnte que en medio del acelerado desarrollo urbano busca sus raíces queriendo conocer, a fondo, esa patria, en tantos casos ajena, que tiene allí delante. Lo hará, en ocasiones, desde la lírica. En otros, y apelando a las nuevas ciencias del hombre: antropología, sociología, psicología, elaborará aportes capitales para la comprensión de estos países. Enumero tres. |La radiografía de la pampa (1933), de Ezequiel Martínez Estrada, en la Argentina; |Casa grande e senzala (1933), de Gilberto Freyre, en el Brasil; y |Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), de Fernando Ortiz, en Cuba.

Estas páginas, aún válidas, y volcadas con atención minuciosa al análisis de realidades concretas, tratan de una geografía y un mestizaje; una historia y un desarrollo; unas relaciones de producción y una filosofía, incluso. Hasta una concepción del "ser nacional" que bien puede desprenderse de allí. Por las mismas fechas Luis López de Mesa, entre nosotros, se preguntaba igualmente |De cómo se ha formado la nación colombiana (1934), Eduardo Mallea redactaba las páginas de |su Historia de una pasión argentina (1937) y Samuel Ramos trazaba el |Perfil del hombre y la cultura en México (1985).

Se buscaba la América profunda, la América esencial, y se trataba de rehacerla, de nuevo, a través de la educación y la cultura, la autenticidad y el deporte, los clásicos griegos o las lenguas indígenas, superando tanto el nepotismo dictatorial como las desigualdades sociales. Para ello era útil tanto el evolucionismo de López de Mesa, como el idealismo de Mallea, como el positivismo de Ramos, como el marxismo que José Carlos Mariátegui revelaba en un libro programáticamente titulado: |Defensa del marxismo (1934). Era una cultura progresista, en su reformismo democrático, que buscaba dejar atrás la devota penumbra clerical y su empecinado aislamiento del mundo moderno.

Quedaba atrás la "república vieja" como se dijo en el Brasil, en 1930, cuando Getulio Vargas subió al poder. Pero quizá otros nombres expresen, de manera más clara, tal viraje. Los de Lázaro Cárdenas, en México, nacionalizando las compañías anglo-holandesas y norteamericanas explotadoras de petróleo. O el de Rómulo Gallegos, el autor de |Cantaclaro (1934), |Canaima (1935) y |Pobre negro (1937), quien en 1940 había sido candidato simbólico a la presidencia de su país, Venezuela, obteniéndola efectivamente, luego, para el período 1948-1952, y siendo derrocado en noviembre de 1948 por un golpe militar. Desterrado en Cuba, y luego en México, sólo diez años más tarde volvería a su patria.

Política y exilio: dos constantes del escritor latinoamericano en esa y en casi todas las épocas. ¿No aspiró también acaso José Vasconcelos a ser presidente de México, siendo derrotado en 1930? ¿No publicó en 1933 Alejo Carpentier su primera novela, de tema afro-cubano, |¡Ecue-Yamba-0!, teniendo que exiliarse, en París, al poco tiempo, por culpa del dictador cubano de turno? En todo caso, en el Perú, mientras Víctor Raúl Haya de la Torre promueve las consignas socialistas del APRA, reforma agraria, defensa del indio, estado anti-imperialista, uno de los hombres que lo secundan con mayor entusiasmo, Luis Alberto Sánchez, historiador y crítico literario, publica en 1940 un libro denominado |Balance y liquidación del novecientos.

Se clausuraba el modernismo entre nosotros y sus últimos estertores decadentes. Se buscaba dejar atrás aquel movimiento que en Colombia parecía dar frutos tardíos con |El árbol que canta, de Eduardo Castillo, aparecido en 1928, pero que sin embargo contribuiría aún a nutrir las obras poéticas de Porfirio Barba-Jacob y de Rafael Maya y a tornarse apenas decorativo y ya carente de nervio, no de elegancia, en los madrigales galantes de Alberto Ángel Montoya.

Fin de esa época y comienzo de otra: la explosión, en la década del veinte, de las vanguardias, se había amortiguado y sus ecos, en Colombia, salvo el único ejemplo tantas veces citado de |Suenan timbres (1926), de Luis Vidales, no fueron oídos. Sin embargo una tercera, y por ahora última mirada, al imaginario mapa literario de América Latina que vamos esbozando, nos permitirá advertir, aquí y allá, secretas manchas de verdor que retomaban el ímpetu de la vanguardia, adensándolo. Tales manchas presagiaban el verdadero cambio.

El verdadero cambio

¿Quién fue su artífice? Varios. Entre ellos, y en primer lugar, Jorge Luis Borges. En 1932 aparece en la Argentina, con el título de |Discusión, una recopilación de sus ensayos: la poesía gauchesca, la cabala, el cine, el escritor argentino y la tradición, las versiones homéricas, Whitman y Flaubert. Allí también un ensayo fechado en 1930 y titulado "La supersticiosa ética del lector". En su página final Borges escribe esto:

La preferida equivocación de la literatura de hoy es el énfasis. Palabras definitivas; palabras que postulan sabidurías angélicas o resoluciones de una más que humana firmeza |-único, nunca, siempre, todo, perfección, acabado- son de comercio habitual de |todo escritor. No piensan que decir de más una cosa es tan de inhábiles como no decirla del todo, y que la descuidada generalización e intensificación es una pobreza y que así lo siente el lector. Sus imprudencias causan una depreciación del idioma | 2 .

Concluyendo:

Ignoro si la música sabe desesperar de la música y si el mármol del mármol, pero la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin | 3 .

Por los mismos años que en una literatura honesta y animada de buenas intenciones, patética y tremendista, o simplemente panfletaria, pretendía cambiar el mundo, Borges modificaba el ángulo de enfoque y hacía que la literatura se mirase a sí misma. Gracias a tal modificación, nuestras letras se volvieron mucho más eficaces. A la |suma de protestas, quejas y llantos se oponía ahora la |resta, donde imperaba tanto el humor como el pudor, el juego y la ironía, la creativa erudición. La literatura latinoamericana ya no se agotaría más en la servidumbre de la denuncia sino que se trocaba en el sueño lúcido de una prosa, y de una poesía, tan despojada como tumultuosa, tan exacta como reveladora. Ahora sí, efectivamente, la realidad era creada y recreada de arriba a abajo, gracias a la imaginación.

Lo confirman el Borges de |Historia universal de la infamia (1935) y el Borges, ya plenamente dueño de sí, de |El jardín de senderos que se bifurcan (1941) y de |Ficciones (1945). El Felisberto Hernández de |Por los tiempos de Clemente Collins (1942), en el Uruguay, o el ambiguo mundo, entre fantasmal y concreto, de la chilena María Luisa Bombal, en |La última niebla (1935) y |La amortajada (1938). También la precisa "irrealidad" científica de Adolfo Bioy Casares en su novela |La invención de Morel (1940). Y el fecundo aporte, a nivel de la prosa ensayística, de autores como el colombiano Baldomero Sanín Cano, con |Crítica y arte (1932), el mexicano Alfonso Reyes, con |La experiencia literaria (1942) y el dominicano Pedro Henríquez Ureña en |Plenitud de España (1942) y |Las corrientes literarias en la América hispánica, en su edición en inglés de 1945.

Sin embargo, y utilizando una expresión del historiador francés Fernand Braudel, podemos decir que también en América Latina conviven historias paralelas con velocidades distintas. En 1941, el mismo año en que Eduardo Caballero Calderón, en Colombia, publica |Tipacoque, estampas de provincia, José María Arguedas, en el Perú, edita |Yawar-Fiesta y Juan Carlos Onetti, en Uruguay, edita |Tierra de nadie, precedida, en 1939, por |El pozo.

El solitario de Onetti y esos exiliados, no sólo de Europa, sino de toda ilusión colectiva, eran ya hombres que se miraban a sí mismos con el desapego y la morosidad típicas del existencialismo. La novela como fenomenología. La confluencia de puntos de vista, en la obra de Arguedas: costeños, serranos, mistis, indios, y su incorporación del quechua en pro de la ductilización de un lenguaje que los unifique, hace de ella un producto natural de la transculturación narrativa. Por su parte Caballero Calderón, teniendo siempre en mira la lengua de Castilla, fija su terruño boyacense, y sus inconfundibles campesinos, con nostalgia pasatista: ese también era un mundo arcaico que la industrialización haría polvo.

Ciudad y campo, sí, gamonales y siervos, sí, liberalismo y fascismo, sí, modernidad y anacronismo, también, pero así mismo una literatura, en todo el continente, que buscaba ir más allá de esas oposiciones binarias y en tantos casos apenas maniqueas.

Si en la década del treinta Arturo Uslar Pietri, con |Las lanzas coloradas (1931), asume la barbarie de las guerras de Independencia, Roberto Arlt, con sus |Aguafuertes porteños (1933), aparecidas antes en los diarios, hace suyo el desamparo de los proletarios, los marginados y el nihilismo radical de los anarquistas, defensores del acto gratuito, a través de un lenguaje del todo ajeno a la Academia pero en cambio pleno de vitalidad y fuerza. Los tiempos disímiles confluían en espacios comunes, buscando una nueva independencia. A ella contribuirían la industria, la educación y el voto democrático. Independencia que, empleando expresiones del libro de López de Mesa ya citado, nos permitiría superar la etapa de la "emotividad adolescente" e ir más allá de un arte que sólo era "un sollozo de soledad", "el gemido de un errabundo en el vacío".

Donde se dio en forma más palpable este propósito de renovación literaria fue en la poesía. Allí se destacan, con claridad, las obras señeras. |Altazor, de Vicente Huidobro, aparecido en 1931; las |Residencias en la tierra I y II, de Pablo Neruda, aparecidas en 1933 y 1935, respectivamente; los |Nocturnos, de Xavier Villaurrutia, en 1933, y su |Nostalgia de la muerte, en 1938; |Tala, de Gabriela Mistral, en el mismo año; y |Poemas humanos y |España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, clausurando la década de 1930 a 1940. ¿Sólo ellos? No, por supuesto.

También allí, comenzando, o definiéndose, las obras de Ricardo Molinari y de Enrique Molina, en la Argentina, cuyo primer libro: |Las cosas y el delirio, data de 1941; Rosamel del Valle y Humberto Díaz Casanueva, en Chile; Emilio Adolfo Westphalen, en el Perú |-Las ínsulas extrañas es de 1931 y |Abolición de la muerte, de 1935-; José Lezama Lima, en Cuba: |Enemigo rumor es de 1941; Jorge Carrera Andrade, en el Ecuador; Pablo Antonio Cuadra y Carlos Martínez Rivas, en Nicaragua... Los gérmenes renovadores a los cuales no era ajeno el surrealismo habrían de tener una larga y robusta descendencia.

Esta década y media que ha visto el ascenso de Hitler al poder, en 1933; sentido, en carne propia, la tragedia que fue la guerra civil española, iniciada el 18 de julio de 1936 -el mismo año en que Eduardo Carranza publica en Colombia sus |Canciones para iniciar una fiesta- y padecido, en todos los órdenes, las incidencias de la segunda guerra mundial, entre 1938 y 1945, es la que ahora sí podemos entrar a estudiar teniendo en cuenta este marco latinoamericano, y desde la perspectiva específica de las obras literarias colombianas de alguna significación que se editaron durante estos quince años: 1930-1946. Los años, en Colombia, de la llamada república liberal. Caracterizados, en poesía, por los nombres de De Greiff, Porfirio Barba-Jacob, Rafael Maya, Aurelio Arturo y la irrupción de Piedra y Cielo, con Eduardo Carranza a su cabeza. En el ensayo por Sanín Cano, López de Mesa, Germán Arciniegas, Jorge Zalamea, Hernando Téllez. Y en la novela por Eduardo Zalamea, Uribe Piedrahita, Osorio Lizarazo, Caballero Calderón y Fernando González, oscilante entre ella y el ensayo. No son todos, pero sí algunos de los que conviene tener en cuenta.

Colombia literaria: reacción y progreso

La convivencia, en el mismo lapso, de por lo menos tres generaciones: la del Centenario, la de los Nuevos y la de Piedra y Cielo; la imagen que nos deparan las revistas literarias más destacadas de la época, |Revista de las Indias (1936-1950), |Pan (1935-1940); las tensiones advertibles entre una modernización que se desea y unos remanentes vetustos cuyo peso era todavía decisivo; la voluntad democrática, a nivel popular, que llevaba a escritores como Germán Arciniegas a dar con prosa ágil versiones revisadas de la historia en general y de Colombia en particular (el caso de |El estudiante de la mesa redonda (1932), con todo el ímpetu juvenil de éste como transmisor de cultura y abanderado de grandes cambios; su trabajo sobre |Los comuneros (1938) o su biografía de Jiménez de Quesada, revaluando el barro indígena y convirtiendo su figura, al final, en una resurrección del Quijote andariego por tierras de América), todo ello apunta hacia esa búsqueda que la nación, y el espíritu, emprendían de "mejores aires", como lo proclamaba León de Greiff en sus poemas. De más amplios horizontes, como los que Baldomero Sanín Cano iba acotando.

Colombia, a raíz de la depresión económica de 1929, padecía los vaivenes del mercado mundial e incluso en ella varias cosas se modificaban. Fijada, siempre, dentro de la órbita del "Réspice Polum", la estrella del norte que simbolizaba a Estados Unidos, en aquel período sus contactos con el resto de América Latina se hicieron más fluidos. Lo prueba, como hemos visto antes, la errática existencia de Barba-Jacob, peregrino por toda América.

Pero no sólo eso. El hecho de que Fernando González, con su "método emocional" y su vitalismo un tanto incoherente, centrase su atención en Juan Vicente Gómez el tiempo suficiente para dedicarle un libro -mezcla de ángel y de tigra parida, lo llama- atestigua que en él, como en el Uribe Piedrahita de |Mancha de aceite, las fronteras nacionales eran imposiciones ajenas, frutos de los desmembramientos producidos por las guerras civiles, posteriores a la Independencia, o de la balkanización ulterior, propiciada por el capital extranjero, y no necesidades emanadas de la propia realidad americana, cuya unidad ya era perceptible.

En este sentido el libro clave es la |Biografía del Caribe, de Germán Arciniegas. En él toda la historia de estos pueblos, una historia que no cesa en ningún momento, es siempre idéntica. Narrada en presente, desbordada de anécdotas y animada por un humor leve y una fulgurante rapidez narrativa que le da ímpetus de novela, gracias a ella nos acostumbramos a tratar con naturalidad a los seres más remotos e inaccesibles. Va de Colón a Teodoro Roosevelt, del siglo XVI al | XX, y todo ello bajo el sol de las Antillas. Como lo dice Arciniegas, refiriéndose a una de las ciudades de este mundo: "allí cada nación arroja un nuevo grupo de colonos, cada continente un color, cada lengua un acento, hasta hervir una de esas espumosas ollas podridas que son la gloria del puchero universal" | 4 . Fernando González, por su parte, afirmaba que Suramérica era "el teatro del gran mulato", entendiendo por mulato todo individuo de sangre mezclada.

Asumiendo, entonces, el mestizaje como base de nuestra cultura, Arciniegas logra darnos una visión de ese arco insular que se extiende sobre unos 4.700 kilómetros, en el cual la belleza natural y la rapiña imperialista, como en el caso del canal de Panamá (1903), los contrastes de culturas y el sincretismo religioso y musical, forman un ininterrumpido estrépito histórico que no podía menos que sacudir la gris molicie colombiana de aquel entonces, con su bien manejada prosa de periodista viajero.

En realidad todo contribuía a sacudir la modorra. El conflicto armado con el Perú, en 1932, en el mismo Putumayo de Uribe Piedrahita, en |Toa; las reformas tributarias y la nueva ley de tierras, de López Pumarejo, en el 36; el fracaso del golpe militar contra él, en Pasto, en 1944, y, cómo no, la aspiración presidencial de Jorge Eliécer Gaitán y las masas que lo acompañaban a todo lo largo de estos años.

Esto se reflejaría de modo muy claro en la narrativa de Osorio Lizarazo, uno de sus biógrafos, quien en 1939 publica un folleto titulado |Ideas de izquierda. Liberalismo, partido revolucionario, donde critica la primera administración de López, considerando ya frustrada su "revolución en marcha". En una república anodina e impersonal, dice, y además eminentemente conservadora, sólo ha habido un cambio de rótulo. Más certeras, en cambio, son sus novelas, aparecidas por aquellos años que parecen hacer de él la figura arquetípica del período, con todas las limitaciones que ello implica. Una, |La cosecha (1935), y otra, |El hombre bajo la tierra (1944), lo abren y cierran, en forma previsible, refiriéndose a la vida en las haciendas cafeteras o a la explotación de las minas, todo ello dentro del área rural. Pero la urbanización, tan decisiva, es la que mejor estudia en su ciclo bogotano, que comprende, para este período, |La casa de vecindad (1930), |Hombres sin presente (1938) y |Garabato (1939).

La brevísima descripción de su contenido es ya un reflejo cabal de aquellos tiempos: En la primera, y debido a la llegada de los linotipos, un tipógrafo pierde su empleo y acaba convertido en mendigo. En la segunda, "novela de empleados públicos", como la subtitula, Osorio logra conciliar el análisis de la incipiente burocracia con una monotonía -la monotonía bogotana- aún más intolerable que la propia mediocridad de sus pequeños seres. Y en la tercera, remontándose a principios de siglo y llegando hasta Enrique Olaya Herrera, nos da un cuadro muy amplio de un niño que sufre los rigores de la educación eclesiástica, el reacomodamiento de las clases sociales, una vez terminadas las guerras civiles y, sobre todo, de la miseria inalterable de un Bogotá sombrío, de velas de cebo, que Osorio buscaba despertar con sus relámpagos justicieros.

Los mismos que se volverían realidad, en poco tiempo, con los incendios del 9 de abril de 1948, que arrasarían con esa época.

La nueva cultura, una cultura del deporte y la radio, una cultura de la calle, en ebullición, que ante la escasez sentida por todos -fueron años de hambre- desencadenó intensos y variados cambios sociales, obligando a la gente a abandonar su secular pasividad y participar activamente en la vida colectiva, convivía con otra, de signo contrario. Convivía, sí, pero también luchaba contra ella, en forma denodada. Con razón López de Mesa, al final de su trabajo acerca |De como se ha formado la nación colombiana, decía: "el desorden de la cultura en que vivimos denota un período de transición", agregando: "Nuestro mundo es una fantasmagoría, el cinematógrafo lo representa ante la historia" | 5 .

Muy seguramente. Pero también, ante estos avances, otros prefirieron replegarse, explorando mundos interiores y sacando a la luz tesoros escondidos. No es insólito que uno de los poemas más aplaudidos de la época sea |La ciudad sumergida (1939), de Jorge Rojas, un laborioso descenso al interior de sí mismo, al mar del tiempo y la memoria, donde la búsqueda se hace mediante "un conocimiento luminoso, sin mancha de experiencia", en impecables tercetos.

Pero es quizá la publicación, en 1942, del poema "Morada al Sur" de Aurelio Arturo, en la revista de la Universidad Nacional, la institución que mejor encarna la nueva cultura por aquel tiempo, donde esa inmersión confirma la importancia de la poesía, como lo había hecho ya en De Greiff, para representar a un país en su verdad más íntima y sin embargo más compartible: Ya "no eran jardines", ni "atmósferas delirantes". Era una sola hoja:

Pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos los colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia.

La que daba razón de ser a una tierra y a unas gentes, alimentándose de su circunstancia, pero trascendiéndola gracias a la síntesis melódica que sus ritmos, purificados de toda nostalgia espúrea, alcanzaban. Era el adiós a una naturaleza convertida en magia.

En los mismos años de la preocupación hispánica de Piedra y Cielo, y los sucesivos furores gongorinos, garcialorquianos, nerudianos y miguelhernandezcos; de la asimilación de la derecha francesa por parte de "los leopardos" de Manizales o de la eficacia comunicativa, en su tarea biográfica-periodística, a la usanza norteamericana que demostraba Arciniegas, Aurelio Arturo recobraba el hilo de un diálogo entre el poeta y su medio que nacido, quizá, en Silva, atravesaba esa decisiva época de cambios para  mantener y renovar una tradición. Para perdurar, siendo algo original. Algo que atiende a los orígenes de nosotros mismos.

El liberalismo reformista que subió al poder con Olaya Herrera, otorgando derechos a la mujer y posibilitando el acceso a la conducción del país de una clase empresarial más próxima a una burguesía moderna, suscitaría, por simpatía o rechazo, por afinidad o distancia, diversas propuestas literarias. Esos avances y esos retrocesos, esas pugnas y esos marginamientos, son los que ahora podemos medir mejor, a través de varios casos concretos.

Literatura que en tantos casos parecía evadirse de los problemas inmediatos, la fuga desembocó, en los mejores, en obras muy nuestras. Otros, compenetrados con su momento, parecen más bien devorados entre la rigidez de dos fechas. Sin embargo, la auténtica literatura, que es siempre un perpetuo presente, se nutre tanto del pasado como de los imprevisibles caminos que va abriendo.

Baldomero Sanín Cano (1861-1957), maestro benévolo

La revista |Patria, de Bogotá, decía en su edición correspondiente al 6 de noviembre de 1924: "Ha salido de Londres con rumbo a la República Argentina, de donde se encaminará a esta ciudad, nuestro ilustre compatriota don Baldomero Sanín Cano, quien ha estado ausente de la patria desde hace cosa de veinte años, durante los cuales ha contribuido al brillo del nombre colombiano por su vasta erudición literaria y sus campañas de prensa al servicio de las más benévolas ideas".

Nombrado representante a la Cámara por el partido liberal, en 1933; miembro de número de la Academia de la Lengua, en 1935, y rector de la Universidad del Cauca, en 1942, el retorno de Sanín Cano a Colombia lo convierte en una figura pública. Más importantes, por cierto, son los libros que durante estos 15 años edita. Son cuatro: |Crítica y arte (1932); |Divagaciones filológicas y apólogos literarios (1934); |Ensayos (1942) |y Letras colombianas (1944).

Aparecidos dos en Bogotá, un tercero en Manizales y el cuarto en México, comprueban su voluntad de religarse a su tierra, brindándole el caudal de lecturas, países, idiomas y amable sentido de las proporciones que había ido adquiriendo en sus dilatados desplazamientos por el mundo. Periodista siempre, y aclimatador de novedades, como fue calificado en forma despectiva, fue, en realidad, el fundador entre nosotros de la moderna crítica literaria, a partir de sus maestros Taine y Brandes. Calificado, además, de "neo-liberal", por José Carlos Mariátegui, "porque la palabra liberalismo sabe a cosa rancia, bastante desacreditada", Sanín Cano sirvió de puente para conectar a Colombia con el mundo y lograr que el estrecho ámbito parroquial que nos ahogaba adquiriera unas dimensiones mucho más amplias.

Era un viejo "modernista", si así puede decirse -recuérdese que nació en 1861-, que en aquellas décadas del treinta y cuarenta recogía su cosecha, sin por ello anquilosarse, con los ojos vueltos al pasado. Por el contrario: los tenía muy abiertos para reconocer, en 1936, que Tomás Carrasquilla -según su criterio: "el mejor novelista de Colombia"- no había hecho otra cosa que leer y escribir, "las ocupaciones fundamentales del hombre de letras", y destacar, un año después, las virtudes de León de Greiff en su |Variaciones alredor de nada (1936). Hablando de De Greiff repite lo que se dijo de Carrasquilla: "toda su vida, toda su inteligencia, todos sus estudios miran a la poesía".

Entender el oficio intelectual como una tarea diaria fue, aunque parezca insólito, una de sus lecciones más fecundas. En segundo lugar, la atención que siempre prestó a las letras colombianas, ubicándolas dentro de un marco comparativo, a nivel latinoamericano, y en general, universal. No fue intolerante, en ningún momento, y su rigor, a simple vista, no resulta demasiado perceptible. Pero el tono de su prosa está allí, en los periódicos, día tras día, y luego en los libros, hasta convertir su presencia reiterada en una modificación radical de la escala de valores: hablaba de lo que sabía. Los que debían ser tomados en cuenta -Silva, Valencia, Isaacs, Carrasquilla, Luis Carlos López, Rivera, Maya, De Greiff- lo fueron, por fin, de manera racional y justa. Si a comienzos de siglo les descubría a los colombianos el por qué de la pintura impresionista, en los treinta, con idéntica generosidad de espíritu, y a partir del nivel intelectual que él mismo había obtenido, les demostró que formaban parte del mundo y que era necesario dicho conocimiento para que el aporte nuestro, quizá insignificante, quizá valioso, fuera posible.

Hay, al final, en su prédica, una insistencia demasiado paternal, ante una grey que no parecía escucharlo, pero si bien ello lo torna digresivo, y algo errático, sus elementales mandamientos no fueron estériles. Entre el nacionalismo a ultranza y el cosmopolitismo mimético, él impulsó el cambio de una visión crítica que luego, en discípulos suyos como Hernando Téllez |(Inquietud del mundo, 1943; |Luces en el bosque, 1946; |Diario, 1946) habría de volverse más personal y urticante. Pero sin Sanín Cano nada de ello hubiera sido posible. Sereno, antidramático, jovial, en medio de hispanistas rezagados, censores eclesiásticos y maniáticos de la ortografía, él representó la ecuanimidad, el mundo, la alegría de leer, la sabia sonrisa. No parece mucho, pero hoy como ayer tal aporte resulta decisivo.

León de Greiff (1895-1976): uno y múltiple

El De Greiff de aquellos años, como lo resaltaba Sanín, pasaba por su mejor momento. Publica |Libro de signos, Variaciones alredor de nada y |Prosas de Gaspar (1937), redactadas estas últimas entre 1918 y 1925. Inspirado y burlón, travieso y erudito, bardo y músico, da la impresión de no tomarse a sí mismo demasiado en serio y, sin embargo, está produciendo algunos de sus más significativos poemas; los "Relatos", por ejemplo.

Gran lector de libros de viajes, en una de las "Favillas" recogidas en |Variaciones se interroga:

¿Qué se hicieron los vagos anhelos innocuos?
¿Mi fuga?
¿Mi evasión?
¿Mis periplos jasoneos?
¿Qué se hicieron los cálidos vinos de la Aventura
y los tesoros
de mis noches estremecidas en el selvoso asilo
bolombólico?
"Anclado.
Al pairo.
En mi sitio".
Dijo El Otro.

El Otro, que era él mismo. Como Háraid el Obscuro, todos sus viajes eran ya viajes de regreso. Había hallado el lugar y la fórmula. Su transhumancia, en el tiempo, y sus desplazamientos, en el espacio, se concentraban, ahora, en la variedad infinita de su escritura, que crecía, precisamente, ante la chatura del medio que la rodeaba.

Lodo, barro, nieblas; bruma, nieblas, brumas
de turbio pelaje,
de negras plumas.
Y luces mediocres. Y luces mediocres.

Así la había apostrofado, en su |Libro de signos, en un poema de título definitorio: "Balada del tiempo perdido", y el paisaje, cómo no, traslucía el alma. Pero su juego, como él mismo lo confesaba -risueño-, era un juego mucho más taimado. Miraba sin ver y sólo se escuchaba a sí mismo. La música que brota de sus páginas es, en consecuencia, la más opulenta y variada.

Una línea narrativa, de incomparable destreza, se enriquecía con un guiñolesco trasfondo de minucias históricas, sabiduría literaria y chistes propios. Un juguetón sentimentalismo: "Esta rosa fue testigo/ de ese, que si amor no fue, ningún otro amor sería", atemperaba su salacidad jocunda: "Oh Rosa de los abrazos/ de fulva leona en brama /Rosa picara felina". Y esta lujuria de buena ley -"dóname tu lagar tibio y recóndito"- contribuía a vigorizar el pentagrama infinito de sus ritmos; su obsesión por convertir el poema en pura música.

Sólo que la corporeidad era palpable. Admitía el sarcasmo contra "toda la trinca, todo el cotarro, ¡el zafío lote¡" y hacía que un lenguaje añejo se desempolvara con su desparpajo de juglar extemporáneo. Parecía precipitarse en el absurdo, por culpa de sus caprichos, pero nunca caía.

Erguido y robusto mantenía muy bien su origen sueco, y las fuentes que lo nutrían: de Barba-Jacob a Poe, de Verlaine y Rimbaud a Baudelaire y Laforgue, de Tristan Corbiére y Heine, al Flaubert de |Bouvard y Pecúchet. Sabía también hacia donde se encaminaba su nave -para emplear uno de sus tópicos predilectos-: hacia sí mismo. En el "Relato de Gaspar" lo dice:

en orgulloso narcisismo
espiritual aposente el entero
ritmo de las fazañas antañonas
y el palpitante ritmo de mi iluso
ensoñar y también el turbulento
inverecundo ritmo de mi pasión desbordada,
y el ritmo sincopado de mi definitivo aburrimiento:
en orgulloso narcismo, ¡Oh Risa!

Contra "el grasoso potaje de la vida cotidiana", él enfila su tedio y enrumba su odio, en ningún momento dañino. Eran formas de un discurrir distraído, y en el fondo inocente, de grata charla bohemia, en el café y entre amigos. Pero esta charla, ingeniosa, viva y animada por muchas lenguas, mucha música y diversas literaturas, no le impedía mantener, con claridad, las distancias, "Lejos de Santanderes y Bolívares", como dice en el "Relato de Aldecoa".

El ocioso era lúcido y su no hacer nada terriblemente fecundo. Incluso en la exploración de tierras vírgenes (cómo se reiría, con tal expresión) había sido pionero, mucho antes que Uribe Piedrahita y Zalamea Borda en sus respectivas novelas. Él, De Greiff, también dejó la ciudad y se fue a perseguir el oro, en los ríos de Antioquia, el Nare, el Porce, con puertos soleados, tiendas de lona, gentes de aventura, alcohol y alegres damiselas, que ahora surgen, en su memoria, como el paraíso perdido. El barco ebrio de Rimbaud, anclado en una altiplanicie -Bogotá- poblada de nubes y mugre. Era la vida en bruto; la vida sana, en fin, la que había quedado atrás y a la cual ahora el fastidio urbano va haciendo perder brillo.

Pero todo el paisaje muy concreto de ríos y quebradas, de casas de zinc y guaduas, de aguardiente y hamacas, se trueca, sin perder por ello nada de su sabroso picante, en una saga mitológica, donde Venus y Sirenas conviven con robustas campesinas, en algo inconfundiblemente colombiano, dentro de su peculiar imaginación. Es ya Bolombolo, "región salida del mapa", tan real como propia, y a la cual él puebla con sus numerosos personajes. Una multitud de alter-egos que él ha puesto en marcha, con su talento, y en plan de conquista, como señala Jorge Zalamea, para ocupar esa tierra que ya era suya mediante el idioma, la música, la ironía y el amor perceptible. Todos ellos -el picaro truhanesco, el juglar medieval, el sentimental claudicante, el iracundo polemista-, todas estas máscaras sugieren su prodigiosa capacidad inventiva, sustentada en una férrea realidad: la fidelidad a sí mismo; a sus quimeras, invenciones y mentiras. Su máxima evasión, su mayor irrealidad, era vivir en Colombia.

Entre Ofires soñados y penurias reales, De Greiff va tejiendo su vasta tela, de "cazador cazado". "Corazón desalado y espíritu burlón", "de poeta (y en el Trópico) estoy": qué mejor definición que la suya propia. El resultado en estos años treinta -véase el "Relato de Sergio Stepansky" o el "Relato de Guillaume de Lorges"- es insuperable.

La distancia fecunda

"Todas las cosas /trujéronme fastidio" decía un León de Greiff juvenil, en los años veinte, y algo de ese ademán distanciador se mantuvo a lo largo de toda su trayectoria.

Fue en el gesto y en la figura todo un poeta, de boina y pipa, el gabán abultado de novelas policiacas, y la legendaria tertulia en el |Café Automático, intoxicados de humo, café y aguardiente todos los asiduos. Las réplicas maliciosas y el humor corrosivo.

Pero ese tedio existencial, ese elogio consciente a la pereza,

La pereza agiliza, apresta, aguza... Pereza... ¡Oh palafrén que yo cabalgo!,
como reconocía en un poema de 1922, dio como resultado una poesía recia, díscola y rebelde.

Era un viajero sedentario, un aventurero de la imaginación, que de Blake a Ornar Khayam se complacía en reconocer cómo "todo se lo llevó la trampa" y en filosofar, con sorna, "Todo no vale nada, si el resto vale menos". "Mi aburrimiento es largo, pero la vida es corta", insistía complacido, y se reía de sí mismo, enamorado de la luna, viéndose como un trovador anacrónico en un mundo que exaltaba fábricas, progreso y músculo.

Le quedaban, en cambio, los viajes y el amor; y la música, tan exultante como redentora, que le permitía cazar nubes, domeñar vientos y cabalgar sombras, en una soledad "asesinada de imposible!", como decía en un poema escrito entre 1924 y 1926, donde aparecía su amado Carolus Baldelarius.

La historia de la literatura se había convertido en una ocupación de entrecasa, manejada a su arbitrio, de Hornero a Nietzsche, y la proverbial torre del desdén, apenas si consentía la ocasional salida, "el señorial papirotazo/ al fastidioso zumbar de la mosca".

Si bien le daba la espalda al paisaje, éste se le colaba en sus andanzas, tan colorido como melodioso, y "el Extranjero", ¡"el Exiliado! con veleidades aventureras", inventaba, uno tras otros, sucesivos heterónimos, que le permitían sentirse "fallido Odiseo, fracasado Sindbad, Viking de río" frente a las "odiseas siempre iguales" de los calurosos e interminables ríos del Trópico como el río Cauca, en cuyo canto se perdía, maravillado y saudoso.

Tal peripecia melódica sólo era un telón de fondo para proclamar su fe más terca y más absurda. Su fe en el amor. Su alta confianza romántica en la mujer como intercesora de todo lo caído.

Lo primero de todo es el amar.
Hay que amar a destajo hasta morir.
Hasta que CRONOS blanda su segur.

Esto lo escribía en 1970, caprichoso como un niño que aún no cejaba en sus quimeras y que le había dado al arcaico grano de su voz una límpida y sorprendente actualidad.

Lo primero de todo es la mujer.
De la mujer  -primero- lo mejor.
De la mujer lo mejor es su flor.

Por ello jamás se preocupaba de quien pudiera escucharlo, "cantando mi cantinela/ como trovero de antaño..."

Para ser moderno se volvió a la Edad Media.

Para ser actual, se sumergió en un pasado propio. "No buscas sino ser tu propio oyente".

Con el mismo humor, e igual indolencia, debemos celebrarlo. Su poesía requiere una sustanciosa antología, en 200 páginas, y una lectura reposada. Con ella quizá salvemos los escollos de su rudo humor paisa y sus previsibles juegos de palabras. También la obsesiva insistencia de sus variaciones musicales en torno a un mismo tema. Ese yo, a veces pueril y fatigoso, pero en tantas ocasiones deslumbrante, cuando se revestía con otros ropajes.

Nos queda, también, la fuerza reveladora con que sus nocturnos ahondan la magia: "Tú me darás, oh noche, el tibio asilo de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas"; al hacer de la tierra un cielo poblado de estrellas carnales y el soberbio don con que desarrolló sus relatos.

Una saga de figuras impares en nuestro ámbito por su capacidad para hacer de sus fantasías realidad verbal. Realidad mucho más concreta que la irrealidad de esos empleos con que nutrió sus ocios y se ganó la vida: contador del Banco Central, subdirector de Enseñanza Secundaria en el Ministerio de Educación y empleado en la Contraloría General.

Pero ni estadística ni contabilidad secaron su vena lírica, tan impugnadora como melódica. Despreció todo cuanto su fastidio, e incluso su odio, consideraban digno de tal negación, "para ofender la mesocracia ambiente/ mi risa hago sonar de monte a monte". No creyó en "las vírgenes necias del entusiasmo" y logró, en sus mejores momentos, una conciliación plena. Allí donde la baja vida se expandía desbordante de hazañas imaginarias. Gracias, ante todo, a la fuerza de su imaginación musical, siempre certera en su final objetivo: el puerto, dorado por el sol de Bolombolo, de una poesía propia y universal.

1 "La novela del indio y su valor social", |Revista de Indias, 2ª Epoca, XII (Bogotá, diciembre 1941 - febrero 1942), pp. 26-39.
2 El texto se halla incluido en el volumen |Discusión (Buenos Aires: Gleiger Editor, 1932), pp. 43-50
3 Ibid.
4 Cfr. |Biografía del Caribe (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1945).
5 Cito por la edición de 1970, publicada por Bedout en Medellín.

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