DE LEÓN DE GREIFF A EDUARDO
CARRANZA
(1930-1946)
En 1930 León de Greiff publica en Medellín su
|Libro de
signos, segundo mamotreto, como acostumbraba a subtitularlos,
de su producción poética. En 1945, en Buenos Aires, Germán
Arciniegas ve editada su
|Biografía del Caribe (1945). ¿Qué
ha pasado entre estas dos fechas en la literatura latinoamericana
en general y en la colombiana en particular?
Un cambio que hoy nos resulta evidente pero que en aquel
entonces no era fácil percibir en medio de tantas tendencias, tan
diversas entre sí, y todas conviviendo en el mismo ámbito.,
Denuncia y
protesta
Como el título de un libro del poeta peruano Luis Nieto
aparecido en 1938:
|Puños en alto, Poemas de barricada y
combate, la primera y más obvia es la que hace suya la denuncia
antiimperialista (United Fruit, Standard Oil, explotación minera) y
el ataque a los intermediarios locales, la vieja oligarquía
terrateniente, la nueva, y ya ávida, burguesía industrial,
centrándose tanto en el análisis del latifundio como en el de los
emigrantes europeos, al sur del continente. En el suburbio como en
las desdichas del campo.
La primera imagen, en consecuencia, y quizá también la más
superficial, es la de las gruesas líneas, en blanco y negro, de los
grabados en madera con los cuales se ilustraban libros y revistas
por aquellos tiempos. Un buen ejemplo, a nivel colombiano, lo
constituye
|Mancha de aceite (1935), la novela de César Uribe
Piedrahíta sobre los yacimientos petrolíferos en Venezuela.
Campesinos en los puros huesos; obreros que protestan sobre un
telón de fondo de fábricas y chimeneas; banqueros de lustroso
sombrero de copa y un puro entre los dientes. El garrote del Tío
Sam. Esta iconografía se repitió, sin mayores variantes, por toda
América. Tenía que ver, nadie lo duda ahora, con el encuentro en
Washington, en 1938, de Franklin Delano Rooseveit y el
perpetuamente reelegido dictador de Nicaragua Anastasio Somoza.
La lista de dictadores es extensa y abarca del Caribe al Río de
la Plata: Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana,
sobre el cual, en 1946, el escritor colombiano José Antonio Osorio
Lizarazo publicó una elogiosa semblanza, pagada por el propio
Trujillo:
|La isla iluminada; Maximiliano Hernández Martínez,
en El Salvador; Jorge Ubico, en Guatemala; Fulgencio Batista, en
Cuba... Los dictadores latinoamericanos, apoyados en tantos casos
por Estados Unidos, manejaron sus países como haciendas y
prefirieron, antes que senados obsecuentes, el terror y el
paternalismo como métodos para mantener su cesarismo, en verdad
poco ilustrado.
No es extraño entonces que "la era de
Trujillo", como él mismo quiso autodenominarla, iniciada
en 1930, coincida, en sus comienzos, con la llamada
"década infame" en la Argentina. El golpe militar
del teniente general José Félix Uriburu en contra del presidente
radical Hipólito Irigoyen habría de inaugurar en aquel país, tan
alejado en apariencia de las llamadas "repúblicas
bananeras", una cadena interminable de golpes de cuartel
que si bien parecía suspenderse con la elección, en 1946, de Juan
Domingo Perón como presidente, no por ello dejaría de reanudarse al
poco tiempo. Pero es quizá la muerte de Juan Vicente Gómez de
Venezuela, en 1935, la que mejor sintetiza este período. La
perdurabilidad de los dictadores adquiría ya caracteres legendarios
(sobre Gómez el escritor colombiano Fernando González publicaría en
1934 un libro,
|Mi compadre).
Así lo entendió muy bien Miguel Ángel Asturias, quien abrió este
mismo ciclo a nivel literario con sus
|Leyendas de Guatemala
(1930), donde la mitología maya y el surrealismo francés engendran
un producto latinoamericano, de alto voltaje poético, cerrándolo,
en 1946, con la obra que retrataba ante el mundo el personaje
nuestro por excelencia:
|El señor presidente.
Al lado de las dictaduras castrenses, que Colombia no tuvo, la
preocupación ya sea por el indígena o por el negro alimentaban una
producción literaria que subordina la validez estética a la
reivindicación social, en tantos casos apenas esquemática: indios y
blancos, patrones y obreros. Las referencias canónicas son, en la
novela,
|Huasipungo (1934) de Jorge Icaza y
|El mundo es
ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría; y como curiosidad
frustrada
|El tungsteno (1931), del poeta peruano César
Vallejo; y en la poesía:
|Motivos del son (1930),
|Sóngoro
cosongo (1931) y
|West Indios Ltd. (1934), de Nicolás
Guillen. Es apenas natural, en consecuencia, que escritores
colombianos como Antonio García, en
|Pasado y presente del
indio (1938) o Jorge Artel, en
|Tambores en la noche
(1940), se adscriban, con carácter derivativo, a estas líneas
mayores. Como lo decía García, en un artículo aparecido en la
|Revista de las Indias, en 1941: "Ciro Alegría está
escribiendo en novelas la sociología del Perú"
|
1
. Sólo que deteniéndonos con
mayor atención en el terreno y contemplándolo en detalle, veríamos
cómo al lado de esta literatura "comprometida" en
sus inflexiones ideológicas y sociológicas hay también otra que
desde la vertiente ensayística reflexiona buscando una
trascendencia mayor.
Reflexión y
trascendencia
Esta segunda línea la ejemplifica el título del libro de Raúl
Scalabrini Ortiz aparecido en 1930 en Buenos Aires:
|El hombre
que está solo y espera. ¿Quién es él? El habitante de la gran
ciudad. El transeúnte que en medio del acelerado desarrollo urbano
busca sus raíces queriendo conocer, a fondo, esa patria, en tantos
casos ajena, que tiene allí delante. Lo hará, en ocasiones, desde
la lírica. En otros, y apelando a las nuevas ciencias del hombre:
antropología, sociología, psicología, elaborará aportes capitales
para la comprensión de estos países. Enumero tres.
|La
radiografía de la pampa (1933), de Ezequiel Martínez Estrada,
en la Argentina;
|Casa grande e senzala (1933), de Gilberto
Freyre, en el Brasil; y
|Contrapunteo cubano del tabaco y el
azúcar (1940), de Fernando Ortiz, en Cuba.
Estas páginas, aún válidas, y volcadas con atención minuciosa al
análisis de realidades concretas, tratan de una geografía y un
mestizaje; una historia y un desarrollo; unas relaciones de
producción y una filosofía, incluso. Hasta una concepción del
"ser nacional" que bien puede desprenderse de
allí. Por las mismas fechas Luis López de Mesa, entre nosotros, se
preguntaba igualmente
|De cómo se ha formado la nación
colombiana (1934), Eduardo Mallea redactaba las páginas de
|su Historia de una pasión argentina (1937) y Samuel Ramos
trazaba el
|Perfil del hombre y la cultura en México
(1985).
Se buscaba la América profunda, la América esencial, y se
trataba de rehacerla, de nuevo, a través de la educación y la
cultura, la autenticidad y el deporte, los clásicos griegos o las
lenguas indígenas, superando tanto el nepotismo dictatorial como
las desigualdades sociales. Para ello era útil tanto el
evolucionismo de López de Mesa, como el idealismo de Mallea, como
el positivismo de Ramos, como el marxismo que José Carlos
Mariátegui revelaba en un libro programáticamente titulado:
|Defensa del marxismo (1934). Era una cultura progresista, en
su reformismo democrático, que buscaba dejar atrás la devota
penumbra clerical y su empecinado aislamiento del mundo
moderno.
Quedaba atrás la "república vieja" como se
dijo en el Brasil, en 1930, cuando Getulio Vargas subió al poder.
Pero quizá otros nombres expresen, de manera más clara, tal viraje.
Los de Lázaro Cárdenas, en México, nacionalizando las compañías
anglo-holandesas y norteamericanas explotadoras de petróleo. O el
de Rómulo Gallegos, el autor de
|Cantaclaro (1934),
|Canaima (1935) y
|Pobre negro (1937), quien en 1940
había sido candidato simbólico a la presidencia de su país,
Venezuela, obteniéndola efectivamente, luego, para el período
1948-1952, y siendo derrocado en noviembre de 1948 por un golpe
militar. Desterrado en Cuba, y luego en México, sólo diez años más
tarde volvería a su patria.
Política y exilio: dos constantes del escritor latinoamericano
en esa y en casi todas las épocas. ¿No aspiró también acaso José
Vasconcelos a ser presidente de México, siendo derrotado en 1930?
¿No publicó en 1933 Alejo Carpentier su primera novela, de tema
afro-cubano,
|¡Ecue-Yamba-0!, teniendo que exiliarse, en
París, al poco tiempo, por culpa del dictador cubano de turno? En
todo caso, en el Perú, mientras Víctor Raúl Haya de la Torre
promueve las consignas socialistas del APRA, reforma agraria,
defensa del indio, estado anti-imperialista, uno de los hombres que
lo secundan con mayor entusiasmo, Luis Alberto Sánchez, historiador
y crítico literario, publica en 1940 un libro denominado
|Balance
y liquidación del novecientos.
Se clausuraba el modernismo entre nosotros y sus últimos
estertores decadentes. Se buscaba dejar atrás aquel movimiento que
en Colombia parecía dar frutos tardíos con
|El árbol que
canta, de Eduardo Castillo, aparecido en 1928, pero que sin
embargo contribuiría aún a nutrir las obras poéticas de Porfirio
Barba-Jacob y de Rafael Maya y a tornarse apenas decorativo y ya
carente de nervio, no de elegancia, en los madrigales galantes de
Alberto Ángel Montoya.
Fin de esa época y comienzo de otra: la explosión, en la década
del veinte, de las vanguardias, se había amortiguado y sus ecos, en
Colombia, salvo el único ejemplo tantas veces citado de
|Suenan
timbres (1926), de Luis Vidales, no fueron oídos. Sin embargo
una tercera, y por ahora última mirada, al imaginario mapa
literario de América Latina que vamos esbozando, nos permitirá
advertir, aquí y allá, secretas manchas de verdor que retomaban el
ímpetu de la vanguardia, adensándolo. Tales manchas presagiaban el
verdadero cambio.
El verdadero
cambio
¿Quién fue su artífice? Varios. Entre ellos, y en primer lugar,
Jorge Luis Borges. En 1932 aparece en la Argentina, con el título
de
|Discusión, una recopilación de sus ensayos: la poesía
gauchesca, la cabala, el cine, el escritor argentino y la
tradición, las versiones homéricas, Whitman y Flaubert. Allí
también un ensayo fechado en 1930 y titulado "La
supersticiosa ética del lector". En su página final Borges
escribe esto:
-
- La preferida equivocación de la literatura de hoy es el
énfasis. Palabras definitivas; palabras que postulan sabidurías
angélicas o resoluciones de una más que humana firmeza
|-único,
nunca, siempre, todo, perfección, acabado- son de comercio
habitual de
|todo escritor. No piensan que decir de más una
cosa es tan de inhábiles como no decirla del todo, y que la
descuidada generalización e intensificación es una pobreza y que
así lo siente el lector. Sus imprudencias causan una depreciación
del idioma
|
2
.
Concluyendo:
-
- Ignoro si la música sabe desesperar de la música y si el mármol
del mármol, pero la literatura es un arte que sabe profetizar aquel
tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud
y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin
|
3
.
Por los mismos años que en una literatura honesta y animada de
buenas intenciones, patética y tremendista, o simplemente
panfletaria, pretendía cambiar el mundo, Borges modificaba el
ángulo de enfoque y hacía que la literatura se mirase a sí misma.
Gracias a tal modificación, nuestras letras se volvieron mucho más
eficaces. A la
|suma de protestas, quejas y llantos se oponía
ahora la
|resta, donde imperaba tanto el humor como el pudor,
el juego y la ironía, la creativa erudición. La literatura
latinoamericana ya no se agotaría más en la servidumbre de la
denuncia sino que se trocaba en el sueño lúcido de una prosa, y de
una poesía, tan despojada como tumultuosa, tan exacta como
reveladora. Ahora sí, efectivamente, la realidad era creada y
recreada de arriba a abajo, gracias a la imaginación.
Lo confirman el Borges de
|Historia universal de la
infamia (1935) y el Borges, ya plenamente dueño de sí, de
|El
jardín de senderos que se bifurcan (1941) y de
|Ficciones
(1945). El Felisberto Hernández de
|Por los tiempos de Clemente
Collins (1942), en el Uruguay, o el ambiguo mundo, entre
fantasmal y concreto, de la chilena María Luisa Bombal, en
|La
última niebla (1935) y
|La amortajada (1938). También la
precisa "irrealidad" científica de Adolfo Bioy
Casares en su novela
|La invención de Morel (1940). Y el
fecundo aporte, a nivel de la prosa ensayística, de autores como el
colombiano Baldomero Sanín Cano, con
|Crítica y arte (1932),
el mexicano Alfonso Reyes, con
|La experiencia literaria
(1942) y el dominicano Pedro Henríquez Ureña en
|Plenitud de
España (1942) y
|Las corrientes literarias en la América
hispánica, en su edición en inglés de 1945.
Sin embargo, y utilizando una expresión del historiador francés
Fernand Braudel, podemos decir que también en América Latina
conviven historias paralelas con velocidades distintas. En 1941, el
mismo año en que Eduardo Caballero Calderón, en Colombia, publica
|Tipacoque, estampas de provincia, José María Arguedas, en el
Perú, edita
|Yawar-Fiesta y Juan Carlos Onetti, en Uruguay,
edita
|Tierra de nadie, precedida, en 1939, por
|El
pozo.
El solitario de Onetti y esos exiliados, no sólo de Europa, sino
de toda ilusión colectiva, eran ya hombres que se miraban a sí
mismos con el desapego y la morosidad típicas del existencialismo.
La novela como fenomenología. La confluencia de puntos de vista, en
la obra de Arguedas: costeños, serranos, mistis, indios, y su
incorporación del quechua en pro de la ductilización de un lenguaje
que los unifique, hace de ella un producto natural de la
transculturación narrativa. Por su parte Caballero Calderón,
teniendo siempre en mira la lengua de Castilla, fija su terruño
boyacense, y sus inconfundibles campesinos, con nostalgia
pasatista: ese también era un mundo arcaico que la
industrialización haría polvo.
Ciudad y campo, sí, gamonales y siervos, sí, liberalismo y
fascismo, sí, modernidad y anacronismo, también, pero así mismo una
literatura, en todo el continente, que buscaba ir más allá de esas
oposiciones binarias y en tantos casos apenas maniqueas.
Si en la década del treinta Arturo Uslar Pietri, con
|Las
lanzas coloradas (1931), asume la barbarie de las guerras de
Independencia, Roberto Arlt, con sus
|Aguafuertes porteños
(1933), aparecidas antes en los diarios, hace suyo el desamparo de
los proletarios, los marginados y el nihilismo radical de los
anarquistas, defensores del acto gratuito, a través de un lenguaje
del todo ajeno a la Academia pero en cambio pleno de vitalidad y
fuerza. Los tiempos disímiles confluían en espacios comunes,
buscando una nueva independencia. A ella contribuirían la
industria, la educación y el voto democrático. Independencia que,
empleando expresiones del libro de López de Mesa ya citado, nos
permitiría superar la etapa de la "emotividad
adolescente" e ir más allá de un arte que sólo era
"un sollozo de soledad", "el gemido de
un errabundo en el vacío".
Donde se dio en forma más palpable este propósito de renovación
literaria fue en la poesía. Allí se destacan, con claridad, las
obras señeras.
|Altazor, de Vicente Huidobro, aparecido en
1931; las
|Residencias en la tierra I y II, de Pablo Neruda,
aparecidas en 1933 y 1935, respectivamente; los
|Nocturnos,
de Xavier Villaurrutia, en 1933, y su
|Nostalgia de la
muerte, en 1938;
|Tala, de Gabriela Mistral, en el mismo
año; y
|Poemas humanos y
|España, aparta de mí este
cáliz, de César Vallejo, clausurando la década de 1930 a 1940.
¿Sólo ellos? No, por supuesto.
También allí, comenzando, o definiéndose, las obras de Ricardo
Molinari y de Enrique Molina, en la Argentina, cuyo primer libro:
|Las cosas y el delirio, data de 1941; Rosamel del Valle y
Humberto Díaz Casanueva, en Chile; Emilio Adolfo Westphalen, en el
Perú
|-Las ínsulas extrañas es de 1931 y
|Abolición de la
muerte, de 1935-; José Lezama Lima, en Cuba:
|Enemigo
rumor es de 1941; Jorge Carrera Andrade, en el Ecuador; Pablo
Antonio Cuadra y Carlos Martínez Rivas, en Nicaragua... Los
gérmenes renovadores a los cuales no era ajeno el surrealismo
habrían de tener una larga y robusta descendencia.
Esta década y media que ha visto el ascenso de Hitler al poder,
en 1933; sentido, en carne propia, la tragedia que fue la guerra
civil española, iniciada el 18 de julio de 1936 -el mismo año en
que Eduardo Carranza publica en Colombia sus
|Canciones para
iniciar una fiesta- y padecido, en todos los órdenes, las
incidencias de la segunda guerra mundial, entre 1938 y 1945, es la
que ahora sí podemos entrar a estudiar teniendo en cuenta este
marco latinoamericano, y desde la perspectiva específica de las
obras literarias colombianas de alguna significación que se
editaron durante estos quince años: 1930-1946. Los años, en
Colombia, de la llamada república liberal. Caracterizados, en
poesía, por los nombres de De Greiff, Porfirio Barba-Jacob, Rafael
Maya, Aurelio Arturo y la irrupción de Piedra y Cielo, con Eduardo
Carranza a su cabeza. En el ensayo por Sanín Cano, López de Mesa,
Germán Arciniegas, Jorge Zalamea, Hernando Téllez. Y en la novela
por Eduardo Zalamea, Uribe Piedrahita, Osorio Lizarazo, Caballero
Calderón y Fernando González, oscilante entre ella y el ensayo. No
son todos, pero sí algunos de los que conviene tener en cuenta.
Colombia
literaria: reacción y progreso
La convivencia, en el mismo lapso, de por lo menos tres
generaciones: la del Centenario, la de los Nuevos y la de Piedra y
Cielo; la imagen que nos deparan las revistas literarias más
destacadas de la época,
|Revista de las Indias (1936-1950),
|Pan (1935-1940); las tensiones advertibles entre una
modernización que se desea y unos remanentes vetustos cuyo peso era
todavía decisivo; la voluntad democrática, a nivel popular, que
llevaba a escritores como Germán Arciniegas a dar con prosa ágil
versiones revisadas de la historia en general y de Colombia en
particular (el caso de
|El estudiante de la mesa redonda
(1932), con todo el ímpetu juvenil de éste como transmisor de
cultura y abanderado de grandes cambios; su trabajo sobre
|Los
comuneros (1938) o su biografía de Jiménez de Quesada,
revaluando el barro indígena y convirtiendo su figura, al final, en
una resurrección del Quijote andariego por tierras de América),
todo ello apunta hacia esa búsqueda que la nación, y el espíritu,
emprendían de "mejores aires", como lo proclamaba
León de Greiff en sus poemas. De más amplios horizontes, como los
que Baldomero Sanín Cano iba acotando.
Colombia, a raíz de la depresión económica de 1929, padecía los
vaivenes del mercado mundial e incluso en ella varias cosas se
modificaban. Fijada, siempre, dentro de la órbita del
"Réspice Polum", la estrella del norte que
simbolizaba a Estados Unidos, en aquel período sus contactos con el
resto de América Latina se hicieron más fluidos. Lo prueba, como
hemos visto antes, la errática existencia de Barba-Jacob, peregrino
por toda América.
Pero no sólo eso. El hecho de que Fernando González, con su
"método emocional" y su vitalismo un tanto
incoherente, centrase su atención en Juan Vicente Gómez el tiempo
suficiente para dedicarle un libro -mezcla de ángel y de tigra
parida, lo llama- atestigua que en él, como en el Uribe Piedrahita
de
|Mancha de aceite, las fronteras nacionales eran
imposiciones ajenas, frutos de los desmembramientos producidos por
las guerras civiles, posteriores a la Independencia, o de la
balkanización ulterior, propiciada por el capital extranjero, y no
necesidades emanadas de la propia realidad americana, cuya unidad
ya era perceptible.
En este sentido el libro clave es la
|Biografía del
Caribe, de Germán Arciniegas. En él toda la historia de estos
pueblos, una historia que no cesa en ningún momento, es siempre
idéntica. Narrada en presente, desbordada de anécdotas y animada
por un humor leve y una fulgurante rapidez narrativa que le da
ímpetus de novela, gracias a ella nos acostumbramos a tratar con
naturalidad a los seres más remotos e inaccesibles. Va de Colón a
Teodoro Roosevelt, del siglo XVI al
|
XX, y todo ello bajo el
sol de las Antillas. Como lo dice Arciniegas, refiriéndose a una de
las ciudades de este mundo: "allí cada nación arroja un
nuevo grupo de colonos, cada continente un color, cada lengua un
acento, hasta hervir una de esas espumosas ollas podridas que son
la gloria del puchero universal"
|
4
. Fernando González, por su parte, afirmaba
que Suramérica era "el teatro del gran mulato",
entendiendo por mulato todo individuo de sangre mezclada.
Asumiendo, entonces, el mestizaje como base de nuestra cultura,
Arciniegas logra darnos una visión de ese arco insular que se
extiende sobre unos 4.700 kilómetros, en el cual la belleza natural
y la rapiña imperialista, como en el caso del canal de Panamá
(1903), los contrastes de culturas y el sincretismo religioso y
musical, forman un ininterrumpido estrépito histórico que no podía
menos que sacudir la gris molicie colombiana de aquel entonces, con
su bien manejada prosa de periodista viajero.
En realidad todo contribuía a sacudir la modorra. El conflicto
armado con el Perú, en 1932, en el mismo Putumayo de Uribe
Piedrahita, en
|Toa; las reformas tributarias y la nueva ley
de tierras, de López Pumarejo, en el 36; el fracaso del golpe
militar contra él, en Pasto, en 1944, y, cómo no, la aspiración
presidencial de Jorge Eliécer Gaitán y las masas que lo acompañaban
a todo lo largo de estos años.
Esto se reflejaría de modo muy claro en la narrativa de Osorio
Lizarazo, uno de sus biógrafos, quien en 1939 publica un folleto
titulado
|Ideas de izquierda. Liberalismo, partido
revolucionario, donde critica la primera administración de
López, considerando ya frustrada su "revolución en
marcha". En una república anodina e impersonal, dice, y
además eminentemente conservadora, sólo ha habido un cambio de
rótulo. Más certeras, en cambio, son sus novelas, aparecidas por
aquellos años que parecen hacer de él la figura arquetípica del
período, con todas las limitaciones que ello implica. Una,
|La
cosecha (1935), y otra,
|El hombre bajo la tierra (1944),
lo abren y cierran, en forma previsible, refiriéndose a la vida en
las haciendas cafeteras o a la explotación de las minas, todo ello
dentro del área rural. Pero la urbanización, tan decisiva, es la
que mejor estudia en su ciclo bogotano, que comprende, para este
período,
|La casa de vecindad (1930),
|Hombres sin
presente (1938) y
|Garabato (1939).
La brevísima descripción de su contenido es ya un reflejo cabal
de aquellos tiempos: En la primera, y debido a la llegada de los
linotipos, un tipógrafo pierde su empleo y acaba convertido en
mendigo. En la segunda, "novela de empleados
públicos", como la subtitula, Osorio logra conciliar el
análisis de la incipiente burocracia con una monotonía -la
monotonía bogotana- aún más intolerable que la propia mediocridad
de sus pequeños seres. Y en la tercera, remontándose a principios
de siglo y llegando hasta Enrique Olaya Herrera, nos da un cuadro
muy amplio de un niño que sufre los rigores de la educación
eclesiástica, el reacomodamiento de las clases sociales, una vez
terminadas las guerras civiles y, sobre todo, de la miseria
inalterable de un Bogotá sombrío, de velas de cebo, que Osorio
buscaba despertar con sus relámpagos justicieros.
Los mismos que se volverían realidad, en poco tiempo, con los
incendios del 9 de abril de 1948, que arrasarían con esa época.
La nueva cultura, una cultura del deporte y la radio, una
cultura de la calle, en ebullición, que ante la escasez sentida por
todos -fueron años de hambre- desencadenó intensos y variados
cambios sociales, obligando a la gente a abandonar su secular
pasividad y participar activamente en la vida colectiva, convivía
con otra, de signo contrario. Convivía, sí, pero también luchaba
contra ella, en forma denodada. Con razón López de Mesa, al final
de su trabajo acerca
|De como se ha formado la nación
colombiana, decía: "el desorden de la cultura en que
vivimos denota un período de transición", agregando:
"Nuestro mundo es una fantasmagoría, el cinematógrafo lo
representa ante la historia"
|
5
.
Muy seguramente. Pero también, ante estos avances, otros
prefirieron replegarse, explorando mundos interiores y sacando a la
luz tesoros escondidos. No es insólito que uno de los poemas más
aplaudidos de la época sea
|La ciudad sumergida (1939), de
Jorge Rojas, un laborioso descenso al interior de sí mismo, al mar
del tiempo y la memoria, donde la búsqueda se hace mediante
"un conocimiento luminoso, sin mancha de
experiencia", en impecables tercetos.
Pero es quizá la publicación, en 1942, del poema
"Morada al Sur" de Aurelio Arturo, en la revista
de la Universidad Nacional, la institución que mejor encarna la
nueva cultura por aquel tiempo, donde esa inmersión confirma la
importancia de la poesía, como lo había hecho ya en De Greiff, para
representar a un país en su verdad más íntima y sin embargo más
compartible: Ya "no eran jardines", ni
"atmósferas delirantes". Era una sola hoja:
-
- Pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
- hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
- por los bellos países donde el verde es de todos los
colores,
- los vientos que cantaron por los países de Colombia.
La que daba razón de ser a una tierra y a unas gentes,
alimentándose de su circunstancia, pero trascendiéndola gracias a
la síntesis melódica que sus ritmos, purificados de toda nostalgia
espúrea, alcanzaban. Era el adiós a una naturaleza convertida en
magia.
En los mismos años de la preocupación hispánica de Piedra y
Cielo, y los sucesivos furores gongorinos, garcialorquianos,
nerudianos y miguelhernandezcos; de la asimilación de la derecha
francesa por parte de "los leopardos" de
Manizales o de la eficacia comunicativa, en su tarea
biográfica-periodística, a la usanza norteamericana que demostraba
Arciniegas, Aurelio Arturo recobraba el hilo de un diálogo entre el
poeta y su medio que nacido, quizá, en Silva, atravesaba esa
decisiva época de cambios para mantener y renovar una tradición.
Para perdurar, siendo algo original. Algo que atiende a los
orígenes de nosotros mismos.
El liberalismo reformista que subió al poder con Olaya Herrera,
otorgando derechos a la mujer y posibilitando el acceso a la
conducción del país de una clase empresarial más próxima a una
burguesía moderna, suscitaría, por simpatía o rechazo, por afinidad
o distancia, diversas propuestas literarias. Esos avances y esos
retrocesos, esas pugnas y esos marginamientos, son los que ahora
podemos medir mejor, a través de varios casos concretos.
Literatura que en tantos casos parecía evadirse de los problemas
inmediatos, la fuga desembocó, en los mejores, en obras muy
nuestras. Otros, compenetrados con su momento, parecen más bien
devorados entre la rigidez de dos fechas. Sin embargo, la auténtica
literatura, que es siempre un perpetuo presente, se nutre tanto del
pasado como de los imprevisibles caminos que va abriendo.
Baldomero Sanín
Cano (1861-1957), maestro benévolo
La revista
|Patria, de Bogotá, decía en su edición
correspondiente al 6 de noviembre de 1924: "Ha salido de
Londres con rumbo a la República Argentina, de donde se encaminará
a esta ciudad, nuestro ilustre compatriota don Baldomero Sanín
Cano, quien ha estado ausente de la patria desde hace cosa de
veinte años, durante los cuales ha contribuido al brillo del nombre
colombiano por su vasta erudición literaria y sus campañas de
prensa al servicio de las más benévolas ideas".
Nombrado representante a la Cámara por el partido liberal, en
1933; miembro de número de la Academia de la Lengua, en 1935, y
rector de la Universidad del Cauca, en 1942, el retorno de Sanín
Cano a Colombia lo convierte en una figura pública. Más
importantes, por cierto, son los libros que durante estos 15 años
edita. Son cuatro:
|Crítica y arte (1932);
|Divagaciones
filológicas y apólogos literarios (1934);
|Ensayos (1942)
|y Letras colombianas (1944).
Aparecidos dos en Bogotá, un tercero en Manizales y el cuarto en
México, comprueban su voluntad de religarse a su tierra,
brindándole el caudal de lecturas, países, idiomas y amable sentido
de las proporciones que había ido adquiriendo en sus dilatados
desplazamientos por el mundo. Periodista siempre, y aclimatador de
novedades, como fue calificado en forma despectiva, fue, en
realidad, el fundador entre nosotros de la moderna crítica
literaria, a partir de sus maestros Taine y Brandes. Calificado,
además, de "neo-liberal", por José Carlos
Mariátegui, "porque la palabra liberalismo sabe a cosa
rancia, bastante desacreditada", Sanín Cano sirvió de
puente para conectar a Colombia con el mundo y lograr que el
estrecho ámbito parroquial que nos ahogaba adquiriera unas
dimensiones mucho más amplias.
Era un viejo "modernista", si así puede
decirse -recuérdese que nació en 1861-, que en aquellas décadas del
treinta y cuarenta recogía su cosecha, sin por ello anquilosarse,
con los ojos vueltos al pasado. Por el contrario: los tenía muy
abiertos para reconocer, en 1936, que Tomás Carrasquilla -según su
criterio: "el mejor novelista de Colombia"- no
había hecho otra cosa que leer y escribir, "las
ocupaciones fundamentales del hombre de letras", y
destacar, un año después, las virtudes de León de Greiff en su
|Variaciones alredor de nada (1936). Hablando de De Greiff
repite lo que se dijo de Carrasquilla: "toda su vida, toda
su inteligencia, todos sus estudios miran a la
poesía".
Entender el oficio intelectual como una tarea diaria fue, aunque
parezca insólito, una de sus lecciones más fecundas. En segundo
lugar, la atención que siempre prestó a las letras colombianas,
ubicándolas dentro de un marco comparativo, a nivel
latinoamericano, y en general, universal. No fue intolerante, en
ningún momento, y su rigor, a simple vista, no resulta demasiado
perceptible. Pero el tono de su prosa está allí, en los periódicos,
día tras día, y luego en los libros, hasta convertir su presencia
reiterada en una modificación radical de la escala de valores:
hablaba de lo que sabía. Los que debían ser tomados en cuenta
-Silva, Valencia, Isaacs, Carrasquilla, Luis Carlos López, Rivera,
Maya, De Greiff- lo fueron, por fin, de manera racional y justa. Si
a comienzos de siglo les descubría a los colombianos el por qué de
la pintura impresionista, en los treinta, con idéntica generosidad
de espíritu, y a partir del nivel intelectual que él mismo había
obtenido, les demostró que formaban parte del mundo y que era
necesario dicho conocimiento para que el aporte nuestro, quizá
insignificante, quizá valioso, fuera posible.
Hay, al final, en su prédica, una insistencia demasiado
paternal, ante una grey que no parecía escucharlo, pero si bien
ello lo torna digresivo, y algo errático, sus elementales
mandamientos no fueron estériles. Entre el nacionalismo a ultranza
y el cosmopolitismo mimético, él impulsó el cambio de una visión
crítica que luego, en discípulos suyos como Hernando Téllez
|(Inquietud del mundo, 1943;
|Luces en el bosque, 1946;
|Diario, 1946) habría de volverse más personal y urticante.
Pero sin Sanín Cano nada de ello hubiera sido posible. Sereno,
antidramático, jovial, en medio de hispanistas rezagados, censores
eclesiásticos y maniáticos de la ortografía, él representó la
ecuanimidad, el mundo, la alegría de leer, la sabia sonrisa. No
parece mucho, pero hoy como ayer tal aporte resulta decisivo.
León de Greiff
(1895-1976): uno y múltiple
El De Greiff de aquellos años, como lo resaltaba Sanín, pasaba
por su mejor momento. Publica
|Libro de signos, Variaciones
alredor de nada y
|Prosas de Gaspar (1937), redactadas
estas últimas entre 1918 y 1925. Inspirado y burlón, travieso y
erudito, bardo y músico, da la impresión de no tomarse a sí mismo
demasiado en serio y, sin embargo, está produciendo algunos de sus
más significativos poemas; los "Relatos", por
ejemplo.
Gran lector de libros de viajes, en una de las
"Favillas" recogidas en
|Variaciones se
interroga:
-
- ¿Qué se hicieron los vagos anhelos innocuos?
- ¿Qué se hicieron los cálidos vinos de la Aventura
- de mis noches estremecidas en el selvoso asilo
El Otro, que era él mismo. Como Háraid el Obscuro, todos sus
viajes eran ya viajes de regreso. Había hallado el lugar y la
fórmula. Su transhumancia, en el tiempo, y sus desplazamientos, en
el espacio, se concentraban, ahora, en la variedad infinita de su
escritura, que crecía, precisamente, ante la chatura del medio que
la rodeaba.
-
- Lodo, barro, nieblas; bruma, nieblas, brumas
- Y luces mediocres. Y luces mediocres.
Así la había apostrofado, en su
|Libro de signos, en un
poema de título definitorio: "Balada del tiempo
perdido", y el paisaje, cómo no, traslucía el alma. Pero
su juego, como él mismo lo confesaba -risueño-, era un juego mucho
más taimado. Miraba sin ver y sólo se escuchaba a sí mismo. La
música que brota de sus páginas es, en consecuencia, la más
opulenta y variada.
Una línea narrativa, de incomparable destreza, se enriquecía con
un guiñolesco trasfondo de minucias históricas, sabiduría literaria
y chistes propios. Un juguetón sentimentalismo: "Esta rosa
fue testigo/ de ese, que si amor no fue, ningún otro amor
sería", atemperaba su salacidad jocunda: "Oh Rosa
de los abrazos/ de fulva leona en brama /Rosa picara
felina". Y esta lujuria de buena ley -"dóname tu
lagar tibio y recóndito"- contribuía a vigorizar el
pentagrama infinito de sus ritmos; su obsesión por convertir el
poema en pura música.
Sólo que la corporeidad era palpable. Admitía el sarcasmo contra
"toda la trinca, todo el cotarro, ¡el zafío
lote¡" y hacía que un lenguaje añejo se desempolvara con
su desparpajo de juglar extemporáneo. Parecía precipitarse en el
absurdo, por culpa de sus caprichos, pero nunca caía.
Erguido y robusto mantenía muy bien su origen sueco, y las
fuentes que lo nutrían: de Barba-Jacob a Poe, de Verlaine y Rimbaud
a Baudelaire y Laforgue, de Tristan Corbiére y Heine, al Flaubert
de
|Bouvard y Pecúchet. Sabía también hacia donde se
encaminaba su nave -para emplear uno de sus tópicos predilectos-:
hacia sí mismo. En el "Relato de Gaspar" lo
dice:
-
- espiritual aposente el entero
- ritmo de las fazañas antañonas
- y el palpitante ritmo de mi iluso
- ensoñar y también el turbulento
- inverecundo ritmo de mi pasión desbordada,
- y el ritmo sincopado de mi definitivo aburrimiento:
- en orgulloso narcismo, ¡Oh Risa!
Contra "el grasoso potaje de la vida
cotidiana", él enfila su tedio y enrumba su odio, en
ningún momento dañino. Eran formas de un discurrir distraído, y en
el fondo inocente, de grata charla bohemia, en el café y entre
amigos. Pero esta charla, ingeniosa, viva y animada por muchas
lenguas, mucha música y diversas literaturas, no le impedía
mantener, con claridad, las distancias, "Lejos de
Santanderes y Bolívares", como dice en el "Relato
de Aldecoa".
El ocioso era lúcido y su no hacer nada terriblemente fecundo.
Incluso en la exploración de tierras vírgenes (cómo se reiría, con
tal expresión) había sido pionero, mucho antes que Uribe Piedrahita
y Zalamea Borda en sus respectivas novelas. Él, De Greiff, también
dejó la ciudad y se fue a perseguir el oro, en los ríos de
Antioquia, el Nare, el Porce, con puertos soleados, tiendas de
lona, gentes de aventura, alcohol y alegres damiselas, que ahora
surgen, en su memoria, como el paraíso perdido. El barco ebrio de
Rimbaud, anclado en una altiplanicie -Bogotá- poblada de nubes y
mugre. Era la vida en bruto; la vida sana, en fin, la que había
quedado atrás y a la cual ahora el fastidio urbano va haciendo
perder brillo.
Pero todo el paisaje muy concreto de ríos y quebradas, de casas
de zinc y guaduas, de aguardiente y hamacas, se trueca, sin perder
por ello nada de su sabroso picante, en una saga mitológica, donde
Venus y Sirenas conviven con robustas campesinas, en algo
inconfundiblemente colombiano, dentro de su peculiar imaginación.
Es ya Bolombolo, "región salida del mapa", tan
real como propia, y a la cual él puebla con sus numerosos
personajes. Una multitud de alter-egos que él ha puesto en marcha,
con su talento, y en plan de conquista, como señala Jorge Zalamea,
para ocupar esa tierra que ya era suya mediante el idioma, la
música, la ironía y el amor perceptible. Todos ellos -el picaro
truhanesco, el juglar medieval, el sentimental claudicante, el
iracundo polemista-, todas estas máscaras sugieren su prodigiosa
capacidad inventiva, sustentada en una férrea realidad: la
fidelidad a sí mismo; a sus quimeras, invenciones y mentiras. Su
máxima evasión, su mayor irrealidad, era vivir en Colombia.
Entre Ofires soñados y penurias reales, De Greiff va tejiendo su
vasta tela, de "cazador cazado".
"Corazón desalado y espíritu burlón",
"de poeta (y en el Trópico) estoy": qué mejor
definición que la suya propia. El resultado en estos años treinta
-véase el "Relato de Sergio Stepansky" o el
"Relato de Guillaume de Lorges"- es
insuperable.
La distancia
fecunda
"Todas las cosas /trujéronme fastidio" decía
un León de Greiff juvenil, en los años veinte, y algo de ese ademán
distanciador se mantuvo a lo largo de toda su trayectoria.
Fue en el gesto y en la figura todo un poeta, de boina y pipa,
el gabán abultado de novelas policiacas, y la legendaria tertulia
en el
|Café Automático, intoxicados de humo, café y
aguardiente todos los asiduos. Las réplicas maliciosas y el humor
corrosivo.
Pero ese tedio existencial, ese elogio consciente a la
pereza,
-
- La pereza agiliza, apresta, aguza... Pereza... ¡Oh palafrén que
yo cabalgo!,
- como reconocía en un poema de 1922, dio como resultado una
poesía recia, díscola y rebelde.
Era un viajero sedentario, un aventurero de la imaginación, que
de Blake a Ornar Khayam se complacía en reconocer cómo
"todo se lo llevó la trampa" y en filosofar, con
sorna, "Todo no vale nada, si el resto vale
menos". "Mi aburrimiento es largo, pero la vida
es corta", insistía complacido, y se reía de sí mismo,
enamorado de la luna, viéndose como un trovador anacrónico en un
mundo que exaltaba fábricas, progreso y músculo.
Le quedaban, en cambio, los viajes y el amor; y la música, tan
exultante como redentora, que le permitía cazar nubes, domeñar
vientos y cabalgar sombras, en una soledad "asesinada de
imposible!", como decía en un poema escrito entre 1924 y
1926, donde aparecía su amado Carolus Baldelarius.
La historia de la literatura se había convertido en una
ocupación de entrecasa, manejada a su arbitrio, de Hornero a
Nietzsche, y la proverbial torre del desdén, apenas si consentía la
ocasional salida, "el señorial papirotazo/ al fastidioso
zumbar de la mosca".
Si bien le daba la espalda al paisaje, éste se le colaba en sus
andanzas, tan colorido como melodioso, y "el
Extranjero", ¡"el Exiliado! con veleidades
aventureras", inventaba, uno tras otros, sucesivos
heterónimos, que le permitían sentirse "fallido Odiseo,
fracasado Sindbad, Viking de río" frente a las
"odiseas siempre iguales" de los calurosos e
interminables ríos del Trópico como el río Cauca, en cuyo canto se
perdía, maravillado y saudoso.
Tal peripecia melódica sólo era un telón de fondo para proclamar
su fe más terca y más absurda. Su fe en el amor. Su alta confianza
romántica en la mujer como intercesora de todo lo caído.
-
- Lo primero de todo es el amar.
- Hay que amar a destajo hasta morir.
- Hasta que CRONOS blanda su segur.
Esto lo escribía en 1970, caprichoso como un niño que aún no
cejaba en sus quimeras y que le había dado al arcaico grano de su
voz una límpida y sorprendente actualidad.
-
- Lo primero de todo es la mujer.
- De la mujer -primero- lo mejor.
- De la mujer lo mejor es su flor.
Por ello jamás se preocupaba de quien pudiera escucharlo,
"cantando mi cantinela/ como trovero de
antaño..."
Para ser moderno se volvió a la Edad Media.
Para ser actual, se sumergió en un pasado propio. "No
buscas sino ser tu propio oyente".
Con el mismo humor, e igual indolencia, debemos celebrarlo. Su
poesía requiere una sustanciosa antología, en 200 páginas, y una
lectura reposada. Con ella quizá salvemos los escollos de su rudo
humor paisa y sus previsibles juegos de palabras. También la
obsesiva insistencia de sus variaciones musicales en torno a un
mismo tema. Ese yo, a veces pueril y fatigoso, pero en tantas
ocasiones deslumbrante, cuando se revestía con otros ropajes.
Nos queda, también, la fuerza reveladora con que sus nocturnos
ahondan la magia: "Tú me darás, oh noche, el tibio asilo
de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas"; al hacer de
la tierra un cielo poblado de estrellas carnales y el soberbio don
con que desarrolló sus relatos.
Una saga de figuras impares en nuestro ámbito por su capacidad
para hacer de sus fantasías realidad verbal. Realidad mucho más
concreta que la irrealidad de esos empleos con que nutrió sus ocios
y se ganó la vida: contador del Banco Central, subdirector de
Enseñanza Secundaria en el Ministerio de Educación y empleado en la
Contraloría General.
Pero ni estadística ni contabilidad secaron su vena lírica, tan
impugnadora como melódica. Despreció todo cuanto su fastidio, e
incluso su odio, consideraban digno de tal negación, "para
ofender la mesocracia ambiente/ mi risa hago sonar de monte a
monte". No creyó en "las vírgenes necias del
entusiasmo" y logró, en sus mejores momentos, una
conciliación plena. Allí donde la baja vida se expandía desbordante
de hazañas imaginarias. Gracias, ante todo, a la fuerza de su
imaginación musical, siempre certera en su final objetivo: el
puerto, dorado por el sol de Bolombolo, de una poesía propia y
universal.
|
1
|
"La novela del indio y su valor social",
|Revista de Indias, 2ª Epoca, XII (Bogotá, diciembre 1941 -
febrero 1942), pp. 26-39.
|
|
2
|
El texto se halla incluido en el volumen
|Discusión
(Buenos Aires: Gleiger Editor, 1932), pp. 43-50
|
|
3
|
Ibid.
|
|
4
|
Cfr.
|Biografía del Caribe (Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1945).
|
|
5
|
Cito por la edición de 1970, publicada por Bedout en
Medellín.
|