LUIS CARLOS LÓPEZ (1879-1950)
Trazos, viñetas, cromos, croquis: Luis Carlos López dibuja. Y en
ocasiones caricaturiza. Lo hace con línea firme y rápida, apelan do
a los catorce versos que arman el soneto. De esos pequeños cuadros
surgen figuras con un encanto agridulce, entre zumbón y bonachón.
Son apuntes callejeros, tomados del natural, que terminan por
componer una colección de postales provincianas, redactadas en tono
menor. "La comedia tropical", como la llamó Jorge Zalamea.
Un álbum, en definitiva, de personajes típicos, y todas sus
ilusiones perdidas, vistos con la mirada fraterna ("A
Basilio"):
-
- Cuando a media noche, bajo los balcones,
- gime tu organillo de dolientes sones,
- con plañir mimoso, con amargo dejo,
- de seguro arrulla muchos corazones,
- mientras acaricia mis desilusiones
- tu organillo triste, tu organillo viejo...
Esta es la música de López, dotada de un encanto que puede ser
tan cómplice en la nostalgia, como crítico en el sarcasmo.
El poeta se halla involucrado, no hay duda, en el asunto, y si
puede reírse de todo cuanto le rodea, hasta llegar a la exageración
-un cochero se equipara a un elefante, la musa llega a tener
"mirada de buey"-, también su propia figura de poeta es ironizada
debido a su cobardía ante los timoratos prejuicios rurales, ante su
fingida "seriedad episcopal" ("Barrio abajo"). Y más tarde, en
1940, cuando lo coronan como poeta, por "el infeliz pecado/de
hilvanar unos versos", su rechazo "a remontarme al cielo/tan
desacreditado del Parnaso..." se basa, ante todo, en su calidad de
buen burgués.
López tiene humor y compasión. Disfruta con sus travesuras,
adopta "posturas difíciles", pero se sabe también irremediable
mente condenado a compartir ese clima en ocasiones letárgico, de
vulgo "municipal y espeso", en otras placentero, pícaro y
distendido, de rumor de parroquia, de tertulia con un vaso de anís
de coco, su bebida predilecta, junto con el infaltable cigarro.
En el poema titulado "Mi burgo" traza, de modo certero, esa
relación amor-odio característica de todo poeta ante su ciudad. En
su caso las murallas eran reales y no lo sacaron fuera del mundo,
como en el poema de Cavafy. Lo obligaron, por el contrario, a
sumergirse más en él.
-
- Los mismos rudimentos de hace tres siglos... Nada
- de una protesta. Todo completamente igual:
- callejas, caserones de ventruda fachada
- y un sopor, un eterno sopor dominical.
- Población anodina, roñosa, intoxicada
- de incuria -aquella incuria del tiempo colonial-
- con su falsa nobleza de acéfalos, minada
- por el fraile y la hueca política venal.
- Pobre tierra, caduca tierra que tanto quiero,
- que hoy rumia mansamente su estolidez, veneno
- de las intransigencias del medio parroquial,
- que aún vive -si es acaso vivir en la atonía
- de lo incurable-, bajo la risueña ironía
- de un cielo azul, de un cielo siempre primaveral...
El texto es duro y sin excusas. Allí se hallan concentrados los
elementos de su cosmovisión: el pasado colonial, la pérdida de
vitalidad, las pretensiones de nobleza, los efectos conjugados y
nocivos de politiquería y falsa religiosidad, la intolerancia, una
existencia clausurada y, al final, como exudatorio y catarsis, "la
risueña ironía" de un cielo siempre azul, que vuelve irrelevantes
los anteriores dramas y que puede concluir tanto en la risa como en
el cinismo. Es la pregunta escéptica acerca de qué uso dar a un
fusil, como lo estudió Nicolás del Castillo, en un útil trabajo
sobre la poesía de Luis Carlos López.
-
- Campea, a pesar del aparente tono de rebajamiento y de burla,
un afecto sincero por el terruño natal, una sentida nostalgia por
los tiempos idos y por el heroísmo pasado y un hondo amor que se
demuestra plenamente en ese nocturno recorrer de las oscuras y
solitarias callejas de la vieja Cartagena.
Añadiendo respecto al propio poeta:
-
- Sin ser un poeta alegre, López hace de su cinismo cordial el
mejor antídoto contra su innato pero inofensivo pesimismo. Y lo que
muchos románticos solucionan con una bala de revólver, López lo
resuelve con una sonrisa burlona
|
1
.
Bohemia y
burguesía
La prosa de la vida vigoriza esta poesía con su referencia
cotidiana, con su apelación a personajes únicos -un agiotista, un
campanero, un borracho- con nombre propio, con la inclusión de
animales y frutos inconfundibles: iguana y cangrejo, alcatraz y
jicotea, icaco y guama. En otras ocasiones, sus renglones se tornan
débiles e imprecisos, en la ataraxia de una "cerebral
masturbación". Son los devaneos de quien bosteza, en verso. O de
quien formula gracejos, no demasiado memorables.
Pero en realidad algunos de sus mejores momentos se logran en la
aparente aceptación de una tradición inamovible. "No hay fuerza
contra la tradición": al aceptarla, la cuestiona. Al sugerir que es
imposible superarla, va más allá de ella ("Canción burguesa"):
-
- sin asomo de pena, sin torpes rebeldías,
- fingiendo la indulgente pasividad del buey.
El saberse vencido de antemano en esas mezquinas luchas
cotidianas y el reírse de ello a través de la evasión o la burla,
dota a su poesía del compartido interés por una batalla de la cual
nadie se halla exento. La rebeldía bohemia. La claudicación
burguesa.
Villorios y poblachones, cerca del mar. "Holgazanería
parroquial": no se pueden elegir escenarios menos nobles, ni una
historia tan descalabrada. Al pensar en su Cartagena, todo ímpetu
heroico resulta cosa del pasado y los colores buscan, con
pertinacia, resultar incómodos y disonantes ("Cromito"):
-
- La testa del cerro. Rugosa y rapada,
- brilla con los tintes de la mermelada,
- y detrás de un techo de color de ají
- se asoma el cigarro de una chimenea,
- que en la paz del croquis, lentamente humea,
- taladrando el cielo como un berbiquí.
El título, en diminutivo, lo dice todo. Las suntuosas músicas
del modernismo hallan en estos escorzos una refutación radical. Al
reducirse, reniegan de sus anteriores júbilos, a veces tan
altisonantes, y de su musicalidad a toda costa, para brindarnos
este grabado expresionista, contenido y a punto de estallar. Por un
lado lo acecha el mal gusto. Por el otro, la poesía social con
ímpetus redentores.
López no se halla exento de las dos tentaciones pero termina, en
definitiva, por ironizar sobre su instrumento y sobre sus
objetivos, desacralizando el lenguaje pretendidamente poético y
colombianizándolo en sus giros, como señaló James J. Alstrum
|
2
. Y como lo aclaró el propio
López, en una entrevista concedida en 1950 al periodista José
Morillo: "Nunca presumí de innovar en poesía, de ser un 'poeta
nuevo' en mi época. Apenas me he considerado un autor con un modo
de sentir distinto, producto de un temperamento propio"
|
3
. Él maneja, en definitiva,
palabras y no balas. Y lo que puede sonar chabacano, distorsionado,
y en ocasiones grotesco, termina por actuar como revulsivo apenas,
dentro de la secular historia de ímpetu y caída, de subversión
cuestionadora y orden recompuesto. La obra de López no altera la
forma del poema. Inserta apenas elementos antes no usados que,
dentro del ámbito por entonces tan convencional de la poesía
colombiana, producen una gran sacudida. El estremecimiento nuevo.
Un poema como "Medio ambiente" es paradigmático en tal sentido. Los
nombres propios, dicientes en su universalidad -un don Sabas, un
don Lucas-, los objetos precisos como la máquina de coser Singer,
el recuerdo de la juventud ida, concluyen, tajantes, en los seis
últimos versos, en los que una cotidianeidad vulgar anula cualquier
intento de vida propia y creativa ("Medio ambiente"):
-
- Quimeras moceriles -mitad sueño y locura-,
- quimeras y quimeras de anhelos infinitos,
- y que hoy -como las piedras tiradas en el mar-
- se han ido a pique oyendo las pláticas del cura,
- junto con la consorte, la suegra y los niñitos...
- ¡Qué diablo!... Si estas cosas dan ganas de llorar.
Nada más refrescante que los poemas de Luis Carlos López, vistos
en la perspectiva de la tradición colombiana que lo circunda. Al
lado del aticismo que preconizaba Cornelio Hispano, o teniendo como
parangón los convencionalismos piadosos de Diego Uribe, López tiene
el mérito de lo singular, como en "De perfil":
-
- y del gorro, que porta a medio lado,
- surge la hirsuta rebelión del pelo.
- de la ceja, enfocando la azogada
- mirada socarrona, una mirada
- y un signo musical, bajo un violento
- la panza gris de la cachimba asoma
- por un bigote ahumado y soñoliento.
Dibujo exacto de un viejo lobo de mar, sostenido apenas en la
concisión de unos pocos trazos definitorios. Sólo que su repertorio
no es mayor que el mundo de Sancho Panza, tal como lo describe el
poema de Guillermo Valencia, tan admirado por López: "Por él supe
los chismes de la parroquia artera,/los líos del barbero, del cura
y la sobrina,/la fofa brillantez de la clase altanera,/y la
malignidad de la chusma ladina".
Era, además, en sus primeros poemas, fervoroso españolizante:
allí asoman alquerías y pesetas, duros y molinos, mesones,
cortijos, chopos, mozas, pollinos y botas de vino. Incluso un
paisaje de Sorolla. Pero luego este vocabulario se americaniza, en
sabor y compenetración, aunque muchos de sus chistes gruesos y sus
exageraciones poco fundamentadas no pueden atribuirse, tan sólo, a
una españolería de segunda mano. Pertenecen más bien a las
limitaciones de un adolescente que prefiere el choque al
entendimiento. López mantuvo, durante buena parte de su vida, el
enfoque de un humorista de provincia, aun cuando varios de sus
textos superen tales restricciones. De "Visión inesperada", donde
en forma tan tosca compara un faro a "un erecto pene fenomenal", a
poemas que pudiéramos llamar clásicos dentro de su producción, como
"Muchachas solteronas", "En tono menor" o "Sepelio", con su
humanidad entrañable y no por ello menos cuestionada por el humor,
la distancia es abismal. Pero los poetas son recordados por su
buenos poemas y no por sus caídas en la banalidad.
Pero la desigualdad no es demasiado perceptible en la obra de
López. Mantiene una calidad constante, quizá debido a lo
restrictivo de su temática y la estrechez de su horizonte. "Vivir
en la provinciana niñez": así lo hace, con entereza. El liberal,
radical y masón, lector de Vargas Vila y de Voltaire, termina por
estar férreamente unido al entorno que repudió, compenetrado hasta
el tuétano con sus virtudes y sus males, no en su pulcra y discreta
vida personal, sin mayores altibajos, sino en los elementos que su
poesía encarnaba, dentro de una constante tensión antinómica, nunca
resulta del todo.
De ahí las tres grandes afluencias temáticas de que habla Ramón
de Zubiría -el realismo, la sátira social, lo gnómico-, y de ahí
también la perspectiva que este mismo crítico esboza, refiriéndose
al afincamiento de López en su veracidad histórica indisociable del
proceso que vivió su ciudad natal:
-
- La erosión de aquella altiva grandeza, por la irrupción del más
burdo materialismo, la pequeña insolentada, el fariseísmo y la más
rampante grosería, con un correlativo desquiciamiento de valores y
la aparición de toda la gama del arribismo
|
4
.
Como todo nostálgico, también era un conservador: mantenía viva,
en la memoria de los versos, lo que había dejado de ser: "Fuiste
heroica en los años coloniales [ Mas hoy, plena de rancio
desaliño/bien puedes inspirar ese cariño/que uno le tiene a sus
zapatos viejos...". Se opuso a ello con la firmeza del crítico que
señala abusos y desigualdades, frío como un erudito, porque jamás
termina por cortar amarras, ni romper del todo.
Por ello sus viajes, trátese de Munich o Baltimore, donde fue
cónsul de Colombia, apenas sí se reflejan en sus versos más que
como una acentuación de sus lazos con "la nueva Arcadia del
Caribe", como llama a su solar nativo. Refrenda así su dependencia
emotiva y recalca, ante las nuevas exigencias, las mismas e
incurables limitaciones, como en el caso de su poema "Nueva York":
"No sabiendo nosotros, biznietos del atraso/ni jugar ese juego
científico del golf". Lo que hubiera sido, para cualquier
futurista, el incentivo máximo, se convirtió para Luis Carlos López
en la urgente necesidad de tornar a "la tierra tranquila del
banano", a "la oscura grieta/sabrosa de mi pueblo". Su corazón y su
mirada habían que dado atrapados para siempre por Cartagena y los
pequeños pueblos vecinos, a la orilla del mar Caribe, donde alegres
muchachas pregonan "camarones frescos" con su batea.
Su rechazo al progreso, el sarcasmo explícito en "Versos
futuristas" o en "Película", ponen en duda las virtudes del
movimiento o el simbolismo de los sueños, tan trajinados en
aquellos años veinte por futuristas y surrealistas. Él prefería
seguir anclado en su parroquia, haciendo bromas en los juegos
florales o redactando epístolas "entreabiertas" a sus colegas y
amigos de la prensa de la capital. Allí hará el elogio del mondongo
y concluirá: "Que así somos, sublime Don Quijote,/y así seremos:
tipos de comedia,/con birrete, sotana, chafarote,/mandil y
mostrador".
De la tienda de ultramarinos al periodismo, de la tertulia a la
política: así transcurrieron también sus días, "la sonrisa en los
labios/y la pistola Colt en el bolsillo", como le escribe a su
amigo Jorge Mateus, pero esto último no era más que una
baladronada. Nadie más pacífico, incluso en sus propios versos, que
el Tuerto López. Por ello en el poema "Al padre Donoso" o en la
respuesta a Evaristo Carrillo, desde Berlín, en 1928, Luis Carlos
López, desde el exterior, sigue manteniendo su actitud
inmodificable: la de un humorista que añora los motivos de su risa.
La del cronista de la ciudad, que a través de viñetas dedicadas a
sus calles y a sus personajes más llamativos, nutre el dilema entre
lo que fuera una grandeza épica y un deterioro actual ("Naturaleza
irónica..."):
-
- ¿Qué contradicción dinámica
- desorganiza a un plácido terruño
- de sacapotras y de tinterillos?
- -Nada: elecciones para concejales.
El título, con sus puntos suspensivos, lo dice todo: mirar y
dejar pasar. Ser feroz en la denuncia, pero resignarse sabiendo que
nada se podrá cambiar. Sólo que al decirlas, ya ha modifica do las
cosas.
Los antiguos palacios se vienen abajo y necesitan ser
restaurados, pero él, por falta de dinero, no podrá adquirirlos,
él, "biznieto aburrido y sin dos cuartos". Continúa así la
dicotomía entre encanto secular y la modernización inexorable.
Realismo y añoranza: sombra y luz de un mestizaje.
Si nos hemos referido al contrapunto bohemia-burguesía, dentro
de "el fastidio/del ambiente letal", como característico de la
poesía de López, con sus "neurasténicos bardos melenudos" que
terminan por abandonar su arte a cambio de un plato de carne y
arroz, ese descenso del estereotipo romántico ya adocenado al más
crudo realismo se hace a partir del recuerdo crítico de su pasado
colonial. De su española raza, dado que el Tuerto López provenía
directamente de inmigrantes españoles, como eran sus abuelos
maternos y paternos. Su poema al respecto, apenas una enumeración,
es una forma de dilucidar sus raíces, y de ver cómo la relación de
España con sus provincias, que él llama "de trabuco y pastoral", se
diversifica y se hace mucho más compleja ("Mi española raza"):
-
- van saliendo sotanas y sotanas...
- Después, tras la eminente
- nulidad de un político, en la acera
- luce su desparpajo una ramera.
- Y delante de mí, cabe un mendigo
- pasan dos militares y un torero.
Aguafuerte goyesco del poeta de una ciudad ya legendaria que en
el hoy de López había quedado reducida, en sus versos, a un pequeño
ámbito donde se vive "siempre a plomada". Aburrimiento y rutina,
para emplear sus propias palabras, donde apenas si ladrones y
demagogos alteran su perpetuo sopor dominical. Sus retratos de
amigos y contertulios, en las reuniones de "El Bodegón",
transcriben perfiles escuetos y complicaciones simples. Jóvenes que
se casan y cuyas mujeres los dominan, condiscípulos que se han
hecho ricos, conocidos que pasan del lirismo a la política. Sin
embargo, como lo anotó con sagacidad Baldomero Sanín Cano:
-
- Esta cosa insípida, gris, blanda y desarticulada que es la vida
política de Colombia en los últimos treinta años, está
admirablemente vertida por la poesía insuperable, por el humor
penetrante y sano de Luis Carlos López
|
5
.
Fue, no hay duda, un poeta que secó los excesos retóricos del
modernismo y puso un dique al caudal lacrimógeno del romanticismo,
aún activo entonces. Por ello sus vuelos evasivos, dentro de ese
"pueblo intonso, pueblo asnal", no van más allá de un cambio de
postura en la poltrona o de alguna chuscada erótica. La verdadera
evasión era escribir "librejos", como los llamaba, donde un lector
"hueco y panzudo" encuentra expresados, con certeza inmodificable,
el aburrimiento sin límites y la rutina cotidiana, tan simple como
la vaselina. Este era el tipo de comparaciones que usaba López.
Comparaciones que disminuyen y re bajan. De ahí que Héctor Rojas
Herazo no lo considere poeta logrado, debido a su "monocordia
psicológica"
|
6
y a sus
aires de censor. Germán Espinosa, por el contrario, dice:
-
- Ello no quiere decir que eludiera los contextos puramente
líricos, en él frecuentes. Ocurre tan sólo que prefería oponerles
un contra. punto prosaico, logrando así una especie de desacorde
armónico que, milagrosamente, en virtud acaso de un don muy
personal, enriquecía su poesía
|
7
.
|De mi villorio (1908) y
|Por el atajo (1920),
títulos del primero y último de sus libros, resultan una definición
personal. Retorno a la provincia, porque allí está lo universal, al
margen de cualquier cosmopolitismo espúreo, sea el de Grecia o el
de Ver salles. Y desde allí mirar las cosas con el desnivel
filosófico, "bisojo y medio cínico", de quien ríe gravemente y no
termina por desesperarse del todo ante lo irremediable, ni siquiera
ante la agorera, "la última farsa hecha en latín/junto al cochero
de chistera/senatorial ebrio de anís" ("Sepelio"). Le queda el
sarcástico consuelo en su poesía, a veces acre y brutal, como la
consideró Eduardo Castillo, en otra amplia y tajante en la captura
de lo humano, con todos sus matices. Allí queda, entonces, el
Tuerto López, "conmovido por dentro y burlón por fuera", tal como
se describió a sí mismo, con profundo conocimiento de causa.
Bibliografía
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López (Bogotá: Banco de la República, 1986), 234 p.
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|Obra poética (Bogotá: Banco de la República, 1976).
Del Castillo, Nicolás. "Apuntes sobre la poesía de Luis Carlos
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|Boletín de la Academia Colombiana de la Lengua,
XXIII, 97 (Bogotá, 1973), pp. 127-173.
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1989), 94 p.
Lozano y Lozano, Juan. Prólogo a: Luis Carlos López.
|Sus
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Peña Gutiérrez, Isaías. "De Luis Carlos López a Ciro Mendía".
En:
|Estudios de literatura (Bogotá: Ediciones El Huaco,
1979), pp. 85-89.
Sanín Cano, Baldomero. Prólogo a: Luis Carlos López.
|Por el
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1928).
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|Revista Iberoamericana, XXIII, 43 (Iowa,
enero-junio de 1957), pp. 109-123.
Umaña Bernal, José. "La comedia tropical". En:
|Carnets.
Colección Autores Nacionales, N° 16, (Bogotá: Colcultura, 1976),
pp. 124-126.
Zubiría, Ramón de. "Aproximación a Luis Carlos López". En:
|Definiciones y realidades. Perspectivas sobre literatura e
historia colombianas (Bogotá: Tercer Mundo-Universidad de
Cartagena, 1989), pp.199-217.
Zuleta, Estanislao.
|La poesía de Luis Carlos López
(Medellín: Editorial Percepción, 1988), 104 p.
|
1
|
Nicolás del Castillo: "Apuntes sobre la poesía de Luis
Carlos López".
|Boletín de la Academia Colombiana de la
Lengua, XXIII, 97 (Bogotá, 1973), pp. 135 y 139.
|
|
2
|
James J. Alstrum: "Luis Carlos López y la
colombianización y desacralización del lenguaje poético en
Colombia". En:
|De ficciones y realidades (Bogotá:
Tercer Mundo-Universidad de Cartagena, 1989), pp. 137-145.
|
|
3
|
José, Morillo: "Entrevista a Luis Carlos
López". En:
|Por el atajo (Cartagena: Ed. Bolívar,
1975). pp. 7-14. Originalmente publicada en la revista
|El
Bodegón, año XXVIII, Nº 390.
|
|
4
|
Ramón de Zubiría: "Presencia de Luis Carlos
López", prólogo a: Luis Carlos López.
|Obra escogida
(Bogotá: Aseguradora Grancolombiana, 1979), p. 11.
|
|
5
|
Baldomero Sanín Cano: Prólogo a: Luis Carlos López.
|Por el
atajo. 2ª edición (Cartagena: Delvalle y Espinosa Editores,
1928).
|
|
6
|
Héctor Rojas Herazo: "Boceto para una interpretación
de Luis C. López". En: Luis Carlos López.
|Obra
poética (Bogotá: Banco de la República, 1976), p. 561.
|
|
7
|
Germán Espinosa:
|Luis Carlos López (Bogotá: Procultura,
1989), p. 25.
|