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UNA PROPUESTA DE LECTURA

Gracias a las gestiones de Rafael Núñez, quien era presidente de Colombia y residía en Cartagena, el 17 de abril de 1893 el vicepresidente en ejercicio, residente en Bogotá, también poeta y traductor de Virgilio, don Miguel Antonio Caro, firmaba el nombramiento de Rubén Darío como cónsul general de Colombia en Buenos Aires y el de José Asunción Silva como secretario de la legación de Colombia en Caracas | 1 .

Singular coincidencia. Los 2.400 pesos de sueldo anual que recibe Darío se convertirán así en la base de sustentación de aquel movimiento, el modernismo, que desde, Buenos Aires, la Cosmópolis de entonces, irradia el flamante diplomático nicaragüense, con consecuencias que aún perduran.

De otra parte, la visita de Silva a Cartagena también será decisiva para el autor del "Nocturno". Su obra, que se inscribe en un lapso temporal muy breve, el que va desde 1883 a 1896, o sea desde un año después del |Ismaelillo (1882) de Martí al de la parición de las Prosas profanas (1896) de Darío, experimenta ría en dicha ciudad un reconocimiento público: la gente, al saludarlo, le recuerda los paródicos versos escritos en son de burla contra los imitadores sin alma de Dario | 2 .

La conocida "Sinfonia color de fresa con leche", dedicada "A los colibríes decadentes" y firmada con el pseudónimo también paródico, de Benjamín Bibelot Ramírez, aparece fechada en Bogotá el 6 de marzo de 1894 y era un buen ejemplo de la capacidad crítica de Silva, desde adentro, de los excesos retóricos, que ya percibía como estériles, de ese movimiento al cual se lo adscribe miembro fundador decisivo. Junto, claro está, con Martí, Gutiérrez Nájera, Julián del Casal y el propio Darío. Aquí en Colombia, en todo caso, sería su más destacado representante seguido luego, ya en otra generación y en otro plano, por Guillermo Valencia.

La graciosa "Sinfonía" terminaba así:

¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos
cantos de sol y rosa, de mirra y laca
y policromos cromos de tonos mil,
estos son los caóticos versos mirrinos,
esta es la descendencia, Rubendariaca,
de la princesa verde y el paje Abril,
rubio y sutil | 3 .

Todos eran hijos de Darío y allí, en solfa, Silva reconoce el auténtico origen del texto poético hispanoamericano. Sus excesos, ya denunciados en fecha tan temprana por él, no menoscaban la importancia del padre ni disminuyen su prodigiosa energía. Como lo ha expresado Pere Gimferrer: "Las literaturas hispánicas viven a rachas; a poco sólida que sea la tradición autóctona inmediata, tienden a asentarse en ella, en una especie de deliberado insularismo literario. Por ello es tanto más admirable que en breves décadas -en poco más de un cuarto de siglo, de hecho- un impulso acelerador, iniciado por Rubén Darío, catapulte la poesía española desde los dominios de Núñez de Arce y Campoamor a la poesía pura y la vanguardia" | 4 .

Con Silva, a través de su vertiente simbolista, se inicia entonces no sólo el modernismo en Colombia, sino, hablando estricta mente, la poesía moderna. Y si bien en los últimos años se ha puesto el acento, de acuerdo con el espíritu de la época, en su voluntad de Verdad, manifiesta en sus |Gotas amargas (el asco por sí mismo, su rechazo de una sensibilidad romanticoide y un idealismo espúreo y su desprecio radical por un medio hipócrita e indiferente, en su inicial aburguesamiento), convirtiéndolo en el imprescindible punto de partida de Luis Carlos López y sus |Posturas difíciles (1909) e incluso, lo cual ya parece un tanto excesivo, de Nicanor Parra y sus |Poemas y antipoemas (1954) | 5 , la otra faz de Silva, la de su voluntad de Belleza, es la que ha terminado por imponerse.

Solitario sin precedentes en la historia de la poesía colombiana, aunque, por su elasticidad rítmica, se mencione a Rafael Pombo, Silva, ese modernista natural como lo llamo Juan Ramón Jiménez, que alcanzó, también en palabras del poeta español, "la precisión de lo impreciso", con su incomparable música, a la vez tan enigmática como estricta, es la referencia ineludible de cualquier aproximación a la poesía colombiana del siglo XX.

Y como lo ha explicado José Olivio Jiménez en su |Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana (1985), "es en la atmósfera de la estética simbolista, con su gusto por expresión misteriosa, vaga, sugerente y de cadenciosa musicalidad, donde hay que inscribir sus más intensos momentos poéticos, teñidos de una profunda vibración elegiaca" | 6 . Algo, por cierto, que ya varios años antes había señalado Fernando Charry Lara en su acertada "Divagación sobre Silva" | 7 .

Y es precisamente en poetas como Charry Eduardo Carranza o Aurelio Arturo donde podemos comenzar a fijar acercando nos hacia el, una tradición que sin lugar a dudas parte de Silva, aunque en casos como el de Carranza la presencia de Dario, "incluso a nivel de actuación publica y no solo mediante su azul emblemático, semeja ser más decisiva.

En forma secreta y por ello mismo más fecunda, Silva irriga un terreno que subsiste incluso en obras de nuestros días. Giovanni Quessep y Jaime García Maffla demuestran, a partir de la sexta década de este siglo, que Silva, quién lo duda, está vivo.

Ya no es su leyenda la que incide -el poeta al cual la ciudad esculpe y lleva al suicidio-, sino el ámbito apenumbrado de su dolida nostalgia. La cernida lluvia de su Bogotá perdida en las alturas, entre nieblas y grises. En la claridad lunar de su paisaje sabanero la nostalgia crece con la intensidad de los deseos perdidos sin remisión posible, pero aún incurables y vivos.

Una noche,
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda,
las luciérnagas fantásticas.

En la célebre noche de perfumes, murmullos y músicas de alas, en la "noche tibia de la muerta primavera", las sombras aún continúan su búsqueda, con avidez indetenible. Las dichas transitorias, los fantasmas grises, las hondas lejanías y la infancia perdida conforman, además, la verdad de Silva, dicha con una fuerza que le permite encarnarla en formas incomparablemente sensibles. A partir de él es factible rastrear entonces la historia de la poesía colombiana de este siglo, en sus hitos más decisivos, que en el propio caso del modernismo pueden simbólicamente representarse por dos figuras antagónicas, tan sólo en apariencia. Una de ellas la de Guillermo Valencia, político conservador arraigado en Popayán y quien, como lo ha dicho Fernando Charry Lara, es "el único católico practicante entre los grandes poetas del modernismo" | 8 . La otra, la de Porfirio Barba- Jacob, el hombre errante por tierras de Centroamérica, México y Perú y que, en 1927, vuelve por tres años para reencontrar a Colombia y continuar en México su transhumancia hasta morir allí en 1942.

Homosexual, sifilítico y marihuanero (llamaba a esta última "La dama de los cabellos ardientes" y la aspiró con unción toda su vida) alquilaba su pluma de buen periodista y conservaba intactos su orígenes como maestro de escuela campesina, fundando a su paso universidades populares en México, Guatemala y Cuba. La azarosa existencia que llevó, unida a su capacidad de fabulación, terminaría por convertirlo en un sentimental cínico, oscilante entre el fervor y la abyección. Cambiaba de nombre como cambiaba de países: el Miguel Ángel Osorio original se trocó en Ricardo Arenales y finalmente en Porfirio Barba-Jacob.

A todo lo cual contribuían las sucesivas expulsiones que padeció, gracias a dictadores y dictadorzuelos de turno Calles lo echó de México, Ubico de Guatemala, Quiñones Molina de El Salvador, Leguía del Perú. Algunas motivadas por causas libertarias; otras buscadas más bien como una forma gratis de viajar. Así es factible deducirlo ahora gracias a la apasionante biografía |Barba Jacob el mensajero que le dedicó Fernando Vallejo | 9 y que nos restituye, por fin, su peripecia, adulterada por el parroquialismo, en su afligente y conmovedora realidad, aún más amarga y descorazonadora. Su saludable costumbre de hacerse internar en los hospitales para no pagar el hotel dejaba de ser una reminiscencia literaria de Verlaine para convertirse, en sus últimos años, en una espantosa realidad.

Murió tuberculoso y sus primeros libros, publicados después de cumplir los 40 años gracias a amigos que querían reunir algunos pesos para aliviar sus males, fueron rechazados por él. No le permitieron escoger los poemas, estaban plagados de erratas y el papel era deficiente. Pero la razón era otra. Quería negarse a sí mismo, incluso en su obra, pues su tiempo ya había quedado atrás. Como poeta era un rezagado. De ahí su voluntad de autodestrucción "mi esfuerzo vano -estéril mi pasión". La publicación definitiva de sus obras lo desenmascararía con claridad: el gran libro con que quiso convertirse en el legatario de Dario no había sido escrito.

Jorge Cuesta, quien como Ricardo Arenales lo incluye en su conocida |Antología de la poesía mexicana moderna (1928), lo presenta con estas palabras: "Ricardo Arenales nació en Colombia, pero su sitio está en la historia de la poesía mexicana, al lado de González Martínez y de Ramón López Velarde, de quienes él era cercano amigo". Agrega luego: "Por el espíritu de las influencias que su obra ha recibido y por las huellas que ha logrado imprimir, Ricardo Arenales es un poeta de México". En su juicio crítico Cuesta añade: "Arenales, aun en sus mejores poemas, guardaba, como un eco no siempre apagado, la resonancia de la retórica modernista". Reconociéndole "su originalidad, amarga y áspera", concluye: "Por desgracia, su impaciente inconformidad, unida a una existencia anacrónica de poeta maldito, ha impedido la difusión que su obra merece" | 10 .

Si bien en realidad sus poemas más conocidos habían aparecido infinidad de veces en toda la prensa de la época, reiterándolos según los países que visitaba y cambiándoles las dedicatorias según a quien hubiese que agradecer dádivas o limosnas, los 18 poemas que Xavier Villaurrutia y Octavio Paz escogieron para Laurel, muestran cómo el Barba-Jacob que ya era asimilado como mexicano, no era ni mexicano ni colombiano -esos desdicha dos nacionalismos-. Era en realidad el último eco, a la vez débil y exasperado, de la aventura modernista, acorde, sólo en eso, con una poética que en 1916 había expresado en la Poetry Society de Nueva York, considerando a Eduardo Marquina el primer poeta de la lengua y autoconsiderando su propia poesía en estos términos:

Yo debí haber nacido en Inglaterra: hubiera hecho mejor papel, con mi poesía grave, elevada y un poco inactual, al lado de Francis Thompson -el más grande poeta católico que ha tenido el mundo- o al lado de algunos antecesores suyos, como Shelley y los Rosetti, o al lado de ese incomparable Yeats -el místico que aún vive-, que al lado de Valencia, pongo por caso | 11 .

Sin embargo, él estaba aún más cerca de Valencia de lo que pensaba. El anclado en su tierra, Popayán, y el errante por el mundo rechazaban de plano todos los experimentos de la van guardia. Esa negativa los unía a fondo.

En 1922, en la Asociación de Estudiantes de Guatemala, Barba reiteraría su pensamiento. Una reseña de la charla recuerda lo siguiente: "El poeta juzga dislocadas las cerebraciones de los poemas de vanguardia. Luego que dos o tres poemas, escogidos todos entre los menos vigorosos por no decir entre los torpes del ultraísmo, sirviéronle para afirmar su aserto sobre la poesía de vanguardia, habló de la falsedad que una intromisión del mecanicismo en un medio donde carecemos de máquinas traerá a nuestra poesía" | 12 .

Valencia, por su lado, y en su prólogo a |Cathay, fechado en 1928, denigra de "cubistas, ultraístas, dadaístas y futuristas" y considera su libro "el libro preterista por excelencia". Traduciendo, del francés, poetas chinos, buscaba otros exotismos, pero si su droga fue la política y no la marihuana, como en el caso de Barba, su poesía también se petrificó en una dicotomía irresoluble a nivel lírico: la que le llevó a oponer las encíclicas de León XIII a la erupción anarquista.

Sólo que los dos, Valencia y Barba, memorizados y recordados, con emoción, por su propio pueblo hasta una generación nacida a fines de los veinte como la de García Márquez -la última generación colombiana que se sabía la poesía de memoria- prosiguen hoy en día su recepción crítica y creativa ya no gracias a los encantos sonoros de la recitación en voz alta, sino por los méritos intrínsecos que la relectura de sus textos, en voz baja, van suscitando en el lector capaz de percibir mayores matices.

En tal sentido, y para concluir con el periodo modernista, basta citar la fluvial viñeta |art-nouveau que dibuja Valencia en su conocido "Leyendo a Silva" | 13 .

O la bronca pasión de Barba, resintiéndose dentro de su vocabulario en tantos casos apenas cursi y la tensión real, fuego y ceniza, de sus canciones y baladas: "Canción de la vida profunda", "Balada de la loca alegría", "La Reina" o "Futuro". Allí se palpa un poeta, remoto, sí, pero no por ello menos lacerante.

El conservadurismo poético que terminaba por emparentar -dos caras de una misma moneda- a Valencia con Barba, perduraría a y se prolongaría no sólo en la obra de León de Greiff, rica en música y humor, sino de modo más evidente y programático en todo el movimiento de Piedra y Cielo que bajo la advocación, en su nombre, de Juan Ramón Jiménez, se hizo público entre septiembre y diciembre de 1939 con la publicación de cinco cuadernos y al año siguiente de dos más, que reunían producciones de poetas como Eduardo Carranza y Carlos Martin, Jorge Rojas y Arturo Camacho. Son ellos los que prosiguen una secuencia histórica que ha convenido va en subdividir el curso de la poesía Colombiana, durante los 90 años transcurridos en este siglo, en por lo menos 5 grupos muy nítidamente reconocibles. Estos rótulos, de carácter más bien orientador y pedagógico, no deben hacernos olvidar, claro está, lo que dijo Georges Mounin: 'Sólo quedan de cada generación dos o tres auténticos poetas, unos diez por siglo en el mejor de los casos, y cada verdadero poeta llega a serlo sólo en alguna docena de poemas".

Serían ellos:

a) El de los modernistas: Silva, Valencia, Porfirio-Barba Jacob, José Eustasio Rivera, el autor tanto de |La vorágine (1924) corno de los menos leído sonetos de |Tierra de promisión (1921), y Eduardo Castillo.

b) El de Los Nuevos, donde fuera de León de Greiff y Rafael Maya no se distingue ningún poeta de verdadera trascendencia, salvo la curiosidad vanguardista que fue el libro de Luis Vidales |Suenan timbres (1926), un pequeño escándalo dentro de una pequeña ciudad habituada al orden, la parsimonia y el tradicionalismo, y Jorge Zalamea, casi más por traductor de Perse que por poeta él mismo.

c) El de la Piedra y Cielo, al cual se ha adscrito, sin serlo Aurelio Arturo, un impar solitario, y que integrarían además de los mencionados Carranza y Martín, Jorge Rojas. Arturo Camacho Ramírez y Gerardo Valencia.

d) El grupo nucleado en torno a la revista |Mito (19551 962), del cual formarían parte, además de los tempranamente fallecidos Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, Fernando Charry Lara, Alvaro Mutis, Fernando Arbeláez y Rogelio Echavarría.

e) El grupo nadaísta, capitaneado por Gonzalo Arango y que a partir de la década de 1960 ha producido varios poetas de interés y valía, más perceptibles hoy, veinte años después de su eclosión inicial, que en el momento de su escandalosa irrupción pública. Serían ellos Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero, J. Mario y Eduardo Escobar, Darío Lemos y Amilkar Osorio.

Finalmente, una antología realizada por Jaime Ferrán y publicada en España al comenzar la década de 1970 por la editorial Adonais, |Antología de una generación sin nombre | 14 , sirvió, de modo tentativo, para denominar a varios de los poetas más recientes, nacidos a partir de 1940, como Elkin Restrepo, Jaime García Maffla, Darío Jaramillo Agudelo, Juan Gustavo Cobo Borda que, junto con otros, Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza y Juan Manuel Roca, más que conformar un grupo, se situan, como todas las últimas promociones, desde la individualidad de su tarea, ajena, por regla general, a formulaciones colectivas.
Jaime Jaramillo Escobar, el poeta nadaísta, escribió hace unos años: "Salvando diez nombres de excepción, todo el resto de la poesía colombiana es soporífera, menos la de los poetas jóvenes que todavía no alcanza a ser ni lo uno ni lo otro" | 15 .

La iconoclastia burlona del grupo nadaísta se convertía 20 años después, como ya decíamos, en el canon legal y democráticamente aceptado de la poesía colombiana en este siglo | 16 . Y la lista de sus diez nombres de excepción no suscitaba ninguna aclaración o rectificación polémica. Se iniciaba con Hernando Domínguez Camargo, el poeta colonial reconocido en la antología en honor de Góngora (a Gerardo Diego, por ejemplo, le conmovía la fidelidad del neogranadino a las |Soledades, destacando, sin embargo, su "sensibilidad e imaginación propias", y Lezama Lima lo admiraba en su libro de ensayos |La expresión americana) y continuaba con Silva, Valencia, Rivera, Barba-Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff Aurelio Arturo y Álvaro Mutis. Añadía Jaramillo Escobar: "Esos son los diez nombres que sustentan la poesía colombiana" | 17 .

Luego, refiriéndose a los más recientes poetas, y desarrollando su convicción de que si los jóvenes no atacan, "nos toca a nosotros atacarlos a ellos, porque la paz es estancamiento", insinuaba una explicación de ese rehusar los extremos que parecía caracterizar incluso a la más reciente poesía colombiana y que contrastaba, en forma abismal, con la imagen de agitación incesante y sangrienta violencia que ya distingue al país en todo el mundo.

Decía Jaramillo Escobar: "estos poetas rehúsan los extremos, porque son de clase media. Y es en esta clase en donde encontramos la explicación para la falta de audacia, porque la clase media es respetuosa y conservadora, y los poetas no han podido escapar a esos límites" | 18 .

Coincidiendo en alguna forma con él, el crítico y antologista argentino Hellen Ferro, en su libro |La poesía del Tercer Mundo en Hispanoamérica, se preguntaba recientemente:

Extraña comprobar cómo en un país que se volvió violento -qué lejos quedaron aquellos paisajes de |María!-, nos referimos a Colombia, no termine de conformarse una poesía con fuerza verdaderamente revolucionaria, con nombres que trascienden el medio local | 19 .

Y añadía:

notamos en la nueva poesía colombiana una "indecisión", "un desencanto" que recurre a la descripción ambiental o se refugia en la mención erudita | 20 .

Preguntándose:

¿En qué consiste la despolitización que ya desde los años 70 impregna a los poetas de un país de vida violenta? | 21

La respuesta la daba él mismo: tomando en cuenta la antología explícitamente titulada |Una generación desencantada (1985) | 22 y que comprende siete poetas nacidos entre 1935 y 1950 (José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Harold Alvarado Tenorio, María Mercedes Carranza, Juan Manuel Roca, Darío Jaramillo y J. G. Cobo Borda) y a partir de las observaciones que el prologuista del libro, Antonio Caballero, formula sobre la desilusión y el desengaño, el miedo al engaño y las sucesivas traiciones que parecen jalonar la historia colombiana, concluía el crítico argentino Ferro su análisis en estos términos:

Terrible estado depresivo que comprende a toda una generación tal vez ahitada de esos muertos, de esos engaños morales, de ese escudriñar la cultura o los lugares sin asentarse nunca | 23 .

Sólo que su conclusión era perfectamente aplicable a toda Hispanoamérica hoy en día. Es difícil definir a un país, y aún más difícil es definir una poesía. Las generalizaciones suelen camuflar la rica diversidad y ocultar los cambios, no demasiado visibles. En todo caso, en un valioso libro de 1927, |Seis ensayos en busca de nuestra expresión, el dominicano Pedro Henríquez Ureña escribía:

Cualquier lector avezado discierne sin grande esfuerzo la nacionalidad, por ejemplo, de los poetas.

Y añadía:

Observando por conjuntos, ¿quién no distingue entre la |facundia, y la |difícil facilidad, la elegancia venezolana a ratos superficial, y el lirismo metafísico, la orientación trascendental de Colombia | 24 .

Era una buena pregunta. ¿Cómo compaginar, en consecuencia, hoy en día, el lirismo metafísico con la violencia suicida?, ¿la orientación trascendental con la incertidumbre y la duda, real mente físicas?

Vasconcelos, el escritor mexicano, dijo que el lirismo había salvado a Colombia de la crueldad. Luego del nefasto noviembre negro de 1985, con la Corte Suprema de Justicia masacrada en pleno, e su propia sede, y luego de "ese terrible espectáculo de degradación política y moral que son las 164 ejecuciones del Frente Ricardo Franco en Tacueyó" | 25 , una purga de aparentes traidores dentro de una fracción guerrillera, la cita resulta un tanto impertinente. Sin hablar, por cierto, del terrorismo inmisericorde desatado por el narcotráfico, y las matanzas proseguidas por la guerrilla como por los grupos paramilitares.

Sin embargo, la poesía ha sido siempre impertinente. Su validez no ha consistido nunca en responder en forma explícita a circunstancias afligentes o conmovedoras. Ocupándose de los asuntos que en apariencia no le corresponden, ella lo ha hecho más bien y como debe ser, de modo ambiguo. A la rígida línea de la historia, que es progresista según dicen, ella ha opuesto la múltiple diversidad de sus signos. A la explícita actualidad ella la ha trascendido mediante su flagrante anacronismo.

Un historiador, Jaime Jaramillo Uribe, ha llamado a Colombia el país del término medio, de la |aurea mediocritas. La carencia de inmigrantes y el hecho de ser "una nación integralmente católica y de buen hablar español" | 26 repercute en otros rasgos típicos suyos, como el civilismo -un solo golpe de estado en lo que va corrido del siglo (1953-1957), general Gustavo Rojas Pinilla-, todo lo cual no hace más que revelarnos cómo la perenne búsqueda de equilibrio, y de legitimidad formal, se ve azuzada y resquebrajada, continuamente, por esa otra constante de violencia y desigualdad social que ha sido, también, su sino | 27 .

Por ello la lectura de este conjunto de poetas y poemas es importa ya que, escritos en este siglo, nos muestran cómo, a través del lenguaje, van asomando otras dimensiones de lo humano, incluida la histórica -"los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen"-, y nos permiten asomarnos a la intimidad propia de un país y sus gentes. A las formas verbales con que reaccionan entre sí mismos y ante las circunstancias que, determinándolos, ellos finalmente terminan por hacer suyas, otorgándoles una razón de ser, mediante su encarnación en una lengua. En este caso concreto: el español.

La intensidad erótica de Carranza, por ejemplo, de enamorado que se planta ante la muerte y reafirma su sueño, tiene un vigor autónomo en sí mismo. Si bien, como sucede en "Galerón", todos los datos del poema pertenecen al arsenal folklórico de la región natal de Carranza, los llanos orientales que Colombia comparte con Venezuela, el poema no es más que una enardecida historia de amor. Pero una historia que a todos nos concierne.

La de quien, desde su tierra, se hunde en ella, recreándola en música y desvelo, en nostalgia y baile. En imágenes carnales. A la vez dominada y desbordante, esta pasión creativa revela su miedo ante la muerte y al mismo tiempo su júbilo de vencerla mediante ese goce, gracias a ese canto.

Igual sucede con el poeta "Cita", de Alvaro Mutis. Prosiguiendo ese retorno que su libro |Crónica regia (1985) lleva hasta sus últimas consecuencias, él continúa su peregrinaje en busca del hilo perdido de sus raíces hispánicas, reiterando su fidelidad a un monarca como Felipe II, congruente, en ello, con su idea de que sólo una norma de carácter trascendente, como la monarquía de orden divino, puede trazar pautas en la vida de un hombre. Ahora, en esta cita con el "Caballero de la Triste Figura", él busca también esa lección que ha de durar lo que dura la vida de los hombres. "La obstinada sangre para amar y morir", que nos viene de España, constituye entonces su preocupación más honda.

Quimeras, locuras, encuentros imposibles, el niño de Neanderthal o el mito de Sísifo, vistos con ojos actuales en poemas de Jaime Jaramillo Escobar o Mario Rivero, fantasmas reales que dialogan con nosotros, en el entresueño, como en los poemas de Charry; o ese otro que también somos, ese hermano imaginario que, como posibilidad irrealizada, siempre nos acompaña -como en el poema de Darío Jaramillo, incluido en |Poemas de amor (1986) -resultan formas insolentes y a'bitrarias de una imaginación que se quiere dueña de sí misma y, en consecuencia, de todo el ilimitado horizonte que por definición le corresponde. "Horror de la vida, éxtasis de la vida".

En su libro de ensayos, Lector de poesía (1975), Fernando Charry Lara dedica cuatro trabajos a cuatro poetas de la generación del 27: Cernuda, Aleixandre, Salinas y Guillén. En el primero de ellos concluye afirmando: "La imaginación es la única fuerza capaz de despertar la conciencia del hombre. Cuanto más hoy se cerca al individuo, más violentamente lo rescata la poesía" | 28 .

Por su parte Fernando Arbeláez, en un premonitorio poema de la pasada década, "Los presagios de la lluvia", se preguntaba:

¿Qué será posible
entre las mistificaciones y el aire
entre la vergüenza y la bondad
entre la soledad y el juicio
qué será posible? | 29

La pregunta que formula toda auténtica poesía es siempre la misma. Y, curiosamente, a través de los siglos, las respuestas son también afines. En contra de la "mísera incuria de los hombres", el "rendido amador de Dulcinea" prosigue su camino. Ya no por la llanura castellana sino por las calientes tierras colombianas.

El diálogo entre América y España, base ineludible de nuestra poesía, vuelve a abrirse | 30 . Esta propuesta de lectura, hecha desde una perspectiva colombiana, quiere contribuir a tal propósito.
 

1 Edelberto Torres, |La dramática vida de Rubén Darío, 5ª edición (Managua: Editorial Nueva Nicaragua, 1982), p. 179.
2 Carlos García Prada, "¿Silva contra Darío?", en |Hispania, XLIII (1960), p. 179.
3 José Asunción Silva, |Poesías, Edición crítica por Héctor H. Orjuela (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1979), pp. 321-323.
Sobre el mecanismo de la parodia dentro del modernismo ver el estudio de Emir Rodríguez Monegal "El caso Herrera y Reissig", en |Eco, 224-226 (Bogotá, junio-agosto 1980), pp. 199-216.
4 Pere Gimferrer, "Fernando Fortún, ahora", en |El País Libros, Madrid, domingo 12 de mayo de 1985, p. 7.
5 En el trabajo, por otra parte valioso, de James J. Alstrum, "Las gotas amargas de Silva y la poesía de Luis Carlos López", incluido en |José Asunción Silva, vida y creación. Selección de Fernando Charry Lara (Bogotá: Procultura-Presidencia de la República, 1985), pp. 211.232. En dicho repertorio crítico se agrupan 45 trabajos sobre Silva.
6 Jose Olivio Jiménez, |Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana (Madrid: Ediciones Hiperión, 1985), p. 140.
7 Incluido en |José Asunción Silva, vida y creación, op. cit., pp. 425-437.
8 Fernando Charry Lara, |Poesía y poetas colombianos (Bogotá: Procultura-Presidencia de la República. 1985), p. 23.
9 Fernando Vallejo, |Barba Jacob el mensajero (México: Editorial Séptimo Círculo, 1984).
10 Jorge Cuesta. |Antología de la poesía mexicana moderna (1928). Reedición (México: Fondo de Cultura Económica, Sep, 1985), p. 117-122. Se incluyen cinco poemas de Ricardo Arenales: "Canción de la vida profunda", "La Reina", "Estancias", "Los desposados de la muerte", "Lamentación de octubre".
11 Fernando Vallejo, |op. cit., p. 123.
12 Fernando Vallejo, |op. cit., p. 205.
13 Incluida tanto por Leopoldo Panero en el segundo tomo de su |Antología de la poesía hispanoamericana. Desde Rubén Darío hasta nuestros días (Madrid: Editora Nacional, 1945), pp. 109.115, como por Carlos García Prada en su antología de |Poetas modernistas hispanoamericanos (Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1956), pp. 248-253.
14 Jaime Ferrán, |Antología de una generación sin nombre: últimos poetas colombianos (Madrid: Editorial Rialp, Colección Adonais. Nº 277-278, 1970). Sobre el período 1970-1980 ver J. G. Cobo Borda: |Álbum de la nueva poesía colombiana (Caracas: Editorial Fundarte, 1981), 224 p.
15 Jaime Jaramillo Escobar, "El pipiripao y el gran turmequé, en |El Espectador, Magazín Dominical, Nº 103, marzo 17 de 1985, pp. 4-7.
16 Así, por lo menos, lo atestiguan las diversas antologías. Ver, por ejemplo, el ya citado panorama de Fernando Charry Lara, |Poesía colombiana, 1880-1980. Una selección (Bogotá: Círculo de Lectores. 1981), 238 p., y J. G. Cobo Borda, |Álbum de poesía colombiana (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Biblioteca Básica, Nº 41, 1980), 177 p.
17 Jaime Jaramillo Escobar, |art. cit., p. 6.
18 Ibid.
19 El trabajo de Hellen Ferro, aún inédito, y titulado |La poesía del Tercer Mundo en Hispanoamérica, abarca el período 1960-1985, el cual subdivide en cuatro partes: "La elección política", "La canción de protesta", "El compromiso tercermundista", "La despolitización". Sobre la poesía hispanoamericana las mejores aproximaciones críticas se hallan en los diversos volúmenes de ensayos de Octavio Paz y en el libro de Guillermo Sucre: |La máscara, la transparencia (México: Fondo de Cultura Económica, 2a. edición, 1985). Sobre los poetas hispanoamericanos nacidos entre 1910 y 1939, ver J. G. Cobo Borda. |Antología de la poesía hispanoamericana (México: Fondo de Cultura Económica, 1985), 518 p.
20 Hellen Ferro, |op.cit.
21 Ibid.
22 |Una generación desencantada. Compilador Harold Alvarado Tenorio (Bogotá. Universidad Nacional, 1985), 214 p.
23 Hellen Ferro, |op. cit.
24 Pedro Henriquez Ureña, |Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires: Editorial Babel, 1927), p. 79.
25 "Camilo: el cadáver de la izquierda", |Semana, 198 (Bogotá, 18-24 de febrero de 1986), p. 41. Constatando cómo el influjo de Camilo Torres, el cura guerrillero, a 20 años de su muerte es nulo en Colombia, el articulista cita a García Márquez: América Latina "sólo tiene héroes muertos", y concluye: "Todo eso es historia habitual en Colombia. Una historia llena de generaciones perdidas, de esperanzas frustradas, de reformas postergadas, revoluciones prometidas. de símbolos manipulados, de mártires enterrados".
26 Jaime Jaramillo Uribe, "Algunos aspectos de la personalidad histórica de Colombia", en su libro: |La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura. Biblioteca Básica Nº 28, 1977), pp. 131-153. El ensayo está fechado en 1969 y en su nota final aclara: "Es muy probable que el desarrollo de los últimos 50 años haya cambiado en forma muy considerable la estructura social de Colombia, produciéndose una más acentuada y compleja diferenciación social".
27 Ver Françoise Barthélémy, "Dramático fin de mandato para el presidente Betancur", en |Le monde diplomatique en español, edición Cono Sur, 1, 7 (febrero-1986), p. 6-8. Allí se dice: "Se espera siempre la puesta en práctica de una auténtica 'apertura democrática' que ponga fin al yugo del bipartidismo liberal-conservador establecido desde 1957. Un sistema que asfixia la vida política, muy a menudo limitada al 'clientelismo', favorece la corrupción y el terrorismo, explica el desinterés del electorado por el voto (la abstención alcanza una medida del 60% al 80% de los inscritos), permite al ejecutivo recurrir constantemente al estado de sitio para responder a los innumerables conflictos que implica la persistencia de numerosas desigualdades sociales".
28 Fernando Charry Lara, |Lector de poesía (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales Nº 3, 1975), p. 104.
29 Incluido en Fernando Arbeláez, |Serie china y otros poemas (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales Nº 41, 1980), p. 41-44.
30 He proseguido este análisis en "entre las dos orillas de la poesía hispánica", incluido en J. G. Cobo Borda |Presencia cultural de Colombia en España (Madrid: Embajada de Colombia en España, 1993), pp. 11-22, reproducido en la revista |Fin de siglo, 5 (Cali, junio 5 de 1993), pp. 33-38, con el título de "Las dos orillas de la poesía".

 

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