EN UN PAÍS DE POETAS,
LA TRADICIÓN EN CRISIS
Repaso e
incertidumbre
En los últimos tiempos Colombia ha cambiado mucho. Primero que
todo, ha crecido su población. Entre 1950 y 1990 ha pasado de 12 a
32 millones de habitantes. Para el año 2000 será de 40 millones de
habitantes y ocupará entonces el tercer lugar entre los países más
poblados de América Latina, luego de Brasil y México.
Al mismo tiempo se ha invertido su carácter. En 1938, Colombia
era un país con un 71% de población rural. En 1985, el 67% de la
población era urbana, y tal proporción ascenderá al 75% a fin de
siglo. El 44% de la población se concentraba en las cuatro grandes
ciudades: Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, pero un 26% se
distribuía entre 22 ciudades intermedias muy dinámicas. Colombia,
país de ciudades.
Se expandió la educación. En 1960 eran 40.000 los estudiantes
inscritos en centros de enseñanza superior. En 1990 esta cifra
ascendió al medio millón. Por desgracia, se ha convertido también
Colombia en uno de los países más violentos del mundo. Según datos
de la Policía Nacional, el número total de homicidios fue en 1988
de 21.100 y en 1989 llegó a 23.315. Guerrilla (de 8.000 a 10.000
hombres), narcotráfico y grupos paramilitares han contribuido a
incrementar tal cifra. A esta sensación de zozobra física se añade
la persistencia de hondas desigualdades sociales. El historiador
Álvaro Tirado resume así el problema: "el 40% de la
población colombiana sólo recibe el 9% del ingreso, a la par que el
10% más rico recibe el 20%". En 1992 el PIB por habitante
llegó apenas a US$1.380
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País de contrastes, entonces, donde convive un dinámico
desarrollo económico con una diversificación de sus exportaciones,
que pasan del tradicional café a los minerales como productos
básicos, y una urbanización acelerada con una honda crisis donde la
legalidad carece de legitimidad y el monopolio de la fuerza no es
propiedad exclusiva del Estado.
Todo ello en momentos en que su apertura al mundo vuelve más
evidentes los cambios en pos de la modernización, visibles, ante
todo, en la nueva Constitución de 1991.
Dicho proceso se hace también notorio en la cultura, donde las
tensiones entre una ética religiosa y una laica no se dan sin
traumatismos y donde los remanentes arcaicos perduran con la
singular vigencia nostálgica y opresiva con que los han encarnado
novelas como las de Gabriel García Márquez, el premio Nobel de
1982.
Tales datos no son del todo superfluos para enmarcar, de algún
modo, la situación de la poesía colombiana hoy día. También ella
padece los desajustes y procura, en vano muchas veces, dar razón de
ser a procesos vertiginosos que la sobrepasan y anulan. Quizá
también ella, como tantos otros elementos de la vida nacional, ha
perdido su rumbo y busca con angustia los nuevos horizontes, sin
olvidar, por cierto, la forma como en el pasado han sido modelados.
A dicho pasado vale la pena volver un momento: explica muchas
cosas. Nos insinúa el origen de la actual situación.
"No hay paz, aunque abunden
los escritos y los libros" (Camilo Torres, 1786-1816).
Colonia atrasada y empobrecida durante el período virreinal, la
educación formal en la Nueva Granada parecía ignorar la realidad
circundante, como lo atestigua la certera observación del arzobispo
virrey Caballero y Góngora en su plan de estudios de 1787, donde
decía:
-
- Todo el objeto del plan se dirige a subsistir las útiles
ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas en que
hasta ahora lastimosamente se ha perdido el tiempo; porque un Reino
lleno de preciosísimas producciones que utilizar, de montes que
allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que desecar, de
aguas que dirigir, de metales que depurar, ciertamente necesita más
que sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el
cálculo, el compás y la regla, que de quienes entiendan y discutan
el ente de razón, la primera materia y la forma sustancial
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2
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Ciencia versus escolástica. Distancia entre las palabras y los
hechos que iba a subsistir durante siglos, para mantener esa
escisión entre un lenguaje que se substraía a la realidad y
conservaba allí, en su coto independiente, una apariencia formal;
una república de las letras y un explosivo país que se sacudía cada
tanto, entre sangre y violencia, de ese manto distorsionador.
Refiriéndose a tal legado colonial, Rafael Gómez lo resumía así en
su libro La independencia de Colombia:
-
- Se formó una sociedad interesada por las nobles especulaciones
mentales, caracterizada por el amor a las letras, el espíritu
legalista y la afición a la discusión y a la polémica -así sea en
ocasiones meramente bizantina-. Cualidades que han perseverado con
sus defectos hasta nosotros
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3
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Esto fue lo que los hombres de la Independencia, trátese de un
precursor como Nariño o de un realizador como Bolívar, in tentaron
subsanar, mostrando la falla que se abría entre los discursos y los
hechos.
Con gran lucidez se refirió Antonio Nariño, en La Bagatela, al
proceso independentista:
-
- Más parece nuestra revolución un pleito sobre tierras que una
transformación política para recuperar la libertad
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Y Bolívar, por su parte, en 1812, en su Memoria dirigida a los
ciudadanos de la Nueva Granada, comienza a descascarar el artificio
verbal que se había superpuesto sobre las cosas, volatilizándolas,
haciendo de la estrategia verbal un arma de defensa de los
privilegios o, por lo menos, un instrumento clave de la lucha
ideológica:
-
- Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los
que podían enseñarles la ciencia política del gobierno, sino los
que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose
repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política,
presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que
tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación,
dialéctica por táctica, y sofistas por soldados.
- Con semejante subversión de principios y cosas, el orden social
se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Esta
do, a pasos agigantados, a una disolución universal, que bien
pronto se vio realizada
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La identificación de república aérea con república verbal
(Atenas Sudamericana) bien puede concluir, por ahora, con la carta
de Bolívar a Santander fechada el 13 de junio de 1821, en que la
polifacética diversidad del país se asoma a la pluma del Libertador
mientras los letrados son repudiados en aras del militar, auténtica
encarnación, en ese momento, del pueblo. El texto es elocuente por
sí mismo y resume el gran debate del siglo XIX entre civilización y
barbarie. Eran los militares, al volver concretos los anhelos
inexpresados, los que desplazaban a los letradas, esos seres
irreales. Dice Bolívar:
-
- Por fin, por fin, han de hacer los letrados que se proscriban
de la república de Colombia, como hizo Platón con los poetas. Esos
señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos,
sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque
realmente está y porque ha conquistado este pueblo de manos de los
tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra
y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o
menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin
ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos.
- Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de
|lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y
Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco,
sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo,
sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del Patía, sobre
los indómitos pastusos... ¿No le parece a usted, mi querido
Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más
presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y
después a la tiranía y siempre a la ruina? Yo lo creo así, y estoy
cierto de ello
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Sólo que Bolívar en su última proclama delimitaría el papel del
ejército: "Los militares empleando su espada para defender
las garantías sociales".
Contrapunto entre las armas y las letras, de la Colonia a la
Independencia un mundo había sido puesto en duda, tanto por la
acción como por la palabra que la promueve. La palabra a la vez
romántica y neoclásica de las proclamas de Bolívar. Ahora, al
constituirse en república, el país parecía agruparse de nuevo en
torno a la palabra. La palabra doctrinaria de tantos presidentes
gramáticos, traductores o poetas, que, si bien reconocían, como
Rufino Cuervo en
|El eco del Tequendama la crítica de algunos
censores extranjeros acerca de los colombianos, "que
leemos mucho y pensamos poco", buscarían, a través del
combate en la prensa, la redacción de constituciones o la
reglamentación ortográfica, rearmar de nuevo un país que se les
escapaba de las manos, en su creciente variedad.
Un modernismo
conservador
Un caso paradigmatico de dichas tensiones es el del modernismo,
ejemplarizado en la figura de José Asunción Silva, el poeta que
leyó mucho. El mismo que le enviaba una orquídea a Mallarmé y le
escribía a Gustav Moreau a París pidiéndole que le eligiera las
mejores reproducciones de sus cuadros para así dilatar las
fronteras de su museo imaginario, como lo haría también Julián del
Casal desde La Habana y Julio Herrera y Reissig desde Montevideo.
Silva, ese afrancesado que en sus sarcásticas "Gotas
amargas" había caricaturizado la obesidad mental de la
burguesía, en su novela De sobremesa propone como utopía para
redimir el estado de postración de Colombia, a partir del desorden
de las guerras civiles posteriores a la Independencia, el mismo
régimen conservador que en la realidad del país buscaba aclimatar
un hispanista, traductor de Virgilio y amigo de Menéndez y Pelayo:
Miguel Antonio Caro.
Caro, redactor de la Constitución de 1886 y protector de Silva,
a quien dio destino diplomático en Caracas, volvía a mirar a España
luego del turbión sangriento de la Independencia. Que ría religar
el hilo roto.
Silva, dandy atormentado, miraba a Francia y a los
prerrafaelistas ingleses. Al girar en busca de nuevos influjos, el
tradicionalista-iconoclasta que era Silva volvía música, música
incomparable, la anterior cárcel métrica de un idioma que se había
vuelto flácido.
Como lo reconoció Unamuno, la lengua venida de España era
devuelta más pura, con mayores musicalidad y brío. La apertura al
mundo, si se tiene un núcleo de partida, amplía la concentración
enriqueciéndola. Si se carece de base sobreviene la dispersión
mimética. Aferrado a la lengua, Silva le insufló nueva vida. Sólo
que para arribar a ese logro indudable Silva ha tenido que
dividirse, desdoblarse y desgarrarse, como ha señalado Ricardo Cano
Gaviria en su excelente biografía del poeta
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Doble vida del poeta, que oscila entre el esteta y el satírico,
entre el simbolista y el prosaísmo de su papel como vendedor de
telas. El innovador en poesía era un conservador en política,
partidario de regímenes fuertes. Pero ello no debe alarmamos en
exceso: la revolución literaria, para destruir, debe tener un
sustento del cual nutrirse. Una tierra firme capaz de dar pie para
volar más lejos y más hondo. Al silenciarse el propio Silva, con un
disparo en el corazón, no calló su "Nocturno",
que sobrevive, trascendente en su melodía, pero sí reveló, en forma
brutal, la esquizofrenia propia de la realidad colombiana, más
acentuada aún en el caso de sus escritores, protegidos del horror
por ese biombo verbal.
La vanguardia
que no fue y la restauración neoclásica
Quizá Silva, en el fin del siglo, presagiaba lo que veinte años
más tarde, al referirse a las vanguardias, un estudioso ha
escrito:
-
- En Colombia, país tradicionalista y cauto, aferrado a un
modernismo epigonal, las proyecciones del vanguardismo han
alcanzado es caso desarrollo: no hubo actividad de verdadera
vanguardia, sólo figuras aisladas que acogen tendencias innovadoras
y antirretóricas
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Y añade:
-
- Sólo parcialmente los miembros de esta generación lograron
dominar esquemas dominantes, finiseculares. León de Greiff, poeta
de transición y simbolista, insinúa una libre inventiva de
vanguardia, pero conserva formas tradicionalistas, fáciles y
decorativas consonancias
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Pero si el vanguardismo no perduró, salvo en este sentido y en
el aislado ejemplo de
|Suenan timbres (1926), de Luis
Vidales, tan próximo en sus poemas en prosa a la velocidad
imaginativa de Ramón Gómez de la Serna, la restauración neoclásica,
típica de las décadas del treinta y del cuarenta, sí parecía
reflejar una continuidad más acorde con la idiosincrasia
conservadora, a nivel poético
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La muerte de Eduardo Carranza, por ejemplo, cerraba medio siglo
de poesía colombiana, el cual comenzó en 1936, cuando publicó
Canciones para iniciar una fiesta. Poesía esbelta y emotiva, de
aireado lirismo, que había cambiado el clima verbal con sus
metáforas de jóvenes muchachas y paisaje tropical dentro de la
exaltación nacionalista de los valores hispánicos. Nutrido con las
ideas propias de la falange española de José Antonio Primo de
Rivera, su romanticismo que también reconocía en Simón Bolívar y en
Rubén Darío motivos impulsores, lo llevó a proyectar al poeta como
figura pública. Escribió así, por ejemplo, el himno de la
agrupación política que fundó el general Gustavo Rojas Pinilla, la
ANAPO.
Sin embargo más desencantado en sus últimos años, produjo libros
como
|Epístola mortal y otras alucinaciones (1975), en que la
meditación temporal busca conciliar la elación erótica con el afán
de sobrevivir, fiel a algunos de sus poetas preferidos: Ronsard,
Manrique, Quevedo, Machado. Y se enfrentó al desgas te vital con
una poesía estremecida tanto por la conciencia de su fugacidad como
por el esplendor carnal de sus deseos.
Por su parte, la generación siguiente a Piedra y Cielo, se
agrupó en torno a la revista
|Mito, dirigida por Jorge Gaitán
Durán. Ella ha encontrado en la obra de Álvaro Mutis una de sus
expresiones más logradas.
Sus últimos libros -
|Caravansary (1981),
|Los
emisarios (1984),
|Crónica regia y alabanza del reino
(1985) y
|Un homenaje y siete nocturnos (1986)- muestran una
entonación amplia, dentro de la cual, como es ya constante en su
obra, prosa y verso conviven en torno a la figura de Maqroll el
Gaviero.
Incrementada ahora por una reflexión en torno al papel de la
monarquía, la figura de Felipe II, el legado árabe, mediante La
Alhambra, y una subjetividad evidente, explícita en sus
|Lieder amorosos y en los motivos hispánicos, Compostela,
Valdemosa, como desencadenantes de una reconciliación consigo
mismo, que más allá de la nada inexorable unen la historia y al
hombre que la revive en una resignada aceptación de su destino.
Como Carranza, también Mutis vuelve a España, y ambos se fijan en
sus símbolos arquetípicos -la arquitectura árabe, la monarquía-
para acceder a una intimidad que mide el paso del tiempo y trata de
convertirlo en música. Escribe Mutis:
-
- en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de
pronto como una cosa de todos los días,/como un trueque del azar
que le pagó gozoso con las más negras horas de miedo y mentira,/de
servil aceptación y resignada desesperanza, que han ido jalonando
hasta hoy la apagada noticia de mi vida.
El hombre que se proclama reaccionario y hace pública su fe en
la monarquía busca, al igual que Carranza, restaurar valores. La
poesía, más sabia, comprueba lo irrisorio de su empeño,
enseñándoles cómo ella se hace con palabras y no con ideas, y cómo
las convicciones políticas son lo más deleznable de cualquier
poeta. Quizá, en algún momento, actúen como suscitadoras del flujo
verbal, pero éste las sobrepasa y queda sólo el poema: invención de
una forma, crítica del mundo. Tanto Carranza como Mutis criticaban,
desde la tradición hispánica, una Colombia que no se ajustaba a sus
sueños, al haber cortado con el puente que, a través de España, le
permitía sentirse parte de la civilización occidental, pero lo
curioso es que la misma España, al expulsar moros y judíos, y
precisar sus distancias frente a la Europa de la Ilustración,
defendía un aislamiento asumido: "¡Que inventen
otros!". Su poesía, desde el dolor de la pérdida, se con
vertía en ese hilo restaurador.
Del nadaísmo a
la disolución de todos los ismos
La poesía de Mario Rivero, adscrita en un comienzo a la
propuesta nadaísta, se ha quedado, en la década del ochenta, sola
ante sí misma. Reunida en el volumen Mis asuntos (1995), vuelve a
contarnos las pequeñas historias de gentes que vinieron del campo a
la ciudad y allí comprobaron cómo su energía desfallece,
escabulléndoseles el triunfo, o cómo los jóvenes se vuelven más
dulces cuando se exasperan y hacen "girar el cuchillo en
el vientre del adversario". Con referencias a su nativa
Medellín, Rivero continuaría su obra en Bogotá, en el restaurado
barrio de La Candelaria, cuyas amplias casas de patios coloniales
surgen en sus versos como un remanso anacrónico ante la bulliciosa
pestilencia de la nueva ciudad.
En otra serie, "Los poemas del invierno", la
voz se ha hecho plateada e íntima, de regreso de todos los
arrebatos, oyéndose en el coloquio de una soledad amiga. De un
dolor compartido: las casas en ruinas, los recuerdos lacerantes,
manos que se separan y sé unen en un piadoso final.
En la poesía Rivero ha encontrado la luz necesaria
"para no amedrentarse ante sus propios pozos de
sombra". Para convertir el duelo en cautelosa alegría.
Pero su obra ya no respondía a las consignas contestatarias que
propugnó Gonzalo Arango. Por el contrario, exploraba las
dimensiones de una soledad cada día mayor.
José Manuel Arango, por su parte, partió de dicha soledad en
poemas muy sintéticos que buscaban el relámpago de lo cotidiano,
rindiendo homenaje a figuras del romanticismo alemán o, en logradas
traducciones, de la poesía norteamericana contemporánea. Pero en
1987 publicó
|Cantiga, un libro donde la calamitosa barbarie
que aqueja a Colombia es afrontada con inusual entereza
poética.
Habla allí, por ejemplo, de quien se halla en una lista de
posibles víctimas y de un simulacro de fusilamiento, por parte de
algunos soldados, pero lo hace desde la poesía, desde el miedo que
la poesía percibe. Sin énfasis, con liviana aprensión y muy
consciente de eso terrible que allí se respira: "Una
apariencia mansa/y un fondo de desasosiego/las cosas/su
fantasmagoría". Incluso las cosas mismas se han vuelto
inquietantes, cargadas de oscuros presagios, capaces de herir en la
desnudez equívoca de su uso.
Su texto, por ello mismo, nos despeja la vista para medir
árboles, peces y aves, en ejercicios de contemplación que recuerdan
a Wallace Stevens y su mirlo, y gracias a dicha apertura,
anegándose en quien está fuera de nuestra estéril tautología,
intenta comprender a quienes limpian, de madrugada, la sangre de
las calles, "no sea que los primeros transeúntes la
pisoteen".
Sí, "matar es fatigoso" y por ello lo
inmediato de un cuerpo animado por el deseo o estremecido por el
frío debe preservarse en pocas líneas. La poesía como refutación
silenciosa de la ignominia. Sin embargo, la pareja que avanza entre
cuerpos caídos, no se sabe si muertos o borrachos, continúa
"cantando una canción entre dientes". Tal la
mejor definición de la poesía colombiana en estos últimos años.
Detengámonos, un momento, en el espacio dentro del cual ella
surge.
La
institucionalización de la poesía
Un primer dato significativo, con el fin de intentar
comprenderla, es lo que podría denominarse institucionalización de
la poesía. Tal paradoja consiste en la asignación de una zona de
influencia legalizada y específica para ejercer su dominio, que
contrasta con la anterior errancia, contestataria y bohemia,
ejemplarizada en los años sesenta por un grupo como el nadaísta,
aparentemente anti-ejemplar por excelencia.
La poesía se concentra en espacios prefijados, como la Casa de
Poesía Silva en Bogotá, fundada en mayo de 1986, a la cual se añade
ahora la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, inaugurada en
julio de 1990, auditorios universitarios, revistas especializadas
como
|Golpe de Dados o premios como el que otorga la
Universidad de Antioquia en forma ininterrumpida a partir de 1979,
el cual ofrece un buen balance
|
11
. A éstos conviene añadir la página de
poesía publicada por el Magazín Dominical del diario
|El
Espectador y el panorama anual que ofrece Lecturas Dominicales
de
|El Tiempo.
Pero esa delimitación de fronteras entre sociedad y poeta
suscita, al interior de la propia poesía, un debate que el poeta y
critico Samuel Jaramillo, en un trabajo titulado "El
eclipse de la atención por la poesía ¿en Colombia?" ha
planteado así:
-
- En Colombia durante mucho tiempo ser poeta fue un elemento de
exaltación social y de prestigio intelectual. (...) Más o menos
hasta la generación de los piedracielistas existe una presencia muy
extendida de la poesía en el conjunto de la sociedad y un lugar
social muy destacado de los poetas en cuanto tales
|
12
.
Para concluir, refiriéndose a su generación, la de los
postnadaístas, "a quienes prácticamente no se nos lee, y
quienes enfrentamos una representación social del papel del poeta
bien transparente y bastante ambigua", en estos
términos:
-
- Ser reconocido como poeta es ya una proeza, y no muchos se
deciden a reclamar abiertamente esta calidad cuyo carácter positivo
es bien dudoso. En efecto, el sentido de este oficio ha sido
despojado de todos sus componentes constructivos, y sólo pervive un
estereotipo caricaturesco que asimila esta actividad a algo
desconectado con la realidad, anacrónico, superfluo socialmente
hablando. En política, por ejemplo, es un estigma que utilizan los
contendientes para descalificarse mutuamente, y una actitud como la
de Núñez y de Valencia, de reivindicar su doble condición de poetas
y de políticos, sería tomada hoy como algo descabellado y
estrambótico, equivalente además a un suicidio político
instantáneo
|
13
.
Pero lo curioso, hoy día, es que la valoración negativa, por
parte de las nuevas generaciones, de una poesía como la de Núñez o
la de Valencia se basa en la contaminación que su trayectoria como
políticos arroja sobre su labor como poetas, disminuyéndola en el
caso de Valencia
|
14
, negándola, casi, en el de Núñez. El
elemento positivo de todo el debate es, en definitiva, el trazado
de límites entre poesía y política, junto al interés de estos
nuevos poetas por revisar, en primer lugar, su tradición poética
inmediata. Así lo señaló uno de ellos, Ramón Cote, al escribir:
-
- Para los escritores jóvenes, para aquellos que nacieron entre
los cincuenta y los sesenta y han comenzado a publicar a finales de
los setenta o en los ochenta, la situación con respecto al pasado
literario se torna esclarecedora: se ha confirmado la figura de
Aurelio Arturo; se ha producido una evaluación del nadaísmo tanto a
nivel general como particular; se observa la mayoría de edad de la
generación del Frente Nacional, cuyos poetas han visto publicadas
en esta década antologías de sus libros -María Mercedes Carranza,
Darío Jaramillo, J. G Cobo Borda, Juan Manuel Roca, José Manuel
Arango. En Colombia nunca ha existido una tradición rupturista y
esto se comprueba nuevamente con los autores más jóvenes
|
15
.
Las líneas centrales de la poesía colombiana escrita en los
últimos diez años se ubican dentro de tal marco: el de una
tradición, también institucionalizada, que a partir de José
Asunción Silva
|
16
abarca nombres como los de Guillermo Valencia, Porfirio
Barba-Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff, Luis Vidales,
Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Alvaro
Mutis, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Jaime Jaramillo
Escobar o Mario Rivero.
Lo comprueban los homenajes pero homenajes al fin, que un
iconoclasta como Jaime Jaramillo Escobar le ha rendido a Guillermo
Valencia y Porfirio Barba-Jacob. Sus lecturas, por más irreverentes
que parezcan, terminan por formar par te de una tradición
establecida. De una historia ya oficial, desde la disidencia
renovadora, como es el caso de la
|Historia de la poesía
colombiana (1991) patrocinada por la Casa de Poesía Silva.
Un consenso más o menos democrático al respecto certifica
entonces cómo estos nombres integran el canon de la poesía
colombiana en este siglo. Son los poetas que los jóvenes leen. Que
las universidades estudian. Que los críticos revisan. Son los
poetas que quizá los jóvenes deberían asesinar
|
17
.
Institucionalizada la poesía, como dijimos, a través, por
ejemplo, de casetes como los que produce la emisora cultural HJCK,
con 40 años de actividad, o ampliada en su radio de acción con
eventos como "La poesía tiene la palabra", que
logró reunir a 5.000 y 8.000 personas en Bogotá (1987) y Medellín
(1989), cada cual asume ahora los riesgos de su escritura a través
de las minoritarias ediciones que son su sino: las de la Fundación
Guberek o las del Museo Rayo. Son ellas las que mejor reflejan su
curso, beneficiado, tangencialmente, por el auge editorial
colombiano que en 1989 exportó libros por 61 millones de dólares, y
que a través de antologías didácticas, conmemorativas o
patrocinadas por la empresa privada, diversifican aún más sus
posibles lectores.
Nacidos después
del cuarenta
En primer lugar, y como respuesta inmediata a la época, podemos
señalar una poesía que hace explícita su denuncia. Uno de sus más
divulgados representantes, Juan Manuel Roca, por ejemplo, ha
buscado compaginar su devoción por un romanticismo surrealista, de
imágenes nocturnas, con el propósito de dibujar el perfil de un
país dual y secreto. Un país de sangre y muertos, de crímenes y
desaparecidos, que sus textos reiteran una y otra vez:
"Los cuerpos otra vez bajando por el río/La subienda de
muertos a orillas/Del nuevo y rojo día" (
|Señal de
cuervos, 1979).
Su fascinación por la noche no es ajena al clima opresivo en que
tantos colombianos se sienten inmersos. A ello se añade su interés
por lo diabólico como valor en sí, por la capacidad del poema para
señalar el infierno en que vivimos en un pacto con el diablo que
sólo ofrece a cambio el poema mismo, como lo ha señalado Samuel
Jaramillo.
Atrapada en el ritmo de una sola voz, su poesía no alcanza a
incorporar la multitud de hablantes que integran la realidad
colombiana de hoy día. Continúa en todo caso manifestando su
repudio a la violencia una década después (
|Ciudadano de la
noche, 1989), al buscar, en vano, exorcizar un mal cada día
menos definible y nítido. Esto, como es obvio, no excluye algunas
punzantes intuiciones dentro de la fascinación por la imagen que le
es propia:
-
- Arenga de uno que no fue a la
guerra
- Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace,
- Porque de niño siempre pregunté cómo ir a la guerra
- Y una enfermera bella como un albatros,
- Una enfermera que corría por largos pasillos
- Gritó como graznido de ave sin mirarme:
- Ya estás en ella, muchacho, ya estás en ella.
Otros poetas, por su parte, tienen una fe menos clamorosa en las
virtudes de la palabra con intención explicita Por el contrario, en
su caso la poesía no sólo se halla corroída por la duda, sino que
tal interrogación acerca de su objetivo les depara felices
aleaciones críticas: las de la ironía. Las del cuestionamiento del
poema y de quien lo escribe. La mirada oblicua sobre el mundo.
Nos brindan así su humor cómplice, en que se rearticulan
nuestras certezas, rumbo al absurdo, si bien terminan por rearmarse
en la red abierta de un juego azaroso y personal. Quizá demasiado
personal. Si el poeta se halla implicado en la carencia de certezas
rotundas, también el lector quedará atrapado por sus resbalones,
caídas y traspiés. Un buen ejemplo de ello nos lo da Edmundo Perry,
quien también, como Roca, ha leído a César Vallejo, pero desde un
ángulo distinto. A partir del título mismo advertimos su
intención:
-
- Soy un mentiroso de poca monta
- y por eso me he acostumbrado a fingir accesos de tos
- lleno de agua y me meto en él
Si Juan Manuel Roca inunda la página con el estruendo de sus
caballos al galope, Perry la desnuda, hundiéndose en ella. Uno
intenta poblarla. Al otro la página lo devora. Sólo resta la mirada
desconcertada de quien pudo haber sido engañado por el mundo pero
debe asumir por sí mismo la respuesta. Roca afirma convencido.
Perry se coloca entre paréntesis. De la fe política a la duda
burlesca o metafísica, el terreno se amplía.
En todo caso esa página en blanco, despojada por el absurdo, se
puebla de nuevo con lacónicas escrituras. El caso, por ejemplo, de
Jaime Alberto Vélez, quien en sus tres libros:
|Reflejos
(1981),
|Biografías (1982) y
|Breviario (1991), ha
redescubierto, en su raíz griega, la síntesis del epigrama y la
aplica tanto al propio ejercicio poético como a la convivencia
diaria: "Duermen juntos/cada noche/a insalvable distancia". Este
ejercicio de concentración, a partir de la duda, aprovechará
también el encanto cinematográfico de la juventud ida para elaborar
su lento monólogo de imágenes. Así lo ha encarnado Víctor Manuel
Gaviria, también destacado cineasta. Comenzó diciéndolo en su
primer libro,
|La luna y la ducha fría (1979), así:
-
- Un hombre antes de ser mayor se desilusiona de sí mismo
- pero continúa pronunciando lo suyo
- y en las pausas entre celos y envidias
- aprovecha para cantar suavemente.
Esa melodía se fija tanto en el mundo con en quien la emite y
continúa involucrando en su nostalgia la pérdida de la inocencia,
como la frescura renovada del barrio y los campos aledaños. En el
mundo criminal de los sicarios de Medellín, al cual dedicó su
película
|Rodrigo D (1986), la poesía de Gaviria actúa como
el más estremecedor revulsivo: el de una dulce remembranza. Igual
sucede con Darío Jaramillo, también antioqueño, quien ya desde
antes, en su primer libro,
|Historias (1974), formulaba su
proyecto en estos términos:
-
- Aquella noche
todos habíamos estado deseando regresar a la infancia;
en el fondo era cuestión de volver el corazón más
pequeño
y echarse a llorar de contento.
El que luego, entre sarcasmo y sentimentalismo, como en su
|Tratado de retórica (1977), se depuró para llegar a ese
logro indudable que fueron sus
|Poemas de amor (1986). En
ellos, la recuperación de lo que fue, a través de una limpia
mirada, le permite reasumirse de este modo, ya consustanciado en
una escritura propia:
-
-
Alelado bajo el sol, sobre la tapia,
soy un niño de cinco años narcotizado por la luz.
Da paso entonces al exultante erotismo de quien encuentra por fin
su cuerpo en la voz del otro. Entra a formar parte así de
una corriente, cada día más poderosa, que halla su centro magnético
en el deseo explícito. En esa atracción que también es
abismo.
En tal línea se destaca Raúl Gómez Jattin con su libro
|Retratos (1988). Exuberante en su vitalismo whitmaniano, su
amor desmesurado y promiscuo, recubre hombres y animales, mujeres y
paisajes, con una sinceridad brutal y conmovedora. Tal sensualidad
polimorfa se recrea en la naturaleza, trátese de un cuerpo
adolescente, una gallina o una orilla del río Magdalena, e ignora
cualquier culpa, salvo la del tiempo. Aquí la perspectiva se
invierte y el resultado puede resultar demoledor:
-
- en el cual la vida ya anochece
- Vientre blando y cabeza calva
- Pocos dientes y yo adentro
- Estoy adentro y estoy enamorado
- Descifro mi dolor con la poesía
- y el resultado es especialmente doloroso
- voces que anuncian: ahí vienen tus angustias
- voces quebradas: pasaron ya tus días
-
- La poesía es la única compañera
-
- acostúmbrate a sus cuchillos
-
Resulta necesario señalar, en este rápido recuento de tendencias
-lo social, la duda irónica, la nostalgia, el erotismo-, cómo, en
muchos casos, esta última inclinación, que, al igual que las
anteriores, no se da en estado puro sino en íntima convivencia con
las otras líneas, puede dar lugar a un alborozado rescate de la
naturaleza. El cuerpo como ecología.
Gracias a ella, por ejemplo, Samuel Jaramillo, en
|Selva que
regresa (1988), logra extraer del Chocó la humedad intacta de
su infancia y Jaime Jaramillo Escobar, en sus
|Poemas de tierra
caliente (1985), elabora su más apetecible canto con textos
como "Alheña & azúmbar", donde la jugosa
síntesis entre fruta y mujer no recorta el humor ni tampoco la
reflexión. Por el contrario: los potencia hasta el delirio de una
música verbal que recuerda los tambores de la poesía negra sin
omitir los tajantes coletazos propios de su estilo:
"Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda/No
como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las
cubre, aunque sea un concepto".
De este modo la apología eufórica del cuerpo retorna sobre sí
misma, sea en el espejo crítico de la edad asumida o en su
prolongación disolvente de una tierra feraz y tibia. Y la cascada
del juego verbal, con sus asociaciones sonido-sentido, no excluye
el pensamiento. Sólo que otros abordajes del cuerpo sugieren
diferentes infinitos. Las mujeres lo saben y no temen decirlo.
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1
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Las proyecciones para junio de 1993, dadas por el DANE
(Departamento Administrativo Nacional de Estadística), daban para
los 1.043 municipios que componen Colombia una población de
33.951.171 habitantes y para la capital, Santafé de Bogotá, una
cifra de 5.025.989 habitantes. Un panorarna de la cultura
colombiana actual puede encontrarse en el volumen editado y
coordinado por J. G. Cobo Borda:
|Colombia: Guía cultural
(Bogotá: Ministerio de Relaciones Exteriores., 1992), 371 p.
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2
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Rafael Gómez Hoyos:
|La Independencia de Colombia
(Madrid: Editorial Mapfre, 1992), p. 22.
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3
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Ibid.
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4
|
Ibid.
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5
|
Ibid.
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6
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Ibid.
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7
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Ricardo Cano Gaviria:
|José Asunción Silva, una vida en clave
de sombra (Caracas: Monte Avila Editores, 1992), 534 p.
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8
|
Hugo Verani:
|Las vanguardias literarias en
Hispanoamérica (Roma: Bulzoni Editore, 1986), p. 23-24.
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9
|
Ibid.
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10
|
Juan Gustavo Cobo Borda: "Latinoamérica en su poesía:
1930-1980",
|Revista Cancillería de San Carlos, 8
(Bogotá, julio 1991), pp. 34-53. Incluido ahora en
|El coloquio
americano (Medellín: Universidad de Antioquia, 1994), pp.
327-360.
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11
|
|Diez años Premio Nacional de Poesía Universidad de
Antioquia (Medellín: Universidad de Antioquia, 1990), 395
p.
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12
|
Manuscrito inédito, 53 p.
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13
|
Ibid.
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14
|
Juan Gustavo Cobo Borda: "
|Ritos, de Guillermo
Valencia", incluido en el libro
|La narrativa colombiana
después de García Márquez, 2ª edición (Bogotá: Tercer Mundo
Editores, 1990), pp. 20-40
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15
|
Ramón Cote Baraiban: "Los últimos veinte años en la
poesía colombiana",
|Insula, 512-513 (Madrid,
agosto-septiembre 1989), pp. 43-44.
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16
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Juan Gustavo Cobo Borda:
|José Asunción Silva, bogotano
universal (Bogotá: Villegas Editores, 1988), 382 p.
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17
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Entre los trabajos críticos: William Ospina, Luis Darío Bernal
Pinilla y otros:
|Cuatro ensayos sobre la poesía de Aurelio
Arturo (Bogotá: Fondo Cultural Cafetero, 1989). Armando Romero:
|Las palabras están en situación, un estudio de la poesía
colombiana de 1940 a 1960 (Bogotá: Procultura, 1985). Armando
Romero:
|El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida
(Bogotá: Tercer Mundo, 1988). Fernando Charry Lara:
|Poesía y
poetas colombianos (Bogotá: Procultura, 1985).
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