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EN UN PAÍS DE POETAS, LA TRADICIÓN EN CRISIS

Repaso e incertidumbre

En los últimos tiempos Colombia ha cambiado mucho. Primero  que todo, ha crecido su población. Entre 1950 y 1990 ha pasado de 12 a 32 millones de habitantes. Para el año 2000 será de 40 millones de habitantes y ocupará entonces el tercer lugar entre los países más poblados de América Latina, luego de Brasil y México.

Al mismo tiempo se ha invertido su carácter. En 1938, Colombia era un país con un 71% de población rural. En 1985, el 67% de la población era urbana, y tal proporción ascenderá al 75% a fin de siglo. El 44% de la población se concentraba en las cuatro grandes ciudades: Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, pero un 26% se distribuía entre 22 ciudades intermedias muy dinámicas. Colombia, país de ciudades.

Se expandió la educación. En 1960 eran 40.000 los estudiantes inscritos en centros de enseñanza superior. En 1990 esta cifra ascendió al medio millón. Por desgracia, se ha convertido también Colombia en uno de los países más violentos del mundo. Según datos de la Policía Nacional, el número total de homicidios fue en 1988 de 21.100 y en 1989 llegó a 23.315. Guerrilla (de 8.000 a 10.000 hombres), narcotráfico y grupos paramilitares han contribuido a incrementar tal cifra. A esta sensación de zozobra física se añade la persistencia de hondas desigualdades sociales. El historiador Álvaro Tirado resume así el problema: "el 40% de la población colombiana sólo recibe el 9% del ingreso, a la par que el 10% más rico recibe el 20%". En 1992 el PIB por habitante llegó apenas a US$1.380 | 1 .

País de contrastes, entonces, donde convive un dinámico desarrollo económico con una diversificación de sus exportaciones, que pasan del tradicional café a los minerales como productos básicos, y una urbanización acelerada con una honda crisis donde la legalidad carece de legitimidad y el monopolio de la fuerza no es propiedad exclusiva del Estado.

Todo ello en momentos en que su apertura al mundo vuelve más evidentes los cambios en pos de la modernización, visibles, ante todo, en la nueva Constitución de 1991.

Dicho proceso se hace también notorio en la cultura, donde las tensiones entre una ética religiosa y una laica no se dan sin traumatismos y donde los remanentes arcaicos perduran con la singular vigencia nostálgica y opresiva con que los han encarnado novelas como las de Gabriel García Márquez, el premio Nobel de 1982.

Tales datos no son del todo superfluos para enmarcar, de algún modo, la situación de la poesía colombiana hoy día. También ella padece los desajustes y procura, en vano muchas veces, dar razón de ser a procesos vertiginosos que la sobrepasan y anulan. Quizá también ella, como tantos otros elementos de la vida nacional, ha perdido su rumbo y busca con angustia los nuevos horizontes, sin olvidar, por cierto, la forma como en el pasado han sido modelados. A dicho pasado vale la pena volver un momento: explica muchas cosas. Nos insinúa el origen de la actual situación.

"No hay paz, aunque abunden los escritos y los libros" (Camilo Torres, 1786-1816).

Colonia atrasada y empobrecida durante el período virreinal, la educación formal en la Nueva Granada parecía ignorar la realidad circundante, como lo atestigua la certera observación del arzobispo virrey Caballero y Góngora en su plan de estudios de 1787, donde decía:

Todo el objeto del plan se dirige a subsistir las útiles ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas en que hasta ahora lastimosamente se ha perdido el tiempo; porque un Reino lleno de preciosísimas producciones que utilizar, de montes que allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que desecar, de aguas que dirigir, de metales que depurar, ciertamente necesita más que sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la regla, que de quienes entiendan y discutan el ente de razón, la primera materia y la forma sustancial | 2 .

Ciencia versus escolástica. Distancia entre las palabras y los hechos que iba a subsistir durante siglos, para mantener esa escisión entre un lenguaje que se substraía a la realidad y conservaba allí, en su coto independiente, una apariencia formal; una república de las letras y un explosivo país que se sacudía cada tanto, entre sangre y violencia, de ese manto distorsionador. Refiriéndose a tal legado colonial, Rafael Gómez lo resumía así en su libro La independencia de Colombia:

Se formó una sociedad interesada por las nobles especulaciones mentales, caracterizada por el amor a las letras, el espíritu legalista y la afición a la discusión y a la polémica -así sea en ocasiones meramente bizantina-. Cualidades que han perseverado con sus defectos hasta nosotros | 3 .

Esto fue lo que los hombres de la Independencia, trátese de un precursor como Nariño o de un realizador como Bolívar, in tentaron subsanar, mostrando la falla que se abría entre los discursos y los hechos.

Con gran lucidez se refirió Antonio Nariño, en La Bagatela, al proceso independentista:

Más parece nuestra revolución un pleito sobre tierras que una transformación política para recuperar la libertad | 4 .

Y Bolívar, por su parte, en 1812, en su Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada, comienza a descascarar el artificio verbal que se había superpuesto sobre las cosas, volatilizándolas, haciendo de la estrategia verbal un arma de defensa de los privilegios o, por lo menos, un instrumento clave de la lucha ideológica:

Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia política del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados.
Con semejante subversión de principios y cosas, el orden social se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Esta do, a pasos agigantados, a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada | 5 .

La identificación de república aérea con república verbal (Atenas Sudamericana) bien puede concluir, por ahora, con la carta de Bolívar a Santander fechada el 13 de junio de 1821, en que la polifacética diversidad del país se asoma a la pluma del Libertador mientras los letrados son repudiados en aras del militar, auténtica encarnación, en ese momento, del pueblo. El texto es elocuente por sí mismo y resume el gran debate del siglo XIX entre civilización y barbarie. Eran los militares, al volver concretos los anhelos inexpresados, los que desplazaban a los letradas, esos seres irreales. Dice Bolívar:

Por fin, por fin, han de hacer los letrados que se proscriban de la república de Colombia, como hizo Platón con los poetas. Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está y porque ha conquistado este pueblo de manos de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos.
Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de |lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del Patía, sobre los indómitos pastusos... ¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía y siempre a la ruina? Yo lo creo así, y estoy cierto de ello | 6 .

Sólo que Bolívar en su última proclama delimitaría el papel del ejército: "Los militares empleando su espada para defender las garantías sociales".

Contrapunto entre las armas y las letras, de la Colonia a la Independencia un mundo había sido puesto en duda, tanto por la acción como por la palabra que la promueve. La palabra a la vez romántica y neoclásica de las proclamas de Bolívar. Ahora, al constituirse en república, el país parecía agruparse de nuevo en torno a la palabra. La palabra doctrinaria de tantos presidentes gramáticos, traductores o poetas, que, si bien reconocían, como Rufino Cuervo en |El eco del Tequendama la crítica de algunos censores extranjeros acerca de los colombianos, "que leemos mucho y pensamos poco", buscarían, a través del combate en la prensa, la redacción de constituciones o la reglamentación ortográfica, rearmar de nuevo un país que se les escapaba de las manos, en su creciente variedad.

Un modernismo conservador

Un caso paradigmatico de dichas tensiones es el del modernismo, ejemplarizado en la figura de José Asunción Silva, el poeta que leyó mucho. El mismo que le enviaba una orquídea a Mallarmé y le escribía a Gustav Moreau a París pidiéndole que le eligiera las mejores reproducciones de sus cuadros para así dilatar las fronteras de su museo imaginario, como lo haría también Julián del Casal desde La Habana y Julio Herrera y Reissig desde Montevideo. Silva, ese afrancesado que en sus sarcásticas "Gotas amargas" había caricaturizado la obesidad mental de la burguesía, en su novela De sobremesa propone como utopía para redimir el estado de postración de Colombia, a partir del desorden de las guerras civiles posteriores a la Independencia, el mismo régimen conservador que en la realidad del país buscaba aclimatar un hispanista, traductor de Virgilio y amigo de Menéndez y Pelayo: Miguel Antonio Caro.

Caro, redactor de la Constitución de 1886 y protector de Silva, a quien dio destino diplomático en Caracas, volvía a mirar a España luego del turbión sangriento de la Independencia. Que ría religar el hilo roto.

Silva, dandy atormentado, miraba a Francia y a los prerrafaelistas ingleses. Al girar en busca de nuevos influjos, el tradicionalista-iconoclasta que era Silva volvía música, música incomparable, la anterior cárcel métrica de un idioma que se había vuelto flácido.

Como lo reconoció Unamuno, la lengua venida de España era devuelta más pura, con mayores musicalidad y brío. La apertura al mundo, si se tiene un núcleo de partida, amplía la concentración enriqueciéndola. Si se carece de base sobreviene la dispersión mimética. Aferrado a la lengua, Silva le insufló nueva vida. Sólo que para arribar a ese logro indudable Silva ha tenido que dividirse, desdoblarse y desgarrarse, como ha señalado Ricardo Cano Gaviria en su excelente biografía del poeta | 7 .

Doble vida del poeta, que oscila entre el esteta y el satírico, entre el simbolista y el prosaísmo de su papel como vendedor de telas. El innovador en poesía era un conservador en política, partidario de regímenes fuertes. Pero ello no debe alarmamos en exceso: la revolución literaria, para destruir, debe tener un sustento del cual nutrirse. Una tierra firme capaz de dar pie para volar más lejos y más hondo. Al silenciarse el propio Silva, con un disparo en el corazón, no calló su "Nocturno", que sobrevive, trascendente en su melodía, pero sí reveló, en forma brutal, la esquizofrenia propia de la realidad colombiana, más acentuada aún en el caso de sus escritores, protegidos del horror por ese biombo verbal.

La vanguardia que no fue y la restauración neoclásica

Quizá Silva, en el fin del siglo, presagiaba lo que veinte años más tarde, al referirse a las vanguardias, un estudioso ha escrito:

En Colombia, país tradicionalista y cauto, aferrado a un modernismo epigonal, las proyecciones del vanguardismo han alcanzado es caso desarrollo: no hubo actividad de verdadera vanguardia, sólo figuras aisladas que acogen tendencias innovadoras y antirretóricas | 8 .

Y añade:

Sólo parcialmente los miembros de esta generación lograron dominar esquemas dominantes, finiseculares. León de Greiff, poeta de transición y simbolista, insinúa una libre inventiva de vanguardia, pero conserva formas tradicionalistas, fáciles y decorativas consonancias | 9 .

Pero si el vanguardismo no perduró, salvo en este sentido y en el aislado ejemplo de |Suenan timbres (1926), de Luis Vidales, tan próximo en sus poemas en prosa a la velocidad imaginativa de Ramón Gómez de la Serna, la restauración neoclásica, típica de las décadas del treinta y del cuarenta, sí parecía reflejar una continuidad más acorde con la idiosincrasia conservadora, a nivel poético | 10 .

La muerte de Eduardo Carranza, por ejemplo, cerraba medio siglo de poesía colombiana, el cual comenzó en 1936, cuando publicó Canciones para iniciar una fiesta. Poesía esbelta y emotiva, de aireado lirismo, que había cambiado el clima verbal con sus metáforas de jóvenes muchachas y paisaje tropical dentro de la exaltación nacionalista de los valores hispánicos. Nutrido con las ideas propias de la falange española de José Antonio Primo de Rivera, su romanticismo que también reconocía en Simón Bolívar y en Rubén Darío motivos impulsores, lo llevó a proyectar al poeta como figura pública. Escribió así, por ejemplo, el himno de la agrupación política que fundó el general Gustavo Rojas Pinilla, la ANAPO.

Sin embargo más desencantado en sus últimos años, produjo libros como |Epístola mortal y otras alucinaciones (1975), en que la meditación temporal busca conciliar la elación erótica con el afán de sobrevivir, fiel a algunos de sus poetas preferidos: Ronsard, Manrique, Quevedo, Machado. Y se enfrentó al desgas te vital con una poesía estremecida tanto por la conciencia de su fugacidad como por el esplendor carnal de sus deseos.

Por su parte, la generación siguiente a Piedra y Cielo, se agrupó en torno a la revista |Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán. Ella ha encontrado en la obra de Álvaro Mutis una de sus expresiones más logradas.

Sus últimos libros - |Caravansary (1981), |Los emisarios (1984), |Crónica regia y alabanza del reino (1985) y |Un homenaje y siete nocturnos (1986)- muestran una entonación amplia, dentro de la cual, como es ya constante en su obra, prosa y verso conviven en torno a la figura de Maqroll el Gaviero.

Incrementada ahora por una reflexión en torno al papel de la monarquía, la figura de Felipe II, el legado árabe, mediante La Alhambra, y una subjetividad evidente, explícita en sus |Lieder amorosos y en los motivos hispánicos, Compostela, Valdemosa, como desencadenantes de una reconciliación consigo mismo, que más allá de la nada inexorable unen la historia y al hombre que la revive en una resignada aceptación de su destino. Como Carranza, también Mutis vuelve a España, y ambos se fijan en sus símbolos arquetípicos -la arquitectura árabe, la monarquía- para acceder a una intimidad que mide el paso del tiempo y trata de convertirlo en música. Escribe Mutis:

en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto como una cosa de todos los días,/como un trueque del azar que le pagó gozoso con las más negras horas de miedo y mentira,/de servil aceptación y resignada desesperanza, que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.

El hombre que se proclama reaccionario y hace pública su fe en la monarquía busca, al igual que Carranza, restaurar valores. La poesía, más sabia, comprueba lo irrisorio de su empeño, enseñándoles cómo ella se hace con palabras y no con ideas, y cómo las convicciones políticas son lo más deleznable de cualquier poeta. Quizá, en algún momento, actúen como suscitadoras del flujo verbal, pero éste las sobrepasa y queda sólo el poema: invención de una forma, crítica del mundo. Tanto Carranza como Mutis criticaban, desde la tradición hispánica, una Colombia que no se ajustaba a sus sueños, al haber cortado con el puente que, a través de España, le permitía sentirse parte de la civilización occidental, pero lo curioso es que la misma España, al expulsar moros y judíos, y precisar sus distancias frente a la Europa de la Ilustración, defendía un aislamiento asumido: "¡Que inventen otros!". Su poesía, desde el dolor de la pérdida, se con vertía en ese hilo restaurador.

Del nadaísmo a la disolución de todos los ismos

La poesía de Mario Rivero, adscrita en un comienzo a la propuesta nadaísta, se ha quedado, en la década del ochenta, sola ante sí misma. Reunida en el volumen Mis asuntos (1995), vuelve a contarnos las pequeñas historias de gentes que vinieron del campo a la ciudad y allí comprobaron cómo su energía desfallece, escabulléndoseles el triunfo, o cómo los jóvenes se vuelven más dulces cuando se exasperan y hacen "girar el cuchillo en el vientre del adversario". Con referencias a su nativa Medellín, Rivero continuaría su obra en Bogotá, en el restaurado barrio de La Candelaria, cuyas amplias casas de patios coloniales surgen en sus versos como un remanso anacrónico ante la bulliciosa pestilencia de la nueva ciudad.

En otra serie, "Los poemas del invierno", la voz se ha hecho plateada e íntima, de regreso de todos los arrebatos, oyéndose en el coloquio de una soledad amiga. De un dolor compartido: las casas en ruinas, los recuerdos lacerantes, manos que se separan y sé unen en un piadoso final.

En la poesía Rivero ha encontrado la luz necesaria "para no amedrentarse ante sus propios pozos de sombra". Para convertir el duelo en cautelosa alegría. Pero su obra ya no respondía a las consignas contestatarias que propugnó Gonzalo Arango. Por el contrario, exploraba las dimensiones de una soledad cada día mayor.

José Manuel Arango, por su parte, partió de dicha soledad en poemas muy sintéticos que buscaban el relámpago de lo cotidiano, rindiendo homenaje a figuras del romanticismo alemán o, en logradas traducciones, de la poesía norteamericana contemporánea. Pero en 1987 publicó |Cantiga, un libro donde la calamitosa barbarie que aqueja a Colombia es afrontada con inusual entereza poética.

Habla allí, por ejemplo, de quien se halla en una lista de posibles víctimas y de un simulacro de fusilamiento, por parte de algunos soldados, pero lo hace desde la poesía, desde el miedo que la poesía percibe. Sin énfasis, con liviana aprensión y muy consciente de eso terrible que allí se respira: "Una apariencia mansa/y un fondo de desasosiego/las cosas/su fantasmagoría". Incluso las cosas mismas se han vuelto inquietantes, cargadas de oscuros presagios, capaces de herir en la desnudez equívoca de su uso.

Su texto, por ello mismo, nos despeja la vista para medir árboles, peces y aves, en ejercicios de contemplación que recuerdan a Wallace Stevens y su mirlo, y gracias a dicha apertura, anegándose en quien está fuera de nuestra estéril tautología, intenta comprender a quienes limpian, de madrugada, la sangre de las calles, "no sea que los primeros transeúntes la pisoteen".

Sí, "matar es fatigoso" y por ello lo inmediato de un cuerpo animado por el deseo o estremecido por el frío debe preservarse en pocas líneas. La poesía como refutación silenciosa de la ignominia. Sin embargo, la pareja que avanza entre cuerpos caídos, no se sabe si muertos o borrachos, continúa "cantando una canción entre dientes". Tal la mejor definición de la poesía colombiana en estos últimos años. Detengámonos, un momento, en el espacio dentro del cual ella surge.

La institucionalización de la poesía

Un primer dato significativo, con el fin de intentar comprenderla, es lo que podría denominarse institucionalización de la poesía. Tal paradoja consiste en la asignación de una zona de influencia legalizada y específica para ejercer su dominio, que contrasta con la anterior errancia, contestataria y bohemia, ejemplarizada en los años sesenta por un grupo como el nadaísta, aparentemente anti-ejemplar por excelencia.

La poesía se concentra en espacios prefijados, como la Casa de Poesía Silva en Bogotá, fundada en mayo de 1986, a la cual se añade ahora la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, inaugurada en julio de 1990, auditorios universitarios, revistas especializadas como |Golpe de Dados o premios como el que otorga la Universidad de Antioquia en forma ininterrumpida a partir de 1979, el cual ofrece un buen balance | 11 . A éstos conviene añadir la página de poesía publicada por el Magazín Dominical del diario |El Espectador y el panorama anual que ofrece Lecturas Dominicales de |El Tiempo.

Pero esa delimitación de fronteras entre sociedad y poeta suscita, al interior de la propia poesía, un debate que el poeta y critico Samuel Jaramillo, en un trabajo titulado "El eclipse de la atención por la poesía ¿en Colombia?" ha planteado así:

En Colombia durante mucho tiempo ser poeta fue un elemento de exaltación social y de prestigio intelectual. (...) Más o menos hasta la generación de los piedracielistas existe una presencia muy extendida de la poesía en el conjunto de la sociedad y un lugar social muy destacado de los poetas en cuanto tales | 12 .

Para concluir, refiriéndose a su generación, la de los postnadaístas, "a quienes prácticamente no se nos lee, y quienes enfrentamos una representación social del papel del poeta bien transparente y bastante ambigua", en estos términos:

Ser reconocido como poeta es ya una proeza, y no muchos se deciden a reclamar abiertamente esta calidad cuyo carácter positivo es bien dudoso. En efecto, el sentido de este oficio ha sido despojado de todos sus componentes constructivos, y sólo pervive un estereotipo caricaturesco que asimila esta actividad a algo desconectado con la realidad, anacrónico, superfluo socialmente hablando. En política, por ejemplo, es un estigma que utilizan los contendientes para descalificarse mutuamente, y una actitud como la de Núñez y de Valencia, de reivindicar su doble condición de poetas y de políticos, sería tomada hoy como algo descabellado y estrambótico, equivalente además a un suicidio político instantáneo | 13 .

Pero lo curioso, hoy día, es que la valoración negativa, por parte de las nuevas generaciones, de una poesía como la de Núñez o la de Valencia se basa en la contaminación que su trayectoria como políticos arroja sobre su labor como poetas, disminuyéndola en el caso de Valencia | 14 , negándola, casi, en el de Núñez. El elemento positivo de todo el debate es, en definitiva, el trazado de límites entre poesía y política, junto al interés de estos nuevos poetas por revisar, en primer lugar, su tradición poética inmediata. Así lo señaló uno de ellos, Ramón Cote, al escribir:

Para los escritores jóvenes, para aquellos que nacieron entre los cincuenta y los sesenta y han comenzado a publicar a finales de los setenta o en los ochenta, la situación con respecto al pasado literario se torna esclarecedora: se ha confirmado la figura de Aurelio Arturo; se ha producido una evaluación del nadaísmo tanto a nivel general como particular; se observa la mayoría de edad de la generación del Frente Nacional, cuyos poetas han visto publicadas en esta década antologías de sus libros -María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo, J. G Cobo Borda, Juan Manuel Roca, José Manuel Arango. En Colombia nunca ha existido una tradición rupturista y esto se comprueba nuevamente con los autores más jóvenes | 15 .

Las líneas centrales de la poesía colombiana escrita en los últimos diez años se ubican dentro de tal marco: el de una tradición, también institucionalizada, que a partir de José Asunción Silva | 16 abarca nombres como los de Guillermo Valencia, Porfirio Barba-Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Alvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Jaime Jaramillo Escobar o Mario Rivero.

Lo comprueban los homenajes pero homenajes al fin, que un iconoclasta como Jaime Jaramillo Escobar le ha rendido a Guillermo Valencia y Porfirio Barba-Jacob. Sus lecturas, por más irreverentes que parezcan, terminan por formar par te de una tradición establecida. De una historia ya oficial, desde la disidencia renovadora, como es el caso de la |Historia de la poesía colombiana (1991) patrocinada por la Casa de Poesía Silva.

Un consenso más o menos democrático al respecto certifica entonces cómo estos nombres integran el canon de la poesía colombiana en este siglo. Son los poetas que los jóvenes leen. Que las universidades estudian. Que los críticos revisan. Son los poetas que quizá los jóvenes deberían asesinar | 17 .

Institucionalizada la poesía, como dijimos, a través, por ejemplo, de casetes como los que produce la emisora cultural HJCK, con 40 años de actividad, o ampliada en su radio de acción con eventos como "La poesía tiene la palabra", que logró reunir a 5.000 y 8.000 personas en Bogotá (1987) y Medellín (1989), cada cual asume ahora los riesgos de su escritura a través de las minoritarias ediciones que son su sino: las de la Fundación Guberek o las del Museo Rayo. Son ellas las que mejor reflejan su curso, beneficiado, tangencialmente, por el auge editorial colombiano que en 1989 exportó libros por 61 millones de dólares, y que a través de antologías didácticas, conmemorativas o patrocinadas por la empresa privada, diversifican aún más sus posibles lectores.

Nacidos después del cuarenta

En primer lugar, y como respuesta inmediata a la época, podemos señalar una poesía que hace explícita su denuncia. Uno de sus más divulgados representantes, Juan Manuel Roca, por ejemplo, ha buscado compaginar su devoción por un romanticismo surrealista, de imágenes nocturnas, con el propósito de dibujar el perfil de un país dual y secreto. Un país de sangre y muertos, de crímenes y desaparecidos, que sus textos reiteran una y otra vez: "Los cuerpos otra vez bajando por el río/La subienda de muertos a orillas/Del nuevo y rojo día" ( |Señal de cuervos, 1979).

Su fascinación por la noche no es ajena al clima opresivo en que tantos colombianos se sienten inmersos. A ello se añade su interés por lo diabólico como valor en sí, por la capacidad del poema para señalar el infierno en que vivimos en un pacto con el diablo que sólo ofrece a cambio el poema mismo, como lo ha señalado Samuel Jaramillo.

Atrapada en el ritmo de una sola voz, su poesía no alcanza a incorporar la multitud de hablantes que integran la realidad colombiana de hoy día. Continúa en todo caso manifestando su repudio a la violencia una década después ( |Ciudadano de la noche, 1989), al buscar, en vano, exorcizar un mal cada día menos definible y nítido. Esto, como es obvio, no excluye algunas punzantes intuiciones dentro de la fascinación por la imagen que le es propia:

Arenga de uno que no fue a la guerra

 

Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace,
Porque de niño siempre pregunté cómo ir a la guerra
Y una enfermera bella como un albatros,
Una enfermera que corría por largos pasillos
Gritó como graznido de ave sin mirarme:
Ya estás en ella, muchacho, ya estás en ella.

Otros poetas, por su parte, tienen una fe menos clamorosa en las virtudes de la palabra con intención explicita Por el contrario, en su caso la poesía no sólo se halla corroída por la duda, sino que tal interrogación acerca de su objetivo les depara felices aleaciones críticas: las de la ironía. Las del cuestionamiento del poema y de quien lo escribe. La mirada oblicua sobre el mundo.

Nos brindan así su humor cómplice, en que se rearticulan nuestras certezas, rumbo al absurdo, si bien terminan por rearmarse en la red abierta de un juego azaroso y personal. Quizá demasiado personal. Si el poeta se halla implicado en la carencia de certezas rotundas, también el lector quedará atrapado por sus resbalones, caídas y traspiés. Un buen ejemplo de ello nos lo da Edmundo Perry, quien también, como Roca, ha leído a César Vallejo, pero desde un ángulo distinto. A partir del título mismo advertimos su intención:

Hombre al agua
 
Soy un mentiroso de poca monta
y por eso me he acostumbrado a fingir accesos de tos
...
abro un hueco pequeño
lleno de agua y me meto en él
sin la flauta mágica.

Si Juan Manuel Roca inunda la página con el estruendo de sus caballos al galope, Perry la desnuda, hundiéndose en ella. Uno intenta poblarla. Al otro la página lo devora. Sólo resta la mirada desconcertada de quien pudo haber sido engañado por el mundo pero debe asumir por sí mismo la respuesta. Roca afirma convencido. Perry se coloca entre paréntesis. De la fe política a la duda burlesca o metafísica, el terreno se amplía.

En todo caso esa página en blanco, despojada por el absurdo, se puebla de nuevo con lacónicas escrituras. El caso, por ejemplo, de Jaime Alberto Vélez, quien en sus tres libros: |Reflejos (1981), |Biografías (1982) y |Breviario (1991), ha redescubierto, en su raíz griega, la síntesis del epigrama y la aplica tanto al propio ejercicio poético como a la convivencia diaria: "Duermen juntos/cada noche/a insalvable distancia". Este ejercicio de concentración, a partir de la duda, aprovechará también el encanto cinematográfico de la juventud ida para elaborar su lento monólogo de imágenes. Así lo ha encarnado Víctor Manuel Gaviria, también destacado cineasta. Comenzó diciéndolo en su primer libro, |La luna y la ducha fría (1979), así:
 

Un hombre antes de ser mayor se desilusiona de sí mismo
pero continúa pronunciando lo suyo
y en las pausas entre celos y envidias
aprovecha para cantar suavemente.


Esa melodía se fija tanto en el mundo con en quien la emite y continúa involucrando en su nostalgia la pérdida de la inocencia, como la frescura renovada del barrio y los campos aledaños. En el mundo criminal de los sicarios de Medellín, al cual dedicó su película |Rodrigo D (1986), la poesía de Gaviria actúa como el más estremecedor revulsivo: el de una dulce remembranza. Igual sucede con Darío Jaramillo, también antioqueño, quien ya desde antes, en su primer libro, |Historias (1974), formulaba su proyecto en estos términos:
 

Aquella noche
todos habíamos estado deseando regresar a la infancia;
en el fondo era cuestión de volver el corazón más
pequeño
y echarse a llorar de contento.


El que luego, entre sarcasmo y sentimentalismo, como en su |Tratado de retórica (1977), se depuró para llegar a ese logro indudable que fueron sus |Poemas de amor (1986). En ellos, la recuperación de lo que fue, a través de una limpia mirada, le permite reasumirse de este modo, ya consustanciado en una escritura propia:


Alelado bajo el sol, sobre la tapia,
soy un niño de cinco años narcotizado por la luz.


Da paso entonces al exultante erotismo de quien encuentra por fin su cuerpo en la voz del otro. Entra a formar parte así de
una corriente, cada día más poderosa, que halla su centro magnético en el deseo explícito. En esa atracción que también es
abismo.

En tal línea se destaca Raúl Gómez Jattin con su libro |Retratos (1988). Exuberante en su vitalismo whitmaniano, su amor desmesurado y promiscuo, recubre hombres y animales, mujeres y paisajes, con una sinceridad brutal y conmovedora. Tal sensualidad polimorfa se recrea en la naturaleza, trátese de un cuerpo adolescente, una gallina o una orilla del río Magdalena, e ignora cualquier culpa, salvo la del tiempo. Aquí la perspectiva se invierte y el resultado puede resultar demoledor:
 

De lo que soy

 

En este cuerpo
en el cual la vida ya anochece
vivo yo
Vientre blando y cabeza calva
Pocos dientes y yo adentro
como un condenado
Estoy adentro y estoy enamorado
y estoy viejo
Descifro mi dolor con la poesía
y el resultado es especialmente doloroso
voces que anuncian: ahí vienen tus angustias
voces quebradas: pasaron ya tus días
La poesía es la única compañera
acostúmbrate a sus cuchillos
que es la única.

Resulta necesario señalar, en este rápido recuento de tendencias -lo social, la duda irónica, la nostalgia, el erotismo-, cómo, en muchos casos, esta última inclinación, que, al igual que las anteriores, no se da en estado puro sino en íntima convivencia con las otras líneas, puede dar lugar a un alborozado rescate de la naturaleza. El cuerpo como ecología.

Gracias a ella, por ejemplo, Samuel Jaramillo, en |Selva que regresa (1988), logra extraer del Chocó la humedad intacta de su infancia y Jaime Jaramillo Escobar, en sus |Poemas de tierra caliente (1985), elabora su más apetecible canto con textos como "Alheña & azúmbar", donde la jugosa síntesis entre fruta y mujer no recorta el humor ni tampoco la reflexión. Por el contrario: los potencia hasta el delirio de una música verbal que recuerda los tambores de la poesía negra sin omitir los tajantes coletazos propios de su estilo: "Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda/No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto".

De este modo la apología eufórica del cuerpo retorna sobre sí misma, sea en el espejo crítico de la edad asumida o en su prolongación disolvente de una tierra feraz y tibia. Y la cascada del juego verbal, con sus asociaciones sonido-sentido, no excluye el pensamiento. Sólo que otros abordajes del cuerpo sugieren diferentes infinitos. Las mujeres lo saben y no temen decirlo.

1 Las proyecciones para junio de 1993, dadas por el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), daban para los 1.043 municipios que componen Colombia una población de 33.951.171 habitantes y para la capital, Santafé de Bogotá, una cifra de 5.025.989 habitantes. Un panorarna de la cultura colombiana actual puede encontrarse en el volumen editado y coordinado por J. G. Cobo Borda: |Colombia: Guía cultural (Bogotá: Ministerio de Relaciones Exteriores., 1992), 371 p.
2 Rafael Gómez Hoyos: |La Independencia de Colombia (Madrid: Editorial Mapfre, 1992), p. 22.
3 Ibid.
4 Ibid.
5 Ibid.
6 Ibid.
7 Ricardo Cano Gaviria: |José Asunción Silva, una vida en clave de sombra (Caracas: Monte Avila Editores, 1992), 534 p.
8 Hugo Verani: |Las vanguardias literarias en Hispanoamérica (Roma: Bulzoni Editore, 1986), p. 23-24.
9 Ibid.
10 Juan Gustavo Cobo Borda: "Latinoamérica en su poesía: 1930-1980", |Revista Cancillería de San Carlos, 8 (Bogotá, julio 1991), pp. 34-53. Incluido ahora en |El coloquio americano (Medellín: Universidad de Antioquia, 1994), pp. 327-360.
11 |Diez años Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (Medellín: Universidad de Antioquia, 1990), 395 p.
12 Manuscrito inédito, 53 p.
13 Ibid.
14 Juan Gustavo Cobo Borda: " |Ritos, de Guillermo Valencia", incluido en el libro |La narrativa colombiana después de García Márquez, 2ª edición (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1990), pp. 20-40
15 Ramón Cote Baraiban: "Los últimos veinte años en la poesía colombiana", |Insula, 512-513 (Madrid, agosto-septiembre 1989), pp. 43-44.
16 Juan Gustavo Cobo Borda: |José Asunción Silva, bogotano universal (Bogotá: Villegas Editores, 1988), 382 p.
17 Entre los trabajos críticos: William Ospina, Luis Darío Bernal Pinilla y otros: |Cuatro ensayos sobre la poesía de Aurelio Arturo (Bogotá: Fondo Cultural Cafetero, 1989). Armando Romero: |Las palabras están en situación, un estudio de la poesía colombiana de 1940 a 1960 (Bogotá: Procultura, 1985). Armando Romero: |El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida (Bogotá: Tercer Mundo, 1988). Fernando Charry Lara: |Poesía y poetas colombianos (Bogotá: Procultura, 1985).

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