LA DÉCADA DEL 70
I
Entre 1965 y 1980 se publicaron unos 120 libros de poetas
nacidos después de 1945, nos informaba Isaías Peña Gutiérrez
|
1
. Lo que ni él, ni nadie,
puede decirnos todavía es qué quedará de todo esto. Sin embargo, es
lícito señalar algunas líneas generales.
1. La no existencia de un movimiento poético uniforme sino de
individualidades aisladas. Algunas, como es obvio, comparten
afinidades, referencias, órganos de expresión, pero ninguna, en
verdad, se ha afiliado a su programa o se ha aglutinado en torno a
un manifiesto o a una revista. Samuel Jaramillo, en "Cinco
tendencias en la poesía post-nadaísta en Colombia"
|
2
, habla de la
"generación sin nombre", la anti-poesía, la
poesía política, la poesía de la imagen y la poesía narrativa. La
utilidad descriptiva de su clasificación alude más a influjos que
al carácter específico de cada escritor. Se rivaliza, podría
decirse, dentro de un más o menos gentil eclecticismo.
Solitarios-solidarios escribió Octavio Paz hablando de su
generación en Latinoamérica. Una fórmula semejante parece todavía
válida para el caso colombiano.
2. De esta poesía ya es posible comenzar a efectuar análisis (y
por consiguiente balances) más o menos sistemáticos. Al contrario
de lo que señalábamos del nadaísmo, existe un
|corpus
establecido. Obras como las de Giovanni Quessep, (
|Poesía,
Carlos Valencia Editores, 1980), Jaime García Maffla (
|En el
solar de las gracias, Universidad Nacional, 1981) y Elkin
Restrepo (La palabra sin reino, Colcultura 1982), poetas cuyos
primeros libros pueden datarse hacia fines de la década del
sesenta, se pueden considerar, para el efecto, como las primeras
ediciones de sus "Obras completas". Recogen el
trabajo de una década.
Si a ellos añadimos otros, cuya trayectoria es
|visible,
por lo menos a través de dos o más libros, comenzaremos a sentar
las bases para la futura antología. Pienso en Darío Ruiz Gómez,
José Manuel Arango, Nicolás Suescún, Nelson Osorio, Miguel Méndez
Camacho, Manuel Hernández, Armando Romero, Henry Luque Muñoz, Raúl
Henao, Álvaro Miranda, Edmundo Perry, Harold Alvarado, Hernando
Socarrás, José Luis Díaz Granados, Juan Manuel Roca, Darío
Jaramillo, Helí Ramírez, Samuel Jaramillo, Aníbal Manuel Vanegas,
Santiago Mutis, Rubén Vélez, Víctor Manuel Gaviria. Y en Jaime
Manrique Ardila y Álvaro Rodríguez, por vía de ejemplo.
3. Otro punto, ligado al anterior, y que me parece importante
resaltar, es la existencia de una producción poética femenina,
particularmente valiosa no sólo como actitud sino que ya se
concreta en realizaciones apreciables: María Mercedes Carranza, los
tres libros publicados por Anabel Torres, Amparo Villamizar, Mónica
Gontovnik, Renata Durán, Patricia Aguirre, Orietta Lozano,
Margarita Cardona y Eugenia Sánchez, seleccionadas estas dos
últimas por Juan Manuel Roca en su antología de nuevos poetas
colombianos
|Disidencia del limbo (1981).
4. Existen, por lo menos, cuatro panoramas generales -el ya
citado de Samuel Jaramillo, los de Darío Jaramillo
|
3
y María Mercedes Carranza
|
4
y el prólogo al
|Álbum de
la nueva poesía colombiana, preparado por J. G. Cobo
Borda
|
5
, que reunidos
editorialmente y acompañados de otras notas críticas -las de Jaime
Ferrán, Fernando Charry Lara, Helena Araújo, Jaime Mejía Duque-
pueden servir para precisar mejor el horizonte de esta poesía. Pero
al igual que sucede con la historia colombiana, aquí también es
urgente el trabajo sectorial, regional, la monografía individual
sobre los poetas de valía. Es ya necesario, a nivel crítico, pasar
de una labor cuantitativa -de promoción y divulgación colectiva- a
una cualitativa -de exigencias y valoración-, a nivel
específico.
5. Debe señalarse también el hecho de que esta nueva promoción
literaria posterior al nadaísmo realiza una lectura crítica -o sea:
una apropiación creativa- de la tradición poética colombiana. Es
obvio que obras como las de Aurelio Arturo y Álvaro Mutis han
recibido la vitalidad inherente a ser leídas (revaluadas) con una
óptica distinta. Igual podría decirse de las de Luis Carlos López,
Luis Vidales, Eduardo Cote Lamus o Jorge Gaitán Durán o el propio
nadaísmo, sobre los cuales varios poetas de los que estamos
hablando se han desdoblado en críticos, aproximándose a ellos desde
una perspectiva enriquecedora. Se trataba de crear, literalmente,
una nueva tradición. Quedaría por explorar -como lo ha hecho Darío
Jaramillo en diversas notas y artículos; como lo he intentado en el
Álbum de poesía colombiana (1980)- otras tierras, más lejanas en el
tiempo y aun bastante incógnitas. Pienso sobre todo en dos
-Valencia y Barba-Jacob-, cada uno de los cuales constituye un caso
arquetípico dentro de la literatura colombiana: el poeta oficial,
el poeta maldito. El exiliado, que se quemó en su huida, y cuyo
retorno fueron apenas cenizas; y el hombre público, que nunca
abandonó, ni física ni mentalmente, su pequeña ciudad de provincia,
encarnándola en sus limitaciones y su todavía equívoca y no
totalmente dilucidada grandeza.
6. La perdurabilidad de dos revistas de poesía -
|Golpe de
Dados, que ha sobrepasado, en 1995, los cien números;
|Acuarimántima, que alcanzó los 32 números- a través de las
cuales es factible rastrear, a partir de 1973, la evolución de esta
poesía por lo menos durante una década. Si a esto añadimos otras
como
|Puesto de Combate, o la gaceta de la Universidad de
Antioquia, desgraciadamente fallecida al llegar a su novena
entrega,
|Eco, la
|Gaceta de Colcultura, algunas
revistas de más efímera vida y suplementos literarios de Bogotá,
Cali, Medellín, la Costa y Bucaramanga, tendríamos una visión casi
exhaustiva de los avatares por los cuales ha transcurrido la poesía
colombiana en este período.
7. Mediante tal lectura podríamos, también, detectar el influjo
de poetas tales como Cavafy, los surrealistas, incluidos en tal
denominación desde Jarry hasta Bataille; la más reciente poesía
norteamericana; el rescate de la vertiente latinoamericana del
surrealismo, y un desdén inexplicable por la tradición poética
española. Además, nombres como Borges y Octavio Paz, Lezama Lima y
Cardenal, Alejandra Pizarnik, aparecen citados allí con regular
insistencia.
En 1956 Fernando Arbeláez publicó un pequeño libro de ensayos,
|Testigos de nuestro tiempo, que incluía aproximaciones a
Perse, Rilke, Neruda, García Lorca, Eliot. Si hoy se escribiera un
libro semejante -es decir: el libro de ensayos de un poeta, que
leyendo la tradición occidental (la suya) desde una óptica
colombiana se nutre de la misma y en cierto modo la renueva- ¿qué
nombres incluiría? No lo sé. Lo que sí sospecho es que habría allí,
además, algunas referencias al cine, a la música popular, a la
pintura; a la vida de la ciudad como entidad que en cierto modo
determina (ausente o presente) la índole del poema, y a la
incidencia del poder -no de la política- en él.
8. De ahí para terminar, la inclinación crítica en todos los
sentidos que ostenta la nueva poesía colombiana. Ya sea asumida
como ficción integral, ya sea transcribiendo, literal y prosaica
mente, el discurso de la realidad, ella atiende no sólo a la
desmitificación de nuestro pasado histórico sino a la exaltación,
abiertamente erótica, del cuerpo como presente mágico. De igual
modo, ella subvierte, a través del pastiche deliberado, el
fraudulento peso de una retórica ancestral, o busca, mediante una
palabra en que sonido y sentido sean tan precisos como sugerentes,
tan inmodificables como equívocos, la restitución de un lenguaje
que nos sea propio.
Darío Ruiz Gómez, poeta también, comentaba nuestra actual
situación poética en estos términos: "En tiempos difíciles
a la poesía sobre todo suele pedírsele una labor redentora: que nos
saque del caos y de la ignominia, que resuelva las dudas y nos
enseñe a salir adelante. Y ya en esta actitud se plantea el
filisteísmo de hacer que la poesía hable entonces un único
lenguaje: aquel de los inevitables profetas, de los inevitables
funcionarios disfrazados de clarividentes, lo que Milan Kundera
llama con justicia la poesía del totalitarismo. Hay entonces poetas
de éxito que recurren a una vibrante fórmula: un poco de
surrealismo, la inevitable profecía social y ya está, no la poesía,
sino lo que ese filisteísmo quiere hacer pasar como la poesía, es
decir, Saint John-Perse despojado de su esencia poética y
convertido en vendedor de admoniciones políticas aderezadas de
tonos amorosos de gente in"
|
6
. Si esta descripción es muy justa para
designar ese tipo de poesía que en nuestros días satisface la
demanda que en su momento atendía alguien como Julio Flórez, la
verdadera nueva poesía colombiana, en su soledad clandestina o en
su delirante frenesí apocalíptico -disidencia exacerbada por su
cada vez más aguda conciencia de inutilidad-, establece las pautas
de una nueva exploración verbal, que trasciende el melancólico
ghetto que le ha sido impuesto -me refiero, con ello, al
establecimiento universitario, según lo precisó Darío Jaramillo en
el trabajo antes citado- para establecer un diálogo sigiloso y casi
secreto con sus pocos y contados lectores. Ella ha aceptado también
que para ser auténtica es preferible ser clandestina.
II
Los poetas que vienen después del auge nadaísta y que comienzan
a publicar sus primeros libros a fines de la década del setenta
adoptan, como hemos visto, una actitud distinta. No grupo sino
individualidades, en muchos casos aisladas. No volcados hacia el
exterior sino recogidos en su intimidad, en ocasiones nociva. La
poesía, para ellos, es fidelidad y conciencia. Asunto de
cultura.
Molestos por el tremendismo nadaísta prefirieron internarse en
la exploración de su mundo interior, en la adquisición de una
palabra precisa, en la elaboración de una poética, como formas de
superar el olvido mediante la fabulación creativa. El arte, a
través de la irrealidad, propone una verdad más vital: la de lo
imaginario. Tal podría ser uno de sus leitmotiv. Otro, el que había
formulado el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre:
"Lo único decente que se puede hacer con la historia es
falsificarla"
|
7
, máxime en el caso de la historia colombiana,
fabricada a punta de mentiras. De las lecciones de esa historia
proviene su escepticismo en materia política. La única fe posible,
cada día puesta en duda, era la fe en la poesía. Este gesto, que
encontraba en auto res como Borges, Octavio Paz y José Lezama Lima
su más alta expresión, les permitía inaugurar un ciclo distinto
dentro de la producción poética colombiana, teniendo presente lo
que el propio Octavio Paz ha dicho: "En perpetuo cambio,
la poesía no avanza". Profundiza o se expande. Alcanza la
transparencia o se disuelve en el silencio.
Reivindicaron en consecuencia la obra breve, melodiosa y mágica
del poeta colombiano Aurelio Arturo titulada
|Morada al Sur;
un hermano, en el espíritu, de poetas argentinos como Ricardo
Molinari y Juan L. Ortiz: el paisaje vuelto música, palabra densa y
apacible. Manifestaban así su nostalgia por un vocablo esencial,
ajeno tanto a las falacias del progreso como a las crueldades de
una historia, cada día más demente, injusta y maniquea. Trataron
con ello de eludir las dos más nefastas tentaciones en que ha
incurrido la poesía latinoamericana: la de presentarse como una
posesión o como un desamparo; la de querer ser los primeros Adanes
que ocupan la naturaleza como una potencia genésica o planetaria o
la de ofrecerse como unas víctimas de la historia, con todo el
patetismo del padecimiento, como lo ha señalado el crítico
Guillermo Sucre, inherente a tal postura.
Abominaban del énfasis y buscaban un lenguaje más sobrio, una
percepción más aguda de su propio oficio. Intentaban hallar el
poema en las palabras que lo ocultan, no en las ideas. Pero el
resultado podía ser impredecible. Como lo expresó uno de ellos,
José Manuel Arango, refiriéndose a Hölderlin: "quizá la
locura/es el castigo/para el que viola un recinto secreto/y mira
los ojos de un animal/terrible".
La poesía, entonces, como una doble lectura: la de la realidad y
la de los textos ya escritos. La inspiración de un artista se llama
también memoria. Acordarse con aquello que, reescribiéndolo, se ha
leído. Al concluir surge un texto distinto que si bien pudo partir
de Trakl o de Kafka, de Pessoa o Cavafy, de Wallace Stevens o Dylan
Thomas, de Saint John-Perse o Enrique Molina, de Kleist o Sylvia
Plath, de los caballos de Paolo Ucello o de las parejas flotantes
de Marc Chagal de la música o el cine, para utilizar algunas de las
mismas referencias que estos poetas colombianos han utilizado, este
texto está hablando a través del impulso ajeno de lo más suyo. La
imperiosa necesidad de adquirir un lenguaje. Un idioma, ya que un
idioma es siempre el universo traducido a ese idioma. Poetas que no
podían darse el lujo de ser inocentes, los riesgos del
"culturalismo" podían reducirlos a ser esotéricos
eruditos. Pero ¿cómo no compartir su euforia ante ese derroche
indiscriminado de obras, tendencias y países si su único legado
era, en el plano nacional, cuatro o cinco intentos válidos, y en el
internacional, un deficiente conocimiento de la tradición española
y unas pobretonas versiones de autores franceses?
Idioma de la ciudad, sin lugar a dudas, las preguntas que se
hacían eran del siguiente tenor: ¿Cómo decir la vida, extraer su
sentido, tornando inolvidable lo que ya no existe? ¿Cómo convocarla
de nuevo logrando en un texto esa mezcla de azar y destino que
sigue a todo encuentro verdadero? ¿Cómo hacer que el pensamiento se
vuelva claro y diga no sólo lo que en realidad se quería decir sino
también aquello que sólo al escribirlo se descubre qué se quería
decir? ¿Y cómo darle al cuerpo la palabra para que ésta exprese
toda la oscura luminosidad del deseo desencadenado, haciendo de los
sentidos de la piel una frase a la vez intensa y precisa? ¿Cómo
infundir al poema la radiante energía de aquello que nos marca para
siempre y a la vez alojar en su interior la tontería reiterada de
lo tics sin los cuales tampoco se entiende ese desgarrón emotivo
que confirma la autenticidad de la experiencia, la risita que se ha
mecánica y la sorpresa que deslumbra y para la cual, en tantos
casos, el lenguaje no sirve?
Experiencia trascendida, sí, pero que debe mantener intacta la
frescura de lo que las palabras, tan usadas, marchitan. Tensión que
nos sobrapasa, en pos de una libertad reconciliada con el mundo y
esos límites, en apariencia insalvables que nos recuerdan todo
cuanto hay de contingencia en ella: la fugacidad de las cosas y su
deterioro inexorable. Riesgo irónico, humor jubiloso que, mirando
con lucidez las dimensiones de la caída, celebra, en el fondo, el
puente que ha quedado establecido. Flotamos, entonces, en la luz,
perdidos en el asombro de la dicha, incrédulos de que la felicidad
sea por fin esa palabra que podemos palpar como quien acaricia un
cuerpo, tan resistente como vulnerable, tan fragmentario como
único. Cuerpo que nos brinda todo el placer pero en cuyo interior
late el cáncer del tiempo, a la vez aliado y enemigo. Un lenguaje,
finalmente, que revelando preserva. El cuerpo del poema.
Pero este poema, personal, intransferible, forma parte de un
tejido más amplio: el de la tradición. Tradición del idioma español
y de los poemas escritos en español, a lo largo de su historia.
Además, y por primera una generación que consideraba a la tradición
poética latinoamericana como su tradición. Unas páginas de Octavio
Paz dibujan el horizonte dentro del cual surge esta poesía:
-
- Hacia 1945 la poesía de nuestra lengua se repartía en dos
academias: la del "realismo socialista" y la de
los vanguardistas arrepentidos. Unos cuantos libros de unos cuantos
poetas dispersos iniciaron el cambio. Todo comienza recomienza con
un libro de José Lezama Lima:
|La fijeza (l944). Un poco
después:
|Libertad bajo palabra (1949) y ¿
|Aguila o
sol? (1950). En Buenos Aires, Enrique Molina:
|Costumbres
errantes o la redondez de la tierra. Casi en los mismos años
los primeros libros de Nicanor Parra, Alberto Girri, Jaime Sabines,
Cintio Vitier, Roberto Juarroz, Álvaro Mutis... Estos nombres y
estos libros no son toda la poesía hispanoamericana: son su
comienzo
|
8
.
A la enumeración de Paz, complementándola y prolongándola, en
cierto modo, hasta nuestros días, añadiría otros nombres, para
mostrar así esa continuidad creativa que los jóvenes poetas
colombianos van a considerar, con pleno derecho, como la suya.
Estarían entre ellos los chilenos Rosamel del Valle, Humberto Díaz
Casanueva, Gonzalo Rojas y Enrique Lihn; los peruanos César Moro,
Emilio Adolfo Westphalen, Carlos Oquendo de Amat, Javier Sologuren,
Blanca Varela y Antonio Cisneros; los venezolanos Vicente Gerbasi,
Juan Liscano, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Guillermo Sucre
y Eugenio Montejo; los argentinos Olga Orozco, Francisco Madariaga,
Juan Gelman y Alejandra Pizarnik; los nicaragüenses Carlos Martínez
Rivas, Ernesto Mejía Sánchez y Ernesto Cardenal; los cubanos Eliseo
Diego, Gastón Baquero, Heberto Padilla; el boliviano Jaime Sáenz;
las uruguayas Ida Vitale e Idea Vilariño; el ecuatoriano César
Dávila Andrade; los mexicanos Tomás Segovia, Homero Aridjis, Marco
Antonio Montes de Oca, Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco. A partir
de esa fecha, 1945, hacia adelante y hacia atrás, el mapa de la
actual poesía latinoamericana se poblaba de nombres y obras que era
factible distinguir. No estábamos solos. Paz, por su parte,
agrega:
-
- El lenguaje es el hombre pero también es el mundo. Es historia
y es biografía; los otros y yo. Estos poetas habían aprendido a
reflexionar y a burlarse de sí mismos: sabían que el poeta es el
instrumento del lenguaje. Sabían asimismo que con ellos no
comenzaba el mundo, pero no sabían si no acabaría con ellos: habían
atravesado el nazismo, el estalinismo y las explosiones atómicas en
el Japón. Búsqueda de una erótica más que de una poética. Casi
todos se reconocían en una frase del Camus de aquellos años:
"solitario-solidario". Fue una generación que
aceptó la marginalidad y que hizo de ella su verdadera patria. La
poesía de la postguerra nació como una rebelión silenciosa de
hombres aislados. Empezó como un cambio insensible que, diez años
después, se reveló irreversible. Entre el cosmopolitismo y el
americanismo, esta generación cortó por lo sano: estamos condenados
a ser americanos como nuestros padres y abuelos estaban condenados
a buscar América o huir de ella. Nuestro salto ha sido hacia dentro
de nosotros mismos
|
9
.
Para el joven poeta colombiano de estos años, 1970-1980, nacidos
casi todos después de 1940, esa herencia estaba allí, como un
banquete apetecible; también, cómo no, como un territorio poblado
de peligros. Las causas nobles obnubilan, permitiendo, por ejemplo,
el facilismo de una escritura pretendidamente comprometida. De otra
parte, al publicar sus primeros libros, coincidiendo con el auge de
la novela latinoamericana, una cierta tolerancia benévola hacia
quien cultiva un género tan inactual como es el de la poesía les
fue concedida.
Si los lectores, para mencionar un ejemplo próximo, podían
juzgar la distancia existente como trabajo con el idioma entre
|Cien años de soledad (1967) y
|El otoño del patriarca
(1975), un libro escrito como un poema sinfónico, no para leer sino
para cantar, en voz alta, no sucedía así con el joven poeta. Nadie
acompañaba, precisándola, su trayectoria. Ante la carencia de
crítica y la indiscriminada simpatía con que eran mal leídos sus
primeros escritos, no era extraño que muchos perdiesen el rumbo,
convencidos de sus méritos. Los llamaban poetas; luego, eran
poetas.
Para proseguir era necesario replantearse continuamente el
camino, teniendo en cuenta que vivían en Bogotá, Medellín, Cali o
Barranquilla, y no en París, Londres, Nueva York, Berlín o Milán,
lo cual, si se piensa bien, constituye una ventaja: podían ser más
irresponsables; tenían derecho a ser más libres. El parroquialismo
colombiano resultaba letal ¡y en qué forma!, y era necesario
combatirlo sin tregua, ¿pero a qué engañarse creyéndose de otra
parte? Todos somos provincianos de algún modo. Estos poetas,
entonces, no tenían más remedio que ser colombianos, en una
resignada aceptación de sus insuficiencias; en una fructífera
delimitación de su parcela.
Pero también estaban las circunstancias muy específicas dentro
de las cuales debían consolidar su vocación, aprendiendo a
escribir, y a la vez buscando los medios de subsistencia, tanto
física como mental En relación con la primera el camino obvio era
la universidad. También el periodismo, la burocracia, tareas
editoriales y, cómo no, la sempiterna abogacía. Muchos de estos
poetas ingresaron a la universidad y, una vez graduados,
permanecieron en ella como profesores de literatura. Se creaba así
un circuito un tanto esterilizante: aquel del que enseña poesía y a
la vez intenta escribir poesía. Poesía de profesores de
literatura.
La poesía, en algunos casos, estalló llena de fuego e ímpetu. En
otros se secó para siempre entre bibliografías, tesis, exámenes y
listas. Hombres que escriben libros e investigadores que ascienden
en el escalafón académico haciendo constantes monografías acerca de
los hombres que en ocasiones escriben libros. Pero si bien el tema
es conocido y monótono, sus consecuencias no dejaban de ser
curiosas: en esta década Colombia entraba a formar parte de la
industria cultural. Best-sellers pornográficos, barato sociologismo
tercer-mundista, revisión del marxismo, auge de la novela
latinoamericana y a la vez toda la tradición occidental, todo el
repertorio latinoamericano. Las modas se seguían unas a otras, de
Marcuse a Deleuze, pero aquello que era detectable en Venezuela
-poetas venezolanos traduciendo poetas franceses o norteamericanos-
o en el Perú -poetas peruanos vertiendo al español poetas
brasileños- en Colombia no existía, lo cual no dejaba de incidir en
lo endeble y desnutrido de tantas aproximaciones frustradas a la
poesía. Marta Traba ha calificado a la cultura colombiana de
endogámica. Ésta es, en muchos casos, simplemente mediocre.
Compuesta por deslumbrantes figuras aisladas, el nivel general
continúa siendo precario. La cultura se volvió negocio para vivir,
incluidos los recitales poéticos al aire libre.
Así esta poesía, tímida en su carácter reflexivo y muy
controlada en su apertura. Una poesía, la verdad sea dicha, muy
colombiana en su simulación consentida -la amabilidad como disfraz
de la hipocresía, los buenos modales como sustituto de la
sinceridad-, aún cuando ese rechazo implique una innata cobardía y
produzca, por ello mismo, unos resultados francamente deletéreos.
Como lo dice Álvaro Rodríguez: "aun el más hondo
entusiasmo/es alcanzado por la lenta erosión de la
fatiga". Poetas precozmente cansados para los cuales la
Historia, con mayúsculas, ya no existe. Sus historias eran otras:
recuerdos de infancia; el peso, tan opresivo como sugerente, del
pasado familiar; esas voces ya fantasmales que apenas sí alcanzaban
a percibirse en medio del caótico amasijo de calles desechas y la
agresión generalizada que afectaba todos los sentidos; penas de
amor y lugares comunes. En realidad sus temas eran los mismos que
Carlos Drummond de Andrade, en su conocido poema "Búsqueda
de la poesía", enumera como
|no válidos para obtener
un poema perdurable: "Lo que piensas y sientes, eso aún no
es poesía". Era una poesía demasiado empalagosa en su
sentimentalismo y demasiado truculenta en su objetividad
pretendida. Aún así, en sus carencias, ella nos enseña a ver y a
sentir una realidad también confusa. Los ojos, irritados por el
|smog, la proliferación de avisos y el polvo de las viejas
edificaciones derrumbadas, unas tras otras, para dar comienzo a
urbanizaciones standard y a rascacielos de bancos y compañías de
seguros. Cada diez años nuestro contexto urbano cambiaba
totalmente, haciendo irrisoria cualquier nostalgia al respecto. El
oído, golpeado por los hits de música popular que inundaban las
calles desde los altoparlantes de los almacenes de discos, y la
entrecruzada incoherencia de pitos, vendedores de lotería, gamines
pidiendo limosna u ofreciendo Marlboro, Marlboro, con un zumbido
imposible de eludir. Robos y atracos a la orden del día.
El olfato, inhalando un aceite refrito con el cual, desde las
mismas aceras atiborradas como un bazar turco, se cocinan arepas o
pinchos; se exhiben manzanas y chucherías, "Made in
Hong-Kong", al lado de los collares que los últimos
hippies, remotos y sucios, se limitan a desplegar sobre el piso.
Contraste entre el esplendor visual de las frutas del trópico
-amarillo de las tajadas de piña, rojo de la sandía, verde de los
racimos de mamoncillo- y el nauseabundo humo de las parrillas
asando mazorcas o fritando chicharrones.
El tacto, sudoroso por el metal de las pegajosas varillas de los
buses; y la piel, grasosa por el hollín que implica todo recorrido
hecho a pie, por calles desbaratadas y sucias, en las imbéciles
diligencias en las cuales se nos va la vida. Papeleo y
servilismo.
El gusto, finalmente, tratando de extraer de toda esa masa
enorme de sabores, colores y ruido, una orientación, un signo,
capaz de guiar al poeta en su descubrimiento, siempre esperado,
siempre imprevisto, del otro.
De allí, de una imagen, de una frase, de un ritmo; de la
percepción de iluminaciones o anomalías; de una aceptación o un
rechazo, surge el poema que solidifica, en su entusiasmo creativo,
toda la congoja que padecía el ansia del poeta, inexpresada aún,
estrellándose contra realidades tan tangibles como evasivas: la
mujer, los amigos, la misma poesía; la noción, incluso, de ese país
en que se malvivía y en el cual todo parecía posible precisamente
por lo secular de su amargura. La figura, incluso, de ese
continente, balcanizado y saqueado sin tregua, con regímenes
represivos a derecha e izquierda, y sin embargo, de algún modo
nuestro en su inconcebible belleza; de algún modo propio en el
sombrío destino de arrebato y negligencia que lo distingue.
De allí iba surgiendo una poesía indefensa, llena de piedad
consigo misma, engañada en cuanto creía decir mucho más de lo muy
poco que alcanzaba a intuir, y que en tantas ocasiones naufragaba
en el desamparo total de su inexperiencia, pero que en otras, muy
contadas, alcanzaba a levantar hasta el lenguaje todas esas frescas
heridas, inmemoriales y ardientes.
Pero quizá sea un poema de Darío Jaramillo el que mejor nos
permita introducirnos dentro del tono general de la nueva poesía
colombiana, en ciertos casos, como el suyo, ya inconfundible.
-
- Diluir la memoria en una especie de estupor anhelante,
- picaflor sin urgencias que enumera los lugares más tibios,
- la muy fría espejo del calor de otro entonces,
- memoria que pregunta cuánta materia de mi cuerpo queda
- de aquellos cuerpos míos que vivieron cada alucinación
- y cada asombro, cada cosa que hoy es nada,
Cierto, pero si no fuera palabra no quedaría nada de ella. De
esa memoria de los cuerpos; de ese alfabeto de iniciaciones
eróticas; de esa cálida intimidad o de ese deliberado alejamiento
de toda connotación sentimental lograda, en unos casos, gracias a
una exageración de la misma, que fabrica una respuesta muy
latinoamericana, donde el animal herido de amor se mira sufrir
dramático e inerme, y en ese juego mortal halla el desapego
necesario para distanciar cuanto lo oprime.
O que bien en otros casos, como el de Giovanni Quessep, intenta
a través de la sola musicalidad, y la repetición de unos pocos
elementos ya clásicos -de
|La Biblia a Las mil y una noches,
de Keats a
|Alicia en el país de las maravillas- hacer de su
irracionalidad un símbolo.
-
- solo en el alba escucho un canto,
- que podrían ser la dicha,
- que hace la palma bajo el aire celeste
- alguien me nombra, y pienso entonces
- que no todo he perdido en la vida.
- Siquiera hay una música que me ama,
- y existo para alguien, para un azul o reino
- pero es fiel mi demonio y torna el sufrimiento,
- mi pasión en los valles de la nieve.
Esta ensoñadora melancolía, tan frágil en ocasiones, en otras
sencillamente impalpable, habría de encontrar en poetas como Jaime
García Maffla un complemento de signo contrario. Mientras Quessep
se internaba en un territorio de fábulas y quimeras, García Maffla
edificaba su marginalidad a partir de un idioma clásico -el mismo,
por ejemplo, que usa Carlos Germán Belli en el Perú- leyendo, el
único, la tradición española, para a partir de ella formular su
disidencia, en un cerrado contrapunto de piedad y burla, de
participación y desprecio.
-
- de mi ilusión, de mi flaqueza creados
- para mi engaño y alegría.
- la tolerancia de un instante,
- Porque cortés he sido en demasía,
- que por lo mismo he sido fatuo y ruin.
- a la veleidad hermosa de sus vidas,
- que en nada, a la verdad,
- A la mentira que es sonrisa,
- mano extendida para estrechar
- Dejarlos, ¿digo? Déjenme,
- pues al gesto primero de no importa
- otra vez tras su halago miserable.
Generalizando, en exceso, podemos decir que el grupo nadaísta
hizo suyos los fuegos del surrealismo a través de la
|Antología
de la poesía surrealista que Aldo Pellegrini editó en la
Argentina en 1961. El grupo posterior, al cual nos estamos
refiriendo, des cubrió su pertenencia a América Latina mediante la
|Antología de la poesía viva latinoamericana que el mismo
Pellegrini habría de publicar en 1966 en Barcelona, España. Si
añadimos a ello el influjo de los románticos alemanes, la novela
latinoamericana y los más recientes poetas norteamericanos,
estaremos mencionan do sus polos de atracción, a nivel literario,
más fuertes.
Así Elkin Restrepo consagra sus elegías a Greta Garbo, Elvis
Presley o Boris Karloff, cotidianizando sus figuras, sin olvidar,
en ningún momento, que "el diario vivir" siempre
dice "una frase tonta".
-
- Era difícil pensar en usted
- como en un Karloff que tiene que cumplir
- si tenía que regresar a casa en el metro
- o el barniz blanco de sus uñas
- le producía alergias en el cuello.
- Usted era siempre una misma versión
- de diferentes guiones, su rostro
- donde el miedo no encajaba,
- su manera de surgir entre la niebla
- cada noche cuando el misterio
- aullaba en el campo de golf.
- La gente hablaba de usted
- casi a diario, apasionadamente.
O Anabel Torres, quien decanta sus lecturas de poetas
norteamericanos -de Anne Sexton a Adrienne Reich- trayendo a la
poesía colombiana una intensidad más viril, si se quiere, que la de
tanta poesía supuestamente erótica escrita por hombres. Hay en
ella, como en otras mujeres de su misma edad, una sinceridad
perturbadora, distinta a aquella a la cual nos habíamos resignado.
Una verdad más intensa y despojada, radical en su propósito de
rasgar las apariencias y disolver ese yo conformista que cada cual
erige como refugio. Ella nos ofrecía, en lugar de la complacencia,
la lucha.
-
- heridas gozosas que abren una ampolla en el paladar
- heridas cubriendo el cuerpo
- tumbado junto a la ventana
- de una indolora lluvia de astillas...
- aspas del amor planeando sobre el alma,
- donde el cuerpo quedó atado, amordazado
- embestido, sobrevolado de buitres,
Si bien, en un primer momento, esta poesía podía resultar
estrecha en su denuncia de la hipocresía, de la injusticia vista
como algo impuesto e inamovible, de la violencia explícita o
latente, o de la mediocridad de existencias condenadas de antemano,
con toda su carga de resentimiento, luego ella se enriquecería,
volviéndose más madura en cuanto se sabía de algún modo cómplice y
partícipe de algo con lo cual no podía condescender y que sin
embargo la nutría. Cómplice y partícipe en cuanto el sólo hecho de
escribir y publicar la llevaba a religarse con un lector, con un
público, con una cultura insuficiente pero que sólo podía
contribuir a modificarla en cuanto sus poemas, y el trabajo
paralelo a ellos, ya sea crítico, ya sea pedagógico, sería la única
forma lícita de permitirles ser leídos como debían ser leídos: como
una interrogación, formulada en Colombia, pero con validez
universal. Como un intento de diálogo, en los mismos años que muere
el Che, en Bolivia, es asesinado Allende, en Chile, tupamaros y
montoneros combaten en Uruguay y Argentina, y las formas de
intolerancia; de parte y parte, ensombrecen todo el continente,
sometido a desmanes y tropelías; desapariciones y genocidio;
devaluaciones y mediocrización generalizada, gracias a los me dios
de comunicación masiva.
Tal tarea se llevaba a cabo en un momento en el cual la sociedad
colombiana, por su parte, se lumpenizaba totalmente, y el lenguaje,
vuelto
|slogans y consignas, reducía todo propósito nacional
a un mero consumismo. Del transistor al betamax, todos los intentos
por reafirmar la identidad cultural fueron arrasados. Esta poesía,
que no pretendía ser popular, buscaba, sí, perfilar el nombre y la
noción de las cosas, la conciencia del propio ser, la identidad de
las personas, el carácter de un país, la peste del olvido para
disolverlos, a todos ellos, en el oleaje crítico de su
escritura.
Ciudades aleatorias, continentes expoliados por las
trasnacionales, pueblos víctimas del etnocentrismo, si bien era
imposible expresar nuestro yo esta poesía tenía a su alcance la
posibilidad de inventarlo y de tomar conciencia de la vanidad de
esa invención. Irrisión del ser, puesta en duda de la historia, la
poesía era un presente, también impuro, que regeneraba una
actualidad banal.
Recuerdo o súplica, la poesía no sólo podía pedir o añorar. En
sus mejores momentos ella dejaba de ser un sustituto de la acción
para convertirse en una acción por sí misma; una presencia, tan
sólida y vigorosa, que irrumpiendo en la
"realidad" -palabra que según el sabio consejo de
Nabokov nunca se debe usar sin comillas- la modifica. Por ello esta
poesía ya no tenía miedo a la sensiblería, el melodramatismo, lo
cursi, la mistificación moral, que son verdad en nuestra vida y no
se atreven a serlo en nuestra literatura. Por ello mismo esta
poesía no desdeñaba ni la música, ni la ficción, ni el acento
ensayístico. Todo tenía cabida. Todo debía estar allí: mitos y
bajezas, presagios y mugre, sueños y depresiones, brutalidad y
dulzura. Poetas que viven el fin de una idea del arte -el fin de
las vanguardias- y para los cuales tanto la naturaleza como la
historia no parecen más que ofrecerles motivos para la lamentación,
intentan, sin embargo, edificar algo más duradero que la simple
pesadumbre.
Tratan de dar las gracias al hecho de estar vivos, rechazando,
furiosos, todo cuanto lo frustra e impide. La poesía no propone la
esperanza. Se limita a probar, con su existencia, que la realidad
está ahí, recordándonos, en forma indirecta, que su peso sólo se
vuelve inteligible gracias a la luz con que la poesía, siendo parte
de ella, y yendo más allá de ella, la esclarece. A la vez piedad y
escándalo, la poesía reconciliándonos nos separa: nos exige estar
solos para así hablar con los otros. Ella puede sacarnos de quicio,
abriéndonos al mundo, o permitirnos escuchar, una vez más, esa otra
voz, la voz secreta con la cual hablamos despojados de toda
egolatría. La voz que pasa a través nuestro haciendo que la
inteligencia se ría y la sensibilidad se piense a sí misma. Llamado
que encuentra en sí mismo su respuesta, como lo dice uno de estos
jóvenes poetas colombianos, Álvaro Rodríguez, en su
"Canción desde el invierno".
-
- en días así improbables para tantas cosas
- también pienso que es tiempo de llamar a
- alguien, de ser él inevitablemente
- mientras la noche se apoya en las ventanas
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1
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|El Espectador, Magazín Dominical, septiembre 5 de 1982,
p. 8.
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2
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|Eco, 224-226 (Bogotá, junio-agosto 1980).
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3
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|Eco, 238 (Bogotá, agosto de 1981).
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4
|
|Eco, 250 (Bogotá, agosto de 1982).
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5
|
Caracas, Fundarte, 1981, 37 poetas, 225 páginas, reproducido en
|Eco, 221 (Bogotá, marzo 1980).
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6
|
"Charry Lara; una poesía mayor", en
|El
Café Literario, 26 (Bogotá, marzo-abril 1982), p. 45.
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7
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Los aforismos de José Antonio Ramos Sucre, con el título de
"Granizada", se hallan recopilados en el volumen
|Los aires del presagio (Caracas: Monte Ávila Editores,
1976), pp. 53-60.
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8
|
Ver
|In/mediaciones (Barcelona: Seix Barral, 1979).
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9
|
Ibid.
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