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Mario Rivero (1935)

Quien luego ha precisado sus distancias en relación con el grupo, vio surgir sus primeros poemas dentro de la renovación propicia da por el nadaísmo. Allí nos ofrecía las visiones iniciales del aturdidor bullido de la vida urbana, dentro del cual los inmigrantes campesinos y las nuevas clases sociales desplazaban a las antiguas jerarquías. En un clima afín al de la poesía. norteamericana, él comenzó a nombrar, con limpidez elástica, los seres de hoy y sus odiseas banales. Un mundo de fábricas y suburbios, de burócratas y avisos de neón, de barrio bajo y estrellas de cine.

Un habitante
Este hombre no tiene nada qué hacer
sabe decir pocas palabras
lleva en sus ojos colinas
y siestas en la hierba.
Va hacia algún lugar
con un paquete bajo el brazo
en busca de alguien que le diga
"Entre Usted"
después de haber bebido el polvo
y el pito largo de los trenes
después de haber mirado en los periódicos
la lista de empleos
No desea más que dónde descansar
uno por uno sus poros
Hay tanta soledad a bordo de un hombre
cuando palpa sus bolsillos
o cuenta los pollos asados en los escaparates
o en la calle los caballitos
que fabrica la lluvia feliz
Y dentro en la tibieza
las bocas sonríen a la medianoche
algunos se besan y atesoran deseos
otros mastican chicles
y juegan con sus llaves
crecen los bosques de ídolos
y el cazador cobra su mejor pieza.

Con razón su primer libro se titulaba |Poemas urbanos (1966). Al publicar su segundo, |Noticiario 67, un volumen secundario dentro de su producción, Rivero insertó en mitad de él un texto, "El poeta habla de sí mismo", en el cual esboza su poética. Dice allí: "Mi participación en el quehacer poético tiene el carácter de irregular. Se deduce de la forma de mi poesía amétrica y prosaica y de su tono contenido y directo, que anuncia una voluntad poética nueva... Son versos antideclamatorios. Duros, sin ritmo. Que afrentan la poesía convencional". Y agrega: "Se trata de escribir con claridad. De preferir la palabra común a la palabra ampulosa y ornamental. Se trata ante todo de ser directo... Es como si no hubiera tiempo para ser inteligente".

Incorporó también al verso la letra de las canciones populares -tangos y boleros- y algo de la luminosidad estática del cine -no la película, sino el afiche que lo anuncia; no la actriz actuando, sino fija en la carátula de una revista- para contrastar así lo gris de esas existencias con sus sueños también prefabricados: esos romances anodinos y esas muertes anónimas. Logró, más tarde, una poesía conversacional y fluida, nunca quisquillosa ante el desorden de un país improvisado, sino aprovechándose, por el contrario, de su hervor y colorido. Del mal gusto de su desgas te diario.

Poesía hecha con la vista, impregnada de ruidos, golpeada por los gritos de los vendedores callejeros, sudorosa y cursi, el sentimentalismo que la distingue muestra a nivel humano las dimensiones de una historia toda hecha de propósitos irrealiza dos.

Esa coexistencia de niveles tanto populares como cultos -los de un obrero que comienza a leer libros y se siente fascinado por los medios de comunicación masiva- y su final unificación mediante un lenguaje en el cual la nostalgia se adelgaza, vuelta ya poesía narrativa, hacen de Rivero el "cuenta-cosas" de este período: fotos y postales callejeras que narran lo que pasó, lo que está pasando, lo que ya dejó de existir, efímeras como un periódico. Gracias a su voluntad de apresar lo que sucede, él logró, desde sus comienzos con el nadaísmo, atrapar las verdaderas calles por las cuales transitamos. Ese bazar maloliente, hecho de |smog y perfumes baratos.

Jaime Jaramillo Escobar (1932)

Por su parte, Jaramillo Escobar colocaba la impersonalidad como un valor superior a la conmiseración o al patetismo. "Jamás huir", afirma decidido. "Si el lobo os alcanza y os devora, saboread al lobo pero no huyáis./Que vuestro placer de ser comidos sea más grande que el del lobo". Así, afirmando la muerte con "mis doce pares de costillas", él dilataba sus largos versículos bíblicos, en los cuales la vivencia del fin como un asunto cotidiano explotaba en ráfagas de humor negro o se tornaba apocalíptica. Cristalizaba en perfectos silogismos:

Proverbios de los charlatanes
Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido
o lo mata o le pregunta algo,
los charlatanes pueden alargar indeterminadamente
la conversación
a fin de alargar con ella la vida,
pues la defensa se permite... a quien puede defenderse.
Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse:
no por estar pintado el Faraón la Muerte no se lo va a comer.
De modo que no queda más que prolongar la conversación
ininterrumpidamente | 31 .

Los fragmentos citados de un poema más extenso muestran cómo toda retórica -incluida la retórica bíblica- puede terminar en lo absurdo. En otros poemas, como en este "Ruego a Nzame", se percibe un eco lejano de Rimbaud, errante por Abisinia, traficante de armas purgándose de la vieja lepra europea.

Ruego a Nzame
Dame una palabra antigua para ir a Angbala,
con mi atado de ideas sobre la cabeza.
Quiero echarlas a ahogar al agua.
Una palabra que me sirva para volverme negro,
quedarme el día entero debajo de una palma,
y olvidarme de todo a la orilla del agua.
Dame una palabra antigua para volver a Angbala,
la más vieja de todas, la palabra más sabia.
Una que sea tan honda como el pez en el agua.
¡Quiero volver a Angbala!

Recobrando de este modo un vocablo limpio de toda culpa, Jaime Jaramillo Escobar podía hacer detonar sus cargas explosivas. El erotismo, proclamado por Jorge Gaitán Durán -a través de las páginas de la revista |Mito- como un valor subversivo, recobraba ahora sus poderes en una perspectiva homosexual. Todo ello en medio del mustio clericalismo conservador que empequeñecía cualquier manifestación vital de los colombianos con su rutina formalista y su sempiterno legalismo. Ese signo ascendente que era el cuerpo no sólo había sido reprimido, sino que en aquellos años de la Violencia, de 1948 a 1962, había resultado acuchillado y castrado en el sangriento festín sádico en el cual los campesinos, con sus vientres abiertos a machete y sus sexos cortados y metidos dentro de la boca, expiaban tantos años de prédica religiosa y pugnas partidistas.

En otro plano, a nivel institucional, las aparentemente irreconciliables diferencias entre liberales y conservadores, que permitirían, en 1953, por lo acentuado de su enfrentamiento, un golpe de estado, seguido por cuatro años de gobierno militar con participación civil, desembocarían, a partir de 1958 y hasta 1974, en el Frente Nacional, por medio del cual los dos partidos tradicionales compartían el poder y toda la fronda burocrática, alternándose en él cada cuatro años. Luego, a partir de 1978, cuando la paridad sólo se ejercía a nivel ministerial, acordaron también "dar participación equitativa y justa al partido mayoritario distinto al del Presidente de la República", para así frenar, a lo largo de estos años de neutralización política, el río de sangre y civilizar un tanto la barbarie desatada por terratenientes y caciques, los cuales buscaban, en realidad, apoderarse de las tierras abandonadas por los campesinos aterrorizados en su atropellada fuga hacia las ciudades. Tal fenómeno cambiaría de modo radical la fisonomía del país: éste dejaba de ser rural pan trocarse en dos docenas de ciudades llenas de inmigrantes en busca de oficio.

Tales datos pueden ayudar a comprender mejor una poesía como la de Jaime Jaramillo Escobar en sus primeros tiempos o lo que se llamó "la novela de la violencia en Colombia", más válida testimonial y sociológica que artísticamente y sólo resuelta a este último nivel por libros como |El coronel no tiene quien le escriba (1958) y |La mala hora (1961), de Gabriel García Márquez, sobre los cuales el propio autor ha dicho: "No me arrepiento de haberlos escrito, pero constituyen un tipo de literatura premeditada, que ofrece una visión un tanto estática y excluyente de la realidad. Por buenos o malos que parezcan, son libros que acaban en la última página".

Una poesía como la de Jaime Jaramillo Escobar, si bien se nutre de circunstancias igualmente afligentes y hunde sus raíces en semejante horror, las trasciende, haciendo de la implacable realidad del poema una realidad más acerada que la de los determinismos históricos. Ellos están allí, pero ella supera tales restricciones. Obtiene el ritmo de una celebración histórica, exultante en el ennoblecimiento verbal de la futura carroña:

Rebelión de la materia, el cuerpo se avolcana, se incendia,
impone hermosura,
y no queremos ser un solo cuerpo;
pero yo aconsejo: hazte amigo del sepulturero.

"En cualquier parte donde nos encontramos ya hemos llegado", afirmaba Jaramillo Escobar, y por ello los escenarios en los cuales trascurre su primera poesía son en el fondo afines. Ya se trate del suburbio, de oficinas públicas, de países imaginarios o selvas chocoanas, en todos ellos resulta palpable el deseo de recuperar, a través de una instancia imaginaria, lo que los apresurados y roñosos días nos otorgan y nos quitan. La poesía, entonces, se presenta como cumplimiento de todo cuanto hay de precario en nuestros desabridos oficios, afirmando su irónica interrogación creativa: "La pregunta es siempre igual, pero todas las respuestas son distintas", y manifestando, finalmente, cómo ese diálogo tenso con el único interlocutor posible, la muerte, se resuelve gracias a la vitalidad de su sarcástica certeza descreída: "La tierra es nuestro único cielo". Sus últimos libros, |Sombrero de ahogado o Poemas de tierra caliente, escritos en la década de los ochenta, dejan atrás el fenómeno del nadaísmo como agrupación colectiva. Son, en su calidez y en su humor, en su forma tan acertada para recrear un espacio verbal muy colombiano, muestras de la mejor poesía que se ha escrito entre nosotros. Hablando en una entrevista reciente de su participación en el nadaísmo y de sus preocupaciones a nivel poético, decía Jaramillo Escobar: "El nadaísmo impuso un cambio en la mentalidad colombiana. Se obtuvieron mayores libertades, entre ellas la de utilizar las palabras que uno quiere y necesita. Hubo un cambio en la mentalidad anticuada y esto ha sido reconocido en lo social y en lo político. En cuanto a mí se refiere, actualmente escribo para toda la gente, y me preocupa que la poesía sea útil, lo que significa que se refiera a los problemas de la gente. La poesía debe volver a ganar el respeto y esto se logra preocupándose por los demás. Cuando algo no se entiende es porque su autor no sabe lo que quiere decir o nos quiere engañar. Desde hace mucho conozco la poesía brasileña, que es maravillosa. Desde hace cincuenta años este país tiene la mejor poesía de América Latina" | 32 . Este hombre ordenado y tímido, surgido en medio del apocalipsis nadaísta, se ha convertido así, paradoja última, en el autor de una obra que sin renegar del nadaísmo lo prosigue en un nivel más alto y a la vez más profundo: el de la auténtica poesía.

El clima nadaísta

Al nombre de Gonzalo Arango, líder del movimiento y ante todo prosista, y a los dos poetas comentados -Mario Rivero y Jaime Jaramillo Escobar- habría que añadir los nombres de J. Mario y Eduardo Escobar como figuras claves del grupo, que, hecho curioso dentro de las letras colombianas, sí se presentó como un movimiento y mantuvo tal propósito: redactó sucesivas proclamas definiendo sus posturas, publicó revistas, estableció contactos con grupos afines de América Latina y propició con sus escritos, en la década del sesenta, una renovación dentro del marco convencional colombiano que hoy en día, en un balance final, podemos considerar fructífera en cuanto trajo a la casa cerrada de la poesía colombiana, con cuarenta años de retraso, varios aromas nocivos y algunas semillas de rebeldía, tan pueril como sugestiva.

Consiguió así que una literatura más próxima a los torbellinos del inconsciente, más fresca en su aproximación al erotismo, más desvergonzada en su vocabulario, más cruda en su aproximación a un mundo grotesco o estúpido, abriera, con su ruptura de la lógica, con su incoherente fraseo, con la brusquedad o la ligereza de su humor, una brecha en el hegemónico espíritu de seriedad de la literatura colombiana, urbanizándola y llegando con sus gritos de combate a nuevos núcleos de lectores. Logró también hacer de la poesía otro producto más del consumo, pro mocionándola a través de |slogans publicitarios en el reciclaje constante de muertes y resurrecciones que pautaban las diversas crisis internas por las cuales el grupo atravesó. Pero, en realidad, ¡qué lejos su ética del rigor con que el surrealismo concibió la revolución como |poesía práctica y a la práctica de la poesía como |actividad revolucionaria!

Recapitulando, vemos cómo, en su mayoría, los miembros del grupo tenían origen campesino y habían iniciado sus estudios en colegios y seminarios orientados por sacerdotes católicos; luego, con su ingreso fugaz por la universidad y por los primeros trabajos, habrían de incorporarse al desarrollo de ciudades como Cali, Medellín y Barranquilla, para luego sí establecerse en Bogotá o retornar a ellas asumiendo como punto de partida de su trayectoria el asesinato del líder populista Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, y como factor determinante de su evolución esa guerra civil no declarada que fue conocida como el período de "la violencia en Colombia", entre 1948 y 1962.

La peculiar estabilidad de un régimen político sustentado en el manejo compartido del poder por parte de los dos partidos tradicionales -liberal y conservador- limitó las formas de participación ciudadana, además de propiciar las ya conocidas discriminaciones sociales y de clases. La actividad nadaísta, en cierto modo, puede verse como un sustituto de ellas. Mientras muchos jóvenes se incorporaban a la guerrilla, los nadaístas eligieron el escándalo y la literatura, pero tanto unos como otros recibieron el impacto de la revolución cubana y, mucho más atenuados, los efluvios malolientes del hippismo y del mayo francés. Todas estas referencias sirven apenas para fechar una época de múltiples cambios en la sensibilidad juvenil. Los nadaístas, en un país que ha sido denominado por uno de sus ex-presidentes como "el Tibet de Sudamérica", los hicieron suyos, agitándolos como banderas en contra de lo establecido.

Los escritores nadaístas vieron también cómo su propósito de oxigenar el ámbito cultural se contradecía en el papel ciertamente vetusto que el poeta continuaba desempeñando en un país que se expandía en forma desordenada y crecía, desquiciando de paso todas sus estructuras, a una velocidad mucho mayor que aquélla en la cual el ingenio del grupo, en tantos casos convertido en simples payasadas, intentaba encarnada.. Así Camilo Torres, sacerdote católico, ingresó y fue muerto en la guerrilla. Ésta, ya en nuestros días, y a través del M-19, actualizó sus métodos de lucha secuestrando durante varias semanas a buena parte del cuerpo diplomático acreditado en el país o bombardeando con morteros el palacio presidencial, durante el gobierno de Turbay Ayala. Ningún nadaísta, ni siquiera bajo los efectos de las drogas alucinógenas -que convirtieron en parte de su arsenal subversivo-, podría haber previsto semejante delirio. Además la moral se relajó liberalizándose cuatro o cinco grupos económicos concentraron, mediante su red de empresas, el capital disponible, y la marihuana dejó de ser un fruto prohibido para convertirse en fuente de divisas. Después de su caída, la cocaína continuaría manteniendo una economía subterránea paralela a la oficial y en muchos casos mucho más rica que ésta.

Todo lo anterior, que bien parece un recuento periodístico, se transcribe pensando precisamente en que los nadaístas prestaron una atención casi exclusiva a la actualidad más inmediata, lo cual contribuyó a rebajar su afán creativo. Prefirieron en muchos casos la atracción de la noticia a la ascesis distanciada que implica escribir poesía. Disfrutaron más llamando la atención que elaborando una obra de largo alcance sustraída al impacto final. No tanto por poner en duda la capacidad de la escritura para reflejar la vida como por acentuar, al máximo, una dudosa bohemia y un énfasis vitalista. Aún así prosiguieron en su indagación. Un poema de Eduardo Escobar lo corrobora, mostrando, de paso, ese misticismo laico que en tantos casos tiñó sus poemas, en ningún momento ajenos a la lectura de textos orientales y budismo-zen:

Busqué a Dios
Busqué a Dios con sinceridad y paciencia
En el directorio telefónico
En aguas mansas y turbias
Y en las precipitaciones de agua
Lo busqué en la ausencia de lo que amamos
Y en los desperfectos de nuestra mansedumbre
Me fui tras él por ciudades pequeñas
Busqué su fotografía cada mañana en los periódicos
Amé en la risa de las muchachas su risa
Y en la mirada de mi prójimo
Encontré muerte en todas partes
Pero buscar es lo que importa.

Ellos, en conclusión, mantuvieron como premisa el carácter insumiso y crítico de la actividad artística, no sometiéndola en teoría a ningún alinderamiento ideológico o político. Recalcaron la inutilidad desmitificadora de la palabra poética -indispensable no se sabe para qué, como dijo Jean Cocteau- y reclamaron para ella una especificidad propia, lo cual es perceptible más en el ademán general del grupo que en su propia labor creativa, lastrada en tantos casos por remanentes desuetos -el poeta, ser maldito que dice no a la cultura, sí al irracionalismo, con todo lo que hay de moda cultural tardía en tales planteamientos- o agobiada todavía por los tortuosos fantasmas del pasado, que les vedaba la posibilidad de conseguir un lenguaje estrictamente contemporáneo, el lenguaje que sólo tres o cuatro de ellos, alejados, en alguna forma, de ese caldo de cultivo que fue el nadaísmo, han obtenido a veinte años de su fundación. Éste, en muchos casos, arrastraba los detritus de voces engoladas y acentos declamatorios, mezclándolos con estridencias de niños mal educados.

Creían aún en la poesía como un medio de redención colectiva y por ello sus textos, al contrario de lo que Pound pedía, no semejaban, en sus comienzos, "una conversación entre gente inteligente". Eran más bien las intervenciones públicas de un ser pintoresco y llamativo dirigiéndose a un auditorio analfabeta o semi-culto, de universidad o de sindicato, que si bien no dejaba de aplaudir o reírse no por ello realimentaba esta poesía que en tantos casos concluyó en el tedioso objetivo de ser ingeniosa a toda costa. Ese retorcimiento final, en pos de la broma última, anulaba todo sentido. La convertía en chiste.

Pero algunos de estos "chistes" se sitúan, con pleno derecho, entre lo mejor que ha producido la poesía colombiana durante estas décadas. Me refiero a los libros |Baladas (1980), de Mario Rivero; |Mi reino por este mundo (1980), de J. Mario (nacido en 1940 y quien de forma más desenfadada y constante ha mantenido vivos los ideales del grupo, gracias, entre otras cosas, a la pirueta eufórica que varios de sus poemas proponen), y Extracto de poesía (1982), de Jaime Jaramillo Escobar. Éstos, junto con varios poemas de Eduardo Escobar, dispersos a lo largo de sus seis libros publicados entre 1966 y 1977, constituyen el aporte concreto del nadaísmo a nuestra literatura. Aporte que no ha logrado sobrepasar aún la órbita local para insertarse en un con texto quizá más problemático pero por ello mismo aún más exigente: el contexto de la actual poesía latinoamericana, en el cual el nadaísmo es sólo reconocido como un apéndice, en tierras colombianas, de la gran aventura surrealista | 33 .

Pero acaso eso se deba al comportamiento infantil con que el nadaísmo quiso congelar una adolescencia que a ellos debía parecer mítica sólo por ser la suya. No lo era. La crueldad que proclamaban era apenas la del país sometido a un largo baño de. sangre. La violencia de los textos nadaístas llega a ser irrisoria no sólo comparada con la violencia que asolaba calles y plazas de pueblos y ciudades colombianas, sino medida en relación con los desórdenes psíquicos y las perturbaciones mentales que sacudían a sus habitantes. Los nadaístas, por su parte, tampoco previnieron lo que vendría: las formas novedosas o inusuales mediante las cuales ese nuevo país también se expresaría, dejándolos atrás. Algunos de sus últimos textos -pienso sobre todo en los de Jaime Jaramillo Escobar- aseguran un renacer ya no del grupo sino de voces individuales aisladas, las voces de poetas específicos. Intentar mantener vivo el nadaísmo no es más que una nostalgia enfermiza. La última perversión de adolescentes que se creían malignos. Por ello quizá estas palabras de George Bernanos, en su Crepúsculo de los viejos, resulten adecuadas para cerrar este repaso del nadaísmo, un movimiento literario colombiano que tuvo su período de auge en la década de los sesenta y cuyos integrantes llegan hoy al medio siglo. Dice Bernanos: "Todo hombre acaba por descubrir un día una verdad cuyo fruto amargo sería poco prudente, por otra parte, dejar compartir a la juventud: que la vejez es frívola. De una frivolidad mitigada por la calvicie, el reumatismo, la gota y el catarro, para no hablar de otras servidumbres y, por ejemplo, de esas pasiones espectros, sin movimiento, sin color y sin calor, aunque de una voracidad terrible, imágenes petrificadas de la adolescencia" | 34 .

|Jaime Jaramillo Escobar: "El buen poema se come frío" | 35

Dentro de esas voces, ya netamente definidas, la de mayor resonancia, incluso con relentes populistas, en sus apariciones públicas, ha sido la de Jaime Jaramillo Escobar.

"Decir todo lo que le dé la gana, que para eso es poeta", afirma Jaime Jaramillo Escobar al concluir el primer poema, "Perorata", de su libro |Sombrero de ahogado y ese dictamen revierte sobre el cuerpo poroso y zigzagueante de todo el volumen, dotando de un sentido último a su caudaloso flujo. Éste no es otro que el goce de crear a partir de la nada y amparándose en la voz de un culebrero, de un pregonero de milagros, de un Blacamán lírico, un objeto bello, válido en sí mismo y no dependiente de ninguna realidad externa: "esta cajita roja vacía en la que, como podéis verlo, no hay nada, absolutamente nada, sino ella misma sola por dentro".

Pero este mago de feria de pueblo, que ofrece poemas como serpientes ante un auditorio lelo, ha logrado con tal despliegue de sus artes de prestidigitador ofrecernos una reflexión no sólo sobre los trabajos del poeta sino sobre la índole misma del producto que moldea ante nuestros ojos:

Si, señores, caballeros, no temáis. Este verso es un endecasílabo, bueno para el insomnio; y éstos son tercetos, contra las quemaduras. Y una décima para el dolor de cabeza. Dije una décima; no una pócima.

Así, de este modo, el poema se elabora allí enfrente, dilatan do sus espirales en expansión jubilosa o concentrando su mirada mediante un reverso irónico. El poeta, con algo de Zaratustra que danza, nos revela sus secretos:

Mientras muevo mi mano en su interior para amansar el poema, os voy diciendo, oh señores: no leáis poemas pesados ni ásperos. El poema llene que ser flexible, escurridizo, ondulante, con un cuerpo frío que os estremezca y en la cabeza una boca capaz de haceros cualquier cosa,

concluyendo con una pirueta, por burlona no menos renovadora: "el buen poema se come frío".

Algo de esa voluntad de volver práctica su tarea es la que le da a este libro un carácter singular dentro de la actual literatura colombiana. El nihilismo nadaísta con su esterilizante prédica, visible, cómo no, en muchos. de los helados silogismos de su anterior compilación poética, |Extracto de poesía (1982; véase, por ejemplo, "Acta de los testigos", "Proverbios de los charlatanes" o "Diálogo de los intérpretes"), se ha trocado, en este caso, en. una palabra mucho más cálida y menos intelectual. No tan distanciada. Ya no se trata de hacer compatibles diversas versiones de la |Torá. Ahora se busca hablar de esa caja que "ha viajado conmigo medio mundo. No siempre he puesto en ella ágiles y rebeldes poemas. A veces también mi muda de ropa".

Lo personal y lo genérico, lo individual y lo colectivo, el refrán y la estadística, todo convive en estas líneas, pero la voluntad de impactar, mediante el exhibicionismo escandaloso, ha madurado y se ha vuelto mucho más maleable debido a que la autobiografía de quien habla se halla expuesta con inquietante honestidad y demoledora belleza.

En tal sentido, "Sarta del río Cauca" es ejemplar: el niño y su caballo, el diálogo que los dos establecen y los viajes que emprenden. Ese viaje hasta el río Cauca -"El río más bello del mundo es el primer río donde nos bañamos desnudos"- y el juego, hecho de cariñosa burla, con que el poeta se ve a sí mismo, recuperando una infancia no mágica, como siempre se dice de ella, sino real. Una infancia en la cual los caballos comen "dulce caña picada, aguamiel con salvado, bananos partidos" y conducen a los adolescentes de trece años por los caminos de las montañas, oyéndoles recitar poemas de Porfirio Barba-Jacob:

No recuerdo ningún comentario de mi caballo acerca de los poemas, pero si yo dejaba de recitar, él se detenía.

Poemas para comer, poemas para curar, poemas para hacer menos largo un viaje y animar un caballo: los temas de este libro son la niñez y la infancia campesina; la violencia rural y urbana; los amigos y el mundo indígena; el arte de escribir y hablar, en poesía, de ese más allá de los fantasmas, "que es también el más acá, porque está alrededor nuestro y nos aprieta", de los viajes y los amores: "Arcesio, Arnulfo, Otoniel, Juvenal", de la droga y los otros poetas: Barba-Jacob, Ciro Mendía, Jotamario. También, no sobra decirlo, de la política, en la mejor acepción de la palabra, y de una comprensión, dúctil y socarrona, de su país y las simples realidades vitales.

La vocación de Jaramillo Escobar por expresar un yo colectivo, devolviéndole el canto al pueblo, rescatando las raíces negras e indígenas de Colombia y reafirmando el origen campesino de nuestras ciudades, podría ser el equivalente poético de un populismo político.

No es así. Son los detritos líricos los que utilizan los políticos, del mismo modo que todos los boleros de Agustín Lara no logran enturbiar la fuente de la cual provienen: la vigorosa y melodiosa música de Rubén Darío.

Pero dejémosle, mejor, la palabra a Jaramillo Escobar, quien en carta fechada el 18 de octubre de 1983 razona sus propósitos:

Cada poema mío es ahora una arenga para levantar el espíritu, el ánimo, la voluntad. Bien mirado, Colombia no es todavía una unidad y puede desintegrarse. Aglomeración amorfa de razas, de castas, de intereses, de egoísmos, montonera primitiva y errante, sin destino. Venezuela puede coger su pedazo, el que quiera puede coger su pedazo, y los gringos el resto. Pero hay que hacer un intento, vale la pena hacer un intento, no importa si fracasa. Y es la poesía la que puede establecer leyes en el corazón de los hombres. No es el gobierno. Es la poesía. Te parecerá primitivo pero así es | 36 .

Aunque el eco de Fernando González resulta obvio, lo que sí no resulta nada primitivo es la habilidad con que Jaime Jaramillo Escobar compone sus poemas. Poemas, como ya he dicho, sobre la infancia campesina ("San Lorenzo"), sobre el servicio militar, sobre la violencia (como el impactante "Las hijas del muerto"), sobre sus amores homosexuales (como "Inscripción" o "Licantropía") o sobre el mundo indígena (como "Mi vida con el chamán": "es bondadoso a la manera de la selva, o sea con una dureza que asusta"): él logra en ellos que las anécdotas más trascendentales, los chistes obvios, los incidentes que no parecen venir a cuento, nos vayan envolviendo, poco a poco, en un sortilegio muy férreo.

Hipnotizados por su aparente incoherencia y por los sucesivos cambios en el punto de vista, apenas si alcanzamos a darnos cuenta de que el poema ha terminado, desvaneciéndose como un guiño travieso. Así sucede con "La muerte del novio" o "El mundo de las maravillas". Pero nada es inocente. Todo se halla calculado para producir un efecto. Para permitirnos apreciar, velándolo, el discurso subyacente, que se oculta y aparece, dejándose percibir en sus irrupciones fugaces. Ésta no es otra que su búsqueda, muy personal, de una inocencia armada, de una tenacidad cabecidura, como lo dice refiriéndose a Jotamario en el poema que le dedica.

No es un pueblo que narra una masacre, ni una generación que trata de exorcizar una amplia y difundida crueldad colectiva. Es el niño, apenas, que ha vivido toda la vida en el infierno -ese infierno se llama Colombia- y trata ahora de recobrar la salud y la energía. En contra de la costumbre del vicio y de la palidez, busca inmortalizar, con la fugacidad verbal de todo lo terreno, esos momentos de dicha imponderable: "¡Oh día de gloria, dádme un sobregiro!". Por ello no vacila en emprender una demoledora crítica de su propia raza: "Todo el orgullo de los antioqueños -ese falso orgullo- reducido a sus borracheras de aguardiente", y de las ciudades que le son próximas: "Ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: ¿Cuánto vale? (como los gringos). / Y una sola respuesta: ¿Cuánto me rebaja?", contra la sociedad de consumo, contra la degradación de la naturaleza, contra el deterioro en la calidad de vida, contra la abyecta marginalidad a la cual el capitalismo reduce al indio, al negro y al poeta. Contra "la payasada norteamericana".

"Época de violencia, de ladrones y asesinos", dice en "Las hijas del muerto", y luego comprende cómo "el poema no admite más ejemplos. Acudid a las actas". Sobrepasado por el horror, por esa "vida innoble, única conocida", él solo puede repetir, petrificado, esos momentos que lo marcaron a sangre y fuego.

Quizá, al traerlos así, en su desnudez inmediata, a nuestro conocimiento, podamos asimilarlos y superarlos. Por ello su poesía, como él dice de la de Jotamario, "nos es necesaria para el  esclarecimiento y el goce".

A mediados de 1980 escribí un largo ensayo: "El nadaísmo, 1958-1963". Allí anotaba, a pie de página, cómo los cuentos breves de Jaime Jaramillo Escobar daban, con humor negro nada común, una visión muy exacta de la violencia colombiana. En este libro, dicho trauma social se halla situado como trasfondo de sus textos, pero su capacidad poética, la más valiosa dentro del grupo que le dio origen, remite a una dimensión mucho más amplia y acuciante. Ninguna poesía más actual que ésta.

A partir de sus inteligentes lecturas de poetas brasileños y de sus traducciones y recreaciones de Geraldino Brasil, Jaime Jaramillo Escobar vuelve a situarse menos en una vanguardia parroquial, que al frente de la poesía que se escribe en América Latina. Así él nos reinserta en "una temporalidad original, anterior a la historia, que desconfía de esa historia y que inaugura un mundo: el de la imaginación poética". Su actualidad es la actualidad perdurable de toda buena poesía: "Sólo lo que se en tierra vivo vivirá".

Bibliografía del nadaísino

Antologías: |13 poetas nadaístas, Medellín, Ediciones Triángulo, 1963. |De la nada al nadaísmo, Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1966.

Gonzalo Arango: |Manifiesto Nadaísta, Tipografía Amistad, 1958. |Nada bajo el cielo-raso y HK-111 (teatro), Medellín, Imprenta Departa mental de Antioquia, 1960. |Sexo y saxofón (cuentos), Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1963. |La consagración de la nada y Los ratones van al infierno (teatro), Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1964. |Prosas para leer en la silla eléctrica (artículos), Bogotá, Editorial Iqueima, 1966. |El oso y el colibrí, Medellín, Editorial Albón, 1968. |Obra negra (antología preparada por J. Mario), Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1974. |Providencia, Barcelona, Editorial Plaza y Janés, 1972. |Fuego en el altar, Bogotá, Editorial Plaza y Janés, 1974.

Eduardo Escobar: |Invención de la uva, Medellín, Ediciones Papel Sobrante, 1966. |Monólogos de Noé, Medellín, Editorial Gamma, 1967. |Segunda persona, Medellín, Editorial Antorcha, 1969. |Del embrión a la embriaguez, Medellín, Editorial Antorcha, 1969. |Cuac, Medellín, Editorial Gamma, 1970. |Buenos días noche, Medellín, Editorial Gamma, 1973. |Cantar sin motivo, Bogotá, Cromos Editores, 1977. |Confesión mínima (antología), Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1975. |Antología poética, Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales, N° 35, 1978.

Jaime Jaramillo Escobar (X-504): |Los poemas de la ofensa, Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1968.

Julio Romero: |Cartas del soldado desconocido, Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1971.

Jotamario: |El profeta en su casa, Medellín, Ediciones Triángulo, 1965.

Humberto Navarro: |Los días más felices del año (novela), Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1966. |El amor en grupo (novela), Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1974. |Alguien muere al grito de la garza (novela), Medellín, Editorial Gamma, 1977.

Elmo Valencia & Jotamario: |El libro rojo de Rojas, Bogotá, Ediciones Culturales, 1970.

Armando Romero: |El demonio y su mano (cuentos), Caracas, Monte Avila Editores, 1975. |El poeta de vidrio, Caracas, Fundarte, 1979.

Mario Rivero: |Poemas urbanos, Bogotá, Antares-Tercer Mundo, 1966. |Baladas, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales, N° 42, 1980.

Fanny Buitrago: |El hostigante verano de los dioses (novela), Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1963.

David Bonells Rovira: |La noche de madera, Cúcuta, Imprenta Departamental, 1965.

Jaime Espinel: |Ésta y mis otras muertes (cuentos).

Manifiestos

Manifiesto nadaísta, 1958.

Las camisas rojas (Medellín), 1959.

Primer manifiesto vallecaucano, 1959.

Mensaje bisiesto a los intelectuales colombianos, 1960.

Explosiones radioactivas de la poesía nadaísta, 1960.

Manifiesto a los escribanos católicos, 1961.

Mensaje a los académicos de la lengua, 1962.

Las promesas de Prometeo (Manifiesto capital), 1963.

Dignidad y desamparo del arte, 1963.

El sermón atómico, 1964.

Manifiesto nadaísta al |Homo Sapiens, 1965.

Manifiesto poético, 1966.

Terrible 13 manifiesto nadaísta.

Manifiesto amotinado, 1967 (Barranquilla).

El nadaísmo y las fuerzas desarmadas, 1968.

El nadaísmo informa, 1968.

Manifiesto de emergencia.

El nadaísmo con Fidel, 1971.

Manifiesto de la tribu.

Al sacerdote-poeta Ernesto Cardenal, 1978.

31 Todas las citas de poemas corresponden a X-504: |Los poemas de la ofensa (Bogotá: Tercer Mundo, 1968), p. 135.
32 "Del misterioso X-504 al solitario Jaime Jaramillo Escobar", entrevista con Ramiro Madrid Benítez aparecida en |Contrastes, revista dominical del periódico |El Pueblo, Cali, julio 17 de 1983, pp. 8-10.
33 Las mejores aproximaciones a la poesía latinoamericana de este período se hallan en los diversos libros de ensayos de Octavio Paz y en el volumen de Guillermo Sucre, |La máscara, la transparencia, Caracas, 1975. Es de interés también, por sus afinidades con el nadaísmo, la |Antologia de la poesía surrealista latinoamericana de Stefan Baciú, México, 1974, y la |Antología de la poesía viva latinoamericana, Barcelona, 1966, de Aldo Pellegrini, que incluye a Jaramillo Escobar y J. Mario.
34 Georges Bernanos: |Crepúsculo de los viejos (Buenos Aires: Ediciones Troquel, 1960), p. 122. El artículo original es de 1932.
35 Jaime Jaramillo Escobar: |Sombrero de ahogado (Medellín: Colección Autores Antioqueños, 1984), p. 105.
36 Ver Jaime Jaramillo Escobar: |Selecta (Bogotá: Tercer Mundo Editores), p. 87.

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