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AL TAL VEZ LECTOR

Poesía colombiana del siglo XX o de Silva a nuestros días. En las páginas que siguen se reúnen, a partir de una propuesta de lectura, diversos ensayos sobre el tema, visto tanto desde una perspectiva individual como colectiva. Se consideran así el período 1930-1945, la labor de la revista |Mito (1955-1962), la agitación nadaísta, que se inicia en 1958, y aquellos poetas que comienzan a publicar sus primeros libros hacia 1970. Al mismo tiempo se incluyen trabajos sobre José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Luis Carlos López, Porfirio Barba-Jacob, Álvaro Mutis, Jaime Jaramillo Escobar y Darío Jaramillo Agudelo, quienes provenientes de algunos de esos núcleos, o siendo figuras aisladas y de transición, van dibujando su propia secuencia personal, de superación y enlace, ajena a restricciones cronológicas, generacionales o de escuela. Barba-Jacob, por ejemplo, no sólo expresa la reacción contra el modernismo, gracias al énfasis romántico, como lo señaló Federico de Onis en su |Antología de la poesía española e hispanoamericana hablando del "postmodernismo" (1905-1914) e incluyendo de Barba poemas como "Elegía de Sayula", "Canción sin nombre" y "Lamentación de octubre", sino que algo de su "postmodernismo" pervive en León de Greiff, modernista a su modo, e incluso en Jaime Jaramillo Escobar: la intensidad patética como forma de escarnecer una sociedad pacata Líneas, como se ve, que se prolongan a través del tiempo, disolviendo clasificaciones académicas y convirtiendo el tejido de la historia nuestra poesía en algo mucho más rico y diversificado, a pesar su íntima pobreza.

¿Hay entonces algo más fresco y enigmático que este poema de 1897?

 

El anochecer
 
Canta la fuente en el jardín. La tarde
se apaga, seda y oro, y una nube
en el ocaso entre arreboles arde.
Baja la noche. El pensamiento sube.
En torno sombras. Entra.
Todo en reposo. El bosque es negra mancha.
La visión del espíritu se ensancha
y el alma en el recuerdo se concentra.
En las manos la frente taciturna.
Sueños... Sombras... Callada la arboleda.
 Todo se ha ido...
En la quietud nocturna
el rumor de la fuente solo queda.

Pocos sabrán que el poema forma parte de las "Acuarelas", de Ismael Enrique Arciniegas y que ciertos versos perfectos - "Baja la noche. El pensamiento sube"- tienen una densidad espiritual cada día más reveladora. ¿No dicen acaso algo semejante de algún poema de Octavio Paz, en |Ladera este (1969)?.

La poesía, hecha de tiempo y fabricada contra él, va más allá del lugar y las fechas en que fue compuesta. Sin embargo, la poesía colombiana, como el país quizá, adolece del prurito, cuando no infantil, patético, de querer estar al día. De sentirse atrasada. Al repasar este siglo he advertido cómo la lírica colombiana, al margen de otros signos distintivos, busca, a toda costa, ser moderna, importando productos que antes no habían llegado. Los Nuevos lo hicieron con las greguerías. Piedra y Cielo con Juan Ramón Jiménez y la novedad que entonces era la poesía pura. Los de |Mito se entusiasmaron con Perse y aún subsiste algo muy nerudiano en Álvaro Mutis. Los nadaístas repitieron, en Cali y Medellín, los "aullidos" de Ginsberg y los más recientes han (hemos) caído bajo los deslumbramientos de Borges, el surrealismo o Cavafy.

En consecuencia, nuestro poeta más actual sigue siendo José Asunción Silva. Él podía tener en mente a Poe, los simbolistas o lo que se quiera -el poeta casi siempre tiene demasiados libros en la cabeza-, pero como lo dijo Xavier Villaurrutia, en el prólogo a |Laurel (1941), refiriéndose a los iniciadores del gran cambio, los modernistas, ellos apuntaron al núcleo del problema: la poesía como asunto de lenguaje, y no al transvasamiento de in flujos.

Dice Villaurrutia:

 

Los precursores se llaman Manuel Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva, Julián del Casal. Son espíritus inconformes ante el eclipse de la poesía en lengua española. Al contrario de sus contemporáneos españoles, son espíritus abiertos a nuevas influencias, y, más o menos conscientemente, a menudo menos que más, pero guiados por su instinto, se enfrentan simultáneamente con el problema de la operación creadora que es la poesía y que es siempre, ante todo y sobre todo, un problema de lenguaje. La sacudida que provocan es, pues, la sacudida del lenguaje. Redescubren el sentido y el sonido de la palabra, y también su color y su materia. Vuelven a pensar en cuanto los poetas españoles y americanos que los precedieron habían enterrado, olvidado o petrificado. Restituyen al verso su condición de danza de sílabas y hacen surgir nuevamente, reconociéndoles toda su importancia, las pausas, los ritmos" | 1 .

¿De cuántos poetas colombianos se puede decir lo mismo? En todo caso, y en |Laurel, la antología que prepararon Emilio Prados, Xavier Villaurrutia, Juan Gil Albert y Octavio Paz en 1941, y que abarca 38 poetas, de Unamuno y Rubén Darío a Cernuda y Emilio Ballagas, pasando por César Vallejo y Jorge Luis Borges, sólo hay un colombiano incluido: Porfirio Barba-Jacob.

¿Por que? He aquí el otro punto el afán de estar al día, de plagiar o morir, coexiste con el aislamiento perceptible. Somos nacionalistas de puertas para adentro y el mundo, lamentablemente, no parece estar de acuerdo con nuestra escala de valores. La poesía colombiana, más allá de las fronteras patrias, no parece contar en el ancho mundo de la lengua española, en ningún sentido. Sí, claro: Silva, Barba, algo de Carranza, algo de Álvaro Mutis... y pare de contar. Fuera de Colombia, seamos honestos, nadie parece saber quién es León de Greiff y mucho menos Aurelio Arturo, para no mencionar siquiera a Luis Vidales.

Planteando así el tema: carrera para alcanzar lo que siempre termina por dejarnos de lado, y aislamiento de incomunicada provincia, podemos, con tranquilidad, comenzar a leer nuestra poesía. Es, quién lo duda, una confrontación personal con textos individuales y un intento por situarlos dentro del marco de una historia que ellos, en sus mejores momentos, trascienden a fondo. Hay, en consecuencia, que comenzar a ver la historia de nuestra poesía, por lo menos en este siglo, como un diálogo de textos: entre ellos mismos, con la lengua en que se producen, dentro del país que los vio nacer y al cual afirman o, casi siempre, contradicen. La poesía, como la violencia colombiana, son dos de nuestros rostros que aún no asumimos del todo. Violencia y poesía: allí se origina nuestra imagen más significativa. Tal el origen.

Como lector de poesía he seguido estas pistas por más de 15 años | 2 , desde cuando nuestra generación -la que en 1970 se llamó "generación sin nombre" y en 1985 llaman "generación desencantada"- comenzó a hacer pública, en periódicos y revistas, su lectura crítica de la tradición que la precedía, en Colombia y América Latina.

J.G. Cobo Borda

Bogotá, enero 3 de 1987

1 |Laurel Antología de la poesía moderna en lengua española. México: Editorial Séneca, 1941, pp. 10-11.
2 Los diversos avatares de esas lecturas se encuentran consignados en mis diversos libros de ensayos: |La alegría de leer (Bogotá: Colcultura. 1976); |La tradición de la pobreza (Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1980); |La otra literatura latinoamericana (Bogotá: Universidad Nacional, 1986); |Visiones de América Latina (Bogotá: Tercer Mundo, 1987); |La narrativa colombiana después de García Márquez y otros ensayos (Bogotá: Tercer Mundo, 1989) y |El coloquio americano (Medellín: Universidad de Antioquia, 1994) y en tres antologías que he preparado y prologado durante el mismo período: |Álbum de poesía colombiana (Bogotá: Colcultura, 1980); |Álbum de la nueva poesía colombiana, 1970.1980 (Caracas: Fundarte, 1980); y |Antología de la poesía hispanoamericana, poetas nacidos entre 1910-1939 (México: Fondo de Cultura Económica, 1985).

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