EL COLEGIO
El director del colegio
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era un hombre
excelente, piadoso, muy ilustrado en asuntos de historia y
teología, amante de las letras, escritor agudo y ameno, de carácter
recto y bondadoso, y severo en el cumplimiento de sus deberes. He
tenido no ha mucho ocasión de hacer justicia a su memoria,
escribiendo y dando a la estampa su "boceto biográfico, y siempre
conservaré de él un gratísimo recuerdo. No era idéntico a él un
hermano suyo, compañero o auxiliar en la dirección del colegio.
pues si bien era inteligente y muy honrado, llevaba la severidad de
disciplina hasta la aspereza, y era algo errado su método de
enseñar. Tenía, eso sí una excelente letra inglesa, de la que, por
el gran temor que él me inspiraba, apenas logré imitar algunos
rasgos y algo del estilo. En cuanto a la señora del director, no he
conocido mujer más angélica por su bondad y su trato, y su figura
era tan hermosa y espléndida como su alma. Nos trataba a todos los
alumnos como a hijos, y su bondad nos estimulaba más que todo a
comportarnos bien.
Aunque desde mi entrada en el colegio me hicieron repasar lo que
de aritmética e historia sagrada había aprendido en la escuela, y
me sometieron a constantes ejercicios de escritura, los cursos a
que de rigor hube de aplicarme fueron los de gramática castellana y
latina, geometría elemental y álgebra. Además, todos los alumnos
que pagábamos la enseñanza especial del dibujo, la recibíamos, y
hube de comenzar delineando orejas, bocas y narices para ascender
hasta sombrear y pintar luego a la aguada.
Pero ¡cosa curiosa que pone de manifiesto lo atrasados y aún
empíricos que eran entonces los métodos de enseñanza! en realidad
no nos enseñaban a dibujar. Ninguna noción de perspectiva ni dibujo
geométrico o lineal recibíamos, y al cabo de dos años yo había
copiado a la aguada un Napoleón, un Cambrone y otros generales
franceses, y pintado unos cuantos ramilletes de flores, canastillas
con frutas y aún paisajes, sin saber regla alguna sobre la forma,
la altura, la proporción ni la distancia de los objetos, y era
incapaz de dibujar nada con acierto al natural. Cuando, muchos años
después, me dio por dibujar paisajes campestres, hacía mil
filigranas con el lápiz, trabajando con exceso, pero mis pobres
paisajes carecían casi enteramente de naturalidad y perspectiva. El
dibujo del colegio jamás me sirvió para maldita la cosa.
Lo propio me aconteció con el latín, en cuyo estudio no pase de
menores, porque le cogió horror al método de enseñanza. Era éste el
de Nebrija, el más estúpido, aplicado en Bogotá, que jamás se haya
imaginado. Consistía en meterle a uno en la cabeza, de memoria,
unas cuantas reglas de declinación y conjugación, escritas en latín
(que los alumnos repetíamos sin conocer en manera alguna su
sentido); y el
|musa -
|musoe, y el bonus -
|bona -
|bonum, y amo -
|amas -
|amare -
|amabi -
|amatum, eran inoculados
en nuestros cerebros por el conducto indirecto de las palmas de las
manos, es decir, a fuerza de
|ages que aparejaban ferulazos
terribles. Con aquel método, sin comenzar por enseñarle a uno a
pronunciar el alfabeto latino ni suministrarle reglas y nociones
elementales que fuesen inteligibles, había que saber latín para
aprender latín!... No sin razón todos detestábamos de esta hermosa
lengua madre, sin cuyo conocimiento no hay verdadera ni segura
instrucción literaria, y, o no la aprendimos, o la aprendimos muy a
medias.
Años después, cuando yo estudiaba jurisprudencia, la necesidad
de leer los códigos romanos y los antiguos expositores del derecho
español me obligó a esforzarme por entender el bello latín de
Justiniano y el macarrónico de las
|Glosas de Gregorio
López; y deploré en el alma la ignorancia en que me dejaron en el
primer colegio, no obstante el
|mascula sunt maribus que dantur
nomina solum y demás amenidades del Nebrija. Es curioso que me
sucedira lo mismo que a Benjamín Franklin. En 1859, época en que
tuve un conocimiento algo avanzado de mi propia lengua, y hablaba y
escribía corrientemente el francés y aprendí el italiano, fue
cuando se me vino a facilitar por estas tres lenguas latinas, una
mediana inteligencia de la lengua madre. Prueba concluyente, a mi
ver, de lo absurdo que es el tratar de conocer lo muerto, sin
empezar por un buen estudio de lo vivo derivado de aquello.
El capítulo de la religión era sostenido con particular esmero
en el colegio. Había oratorio consagrado en él, y todas las noches
los alumnos internos rezábamos allí el rosario, presididos por el
director. Los domingos oíamos allí mismo la misa, y si alguien
faltaba era privado de salir de paseo o ir a su casa, sí tenía
familia en Bogotá. Hacia el fin de la cuaresma tuvimos ejercicios
espirituales, muy severos y sostenidos con suma devoción, y todos
nos confesamos para comulgar el jueves santo o el domingo de
pascua. Yo comenzaba ya a comprender la religión católica, y
confieso que si sus dogmas me parecían severos y combinados con
asombroso espíritu de unidad, en cuanto podía medio comprenderlos,
hallaba sus ceremonias muy poéticas, sublimes unas y otras
tiernamente conmovedoras. Así puedo decir que siempre hice con
seriedad y conciencia lo que la iglesia católica mandaba, a pesar
de ser un adolescente, y que hasta mi edad de dieciséis a
diecisiete años el influjo de mi madre estuvo predominando en mi
alma.
A propósito de mi madre, no debo omitir aquí un tierno episodio
que la retrata, dando clara idea de su carácter. En los viejos
tiempos de nuestra tierra, las niñas eran criadas únicamente en el
temor de Dios y casi nada las enseñaban, aparte de la doctrina
cristiana y los oficios domésticos. Según este sistema fue educada
mi buena madre, bien que pertenecía a una de las primeras familias
de Honda y que era una hermosa joven nacida para ser amada. Apenas,
como en otro lugar lo he dicho, sabía leer en libro y
trabajosamente en carta, cuando se casó, pero no sabía escribir.
Así su mayor dolor, cuando sus hijos nos despedíamos de ella para
venir al colegio a Bogotá, era el no saber escribir para
corresponderse con nosotros. Pero ¡ah! el amor y la voluntad pueden
mucho!
A los pocos meses de mi separación del hogar paterno, llegó a
Honda un francés que, mediante el pago de una suma relativamente
considerable, enseñaba a escribir a personas que no supieran hacer
ni un palote, y esto, en solo seis semanas. Mi madre, entusiasmada,
hizo llamar al francés. Dejó de mano la costura y demás quehaceres,
relegándolos a la noche, y de día se atareaba a escribir. Ello fue
que el día menos pensado mis hermanos y yo recibimos en el colegio
(éramos cuatro allí) una sencilla y ternísima carta de puño y letra
de nuestra madre, más dichosa que nunca porque ya podía
corresponderse con sus hijos... A fuerza de voluntad y aplicación
había aprendido a escribir en treinta y siete días! Bendita seas
mil veces en el cielo, madre mía, como lo fuiste en la tierra!
Bendito sea también, doquier que se halle, si por acaso vive, el
francés que te enseñó el modo de enviarme en tus cartas tus dulces
besos y caricias y tus santos consejos!
Bogotá fue para mí, a pesar de la falta de mi familia y de las
penas del colegio, una fuente de variadas y gratas impresiones; lo
amé desde 1838 con verdadero entusiasmo, bien que en su seno me
faltaban mi delicioso
|Gualí, los caballos, el
|Caimital, mi huerta y mil cosas queridas; y desde entonces
me he considerado, por el interés público, el afecto y los
recuerdos, como un verdadero bogotano.
Los numerosos templos de la ciudad, sus malos paseos, sus
tiendas y confiterías, su abundante y bullicioso mercado, sus
fiestas populares y religiosas: todo me llamó la atención;
pareciéndome entonces el
|non plus ultra de lo civilizado.
Pero mis mayores preferencias fueron para los baños de Fucha, los
cerezos y curubos de algunos huertos, y las uvas camaronas que
cosechaba en ocasiones por las ásperas alturas de
|La
Peña.
Cada cual, en el colegio, se forma sus amistades y tiene sus
amigos predilectos... Si en la Universidad trabé después amistad,
nunca desmentida y siempre leal y fina, con Manuel Pombo, Salvador
Camacho Roldán y Nicolás Pereira Gamba, en el primer colegio fue
casi mi único amigo un jovencito esquivo y quisquilloso, Emilio
Levy, hijo de un inglés muy liberal casado con una señora del país.
El era alumno externo, congenió conmigo, y jugábamos y nos
queríamos mucho, sin perjuicio de pelear de cuando en cuando. A los
trece años de aquel tiempo vino a ser mi cuñado, siendo él ya
doctor en medicina y cirugía y yo en jurisprudencia. La
Providencia, al hacernos amigos casi desde el primer día que nos
vimos, quiso, sin duda, preparamos para ser después hermanos...
Tal vez no sea impertinente el referir aquí algunas
circunstancias de mi vida de colegial, durante los primeros
años.
En lo tocante a juegos, el predilecto de todos era el de la
pelota, que requiere agilidad y fuerza. Yo, que jamás he conocido
la pereza, era por mi agilidad particularmente apto para el juego
de pelota, y lo practiqué con destreza, debiéndole en gran parte la
robustez que me distinguía. El segundo juego preferido era el de la
|golosa, ya suprimido entre nuestros estudiantes del día,
sobrado petimetres y políticos. Consistía en una serie de arcadas
simétricamente superpuestas, que trazábamos con tiza en el
pavimento de un claustro, sobre el cual había que arrojar desde
cierta distancia un tacón de bota, para entrar después en las
arcadas, saltando en un pie, y sacar en seguida el tacón,
impulsándolo mañosa y sucesivamente de espacio en espacio, de
manera que jamás quedara sobre línea, ni pisara ninguna el jugador.
Estas evoluciones acababan con nuestros botines, pero nos eran
higiénicamente muy provechosas, a más de hacernos ejercitar la
constancia, la destreza y la paciencia.
Si yo era eximio en los juegos de pelota y golosa, estaba muy
lejos de serlo en geometría y álgebra. Mi espíritu inquieto y desde
temprano imaginativo y dado a la discusión en todo, no se acomodaba
a la precisión rigurosa, la atención fría y el dogmatismo
axiomático que son inherentes a las matemáticas. La matemática es
la lógica de la cantidad y la extensión, y al propio tiempo es para
el espíritu que calcula, lo que un principio de autoridad
indiscutible para las almas creyentes; y yo tenía el carácter
sobrado independiente para someterme con gusto a unos estudios en
que el absolutismo del axioma se me imponía con inflexible fuerza.
Reconozco, desde mucho tiempo há, que sin la posesión de las
matemáticas no es posible aprender a pensar y discurrir bien; pero
no lo comprendí así cuando las estudiaba, y nunca adelanté cosa
mayor en la materia. Lo deploro en el alma.
En lo tocante a lecturas, lenguaje y maneras, había mucho rigor
en el colegio, así como en lo relativo a moralidad. No ocurrían
entre los alumnos actos indecentes, ni riñas o disputas de mala
ley, ni se oían expresiones indecorosas, ni se toleraban rasgos de
patanería, ni era permitido llevar al colegio más libros que los
adoptados como textos de enseñanza. Pero sí era general un vicio
que todos reputabamos como acto digno de aplauso, cuando era
ejecutado con gracia y habilidad: el hurto de comestibles o cosas
análogas. En esto seguíamos, sin saberlo, las ideas de Licurgo,
pero modificadas. Era deshonroso hurtar dinero, libros, prendas de
vestido u otros objetos llamados impropiamente de
|valor;
pero todo lo comible y potable era materia de piratería recíproca,
siquiera hubiese que ocurrir a la efracción y hacer funcionar las
ganzúas, fabricadas fácilmente con varillas de paraguas. ¡Cuánto no
se modifican las ideas desde que uno viene a ser hombre y está
obligado a tener vergüenza y honor! La sustracción de lo ajeno, que
nos había parecido lícita y plausible, en siendo chistosa y de
travesura, nos viene a parecer indigna y deshonrosa en toda forma y
sea cual fuere el objeto sustraído. Así lo requieren la dignidad y
la clara noción del deber.
Entre los profesores del colegio había dos que nos llamaban
mucho la atención: el doctor Mariano Becerra, tipo del profesor
antiguo, y el doctor Isidro Arroyo, hombre original y muy notable.
Ambos han fallecido, y me es muy grato dedicarles aquí un afectuoso
recuerdo.
En el doctor Becerra se realizaba el ideal de los profesores de
la vieja escuela: tieso, severo, horriblemente puntual, amante de
las letras por pasión y hábito y amigo de la enseñanza por amor a
la juventud. No podía vivir sino en compañía de los jóvenes; pero
tenía un modo de querer tan contundente!... Jamás hubo entre
nosotros maestro latino más consumado; pero, Dios mío, ¡con qué
magistral energía administraba ferulazos! Puede decirse que nos
hacía entrar por las manos los efluvios de los clásicos latinos.
Sabía mucho y sacudía mucho la férula; circunstancias que para un
|cachifo o aprendiz de latín eran terribles: de mí sé decir
que me hizo comprender a Júpiter tonante hablando en latín con los
dioses inferiores, y que tuve ímpetus de ser desde mi adolescencia
enemigo personal de Cicerón, Virgilio, Horacio y compañeros
martirizantes.
Liberal decidido, por convicción, austero en sus costumbres,
estirado en su porte, pero sencillo en sus hábitos, severo en la
disciplina y honrado en sus principios formaba un curioso contraste
al ejercer sus dos profesiones favoritas: como médico, era suave,
caritativo y modesto; como profesor de latinidad, era la
personificación de Mario y Sila. Vivió después arrinconado este
venerable anciano, benemérito de la patria en el profesorado; lo
que no obstaba para que no tuviese ni un centavo de pensión (sin
duda porque en el escalafón del profesorado no había generales ni
coroneles) ni ocupase la posición que merecía.
El doctor Arroyo fue siempre un hombre raro, encarnación de la
puntualidad; pero de una puntualidad desoladora, implacable para el
estudiante. Fue maestro de todo el mundo en Bogotá, tanto en
colegios de hombres como de señoritas, desde 1835. En él se habían
incrustado ciertas ciencias como la amonita en la materia plástica;
en términos que, al hacerse su disección, se habría encontrado que
su lengua era una gramáticas su cerebro una aritmética, su corazón
un tratado de geografía, sus pulmones un juego de libros en partida
doble. La enseñanza era su segunda vida, su temperamento moral, y
el día que dejara de ser catedrático se habría muerto de tedio.
Jamás le detuvo ningún obstáculo para concurrir puntualmente a las
clases que regentaba: pasaba al través de un tumulto o de una
procesión indiferente a todo, abriéndose camino con los hombros,
por no dejar sus cátedras vacantes ni un minuto; era un
profesor-reloj infalible en sus horas. Todas las revoluciones le
respetaron. Mientras en la plaza pública se estaba decidiendo de la
suerte de la patria, él penetraba por los huecos de los batallones,
armado de su viejo bastón y firme en su cojera, hasta llegar a las
puertas de los colegios. Nunca el viento, la lluvia ni el granizo
le detuvieron ni obligaron a tomar precaución alguna, ni aún de
usar paraguas, pues de ello le servían más cómodamente el sombrero
y la levita. Si los caños de la ciudad se desbordaban con las
lluvias, y no podía saltarlos de un solo paso, metía guapamente los
pies en el arroyo lo mismo que al llover metía el cuerpo debajo de
las nubes, desdeñando ponerse a cubierto de los chorros de los
tejados. Lejos de arredrarse, parecía como que gozaba en desafiar
cuanto los elementos húmedos tenían de prosaico y desagradable. Así
los estudiantes no nos alucinábamos con librarnos del aula cuando
llovía a la hora en que debía llegar el doctor Arroyo; llegaba como
los arroyos de la calle, en lo más recio del aguacero, y sin
sacudirse siquiera ocupaba su silla de catedrático.
Su sistema era opuesto al del doctor Becerra: ni exigía que sus
discípulos aprendiesen de memoria sus lecciones, ni aplicaba jamás
castigos corporales; se dirigía siempre a la inteligencia y al
pundonor del discípulo, y en vez de ferulazos administraba zumbas y
epigramas que avergonzaban mucho a los desaplicados. Su lenguaje
era preciso, conciso y en ocasiones cáustico: sus enseñanzas claras
y sin fraseología; iba siempre derecho a la sustancia de las cosas;
y como ordinariamente estaba mascando algún palito o esparto,
alguna hojita o cosa semejante, parecía estar rumiando una palabra
punzante o una explicación ingeniosa
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