LO QUE ERA YO ENTONCES
Desde mi infancia dejé conocer evidentemente algunas cualidades
naturales; pero también me distinguía por no pocos defectos. Era
inclinado al bien, querendón con las buenas gentes, nada miedoso y
sumamente franco y sincero; pero al propio tiempo era un muchacho
terriblemente inquieto y travieso, gritón y llorón, camorrista por
majaderías, indiscreto en palabras, más locuaz de lo necesario,
demasiado independiente en mis inclinaciones y muy poco aplicado al
estudio. Si con el tiempo fui corrigiéndome de algunos de estos
defectos, otros me quedaron para siempre como irremediables. Era
sobre todo notable una circunstancia de mi carácter: sumamente
dócil y sensible al trato bondadoso y afable, era indomable por las
malas; por lo que siempre las correcciones de mi madre fueron más
eficaces que las de mi padre. Cuando no me forzaban al trabajo,
espontáneamente me aplicaba, talvez por inquietud y travesura, a
muchas cosas. Así es que con mi madre y las criadas aprendí a
coser, aplanchar y algo de cocina y repostería (lo que me ha
servido en muchas ocasiones), y con frecuencia emprendía
ardorosamente, a manera de juegos, trabajos de albañilería y
carpintería; formalidad momentánea que no obstaba para que yo fuese
un insigne jugador de trompos, bolas y chócolo, y que yo fabricase
zambombas y clarines, tambores y caramillos con cuya música
ensordecía la casa.
No recuerdo con fijeza qué facciones tenía yo cuando muchacho,
salvo los ojos azules y el cabello sumamente ensortijado,
abundantísimo y de un rubio ceniciento. Con el tiempo fui cambiando
hasta que, cuando tenía unos veintidós años, mis facciones quedaron
definitivamente determinadas. Cuerpo más bien alto que mediano,
ancho de pecho y espalda y de muy vigorosa constitución; ágil para
todo y esforzado, pero torpe para mover los dedos con finura; el
cabello me quedó rubio oscuro; el andar, como el de mi padre; la
frente alta y despejada y bastante deprimida en las sienes; la
nariz recta y perfilada, la boca algo grande y gruesa; la piel
blanca y la barba rizada, algo tupida y de color castaño tirando a
rubio; la voz muy fuerte, fácil y estentórea; la mirada franca y
cordial, la risa estrepitosa, y en toda la fisonomía cierto aire de
resolución para la lucha y de confianza en la vida.
De un atento estudio que hice de mi individuo, cuando tenía
dieciséis años, mirándome mucho en mi espejo, deduje estas
conclusiones: "No soy hermoso ni feo, ni seductivo ni antipático,
ni grande ni chico, ni gordo ni flaco, ni brillante ni ridículo.
Por tanto, ni tengo el riesgo de engreírme con mi persona y
volverme fatuo, ni tengo el de que se rían de mí, sólo por mi
figura. A nadie causaré envidia, ni nadie me despreciará; ninguna
mujer se morirá por mí, ni me tratará como a un pobre mascarón.
Soy, pues, "
|regular y pasadero". Esta convicción que
adquirí respecto de mí mismo, y fue profunda e indestructible, me
ha sido sumamente provechos", a en el curso de mi vida, pues me ha
preservado de no pocas ridiculeces, y me ha inspirado siempre el
propósito de lucir más por lo que pueda valer en lo moral e
intelectual, que por las condiciones físicas.
No obstante mi poca aplicación al estudio en la escuela, falta
proveniente de la inquietud de mi genio, la curiosidad me hacía
buscar, de cuando en cuando, entre los pocos libros de mi padre,
algunos cuya lectura me parecía entretenida: como él no era hombre
de papeles sino de negocios, su biblioteca se reducía a cinco
obras, fuera de una multitud de opúsculos nacionales y colecciones
de leyes del país, a saber:
|el Eusebio, obra anecdótica de
educación,
|los Viajes de Antenor, el Quijote, el Gil Blas de
Santillana, y el Plutarco. El primer libro de que eché mano
fue el Eusebio, que me encantó por la narración de las aventuras
del héroe infantil; pero no saqué provecho alguno de la moraleja.
Con tal motivo me hicieron leer la historia de
|Pepillo el de
las peras, que me divirtió mucho, pero sin saludable efecto,
pues yo de ordinario tomaba la miel del medicamento y la gustaba
sin digerir el ruibardo que contenía.
Los Viajes de Antenor, bien que no los entendía, me hicieron
soñar mucho. Deliraba con la idea de viajar, y cuando mi padre me
llevaba a su hacienda, cuya casa distaba de Honda apenas como una
legua, o a Mariquita, que dista cuatro leguas escasas, me parecía
que era otro Antenor comenzando sus peregrinaciones. La extrema
curiosidad e inquietud de mi genio debían predisponerme a
solicitar las emociones diversas de los viajes. Años después, en
mis primeras vacaciones, leí con gusto el Gil Blas, bien que no
pude penetrar su ingeniosa combinación de sátiras y observaciones
sociales. Mucho menos comprendí el Quijote, aunque me enloquecía
de risa al leerlo; y confieso que sólo a la cuarta lectura, hecha
después de mis veinticinco años, pude formar idea completa del gran
pensamiento social y moralizador que guió a Cervantes al escribir
su inmortal historia del inquieto hijo de Argamasillas, que bien
pudo hacer nacido en cualquier otro pueblo donde se hablase la
lengua de Castilla.
Hasta la edad de catorce años no había sentido moverse en mi
alma ningún resorte poderoso, ninguna tendencia verdaderamente
fecunda, ni había mostrado sino la movilidad turbulenta de una
índole traviesa. Durante largas vacaciones de que disfruté en 1842,
mientras se reorganizaban las universidades del país, mi hermano
Manuel, que ya era comerciante, me tuvo a su lado, en Ambalema,
ocupándome en sus negocios. Entonces, en mis ratos de ocio, leí
muchos volúmenes del Plutarco; lectura que me impresionó
profundamente. Sin ser capaz de apreciar en su verdadero valor, por
ignorancia y falta de perspicacia y buen criterio, la grandeza
inmortal de unos hombres como Solón, Aristides, Foción, Milcíades,
los Catones y tantos otros héroes o genios de la antigüedad, sus
luchas me sobrecogían, su admiración, sus doctrinas y virtudes me
inspiraban un respeto casi religioso, sus ejemplos me
entusiasmaban, y muchas veces me complacía en componer en mi mente
la imagen de aquellos hombres de talla colosal, procurando idearla
en armonía con sus pensamientos y sus hechos. Aquellas lecturas y
emociones, combinándose en extraño contraste con las impresiones de
la vida mercantil, que se me había procurado transitoriamente,
influyeron mucho en el giro de mis ideas y el desarrollo de mi
carácter.
Quizás debo a tan estimulante lectura mucho de la filantropía y
de la ambición de gloria que han sido los principales resortes de
mí vida, así como mi constante y marcada inclinación a escribir
biografías, obras de historia y de viajes, y novelas descriptivas y
de costumbres.
Había entre las ideas de mi madre y mi padre una contradicción
que influyó mucho sobre las mías, bien que ella, por prudencia, se
callaba de ordinario cuando él emitía sus opiniones. Mi madre nada
tenía de beata, ni fanática, ni supersticiosa, no obstante la
educación que en su tiempo se daba de ordinario a las mujeres; pero
era profundamente creyente y muy piadosa. Jamás faltó al
cumplimiento de sus deberes religiosos; rezaba todas las oraciones
del día, y de noche y a solas el rosario silenciosamente; nos
enseñó a todos en casa a rezar, y cuidaba mucho de que todos
observásemos lo prescrito por la Iglesia. Pero mi padre no era así:
era libre pensador, incrédulo, o simplemente deísta; desde que se
casó no volvió a confesarse, y murió en su ley con una firmeza de
convicción negativa que deploro en el alma. Se burlaba de casi
todos los sacerdotes, detestaba de los frailes y sostenía que todas
las comunidades religiosas eran funestas. Provenía esta prevención
de la injusta enemiga con que su padre había sido incomodado y
perseguido por un clérigo (muy malo y disoluto, por cierto) y, de
un lance público y muy desagradable que él mismo había tenido con
un rudo fraile capellán, asunto que había parado en proceso
eclesiástico y excomunión temporal.
Seguramente andaba desacordado en esto mi honrado padre, puesto
que de dos malos casos conocidos sacaba una regla general; mas la
verdad es que él era incrédulo por convicción también, y que si
hacía todo el bien posible y obraba como hombre honrado y justo,
las palabras antirreligiosas que frecuentemente se le escapaban y
su alejamiento de la iglesia, me daban ejemplos que me inducían a
dudar de lo que piadosamente me enseñaba mi madre. Con todo, hice
mi primera confesión con mucha formalidad y devoción, a la edad de
nueve años; y puedo decir que salí después del lado de mi madre
llevando en el alma el fecundo germen de la fe. Mis creencias eran
entonces, por supuesto, las de un niño: por entero candorosas y sin
la menor mezcla de razonamiento de mi parte. Puede decirse que Dios
estaba en mi corazón junto con mi madre y por estar allí ella, y
que mi fe era la crédula simpatía y la inocente gratitud de la
criatura respecto del Sér no comprendido, a quien según las
enseñanzas recibidas, respetaba y amaba como a su Creador.
Con todo, llevaba también yo en el alma el germen de la duda
-más aún, del volterianismo y de la incredulidad-, tanto más
temible cuanto fuese desinteresada y sincera. ¿Cómo podía yo
resolver, siendo un niño, quién tenía razón entre mi madre. que era
creyente y me enseñaba la piedad, y mi padre, que era libre
pensador e indirectamente me inducía, sin quererlo, a la
incredulidad? Si a mis ojos eran y debían ser, en mi simple calidad
de hijo, tan respetables y fundadas las creencias religiosas de mi
tierna y virtuosa madre, como las opiniones contrarias de mi
generoso y honrado padre ¿ qué debía yo pensar, creer y practicar?
Dios mío! qué problema-. Sólo sé decir que en todo el curso de mi
vida aquellas ideas contradictorias han librado lucha tenaz en mi
conciencia, y que si en unas épocas ha predominado el deísmo
paterno, en otras ha tenido la ventaja el piadoso catolicismo de mi
madre. ¿A quién cupo la victoria definitiva? Ya lo sabrá el lector
en tiempo y lugar convenientes.
Mi padre comprendía toda la importancia de una buena educación,
y tenía grande admiración por los hombres ilustrados. Así fue que,
después de tener a todos sus hijos en la escuela por dos o tres
años, nos fue enviando sucesivamente a estudiar en los colegios y
la Universidad de Bogotá. Hubo época en que tuvo a cinco de sus
ocho hijos en los colegios, y entre tanto él trabajaba con tesón y
economizaba cuanto podía. Frecuentemente decía a sus amigos: "Tengo
ocho hijos y vivo casi solo con mí esposa; pero vivo contento,
porque con la educación les preparo el mejor capital posible".
Faltábanme tres meses para cumplir diez años cuando, el 2 de
enero de 1838, emprendí viaje para Bogotá, con mi excelente hermano
Rafael, a comenzar estudios secundarios. Un primo nuestro, hombre
inmejorable por su bondad y dulzura, nos acompañaba. La despedida
fue triste y dolorosa y mi buena madre se quedó llorando. "Pobres
hijitos míos, cómo les irá!" decía cuando nos arrancábamos de sus
amantes brazos; y nosotros llorábamos como ella, bien que nos
aguijoneaba lo desconocido qué veníamos a ver
|en la
capital...
Sencillos provinciales como éramos, y "calentanos", como aquí
llaman a los de tierras cálidas, grande fue la impresión que nos
causaron los caminos y paisajes de la cordillera y el espectáculo
de las tierras frías. En lugar de andar por tersas llanuras a
caballo, veníamos, montados en socarronas y molondras mulas, por
unos despeñaderos que llamaban el camino real, capaces de aterrar a
una cabra. En 1838 las posadas eran pésimas y escasas (algún
progreso se ha alcanzado, puesto que ahora son tan numerosas como
malas), y casi todos los terrenos estaban sin desmontar, por lo que
el camino giraba en general por en medio de espesos bosques. (En
esta parte algo se ha progresado en cuarenta y un años). Si el frío
del Aserradero y Botello nos pareció terrible, el espectáculo de la
sabana del Funza nos desagradó. Hallamos un horizonte vasto, pero
triste y monótono, porque a más de ser horribles las casas de techo
pajizo de los pueblos, las ventas y haciendas, era muy triste a
nuestros ojos una inmensa campiña sin árboles y cercada de cerros
desnudos y de suma aspereza, cuando en nuestra provincia nos
habíamos habituado a ver amenas llanuras, salpicadas de huertos y
arboledas y orilladas por serranías montuosas y llenas de gracia y
variedad.
Al cabo entramos en Bogotá llenos de asombro.
|La
capital con sus basureros, su gente envuelta en capas y
mantillas, sus malos empedrados, sus innumerables pordioseros, su
riguroso frío, sus hediondas chicherías y todo, nos pareció una
maravilla. En breve quedamos encerrados en el colegio, en calidad
de internos, como pollos en corral ajeno, y comenzó para nosotros,
después de la vida de la infancia y la escuela, la vida
estudiantil, tan fecunda en variadas e inolvidables
impresiones.