EDUCACION MORAL Y
PRIMARIA
Faltábanme dos o tres meses para cumplir siete años (pues nací
del 31 de marzo al 1 de abril de 1828), cuando mi padre me hizo
matricular en la escuela primaria, a la cual fue reunida un año
después la normal, sirviéndolas un solo preceptor. Habla un número
tan considerable de alumnos que el Director-maestro no alcanzaba
materialmente, no obstante su capacidad y aplicación, a enseñarnos
cosa mayor. Me encomendaban para los certámenes públicos la
recitación de la resunta (discurso de orden compuesto por el
Director) únicamente a mérito de mi desparpajo y falta de miedo
delante del público, y de ciertas disposiciones que tenía -por mi
fuerte voz y facilidad de acción- para la oratoria. Jamás imaginé
entonces, no obstante mi locuacidad (con frecuencia empalagosa, por
excesiva y sobrado ruidosa), que con el tiempo sería tribuno
popular y orador parlamentario, académico y... lo peor de todo, de
honras fúnebres!
En la escuela aprendí, desde luego, a pelear con muchos
camaradas y ejercitar mis fuerzas en el pugilato; y sólo saqué de
ella en limpio, en tres años de tareas muy poco metódicas, el saber
leer, el conocimiento de la doctrina cristiana, algo de historia
sagrada y de aritmética, un medio barniz de urbanidad teórica,
nociones muy elementales de gramática, no pocos verdugones causados
por los puños de mis condiscípulos, y una mala forma de letra entre
española y francesa. Con el tiempo, las lecciones de maestros que
tenían letra inglesa y el mucho escribir, reformé mi escritura y
quedé con una letra parecida a mí: sumamente clara, franca y
abierta, sin ambages ni falta de perfiles, de formas inequívocas,
pero sin regularidad ni sistema, gruesa y en cierto modo
anárquica.
También saqué de la escuela una importante enseñanza. Un día
provoqué con mis impertinencias a un condiscípulo más fuerte que
yo: peleamos, recibí numerosos puñetazos y llegué a casa con los
ojos acardenalados llorando y quejándome. Averiguando el caso y
sabiendo que la culpa era mía, mi padre (que estaba montado a la
antigua en materia de castigos, según la educación que había
recibido) me administró por añadidura cosa de cuatro o cinco
azotes, "por atrevido y buscapleitos". Aleccionado con esto y
temeroso de ser castigado, algunas semanas después toleré la
provocación de un condiscípulo brutal y de mal genio, me dejé pegar
y torné de la escuela a casa con las narices reventadas. Me
interrogó mi padre (que irritado, era muy severo), y le conté la
verdad. Entonces me administró cosa de ocho a diez azotes, dándome
ración doble "por la cobardía de haberme dejado ultrajar sin motivo
y teniendo la razón de mi parte".
No eché la lección en saco roto; por lo que en el curso de mi
vida, si nunca he sido rencoroso ni vengativo, jamás, después de
recibir una bofetada moral o material, he puesto la otra mejilla
para recibir la siguiente, sino que he dado las vueltas, sin
quedarme debiendo un saldo. No juzgo la moralidad o filosofía de
este modo de proceder; pero digo ingenuamente cuál ha sido mi
regla, porque así me enseñaron a proceder. Durante mi vida pública
me ha salvado de muchos ataques y ultrajes la energía y resolución
con que, sin temor al peligro, he rechazado siempre las ofensas y
las tentativas hostiles. A falta de cultura y moderación en todos y
de la seguridad social, sólo se hace respetar el hombre que tiene
valor para desafiar el peligro y exponerse a todo por defender su
dignidad.
Cuando muchacho tuve mucho miedo a los
|espantos y cosas
que llamaban "del otro mundo"; pero una vez que supe, con la
experiencia de la vida, que los verdaderos espantos no son los
muertos sino los vivos, perdí el único miedo que había tenido.
Después no he sentido otro linaje de miedo (en el alma, pues en
el cuerpo sí lo he experimentado en varias ocasiones), sino éste:
el de comprometer o perder con algún acto mi reputación. Las
vicisitudes de la vida me han probado que el secreto para contar
con las tres cuartas partes del buen éxito en todas las cosas está
en dos fuerzas: la seguridad de que uno tiene de su parte la
razón, o por lo menos la buena intención, y el valor para desafiar
todo peligro; valor que consiste en someter la instintiva flojedad
de los nervios a la energía de la voluntad.
Desde que yo estaba en la escuela hasta que concluí mis estudios
universitarios, oí frecuentemente a mi padre ciertas máximas, de
cuya práctica me dio muchos ejemplos, ya como padre de familia o
como simple particular, ya con otro carácter en Bogotá, ejerciendo
el empleo de Senador de la República. Sus principales máximas eran
éstas:
No se debe dejar nunca para después lo que se puede hacer bien
al instante mismo.
Jamás se debe tener vergüenza de ningún trabajo o faena, para
servicio propio o ajeno, que no sea vil, infame o pernicioso.
Conviene siempre aprender y saber algo de todo, porque toda la
vida es un aprendizaje.
El mejor sirviente de uno es uno mismo. Este es el criado más
fiel que se puede tener, y de balde muchas veces.
A falta de buena ocupación, vale más hacer algo para
desbaratarlo enseguida, que estarse ocioso.
Todo padre debe procurar a sus hijos lo necesario; jamás lo
superfluo. Esto, que se lo procuren ellos con su trabajo.
Valerse a sí mismo en todo caso que ocurra, sin aguardar ayuda
de sirvientes o extraños, es un gran recurso y una verdadera
riqueza.
Si alguien merece
|seis azotes por
|atacar a
otro injustamente, merece
|doce cuando, por cobardía, se
deja ultrajar, teniendo el derecho y los medios de
|defensa.
Por regla general, las compañías de negocios con extraños, son
funestas para los hombres generosos y honrados.
No se debe dejar de hacer bien a quien lo ha menester; pero
nunca es prudente contar con la gratitud de ningún beneficiado,
sino más bien con el interés del que espera un beneficio.
No se debe reparar en nada con parientes, amigos o menesterosos,
cuando se trata de servicios de familia, de amistad o de caridad;
pero en los negocios, en lo que es comprado, o prestado, o
alquilado, o manejado con cuenta ajena, se debe cobrar y pagar
hasta el último centavo.
Yo podría referir muchas anécdotas que fueron la prueba de las
máximas de mi padre, pero sólo reuniré aquí unas pocas bien
significativas.
Un día que mis hermanos y yo habíamos hecho mucha basura con
papeles en la sala de la casa, empeñados en fabricar cometas (arte
en que llegué a ser maestro) llegó de visita a casa una familia,
compuesta de una señora y dos o tres señoritas. Mi madre, azorada,
me hizo ir corriendo a llamar a uno de los criados para que
recogiera la basura; mas dio la casualidad que en aquel momento no
había en la casa más sirviente que la cocinera, demasiado ocupada,
por lo que la sala continuó hecha un basurero de palitroques,
papeles, cuerdas, etc. En eso llegó de la calle mi padre, e
indignado al ver aquel desaseo me preguntó por qué estaba así la
sala. Díjele que no había por el momento ningún criado que
barriese, y al punto me replicó, entre aconsejando y
reprendiendo:
"Pues coge tú mismo la escoba y ponte a barrer"
Hube de hacerlo, avergonzado y todo, y después comprendí que era
muy bueno saber barrer. Sucesivamente, andando el tiempo, yo mismo
he barrido, con gran satisfacción, primero, mi cuarto de
estudiante; después, los de algunas sucias posadas en los caminos;
en 1875, mi calabozo en el cuartel donde por muchas semanas me
tuvieron encerrado el miedo, la pequeñez y la saña de un
presidente-dictador a quien hice oposición por la prensa; en 1854 y
1876, durante mis campañas, y en el 77 y el 78, proscrito de mi
patria, en los alojamientos que ocupaba en Venezuela
|
[1]
.
Un día que yo había pedido un caballo de la hacienda de mi padre
para salir de paseo, el muchacho quiso ensillarlo antes de irse
también a pasear. Mi padre le detuvo, diciéndole: "Vete, que Pepe
mismo ensillará". Volví a mirarle con cierta extrañeza, y él
añadió: "Aprende, hijo, a ensillar tu caballo, sin necesidad de
criados; así montarás siempre más pronto y con mayor seguridad". En
efecto, los criados siempre me han ensillado mal mis cabalgaduras,
por lo que he tenido la costumbre de hacerlo yo mismo, con ventaja
y a mi gusto.
En cierta ocasión iba mi padre por la calle con mi tío Juan
Antonio, quien, como he dicho, era muy generoso y desprendido:
pidióle limosna un pordiosero, y como buscase en sus bolsillos y no
hallase dinero menudo, dijo a mi tío: "Préstame medio real para
dárselo a este pobre"; y lo recibió. Olvidóse mi padre de esta
bagatela, y al día siguiente, en casa, mi tío le dijo:
-José María, me debes medio real; págamelo.
-¿De qué te debo tal bicoca?
-El medio que te presté ayer para dar una limosna. Como fue
prestado, te lo cobro.
-Tienes razón; así debe ser.
Al día siguiente mi tío Juan Antonio, que así reclamaba de mi
padre medio real, le envió un hermoso y finísimo caballo guajiro
que acababa de comprar para regalárselo a mi madre.
Nuestro vasto solar y uno más extenso con pasto artificial,
situado al frente de la casa, estaban cercados con latas de guadua
picada que se sujetaban con bejucos a numerosas y sólidas estacas.
Renováronse los cercados en cierta ocasión, quedaron por el suelo
enormes montones de lata vieja, al parecer inútil, y mi padre, al
tiempo de montar una mañana para irse a dar vuelta a su hacienda,
le dijo a un criado: "Búscate unos peones para que recojan toda esa
lata vieja y la boten al Magdalena". Cuando se iba a ejecutar la
orden, tuve una idea y le dije al criado: "Aguarda un poco, antes
de llamar los peones".
Yo tenía trece años y estaba en casa por causa de vacaciones de
colegio. Había oído decir que la vieja lata de guaduas era el mejor
combustible para cocer pan, y me ocurrió hacer un negocio. Fuíme a
tomar informes con muchas panaderas, y logré contratar a dos
relales cada tercio o brazada de aquella excelente leña, siendo de
cargo de las panaderas el recogerla y llevársela. De este modo
ahorré a mi padre el gasto de más de cinco pesos en peones para
botar aquel combustible, y obtuve en dinero más de veinte que
entregué a mi madre.
Cuando hacia la noche tornó mi padre a casa y supo lo ocurrido,
encomió con gran satisfacción mi conducta, y aún, dijo: "Nada hay
enteramente inútil; Pepe me ha dado sin pensarlo, una buena
lección". Al día siguiente, al levantamos de almorzar, no sólo me
elogió mucho delante de toda la familia y me obligó, a pesar de mi
primera negativa, a guardar para mí el dinero obtenido con la leña,
sino que, sacando de su cigarrera unos cuantos cigarros (que usaba
muy largos y delgaditos) me dijo:
"Toma para que fumes. Ha tiempo que fumas a escondidas y yo lo
sé. Ahora puedes procurarte esta superfluidad, puesto que ya has
ganado dinero con tu industria y diligencia".
Había un punto, sin embargo, en que mi padre no andaba en
conformidad con la razón, y era el sistema penal. Sabía recompensar
con acierto los buenos actos de sus hijos y sus sirvientes, pero no
sabía castigar. Sus castigos eran por lo común excesivos, y no daba
suficiente importancia a las penas morales; por lo que menudeaba la
de azotes considerándola como la de mayor eficacia. Así le habían
criado y educado desde los primeros días de este siglo hasta 1816 o
1817, y si bien había sido muy patriota y fue siempre muy liberal,
pudieron más en él, para educar sus hijos, los hábitos que había
heredado en lo tocante a penas y recompensas. Por lo demás, mi
padre era hombre de gran talento natural, muy confiado y muy
perspicaz, generoso, hospitalario y benévolo, y en sociedad estaba
siempre de buen humor y era muy franco, jovial y comunicativo. Su
educación había sido muy imperfecta, por causa de la pobreza de mi
abuelo, y tenía muy limitada instrucción teórica; lo que no le
estorbó para servir con acierto varios empleos. como los de Jefe
político del cantón de Honda, Gobernador de la Provincia, Diputado
a la Cámara provincial y Senador.
Era mi padre, (y perdónenseme algunas repeticiones que me dictan
el amor y la veneración): era mí padre, a fuer de hijo de aragonés
y de una señora de origen castellano, muy blanco y rubio, de buena
talla, ancho de pecho y de espalda, caminaba siempre apriesa y con
la cabeza agachada. Tenía la frente muy espaciosa, las cejas
espesas, los ojos muy azules, vivos, pequeños y penetrantes, la
nariz aguileña y fina, los pómulos salientes y el rostro bien
perfilado. Picábase de ser despreocupado y tenía carácter muy
varonil; amaba a todos sus hijos con ardor, y nunca excusó
sacrificio alguno para procurarnos la mejor educación posible, el
trabajo era su mayor encanto, y en todas sus cosas era positivista,
leal, sincero y cumplido. No sé hasta qué punto me haya parecido yo
a mi padre; pero es lo cierto que de él heredé muchas cosas, y que
procuré imitar sus ejemplos respecto de muchos rasgos que le eran
propios.