Ml REGRESO A COLOMBIA
Desde julio de 1863 resolví regresar a Colombia; pero aunque
podía hacerlo inmediatamente, preferí demorar mi partida, ya por
darme tiempo, estando libre de compromisos, para conocer
completamente las ciudades de Lima y Callao y todos los pueblos
circunvecinos, ya por ejecutar, sin sombra alguna de interés de
periodista, un grande acto de reparación y de justicia. Además, mi
esposa enfermó gravemente, y hube de demorar mi partida hasta fines
de septiembre.
¿Cuál era el acto de reparación y justicia que yo quería
ejecutar? Para que el lector lo comprenda y estime, referiré los
antecedentes.
Desde el día siguiente de mi llegada a Lima habían aparecido en
los diarios de la ciudad varios sueltos editoriales, más o menos
galantes y laudatorios, en los cuales se me daba la bienvenida y se
me dirigían votos por mi feliz residencia en el Perú.
Inmediatamente contesté al saludo con un brevísimo artículo
publicado en
|El Comercio, en el cual daba las gracias por
la benévola acogida que se me hacía en la capital peruana, y
prometía dedicarme con desinterés, patriotismo y lealtad al
servicio de la prensa, como sí el Perú fuese mi patria, y mostrando
siempre el mayor acatamiento a las instituciones, costumbres y
opinión de aquella república, hermana de Colombia. La impresión que
causaron mí contestación y mis primeros editoriales me fue muy
favorable, de tal suerte que desde un principio me sentí
ventajosamente situado delante del público a quien tenía que
dirigirme todos los días.
Entre los periódicos que me dieron la bienvenida figuraba un
diario de muy reciente creación,
|El Mercurio, cuyo
propietario y redactor principal era un hombre de especie muy
particular y de la más lamentable reputación posible. Pero a los
cinco o seis días no más de enderezarme su laudatorio saludo, y sin
que yo hubiera dado motivo alguno para que se me mostrase mala
voluntad ni se criticase ningún acto ni escrito mío, el mismo
|Mercurio me lanzó un suelto injurioso y grosero que
evidentemente era una provocación. Muchos creían que
|El
Comercio prosperaría notablemente con mi redacción, y el
editor de
|El Mercurio, por rivalidad de empresario y por
dar alimento e importancia a su diario, pensó que, provocándome,
podría entablar una nueva polémica que le procurase asunto para
algo nuevo, y por lo mismo, numerosos lectores.
Desde luego, al recibir el primer ataque de
|El Mercurio
lo desdeñé por completo, sin contestar una palabra, máxime cuando
fue general el desagrado que causó aquella hostilidad del todo
inmotivada. Estaba yo resuelto a evitar toda cuestión personal, así
por un sentimiento de dignidad y conveniencia, como por no dejarme
arrastrar a polémicas de mala ley que complicasen mi tarea de
periodista. Cuando los ataques de
|El Mercurio pasaron de
cinco o seis, me limité a decirle que, siendo mi propósito el
deservir únicamente como escritor a los intereses del Perú y
de la América, en vano se me provocaría con injurias personales,
que de ningún modo había motivado yo, ni nunca devolvería injuria
por injuria. Pero mi desdén exasperó al editor de
|El
Mercurio, y en seis meses no cesó de lanzarme invectivas y
chocarrerías, a las cuales solo contesté con el
desprecio.
Entre tanto, si de una parte adquiría yo muchos conocimientos
sobre la historia íntima del Perú y el lenguaje familiar de Lima,
de otra, iba recibiendo cada día de muchos de mis amigos noticias
fidedignas sobre la vida y milagros del editor redactor de
|El
Mercurio, comprobadas con documentos irrefragables. De tales
noticias y documentos resultaba que aquel hombre era el más cínico
bribón, el más desvergonzado caballero de industria que pudiera
deshonrar la prensa peruana. Llamábase Manuel A. Fuentes, y no
había bajeza, ni indignidad ni infamia de que no se jactase, desde
las más viles especulaciones de pluma hasta el robo de los vasos
sagrados y alhajas de una iglesia.
No había suciedad alguna con que aquel miserable no hubiese
especulado. Durante muchos años había hecho el negocio de publicar
pasquines para amenazar a cuantos podían temer la maledicencia, y
en ellos prodigaba el ultraje que unos le pagaban, o vendía su
silencio, sacando todo el partido posible del miedo de otros. Poco
se le daba de haber estado en las cárceles, de haber sido vapulado,
o de estar expuesto siempre a muy severos castigos; lo que le
importaba era ganar dinero de cualquier modo para alimentar sus
vicios y sostener sus bacanales. Servía a toda opinión, como un
suizo de la prensa, y estaba pronto a venderse a todo el que
quisiera degradarse hasta el punto de comprarle.
Creyendo sacarme de quicio, ya que sus injurias solo le
procuraban mi desprecio, aquel reptil inmundo se había cebado en la
reputación de Colombia, y frecuentemente publicaba las más ineptas
desvergüenzas contra mi país. Como no hay papel impreso, por infame
que sea, que no, encuentre algunos estúpidos lectores que le
presten o finjan prestar crédito, yo me limitaba a reproducir, en
defensa de Colombia, los documentos que llegaban a mis manos, sin
indicar siquiera que tendían a contradecir las imposturas de
|El
Mercurio; y como yo nunca le nombraba, la exasperación de su
despecho iba creciendo.
Una de las últimas bajezas que aquel miserable había cometido,
era la de ridiculizarme voluntariamente por especulación. Mandó
hacer su propia caricatura, en forma de
|murciélago, y la
puso a la venta. El mismo se llamaba así, aludiendo al título de un
periodiquillo-pasquín con que años atrás había empuercado las
prensas de Lima y los muestraríos de algunos caramancheles de
librajos y hojas impresas. En cierta ocasión, hallándose ocupado en
hacer a don Gregorio Paz Soldan cruda guerra de pasquines, pidió a
Europa una gran partida de cierto mueble de alcoba, en cuyo fondo
había mandado estampar, a modo de paisaje, el retrato de aquel
eminente ciudadano. Al pasar los bultos por la Aduana, el Fuentes
tuvo cuidado de hacer ver dos o tres de aquellos muebles, y en
breve el señor Paz Soldan tuvo que comprar a muy alto precio toda
la partida de... aquellas vasijas, por evitar que su retrato
anduviese tal mal empleado.
Y sin embargo de ser una alimaña tan vil y tan inmunda, aquel
escritor, y médico, y abogado, y contratista con el Gobierno a las
veces, era personaje en el Perú, y medraba con todos los gobiernos!
Yo me sentía lastimado por la mezquindad de espíritu de muchas
gentes que me miraban como a un extranjero, mayormente cuando
comprendía que entre los limeños era general el sentimiento de mala
voluntad hacia Colombia, a quien miraban con cierto desdén, como a
una república de demagogos, o cuando menos de innovadores
enteramente teóricos, desdeñándola porque tenía un Tesoro público
modesto, instituciones muy democráticas y un gobierno sin boato,
casi sin ejército, en tiempo de paz, y sin una escuadra de
fantasmagoría. Al propio tiempo, yo sentía la necesidad de vengar
la prensa, que era el elemento de mi vida, el teatro principal de
mi actividad, y me sentía con derecho, por ministerio de mi
honradez inmaculada, a dar un ejemplo saludable: el de flagelar,
aplastar y pulverizar, en nombre del honor de la política y de la
dignidad de las letras, a un malhechor de la prensa que, contando
con la cobardía y las debilidades de muchos, había pasado largos
años especulando con la maledicencia y la calumnia. De esta suerte,
no solo castigaba yo al malhechor, sino que daba una gran lección a
la sociedad que, por miedo y falta de moralidad, le había tolerado;
pues si yo podía desafiar el furor de aquel malvado, diciéndole la
verdad sin misericordia, era precisamente porque, siendo yo un
hombre honrado y puro, nada tenía que temer de la calumnia.
Así, tan luego como me separé de la redacción de comencé a
escribir y publicar en este diario, por capítulos, una obrita que
intitulé:
"
|Un Vampiro; especie de cuasi-poema lírico, prosaico y
estrambótico". Era este escrito la fulminante narración, en prosa y
verso, y sin ambages ni circunloquio algunos, de la vida y
fechorías del renombrado pasquinero Fuentes; y tan terrible fue la
flagelación, que todos en Lima se quedaron asombrados de que
alguien tuviese el valor de desafiar la furia de
|El
Murciélago. Y tal entusiasmo produjo aquel acto de justicia
social, que las gentes corrían a comprar los números de
|El
Comercio en que se iban publicando los capítulos del
cuasi-poema. No menos de dos mil ejemplares extra había que tirar
de cada números, y cada capítulo iba llamando más y más la
atención.
Por demás está decir que, mientras el vapulado bramaba de ira,
viéndose pintado en cueros y nombrado por su propio pseudónimo,
pero sin poder dar coces contra el aguijón, y obligado a encierro
continuo, en todo Lima se mostraba la mayor curiosidad por
descubrir quién era el autor de
|Un Vampiro. En la
introducción había dicho yo que,
mientras no se acabase la publicación, se guardaría el más
estricto secreto sobre el nombre del autor, pero que éste sería
revelado al concluirse la tarea.
Desde luego fue general la opinión de que solo yo podía ser el
autor, ya por las condiciones de forma y estilo literario del
escrito, ya por las mil provocaciones con que
|El
Murciélago me había injuriado o mortificado, ya, en fin,
porque entre los escritores y poetas que había en Lima, solamente
yo podía desafiar la ira de aquel miserable con la seguridad de no
poder ser calumniado ni intimidado por el odioso
|héroe del
"cuasi-poema".
Pero también consideraban muchos de los lectores que yo no podía
estar tan instruido en la vida y milagros de
|El
Murciélago, ni en la historia íntima del Perú, como
patentizaba estarlo el autor; que yo no podía haberme familiarizado
en seis meses con gran multitud de vocablos y giros del lenguaje
limeño, intencionalmente empleados en
|Un Vampiro para dar
a la obra un sabor más nacional y para desorientar la curiosidad de
los lectores. Ello fue que el público dividió sus cavilosas
suposiciones entre cuatro o cinco escritores, siendo yo acaso el
menos sospechoso, mayormente cuando mostraba completa indiferencia
por la publicación que hacía
|El Comercio.
Cuando estuvo concluida, inmediatamente apareció hecha la obra
en forma de libro, y el primer ejemplar que se halló listo fue
enviado a Fuentes por orden mía, con encargo de notifícarle que yo
era el autor; sobre lo cual se circuló la noticia en toda la
ciudad.
|El Murciélago permaneció aterrado, escondido en su
imprenta y guardando absoluto silencio; la edición de cinco mil
ejemplares que hicieron del "cuasi-poema" fue inmediatamente
vendida
|
[1]
; y todo el mundo fue a darme los
parabienes y las gracias por el acto de valor y de reparación
social que con ingeniosas formas había ejecutado.
Durante algún tiempo, y no corto,
|El Murciélago se vio
condenado al silencio, y cada vez que mostró luego veleidades de
calumniador o maldiciente (cuando ya había regresado yo a
Colombia), bastaba para hacerle callar amenazarle con una nueva
edición de
|El Vampiro. Dos años después tuvieron que
hacerla, y le redujeron a forzada mudez. En Lima no han olvidado
que solo yo tuve el valor de castigar con vara de hierro candente y
látigo al peor enemigo que tenía la sociedad peruana.
Al celebrarse a fines de julio de 1863 la gran fiesta nacional
de la independencia, tuve muchas ocasiones de exhibirme en Lima en
improvisadas tribunas. No he, conocido país donde se celebre la
fiesta de la independencia nacional con mayor aparato de paradas
militares, procesiones cívicas, grandes banquetes, representaciones
dramáticas, exhibiciones universitarias, bailes costosísimos, y
lujo y pompa de recepciones oficiales, que en la ciudad de Lima.
Dondequiera se prodigaban flores, retratos, música y manjares;
dondequiera se escuchaban discursos, cantos del himno nacional y
elogios de los fundadores de la república; se gastaba el dinero a
torrentes, y todo era espléndido y suntuoso. Cualquiera que juzgase
por las apariencias, siendo testigo de aquellas fiestas, sin haber
residido antes en Lima, hubiera podido atribuir muchos quilates al
patriotismo peruano, y aun considerar a todos los ciudadanos
entusiastas en demasía.
Y sin embargo, habiendo participado de todos los espectáculos,
como que en muchos de ellos fui invitado a improvisar discursos,
que pronuncié con mi genial entusiasmo por las grandes cosas que
impresionan y apasionan al hombre de corazón, noté en todo lo que
compuso la fiesta dos curiosas circunstancias que, bien
consideradas, me parecieron características: era la una, la falta
de espontaneidad y verdadero regocijo entre la gente culta, la que
vivía del presupuesto, o de la política, o de los grandes negocios;
y la otra, el propósito que parecía dominar a todos los oradores de
banquetes, paradas, etc., de aludir lo menos posible a los
caudillos, héroes y patriotas colombianos, chilenos y argentinos
que habían contribuido, mucho más que los soldados peruanos, a
fundar y asegurar la independencia del Perú. Yo no veía verdadero
entusiasmo patriótico, sino en una parte de la juventud y en la
muchedumbre popular, -
|cholos o gente "de color"-,
precisamente las clases todavía exentas de la
|vida
|capuana y de la acción corruptora del presupuesto; y en
todo caso, el patriotismo peruano me parecía distinguírse muy poco
por su buena memoria respecto de los hechos históricos y su
gratitud para con los libertadores más conspicuos.
Mi tarea quedaba concluida, no a la medida de mis propósitos,
pero sí a la de las circunstancias que me habían rodeado; pues si
yo había ido al Perú resuelto a trabajar con suma laboriosidad y
consagración, en servicio de aquel país y de toda la América
española, no era culpa mía que mis trabajos fuesen interrumpidos
por causa de la deplorable situación en que se hallaban los
partidos, la prensa y las costumbres públicas de la nación peruana.
Harto hice con sacrificarle todo, en obsequio de mi conciencia y mi
dignidad de escritor, con grave perjuicio para mis intereses; y si
no coseché el agradecimiento de los peruanos, al menos serví cuanto
pude a las letras y las ciencias políticas, y no pronuncié una
palabra ni escribí una línea que pudiera sonrojarme.
Grande fue mi laboriosidad en Lima. Durante los nueve meses que
allí pasé, escribí cosa de ocho volúmenes de a trescientas páginas
sobre las más variadas materias, así: más de ciento cincuenta
editoriales y artículos dados a
|El Comercio, sobre
política nacional e internacional, negocios de hacienda, de policía
y de crédito público, sistema monetario, instrucción y beneficencia
públicas, legislación y régimen municipales, organización militar,
obras públicas, costumbres, crítica de teatros y literatura y otros
ramos; un volumen de carácter histórico-satírico (
|Un
Vampiro); una novela de historia y costumbres del Perú
(
|Los claveles de Julia) que después he publicado en
Bogotá; y cosa de tres volúmenes en una novela y numerosísimos
artículos de la
|Revista Americana, amén de algunas
composiciones poéticas y una extensa y variada correspondencia
epistolar.
Estaba yo impaciente ya por regresar a Colombia, y solo
aguardaba para partir de Lima que mi esposa recuperase la salud, o
siquiera se restableciese notablemente, cuando recibí la noticia de
haber sido yo elegido popularmente, por el Estado de Cundinamarca
(el de mi domicilio patrio) Representante a los Congresos de 1864 y
1865. Al propio tiempo fue elegido Presidente de la República el
doctor Murillo, con quien yo había mantenido alguna
correspondencia, menos cordial que antes, es cierto, mientras él
residía en Nueva York o Washington y yo en Lima. Iba a llegar la
ocasión de practicar seriamente y de un modo regular la nueva
Constitución de Colombia (la expedida por la Convención de Rionegro
el 8 de mayo de 1863); y yo, que al leerla y estudiarla en Lima la
había considerado sumamente defectuosa, así por su absolutismo
doctrinario y su espíritu enteramente teórico y casi disociador,
como por sus muchas imperfecciones de redacción y aun de doctrina,
deseaba vivamente contribuir, por sentimiento de patriotismo y
afición decidida a los trabajos parlamentarios, a que se diese la
mejor aplicación posible a las nuevas instituciones y se asegurase
enteramente la paz en Colombia.
Además, la patria me, hacía ya muchísima falta, así por todas
las dulces cosas morales y materiales que la componían, aparte de
mi familia, cómo por las luchas que me habían faltado, durante casi
seis años, de la vida de ciudadano. Torné, pues, a embarcarme, de
vuelta para Colombia, tan lleno de alegría porque regresaba a mi
patria, como porque me alejaba del Perú, donde había perdido muchas
ilusiones de americano, pero había tenido motivos para sentirme más
orgulloso, por comparación, de ser colombiano.
Al tocar en Guayaquil -ciudad pintoresca y de notable actividad
mercantil, pero casi devorada por las selvas circunvecinas-, tuve
una noticia muy desagradable. Dos oficiales, coronel el uno, fueron
por la noche a buscarme a bordo del vapor que me trasladaba del
Callao a Panamá, anclado en el anchuroso y turbio Guayas, enfrente
al muelle de la ciudad. Eran dos edecanes del general Juan José
Flórez, Comandante en jefe del Ejército del Ecuador, personaje que
tuvo la atención de mandar a saludarme, al propio tiempo que fue a
manifestarme lo siguiente: "que el general Mosquera, Presidente de
Colombia, había expedido recientemente un decreto muy amenazante
para el Ecuador; que con tal motivo esta República hacía costosos
preparativos de defensa; que allí se deseaba evitar una guerra
fratricida; y que el general Flórez y todos los ecuatorianos
estimarían en alto grado los esfuerzos que yo hiciese, al llegar a
Bogotá, en favor de la paz". Me complací en asegurar a los edecanes
del general Flórez "que yo agradecía mucho su atento saludo y
estimaba debidamente sus sentimientos pacíficos, y no omitiría
ningún esfuerzo posible en el sentido de mantener la paz entre los
dos pueblos hermanos".
Parecía estar yo condenado a no conocer a derechas, ni sin
peligro de catástrofe, la ciudad de Panamá. En efecto; al llegar a
la graciosa y pequeña bahía de Náos, hubimos de trasbordar del
vapor inglés que nos había transportado desde el Callao, a un
vaporcíto de desembarco, tan incómodo como peligroso; y cuando
apenas íbamos andando hacia el puerto de Panamá, estalló una
borrasca tan violenta que estuvimos a punto de naufragar. Llegamos
al muelle enteramente mojados, y allí nos anunciaron que debíamos
tomar inmediatamente el tren para Colón, so pena, en caso de
demora, de no alcanzar a embarcarnos en el vapor inglés que de allí
debía partir para Cartagena el mismo día. Todo fue, pues,
desembarcar en el muelle de Panamá y entrar en un carro del
ferrocarril.
A poco rato de estar yo instalado con mi familia a bordo del
vapor
|Tyne (si no recuerdo mal el nombre) comenzamos la
marcha de Colón hacia Cartagena, y me senté, como lo acostumbraba,
a fumar y leer tranquilamente en el puente de proa. Acercóseme un
militar, cuya fisonomía no podía ser equivocada, por el aire de
familia muy marcado que tenía, y al saludarme me dijo:
- ¿Tengo el honor de saludar al señor doctor Samper?
-Servidor de usted -le respondí.
-Lo celebro mucho.
-Mil gracias. Creo no equivocarme al suponer que usted es de los
Piñeres.
-Soy Vicente, ya teniente-coronel.
-Muy bien. ¿Trae usted probablemente alguna comisión
importante?
-Sí; muy importante. El general Mosquera está en el Sur de la
República, comenzando campaña contra el Ecuador y...
-Seguramente viene usted a pedir recursos a los Estados del
Atlántico...
-No; el general tiene todos los necesarios.
-¡Ah! ¿Entonces?...
-Hay otro interés muy importante.
Noté que el comandante Piñeres tenía al propio tiempo deseos de
ser indiscreto y recelos de explicarse demasiado, y le invité a
tomar una copa de champaña. No tardé muchos minutos en saber lo que
había.
El general Mosquera, después de atropellar por completo los
derechos de la Iglesia nacional, confiscándole todos sus bienes,
suprimiendo las comunidades religiosas, e imponiendo en todo su
voluntad dictatorial, había desterrado a cuantos obispos y
sacerdotes defendían con celo y energía la propiedad eclesiástica,
la libertad religiosa y las prerrogativas de la conciencia. Exigía
que todos los ministros del culto prestasen juramento de obediencia
a la confiscación de bienes y a todas las iniquidades decretadas
contra la Iglesia, y proscribía sin piedad a cuantos rehusaban
perjurarse. Uno de los proscritos era el Ilustrísimo doctor Antonio
Herrán, arzobispo de Bogotá, hermano del ilustre General Herrán,
yerno de Mosquera; sacerdote a quien yo quería y veneraba con
singular predilección, así por sus virtudes públicas y privadas,
sacerdotales y políticas, como por las circunstancias que habían
mediado entre los dos.
El comandante Piñeres llevaba, por su desgracia, la comisión de
exigir la entrega, en Cartagena, del Arzobispo de Bogotá, refugiado
allí, en su tránsito para el exterior, por causa de enfermedad y
merced a la hidalguía del general Nieto, Presidente del Estado de
Bolívar; y no la entrega para completar la expulsión del humilde y
virtuosísimo prelado, sino para conducirle a las insalubres costas
de Tumaco y Barbacoas, y de allí llevarle, por fragosas sendas,
hasta el campamento de Mosquera en Túquerres o Pasto. Esto, dadas
las circunstancias en que se hallaba el Arzobispo, y las de
semejante viaje, equivalía a una disimulada condenación a muerte,
previa una serie de crueles sufrimientos.
Al penetrarme bien del objeto de la comisión, resolví hacer
cuanto estuviese a mi alcance para salvar al Arzobispo; y desde
luego le supliqué al comandante Piñeres (y así me lo prometió y lo
cumplió) que no entregase al presidente de Bolívar los pliegos que
para éste llevaba, relativos al doctor Herrán, sino dos horas
después de nuestra llegada a Cartagena.
Apenas dejé mi familia medio instalada en un hotel, pedí la
dirección de la casa donde estaba alojado el Arzobispo y corrí a
verle. Grande fue mi sorpresa cuando, al desprenderme de sus
brazos, que me echó al cuello con paternal ternura, pude
contemplarle. De muy robusto y vigoroso hasta la lozanía y la
obesidad, se había convertido casi en esqueleto, enfermo
seriamente, macilento y demacrado por extremo, no obstante los
esmerados miramientos y cuidados de que le habían rodeado en
Cartagena.
Al punto le expuse el objeto de mi urgente visita, motivada por
la comisión que llevaba el comandante Piñeres, y su primera
exclamación, arrasados en lágrimas los ojos, fue esta:
" ¡Hágase la voluntad de Dios!,
-Pues la voluntad de Dios -le dije- debe ser que vuestra señoría
no se vea víctima de esta nueva iniquidad.
- ¿Y cómo evitarla?
-Hagamos todo lo posible.
-Bien: ¿y qué se le ocurre a usted, ahijado mío?
-Veamos si podemos redactar una fórmula de juramento que pueda
ser aceptada por el Presidente del Estado, y deje, sin embargo,
ilesos el honor de vuestra señoría y los derechos de la
Iglesia.
-Lo dudo.
-No; hagamos un esfuerzo.
En efecto, el Arzobispo me expuso su situación moral, la
naturaleza del conflicto en que se hallaba, y lo que para él era
imposible conforme a su deber. Medité durante unos minutos, con la
pluma en la mano, y no tardé en hallar la fórmula que me pareció
más propia para allanarlo todo. La discutí detenidamente con el
señor Arzobispo, y quedamos convenidos en que él la ratificaría
ante el presidente, bajo el juramento que éste le exagera.
Al punto me dirigí a la casa de la presidencia. El general Nieto
estaba en su despacho, y como éramos amigos desde 1850 y él se
distinguía por la más galante amabilidad, me dio un abrazo muy
cordial de bienvenida.
-Sé -me dijo en breve- que usted acaba de llegar, por lo que
comprendo que el objeto de su grata visita es principalmente de
interés público.
- ¡Ah! ¿Ya sabe usted?...
-No me ha entregado los pliegos el comandante Piñeres, pero sí
sé de qué se trata. En todo caso, lo había adivinado.
-Muy bien.
-¿Y cómo ve usted el asunto?
-Le traigo a usted preparada la solución, señor general.
-Pues me trae usted una gran fortuna.
-He aquí lo que el señor Arzobispo está dispuesto a jurar y
suscribir.
-Esta fórmula es enteramente satisfactoria
-repuso el general, después de calarse sus anteojos de engaste
de oro y leer atentamente la fórmula que yo había redactado-. Una
vez firmado esto, podré escribir al general Mosquera que, si él no
se conforma, el señor Arzobispo permanecerá aquí, tratado con las
mayores consideraciones, porque yo no consentiré jamás en
expulsarle, ni entregarle a nadie. Es huésped de mi gobierno, y mi
gobierno no es agente de persecuciones.
Nada podía hacer brillar, mejor que esta contestación, la
gallarda hidalguía que era propia del carácter de Nieto.
Ello fue que todo se arregló satisfactoriamente, y que el
comandante Piñeres hubo de regresar al Sur con las manos vacías,
temeroso de que Mosquera le hiciese fusilar, por un arranque de
despecho. Yo aproveché la ocasión para dirigir una larga carta de
reflexiones al irascible jefe de la revolución, haciéndole
presentes la legalidad del procedimiento de Nieto y el deshonor que
se habría originado, para la causa liberal así como para Mosquera
mismo, del cumplimiento de las deplorables órdenes dadas por el
conducto de Piñeres; y conservo para mi satisfacción y honra, copia
de mi carta y original la contestación que el general Mosquera me
dirigió desde Pasto.
Le ofrecí al señor Arzobispo no solamente mi compañía y los
cuidados de mi familia para regresar a Bogotá inmediatamente, sino
también todos mis recursos; pero él tenía que hacer preparativos y
no pudo partir de Cartagena sino dos o tres semanas después que
yo.
Grandes padecimientos y peligros tuvimos que sobrellevar en
nuestro viaje desde Cartagena hasta Guaduas. Mi esposa estaba
padeciendo una violenta neuralgia gástrica, por lo que casi no
podía alimentarse, y durante la penosísima navegación del Dique se
complicó su mal con fiebres intermitentes. Llegábamos a Calamar al
lento andar de nuestro bote, cuando atracó allí el vapor General
Mosquera, en viaje de Barranquilla para Honda, e inmediatamente nos
trasbordamos, no sin algún presentimiento desagradable que
manifestó mi esposa al notar que la máquina del barco era de alta
presión.
Dormíamos tranquilamente cuando, a eso de tas dos de la mañana,
arriba de Zambrano, una señora (la esposa de don Lázaro Herrera),
salió corriendo de su camarote, en paños menores, dando gritos y
llamando al capitán y demás empleados. Había sentido ella un calor
excesivo, porque por su camarote pasaba un tubo de escape de vapor,
que estaba casi incendiado. Con un minuto más de demora, la
caldera, que no tenía agua, por estar dañada la bomba, pero que
contenía enorme cantidad de vapor, producida por exceso de fuego,
habría estallado indefectiblemente. Nos salvamos de la explosión,
pero los daños eran tan graves que el barco hubo de pararse y
quedar anclado en la mitad del río.
Cuatro días permanecimos allí, en tanto que intentaban hacer
algunas reparaciones al buque, y después nos trasbordamos al vapor
|Antioquia, enviado de Barranquilla en nuestro auxilio.
Días después, en
|Fierro, se rompió y averió seriamente
este último barco, y todos los pasajeros tuvimos que trabajar
mucho, durante tres horas, para ayudar a la tripulación a evitar
que zozobrase la nave. Al día siguiente, como el primer ingeniero
estaba enfermo de muerte, hubo un gran descuido, al atracar en
|Conejo, y estuvimos a punto de volar. Con mil penalidades,
metidos en una estrecha canoa (que se iba volcando al bajar el
vapor
|General López) subimos de Conejo a Honda, a donde
llegamos, cansados de sufrir de mil modos, el 1º de noviembre. Así
volvía yo a pisar las playas de mi tierra natal, a los cinco años y
nueve meses de haberles dicho el adiós del viajero, y daba gracias
a la Divina Providencia, que nos devolvía al melancólico pero
siempre querido lugar de mi nacimiento...
Yo había partido del seno de mi patria con solo dos hijas
pequeñuelas, fruto de mi dichoso amor, y tornaba al hogar con otras
dos más, nacidas la una en Londres y la otra en París; con lo cual,
si la sangre de todas cuatro era la prueba de un curioso
cruzamiento de cinco o seis razas (anglosajona y griega, francesa,
española y arábiga), la variedad de lugares que habían sido cuna de
esas hijas adoradas era también una especie de confirmación del
cosmopolitismo de mis ideas y mis inclinaciones.
Al partir de Colombia, había dejado en paz a mis conciudadanos y
en prosperidad y con buen crédito a toda la Nación y al Gobierno; y
al regresar a Bogotá encontraba dondequiera un vasto hacinamiento
de ruinas, ocasionadas por la más cruenta y desastrosa de nuestras
guerras civiles posteriores a la que dio por resultado nuestra
independencia.
Yo había emprendido mis viajes con el corazón lleno del ardor de
las pasiones políticas, y del espíritu de partido, siempre
intolerante y sistemático; y después de tanto viajar y hacer
comparaciones y estudios prácticos, venía sinceramente convencido
de la falsedad de todo absolutismo político y de la necesidad de
conciliar, en la obra colectiva del gobierno, los principios de
orden y libertad, de conservación y progreso, de soberanía popular
y de autoridad de la inteligencia y la virtud, sin los cuales me
parecía imposible asegurar en mi patria, ni en país alguno, la
estabilidad de las instituciones libres y de los intereses fundados
en el derecho.
En fin, yo había salido de mi patria en solicitud de luz, pero
con el alma atormentada por las congojas de la duda, por la
petulancia de una incredulidad ingenua pero obstinada y
sistemática, y combatida por las inconciliables contradicciones de
diversos sistemas filosóficos y científicos; y al tornar a la vida
colombiana venia desengañado de todos los sistemas; cansado de la
esterilidad de la duda. y por lo mismo, cordialmente anheloso de
creer, en lo tocante a religión y filosofía, en algo que fuese
definitivo, satisfactorio, irrefutable; persuadido de a impotencia
del orgullo humano para resolver ningún problema, y resuelto a
sacudir, por un esfuerzo de inteligencia y meditación, la tiranía
que sobre mi alma hacía pesar el nimio temor de parecer débil ante
los que se llamaban espíritus fuertes.
Nueva vida iba a empezar para mí; o mejor dicho, al tornar al
seno de mi patria, iba a comenzar de nuevo la vida de patriota
ciudadano, ya provisto de considerable caudal de experiencia y no
poco modificado en mi estado moral e intelectual. Y nada podía
preparar mejor mi alma que las impresiones que iba a experimentar
en Honda. Allí, recibiendo con toda mi familia, durante una semana,
la gratísima hospitalidad que me dio mi hermano Silvestre,
precisamente en la tercera de las casas que yo había habitado con
mis padres, tenía delante, a cien pasos, el campanario de la
iglesia a cuya sombra había crecido yo en la fe de mi madre; por
todas partes me rodeaban los cocoteros y árboles que habían
encantado mi infancia; a lo lejos rodaban las rumorosas ondas del
Magdalena y del Gualí, encantos de mi primera juventud; mientras mi
esposa se reponía de sus males y mis chiquillas retozaban con la
alegría de la inocencia, yo iba por las tardes a visitar el
inolvidable cementerio donde, al pie de rústica cruz de marmol, de
la sagrada tumba de mi padre se desprendía una silenciosa y sublime
enseñanza para mi alma, inagotable en su ternura y ávida de luz y
de esperanza...