MI RESIDENCIA EN LIMA
De ordinario, cada situación notable de la vida de un hombre
público tiene su anverso, de ilusiones, favores y prosperidad, y su
reverso, de contratiempos, desagrados y desengaños; o tiene, si se
quiere, su domingo de
|Ramos y su Pasión. Puedo decir que
los dos primeros meses de mi residencia en Lima fueron para mi
nueva situación como un continuo domingo de ramos. De trescientas
cincuenta a cuatrocientas personas, más o menos notables, de la
sociedad culta, me visitaron, haciéndome manifestaciones de
consideración y aprecio; aunque, a decir verdad, llegué a pensar
que las más fueron a verme por curiosidad, más bien que por
simpatía, a causa de la reputación que me habían creado en el Perú,
durante cinco años, mis incesantes y variadas correspondencias,
escritas en Europa, con las cuales
|El Comercio de Lima
había alimentado diez o doce de sus números en cada mes. En
concepto de unos, yo era un demócrata y liberal muy avanzado, casi
un demagogo, capaz de inspirar el temor de que haría daño al país
con mis escritos; y los "conservadores" que así pensaban querían
juzgar, por el trato personal conmigo, si yo sería realmente, como
hombre político y redactor principal del primer diario del Perú,
tan peligroso como lo suponían. Otros, al contrario, se prometían
que yo iría a encabezar en la prensa una propaganda democrática y
reformadora muy pronunciada; mas no dejaban de tener algún recelo
del ascendiente que tal actitud pudiera procurarme, acaso en
perjuicio de algunas aspiraciones rivales. Otros, en fin, a fuer de
servidores de las letras, tales como Vigil, Llona, Palma, Althaus,
Salaverri, Paz Soldan Unanue, Ochoa y muchos más, me acogían con
aquella benevolencia desinteresada y de familia que caracteriza de
ordinario a los amigos de las ciencias, de la literatura y de todo
lo que da alimento y fecundidad a la prensa.
Como quiera, unos y otros me mostraron desde los primeros días
estimación, aprecio, simpatía, o benévola curiosidad, o cuando
menos el deseo de favorecerme con sus relaciones; mi familia fue
rodeada de atenciones por gran número de las de Lima; me llovieron
invitaciones para almuerzos y comidas, paseos y tertulias; los
periódicos de la ciudad y de otras localidades saludaron en
términos muy favorables mi llegada; las logias masónicas de Lima y
del Callao me dieron testimonios de aprecio muy marcados; y fue
notorio el interés con que se comenzaron a leer mis escritos. Así,
a pesar de las dificultades con que tropecé para mi costosa
instalación, y mucho más aún para acomodarme, así como mi familia,
a los raros usos domésticos que las costumbres tenían establecidos,
a las condiciciones del clima, a la complicadísima nomenclatura de
las calles, a la extraña combinación del lenguaje común (mezcla en
gran parte de
|quichua o quechua, castellano, anticuado y
francés corrompido o alambicado), y a muchas particularidades
locales, es lo cierto que durante los dos primeros meses estuve por
lo general muy complacido, sin que mis ilusiones sufrieran
menoscabo.
Muy pocos días después de mi instalación en Lima entré en el
ejercicio de mis funciones como redactor principal de
|El
Comercio; mas no sin trazarme primero un plan de trabajos y de
conducta, indicado al propio tiempo por las circunstancias
excepcionales y delicadas de mi posición y las condiciones
especiales de aquel diario y de la prensa peruana. Sintiéndome
extranjero, no obstante mi nacionalidad colombiana, mi notorio
americanismo y mi marcado interés por la prosperidad del Perú, yo
tenía que proceder de manera que, ni mis escritos lastimasen la
susceptibilidad de los peruanos, por una excesiva ingerencia mía en
la política puramente nacional, ni mis cofrades sintiesen su amor
propio afectado por la influencia que mis artículos pudieran
ejercer, o por el tono y estilo que los distinguiese. Sólo así
podrían perdonarme casi todos el servicio que mi pluma hubiese de
hacer a la causa de la libertad democrática y republicana, de la
civilización y del buen gobierno en el Perú; mayormente si se me
veía proceder con dignidad y entera independencia, con desinterés y
buena fe, y con absoluta pureza de intenciones y actos.
De una parte, la redacción de
|El Comercio me ofrecía
dificultades, ya provenientes de mi ignorancia de la mayor suma de
las instituciones, de la historia íntima y de los hechos
componentes de la política del país, ya de las circunstancias
particulares de publicidad que caracterizaban aquel diario. Sus
editores y propietarios eran extranjeros, (el que a la sazón lo
dirigía, don Manuel Amunátegui, era chileno); chileno era uno de
los redactores subalternos encargado de varias secciones de
|Crónica; y pronto caí en la cuenta de que entre esos
redactores había rivalidades, así como celos respecto de mí. Aunque
|El Comercio parecía tener tendencias liberales y
democráticas, estaba muy lejos de ser doctrinario, ni de
representar propiamente una causa política o social. Obedecía más
que todo a intereses personales y de especulación, cuando no a
influencias oficiales más o menos disimuladas; y aun muchos de sus
artículos, publicados como editoriales, tenían su origen en los
ministerios.
De otra parte, como en el Perú no había verdaderos partidos
políticos, tampoco había ni podía haber prensa verdaderamente
doctrinaria; y
|El Comercio era el tipo de una excesiva
libertad de publicaciones individuales, firmadas o anónimas,
notables por su virulencia, por su lenguaje y tono incorrectos,
malignos y frecuentemente inciviles, por su tendencia a vulnerar
reputaciones y vidas privadas, y por la suma facilidad con que
pululaban, sin más sujeción a regla ni medida que la de acomodarse,
en calidad de
|sueltos, remitidos, comunicados y variedades de
crónica, a la tarifa de precios del diario. Pagar tanto por
columna, era lo esencial para
|El Comercio, por cuanto éste
era simplemente un negocio de publicidad; y todo el que pagaba
podía fácil o impunemente escupir en aquellas columnas lo que a
bien tuviese.
Ya que me era imposible modificar seriamente aquel extraño
sistema de publicidad, puse empeño en dos cosas: la una, esforzarme
por hacer corregir en las oficinas del diario aquellas crudezas de
estilo y de lenguaje que tanto afeaban muchas de las columnas,
redactadas por todo el mundo, por no decir por
|Pasquino; y
otra, salvar mi responsabilidad moral ante el país, y al propio
tiempo dar a los artículos de fondo un carácter elevado y una
tendencia francamente doctrinaria. Me apresuré, pues, a declarar
que solo me constituía responsable moral, legal y personalmente de
los artículos de fondo publicados en la primera sección editorial,
exclusivamente sostenida por mí, y de los literarios o científicos
que en otras secciones apareciesen con mi firma; procuré ocuparme
en altos asuntos de gobierno y de política nacional y extranjera,
de literatura, industria, comercio y otros ramos de interés común;
y me abstuve completamente de inmiscuirme en asuntos personales, de
círculos o banderías, y de política de alcobas o de conciliábulos o
especulaciones con el gobierno.
Bien que escribía tres o cuatro editoriales por semana, amén de
otros trabajos, en breve comprendí que
|El Comercio, por
pertenecer en cierto modo a todo el mundo y ser esencialmente
noticioso y mercantil, ni podía ser convenientemente amenizado, ni
ofrecería teatro suficiente a mi actividad. Le propuse al editor la
creación de un periódico quincenal, adicional a la empresa, de
ciencias, política doctrinaria, literatura, revistas noticiosas del
país y del exterior, y artículos sobre bellas artes, costumbres,
crítica, viajes, etc.; y como viniera en ello el señor Amunátegui,
fundamos al punto la
|Revista Americana, periódico de
impresión elegante, correcto, variado, serio y digno, constante de
veinticuatro páginas de dos columnas en gran folio, en cada número,
y dividido en diez secciones.
Puedo afirmar que la
|Revista Americana, cuitísimo
auxiliar de
|El Comercio, fue honra para la empresa de la
América española y título de honor para mi esposa y para mí.
Alcanzó a llegar hasta la página 288, de suerte que su composición
equivalió a cosa de tres gruesos volúmenes en 12
|o, y
(con excepción de algunas páginas) fue obra mía y de mi esposa,
porque, sí bien hice grandes esfuerzos por lograr la colaboración
de los escritores peruanos, rarísimos quisieron suministrar alguna
cosa. El egoísmo de unos, y la preferencia que los más daban a la
prensa maldiciente y personalista, nos dejaron sin colaboradores.
Así, mi esposa sostenía con su pluma dos o tres secciones, y yo con
la mía las siete u ocho restantes; y a fin de atender a tal
variedad, yo tenía que hacer prodigios de diversificación de estilo
y de estudio y tratamiento de materias, procurando, para mantener
la ilusión de los lectores y hacerles creer que colaboraban muchos
otros escritores, diversificar los nombres y pseudónimos con que
mis artículos, novelas, cuadros de costumbres, etc., aparecían
suscritos.
Así, fue grande e incesante mi actividad en Lima, y viví
constantemente ocupado en labores que me absorbían mucho tiempo; lo
que no me impedía cultivar mis relaciones sociales, informarme cada
día de los asuntos políticos, observar las costumbres nacionales, y
tomar lenguas sobre cuanto podía conducirme al conocimiento de los
hechos particulares del país.
Lo primero que supe con certeza, al cabo de poco tiempo, fue que
en el Perú no había partidos políticos o doctrinarios, es decir,
fuerzas organizadas para servir a determinados órdenes de ideas.
Rarísima vez oía yo hablar de "liberales" ni "conservadores",
denominaciones exóticas y casi desconocidas en la nomenclatura
política nacional de 1863. Cuando los hombres querían caracterizar
sus opiniones, a lo sumo se llamaban "ministeriales" o
"gobiernistas" , unos, y otros "oposicionistas", si bien los
últimos eran muy poco numerosos; pero las más comunes
denominaciones eran las de "vivanquistas", "castillistas",
"echeniquistas" y otros istas, derivados de nombres de
caudillos.
Solo hallé un pequeño núcleo de liberales doctrinarios y hombres
de ideas y tendencias civiles, entre los cuales el Padre Vigil, el
doctor Mariátegui y el señor José Gálvez eran los más notables,
aparte del señor Gregorio Paz Soldan que encabezaba un grupo
separado. Gálvez, joven de gran talento, severa probidad, espíritu
serio y mucho juicio, modesto y desinteresado, era el verdadero
jefe del liberalismo civil y que se iba marcando en el Perú; pero
su círculo era reducido, y pocos años después sucumbió
gloriosamente en el combate del 2 de mayo, en la defensa del
Callao, dejando sin su mejor corazón y su mejor cabeza a los
liberales de aquel país.
Muchas veces me ocurrieron diálogos como éstos, con hombres
políticos, particularmente miembros del Congreso y escritores:
-¿Es usted absolutista o partidario del establecimiento de la
monarquía? -preguntaba yo a alguno de los
|vivanquistas.
-No, señor -me contestaba.
-¿Y entonces por qué es usted vivanquista?
-Porque deseo que gobierne el general Vivanco.
-Pero él es decididamente monarquísta, y sus ideas corresponden
a un conservatismo absolutista...
-No importa. Prefiero que sea él quien gobierne.
Luego me entendía con otro y le decía:
-Supongo que usted es partidario del gobierno civil.
-¡Oh, sin duda! -me respondía.
-No comprendo por qué es usted
|castillista...
-¿Y por qué no?
-Porque el general Castilla jamás ha practicado sino la política
del sable, política dictatorial y muy favorable al militarismo.
-Así será; pero ha sido el jefe de los viejos liberales, y le
prefiero a todos los demás jefes.
-Y usted, señor doctor -le preguntaba yo a un tercero- ¿por qué
persiste en ser
|echeniquista, si la política de Echenique
fue derrotada y vencida
desde hace cosa de siete años y no tiene razón de ser
ninguna?
-Persisto -me decía-, porque el general Echenique fue el hombre
de mis afecciones.
-¿Y qué representa él, si no es el derroche que sufrieron los
caudales públicos, y la vergonzosa caída que él y sus sostenedores
aceptaron en Lima, por impotencia, impopularidad y carencia de
ideas?
-Representa un orden de cosas al cual estuvieron vinculados
grandes intereses y un vasto tren de empleados.
A propósito del tren de empleados, a poco de estar en Lima,
observé que había tres administradores generales de correos, tres
administradores de la Casa de Moneda, tres subsecretarios de
Relaciones Exteriores, y muchos otros empleados, altos o
subalternos, duplicados o triplicados. En cada caso, solo uno
ejercía las funciones del empleo, y todos percibían el sueldo... "
¿Cómo se explica esta irregularidad, desconocida en las demás
repúblicas americanas?" le pregunté a un amigo; y éste me dio la
siguiente explicación, que me dejó asombrado:
"Aquí, con excepción de los empleos de Ministro, Senador y
Diputado, y del de Presidente de la República, todos los destinos
públicos son propiedad del empleado. Como ha habido dos
revoluciones que han cambiado violentamente el tren de empleados,
resulta que los de la tercera edición tienen, con las funciones de
sus empleos, los sueldos respectivos, en tanto que los de las dos
primeras ediciones, políticamente tumbados, no ejercen las
funciones de sus antiguos empleos, pero muchos de ellos, han
logrado que les reconozcan el derecho a sus sueldos, y el tesoro se
los paga".
"¡Bendita tierra del presupuesto inagotable!" exclamé cuando
recibía tan increíble informe.
Pero mi asombro cesó cuando, picada mi curiosidad al saber que
la viuda de un general gozaba de la pequeñez de cinco mil pesos de
pensión anual, un sujeto, muy instruido en asuntos de legislación,
me dijo:
"Es regla establecida aquí que la viuda y los hijos de un
militar tienen derecho a una pensión igual al sueldo de actividad
de que disfrutaba el difunto. Así las
|mariscalas cuentan
con siete mil pesos anuales, las
|generalas con cinco mil,
las coronelas con tres mil, y las comandantas, capitanas, etc., en
proporción".
"Razón tienen de sobra las peruanas -observé-, para ser tan
entusiastas por los militares y preferirles en calidad de maridos.
Decididamente la milicia es aquí una mina mucho más rica que las
del cerro de Pasco, y no es de extrañar que los hombres civiles
sean, en general, insignificantes e impotentes en el orden
político".
En breve supe, con absoluta certeza, hechos comunes como
éstos:
En Lima, en solo la ciudad de Lima, gastaba el gobierno, de
veintiséis millones de pesos que importaba el presupuesto nacional,
catorce en sueldos, pensiones y gracias personales.
La mayor parte de los empleos y no pocas sentencias judiciales y
providencias administrativas, se obtenían por medio de influencias
femeninas.
Muchas veces, cuando alguna dama quería obtener algo en un
personaje político o magistrado, si no tenía hija o sobrina bonita
que la acompañase a visitar al favorecedor, se la pedía prestada a
cualquiera de sus amigas, a fin de producir mejor efecto al "echar
el empeño".
Había juez que públicamente invitaba, por medio de esquelas
enlutadas, con su firma, al entierro de una hija, cubierta con el
apellido de un
|Don Fulano, esposo de la madre; y los
"hombres honrados y respetables" aceptaban la invitación, a
sabiendas del carácter putativo del entierro, por miedo al
resentimiento del señor juez.
Había empleados de la Aduana del Callao, con sueldos de 40 a 60
pesos, que podían, sin tener capital alguno, pasearse en coche
propio y sostener el doble tren de una familia legítima en Lima y
otra de contrabando en la ciudad marítima. Así de un contrabando
nacía otro.
Había muchos
|títulos, rezagos de la época colonial, que
subsistían en el seno de aquella titulada República; y no solo
hacían mucho hincapié en su nobleza de pergaminos, haciéndose
llamar condes y marqueses, sino que era un medio seguro de
adulación, para muchos que se decían demócratas, el empleo de tales
designaciones, cuando hablaban con aquellos personajes hueros.
Las rentas públicas costaban muy poco a los peruanos, puesto que
de veintiséis millones en total, veintitrés provenían del huano y
el salitre monopolizados, y solo tres de impuestos o
contribuciones.
Así, raro ciudadano tenía interés en defender el tesoro ni en
que se economizaran o gastaran bien los caudales públicos; al
contrario, desde el presidente hasta el último empleado, y desde el
más elevado personaje hasta el último ganapán, todos procuraban
vivir del huano, directa o indirectamente.
En general, las mujeres valían en Lima incomparablemente más que
los hombres, así por la viveza de su inteligencia, excepto para los
negocios, como por su desinterés relativo y la energía de su
caracter.
El país era gran productor de plata (de las riquísimas minas del
cerro de Pasco), y tenía en Lima una costosa y bien montada casa de
amonedación; y sin embargo, ni acuñaba su plata ni tenía moneda
propia, sino que recibía la ley de Bolivia, inundado de cuatros
bolivianos, especie de medios pesos pésimamente acuñados, que
debiendo tener el valor legítimo de 50 centavos o 2¼ francos, por
lo menos, solo valían, en realidad, unos 35 centavos, por ser obra
de una falsificación oficial.
Ningún partido representaba una causa nacional, ni principio
alguno, y las luchas aparentemente políticas no eran, en verdad,
sino, luchas de intereses personales.
Los caudales públicos eran derrochados sin escrúpulo, por el
Congreso y por los gobernantes, porque nadie se afanaba por
economizar unas rentas que no provenían de la riqueza social, sino
del monopolio de los huanos y salitres.
No se pensaba seriamente en convertir en obras públicas
reproductivas, contratadas con honradez y acuciosidad, los tesoros
que producía aquel monopolio; y muchos creían que la renta de
huanos y salitres sería eterna.
En la prensa, rarísimo era el artículo decente y de verdadera
discusión, producido por algún escritor digno y de conciencia. Casi
todo lo que daban a luz las diarios era fruto de la venalidad, de
la especulación interesada, y enteramente ilegible, por su
detestable estilo y su desvergonzado lenguaje. Escritores había
que, vendidos a representantes de gobiernos extranjeros, servían
con el mayor cinismo a estos gobiernos en perjuicio de su propio
país.
En el ejército faltaba el sentimiento de una lealtad
incorruptible, y en tanto que casi todos los jefes eran hombres
|políticos, avezados a la intriga y a las más extrañas
volteretas, muchísimos de los oficiales se distinguían por sus
maneras afeminadas y la nulidad de su educación sus
conocimientos.
Mientras que la población propiamente limeña se ocupaba en gozar
de sueldos y pensiones, o en, la política interesada, los negocios
estaban en manos de extranjeros o forasteros. Casi todos los
abogados eran de Arequipa o Trujillo; los médicos, colombianos,
ecuatorianos o europeos, pero muy pocos peruanos; la prensa estaba
casi toda en poder de chilenos, y los negocios bancarios y otras
empresas valiosas pertenecían a ingleses, americanos y chilenos.
Las especerías y pulperías pertenecían enteramente a los italianos;
las tiendas de modas, peluquerías y fotografías, a los franceses;
las cigarrerías, joyerías y relojerías, a los alemanes; los molinos
harineros y las panaderías, a los españoles; los grandes almacenes
de telas de algodón y quincallería, a los ingleses, y la marina, a
todo el mundo.
Un rasgo enteramente gráfico lo dice todo:
Cuando yo regresaba del Perú, a fines de 1863, venía a bordo el
mayor de los Monteros dos hermanos que ya metían algún ruido y que
después han dado mucho qué hacer y qué decir en calidad de
personajes. Aquel sujeto anunciaba en sus conversaciones que iba
para Piura (vía de Paita) con el propósito de hacerse elegir
senador. Puso a bordo mesa de monte, con escándalo de casi todos
los pasajeros, y sostuvo el juego en calidad de tallador o
banquero; y cuando hubo ganado unos novecientos pesos levantó el
fondo, diciendo con cínica seguridad: "No juego más, porque con lo
que he ganado tengo de sobra asegurada mi elección de senador".
¿A dónde habría de ir a parar el Perú con tales hombres de
Estado? A un abismo: a la bancarrota, la concusión sistemática y
general, la pérdida completa del sentimiento nacional, la práctica
de una política bizantina o de balo imperio, la humillación y el
hundimiento de una derrota llena de ignominias; a Una caída
irremediable... Yo anuncié todo esto, desde 1863, en Lima: lo
insinué con la debida discreción, por la prensa, y se lo dije sin
ambages a muchos amigos, como los señores Lastarria y Benavente,
ministros de Chile y Bolivia, Pereira Gamba, encargado de negocios
de Colombia, Amunátegui, Pedro Paz Soldan y otros.
Constantemente procuré con mis escritos producir, en cuanto de
mi esfuerzo pudiera depender, tres resultados: inclinar los ánimos
hacia el doctrinarismo, a fin de que los partidos dejasen de ser
personales y especuladores y fuesen verdaderamente políticos;
elevar y engrandecer el sentimiento nacional, hasta darle las
proporciones de un patriotismo generoso y capaz de entusiasmo,
desinterés y sacrificio; y fomentar la creación de obras públicas
bien combinadas y dirigidas, necesarias y reproductivas, que
trasladasen al continente, para lo futuro, las riquezas de las
islas de Chincha que rápidamente se iban dilapidando. Pero si toda
predicación era inútil respecto de los dos primeros puntos, en lo
tocante al tercero solo se vio que los gobernantes la aceptaban al
revés: emprendieron multitud de obras descabelladas, no por el bien
del Perú ni para aprovechar unos tesoros naturales, sino para tener
ocasión de practicar el peculado en inmensa escala y causar la
ruina general, con provecho solamente para algunos
concusionarios.
Entre los incidentes que me ocurrieron como periodista en Lima,
referiré los más importantes.
El Gobierno peruano había querido establecer vapores de guerra
en el río Marañón o alto Amazonas, y mandado construir dos o tres
en Europa, sin reparar en gastos. Quiso luego hacerlos entrar por
Pará, y como las autoridades brasileras se opusieron a ello, los
capitanes respectivos, después de algunos días de detención,
forzaron el paso y remontaron el Amazonas. Pero ya bien arriba, al
pasar por delante de una fortaleza brasilera, fueron cañoneados y
sufrieron graves daños. De estos incidentes se originó un conflicto
entre los dos Gobiernos que, por fortuna, al cabo fue amigablemente
arreglado.
Hubo escritor peruano que, vendido al Cónsul brasilero, sostuvo
contra su patria, en su diario, la causa del Brasil, y nadie se
mostró indignado. Yo tenía que tratar el punto en El Comercio, y
para poder hacerlo con propiedad comencé por aprender a traducir
corrientemente el portugués, sin lo cual no podía enterarme de lo
que narraban y sostenían los diarios de Pará y Río Janeiro.
Estudiando mucho una gramática y ,un diccionario de aquel idioma,
que me procuré, en veinte días me puse al corriente de todo; y así
pude, con entera conciencia y con mi genial desinterés, sostener
enérgicamente la causa del Perú, que me parecía justa.
Suscitáronse también graves cuestiones relativas a las
inmigraciones de chinos y polinesios o Canacas, con motivo de las
crueldades que los especuladores y hacendados cometían con unos y
otros, faltándoles a los contratos celebrados y tratándoles como a
brutos. El modo de atrapar o cazar a los Canacas, en las islas del
Grande Océano, era infame, y aquellos desgraciados morían a miles
al llegar al Perú, hacinados en los buques traficantes cual si
fueran fardos de mercancías. Aquello era una trata de nueva
especie, tanto más vergonzosa cuanto se hacía protegiéndola con el
pabellón de una república americana. Yo protesté enérgicamente
contra tales infamias, y como el Ministro de Francia tomó a los
Canacas bajo su protección, el gobierno peruano acabó por hacer
justicia y tributar homenaje a la humanidad, mandando que, por su
cuenta, fuesen reembarcados los supervivientes de aquellos, y
restituidos a sus islas.
Desde 1862, al partir yo de Francia, había tenido noticia segura
de lo concertado en Biarritz respecto de expediciones europeas
sobre varias Repúblicas Hispano-Americanas. Tan luego como empecé a
redactar
|El Comercio, insistí en lo que había afirmado en
una correspondencia escrita desde París: que era cosa convenida
entre el Gobierno de Napoleón III y el Gabinete O´Donnell (de
España) el distribuirse ciertas empresas políticas en América, de
tal suerte que el Gobierno imperial emprendería la conquista de
Méjico, en tanto que el español, a más de apoderarse de la
República Dominicana, expedicionaria contra el Perú.
Cuando afirmé estas cosas en Lima, procurando que el Perú obrase
con cautela y se preparase con tiempo para rechazar un ataque, fui
groseramente injuriado en un diario que se decía peruano y era
sostenido por peruanos, y las injurias aparecieron suscritas por
unos tantos molineros y panaderos españoles. No tardaron mucho en
confirmarse mis anuncios, cuando ya el peligro era inminente, y el
Perú tuvo que sostener guerra con España, ver ocupadas sus islas
huaneras por la escuadra española, (precipitado por el Comisario
Mazarredo a cometer graves, atentados), y rechazar casi de
improviso el bombardeo del Callao.
Hacía algunos meses que yo redactaba
|El Comercio y
|la Revista Americana, cuando ocurrió un incidente que me
causó mucho desagrado. Yo escribía con entera independencia,
mostrando igual moderación cuando aplaudía o censuraba los actos
del Gobierno. En cierta ocasión en que el Gobierno tenía mucho
interés en que la prensa le aprobase y justificase un acto notable,
digno de censura, hicieron esfuerzos conmigo varios sujetos
ministeriales para que yo torciese mi opinión; pero resistí a toda
instancia, dando mis razones, y mandé componer en la imprenta de
|El Comercio el editorial que tenía escrito sobre el
asunto. No me dieron oportunamente pruebas para corregirlo, y fue
demorada su publicación por un día. ¡Cuál no sería mi sorpresa,
después de poner el
|Tírese, del caso, respecto de lo
editorial, que era exclusivamente mío, al ver en la misma sección,
a continuación de mi artículo, otro que me contradecía punto por
punto, como si su desconocido autor hubiese tenido a la vista mi
manuscrito!
Procedí inmediatamente a pedir la explicación del caso, y ni el
propietario editor, ni los compañeros de redacción, ni el director
de cajistas pudieron dármela: todos apelaron a subterfugios o se
declaraban inocentes del hecho. Me apresuré a declarar en el diario
que se había cometido un error o un abuso; que el artículo
publicado en oposición al mío no era editorial, y que yo solo
respondía de mis propios escritos, no de los ajenos; y pensé que el
caso no se repetiría.
Pero se repitió por tres veces, y como yo me mostraba indignado
y buscaba con empeño la explicación del hecho, un amigo que estaba
instruido en muchos secretos me buscó para decirme lo
siguiente:
"Usted es víctima de un miserable engaño, y todas las protestas
que le hacen son falaces.
|El Comercio está secretamente
vendido al Gobierno: recibe una subvención mensual de trescientos
pesos, y además, treinta por cada columna que se llene con
artículos semioficiales. Los editoriales de usted, cuando contienen
censuras, son comunicados inmediatamente a los ministerios, para
que allí los refuten; y por eso, a continuación de lo que usted
escribe, aparecen refutaciones como editoriales. Si usted quiere
conocer la evidencia, tome súbitamente en la imprenta la llave del
escaparate donde se guardan los originales, y no le quedarán
dudas".
Como este informe era tan preciso y positivo, y yo tenía ya
muchos datos para creer que el editor de
|El Comercio tenía
un contrato secreto con el Gobierno, resolví seguir el consejo.
Entré repentinamente en la oficina de correcciones, me apoderé de
la llave del escaparate, examiné los paquetes de originales de los
números en que habían ocurrido las aparentes trocatintas, y hallé
los cuatro artículos contrarios a los míos de puño y letra de uno
de los ministros (el coronel Freyre) y dos de los Subsecretarios de
Estado. Provisto de estas pruebas irrefutables, entré en el
despacho del señor Amunátegui y le dije:
-He adquirido las pruebas de lo que yo había insinuado a usted
como grave motivo de queja: ¡
|El Comercio está secretamente
vendido al Gobierno!
-¿Pero qué pruebas tiene usted? -me preguntó el señor
Amunátegui, creyendo poderme contradecir.
-¡Véalas usted! -le contesté, mostrándole los artículos
oficiales, que precisamente habían pasado por sus manos.
Don Manuel inclinó la cabeza en silencio, y apenas se atrevió a
decir, muy azorado:
-Qué quiere usted...
-Pero esto no es decente -le observé-. He sido indignamente
engañado.
-¡Ah, señor doctor! -repuso-. La política y los negocios imponen
necesidades.
-Sin duda -repliqué indignado-. ¡Pero también es necesario
respetar y considerar el honor de los hombres, la dignidad de las
ideas y de la prensa, y la reputación de los amigos con quienes se
contrata!
-Pero todo esto puede componerse...
-¿De qué manera?
-Procediendo con cierta maña... con cierto espíritu de
conciliación...
-Yo no entiendo de mañas ni amaños -repuse con firmeza- y estimo
en mucho mi probidad de pensador y mi dignidad de escritor.
-Pero usted sabe -observó el señor Amunátegui- que
|El
Comercio tiene por regla una completa libertad...
-En hora buena: que sea tan libre en sus publicaciones como
usted quiera; pero que no se me haga aparecer como cómplice de
tratos que me son extraños ni de ideas opuestas a las mías.
El resultado de tan desagradable entrevista fue el siguiente
convenio: mi independencia de redactar sería enteramente respetada;
jamás se insertaría en la sección de fondo lo que no fuese mío o yo
no prohijase expresamente, y el editor propietario insertaría en
las secciones de comunicados, remitidos, o crónica o inserciones lo
que le conviniese; siendo bien entendido que él solo asumiría la
responsabilidad legal y moral.
A los ocho o diez días fue violado el convenio con otra
infidencia o perfidia como las anteriores, y entonces estallé. Le
declaré rotundamente al señor Amunátegui que debía escoger entre el
Gobierno comprador y el redactor independiente; y como aquel,
después de hacerme reflexiones inútiles, me manifestó que no podía
romper su convenio secreto de subvención, porque se arruinaría en
sus negocios de lonja y de publicidad, notifiquéle que por mi parte
rompía el contrato que me ligaba a
|El Comercio, y le haría
saber al público los motivos. Me habló el señor Amunátegui de
indemnización, si yo la exigía, y le declaré que ninguna reclamaba,
puesto que no había de pagarme él los muchos miles de pesos que me
costaba el viaje al Perú, el establecimiento en Lima, y el déficit
que todos los meses había en mí presupuesto, aun viviendo con
notoria modestia, por ser la vida excesivamente cara en aquella
ciudad.
Tuve la generosidad, por súplicas del señor Amunátegui y de sus
parientes, de no divulgar lo ocurrido; y solo manifesté en
|El
Comercio, al despedirme, que me separaba de la redacción
porque así convenía a la independencia de mi carácter y a mis
convicciones. Solo alcancé, pues, a servir la redacción del Diario
y la Revista durante siete meses, cuando había esperado servirlas
durante cuatro o cinco años; y en lugar de exigir indemnizaciones
sufrí grandes perjuicios, con un desinterés que rayó en
tontería.
Apenas había yo notificado el rompimiento de mi contrato, cuando
el doctor José Gregorio Paz Soldan, presidente del Consejo de
Ministros, -sujeto que me trataba con mucha deferencia y
consideración-, me fue a visitar y hacerme reflexiones para
inducirme a no separarme de
|El Comercio y
|la
Revista, ni menos alejarme del Perú.
-No se vaya usted, Dr. Samper -me decía-. Usted, con las
aptitudes que tiene, puede volverse millonario aquí.
-Sí, señor; eso es posible -le contesté-. Pero sería vendiendo
mi conciencia; sería vendiendo mis escritos o mi silencio, y
entrando en un camino de ignominiosas especulaciones. Yo desprecio
toda riqueza adquirida de tal modo; y no solo por carácter honrado,
heredado de mi padre, sino también por educación social, recibida
en Colombia, donde se estima en mucho la dignidad del escritor, soy
absolutamente incapaz de plegarme a las exigencias o prácticas de
un periodismo venal y una política de lonja.
-Usted exagera las cosas -me dijo don José Gregorio.
-Es posible -repuse- que yo dé excesivo alcance a las
sugestiones de usted, bien que no comprendo cómo podría un
periodista volverse millonario de otra suerte. Mas sea como fuere,
prefiero irme a vivir a mi patria, pobre y con dignidad, antes que
estar aquí rodeado de dificultades que un hombre honrado no puede
aceptar.
Así acabó mi tarea de periodista en el Perú; y no sin tazón, al
considerar lo que allí sucedía y conocer a fondo las condiciones de
la política que se practicaba, predije con tristeza la mala suerte
que, tarde o temprano, correría la nación peruana, en cuyo seno
prevalecían prácticas bizantinas profundamente corruptoras. Por
desgracia, el tiempo se encargó de justificar mis predicciones;
porque, después de muchos años de despilfarro inaudito, de
ignominioso peculado, de traiciones y escándalos de todo linaje, el
pueblo peruano ha dado al mundo, en su guerra con Chile, la prueba
evidente de que había perdido el espíritu de la nacionalidad, el
sentimiento del patriotismo y la conciencia del deber que le
imponían su título de Estado independiente y sus instituciones
republicanas.