INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
MI RESIDENCIA EN LIMA

 

 

De ordinario, cada situación notable de la vida de un hombre público tiene su anverso, de ilusiones, favores y prosperidad, y su reverso, de contratiempos, desagrados y desengaños; o tiene, si se quiere, su domingo de |Ramos y su Pasión. Puedo decir que los dos primeros meses de mi residencia en Lima fueron para mi nueva situación como un continuo domingo de ramos. De trescientas cincuenta a cuatrocientas personas, más o menos notables, de la sociedad culta, me visitaron, haciéndome manifestaciones de consideración y aprecio; aunque, a decir verdad, llegué a pensar que las más fueron a verme por curiosidad, más bien que por simpatía, a causa de la reputación que me habían creado en el Perú, durante cinco años, mis incesantes y variadas correspondencias, escritas en Europa, con las cuales |El Comercio de Lima había alimentado diez o doce de sus números en cada mes. En concepto de unos, yo era un demócrata y liberal muy avanzado, casi un demagogo, capaz de inspirar el temor de que haría daño al país con mis escritos; y los "conservadores" que así pensaban querían juzgar, por el trato personal conmigo, si yo sería realmente, como hombre político y redactor principal del primer diario del Perú, tan peligroso como lo suponían. Otros, al contrario, se prometían que yo iría a encabezar en la prensa una propaganda democrática y reformadora muy pronunciada; mas no dejaban de tener algún recelo del ascendiente que tal actitud pudiera procurarme, acaso en perjuicio de algunas aspiraciones rivales. Otros, en fin, a fuer de servidores de las letras, tales como Vigil, Llona, Palma, Althaus, Salaverri, Paz Soldan Unanue, Ochoa y muchos más, me acogían con aquella benevolencia desinteresada y de familia que caracteriza de ordinario a los amigos de las ciencias, de la literatura y de todo lo que da alimento y fecundidad a la prensa.

Como quiera, unos y otros me mostraron desde los primeros días estimación, aprecio, simpatía, o benévola curiosidad, o cuando menos el deseo de favorecerme con sus relaciones; mi familia fue rodeada de atenciones por gran número de las de Lima; me llovieron invitaciones para almuerzos y comidas, paseos y tertulias; los periódicos de la ciudad y de otras localidades saludaron en términos muy favorables mi llegada; las logias masónicas de Lima y del Callao me dieron testimonios de aprecio muy marcados; y fue notorio el interés con que se comenzaron a leer mis escritos. Así, a pesar de las dificultades con que tropecé para mi costosa instalación, y mucho más aún para acomodarme, así como mi familia, a los raros usos domésticos que las costumbres tenían establecidos, a las condiciciones del clima, a la complicadísima nomenclatura de las calles, a la extraña combinación del lenguaje común (mezcla en gran parte de |quichua o quechua, castellano, anticuado y francés corrompido o alambicado), y a muchas particularidades locales, es lo cierto que durante los dos primeros meses estuve por lo general muy complacido, sin que mis ilusiones sufrieran menoscabo.

Muy pocos días después de mi instalación en Lima entré en el ejercicio de mis funciones como redactor principal de |El Comercio; mas no sin trazarme primero un plan de trabajos y de conducta, indicado al propio tiempo por las circunstancias excepcionales y delicadas de mi posición y las condiciones especiales de aquel diario y de la prensa peruana. Sintiéndome extranjero, no obstante mi nacionalidad colombiana, mi notorio americanismo y mi marcado interés por la prosperidad del Perú, yo tenía que proceder de manera que, ni mis escritos lastimasen la susceptibilidad de los peruanos, por una excesiva ingerencia mía en la política puramente nacional, ni mis cofrades sintiesen su amor propio afectado por la influencia que mis artículos pudieran ejercer, o por el tono y estilo que los distinguiese. Sólo así podrían perdonarme casi todos el servicio que mi pluma hubiese de hacer a la causa de la libertad democrática y republicana, de la civilización y del buen gobierno en el Perú; mayormente si se me veía proceder con dignidad y entera independencia, con desinterés y buena fe, y con absoluta pureza de intenciones y actos.

De una parte, la redacción de |El Comercio me ofrecía dificultades, ya provenientes de mi ignorancia de la mayor suma de las instituciones, de la historia íntima y de los hechos componentes de la política del país, ya de las circunstancias particulares de publicidad que caracterizaban aquel diario. Sus editores y propietarios eran extranjeros, (el que a la sazón lo dirigía, don Manuel Amunátegui, era chileno); chileno era uno de los redactores subalternos encargado de varias secciones de |Crónica; y pronto caí en la cuenta de que entre esos redactores había rivalidades, así como celos respecto de mí. Aunque |El Comercio parecía tener tendencias liberales y democráticas, estaba muy lejos de ser doctrinario, ni de representar propiamente una causa política o social. Obedecía más que todo a intereses personales y de especulación, cuando no a influencias oficiales más o menos disimuladas; y aun muchos de sus artículos, publicados como editoriales, tenían su origen en los ministerios.

De otra parte, como en el Perú no había verdaderos partidos políticos, tampoco había ni podía haber prensa verdaderamente doctrinaria; y |El Comercio era el tipo de una excesiva libertad de publicaciones individuales, firmadas o anónimas, notables por su virulencia, por su lenguaje y tono incorrectos, malignos y frecuentemente inciviles, por su tendencia a vulnerar reputaciones y vidas privadas, y por la suma facilidad con que pululaban, sin más sujeción a regla ni medida que la de acomodarse, en calidad de |sueltos, remitidos, comunicados y variedades de crónica, a la tarifa de precios del diario. Pagar tanto por columna, era lo esencial para |El Comercio, por cuanto éste era simplemente un negocio de publicidad; y todo el que pagaba podía fácil o impunemente escupir en aquellas columnas lo que a bien tuviese.

Ya que me era imposible modificar seriamente aquel extraño sistema de publicidad, puse empeño en dos cosas: la una, esforzarme por hacer corregir en las oficinas del diario aquellas crudezas de estilo y de lenguaje que tanto afeaban muchas de las columnas, redactadas por todo el mundo, por no decir por |Pasquino; y otra, salvar mi responsabilidad moral ante el país, y al propio tiempo dar a los artículos de fondo un carácter elevado y una tendencia francamente doctrinaria. Me apresuré, pues, a declarar que solo me constituía responsable moral, legal y personalmente de los artículos de fondo publicados en la primera sección editorial, exclusivamente sostenida por mí, y de los literarios o científicos que en otras secciones apareciesen con mi firma; procuré ocuparme en altos asuntos de gobierno y de política nacional y extranjera, de literatura, industria, comercio y otros ramos de interés común; y me abstuve completamente de inmiscuirme en asuntos personales, de círculos o banderías, y de política de alcobas o de conciliábulos o especulaciones con el gobierno.

Bien que escribía tres o cuatro editoriales por semana, amén de otros trabajos, en breve comprendí que |El Comercio, por pertenecer en cierto modo a todo el mundo y ser esencialmente noticioso y mercantil, ni podía ser convenientemente amenizado, ni ofrecería teatro suficiente a mi actividad. Le propuse al editor la creación de un periódico quincenal, adicional a la empresa, de ciencias, política doctrinaria, literatura, revistas noticiosas del país y del exterior, y artículos sobre bellas artes, costumbres, crítica, viajes, etc.; y como viniera en ello el señor Amunátegui, fundamos al punto la |Revista Americana, periódico de impresión elegante, correcto, variado, serio y digno, constante de veinticuatro páginas de dos columnas en gran folio, en cada número, y dividido en diez secciones.

Puedo afirmar que la |Revista Americana, cuitísimo auxiliar de |El Comercio, fue honra para la empresa de la América española y título de honor para mi esposa y para mí. Alcanzó a llegar hasta la página 288, de suerte que su composición equivalió a cosa de tres gruesos volúmenes en 12 |o, y (con excepción de algunas páginas) fue obra mía y de mi esposa, porque, sí bien hice grandes esfuerzos por lograr la colaboración de los escritores peruanos, rarísimos quisieron suministrar alguna cosa. El egoísmo de unos, y la preferencia que los más daban a la prensa maldiciente y personalista, nos dejaron sin colaboradores. Así, mi esposa sostenía con su pluma dos o tres secciones, y yo con la mía las siete u ocho restantes; y a fin de atender a tal variedad, yo tenía que hacer prodigios de diversificación de estilo y de estudio y tratamiento de materias, procurando, para mantener la ilusión de los lectores y hacerles creer que colaboraban muchos otros escritores, diversificar los nombres y pseudónimos con que mis artículos, novelas, cuadros de costumbres, etc., aparecían suscritos.

Así, fue grande e incesante mi actividad en Lima, y viví constantemente ocupado en labores que me absorbían mucho tiempo; lo que no me impedía cultivar mis relaciones sociales, informarme cada día de los asuntos políticos, observar las costumbres nacionales, y tomar lenguas sobre cuanto podía conducirme al conocimiento de los hechos particulares del país.

Lo primero que supe con certeza, al cabo de poco tiempo, fue que en el Perú no había partidos políticos o doctrinarios, es decir, fuerzas organizadas para servir a determinados órdenes de ideas. Rarísima vez oía yo hablar de "liberales" ni "conservadores", denominaciones exóticas y casi desconocidas en la nomenclatura política nacional de 1863. Cuando los hombres querían caracterizar sus opiniones, a lo sumo se llamaban "ministeriales" o "gobiernistas" , unos, y otros "oposicionistas",  si bien los últimos eran muy poco numerosos; pero las más comunes denominaciones eran las de "vivanquistas", "castillistas", "echeniquistas" y otros istas, derivados de nombres de caudillos.

Solo hallé un pequeño núcleo de liberales doctrinarios y hombres de ideas y tendencias civiles, entre los cuales el Padre Vigil, el doctor Mariátegui y el señor José Gálvez eran los más notables, aparte del señor Gregorio Paz Soldan que encabezaba un grupo separado. Gálvez, joven de gran talento, severa probidad, espíritu serio y mucho juicio, modesto y desinteresado, era el verdadero jefe del liberalismo civil y que se iba marcando en el Perú; pero su círculo era reducido, y pocos años después sucumbió gloriosamente en el combate del 2 de mayo, en la defensa del Callao, dejando sin su mejor corazón y su mejor cabeza a los liberales de aquel país.

Muchas veces me ocurrieron diálogos como éstos, con hombres políticos, particularmente miembros del Congreso y escritores:

-¿Es usted absolutista o partidario del establecimiento de la monarquía? -preguntaba yo a alguno de los |vivanquistas.

-No, señor -me contestaba.

-¿Y entonces por qué es usted vivanquista?

-Porque deseo que gobierne el general Vivanco.

-Pero él es decididamente monarquísta, y sus ideas corresponden a un conservatismo absolutista...

-No importa. Prefiero que sea él quien gobierne.

Luego me entendía con otro y le decía:

-Supongo que usted es partidario del gobierno civil.

-¡Oh, sin duda! -me respondía.

-No comprendo por qué es usted |castillista...

-¿Y por qué no?

-Porque el general Castilla jamás ha practicado sino la política del sable, política dictatorial y muy favorable al militarismo.

-Así será; pero ha sido el jefe de los viejos liberales, y le prefiero a todos los demás jefes.

-Y usted, señor doctor -le preguntaba yo a un tercero- ¿por qué persiste en ser |echeniquista, si la política de Echenique fue derrotada y vencida

desde hace cosa de siete años y no tiene razón de ser ninguna?

-Persisto -me decía-, porque el general Echenique fue el hombre de mis afecciones.

-¿Y qué representa él, si no es el derroche que sufrieron los caudales públicos, y la vergonzosa caída que él y sus sostenedores aceptaron en Lima, por impotencia, impopularidad y carencia de ideas?

-Representa un orden de cosas al cual estuvieron vinculados grandes intereses y un vasto tren de empleados.

A propósito del tren de empleados, a poco de estar en Lima, observé que había tres administradores generales de correos, tres administradores de la Casa de Moneda, tres subsecretarios de Relaciones Exteriores, y muchos otros empleados, altos o subalternos, duplicados o triplicados. En cada caso, solo uno ejercía las funciones del empleo, y todos percibían el sueldo... " ¿Cómo se explica esta irregularidad, desconocida en las demás repúblicas americanas?" le pregunté a un amigo; y éste me dio la siguiente explicación, que me dejó asombrado:

"Aquí, con excepción de los empleos de Ministro, Senador y Diputado, y del de Presidente de la República, todos los destinos públicos son propiedad del empleado. Como ha habido dos revoluciones que han cambiado violentamente el tren de empleados, resulta que los de la tercera edición tienen, con las funciones de sus empleos, los sueldos respectivos, en tanto que los de las dos primeras ediciones, políticamente tumbados, no ejercen las funciones de sus antiguos empleos, pero muchos de ellos, han logrado que les reconozcan el derecho a sus sueldos, y el tesoro se los paga".

"¡Bendita tierra del presupuesto inagotable!" exclamé cuando recibía tan increíble informe.

Pero mi asombro cesó cuando, picada mi curiosidad al saber que la viuda de un general gozaba de la pequeñez de cinco mil pesos de pensión anual, un sujeto, muy instruido en asuntos de legislación, me dijo:

"Es regla establecida aquí que la viuda y los hijos de un militar tienen derecho a una pensión igual al sueldo de actividad de que disfrutaba el difunto. Así las |mariscalas cuentan con siete mil pesos anuales, las |generalas con cinco mil, las coronelas con tres mil, y las comandantas, capitanas, etc., en proporción".

"Razón tienen de sobra las peruanas -observé-, para ser tan entusiastas por los militares y preferirles en calidad de maridos. Decididamente la milicia es aquí una mina mucho más rica que las del cerro de Pasco, y no es de extrañar que los hombres civiles sean, en general, insignificantes e impotentes en el orden político".

En breve supe, con absoluta certeza, hechos comunes como éstos:

En Lima, en solo la ciudad de Lima, gastaba el gobierno, de veintiséis millones de pesos que importaba el presupuesto nacional, catorce en sueldos, pensiones y gracias personales.

La mayor parte de los empleos y no pocas sentencias judiciales y providencias administrativas, se obtenían por medio de influencias femeninas.

Muchas veces, cuando alguna dama quería obtener algo en un personaje político o magistrado, si no tenía hija o sobrina bonita que la acompañase a visitar al favorecedor, se la pedía prestada a cualquiera de sus amigas, a fin de producir mejor efecto al "echar el empeño".

Había juez que públicamente invitaba, por medio de esquelas enlutadas, con su firma, al entierro de una hija, cubierta con el apellido de un |Don Fulano, esposo de la madre; y los "hombres honrados y respetables" aceptaban la invitación, a sabiendas del carácter putativo del entierro, por miedo al resentimiento del señor juez.

Había empleados de la Aduana del Callao, con sueldos de 40 a 60 pesos, que podían, sin tener capital alguno, pasearse en coche propio y sostener el doble tren de una familia legítima en Lima y otra de contrabando en la ciudad marítima. Así de un contrabando nacía otro.

Había muchos |títulos, rezagos de la época colonial, que subsistían en el seno de aquella titulada República; y no solo hacían mucho hincapié en su nobleza de pergaminos, haciéndose llamar condes y marqueses, sino que era un medio seguro de adulación, para muchos que se decían demócratas, el empleo de tales designaciones, cuando hablaban con aquellos personajes hueros.

Las rentas públicas costaban muy poco a los peruanos, puesto que de veintiséis millones en total, veintitrés provenían del huano y el salitre monopolizados, y solo tres de impuestos o contribuciones.

Así, raro ciudadano tenía interés en defender el tesoro ni en que se economizaran o gastaran bien los caudales públicos; al contrario, desde el presidente hasta el último empleado, y desde el más elevado personaje hasta el último ganapán, todos procuraban vivir del huano, directa o indirectamente.

En general, las mujeres valían en Lima incomparablemente más que los hombres, así por la viveza de su inteligencia, excepto para los negocios, como por su desinterés relativo y la energía de su caracter.

El país era gran productor de plata (de las riquísimas minas del cerro de Pasco), y tenía en Lima una costosa y bien montada casa de amonedación; y sin embargo, ni acuñaba su plata ni tenía moneda propia, sino que recibía la ley de Bolivia, inundado de cuatros bolivianos, especie de medios pesos pésimamente acuñados, que debiendo tener el valor legítimo de 50 centavos o 2¼ francos, por lo menos, solo valían, en realidad, unos 35 centavos, por ser obra de una falsificación oficial.

Ningún partido representaba una causa nacional, ni principio alguno, y las luchas aparentemente políticas no eran, en verdad, sino, luchas de intereses personales.

Los caudales públicos eran derrochados sin escrúpulo, por el Congreso y por los gobernantes, porque nadie se afanaba por economizar unas rentas que no provenían de la riqueza social, sino del monopolio de los huanos y salitres.

No se pensaba seriamente en convertir en obras públicas reproductivas, contratadas con honradez y acuciosidad, los tesoros que producía aquel monopolio; y muchos creían que la renta de huanos y salitres sería eterna.

En la prensa, rarísimo era el artículo decente y de verdadera discusión, producido por algún escritor digno y de conciencia. Casi todo lo que daban a luz las diarios era fruto de la venalidad, de la especulación interesada, y enteramente ilegible, por su detestable estilo y su desvergonzado lenguaje. Escritores había que, vendidos a representantes de gobiernos extranjeros, servían con el mayor cinismo a estos gobiernos en perjuicio de su propio país.

En el ejército faltaba el sentimiento de una lealtad incorruptible, y en tanto que casi todos los jefes eran hombres |políticos, avezados a la intriga y a las más extrañas volteretas, muchísimos de los oficiales se distinguían por sus maneras afeminadas y la nulidad de su educación sus conocimientos.

Mientras que la población propiamente limeña se ocupaba en gozar de sueldos y pensiones, o en, la política interesada, los negocios estaban en manos de extranjeros o forasteros. Casi todos los abogados eran de Arequipa o Trujillo; los médicos, colombianos, ecuatorianos o europeos, pero muy pocos peruanos; la prensa estaba casi toda en poder de chilenos, y los negocios bancarios y otras empresas valiosas pertenecían a ingleses, americanos y chilenos. Las especerías y pulperías pertenecían enteramente a los italianos; las tiendas de modas, peluquerías y fotografías, a los franceses; las cigarrerías, joyerías y relojerías, a los alemanes; los molinos harineros y las panaderías, a los españoles; los grandes almacenes de telas de algodón y quincallería, a los ingleses, y la marina, a todo el mundo.

Un rasgo enteramente gráfico lo dice todo:

Cuando yo regresaba del Perú, a fines de 1863, venía a bordo el mayor de los Monteros dos hermanos que ya metían algún ruido y que después han dado mucho qué hacer y qué decir en calidad de personajes. Aquel sujeto anunciaba en sus conversaciones que iba para Piura (vía de Paita) con el propósito de hacerse elegir senador. Puso a bordo mesa de monte, con escándalo de casi todos los pasajeros, y sostuvo el juego en calidad de tallador o banquero; y cuando hubo ganado unos novecientos pesos levantó el fondo, diciendo con cínica seguridad: "No juego más, porque con lo que he ganado tengo de sobra asegurada mi elección de senador".

¿A dónde habría de ir a parar el Perú con tales hombres de Estado? A un abismo: a la bancarrota, la concusión sistemática y general, la pérdida completa del sentimiento nacional, la práctica de una política bizantina o de balo imperio, la humillación y el hundimiento de una derrota llena de ignominias; a Una caída irremediable... Yo anuncié todo esto, desde 1863, en Lima: lo insinué con la debida discreción, por la prensa, y se lo dije sin ambages a muchos amigos, como los señores Lastarria y Benavente, ministros de Chile y Bolivia, Pereira Gamba, encargado de negocios de Colombia, Amunátegui, Pedro Paz Soldan y otros.

Constantemente procuré con mis escritos producir, en cuanto de mi esfuerzo pudiera depender, tres resultados: inclinar los ánimos hacia el doctrinarismo, a fin de que los partidos dejasen de ser personales y especuladores y fuesen verdaderamente políticos; elevar y engrandecer el sentimiento nacional, hasta darle las proporciones de un patriotismo generoso y capaz de entusiasmo, desinterés y sacrificio; y fomentar la creación de obras públicas bien combinadas y dirigidas, necesarias y reproductivas, que trasladasen al continente, para lo futuro, las riquezas de las islas de Chincha que rápidamente se iban dilapidando. Pero si toda predicación era inútil respecto de los dos primeros puntos, en lo tocante al tercero solo se vio que los gobernantes la aceptaban al revés: emprendieron multitud de obras descabelladas, no por el bien del Perú ni para aprovechar unos tesoros naturales, sino para tener ocasión de practicar el peculado en inmensa escala y causar la ruina general, con provecho solamente para algunos concusionarios.

Entre los incidentes que me ocurrieron como periodista en Lima, referiré los más importantes.

El Gobierno peruano había querido establecer vapores de guerra en el río Marañón o alto Amazonas, y mandado construir dos o tres en Europa, sin reparar en gastos. Quiso luego hacerlos entrar por Pará, y como las autoridades brasileras se opusieron a ello, los capitanes respectivos, después de algunos días de detención, forzaron el paso y remontaron el Amazonas. Pero ya bien arriba, al pasar por delante de una fortaleza brasilera, fueron cañoneados y sufrieron graves daños. De estos incidentes se originó un conflicto entre los dos Gobiernos que, por fortuna, al cabo fue amigablemente arreglado.

Hubo escritor peruano que, vendido al Cónsul brasilero, sostuvo contra su patria, en su diario, la causa del Brasil, y nadie se mostró indignado. Yo tenía que tratar el punto en El Comercio, y para poder hacerlo con propiedad comencé por aprender a traducir corrientemente el portugués, sin lo cual no podía enterarme de lo que narraban y sostenían los diarios de Pará y Río Janeiro. Estudiando mucho una gramática y ,un diccionario de aquel idioma, que me procuré, en veinte días me puse al corriente de todo; y así pude, con entera conciencia y con mi genial desinterés, sostener enérgicamente la causa del Perú, que me parecía justa.

Suscitáronse también graves cuestiones relativas a las inmigraciones de chinos y polinesios o Canacas, con motivo de las crueldades que los especuladores y hacendados cometían con unos y otros, faltándoles a los contratos celebrados y tratándoles como a brutos. El modo de atrapar o cazar a los Canacas, en las islas del Grande Océano, era infame, y aquellos desgraciados morían a miles al llegar al Perú, hacinados en los buques traficantes cual si fueran fardos de mercancías. Aquello era una trata de nueva especie, tanto más vergonzosa cuanto se hacía protegiéndola con el pabellón de una república americana. Yo protesté enérgicamente contra tales infamias, y como el Ministro de Francia tomó a los Canacas bajo su protección, el gobierno peruano acabó por hacer justicia y tributar homenaje a la humanidad, mandando que, por su cuenta, fuesen reembarcados los supervivientes de aquellos, y restituidos a sus islas.

Desde 1862, al partir yo de Francia, había tenido noticia segura de lo concertado en Biarritz respecto de expediciones europeas sobre varias Repúblicas Hispano-Americanas. Tan luego como empecé a redactar |El Comercio, insistí en lo que había afirmado en una correspondencia escrita desde París: que era cosa convenida entre el Gobierno de Napoleón III y el Gabinete O´Donnell (de España) el distribuirse ciertas empresas políticas en América, de tal suerte que el Gobierno imperial emprendería la conquista de Méjico, en tanto que el español, a más de apoderarse de la República Dominicana, expedicionaria contra el Perú.

Cuando afirmé estas cosas en Lima, procurando que el Perú obrase con cautela y se preparase con tiempo para rechazar un ataque, fui groseramente injuriado en un diario que se decía peruano y era sostenido por peruanos, y las injurias aparecieron suscritas por unos tantos molineros y panaderos españoles. No tardaron mucho en confirmarse mis anuncios, cuando ya el peligro era inminente, y el Perú tuvo que sostener guerra con España, ver ocupadas sus islas huaneras por la escuadra española, (precipitado por el Comisario Mazarredo a cometer graves, atentados), y rechazar casi de improviso el bombardeo del Callao.

Hacía algunos meses que yo redactaba |El Comercio y |la Revista Americana, cuando ocurrió un incidente que me causó mucho desagrado. Yo escribía con entera independencia, mostrando igual moderación cuando aplaudía o censuraba los actos del Gobierno. En cierta ocasión en que el Gobierno tenía mucho interés en que la prensa le aprobase y justificase un acto notable, digno de censura, hicieron esfuerzos conmigo varios sujetos ministeriales para que yo torciese mi opinión; pero resistí a toda instancia, dando mis razones, y mandé componer en la imprenta de |El Comercio el editorial que tenía escrito sobre el asunto. No me dieron oportunamente pruebas para corregirlo, y fue demorada su publicación por un día. ¡Cuál no sería mi sorpresa, después de poner el |Tírese, del caso, respecto de lo editorial, que era exclusivamente mío, al ver en la misma sección, a continuación de mi artículo, otro que me contradecía punto por punto, como si su desconocido autor hubiese tenido a la vista mi manuscrito!

Procedí inmediatamente a pedir la explicación del caso, y ni el propietario editor, ni los compañeros de redacción, ni el director de cajistas pudieron dármela: todos apelaron a subterfugios o se declaraban inocentes del hecho. Me apresuré a declarar en el diario que se había cometido un error o un abuso; que el artículo publicado en oposición al mío no era editorial, y que yo solo respondía de mis propios escritos, no de los ajenos; y pensé que el caso no se repetiría.

Pero se repitió por tres veces, y como yo me mostraba indignado y buscaba con empeño la explicación del hecho, un amigo que estaba instruido en muchos secretos me buscó para decirme lo siguiente:

"Usted es víctima de un miserable engaño, y todas las protestas que le hacen son falaces. |El Comercio está secretamente vendido al Gobierno: recibe una subvención mensual de trescientos pesos, y además, treinta por cada columna que se llene con artículos semioficiales. Los editoriales de usted, cuando contienen censuras, son comunicados inmediatamente a los ministerios, para que allí los refuten; y por eso, a continuación de lo que usted escribe, aparecen refutaciones como editoriales. Si usted quiere conocer la evidencia, tome súbitamente en la imprenta la llave del escaparate donde se guardan los originales, y no le quedarán dudas".

Como este informe era tan preciso y positivo, y yo tenía ya muchos datos para creer que el editor de |El Comercio tenía un contrato secreto con el Gobierno, resolví seguir el consejo. Entré repentinamente en la oficina de correcciones, me apoderé de la llave del escaparate, examiné los paquetes de originales de los números en que habían ocurrido las aparentes trocatintas, y hallé los cuatro artículos contrarios a los míos de puño y letra de uno de los ministros (el coronel Freyre) y dos de los Subsecretarios de Estado. Provisto de estas pruebas irrefutables, entré en el despacho del señor Amunátegui y le dije:

-He adquirido las pruebas de lo que yo había insinuado a usted como grave motivo de queja: ¡ |El Comercio está secretamente vendido al Gobierno!

-¿Pero qué pruebas tiene usted? -me preguntó el señor Amunátegui, creyendo poderme contradecir.

-¡Véalas usted! -le contesté, mostrándole los artículos oficiales, que precisamente habían pasado por sus manos.

Don Manuel inclinó la cabeza en silencio, y apenas se atrevió a decir, muy azorado:

-Qué quiere usted...

-Pero esto no es decente -le observé-. He sido indignamente engañado.

-¡Ah, señor doctor! -repuso-. La política y los negocios imponen necesidades.

-Sin duda -repliqué indignado-. ¡Pero también es necesario respetar y considerar el honor de los hombres, la dignidad de las ideas y de la prensa, y la reputación de los amigos con quienes se contrata!

-Pero todo esto puede componerse...

-¿De qué manera?

-Procediendo con cierta maña... con cierto espíritu de conciliación...

-Yo no entiendo de mañas ni amaños -repuse con firmeza- y estimo en mucho mi probidad de pensador y mi dignidad de escritor.

-Pero usted sabe -observó el señor Amunátegui- que |El Comercio tiene por regla una completa libertad...

-En hora buena: que sea tan libre en sus publicaciones como usted quiera; pero que no se me haga aparecer como cómplice de tratos que me son extraños ni de ideas opuestas a las mías.

El resultado de tan desagradable entrevista fue el siguiente convenio: mi independencia de redactar sería enteramente respetada; jamás se insertaría en la sección de fondo lo que no fuese mío o yo no prohijase expresamente, y el editor propietario insertaría en las secciones de comunicados, remitidos, o crónica o inserciones lo que le conviniese; siendo bien entendido que él solo asumiría la responsabilidad legal y moral.

A los ocho o diez días fue violado el convenio con otra infidencia o perfidia como las anteriores, y entonces estallé. Le declaré rotundamente al señor Amunátegui que debía escoger entre el Gobierno comprador y el redactor independiente; y como aquel, después de hacerme reflexiones inútiles, me manifestó que no podía romper su convenio secreto de subvención, porque se arruinaría en sus negocios de lonja y de publicidad, notifiquéle que por mi parte rompía el contrato que me ligaba a |El Comercio, y le haría saber al público los motivos. Me habló el señor Amunátegui de indemnización, si yo la exigía, y le declaré que ninguna reclamaba, puesto que no había de pagarme él los muchos miles de pesos que me costaba el viaje al Perú, el establecimiento en Lima, y el déficit que todos los meses había en mí presupuesto, aun viviendo con notoria modestia, por ser la vida excesivamente cara en aquella ciudad.

Tuve la generosidad, por súplicas del señor Amunátegui y de sus parientes, de no divulgar lo ocurrido; y solo manifesté en |El Comercio, al despedirme, que me separaba de la redacción porque así convenía a la independencia de mi carácter y a mis convicciones. Solo alcancé, pues, a servir la redacción del Diario y la Revista durante siete meses, cuando había esperado servirlas durante cuatro o cinco años; y en lugar de exigir indemnizaciones sufrí grandes perjuicios, con un desinterés que rayó en tontería.

Apenas había yo notificado el rompimiento de mi contrato, cuando el doctor José Gregorio Paz Soldan, presidente del Consejo de Ministros, -sujeto que me trataba con mucha deferencia y consideración-, me fue a visitar y hacerme reflexiones para inducirme a no separarme de |El Comercio y |la Revista, ni menos alejarme del Perú.

-No se vaya usted, Dr. Samper -me decía-. Usted, con las aptitudes que tiene, puede volverse millonario aquí.

-Sí, señor; eso es posible -le contesté-. Pero sería vendiendo mi conciencia; sería vendiendo mis escritos o mi silencio, y entrando en un camino de ignominiosas especulaciones. Yo desprecio toda riqueza adquirida de tal modo; y no solo por carácter honrado, heredado de mi padre, sino también por educación social, recibida en Colombia, donde se estima en mucho la dignidad del escritor, soy absolutamente incapaz de plegarme a las exigencias o prácticas de un periodismo venal y una política de lonja.

-Usted exagera las cosas -me dijo don José Gregorio.

-Es posible -repuse- que yo dé excesivo alcance a las sugestiones de usted, bien que no comprendo cómo podría un periodista volverse millonario de otra suerte. Mas sea como fuere, prefiero irme a vivir a mi patria, pobre y con dignidad, antes que estar aquí rodeado de dificultades que un hombre honrado no puede aceptar.

Así acabó mi tarea de periodista en el Perú; y no sin tazón, al considerar lo que allí sucedía y conocer a fondo las condiciones de la política que se practicaba, predije con tristeza la mala suerte que, tarde o temprano, correría la nación peruana, en cuyo seno prevalecían prácticas bizantinas profundamente corruptoras. Por desgracia, el tiempo se encargó de justificar mis predicciones; porque, después de muchos años de despilfarro inaudito, de ignominioso peculado, de traiciones y escándalos de todo linaje, el pueblo peruano ha dado al mundo, en su guerra con Chile, la prueba evidente de que había perdido el espíritu de la nacionalidad, el sentimiento del patriotismo y la conciencia del deber que le imponían su título de Estado independiente y sus instituciones republicanas.

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