FIESTAS Y DIVERSIONES
Sería inacabable mi relación si yo intentara dar razón minuciosa
de todas las festividades y diversiones populares que eran el
encanto de todos en los tiempos a que me refiero. En una de mis
novelas de costumbres colombianas he descrito por extenso la
antigua fiesta del Corpus, interesante sobre todo por la animación
y el color local que imprimía a la ciudad, y por el entusiasmo y la
espontaneidad con que todos los vecinos contribuían a darle
magnificencia, esplendor y originalidad. Las enramadas, los
altares, los bosques y paraísos y las colgaduras que cubrían las
calles; la profusión de incienso y flores, música y canto que
ilustraban las procesiones; los acompañamientos de ninfas, ángeles
y demás grupos alegóricos, y las danzas que imitaban tribus humanas
y animales: todo daba a la fiesta un carácter que dejaba en el alma
inolvidables impresiones.
Recuerdo que en 1837 un señor Zuleta, muy piadoso y entusiasta,
tuvo la idea de organizar una danza de los siete Sacramentos, y
para formarla ocurrió al auxilio de las principales familias. Los
siete adolescentes debían ser ataviados con gran lujo de joyas y
vestidos de seda; y mi madre tuvo la condescendencia de contribuir
con dos de sus hijos. Mi hermano Rafael (quince meses mayor que yo)
que era un hermoso muchacho, sumamente rubio y blanco, muy juicioso
y de bellísimas prendas de carácter, fue escogido para el papel de
Bautismo y capitán de la danza. Yo, que tenía mucho desparpajo y
decía (seguramente más por atender a la rima que por conciencia del
asunto) que deseaba ejercer las profesiones de abogado y casado,
fui escogido para representar el Matrimonio. Todos teníamos que
cantar sucesivamente una décima en solo y en seguida una cuarteta
de estribillo en coro, y después bailar una especie de
contradanza de muy graciosas figuras. Salimos del paso con
lucimiento, así en la procesión del
|Corpus como danzando y
cantando en muchas casas, y nuestra donosa danza fue el
acontecimiento y lujo de la fiesta, de tal modo que las gentes
hicieron muy poco caso de los
|malachines y
|leones, los negritos y los indios, las
|cucambas y
aún la monumental tarasca, terror de los muchachos.
Llegó la fiesta de San Juan, San Eloy, San Pedro, y San Pablo,
-que era asunto para diversión y locura popular del 24 al 30 de
Junio-, y los hijos de Honda sacaron a lucir (si no a deslucir
algunos) todos sus caballos. Hubo gran paseo del Santo, que llegó
de viaje a la ciudad para la llanura del poniente, con gran
equipaje de almofrejes y petacas viejas y todo linaje de trastos
portátiles y utensilios extravagantes; amén de todo lo obligado:
los anuncios de la Magdalena y la loa de San Juan, las carreras de
caballos a todas horas del día, las horcas y entierros de gallos,
las grandes cabalgatas para ir a tomar baños y refrescos, y luego,
innumerables bailes más o menos borrascosos, -unos aristocráticos,
al són de violines y trompas, flautas y clarinetes, con el
inevitable bombo, y los más, de vihuelas y bandolas, tiples y
panderos.
Un grave accidente pudo haber costado la vida a mi padre el día
de San Pedro. Como la principal diversión consistía en correr por
todas las calles en animadísimos grupos, gritando todos: "San Juan!
San Juan!" -sin perjuicio de tomar muchos tragos que alegraban
demasiado a los jinetes-, o en salir al llano a echar carreras con
apuestas, hasta dejar los caballos casi exánimes, no pocas veces
ocurrían encuentros terribles y lances muy peligrosos que
acarreaban accidentes de consideración. Cosa de trescientas
personas andábamos corriendo a caballo por toda la ciudad, y hacia
el fin de la tarde nos precipitábamos todos por una de las
empinadas cuestas (empedradas por lo general con grandes guijarros
graníticos muy lisos) que conducen del barrio del Rosario a los de
abajo. En medio del inmenso grupo de jinetes enloquecidos resbaló
en la mitad de la cuesta el caballo que montaba mí padre, yéndose
de bruces. Cayó éste muy violentamente, y como todo el tropel se le
fue encima, sin que nadie pudiera evitarlo por lo pronto, fue
pisoteado y horriblemente estropeado. Lleváronle al punto a casa
sin sentido y con muy graves dislocaciones, principalmente en los
hombros y brazos, que hicieron temer por su vida.
En los momentos en que acostaban a mi padre en una hamaca, llegó
a la puerta de casa, caballero en una hermosa mula, el doctor
Ricardo N. Cheyne, que años después fue célebre en Colombia como
médico y cirujano eminente. Era a la sazón médico de la compañía
inglesa que explotaba las minas de plata de Santa Ana, y como tenía
amistad con mi padre, cuando iba a Honda se hospedaba en casa, así
como lo hacían el Director, el señor Fallon y otros empleados de
las minas. Mientras que todos clamaban en confusión por que
sangrasen a mi padre inmediatamente, el doctor Cheyne le examinó y
dijo:
"Vamos a curarle con una pequeña operación, y entre tanto, que
le den un vaso de vino generoso".
Bebió mi padre el vino o se lo hicieron tragar, y a poco recobró
el conocimiento. Entonces el doctor le hizo liar de cierta manera,
con fuertes fajas, las piernas, los brazos, el cuerpo y el cuello;
le ató a la faja de la nuca una fuerte soga que hizo echar por
encima de una viga y la templó, haciendo poner al enfermo de pie
sobre una banqueta, sostenido por dos personas. A una señal del
doctor, zafaron la banqueta, en tanto que templaron la soga, y
durante uno a dos segundos estuvo mi padre Suspendido en el aire
como un ajusticiado en la horca. Dio un tremendo grito y agitó
todos los miembros con violencia, y cuando al punto le bajaron y
acostaron toda dislocación había desaparecido. Diéronle en seguida,
por orden del doctor, un baño completo de agua fría y vinagre, y
varias pócimas a beber. A poco se durmió y no despertó en muchas
horas. No tardó en estar enteramente repuesto, sin haberle quedado
lesión alguna; caso que fue la admiración de todos. Era chistoso
oir luego a mi padre cuando decía, burlándose de su accidente: "El
doctor Cheyne ha descubierto el modo de devolver la vida ahorcando
al moribundo; y yo puedo decir que he sido ahorcado sin haber
cometido crimen alguno, y que debo mi perfecta salud a la
horca".
Ya he dicho que la fiesta de San Bartolomé, -salvo la gran misa
cantada, la procesión, que era suntuosa, y el sermón, en el que el
párroco echaba el resto de su erudición teológica-, sólo servía de
pretexto para las fiestas populares de cada año. Yo me deleitaba
entonces con los encierros y corridas de toros, las
|rifas
nocturnas en la plaza (a veces retardadas para jugar el toro
encandelillado o la
|vaca loca, de siete a ocho de la
noche), las suculentas cenas de empanadas, ensaladas, buñuelos,
etc., y los bailes de disfraces que iba a ver con singular
curiosidad. Desde entonces tuve aquella grande afición al baile, a
que antes he aludido. Tengo para mí que los hombres más hoscos,
fríos, intolerantes y de áspero carácter son los que nunca han
bailado, porque la danza es, sin duda, una de las más graciosas
formas de la fraternidad. Nada cíviliza tanto como aquel ejercicio,
puesto que educa el cuerpo y el alma, desarrolla el sentimiento
artístico, el entusiasmo por la belleza, la cultura en los modales,
la delicadeza del gusto y el más fino respeto por la gracia y el
pudor de la mujer. Con las danzas nacen los amores nobles y
delicados, las amistades desinteresadas y los más exquiitos hábitos
de sociabilidad; y el que sabe bailar con elegancia y distinción
siempre hace notable papel en los salones de la sociedad culta y
amable.
Ya tendré ocasión de hacer notar cuánto ha influido sobre mi
carácter, mis costumbres y mí vida política y literaria mi grande
afición a la caza y la natación, al baile, la poesía, el dibujo, la
música, el teatro, el juego del volante, de la pelota y del
ajedrez, y otros entretenimientos amenos, que me han preservado de
muchas faltas y locuras. Pluguiera a Dios que aún les hubiera
prestado mayor atención, así como a las lecturas serias y la
escritura, y no pocas faltas habría evitado cometer!
Fáltame hacer algunos recuerdos de la Nochebuena. ¿ Quién no los
tiene gratísimos de esa fiesta de las fiestas? No sin razón los
pueblos cristianos, mientras mayor es su piedad, muestran mayor
entusiasmo al celebrar el nacimiento de Jesús. No sin motivo ponen
de manifiesto en la segunda mitad de Diciembre su más espontáneo
gozo, sus más dulces alegrías del hogar, sus más risueñas
esperanzas respecto del año que en breve ha de comenzar, y los más
gratos recuerdos de los tiempos pasados... Hay tánta belleza y
ternura en la historia del nacimiento de Jesús! mostró Dios tan
inefable bondad y sabiduría al encarnar en el Hijo del Hombre para
que éste apareciese en los tiempos verificando su propia redención!
Por mí sé decir que, sin comprender en manera alguna este misterio,
me causaba el más dulce embeleso y sumo enternecimiento la
enseñanza objetiva de los Nacimientos; a tal punto, que yo sentía
con su espectáculo encantador acrecentarse el candoroso amor con
que amaba a mi madre. Parecíame que en esta había algo o mucho de
MARIA, así como, sin la menor idea de sacrilegio, yo mismo me
sentía algo Jesús, por ser hijo, y por aquello de que todos éramos
hijos de un padre común que estaba en el cielo...
Pero si la parte religiosa de aquella prolongada fiesta me
impresionaba mucho, siquiera careciese de claras nociones de
religión, me encantaba por extremo todo aquello que componía la
fiesta popular. Me enloquecían de gozo los rosarios de aguinaldo,
en procesión nocturna con centenares de luces, girando por calles
de arbolillos espinosos cargados de frutas y flores, de velas
encendidas y farolillos blancos y de colores; y saltaba como un
loco por encima de las numerosas fogatas que, en forma de jaulas de
leña, encendían en todo el ámbito de la plaza para aumentar la
rústica iluminación y la alegría de todos; gozábame con los alegres
repiques de campanas, la música y los fuegos artificiales; anhelaba
por concurrir a la misa de gallo, sufriendo estrujones en medio de
la muchedumbre; alborotaba la casa y las calles con clarinetes de
hoja de palma y zambombas de estridente ruido; y reclamaba con
delicia mis aguinaldos, nochebuena y pascuas, amén de las obligadas
cenas de pavos rellenos, empanadas de horno, ensalada de calabazas
y buñuelos de arroz combinados con exquisito dulce de limón; cenas
domésticas, presididas por los buenos padres, que en todas las
casas mantenían y perturbaban al propio tiempo las tradiciones de
familia y las enseñanzas o nociones religiosas que a ellas se
aliaban.
Crecí bajo tales impresiones y enseñanzas; y hoy día, al ver que
todas aquellas costumbres van desapareciendo, o perdiendo su
originalidad, su espontaneidad, y su poesía, no sólo siento, por
los muchos años corridos, que estoy a larguísima distancia de lo
que componía mi dulce vida infantil, sino que me parece vivir en
tierra extraña, extranjero en mi patria, habitar otro mundo
distinto y estar rodeado de una sociedad que en poco se parece a la
que conocí cuando empecé a sentir las primeras alegrías y concebir
las primeras esperanzas! ¿Ha adelantado mucho nuestra sociedad por
haber dejado atrás muchas cosas de nuestros mayores?... Lo que sé
es que hoy día para gozar de ciertas cosas buenas, hay que
retroceder mucho con la imaginación y la memoria, y buscarlas entre
las profundidades de un pasado cubierto de tinieblas...