VIAJE AL PERU
Mi posición personal respecto del partido vencedor en Colombia
era difícil. Bien que yo estaba seguro de la buena acogida que en
todo caso me daría el partido liberal, al regresar a mi país,
mayormente cuando mi reputación literaria era en 1862
incomparablemente superior a lo que había sido hasta fines de 1857,
parecíame inevitable una serie de conflictos entre mi conciencia y
las tendencias que predominaban entre mis copartidarios. De una
parte, yo no aceptaba muchos de los actos que se habían consumado
durante la revolución, jamás aprobada por mí, por mucho que
pareciese legitimarlos la victoria; de otra, yo no podía ser
mosquerista o sujetarme a la dirección que el espíritu dictatorial
del general Mosquera quería dar al liberalismo, pervirtiéndolo y
extraviándolo con el militarismo y la violencia; y en fin, yo, que
había sido y persistía en ser federalista sincero y tolerante en
religión -más que tolerante, partidario de la más amalia y efectiva
libertad religiosa-, no podía admitir, ni la idea de exagerar la
federación con la soberanía de los Estados, exponiendo la República
a la disociación o la anarquía, ni el sistema de persecución contra
la iglesia católica -la única existente en Colombia- que habían
puesto en práctica los vencedores.
Era, pues, seguro precisamente porque yo me mantenía fiel a las
más sanas doctrinas liberales, y libre del contagio de los odios y
enconadas pasiones que la guerra civil había desencadenado-, que al
volver yo a Colombia, cuando no había concluido aún la lucha y
estaba a punto de reconstituirse legalmente la República, me vería
hostilizado por todos los hombres exaltados que, de oscuras
nulidades anteriores, se habían levantado a ocupar posiciones
importantes, merced al trastorno general y sangriento que se había
verificado. Los acontecimientos habían dado la palabra al sable, y
tan general era la apostasía en que había caído el liberalismo
colombiano, convertido de doctrinario en expoliador, militarista y
perseguidor de los vencidos, que yo, al oponerme a los abusos
consumados o por consumar, habría sucumbido en una lucha
estéril.
Por otra parte, como la lucha continuaba, los Gabinetes europeos
persistían en no reconocer el nuevo, gobierno colombiano, que
estaba muy lejos de obtener la legitimación necesaria en una
República; y no pudiendo yo hacerme recibir como Encargado de
Negocios en Francia, ni en Bélgica, ni en Holanda, la delicadeza me
prohibía continuar percibiendo un sueldo que excedía a la
importancia o al valor de los servicios hechos por mí a la
República en mi empleo diplomático. Resolví, por tanto, aceptar las
proposiciones que desde meses atrás me había dirigido el señor
Amunátegui, propietario de
|El Comercio, de Lima; y una vez
que tomé tal resolución envié a Bogotá mi renuncia del empleo de
Encargado de Negocios.
Consistía mi compromiso en irme a residir en Lima para ser allí
el redactor principal de
|El Comercio, con un sueldo
mensual de cuatrocientos pesos y habitación para mí y mi
familia
|
[1]
; propuesta que admití movido por un
triple interés: el de instruirme en el conocimiento inmediato de
las Repúblicas del Pacífico; el de ganar tiempo mientras se
aclaraba eh Colombia una situación equívoca y que para mí era muy
difícil, mejorando entre tanto mi posición de fortuna, pues había
consumido en mis viajes casi todo lo que tenía; y el de contribuir
con mis esfuerzos a la propagación de las buenas ideas liberales en
el Perú y las Repúblicas vecinas, no sin procurar a Colombia la
mayor influencia posible.
Muy halagüeñas proposiciones me hizo, en septiembre de 1862, una
gran casa de librería de París para realizar, junto con otros cinco
o seis escritores, un vasto plan de publicaciones en castellano y
en francés. Pero yo estaba ya comprometido y no podía recoger la
palabra dada al señor Amunátegui; por lo que hube de desechar un
partido que en todos sentidos me hubiera convenido mucho más.
A la sazón había estallado en los Estados Unidos de América la
famosa guerra civil producida por el levantamiento separatista de
los Estados del Sur, al propio tiempo que Napoleón III iniciaba con
el convenio de Biarritz su desatentada empresa de la expedición y
conquista de Méjico, combinada con el permiso dado al gobierno
español para tratar de apoderarse del Perú. Propúsome el señor
Amunátegui que me fuese a pasar una temporada en los Estados Unidos
para ser allí el corresponsal de
|El Comercio durante la
guerra, y proseguir después mi viaje hasta Lima. Pero no vine en
ello, ya porque la guerra y mi situación transitoria tenían que
encarecerme mucho la vida, ya porque no habría de serme muy
provechosa la residencia en el seno de una gran nación destrozada
por la formidable revolución que había puesto a dura prueba sus
destinos. Yo no podría menos que formarme ideas falsas respecto de
la
|Unión Americana así comprometida, ni me podría ser
fácil viajar ni estudiar cosa alguna con provecho en tal situación.
Preferí, pues, partir directamente para Lima, y el 2 de noviembre
me embarqué en Southampton, con toda mi familia, con dirección a
Colón y Panamá, vía Saint Thomas.
No omitiré recordar que durante dos años tuve el novísimo placer
de hallarme en Londres y París, con mi querido hermano Rafael, cuya
compañía me fue tanto más grata cuanto él quiso, durante algún
tiempo, vivir conmigo en todo y por todo. Gozábase mucho mi hermano
con los viajes que hacía, y sabía conciliar con sus placeres de
viajero y hombre culto y amable los negocios que le ocupaban en el
comercio, como socio de otros hermanos con casa en Bogotá; negocios
que dirigía con mucha inteligencia. Encantábase Rafael, que era muy
afectuoso y obsequioso, agasajando a mis chiquillas, y haciéndolas,
así como a mi esposa y a mí "madre", muy frecuentes regalos; y la
vida que vivíamos nos hacía recordar constantemente los bellos días
de nuestra primera juventud.
En 1862 llegó también a París, en la doble calidad de viajero
estudioso y comerciante, mi hermano Miguel, a quien, a más de
entrañable cariño de hermano, he profesado siempre gran respeto,
por su inteligencia y cordura, su sólida ilustración, su acertado
criterio, su carácter suave y generoso y sus ejemplares virtudes.
Muchas cosas vimos y observamos entre los tres hermanos,
transmitiéndonos recíprocamente nuestras observaciones; y formando
en París algo como un compendio de nuestra ya dispersa pero siempre
unida familia solariega, nos parecía que en el hogar parisiense
manteníamos, a pesar de la distancia, un pedazo íntimo de la
querida patria. Mi hermano Miguel se embarcó en Southampton junto
conmigo, y como él regresaba a Bogotá debíamos separarnos al llegar
a Colón.
Profunda fue mi emoción de gozo el día que, después de muy cerca
de cinco años de ausencia de la patria, divisé desde lejos, en alta
mar, las montañas del Istmo de Panamá. El regreso a la patria es y
será siempre uno de los más profundos goces del alma, cualesquiera
que sean las circunstancias en que uno se halle al verificarlo, y
siquiera sea ese regreso un mero tránsito de pocos días o de horas.
Mas tal parecía como si las ondas del mar istmeño nos rechazasen.
Durante los últimos días de nuestra navegación había ocurrido un
terrible temporal que, a más de causar grandes desastres, en la
rada de Colón y en el Istmo, mantenía el mar tan violentamente
agitado, que no permitía tentar el desembarco. Tres tentativas
infructuosas hizo el capitán de nuestro vapor para acercarse a
Colón, y siempre tuvimos que ir a refugiarnos en la profunda,
salvaje y tranquila bahía de Portobelo. Al cabo, con ruda mar y
todo, no sin serio peligro de claudicar en el puerto, logramos
desembarcar en Colón, con cuatro días de demora; pero como el vapor
que debía seguir para Cartagena había sido destrozado por el
temporal, mi hermano Miguel se halló en una dura alternativa: o
detenerse en el Istmo durante quince días hasta que llegase de
Saint Thomas otro barco de la línea de la Mala Real (única que
entonces hacía el servicio), o desandar parte de lo andado,
perdiendo ocho días de navegación, es decir, regresar a Saint
Thomas para luego volver a Colón y seguir rumbo a Cartagena. Tanto
temía mi hermano la insalubridad del clima del Istmo, que optó por
el segundo partido, no obstante lo mucho que sufría a bordo y la
duplicación de los pasajes. Gran pena sufrí al despedirme de mi
hermano y verle alejarse del puerto.
Cuatro días mortales tuve que pasar con mi familia en Colón,
aguardando con ansiedad a que, gracias al trabajo activo de
cuatrocientos obreros, reparasen provisionalmente los ingenieros
del ferrocarril de Panamá los enormes daños que habían causado en
la vía el reciente temporal y una formidable avenida del río
Chagres. El puente de este río había sido casi destruido, y las
aguas, salidas de madre, habían cubierto algunas millas del
ferrocarril. Así la travesía del Istmo fue para nosotros el caso
más dramático que nos hubiera ocurrido en nuestros viajes. Partimos
de Colón casi al anochecer, y el tren, que andaba sobre rieles mal
asentados en un terreno movedizo, llegó, en medio de la más
profunda oscuridad, al extremo norte del puente destrozado. Allí se
detuvo, y todos los pasajeros hubimos de pasar por una tabla sobre
el hondo abismo, rodeados de tinieblas, en cuyo fondo blanqueaba
amenazante el río, con inminente peligro de precipitarnos, sin
esperanza de salvación. Hube de pasar y repasar catorce veces
aquella sombría trampa de muchos metros de extensión, llevando
sobre la nuca a mis cuatro hijas, y de la mano, detrás de mí, casi
arrastrándome, a mi esposa, mi madre y la niñera que nos
acompañaba; pero la Providencia nos favoreció, y todo se verificó
sin accidente en las personas.
Tomamos el tren de Panamá, que nos aguardaba en la extremidad
meridional del puente, y a poco se produjo la escena más
extraordinaria y románticamente bella. Salió la luna, esplendida,
cuando el tren navegaba sobre los rieles, cubiertos en
prolongadísima extensión por uno, dos y hasta tres pies de agua: el
ferrocarril era otro Chagres, y las aguas, visiblemente encerradas
entre los espesos bosques de los dos lados de la vía, semejaban un
ancho río, reverberante al pálido fulgor de la luna... Las ruedas
de los carros se hundían en gran parte o del todo en las aguas, y
el tren se detenía con frecuencia, porque casi se apagaba el fuego
de la locomotora. Aquel espectáculo, como todo lo que en aquella
noche vi y sentí, dejó imborrables impresiones en mi alma, y en
muchos momentos llegué a pensar que claudicaría con toda mi
familia. Sólo los yankees, como empresarios, son capaces de
realizar cosas por el estilo de las que aquella noche realizaron
para restablecer el tráfico interoceánico.
|
Eran las dos de la mañana cuando, agitados moralmente, -porque
lo ocurrido era muy propio para hipertrofiamos súbitamente el
corazón a todos-, y rendidos de hambre, sueño y cansancio, llegamos
a Panamá, atravesamos unos cuantos muladares y calles sucias de la
zona más cercana al mar, y fuimos a alojarnos de cualquier modo en
un hotel. A las siete de la mañana todos los pasajeros fuimos
llamados a toda priesa, porque iba a zarpar del puerto el vapor que
debía transportarnos al Callao. A causa de los accidentes y demoras
ocurridos, el vapor, tenía que partir sin dilación, y por este
motivo hizo rumbo directamente hacia Paita. Así, ni pudimos conocer
realmente a Panamá, ni tuvimos ocasión de tocar en Guayaquil.
Viva impresión, pero puramente moral, me causó la vista del
océano Pacífico, y comprendí por su magnificencia y transportando
el espíritu a los grandes sucesos del siglo XVI, cuán grande y
profundo debió de ser el sentimiento de satisfacción, gloria,
esperanza y legítimo orgullo del heroico y desventurado Núñez de
Balboa, al divisar, primero que ningún otro hombre del Viejo Mundo,
aquella inmensidad líquida y tranquila, promesa de varios imperios
y de la solución de grandes problemas para la Humanidad; y con
cuánta voluptuosidad de descubridor habría de lanzarse, caballero
en su poderoso bridón, a tomar posesión, entre las olas del golfo
de San Miguel, en nombre del heroísmo y de los Reyes de España, de
todos los misterios y todas las maravillas de un océano
desconocido.
El Pacífico me pareció merecer su nombre, sobre todo por
comparación con el Atlántico, y realmente la navegación fue muy
tranquila y agradable. Pero si mi sentimiento de nacionalidad se
complacía cada vez que yo consideraba la prodigiosa extensión de
costas que Colombia poseía en los dos Océanos, y la ventaja de ser
dueña de la maravillosa garganta del Istmo de Panamá, también se
abatía mi orgullo patrio al observar que nuestros litorales era
desiertas soledades, inmensas y casi inexploradas selvas donde la
civilización había comenzado apenas, y en muy reducida escala, su
glorioso trabajo de conquista sobre la barbarie.
Sin embargo, tuve al atravesar el Istmo de Panamá una intuición
que desde 1862 comuniqué a muchas personas en Lima. Bien que al
transitar por el ferrocarril, de noche y en circunstancias tan
dramáticas, no había podido formarme la menor idea de las
diferencias de nivel o altura, ni de la naturaleza aparente de los
terrenos, me pareció tan suave la inclinación de la vía férrea, que
concebí, como instintivamente, esta idea: si alguna vez puede haber
un canal interoceánico, será, según toda probabilidad, siguiendo la
vía trazada por el ferrocarril.
Yo había tenido ocasión, en París, de estudiar y tratar el
grande asunto de las comunicaciones interoceánicas. Uno de mis
colegas de la Sociedad de Geografía, Mr. de la Roquette, me había
pedido con instancia, en 1861, que le suministrase un tratado
histórico-geográfico relativo a todos los proyectos o vías
imaginadas de canales interoceánicos, desde los tiempos de Hernán
Cortés, el primero que imaginó tal medio de comunicación, hasta el
momento en que me iba a dedicar a tan interesante estudio. Lo
emprendí con viva curiosidad de colombiano y de aficionado a la
ciencia, y hallé que habían sido propuestas o indicadas nada menos
que diez y nueve vías distintas -algunas de ellas combinadas en
parte-, desde el istmo mejicano de Tehuantepec hasta el llamado
impropiamente istmo de San Pablo, formado por la cordillera que
separa las aguas del Atrato de las de San Juan, en nuestro Estado
del Cauca. Mr. de la Roquette presentó a la Sociedad de Geografía
una extensa memoria sobre tan importante materia, pero tuvo la
lealtad de manifestar que debía los datos o elementos principales
de ella a mi paciente estudio y laboriosidad. En cuanto a mí, lo
que me asombró al hacer aquellos estudios, fue la fecundidad de
ingenio proyectista o de investigaciones topográfico-hidrográficas
de tantos hombres que se habían ocupado en solicitar medios de
canalización interoceánica, de los cuales diez y seis tenían por
base el territorio colombiano.
Persuadíme desde entonces, y más aún al atravesar el Istmo de
Panamá, de que tarde o temprano se acometería seriamente la empresa
internacional de la excavación del canal, en el territorio de
Colombia, y concebí las más halagüeñas esperanzas sobre la
prosperidad y el engrandecimiento de mi patria. Entretanto, miles
de ilusiones me hacían ver en lontananza, en el Perú, un país donde
mi espíritu podía darse vuelo, en una generosa propaganda de ideas
elevadas y de amplio americanismo. Yo había soñado siempre con una
alianza de las Repúblicas Hipano-Americanas -alianza no solamente
política, sino de doctrinas e instituciones progresistas y de
intereses económicos-, que permitiese a nuestros pueblos asegurar
su soberanía y la autonomía y la influencia de su raza, delante del
coloso norteamericano, muy poco simpático para mí; y esperaba que
la guerra civil en que se hallaban envueltos los Estados Unidos
sería fecunda en benéficos resultados, si sabíamos aprovechar la
coyuntura los que nos habíamos visto más seriamente amenazados por
el poder invasor de aquéllos.
¡Cuán pronto iban a desvanecerse mis ilusiones delante de la
brutalidad de los hechos! ¡En breve tenía que adquirir la triste
convicción de que el Perú estaba muy lejos de ser una República
donde un filántropo americano, un
|hijo de Colombia,
libertadora de ese país, no fuese llamado extranjero y hostilizado
como tal por el egoísmo y la pequeñez de alma de los hombres que
hacían de la política una especulación, en vez de un conjunto de
doctrinas y actos de patriotismo!
La costa peruana fue mi primer desengaño. No obstante lo que yo
habla leído o sabido por informes sobre la aridez y el desolado
aspecto de los arenales que cubren casi toda la costa del Perú, me
sorprendieron la esterilidad, tristeza y desolación de aquel
territorio, tal como apareció a mí vista desde las cercanías de
Paita. Las barrancas que allí dominan el mar, compuestas de un
conglomerado que parece atestiguar la antiquísima inmersión de toda
la costa bajo las ondas del Pacífico; el aspecto como de ranchería
miserable que tienen los grupos de casas en aquella ribera privada
de lluvias y verdor; la vastitud de un horizonte sobre cuya
monótona línea no se ve asomar ninguna arboleda, ninguna colina que
tenga amenidad, sino solamente la cenicienta capa de un cielo
incendiado y desapacible: todo contribuye a preparar el ánimo a
impresiones de desencanto y tristeza.
El aspecto de la naturaleza y de las construcciones no me
pareció mejor en el Callao; pero allí al menos encontré el
movimiento propio de muchos barcos surtos en el puerto, de los
negocios ocasionados por la primera aduana de la República, y del
servicio del ferrocarril que conduce a Lima. Mala impresión me
causó el saber allí mismo dos cosas muy significativas: primero,
que se hacía escandaloso contrabando en la Aduana, con el cual
especulaban muchos empleados, comerciantes y personas
intermediarias; segundo, que aquel ferrocarril de tan pocas millas,
que enlazaba el primer puerto peruano con la capital, pertenecía,
lo mismo que el de Lima a Chorrillos, a un particular, a un
capitalista chileno, y que éste, como dueño exclusivo de la
Empresa, daba completamente la ley al público, así en lo tocante al
servicio como a la tarifa, a virtud del privilegio que tenía.
El 28 de noviembre de 1862 hacía yo pie en el Callao y en Lima,
con toda mi familia, y desde aquel momento comenzaba para mí, según
lo esperaba, nueva vida. Lejos de ser así en realidad sólo iba a
abrir en mi vida un paréntesis, desagradable casi en todos
sentidos.
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después de seis meses tendría derecho, o a un sobresueldo de
doscientos pesos, o a una parte en las utilidades que pudiera se
equivalente
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