INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
OBSERVACIONES POLITICAS Y LITERARIAS

 


 

En tanto que yo servía a mi país del mejor modo posible, según las dificultades de la situación y mis alcances y relaciones, desempeñando cargos que, si eran diplomáticos a los ojos de mi gobierno, apenas podían ser confidenciales para los gobiernos ante quienes estaba acreditado; y en tanto también que con mis costosas y variadas publicaciones procuraba ser útil a mis conciudadanos, una revolución profunda se iba verificando en mi espíritu. Mis ideas políticas y literarias habían ido modificándose insensiblemente, merced a las nuevas impresiones recibidas, a las nuevas y muy diversas nociones adquiridas, a una distinta percepción de los fenómenos de la belleza y de las leyes del buen gusto, y al alejamiento en que me hallaba del teatro nacional, donde me había envuelto una atmósfera de pasiones, de cuyo influjo pernicioso estaba exento, en mucha parte, en Europa.

En lo tocante a literatura, un incidente curioso me había abierto los ojos. Antes de publicar en volumen, con cierta corrección relativa y algunos complementos importantes, la |Primera serie de mis narraciones de |Viajes, yo había dado a luz la mayor parte de la obra, en forma de folletín, en |El Tiempo de Bogotá. Mi cuñado Ancízar me dirigió a París una larga epístola, de aquellas tan conceptuosas y sensatas que él ha sabido escribir, y en ella, al par que me hacía muchos elogios íntimos de mi obra, analizándola detenidamente -elogios relativos a lo animado del estilo, la originalidad de las observaciones, la ingenuidad y novedad del relato, y la intención y el espíritu que lo guiaba- me hacía notar que mi lenguaje estaba plagado de galicismos y que se echaba de ver que en mi literatura la lengua francesa prevalecía sobre la española.

La exactitud de esta crítica me pareció evidente, y al caer en la cuenta de ello, no solamente advertí que era muy defectuosa mi última obra, sino que lo eran también las anteriores, sobre todo en el punto de vista de la corrección castiza. Dócil como he sido siempre a toda corrección hecha con cariño y de buena fe, y poco inclinado a envanecerme con mis escritos, reconocí los graves defectos de que estos adolecían y al punto resolví corregirme. Esto era bastante difícil, ya porque yo vivía en el seno de una sociedad europea, teniendo que hablar frecuentemente en varias lenguas y a cada instante en francés, ya porque mi educación intelectual y literaria había sido muy defectuosa, ya, en fin, porque me faltaba tiempo para emprender y continuar, con método y perseverancia, nuevos estudios de los clásicos españoles.

Pero sí podía yo hacer mucho para enmendarme, ora ordenando mis lecturas mejor que antes y prestando mayor atención a los buenos escritores de España, ora aplicando a mis escritos una crítica severa y procurando, sobre todo, reprimir y castigar la exuberancia de mi estilo. El entusiasmo con que en todo caso sentía, la inquietud de mi ardiente imaginación, mis tendencias poéticas y de generalización y universalidad, y la suma prontitud con que concebía las cosas y facilidad con que expresaba mis pensamientos, ya fuese de palabra o por escrito, me habían arrastrado siempre a pecar contra la sobriedad; y mi genio, tan comunicativo y expansivo como era, no sabía sujetarse a regla y medida. Yo siempre decía, de palabra o por escrito, más de lo conveniente o necesario, con una exuberancia de expresión y formas que, a más de debilitar mi pensamiento, por exceso de amplitud, podía desagradar en lo íntimo a mis lectores. El lector gusta siempre de aquellos escritos en los cuales se deja algo o mucho a su malicia, a su sagacidad o inventiva; en que se le deja campo para completar con sus propias reflexiones o cavilaciones las que le expone el escritor; y si en todo caso la sinceridad es mérito y virtud en quien escribe, no siempre corre buena suerte la ingenuidad con que el escritor expresa todo lo que siente y piensa.

Al comprender estas verdades, si bien continué pecando, sin caer en la cuenta de mis yerros, por lo menos hice el propósito de corregirme, procurando no delinquir a sabiendas contra las leyes del casticismo y del buen gusto: y es lo cierto que, si he merecido hasta el presente muchas críticas por mis pecados de incorrección y de estilo, no cabe comparación entre lo que yo escribía en Europa hasta fines de 1861 y lo que mi incorrecta pero bien intencionada y penitente pluma ha producido en los últimos tiempos. En efecto, desde 1862 me propuse, por una parte, castigar cuanto me fuese posible mi exuberancia fraseológica y los galicismos que habían inficionado mi lenguaje, y por otra, extirpar en mi espíritu las viejas preocupaciones románticas que me dominaban, cual resabios de la primera juventud, y familiarizarme con los grandes clásicos de mi propia lengua y mi raza, estudiándoles con amor, con metódica atención, y aun con cierto sentimiento como de orgullo de familia. La importante casa de Garnier Fréres, de París, que hacía considerables ediciones de libros clásicos españoles, y la de Rosa y Bouret, con quienes tuve relaciones desde 1858, me suministraron numerosas y excelentes obras, a la medida de mi deseo; y no solamente saqué de ello provecho para la educación de mi espíritu y mi gusto, y me aficioné decididamente a los estudios de literatura clásica, sino que en mis posteriores publicaciones se fue notando mucha menor incorrección y menos exuberancia de estilo.

Pero esta modificación que en mí se operaba, en orden al trabajo literario, no era únicamente fruto de las reflexiones a que me había traído el llamamiento al orden hecho por mí ilustrado, juicioso y querido hermano Ancízar. Con este incidente coincidía un hecho psicológico que lentamente se había verificado en mí. Por una parte, al llegarme a Europa los libros y periódicos que se publicaban en Hispano-América, y particularmente en Bogotá, Lima y Caracas, percibía yo la hinchazón de que generalmente adolecía el estilo hispanoamericano, fuese por causa del envanecimiento democrático, o por exceso de imaginación y entusiasmo, o porque el romanticismo europeo del presente siglo hubiese ejercido desastroso prestigio entre los jóvenes escritores del Nuevo Mundo. Poco brillaban a mis ojos por su solidez o su seriedad la mayor parte de los escritos de mis cofrades hispano­americanos, y no estando yo bajo el influjo de la atmósfera que hasta 1857 me había rodeado, mi criterio se aclaraba y adquiría imparcialidad, hasta el punto de juzgar con cierta severidad y mucha menor satisfacción lo que el patriotismo, obcecado, me había hecho estimar antes como perfecto o poco menos.

Por otra parte, tanto había tenido yo que leer, en materia de libros, revistas y periódicos, y tanto que ver y oír en los teatros, las academias, etc., para poder escribir durante más de cuatro años centenares de correspondencias y artículos sobre literatura, crítica, bibliografía, materias políticas y otros ramos, comparando estilos de escritores, de escuelas literarias y artísticas y de pueblos muy cultos e ilustrados, que insensiblemente había, no solo cobrado mucha afición a la crítica, sino adquirido nociones y hábitos intelectuales en este orden de estudios y trabajos; sin debilitar por eso mi inclinación a crear cuanto me fuera posible, como expresión de mis impresiones e ideas propias.

Y mientras más leía o estudiaba yo escritos ajenos o me impresionaba con obras de arte, más y más me iba penetrando de dos grandes verdades: la primera, que todos los errores del espíritu humano habían provenido y provendrían siempre de una desacordada aspiración a lo absoluto, ya fuese en el conocimiento y la posesión de la verdad en todas las cosas, empezando por nuestro propio ser, ya en las fórmulas descubiertas o imaginadas para expresar la concepción de aquello que se tiene por verdad. Después de haber sido absolutista como liberal, como poeta y libre pensador, yo empezaba a comprender claramente que lo absoluto no podía caber en lo relativo, así como lo infinito no cabía en lo limitado; que silos medios de que el hombre puede disponer para descubrir y adquirir la verdad son limitados en extensión o alcance, en fuerza y duración, mal pueden ser infinitos ni completos los resultados que se obtengan; y que harto hace el espíritu humano con ir atesorando para toda la humanidad, a través de los tiempos, una sucesión de verdades relativas que le engrandecen y mejoran, pero que también se van modificando y corrigiendo, a medida que se ensanchan los horizontes moral e intelectual, que se perfeccionan los instrumentos de investigación y de visión, y que se eleva el nivel mismo de los objetos observados.

La grave y decisiva consecuencia que fui derivando, cada día con mayor fuerza de lógica y persuasión, fue la convicción de que había un principio fundamental de error en todo sistema por lo mismo que toda ilación sistemática conducía a solicitar forzosamente principios absolutos y a imaginar y combinar doctrinas de este linaje. Y al contrario, que así como todo sistema era falso, porque tendía a la unidad, prescindiendo de la variedad, a lo absoluto, desdeñando lo relativo, no era posible hallar verdad alguna ni crear algo positivo y fecundo, sin método; elemento tan necesario para la observación y la investigación experimentales como para la inducción intuitiva y la deducción lógica. Hallar el verdadero método era, pues, a mis ojos, colocarse en el camino de la verdad posible; y como yo sentía en mí mismo diversidad de facultades, que de distinto modo pero conjuntamente me servían para solicitar la verdad y hallarla en alguna medida, no podía menos que rechazar toda doctrina que me forzase a servirme de un solo procedimiento intelectual. De ahí la convicción que adquirí de la imposibilidad de separar el esfuerzo inductivo, del experimental; el intuitivo, del deductivo; la convicción racional, de la persuasión puramente espiritual o psicológica; la noción de lo sentido con el alma, de la de lo percibido con los sentidos. Tal convicción me condujo a ser ecléctico en filosofía, es decir, a buscar la verdad sin sujeción a ningún sistema, y tomando de todos los métodos de investigación todo aquello que, acomodándose a mis facultades mentales, pudiese ponerlas en constante y armónico ejercicio para llegar a la posesión del mayor caudal posible de luz; pero sin aspirar jamás a poseer la totalidad de la luz o lo absoluto de la verdad.

La otra convicción que penetró en mi alma, en el orden de las ideas generales, y particularmente de las formas literarias, fue ésta: que el secreto de la fuerza y la eficacia de toda expresión del sentimiento y del pensamiento, no consistía tanto en la novedad de concepción de las ideas, ni en su grandeza de inventiva o de elevación, ni en su profundidad sorprendente o su filosofía, cuanto en la personalidad indestructible del estilo, en la universalidad de las tendencias, en la sinceridad del sentimiento, en la nobleza del propósito, en la proporción y armonía de la forma, y en la oportunidad de la expresión. Yo había tenido fe en la belleza y sentido el instinto de lo bello, la irresistible inclinación a buscarlo y admirarlo en todas las cosas; pero no había concebido ideas bien claras sobre los fenómenos estéticos hasta el punto de comprender que había y tenía que haber una ciencia de lo bello. El día que adquirí esta noción, comencé a sospechar la falsedad de los sistemas literarios, del absolutismo de los clásicos y de los románticos; y como la belleza es inseparable de la verdad, o es una de las condiciones esenciales de ésta, porque no cabe la fealdad en lo completamente verdadero, y lo erróneo, lo falso carece en realidad de belleza, llegué a la convicción de que solo con un trabajo constante de comparación y depuración de las producciones de los grandes ingenios, podría formarse un gusto literario conforme a los sanos principios de la estética y la crítica, con entera independencia de opiniones preestablecidas.

De mayores consecuencias aún fue para mi espíritu la modificación que se verificó en mi criterio, en lo tocante a los hechos políticos y a las ideas y doctrinas de este orden. Yo había llegado a Europa penetrado, con toda la intolerancia de una convicción sistemática y de las pasiones que habían educado mi juventud, de una idea absoluta, a saber: que fuera de la República democrática no había ni podía haber justicia, libertad ni gobierno fecundo para los pueblos civilizados. Además, había en mi radicalismo, como en el de todos mis copartidarios de Colombia hasta fines de 1857, -época en que yo me había alejado de Bogotá-, no pocos puntos de socialismo, mal comprendido y peor digerido, y una tinta muy pronunciada de jacobinismo, bebido en las páginas de los historiadores de la revolución francesa. Verdad es que yo, por sentimiento y por admiración de la grandeza del patriotismo generoso, había sido siempre mucho más |girondino que |jacobino; pero también es cierto que mis ideas habían provenido mucho más de un orden sistemático de preocupaciones, fruto de lecturas de libros de enciclopedistas y revolucionarios, que no de madura y desapasionada reflexión, y menos aún de una atenta observación comparativa de las sociedades políticas.

Al observar y comparar la situación y marcha de los pueblos europeos, y considerar desde lejos la política de las Repúblicas Americanas, mi espíritu se abrió insensiblemente a nuevas percepciones, nuevas reflexiones y nuevas nociones relativas a la soberanía, a la libertad, al orden social, al destino de los pueblos, a la misión y el poder real de los gobiernos, y a la armonía o el equilibrio de las fuerzas humanas y de los fenómenos, de la civilización.

Desde luego, si la democracia me parecía ser el gobierno más adecuado a la práctica de la justicia relativa, también me parecía ser el más ocasionado a despertar el sentimiento de la envidia, a suscitar conflictos de todo linaje, y a poner la sociedad bajo el predominio del caudillaje o de las nulidades presuntuosas y audaces. Ninguna forma de gobierno podía requerir de parte de los gobernantes mayor caudal de experiencia, de ciencia del derecho y de la economía de las sociedades, que la democrática, y por tanto, al no estar muy bien educadas las muchedumbres e ilustradas las mayorías populares, dueñas del sufragio y del poder, nada podía ser más peligroso que la dominación del número, muchas veces sobrepuesto a la inteligencia y la virtud.

De ahí la necesidad de tomar precauciones salvadoras de la sociedad, no solo adoptando una sabia, incontrastable división de los poderes públicos, y regularizando y limitando el sufragio, sino también asegurando a las minorías, por medio de garantías de independencia en el gobierno, los medios de defensa propios para impedir la acción tiránica o irresponsable de las mayorías. Estas reflexiones me condujeron a ser abiertamente adversario, por una parte, del escrutinio de lista, o sea de la elección de todos los representantes de cada Estado o gran demarcación política por un solo voto y mediante un solo escrutinio; y por otra, del predominio de los cuerpos legislativos, calificados de soberanos por los doctrinarios del |jacobinismo.

Yo veía en Francia patentemente comprobado por los hechos que el espíritu democrático, siempre exagerado por la pasión de la igualdad, venía arrastrando a los franceses alternativamente a uno de dos abismos: o el rojismo comunista, fruto de la exaltación de la envidia popular; o el socialismo cesariano, el despotismo del sable y de la corrupción bonapartista, frutos del sofisma de igualdad con que engañaba al pueblo el poder militar. Tanto preconizaba Napoleón III el sufragio universal para sostener su despotismo socialista, haciéndose discernir plebiscitos por las muchedumbres a quienes fascinaba y oprimía, como lo magnificaba el partido rojo, haciendo del voto de las muchedumbres el espantajo de la propiedad y de las clases ilustradas. Era patente la falsedad científica de un sistema de sufragio que lo mismo podía dar fuerza al despotismo que venía de arriba, cubierto con |El manto imperial, que al que trataba de levantarse de abajo, entre los pliegues de la bandera roja.

Yo veía reinar la más amplía libertad en Inglaterra, bajo la dirección política de una aristocracia territorial, rica y poderosa, sobrado apegada a sus privilegios y tradiciones, pero eminentemente ilustrada y patriota. Y al observar las grandes cosas que emanaban de la nación británica, a virtud de la combinación de los elementos monárquico, aristocrático y democrático y del irresistible poder de la opinión pública, libre y ordenadamente formada, no podía yo menos que reconocer que no había virtud específica en ninguna forma de gobierno, sino que la libertad, el progreso y la conservación provenían del respeto con que toda la sociedad mirase la ley, y del concurso y equilibrio de todas las fuerzas sociales, preparadas por un poder providencial y un orden indestructible de leyes naturales.

Yo veía la lucha diez veces secular, así en Italia como en Alemania, del municipalismo y el unitarismo, ya con unas formas, ya con otras, sin que ninguno de los dos sistemas políticos hubiese dado la prueba de que en él solo residían la fuerza y la verdad; sino, al contrario, la demostración práctica de este aforismo de la filosofía: que fuera de la tolerancia no podía haber justicia, ni fuera de la justicia sólido progreso.

Yo veía también que, allí donde la neutralidad política hacía subsistir la paz, -como acontecía en Bélgica y Suiza-, todos los problemas sociales se iban resolviendo fácil y seguramente, sin que hu­biera ningún progreso que no emanase de la conciliación y yuxtaposición de todos los elementos de fuerza social y de autoridad.

Yo veía igualmente patentizarse en Rusia y Turquía la impotencia del despotismo autocrático, combinado con un limitado poder teocrático -cristiano en el un imperio, mahometano en el otro; y esa impotencia me parecía ser fruto principalmente de la tiranía de las conciencias, ejercida por la autoridad de las dos potestades confundidas, y de la enervación y corrupción que el ejercicio del despotismo acarreaba a los mismos que de él se servían.

Yo veía que en España, después de tantas luchas dinásticas o de partidos exclusivistas, lo único que daba idea sería y seductiva de los beneficios de la libertad, era el simpático grupo de las provincias vascongadas, -pueblos que habían hecho inseparable la idea del derecho, la tradición de las virtudes populares, la sinceridad de las creencias religiosas y la ingenuidad y entereza del patriotismo.

Y veía, en fin, desde lejos, que en las Repúblicas Americanas jamás se podía contar con estabilidad, no porque faltasen abundantes elementos de bienestar, sino porque las luchas de los partidos eran en todo caso un antagonismo de sistemas absolutos, -jamás un esfuerzo combinado de principios de conservación y libertad que tratasen de armonizar o conciliarse.

El resultado de todas mis observaciones y meditaciones fue esta convicción: que era imposible el buen gobierno, ni, como consecuencia de este, la estabilidad y prosperidad de ningún pueblo, sin una sabia combinación de liberalismo y conservatismo. Yo había aquilatado en gran parte mis ideas liberales, y al purificarlas o corregirlas les daba más consistencia en mi mente con una considerable infusión de ideas conservadoras. Yo era científicamente liberal, como lo exigían mis convicciones, en armonía con mi temperamento; pero también comenzaba a ser científicamente conservador, no obstante el cúmulo de recuerdos y afectos que me alejaban del partido conservador de mi país.

Bastábame para confirmarme en mis nuevas ideas una consideración. El gobierno es, por su esencia, conservador, así del individuo y de sus negocios, como de la familia y del Estado. Si todos los partidos políticos aspiran a gobernar, claro es que en todos, aun los más liberales, hay un instinto conservador, y que todos al obtener la posesión del gobierno tienen que obrar como conservadores, en mayor o menor medida, según su temperamento y las necesidades de la situación en que se hallan. Esto patentiza que la verdad política no está ni puede estar en ninguno de los dos sistemas antagonistas, sino en su conciliación y ponderación.

Pero otras impresiones agitaban también mi alma: las que, relacionándose con la religión, presentaban delante de mi espíritu el formidable problema de la fe, en desacuerdo, real o aparente, con la, razón. Yo sentía que todo el edificio levantado en el fondo de mi alma por la filosofía de los enciclopedistas primero, y después por la de los positivistas, aún más radical y desoladora, comenzaba a flaquear, cual si le faltasen puntos de apoyo muy necesarios para su equilibrio y consistencia. Yo había devorado libros y libros y meditado mucho sobre religión, y después de todo me hallaba en una falsa situación: era simplemente deísta unitario, de suerte que, aceptando la unidad absoluta de Dios y la moral del cristianismo, no reconocía la divinidad de Jesucristo, ni admitía ninguna autoridad humana en religión; y al propio tiempo, por respeto y amor a mi familia y respeto a la sociedad, me había casado ante la iglesia católica, había hecho bautizar mis cuatro hijas como católicas, y consentía de muy buen grado en que fuesen educadas como tales | [1] .

Esta situación era tan complicada como contraria a la lógica de mis convicciones. Si el amor, el respeto a la tolerancia justificaban lo uno, el orgullo de mi razón protestaba en el sentido opuesto, y me parecía que la dignidad de mi conciencia no se compadecía con mi manera de ser como padre de familia. "Si lo que yo hago con mí esposa y mis hijas, me decía lleno de íntima inquietud, está bien hecho, no hay razón para que mi alma siga otro camino; o si yo estoy personalmente en el de la verdad, no debo dejar a mi familia en la vía del error, de la superstición y del envilecimiento de la conciencia, a menos de incurrir en una especie de prevaricación contra mis convicciones por el interés de mantener la paz doméstica".

"¿Acaso la fe y las prácticas del catolicismo serán buenas solamente para las mujeres, pensaba yo, pero a los hombres, que tenemos más entereza de voluntad y amplitud de espíritu, lo que conviene es un deísmo que nos mantenga en la plenitud de la independencia moral?"... Pero esta reflexión no resistía al criterio más elemental. Ni era cierta la inferioridad intelectual de las mujeres, -pues toda la diferencia consiste en el grado de fuerza o de finura, de perspicacia o de extensión, de tendencias políticas o de tendencias morales y afectivas con que se distinguen, según su esfera de acción, las inteligencias femeninas de las masculinas-; ni era racional admitir que dos sexos inseparables, sin cuya unión no existe el hombre, -que componen al hombre mismo, maravillosamente uno en su diver­sidad de formas-, pudieran estar sujetos a distintas leyes de estética, de moral, de psicología ni de filosofía religiosa. Lo que podía ser la verdad para las hijas y la madre, tenía que serlo también para el padre, puesto que la verdad es indivisible y no puede ser contraria a sí misma.

Ello es que yo me sentía fuera de quicio y de nivel como padre de familia. Mi esposa poseía mi alma, y yo era dueño de la suya, y nuestras almas armonizaban en el culto por la belleza, en su patriotismo y en sus esfuerzos por adquirir luz en todos sentidos; y sin embargo, faltaba entre los dos la comunidad en la cosa más elemental de la vida: en las relaciones de nuestras almas con la Divinidad. Yo idolatraba a mis hijitas, que eran mi mayor encanto y mi más poderoso estímulo para todo esfuerzo; y sin embargo, llegaría un tiempo en que ellas, al crecer y tener conciencia religiosa, no estarían en comunidad de creencias y culto conmigo, faltándonos así uno de los más poderosos vínculos de confianza, de intimidad y destino. Yo adoraba a mi madre, de quien había recibido como herencia una fe, y sin embargo, había entre los dos un abismo de sentimiento y de esperanzas...

Pero si por el lado de los afectos mi alma se hallaba tan fuertemente combatida por sagradas consideraciones, también lo estaba por los hechos y las reflexiones que obraban sobre mi corazón. Desde luego mis recientes lecturas me habían obligado a admitir, como un principio demostrado, incontrovertible, la indestructibilidad de la materia, cosa sujeta al poder de las leyes naturales. Era ya verdad demostrada que la materia no es susceptible de destrucción (a virtud de las fuerzas que la rigen y abstracción hecha de la voluntad de Dios), sino de indefinidas transformaciones, más o menos visibles y considerables. Pero si la materia así considerada, es eterna, ¿será admisible la desaparición, la destrucción del alma, del elemento moral e intelectual que anima a esa materia en su forma de ser humano? Proponer este problema era resolverlo, puesto que la lógica más elemental rechazaba la afirmativa.

Según la ciencia de los positivistas, solo era admisible como verdad lo positivamente descubierto y comprobado en el orden natural de los hechos visibles, sin que lo invisible, lo inanalizable debiera ser considerado por la razón humana. ¿Pero acaso el campo de la razón está exclusivamente reducido a los hechos materiales o morales que son del dominio de lo positivo? ¿No abarca también ella lo invisible, lo impalpable, lo sobrenatural, lo infinito pasado y lo infinito futuro? ¿No es el primer agente de toda investigación el alma, la cosa más indemostrable por los medios muy limitados de que se sirve la filosofía positiva?

Según la ciencia de otra escuela sistemática, la de los llamados experimentalistas, fuera del campo de la experiencia no hay verdadera ciencia: el espíritu humano solo puede admitir como cierto lo que está comprobado como una realidad por el método experimental. ¿Pero acaso los fenómenos del alma no son también experimentales? ¿No experimenta cada cual los prodigios del entendimiento, de la conciencia y de la voluntad, ya estudiándolos y observándolos en sí mismo, por medio de un trabajo interno, ya observándolos en los demás, mediante el estudio y la comparación de todos los actos externos, reveladores más o menos seguros del hombre psicológico y afectivo? ¿Ha podido el hombre crear algo en los tiempos conocidos, entendiendo por crear, no la simple transformación de las cosas materiales que son de su dominio, ni la mera concepción de ideas o expresión de sentimientos? ¿Ha logrado modificar el conjunto de lo creado o las leyes que rigen la |Creación? ¿Ha podido siquiera modificar a través de los tiempos la esencia de su rojo ser? La respuesta que da la experiencia a estas preguntas es negativa. Todas estas negaciones son perfectamente experimentales. ¿Pero ha dejado de subsistir la |Creación con todos sus elementos conocidos y sus leyes evidentes, desde los primeros tiempos de la Humanidad hasta los presentes? ¿Ha dejado la Humanidad de tener los caracteres que la distinguen? ¿Se han asemejado en algo al hombre los seres de los reinos inferiores? ¿Se han suspendido de algún modo los fenómenos que constituyen la lógica de la historia? No. Luego hay un principio eterno superior a todo lo que existe en el orden experimental; hay una inmortalidad que escapa a toda experiencia y se patentiza ante la razón; hay una ley divina que todo lo envuelve y lo rige, sin que a su poder alcance a sobreponerse la voluntad humana; y hay un destino particular del hombre, como ser moral, que le distingue y separa sustancialmente de todos los demás seres animados.

Si todas estas y muchas otras reflexiones pesaban ya poderosamente sobre mi espíritu, su resultado había sido muy importante, pero no definitivo. Yo había llegado a una filosofía religiosa, enteramente espiritualista en sus tendencias psicológicas y enteramente cristiana en su punto de vista moral; pero estaba muy lejos de aceptar una fe religiosa determinada o un orden preciso de dogmas positivos. Y aun confieso que había en el fondo de mi alma junto con el sincero deseo de creer algo dogmático y definitivo, una fuerte resistencia a someterme particularmente a los dogmas del catolicismo.

Con todo, yo tenía tomada desde 1862 una firme resolución: la de resolver de algún modo el problema de mis creencias religiosas y sacudir la tiranía de la duda, que me parecía ser un poder esterilizante; así como el indiferentismo se me antojaba propio para relajar la conciencia y empequeñecer los más nobles caracteres. En todo caso, era cosa resuelta por mí el no aguardar, para resolver aquel problema, a que la debilidad física y moral obrasen algún día sobre mis definitivas determinaciones; sino adoptarlas en pleno vigor de juventud y robustez, de independencia y serenidad de espíritu, a fin de que, después de fijarme en una religión positiva, sí a este punto había de llegar, me quedase la seguridad de haber obrado con entera libertad de juicio, y de poder estimarme a mí mismo, por el respeto que yo mostrase por la dignidad de mi conciencia.

Una ventaja tenía ya, hacia mediados de 1862, para seguir adelante en mis meditaciones: podía proceder por el método de la eliminación, despejando de muchos estorbos el campo de mis estudios. La propia experiencia me había probado que no me era posible resolver el problema de mi vida futura con ninguno de los sistemas filosóficos preconizados por los libres pensadores. A pesar de todas las inepcias del ateísmo se levantaba ante mis ojos la evidencia de la |Creación, de la Historia y de la vida independiente y libre del Alma humana. Yo sentía mi alma, la sentía inmortal y personal, y por encima de los absurdos del ateísmo, de la impotencia del positivis­mo, de la incapacidad moral del panteísmo y de las contradicciones del racionalismo se alzaban las supremas esperanzas de mi alma, que me encaminaban hacia Dios, y las indomables inclinaciones de mi corazón, que no hallaban la satisfacción del amor ni del instinto estético en ninguna de las degradantes promesas del materialismo.

En cuanto a las religiones positivas más extendidas en el mundo civilizado, yo veía en la vida de los pueblos más considerables la prueba de la impotencia de aquellas mismas religiones para dar asiento a la civilización y justicia plena a las rela­ciones humanas. En la China, alcanzaba a ver el estancamiento y la petrificación; en la India, el sibaritismo embrutecedor y la desigualdad, originados del brahmanismo; en el Imperio Turco y sus asimilables, el inepto fatalismo, la degradación de la mujer y la imposibilidad del progreso, por consecuencia del islamismo; en Rusia y los pueblos de religión griega, una especie de cristianismo bárbaro, yuxtapuesto a la servidumbre de cien millones de hombres y a las más odiosas formas del despotismo; y en Inglaterra y Escocia, en Suecia y Noruega, en Alemania y Dinamarca, las discordias del protestantismo, el antagonismo de los pueblos y las dinastías, la esterilidad moral de numerosas sectas, sin que estas hubiesen logrado oponer un principio decisivo de los problemas sociales y políticos, capaz de contrarrestar el principio de unidad del catolicismo.

Por último, en los Estados Unidos de América, la gran diversidad de sectas cristianas solo había conducido a estos resultados: formar un gran con­glomerado social, audaz, sin escrúpulos, sin ningún sentimiento estético ni verdadero carácter nacional; encaminar la democracia hacia un materialismo pu­ramente calculador, propio solo para rebajar los más nobles instintos del alma y convertir la idea suprema del derecho en asunto de fuerza y éxito; y dejar en pie la formidable cuestión de la esclavi­tud, como un germen de conflictos que solo una espantable guerra podía suprimir, en un sentido u otro, pero siendo también un semillero de futura desmoralización.

En cuanto al catolicismo, yo veía el espectáculo que con él ofrecían Francia e Italia, España e Irlanda y las Repúblicas Hispano-Americanas, y estaba muy lejos de hallar satisfactoria su manera de ser, por mucho que me pareciese haber en ella un elemento de salvación encarnado en el principio de unidad, diez y ocho veces secular. Con todo, mientras más consideraba yo las más grandes obras de la civilización más me persuadía de que ellas habían tenido su principal inspiración en el catolicismo, a pesar de todos los errores profesados y todas las faltas cometidas al amparo o en nombre de esta religión.

En suma, mi alma se hallaba en una época de crisis, mi conciencia estaba torturada por el ardiente anhelo de hallar la verdad y emanciparse de la duda, y una revolución decisiva tenía que operarse en mis ideas, convicciones y creencias. Tal era mi situación, cuando los acontecimientos políticos que se verificaban en Colombia me obligaron a tomar una extraña resolución: la de prolongar mi ausencia, buscando teatro para mi actividad en el Perú, en vez de aprovecharme del que mi propio país podía ofrecerme.

[1]  La cuarta, Blanca-Leonor, había nacido en París el 6 de mayo de 1862

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