OBSERVACIONES POLITICAS
Y LITERARIAS
En tanto que yo servía a mi país del mejor modo posible, según
las dificultades de la situación y mis alcances y relaciones,
desempeñando cargos que, si eran diplomáticos a los ojos de mi
gobierno, apenas podían ser confidenciales para los gobiernos ante
quienes estaba acreditado; y en tanto también que con mis costosas
y variadas publicaciones procuraba ser útil a mis conciudadanos,
una revolución profunda se iba verificando en mi espíritu. Mis
ideas políticas y literarias habían ido modificándose
insensiblemente, merced a las nuevas impresiones recibidas, a las
nuevas y muy diversas nociones adquiridas, a una distinta
percepción de los fenómenos de la belleza y de las leyes del buen
gusto, y al alejamiento en que me hallaba del teatro nacional,
donde me había envuelto una atmósfera de pasiones, de cuyo influjo
pernicioso estaba exento, en mucha parte, en Europa.
En lo tocante a literatura, un incidente curioso me había
abierto los ojos. Antes de publicar en volumen, con cierta
corrección relativa y algunos complementos importantes, la
|Primera serie de mis narraciones de
|Viajes, yo
había dado a luz la mayor parte de la obra, en forma de folletín,
en
|El Tiempo de Bogotá. Mi cuñado Ancízar me dirigió a
París una larga epístola, de aquellas tan conceptuosas y sensatas
que él ha sabido escribir, y en ella, al par que me hacía muchos
elogios íntimos de mi obra, analizándola detenidamente -elogios
relativos a lo animado del estilo, la originalidad de las
observaciones, la ingenuidad y novedad del relato, y la intención y
el espíritu que lo guiaba- me hacía notar que mi lenguaje estaba
plagado de galicismos y que se echaba de ver que en mi literatura
la lengua francesa prevalecía sobre la española.
La exactitud de esta crítica me pareció evidente, y al caer en
la cuenta de ello, no solamente advertí que era muy defectuosa mi
última obra, sino que lo eran también las anteriores, sobre todo en
el punto de vista de la corrección castiza. Dócil como he sido
siempre a toda corrección hecha con cariño y de buena fe, y poco
inclinado a envanecerme con mis escritos, reconocí los graves
defectos de que estos adolecían y al punto resolví corregirme. Esto
era bastante difícil, ya porque yo vivía en el seno de una sociedad
europea, teniendo que hablar frecuentemente en varias lenguas y a
cada instante en francés, ya porque mi educación intelectual y
literaria había sido muy defectuosa, ya, en fin, porque me faltaba
tiempo para emprender y continuar, con método y perseverancia,
nuevos estudios de los clásicos españoles.
Pero sí podía yo hacer mucho para enmendarme, ora ordenando mis
lecturas mejor que antes y prestando mayor atención a los buenos
escritores de España, ora aplicando a mis escritos una crítica
severa y procurando, sobre todo, reprimir y castigar la exuberancia
de mi estilo. El entusiasmo con que en todo caso sentía, la
inquietud de mi ardiente imaginación, mis tendencias poéticas y de
generalización y universalidad, y la suma prontitud con que
concebía las cosas y facilidad con que expresaba mis pensamientos,
ya fuese de palabra o por escrito, me habían arrastrado siempre a
pecar contra la sobriedad; y mi genio, tan comunicativo y expansivo
como era, no sabía sujetarse a regla y medida. Yo siempre decía, de
palabra o por escrito, más de lo conveniente o necesario, con una
exuberancia de expresión y formas que, a más de debilitar mi
pensamiento, por exceso de amplitud, podía desagradar en lo íntimo
a mis lectores. El lector gusta siempre de aquellos escritos en los
cuales se deja algo o mucho a su malicia, a su sagacidad o
inventiva; en que se le deja campo para completar con sus propias
reflexiones o cavilaciones las que le expone el escritor; y si en
todo caso la sinceridad es mérito y virtud en quien escribe, no
siempre corre buena suerte la ingenuidad con que el escritor
expresa todo lo que siente y piensa.
Al comprender estas verdades, si bien continué pecando, sin caer
en la cuenta de mis yerros, por lo menos hice el propósito de
corregirme, procurando no delinquir a sabiendas contra las leyes
del casticismo y del buen gusto: y es lo cierto que, si he merecido
hasta el presente muchas críticas por mis pecados de incorrección y
de estilo, no cabe comparación entre lo que yo escribía en Europa
hasta fines de 1861 y lo que mi incorrecta pero bien intencionada y
penitente pluma ha producido en los últimos tiempos. En efecto,
desde 1862 me propuse, por una parte, castigar cuanto me fuese
posible mi exuberancia fraseológica y los galicismos que habían
inficionado mi lenguaje, y por otra, extirpar en mi espíritu las
viejas preocupaciones románticas que me dominaban, cual resabios de
la primera juventud, y familiarizarme con los grandes clásicos de
mi propia lengua y mi raza, estudiándoles con amor, con metódica
atención, y aun con cierto sentimiento como de orgullo de familia.
La importante casa de Garnier Fréres, de París, que hacía
considerables ediciones de libros clásicos españoles, y la de Rosa
y Bouret, con quienes tuve relaciones desde 1858, me suministraron
numerosas y excelentes obras, a la medida de mi deseo; y no
solamente saqué de ello provecho para la educación de mi espíritu y
mi gusto, y me aficioné decididamente a los estudios de literatura
clásica, sino que en mis posteriores publicaciones se fue notando
mucha menor incorrección y menos exuberancia de estilo.
Pero esta modificación que en mí se operaba, en orden al trabajo
literario, no era únicamente fruto de las reflexiones a que me
había traído el llamamiento al orden hecho por mí ilustrado,
juicioso y querido hermano Ancízar. Con este incidente coincidía un
hecho psicológico que lentamente se había verificado en mí. Por una
parte, al llegarme a Europa los libros y periódicos que se
publicaban en Hispano-América, y particularmente en Bogotá, Lima y
Caracas, percibía yo la hinchazón de que generalmente adolecía el
estilo hispanoamericano, fuese por causa del envanecimiento
democrático, o por exceso de imaginación y entusiasmo, o porque el
romanticismo europeo del presente siglo hubiese ejercido desastroso
prestigio entre los jóvenes escritores del Nuevo Mundo. Poco
brillaban a mis ojos por su solidez o su seriedad la mayor parte de
los escritos de mis cofrades hispanoamericanos, y no estando yo
bajo el influjo de la atmósfera que hasta 1857 me había rodeado, mi
criterio se aclaraba y adquiría imparcialidad, hasta el punto de
juzgar con cierta severidad y mucha menor satisfacción lo que el
patriotismo, obcecado, me había hecho estimar antes como perfecto o
poco menos.
Por otra parte, tanto había tenido yo que leer, en materia de
libros, revistas y periódicos, y tanto que ver y oír en los
teatros, las academias, etc., para poder escribir durante más de
cuatro años centenares de correspondencias y artículos sobre
literatura, crítica, bibliografía, materias políticas y otros
ramos, comparando estilos de escritores, de escuelas literarias y
artísticas y de pueblos muy cultos e ilustrados, que
insensiblemente había, no solo cobrado mucha afición a la crítica,
sino adquirido nociones y hábitos intelectuales en este orden de
estudios y trabajos; sin debilitar por eso mi inclinación a crear
cuanto me fuera posible, como expresión de mis impresiones e ideas
propias.
Y mientras más leía o estudiaba yo escritos ajenos o me
impresionaba con obras de arte, más y más me iba penetrando de dos
grandes verdades: la primera, que todos los errores del espíritu
humano habían provenido y provendrían siempre de una desacordada
aspiración a lo absoluto, ya fuese en el conocimiento y la posesión
de la verdad en todas las cosas, empezando por nuestro propio ser,
ya en las fórmulas descubiertas o imaginadas para expresar la
concepción de aquello que se tiene por verdad. Después de haber
sido absolutista como liberal, como poeta y libre pensador, yo
empezaba a comprender claramente que lo absoluto no podía caber en
lo relativo, así como lo infinito no cabía en lo limitado; que
silos medios de que el hombre puede disponer para descubrir y
adquirir la verdad son limitados en extensión o alcance, en fuerza
y duración, mal pueden ser infinitos ni completos los resultados
que se obtengan; y que harto hace el espíritu humano con ir
atesorando para toda la humanidad, a través de los tiempos, una
sucesión de verdades relativas que le engrandecen y mejoran, pero
que también se van modificando y corrigiendo, a medida que se
ensanchan los horizontes moral e intelectual, que se perfeccionan
los instrumentos de investigación y de visión, y que se eleva el
nivel mismo de los objetos observados.
La grave y decisiva consecuencia que fui derivando, cada día con
mayor fuerza de lógica y persuasión, fue la convicción de que había
un principio fundamental de error en todo sistema por lo mismo que
toda ilación sistemática conducía a solicitar forzosamente
principios absolutos y a imaginar y combinar doctrinas de este
linaje. Y al contrario, que así como todo sistema era falso, porque
tendía a la unidad, prescindiendo de la variedad, a lo absoluto,
desdeñando lo relativo, no era posible hallar verdad alguna ni
crear algo positivo y fecundo, sin método; elemento tan necesario
para la observación y la investigación experimentales como para la
inducción intuitiva y la deducción lógica. Hallar el verdadero
método era, pues, a mis ojos, colocarse en el camino de la verdad
posible; y como yo sentía en mí mismo diversidad de facultades, que
de distinto modo pero conjuntamente me servían para solicitar la
verdad y hallarla en alguna medida, no podía menos que rechazar
toda doctrina que me forzase a servirme de un solo procedimiento
intelectual. De ahí la convicción que adquirí de la imposibilidad
de separar el esfuerzo inductivo, del experimental; el intuitivo,
del deductivo; la convicción racional, de la persuasión puramente
espiritual o psicológica; la noción de lo sentido con el alma, de
la de lo percibido con los sentidos. Tal convicción me condujo a
ser ecléctico en filosofía, es decir, a buscar la verdad sin
sujeción a ningún sistema, y tomando de todos los métodos de
investigación todo aquello que, acomodándose a mis facultades
mentales, pudiese ponerlas en constante y armónico ejercicio para
llegar a la posesión del mayor caudal posible de luz; pero sin
aspirar jamás a poseer la totalidad de la luz o lo absoluto de la
verdad.
La otra convicción que penetró en mi alma, en el orden de las
ideas generales, y particularmente de las formas literarias, fue
ésta: que el secreto de la fuerza y la eficacia de toda expresión
del sentimiento y del pensamiento, no consistía tanto en la novedad
de concepción de las ideas, ni en su grandeza de inventiva o de
elevación, ni en su profundidad sorprendente o su filosofía, cuanto
en la personalidad indestructible del estilo, en la universalidad
de las tendencias, en la sinceridad del sentimiento, en la nobleza
del propósito, en la proporción y armonía de la forma, y en la
oportunidad de la expresión. Yo había tenido fe en la belleza y
sentido el instinto de lo bello, la irresistible inclinación a
buscarlo y admirarlo en todas las cosas; pero no había concebido
ideas bien claras sobre los fenómenos estéticos hasta el punto de
comprender que había y tenía que haber una ciencia de lo bello. El
día que adquirí esta noción, comencé a sospechar la falsedad de los
sistemas literarios, del absolutismo de los clásicos y de los
románticos; y como la belleza es inseparable de la verdad, o es una
de las condiciones esenciales de ésta, porque no cabe la fealdad en
lo completamente verdadero, y lo erróneo, lo falso carece en
realidad de belleza, llegué a la convicción de que solo con un
trabajo constante de comparación y depuración de las producciones
de los grandes ingenios, podría formarse un gusto literario
conforme a los sanos principios de la estética y la crítica, con
entera independencia de opiniones preestablecidas.
De mayores consecuencias aún fue para mi espíritu la
modificación que se verificó en mi criterio, en lo tocante a los
hechos políticos y a las ideas y doctrinas de este orden. Yo había
llegado a Europa penetrado, con toda la intolerancia de una
convicción sistemática y de las pasiones que habían educado mi
juventud, de una idea absoluta, a saber: que fuera de la República
democrática no había ni podía haber justicia, libertad ni gobierno
fecundo para los pueblos civilizados. Además, había en mi
radicalismo, como en el de todos mis copartidarios de Colombia
hasta fines de 1857, -época en que yo me había alejado de Bogotá-,
no pocos puntos de socialismo, mal comprendido y peor digerido, y
una tinta muy pronunciada de jacobinismo, bebido en las páginas de
los historiadores de la revolución francesa. Verdad es que yo, por
sentimiento y por admiración de la grandeza del patriotismo
generoso, había sido siempre mucho más
|girondino que
|jacobino; pero también es cierto que mis ideas habían
provenido mucho más de un orden sistemático de preocupaciones,
fruto de lecturas de libros de enciclopedistas y revolucionarios,
que no de madura y desapasionada reflexión, y menos aún de una
atenta observación comparativa de las sociedades políticas.
Al observar y comparar la situación y marcha de los pueblos
europeos, y considerar desde lejos la política de las Repúblicas
Americanas, mi espíritu se abrió insensiblemente a nuevas
percepciones, nuevas reflexiones y nuevas nociones relativas a la
soberanía, a la libertad, al orden social, al destino de los
pueblos, a la misión y el poder real de los gobiernos, y a la
armonía o el equilibrio de las fuerzas humanas y de los fenómenos,
de la civilización.
Desde luego, si la democracia me parecía ser el gobierno más
adecuado a la práctica de la justicia relativa, también me parecía
ser el más ocasionado a despertar el sentimiento de la envidia, a
suscitar conflictos de todo linaje, y a poner la sociedad bajo el
predominio del caudillaje o de las nulidades presuntuosas y
audaces. Ninguna forma de gobierno podía requerir de parte de los
gobernantes mayor caudal de experiencia, de ciencia del derecho y
de la economía de las sociedades, que la democrática, y por tanto,
al no estar muy bien educadas las muchedumbres e ilustradas las
mayorías populares, dueñas del sufragio y del poder, nada podía ser
más peligroso que la dominación del número, muchas veces
sobrepuesto a la inteligencia y la virtud.
De ahí la necesidad de tomar precauciones salvadoras de la
sociedad, no solo adoptando una sabia, incontrastable división de
los poderes públicos, y regularizando y limitando el sufragio, sino
también asegurando a las minorías, por medio de garantías de
independencia en el gobierno, los medios de defensa propios para
impedir la acción tiránica o irresponsable de las mayorías. Estas
reflexiones me condujeron a ser abiertamente adversario, por una
parte, del escrutinio de lista, o sea de la elección de todos los
representantes de cada Estado o gran demarcación política por un
solo voto y mediante un solo escrutinio; y por otra, del predominio
de los cuerpos legislativos, calificados de soberanos por los
doctrinarios del
|jacobinismo.
Yo veía en Francia patentemente comprobado por los hechos que el
espíritu democrático, siempre exagerado por la pasión de la
igualdad, venía arrastrando a los franceses alternativamente a uno
de dos abismos: o el rojismo comunista, fruto de la exaltación de
la envidia popular; o el socialismo cesariano, el despotismo del
sable y de la corrupción bonapartista, frutos del sofisma de
igualdad con que engañaba al pueblo el poder militar. Tanto
preconizaba Napoleón III el sufragio universal para sostener su
despotismo socialista, haciéndose discernir plebiscitos por las
muchedumbres a quienes fascinaba y oprimía, como lo magnificaba el
partido rojo, haciendo del voto de las muchedumbres el espantajo de
la propiedad y de las clases ilustradas. Era patente la falsedad
científica de un sistema de sufragio que lo mismo podía dar fuerza
al despotismo que venía de arriba, cubierto con
|El manto
imperial, que al que trataba de levantarse de abajo, entre los
pliegues de la bandera roja.
Yo veía reinar la más amplía libertad en Inglaterra, bajo la
dirección política de una aristocracia territorial, rica y
poderosa, sobrado apegada a sus privilegios y tradiciones, pero
eminentemente ilustrada y patriota. Y al observar las grandes cosas
que emanaban de la nación británica, a virtud de la combinación de
los elementos monárquico, aristocrático y democrático y del
irresistible poder de la opinión pública, libre y ordenadamente
formada, no podía yo menos que reconocer que no había virtud
específica en ninguna forma de gobierno, sino que la libertad, el
progreso y la conservación provenían del respeto con que toda la
sociedad mirase la ley, y del concurso y equilibrio de todas las
fuerzas sociales, preparadas por un poder providencial y un orden
indestructible de leyes naturales.
Yo veía la lucha diez veces secular, así en Italia como en
Alemania, del municipalismo y el unitarismo, ya con unas formas, ya
con otras, sin que ninguno de los dos sistemas políticos hubiese
dado la prueba de que en él solo residían la fuerza y la verdad;
sino, al contrario, la demostración práctica de este aforismo de la
filosofía: que fuera de la tolerancia no podía haber justicia, ni
fuera de la justicia sólido progreso.
Yo veía también que, allí donde la neutralidad política hacía
subsistir la paz, -como acontecía en Bélgica y Suiza-, todos los
problemas sociales se iban resolviendo fácil y seguramente, sin que
hubiera ningún progreso que no emanase de la conciliación y
yuxtaposición de todos los elementos de fuerza social y de
autoridad.
Yo veía igualmente patentizarse en Rusia y Turquía la impotencia
del despotismo autocrático, combinado con un limitado poder
teocrático -cristiano en el un imperio, mahometano en el otro; y
esa impotencia me parecía ser fruto principalmente de la tiranía de
las conciencias, ejercida por la autoridad de las dos potestades
confundidas, y de la enervación y corrupción que el ejercicio del
despotismo acarreaba a los mismos que de él se servían.
Yo veía que en España, después de tantas luchas dinásticas o de
partidos exclusivistas, lo único que daba idea sería y seductiva de
los beneficios de la libertad, era el simpático grupo de las
provincias vascongadas, -pueblos que habían hecho inseparable la
idea del derecho, la tradición de las virtudes populares, la
sinceridad de las creencias religiosas y la ingenuidad y entereza
del patriotismo.
Y veía, en fin, desde lejos, que en las Repúblicas Americanas
jamás se podía contar con estabilidad, no porque faltasen
abundantes elementos de bienestar, sino porque las luchas de los
partidos eran en todo caso un antagonismo de sistemas absolutos,
-jamás un esfuerzo combinado de principios de conservación y
libertad que tratasen de armonizar o conciliarse.
El resultado de todas mis observaciones y meditaciones fue esta
convicción: que era imposible el buen gobierno, ni, como
consecuencia de este, la estabilidad y prosperidad de ningún
pueblo, sin una sabia combinación de liberalismo y conservatismo.
Yo había aquilatado en gran parte mis ideas liberales, y al
purificarlas o corregirlas les daba más consistencia en mi mente
con una considerable infusión de ideas conservadoras. Yo era
científicamente liberal, como lo exigían mis convicciones, en
armonía con mi temperamento; pero también comenzaba a ser
científicamente conservador, no obstante el cúmulo de recuerdos y
afectos que me alejaban del partido conservador de mi país.
Bastábame para confirmarme en mis nuevas ideas una
consideración. El gobierno es, por su esencia, conservador, así del
individuo y de sus negocios, como de la familia y del Estado. Si
todos los partidos políticos aspiran a gobernar, claro es que en
todos, aun los más liberales, hay un instinto conservador, y que
todos al obtener la posesión del gobierno tienen que obrar como
conservadores, en mayor o menor medida, según su temperamento y las
necesidades de la situación en que se hallan. Esto patentiza que la
verdad política no está ni puede estar en ninguno de los dos
sistemas antagonistas, sino en su conciliación y ponderación.
Pero otras impresiones agitaban también mi alma: las que,
relacionándose con la religión, presentaban delante de mi espíritu
el formidable problema de la fe, en desacuerdo, real o aparente,
con la, razón. Yo sentía que todo el edificio levantado en el fondo
de mi alma por la filosofía de los enciclopedistas primero, y
después por la de los positivistas, aún más radical y desoladora,
comenzaba a flaquear, cual si le faltasen puntos de apoyo muy
necesarios para su equilibrio y consistencia. Yo había devorado
libros y libros y meditado mucho sobre religión, y después de todo
me hallaba en una falsa situación: era simplemente deísta unitario,
de suerte que, aceptando la unidad absoluta de Dios y la moral del
cristianismo, no reconocía la divinidad de Jesucristo, ni admitía
ninguna autoridad humana en religión; y al propio tiempo, por
respeto y amor a mi familia y respeto a la sociedad, me había
casado ante la iglesia católica, había hecho bautizar mis cuatro
hijas como católicas, y consentía de muy buen grado en que fuesen
educadas como tales
|
[1]
.
Esta situación era tan complicada como contraria a la lógica de
mis convicciones. Si el amor, el respeto a la tolerancia
justificaban lo uno, el orgullo de mi razón protestaba en el
sentido opuesto, y me parecía que la dignidad de mi conciencia no
se compadecía con mi manera de ser como padre de familia. "Si lo
que yo hago con mí esposa y mis hijas, me decía lleno de íntima
inquietud, está bien hecho, no hay razón para que mi alma siga otro
camino; o si yo estoy personalmente en el de la verdad, no debo
dejar a mi familia en la vía del error, de la superstición y del
envilecimiento de la conciencia, a menos de incurrir en una especie
de prevaricación contra mis convicciones por el interés de mantener
la paz doméstica".
"¿Acaso la fe y las prácticas del catolicismo serán buenas
solamente para las mujeres, pensaba yo, pero a los hombres, que
tenemos más entereza de voluntad y amplitud de espíritu, lo que
conviene es un deísmo que nos mantenga en la plenitud de la
independencia moral?"... Pero esta reflexión no resistía al
criterio más elemental. Ni era cierta la inferioridad intelectual
de las mujeres, -pues toda la diferencia consiste en el grado de
fuerza o de finura, de perspicacia o de extensión, de tendencias
políticas o de tendencias morales y afectivas con que se
distinguen, según su esfera de acción, las inteligencias femeninas
de las masculinas-; ni era racional admitir que dos sexos
inseparables, sin cuya unión no existe el hombre, -que componen al
hombre mismo, maravillosamente uno en su diversidad de formas-,
pudieran estar sujetos a distintas leyes de estética, de moral, de
psicología ni de filosofía religiosa. Lo que podía ser la verdad
para las hijas y la madre, tenía que serlo también para el padre,
puesto que la verdad es indivisible y no puede ser contraria a sí
misma.
Ello es que yo me sentía fuera de quicio y de nivel como padre
de familia. Mi esposa poseía mi alma, y yo era dueño de la suya, y
nuestras almas armonizaban en el culto por la belleza, en su
patriotismo y en sus esfuerzos por adquirir luz en todos sentidos;
y sin embargo, faltaba entre los dos la comunidad en la cosa más
elemental de la vida: en las relaciones de nuestras almas con la
Divinidad. Yo idolatraba a mis hijitas, que eran mi mayor encanto y
mi más poderoso estímulo para todo esfuerzo; y sin embargo,
llegaría un tiempo en que ellas, al crecer y tener conciencia
religiosa, no estarían en comunidad de creencias y culto conmigo,
faltándonos así uno de los más poderosos vínculos de confianza, de
intimidad y destino. Yo adoraba a mi madre, de quien había recibido
como herencia una fe, y sin embargo, había entre los dos un abismo
de sentimiento y de esperanzas...
Pero si por el lado de los afectos mi alma se hallaba tan
fuertemente combatida por sagradas consideraciones, también lo
estaba por los hechos y las reflexiones que obraban sobre mi
corazón. Desde luego mis recientes lecturas me habían obligado a
admitir, como un principio demostrado, incontrovertible, la
indestructibilidad de la materia, cosa sujeta al poder de las leyes
naturales. Era ya verdad demostrada que la materia no es
susceptible de destrucción (a virtud de las fuerzas que la rigen y
abstracción hecha de la voluntad de Dios), sino de indefinidas
transformaciones, más o menos visibles y considerables. Pero si la
materia así considerada, es eterna, ¿será admisible la
desaparición, la destrucción del alma, del elemento moral e
intelectual que anima a esa materia en su forma de ser humano?
Proponer este problema era resolverlo, puesto que la lógica más
elemental rechazaba la afirmativa.
Según la ciencia de los positivistas, solo era admisible como
verdad lo positivamente descubierto y comprobado en el orden
natural de los hechos visibles, sin que lo invisible, lo
inanalizable debiera ser considerado por la razón humana. ¿Pero
acaso el campo de la razón está exclusivamente reducido a los
hechos materiales o morales que son del dominio de lo positivo? ¿No
abarca también ella lo invisible, lo impalpable, lo sobrenatural,
lo infinito pasado y lo infinito futuro? ¿No es el primer agente de
toda investigación el alma, la cosa más indemostrable por los
medios muy limitados de que se sirve la filosofía positiva?
Según la ciencia de otra escuela sistemática, la de los llamados
experimentalistas, fuera del campo de la experiencia no hay
verdadera ciencia: el espíritu humano solo puede admitir como
cierto lo que está comprobado como una realidad por el método
experimental. ¿Pero acaso los fenómenos del alma no son también
experimentales? ¿No experimenta cada cual los prodigios del
entendimiento, de la conciencia y de la voluntad, ya estudiándolos
y observándolos en sí mismo, por medio de un trabajo interno, ya
observándolos en los demás, mediante el estudio y la comparación de
todos los actos externos, reveladores más o menos seguros del
hombre psicológico y afectivo? ¿Ha podido el hombre crear algo en
los tiempos conocidos, entendiendo por crear, no la simple
transformación de las cosas materiales que son de su dominio, ni la
mera concepción de ideas o expresión de sentimientos? ¿Ha logrado
modificar el conjunto de lo creado o las leyes que rigen la
|Creación? ¿Ha podido siquiera modificar a través de los
tiempos la esencia de su rojo ser? La respuesta que da la
experiencia a estas preguntas es negativa. Todas estas negaciones
son perfectamente experimentales. ¿Pero ha dejado de subsistir la
|Creación con todos sus elementos conocidos y sus leyes
evidentes, desde los primeros tiempos de la Humanidad hasta los
presentes? ¿Ha dejado la Humanidad de tener los caracteres que la
distinguen? ¿Se han asemejado en algo al hombre los seres de los
reinos inferiores? ¿Se han suspendido de algún modo los fenómenos
que constituyen la lógica de la historia? No. Luego hay un
principio eterno superior a todo lo que existe en el orden
experimental; hay una inmortalidad que escapa a toda experiencia y
se patentiza ante la razón; hay una ley divina que todo lo envuelve
y lo rige, sin que a su poder alcance a sobreponerse la voluntad
humana; y hay un destino particular del hombre, como ser moral, que
le distingue y separa sustancialmente de todos los demás seres
animados.
Si todas estas y muchas otras reflexiones pesaban ya
poderosamente sobre mi espíritu, su resultado había sido muy
importante, pero no definitivo. Yo había llegado a una filosofía
religiosa, enteramente espiritualista en sus tendencias
psicológicas y enteramente cristiana en su punto de vista moral;
pero estaba muy lejos de aceptar una fe religiosa determinada o un
orden preciso de dogmas positivos. Y aun confieso que había en el
fondo de mi alma junto con el sincero deseo de creer algo dogmático
y definitivo, una fuerte resistencia a someterme particularmente a
los dogmas del catolicismo.
Con todo, yo tenía tomada desde 1862 una firme resolución: la de
resolver de algún modo el problema de mis creencias religiosas y
sacudir la tiranía de la duda, que me parecía ser un poder
esterilizante; así como el indiferentismo se me antojaba propio
para relajar la conciencia y empequeñecer los más nobles
caracteres. En todo caso, era cosa resuelta por mí el no aguardar,
para resolver aquel problema, a que la debilidad física y moral
obrasen algún día sobre mis definitivas determinaciones; sino
adoptarlas en pleno vigor de juventud y robustez, de independencia
y serenidad de espíritu, a fin de que, después de fijarme en una
religión positiva, sí a este punto había de llegar, me quedase la
seguridad de haber obrado con entera libertad de juicio, y de poder
estimarme a mí mismo, por el respeto que yo mostrase por la
dignidad de mi conciencia.
Una ventaja tenía ya, hacia mediados de 1862, para seguir
adelante en mis meditaciones: podía proceder por el método de la
eliminación, despejando de muchos estorbos el campo de mis
estudios. La propia experiencia me había probado que no me era
posible resolver el problema de mi vida futura con ninguno de los
sistemas filosóficos preconizados por los libres pensadores. A
pesar de todas las inepcias del ateísmo se levantaba ante mis ojos
la evidencia de la
|Creación, de la Historia y de la vida
independiente y libre del Alma humana. Yo sentía mi alma, la sentía
inmortal y personal, y por encima de los absurdos del ateísmo, de
la impotencia del positivismo, de la incapacidad moral del
panteísmo y de las contradicciones del racionalismo se alzaban las
supremas esperanzas de mi alma, que me encaminaban hacia Dios, y
las indomables inclinaciones de mi corazón, que no hallaban la
satisfacción del amor ni del instinto estético en ninguna de las
degradantes promesas del materialismo.
En cuanto a las religiones positivas más extendidas en el mundo
civilizado, yo veía en la vida de los pueblos más considerables la
prueba de la impotencia de aquellas mismas religiones para dar
asiento a la civilización y justicia plena a las relaciones
humanas. En la China, alcanzaba a ver el estancamiento y la
petrificación; en la India, el sibaritismo embrutecedor y la
desigualdad, originados del brahmanismo; en el Imperio Turco y sus
asimilables, el inepto fatalismo, la degradación de la mujer y la
imposibilidad del progreso, por consecuencia del islamismo; en
Rusia y los pueblos de religión griega, una especie de cristianismo
bárbaro, yuxtapuesto a la servidumbre de cien millones de hombres y
a las más odiosas formas del despotismo; y en Inglaterra y Escocia,
en Suecia y Noruega, en Alemania y Dinamarca, las discordias del
protestantismo, el antagonismo de los pueblos y las dinastías, la
esterilidad moral de numerosas sectas, sin que estas hubiesen
logrado oponer un principio decisivo de los problemas sociales y
políticos, capaz de contrarrestar el principio de unidad del
catolicismo.
Por último, en los Estados Unidos de América, la gran diversidad
de sectas cristianas solo había conducido a estos resultados:
formar un gran conglomerado social, audaz, sin escrúpulos, sin
ningún sentimiento estético ni verdadero carácter nacional;
encaminar la democracia hacia un materialismo puramente
calculador, propio solo para rebajar los más nobles instintos del
alma y convertir la idea suprema del derecho en asunto de fuerza y
éxito; y dejar en pie la formidable cuestión de la esclavitud,
como un germen de conflictos que solo una espantable guerra podía
suprimir, en un sentido u otro, pero siendo también un semillero de
futura desmoralización.
En cuanto al catolicismo, yo veía el espectáculo que con él
ofrecían Francia e Italia, España e Irlanda y las Repúblicas
Hispano-Americanas, y estaba muy lejos de hallar satisfactoria su
manera de ser, por mucho que me pareciese haber en ella un elemento
de salvación encarnado en el principio de unidad, diez y ocho veces
secular. Con todo, mientras más consideraba yo las más grandes
obras de la civilización más me persuadía de que ellas habían
tenido su principal inspiración en el catolicismo, a pesar de todos
los errores profesados y todas las faltas cometidas al amparo o en
nombre de esta religión.
En suma, mi alma se hallaba en una época de crisis, mi
conciencia estaba torturada por el ardiente anhelo de hallar la
verdad y emanciparse de la duda, y una revolución decisiva tenía
que operarse en mis ideas, convicciones y creencias. Tal era mi
situación, cuando los acontecimientos políticos que se verificaban
en Colombia me obligaron a tomar una extraña resolución: la de
prolongar mi ausencia, buscando teatro para mi actividad en el
Perú, en vez de aprovecharme del que mi propio país podía
ofrecerme.