NUEVA RESIDENCIA EN
PARIS
Un año de residencia en Londres y de viajes y excursiones por la
Gran Bretaña, me había servido para adquirir algunos conocimientos
prácticos, hacerme olvidar completamente de la policía francesa,
que tan tontamente me había vigilado en París, solo porque yo
escribía correspondencias antiimperialistas para Lima, y acopiar
elementos intelectuales de resolución de algunos problemas
políticos, en tanto cuanto me era dado resolverlos, para mi propio
gobierno, mediante la comparación de los principales pueblos
europeos, y particularmente de los dos más poderosos y
civilizados.
Resolví, por tanto, en agosto de 1861, volver a fijar mi
residencia en París, ya para completar mis estudios prácticos, ya
para adelantar, en mejores condiciones de comodidad y baratura, las
publicaciones que me había propuesto hacer, unas, por acrecentar,
si era posible, mis pocos merecimientos literarios y de publicista,
y otras, por servir, en cuanto de mí dependiese, a la causa
americana en Europa y a la propagación de conocimientos útiles en
Hispano-América.
Entre tanto, yo sufría profundamente, por extremo acongojado a
causa de los acontecimientos de que era teatro mi país. La
revolución liberal había tomado cuerpo en la Confederación
Granadina, y toda ella estaba en conflagración, desde mediados de
1860. Mi juicio sobre esa revolución, formado desde lejos, pero con
frío conocimiento de todos los antecedentes y los principales
hechos se resumía en estas conclusiones:
El partido conservador, al aceptar la federación, que era
institución liberal y organizarla con la Constitución de 1858, que
contenía las más adelantadas ideas liberales, había ejecutado un
grande acto de abnegación y patriotismo, si procedía con
sinceridad, puesto que era dueño del gobierno general y contaba con
mayorías en el Congreso federal.
Pero si después de obrar así, fomentaba la reacción contra las
ideas e instituciones federalistas, no solo faltaba a su deber,
sino que jugaba un juego muy peligroso para él y para la República;
y en todo caso había razón para que la opinión nacional le fuese
adversa.
Sin embargo, yo no hallaba justificada la apelación a las armas.
El gobierno del doctor Ospina y del partido conservador habían
cometido, desde 1857, graves
|faltas políticas; pero no
eran culpados de
|delitos, o de grandes violencias que
justificasen la revolución, y la paz era preferible a todo. Con
ella era posible, y aun fácil, allanar todas las dificultades y
salvar el régimen liberal moderado que se había establecido.
En todo caso, el partido radical cometía una falta enorme por el
hecho de lanzarse a la revolución, y otra mayor al aceptar la
jefatura o autoridad dictatorial del general Mosquera, convertido,
por despecho, ambición y odios personales, en caudillo de un
alzamiento. Este general no tenía convicciones liberales, ni
sinceridad alguna en favor de la causa federalista, y habiendo sido
antes, como jefe conservador, el verdugo del partido liberal y un
encanizado enemigo del radicalismo en Nueva Granada, mal podía
servir con desinterés y lealtad a esta causa, generosa hasta
1859.
El partido radical, esencialmente doctrinario hasta entonces,
-porque había sido una escuela humanitaria más bien que un
partido-, al apelar a las vías de hecho renegaba su credo y arriaba
su bandera; y al situarse en los campamentos y aceptar una
dirección dictatorial, se exponía a militarizarse y corromperse
indefectiblemente, o a tener luégo que luchar, como vencedor, si
lograba el triunfo, con los mismos elementos de violencia
suscitados por la revolución, después de haber contribuido a
destruir el principio salvador de la legitimidad constitucional,
triunfante en 1831, en 1841, en 1851 y en 1854, a despecho de todo
partido rebelde.
La República tenía que arruinarse con una guerra desastrosa,
desacreditando sus instituciones y su nombre, y todo otro mal era
preferible, en tanto que no llegasen los gobernantes hasta fundar
una tiranía insoportable o un despotismo evidente.
Todas estas y otras razones me habían inducido, desde 1859, a
mirar con desagrado la revolución, y mi sentimiento fue más
pronunciado desde mediados de 1860, como se lo manifesté en
numerosas cartas a mis principales amigos. Al saber que se
complicaba la situación conflictiva del país, me ocurrió proponer
desde Londres un avenimiento, y con tal fin escribí un extenso
folleto, en el cual sugería varios medios de transacción, entre
otros el de adoptar de común acuerdo la candidatura de don Lino de
Pombo para la presidencia de la República, renunciando los
conservadores a la del general Herrán (que luégo abandonaron para
perderse), y los liberales a la del general Mosquera; candidaturas
que por sí solas eran un escándalo, porque representaban el
antagonismo del suegro y el yerno delante del país. Pero no logré
la publicación de mi opúsculo, porque, habiéndoselo enviado a
Cartagena al señor Juan Bautista Núñez, éste cometió la
indiscreción de mostrárselo al general Juan José Nieto, jefe de la
revolución en el Estado de Bolívar, y este caudillo creyó que no
convenía a la causa revolucionaria ningún plan de transacción o
avenimiento.
Posteriormente escribí en Londres otro opúsculo conciliatorio,
que remití a mi hermano Miguel para que lo publicase en Bogotá;
pero él no juzgó oportuno ni prudente el darlo a luz, porque aquél
llegó cuando los dos ejércitos enemigos estaban a punto de
despedazarse en el centro de Cundinamarca.
Cuando ya la situación se había complicado por extremo, el
partido federalista pareció no ser hostil a la candidatura del
general Herrán, sujeto muy honrado y patriota, conciliador, amigo
de la paz y sinceramente adicto al régimen federal. Pero el partido
conservador, cual si estuviera decidido a perderse y perder la
República, cometió el gravísimo error de abandonar súbitamente
aquella candidatura, que podía ser salvadora, trocándola de un modo
subrepticio por la del señor Julio Arboleda, personaje a quien los
federalistas temían mucho en el gobierno. Desde aquel momento,
todos ellos pensaron que solo la guerra podía salvar su causa, y a
ella se lanzaron aun los liberales, como Plata, López y otros, que
menos podían estar dispuestos en favor de una sangrienta apelación
a las armas, ni a ponerse bajo las órdenes dictatoriales de
Mosquera.
Ello fue que el Gobierno general, cayendo de error en error y de
falta en falta, mal preparado para la guerra, y aun impropio para
combatir, porque le perjudicaban muchas circunstancias locales y
personales, fue sufriendo descalabro tras descalabro, hasta
sucumbir en Bogotá, el 18 de julio de 1861, después de darse el
triste espectáculo de cuatro sangrientas batallas libradas en las
explanadas del Funza y sus contornos. Por primera vez caía en la
República el gobierno constitucional o legítimo y lo sustituía una
dictadura militar; dictadura que, para mayor vergüenza del país,
inauguraba su triunfo con las horribles ejecuciones del 19 de
julio, consentidas, si no aplaudidas, por un partido que había
profesado el filantrópico principio de la abolición absoluta del
cadalso, suprimido, por unánime asentimiento, desde 1848, en lo
tocante a los delitos políticos. Mal podían los revolucionarios
vencedores llamar delitos los actos de los que habían servido al
gobierno constítucional; y era tanto más vergonzoso el fusilamiento
del 19 de julio, cuanto en este acto de salvajismo había entrado
por mucho la venganza personal del caudillo de la revolución.
Acababa yo de establecerme nuevamente en París con mi familia,
cuando me anunció repentinamente su llegada el doctor Manuel
Murillo, mi antiguo amigo y correligionario político, hombre que me
había dado inequívocas pruebas de consideración y aprecio, y por
quien yo había hecho sacrificios y sometidome a muy peligrosos
lances, así por afecto al amigo personal, como por adhesión al jefe
del radicalismo neogranadino. El gobierno revolucionario, al
reorganizar provisionalmente la República, había dado a ésta la
denominación de "Estados Unidos de Nueva Granada", y con el fin de
asegurarse una posición respetable, y acaso más con el de
proporcionar buenas colocaciones, oportunamente salvadoras, a dos
radicales muy comprometidos en la política, el general Mosquera se
apresuró a nombrar al doctor Murillo con el carácter de Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante las cortes de
Francia, Italia y Holanda, y al doctor Antonio María Pradilla, con
igual carácter, ante la corte de Inglaterra.
Al llegar a París el doctor Murillo, me hizo saber que llevaba
consigo mi nombramiento de secretario de su legación, lo que algo
me sorprendió, porque yo no lo esperaba del general Mosquera,
mayormente cuando en Bogotá sabían mis amigos que yo no había
simpatizado con la revolución. Mucho vacilé, durante algunos días,
meditando sobre si debía o no aceptar el nombramiento. Me movían a
la negativa dos consideraciones: la de haber sido moralmente
adverso a la revolución que acababa de triunfar, y a la jefatura
del general Mosquera; y la de ser amigo personal del señor De
Francisco Martín, Ministro Plenipotenciario del Gobierno vencido el
18 de julio, y que se hallaba en ejercicio de sus funciones,
acreditado desde 1858 ante los Gobiernos de Inglaterra y Francia.
Parecíame que al aceptar el nombramiento que me enviaba el nuevo
gobierno, en cierto modo me ponía yo en antagonismo con el jefe de
la antigua legación.
Pero también hacían mucha fuerza en mi ánimo otras
consideraciones en opuesto sentido. Por una parte, siendo el
gobierno de mi patria una persona moral, yo debía servirle en el
exterior, si me lo exigía, cuando precisamente se trataba de
hacerlo reconocer por las potencias europeas y de regularizar sus
relaciones con éstas. Por otra, aunque yo no hubiera sido favorable
a la revolución hecha por mis copartidarios, algún gobierno había
de reconocer y sostener en mi patria, y una vez que ya existía con
toda la autoridad necesaria, aunque no legitimado por una
Convención Nacional, el de los Estados Unidos de Nueva Granada, yo
tenía el deber indeclinable de prestarle acatamiento y
obediencia.
Otra consideración de conciencia asaltó mi espíritu y me reforzó
el mismo doctor Murillo. Este ministro llevaba encargo de
desempeñar muy importantes comisiones, y como no tenía ningún
conocimiento práctico de Europa, ni relaciones personales allí, ni
hablaba una palabra siquiera de francés, inglés ni italiano, le
habría sido muy difícil servir la legación con provecho, al no
contar con el auxilio de un secretario experimentado, relacionado
en París y capaz de servirle de intérprete en muchísimos casos.
Por último, yo le debía mucha adhesión personal al doctor
Murillo, y le profesaba un afecto tan ardoroso como leal; y no
estaría bien, por otra parte, que yo me excusase de servir el
empleo, por no haber sido adicto a la revolución, cuando en ella
estaban comprometidos casi todos mis hermanos (sobre todo Miguel,
Manuel y Antonio), así como mi cuñado Ancízar, nada menos que
secretario de Estado del general Mosquera.
Todas estas consideraciones, y el deseo de ayudar al doctor
Murillo a desempeñar su misión lo mejor posible, me indujeron a
vencer mis escrúpulos y aceptar el puesto de secretario de la
Legación. Nada me ha pesado más que esto después, porque de las
circunstancias que ocurrieron en mis relaciones con el doctor
Murillo en París, se originó (sin que yo lo descubriera sino al
cabo de algunos años) la secreta animadversión que me declaró este
personaje; animadversión que fue causa de muchos desengaños,
contratiempos y desgracias para mí.
Tan luego como me posesioné del empleo, me ordenó el doctor
Murillo que redactase una nota personal que él había de firmar,
dirigida al Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, con el
objeto de hacerle saber la misión que traía y solicitar que se le
recibiese con el carácter de Enviado Extraordinario y Ministro
Plenipotenciario de los Estados Unidos de Nueva Granada,
fijándosele, al efecto, día para la recepción en audiencia pública.
Yo debía obedecer la orden de mi superior, mas no sin hacerle
primero las observaciones del caso; y como comprendí que el doctor
Murillo estaba impaciente por hacerse recibir, y poco versado en
las prácticas diplomáticas, le hice presente que, por una parte, no
había urgencia alguna de que solicitase su recepción oficial, y por
otra, era muy imprudente el hacerlo tan pronto, exponiéndose a un
rechazo. En sustancia, le hice las siguientes reflexiones:
1º. Que existiendo en París una legación legítima de la
"Confederación Granadina", mal podía el gobierno francés recibir
otra de los "Estados Unidos de Nueva Granada, (a poco rebautizados
"Estados Unidos de Colombia"), mientras no fuesen previamente
reconocidos el nuevo gobierno y la nueva organización política de
nuestro país, cuando todavía estábamos en guerra civil y el señor
Julio Arboleda funcionaba en el Cauca llamándose Presidente de la
Confederación constituida en 1858.
2º. Que conforme a las prácticas diplomáticas, debía preceder al
reconocimiento del nuevo gobierno una especie de negociación
confidencial, pues de otro modo el admitir la legación nombrada por
ese gobierno equivaldría a declarar implícitamente que la anterior
había dejado de ser legítima; lo que no era de esperar del gabinete
francés, mayormente cuando su espíritu y política eran
abiertamente adversos al liberalismo.
3º. Que era regla de las potencias europeas, para evitarse
dificultades y contradicciones respecto de nuestras repúblicas
americanas, tan expuestas a muy repentinas mutaciones de gobierno y
aun de constitución, el no reconocer ningún nuevo gobierno,
mientras no estuviese reconocido y obedecido por todo el país de su
jurisdicción, y suficientemente legalizado según sus prácticas
constitucionales; y que, no habiéndose llenado estos requisitos,
para el gabinete francés la legación legítima era y continuaría
siendo la que representaba al gobierno de la "Confederación
Granadina".
4º. Que yo sabía perfectamente que el gabinete imperial estaba
muy prevenido contra la persona del doctor Murillo, por informes
que en perjuicio de éste había enviado el ministro francés
residente en Bogotá, motivados por publicaciones hechas en
|El
Tiempo contra toda la familia del Emperador, y particularmente
contra la Emperatriz; lo cual hacía temer un rechazo.
5º. Que en todo caso era mejor aguardar, entendiéndose primero
con el Ministro de Relaciones Exteriores de un modo confidencial,
para asegurarse, no solo del reconocimiento del gobierno que
presidía el general Mosquera -verdadero gobierno de hecho-, sino
también en cuanto a la admisión personal del señor Murillo;
discreción tanto más indicada por las circunstancias, cuanto no
había ningún asunto urgente que reclamase nuestra acción
diplomática en Francia.
Por estas y otras razones, fui de concepto que no debíamos
solicitar la admisión y recepción, sino que era mejor valernos de
gestiones puramente confidenciales, mientras, allanada toda
dificultad y vencida toda objeción, si esto era posible, no
viese
claramente el gabinete francés que el triunfo del gobierno de
los Estados Unidos de Colombia sobre el de la Confederación
Granadina era definitivo, y que la persona del nuevo ministro era
aceptable.
Pero el doctor Murillo, que se distinguía por su genio
impaciente y poco soportaba la contradicción cuando podía imponer
su autoridad, insistió en que yo redactase y llevase al Ministerio
la nota de solicitud de admisión; y obedecí su desacordada orden,
pero diciéndole: "Tenga usted por seguro un rechazo". En efecto,
entregué personalmente la nota al jefe del gabinete del ministro,
quien me recibió con mucha cortesía y me prometió avisarme
oportunamente del resultado. Cuatro días después me dirigió una
esquela de invitación para conferenciar con él; fui al ministerio,
y me dijo, a vueltas de algunos circunloquios galantemente
preparatorios: "que el gobierno imperial tenía muchas razones para
no admitir la nueva legación; pero que desearía, en lugar de
rechazarla, que el señor Murillo retirase su nota y las cosas
permaneciesen in
|statu quo, mientras no se aclarase la
situación política de la Confederación Granadina y no se allanasen
otras
|dificultades".
No me fue difícil comprender la diplomática fraseología del jefe
del gabinete, particularmente en lo relativo a las "otras
dificultades", que sin duda se referían al doctor Murillo; y me
persuadí de que se deseaba ahorrar una humillación al nuevo
gobierno y a su enviado. Pero éste, por desgracia, era hombre mucho
más impaciente que diplomático y atento a las fórmulas; por lo que,
al informarle yo de lo ocurrido en el Ministerio de Relaciones
Exteriores, me dijo resueltamente: "Vale más salir del paso de una
vez; vaya usted y dígale al jefe del gabinete del ministro, que no
retiro mi nota y aguardaré la respuesta que tengan a bien darme"
.
Hícelo así, con repugnancia y pena, y a los dos días recibí, con
una esquela verbal muy atenta, la nota en que Mr. Thouvenel,
Ministro de Relaciones Exteriores, avisaba haber recibido la del
señor Murillo, y declaraba que el Emperador no podía admitirle como
Enviado Extraordinario y Ministro de los Estados Unidos de Nueva
Granada, "por razones que serían expresadas al gobierno de Bogotá
por el ministro francés residente en esta capital". Así el rechazo
no era solamente formal y terminante, sino hasta desdeñoso en su
forma, a menos que el gabinete francés hubiera querido, más bien
que abstenerse de toda inteligencia con el señor Murillo, evitarle
el sonrojo de las razones que se le dieran para rechazarle.
Al propio tiempo que Murillo era rechazado en París por Mr.
Thouvenel, corría la misma suerte Pradilla en Londres, al dirigirse
a lord John Russel Ministro del
|Foreign Office,
solicitando su recepción. Era evidente que los dos gabinetes
obraban de acuerdo, en fuerza de sus reglas y prácticas sobre
reconocimiento de gobiernos de hecho y recepción de legaciones de
éstos, en reemplazo de las acreditadas por poderes
constitucionales. Por lo mismo, debía suponerse que los gobiernos
de Italia y Holanda procederían de idéntica manera, y que todo paso
que respecto de ellos se diese, sería infructuoso.
Sin embargo, el doctor Murillo tuvo la extraña idea de invitarme
a que redactase notas para avisar a los gobiernos italiano y
holandés que él estaba nombrado Enviado Extraordinario y Ministro
Plenipotenciario de los Estados Unidos de Nueva Granada ante los
soberanos de Italia y Holanda, y que se proponía ir a desempeñar su
misión lo más pronto posible. Le hice presente al doctor Murillo
que las notas que él quería dirigir eran cosa enteramente inusitada
en diplomacia, por cuanto los ministros no tenían derecho de
representación, ni aun para dar simples avisos, sino cuando estaban
dentro del país ante cuyo gobierno estaban acreditados; y que mucho
menos producirían efecto alguno las notas, cuando se trataba de una
nueva legación, acreditada por un gobierno que acababa de emanar
del triunfo de una revolución contra el gobierno legítimo antes
reconocido. Por tanto, yo creía que los gabinetes de Italia y
Holanda dejarían sin respuesta alguna las notas que les dirigiese
el doctor Murillo.
Pero este señor se obstinó en que yo escribiese y enviase las
notas, y hube de hacerlo, muy a mi pesar. Casi innecesario es decir
que mi jefe de legación sufrió un nuevo chasco, pues nunca se
recibió contestación alguna a las desacordadas notas de anuncio de
presentación en Florencia y La Haya para ejercer las funciones de
Ministro Plenipotenciario. Seguramente los dos desengaños sufridos
mortificaron el amor propio del señor Murillo; pero acaso le fue
más mortificante el que yo le hubiese pronosticado, al oponerme a
sus resoluciones, lo que había de acontecer.
Como era natural, mis relaciones con el señor Murillo se
hallaban en París sobre el pie de la mayor cordialidad, como antes
en Bogotá; por lo que él se valía de mí para toda comisión
importante que le ocurría, así en sus asuntos personales como en
los de la legación, la cual funcionaba de un modo
extra-diplomático, pero entendiéndose con las personas que tenían
algo que tratar con nuestro gobierno. El doctor Murillo compraba y
leía muchos libros nuevos, sobre todo políticos, y novelas de Jorge
Sand, Balzac y otros autores franceses, se entretenía
constantemente con la lectura de los diarios y se daba vida
regalada, lo que iba aflojando su bolsa a toda priesa. Su más
importante labor, en la que yo le ayudaba, consistía en escribir
cada mes para nuestro gobierno una revista sobre la política de
Europa, juzgada ésta, en mi sentir, con no poca ligereza de
criterio y mucho absolutismo de ideas preconcebidas.
Solo en tres asuntos importantes hubo de ocuparse la legación,
mientras el señor Murillo residió en París: la venta de unas
esmeraldas que le había confiado el gobierno en Bogotá para
enajenarlas en Inglaterra o en Francia; el arreglo posible de la
cuestión pendiente con los acreedores de la República, y la
correspondencia con los cónsules de ella residentes en Francia,
Italia y Holanda.
Se quiso hacer mucha bulla con el asunto de las esmeraldas, que
casi todas eran de muy mala calidad, y aun se hicieron sobre esto
imputaciones de peculado al señor Murillo, absolutamente
infundadas. Como el señor Murillo no hablaba ni una palabra en
francés, bien que tiaducía esta lengua muy correctamente, y lo
natural era que el secretario se ocupase más que el Ministro en lo
que no tenía carácter propiamente diplomático, me encargué del
asunto de la venta de las esmeraldas, que fue hecha al joyero
Fontana, por medio de la casa de Fourquet y con todos los
requisitos y diligencias previas que era necesario adoptar para
obtener el mejor éxito posible. Así el señor Murillo solo tuvo que
intervenir prestandó su asentimiento al contrato que celebraron
Fourquet y Baud y autorizándolo con su firma de aprobación, después
de haberse hecho en Londres diligencias infructuosas para la venta,
por medio del señor Manuel María Mosquera. Apenas, si mi memoria no
me es infiel, las esmeraldas, bien vendidas al que más ofreció,
produjeron una suma como de 47.000 y pico de francos; y las cuentas
de venta y de inversión, rendidas al gobierno, fueron aprobadas sin
reserva.
El general Mosquera, entre muchos otros errores de su gobierno
dictatorial, había cometido el de declarar nulo el Convenio
celebrado en 1861 con los acreedores extranjeros, representados por
el Comité de Londres, sobre pago de nuestra deuda exterior;
convenio que relativamente era muy ventajoso para la República.
Según las instrucciones recibidas, la legación debía hacer
esfuerzos para recabar un nuevo arreglo, procurando entenderse no
solo con los tenedores de bonos representados por el Comité de
Londres, sino también con los residentes en Holanda, que no
reconocían a ese cuerpo como representante de sus intereses. Yo
redacté numerosas notas para tratar el asunto, y el resultado fue
lograr, por una parte, que algunos fuertes tenedores holandeses
apoyasen en Inglaterra nuestras gestiones, y que el señor Powles,
presidente del Comité de Londres, consintiese en ir a conferenciar
con nosotros en París.
Como el señor Murillo no hablaba en inglés ni en francés, ni
comprendía estas lenguas, sobre todo la segunda, sino leyendo,
fueron muy difíciles sus conversaciones con, el señor Powles, y yo
tuve que intervenir en todas como intérprete; lo que (así como
muchas conversaciones con franceses e italianos que servían o
pretendían obtener consulados) colocaba al ministro en una posición
subalterna, de hecho, respecto de su secretario, sin que éste
tuviese la menor culpa. Ello fue que acabamos por confirmarnos en
nuestra anterior convicción, a saber:
que era imperiosa la necesidad, para levantar el crédito de la
República y que los acreedores extranjeros influyesen en favor del
nuevo gobierno, de reconocer el convenio que el general Mosquera
había desconocido. El doctor Murillo me encargo de redactar una
extensa memoria o nota sobre este asunto, con la completa
exposición de los antecedentes y de las diligencias hechas y la
demostración del verdadero interés de la República, y la enviamos
al gobierno. Años después supe que el general Mosquera, al recibir
en Facatativá la memoria escrita por mí, había llamado al punto al
doctor Aníbal Galindo y díchole: "La demostración que se hace en
esta nota, no tiene respuesta, y estoy convencido. Redacte usted
inmediatamente, para firmarlo hoy mismo, un decreto de renovación
del que antes dicté sobre desconocimiento del convenio relativo a
la deuda exterior".
Así se salvó por entonces el crédito de la República, y se
obtuvieron muy importantes resultados, entre otros el de facilitar
después la contratación en Londres de un empréstito para la
construcción del camino carretero de Buenaventura empresa que,
habiendo podido ser muy fructuosa, fue mal dirigida y muy
desgraciada en todos sentidos.
También hube de ocuparme, de acuerdo con el señor Murillo, en
otros dos asuntos. Fue el uno, impedir ciertas negociaciones que se
iniciaron en Bélgica y Alemania, por parte de varios amigos del
vencido gobierno de la "Confederación Granadina", para la compra de
armas y municiones que habían de ser enviadas a los partidarios de
ese gobierno; negociaciones que fracasaron, en tanto que ayudamos
desde París al buen éxito de una negociación contraria, encargada
por el general Mosquera a un comisionado especial. El otro asunto
consistió en defender y acreditar al nuevo gobierno de la
República, por medio de artículos que escribí para el
|Siécle, la
|Presse y otros diarios de París, y
para
|L`Indépendance Beige, de Bruselas; artículos que
produjeron buen resultado.
Sinceramente deseoso yo de procurar al señor Murillo todas las
buenas relaciones que yo tenía en París y que podían agradarle, me
apresuré a presentarle en casa de los señores de Lamartine, Jules
Simon, Michelet, Jomard y Boussingault, y aun aproveché la ocasión
de hallarse por algunos días en París Mme. Jorge Sand (alojada en
la calle Racine) para presentarle a ella, con quien yo tenía
algunas relaciones epistolares de etiqueta. Dondequiera, penoso me
es decirlo, hizo muy desairado papel el señor Murillo, ya por su
imposibilidad de explicarse en ninguna lengua que no fuese la
castellana, ya porque su instrucción era muy limitada y
superficial, en cuanto no se tratase de asuntos políticos, y esto,
siempre viendo las cosas desde el punto de vista del jacobinismo
francés, que era toda la filosofía política del jefe de nuestro
radicalismo. Solo en casa de Mr. Jules Simon logró conversar algo
el señor Murillo, porque allí lo presenté a Mr. Garnier-Pagés. Este
ilustrado republicano entendía el castellano, aunque no lo hablaba,
y así, hablando él en francés y el doctor Murillo en castellano, se
entendían a medias y platicaban sobre política francesa y
europea.
El doctor Murillo se fastidió en París muy en breve, porque no
comprendía los hechos que le rodeaban (por falta de inteligencia de
la lengua hablada y de su pronunciación, que no logró adquirir ni
malamente con un profesor), y acaso también porque lo que más le
llamaba la atención era lo que más podía fastidiarle en París. No
quiso visitar museos, bibliotecas, bellos monumentos ni
exposiciones, ni asistir a conciertos ni otros espectáculos de esta
clase, porque le repugnaba todo lo que se relacionase con las
bellas artes, con la industria, con las academias literarias o con
las ciencias que no fuesen políticas. Así, se dormía fácilmente en
los teatros de ópera, drama y comedia a donde yo le llevaba, y casi
todo objeto gracioso o elegante, o noblemente serio, le fastidiaba
mortalmente.
Ello fue que al cabo de tres o cuatro meses se fue a vivir en un
|lodging de Londres, enteramente reñido con París y la
Francia entera, sin conocer nada de este país, y que luego,
fastidiado también en Londres, se fue para los Estados Unidos de
América con el carácter de Ministro Plenipotenciario, a virtud de
nombramiento que solicitó del General Mosquera. Sin que yo tuviese
entonces ni la menor sospecha del injusto resentimiento que me
guardaba el señor Murillo, por causa de las humillaciones que
sufrió su amor propio, confieso que desde 1862 modifiqué mucho el
concepto que, obcecado por el afecto personal y político, había
formado del carácter, la inteligencia y la instrucción del jefe de
nuestro partido radical. Me pareció que era un hombre sin
espontaneidad ni generosidad de corazón, sin gusto alguno por las
cosas delicadas, sin verdadera elevación ni nobleza de pensamiento,
y privado de todo sentimiento estético; que tenía el espíritu
falseado y extraviado por lecturas superficiales, incompletas y
hechas sin método, e ideas de un absolutismo liberal o
revolucionario poco o nada científicas; que no era un pensador,
sino un sectario político, envanecido ya con su falsa gloria de
jefe de un partido, desorientado y desprovisto de lógica en sus
procedimientos; que no procuraba descubrir o adquirir la verdad con
el desinterés de un espíritu investigador, sino confirmar ideas
sistemáticas o preconcebidas; y que en su horizonte moral e
intelectual era tan limitado, como era ilimitada su ambición.
En cuanto al carácter del doctor Murillo, un incidente
desagradable me dio la prueba de su debilidad poco escrupulosa.
Alguien, por un interés privado, tenía empeño en París en que la
legación colombiana le diese un certificado muy honroso y de
recomendación. El doctor Murillo me invitó a firmar con él dicho
certificado, y me denegué a ello rotundamente, no obstante el deseo
que tenía de favorecer al individuo de quien se trataba, porque,
siendo inexactas las afirmaciones contenidas en el documento, como
que ocultaban u omitían ciertos hechos de importancia capital,
equivalían, según mi criterio y conciencia, a falsas afirmaciones.
Disgustóse el doctor Murillo de mi resistencia, aunque sin mostrar
enfado, y no me habló más del asunto; pero al cabo de pocos días
resultó que, no obstante el certificado escrito por él solo, la
falta de mi firma fue suficiente para destruir, sin que yo lo
pudiese evitar, todo el efecto que se quiso producir con tal
documento.
Estas y otras lecciones de honradez y respeto por la dignidad de
la legación, que hube de darle, sin intención ofensiva, engendraron
en el doctor Murillo, según creo, mala voluntad secreta hacia mí; y
de este mal sentimiento recibí numerosas pruebas algunos años
después.
Yo había sido nombrado por el gobierno colombiano, para el caso
de no admisión o ausencia del doctor Murillo, encargado de negocios
de la República ante el gobierno francés; y posteriormente se me
envió a París el mismo nombramiento para funcionar en Bélgica y
Holanda. Arreglé mi conducta a los usos diplomáticos, e
interponiendo el favor de Mr. Michel Chévalier -personaje de
influjo y que había sido amigo de mi ilustre suegro- logré entrar
en relaciones confidenciales con Mr. Thouvenel, Ministro de
Relaciones Exteriores. De este modo, silenciosamente y muy a
contentamiento del gabinete imperial, logré llevar a buen término
una gestión muy importante y reservada que me encomendó mi
gobierno; así como presté algunos otros servicios no
insignificantes, con entera aprobación del gabinete de Bogotá.
No por servir mis empleos diplomáticos (de un modo extraoficial
para los gobiernos ante los cuales fui acreditado, por cuanto la
guerra civil continuaba en Colombia y sus nuevos poderes públicos
no podían ser reconocidos), dejé de continuar mis estudios teóricos
y prácticos, mis viajes y excursiones, mis trabajos de escritor ni
mis publicaciones. Me abstuve, eso sí, desde que estuve en puestos
diplomáticos, de toda correspondencia política para los periódicos
de Lima y Bogotá, y me contraje a escribir sobre otros asuntos. Tan
constante y activa fue mi laboriosidad durante cerca de cinco años
pasados en Europa, desde principios de 1858 hasta fines de 1862, ya
viajando, ya residiendo en París, Londres y Fontainebleau, que
alcancé a producir casi veinte volúmenes de a 300 páginas en
artículos y correspondencias sobre política, economía, estadística,
crítica dramática y bibliográfica, historia, geografía, etnografía,
viajes y diversos ramos de literatura; amén de lo mucho que estudié
para instruirme en las lenguas castellana, francesa, inglesa e
italiana, y en numerosas materias pertenecientes a muy diversos
ramos. La mayor parte de las verdades que pude adquirir penetraron
en mi espíritu por el método objetivo, es decir, observando y
oyendo, comparando y deduciendo; y aunque al cabo de tanto estudiar
me sentía muy ignorante y atrasado en todo, a lo menos percibí con
inefable gozo que mi horizonte moral e intelectual se había
ensanchado inmensamente, que había ganado mucho en gusto y en el
desarrollo y la depuración y elevación de mis sentimientos, y que
mi criterio filosófico, religioso, literario y político se había
aclarado notablemente, ganando también en solidez y vigor. Y sin
embargo ¡cuán lejos no estaba aun de la verdad y del grado de
ilustración a que aspiraba!
Aparte de todo lo que publiqué en periódicos de Lima, Bogotá,
París, Londres, Madrid y Bruselas, y de unos tres volúmenes de
|Viajes y Opúsculos que dejé inéditos, hice la edición, en
la capital francesa, de cuatro tomos y un folleto, todo a mis
expensas y sin omitir trabajo ni gasto alguno. Así, en 1860
publiqué los
|Ecos de los Andes, segunda colección de mis
poesías, algo escogidas, escritas desde la edad de veintiuno hasta
la de treinta y dos años; en 1861, mi
|Ensayo sobre
|las
revoluciones políticas, etc., con un apéndice, escrito primero
en francés, sobre
|La Confederación Granadina y su
población, y un opúsculo de 60 páginas intitulado:
|El programa
de un liberal; en 1862, los tomos 1º, sobre Colombia,
Inglaterra, Francia y España y 2º, sobre Francia, Saboya, Suiza, la
Alemania del Rin y Bélgica de
|Viajes de un colombiano en
Europa; y ya desde 1858 había publicado también, a mi costa,
la segunda edición del Mapa de la Nueva Granada, del General
Acosta, corregido, adicionado y adaptado por mí a la división en
Estados federales.
Llené, pues, hasta donde pude, el deber que me había impuesto de
procurar que mis laboriosos y costosos viajes y estudios fuesen
útiles a mi patria, y si no conseguí cuanto deseaba, por
insuficiencia intelectual, a lo menos puse de manifiesto que el
patriotismo y el amor a las letras habían guiado siempre mi
pensamiento y mis esfuerzos.