INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
NUEVA RESIDENCIA EN PARIS

 

Un año de residencia en Londres y de viajes y excursiones por la Gran Bretaña, me había servido para adquirir algunos conocimientos prácticos, hacerme olvidar completamente de la policía francesa, que tan tontamente me había vigilado en París, solo porque yo escribía correspondencias antiimperialistas para Lima, y acopiar elementos intelectuales de resolución de algunos problemas políticos, en tanto cuanto me era dado resolverlos, para mi propio gobierno, mediante la comparación de los principales pueblos europeos, y particularmente de los dos más poderosos y civilizados.

Resolví, por tanto, en agosto de 1861, volver a fijar mi residencia en París, ya para completar mis estudios prácticos, ya para adelantar, en mejores condiciones de comodidad y baratura, las publicaciones que me había propuesto hacer, unas, por acrecentar, si era posible, mis pocos merecimientos literarios y de publicista, y otras, por servir, en cuanto de mí dependiese, a la causa americana en Europa y a la propagación de conocimientos útiles en Hispano-América.

Entre tanto, yo sufría profundamente, por extremo acongojado a causa de los acontecimientos de que era teatro mi país. La revolución liberal había tomado cuerpo en la Confederación Granadina, y toda ella estaba en conflagración, desde mediados de 1860. Mi juicio sobre esa revolución, formado desde lejos, pero con frío conocimiento de todos los antecedentes y los principales hechos se resumía en estas conclusiones:

El partido conservador, al aceptar la federación, que era institución liberal y organizarla con la Constitución de 1858, que contenía las más adelantadas ideas liberales, había ejecutado un grande acto de abnegación y patriotismo, si procedía con sinceridad, puesto que era dueño del gobierno general y contaba con mayorías en el Congreso federal.

Pero si después de obrar así, fomentaba la reacción contra las ideas e instituciones federalistas, no solo faltaba a su deber, sino que jugaba un juego muy peligroso para él y para la República; y en todo caso había razón para que la opinión nacional le fuese adversa.

Sin embargo, yo no hallaba justificada la apelación a las armas. El gobierno del doctor Ospina y del partido conservador habían cometido, desde 1857, graves |faltas políticas; pero no eran culpados de |delitos, o de grandes violencias que justificasen la revolución, y la paz era preferible a todo. Con ella era posible, y aun fácil, allanar todas las dificultades y salvar el régimen liberal moderado que se había establecido.

En todo caso, el partido radical cometía una falta enorme por el hecho de lanzarse a la revolución, y otra mayor al aceptar la jefatura o autoridad dictatorial del general Mosquera, convertido, por despecho, ambición y odios personales, en caudillo de un alzamiento. Este general no tenía convicciones liberales, ni sinceridad alguna en favor de la causa federalista, y habiendo sido antes, como jefe conservador, el verdugo del partido liberal y un encanizado enemigo del radicalismo en Nueva Granada, mal podía servir con desinterés y lealtad a esta causa, generosa hasta 1859.

El partido radical, esencialmente doctrinario hasta entonces, -porque había sido una escuela humanitaria más bien que un partido-, al apelar a las vías de hecho renegaba su credo y arriaba su bandera; y al situarse en los campamentos y aceptar una dirección dictatorial, se exponía a militarizarse y corromperse indefectiblemente, o a tener luégo que luchar, como vencedor, si lograba el triunfo, con los mismos elementos de violencia suscitados por la revolución, después de haber contribuido a destruir el principio salvador de la legitimidad constitucional, triunfante en 1831, en 1841, en 1851 y en 1854, a despecho de todo partido rebelde.

La República tenía que arruinarse con una guerra desastrosa, desacreditando sus instituciones y su nombre, y todo otro mal era preferible, en tanto que no llegasen los gobernantes hasta fundar una tiranía insoportable o un despotismo evidente.

Todas estas y otras razones me habían inducido, desde 1859, a mirar con desagrado la revolución, y mi sentimiento fue más pronunciado desde mediados de 1860, como se lo manifesté en numerosas cartas a mis principales amigos. Al saber que se complicaba la situación conflictiva del país, me ocurrió proponer desde Londres un avenimiento, y con tal fin escribí un extenso folleto, en el cual sugería varios medios de transacción, entre otros el de adoptar de común acuerdo la candidatura de don Lino de Pombo para la presidencia de la República, renunciando los conservadores a la del general He­rrán (que luégo abandonaron para perderse), y los liberales a la del general Mosquera; candidaturas que por sí solas eran un escándalo, porque representaban el antagonismo del suegro y el yerno delante del país. Pero no logré la publicación de mi opúsculo, porque, habiéndoselo enviado a Cartagena al señor Juan Bautista Núñez, éste cometió la indiscreción de mostrárselo al general Juan José Nieto, jefe de la revolución en el Estado de Bolívar, y este caudillo creyó que no convenía a la causa revolucionaria ningún plan de transacción o avenimiento.

Posteriormente escribí en Londres otro opúsculo conciliatorio, que remití a mi hermano Miguel para que lo publicase en Bogotá; pero él no juzgó oportuno ni prudente el darlo a luz, porque aquél llegó cuando los dos ejércitos enemigos estaban a punto de despedazarse en el centro de Cundinamarca.

Cuando ya la situación se había complicado por extremo, el partido federalista pareció no ser hostil a la candidatura del general Herrán, sujeto muy honrado y patriota, conciliador, amigo de la paz y sinceramente adicto al régimen federal. Pero el partido conservador, cual si estuviera decidido a perderse y perder la República, cometió el gravísimo error de abandonar súbitamente aquella candidatura, que podía ser salvadora, trocándola de un modo subrepticio por la del señor Julio Arboleda, personaje a quien los federalistas temían mucho en el gobierno. Desde aquel momento, todos ellos pensaron que solo la guerra podía salvar su causa, y a ella se lanzaron aun los liberales, como Plata, López y otros, que menos podían estar dispuestos en favor de una sangrienta apelación a las armas, ni a ponerse bajo las órdenes dictatoriales de Mosquera.

Ello fue que el Gobierno general, cayendo de error en error y de falta en falta, mal preparado para la guerra, y aun impropio para combatir, porque le perjudicaban muchas circunstancias locales y personales, fue sufriendo descalabro tras descalabro, hasta sucumbir en Bogotá, el 18 de julio de 1861, después de darse el triste espectáculo de cuatro sangrientas batallas libradas en las explanadas del Funza y sus contornos. Por primera vez caía en la República el gobierno constitucional o legítimo y lo sustituía una dictadura militar; dictadura que, para mayor vergüenza del país, inauguraba su triunfo con las horribles ejecuciones del 19 de julio, consentidas, si no aplaudidas, por un partido que había profesado el filantrópico principio de la abolición absoluta del cadalso, suprimido, por unánime asentimiento, desde 1848, en lo tocante a los delitos políticos. Mal podían los revolucionarios vencedores llamar delitos los actos de los que habían servido al gobierno constítucional; y era tanto más vergonzoso el fusilamiento del 19 de julio, cuanto en este acto de salvajismo había entrado por mucho la venganza personal del caudillo de la revolución.

Acababa yo de establecerme nuevamente en París con mi familia, cuando me anunció repentinamente su llegada el doctor Manuel Murillo, mi antiguo amigo y correligionario político, hombre que me había dado inequívocas pruebas de consideración y aprecio, y por quien yo había hecho sacrificios y sometidome a muy peligrosos lances, así por afecto al amigo personal, como por adhesión al jefe del radicalismo neogranadino. El gobierno revolucionario, al reorganizar provisionalmente la República, había dado a ésta la denominación de "Estados Unidos de Nueva Granada", y con el fin de asegurarse una posición respetable, y acaso más con el de proporcionar buenas colocaciones, oportunamente salvadoras, a dos radicales muy comprometidos en la política, el general Mosquera se apresuró a nombrar al doctor Murillo con el carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante las cortes de Francia, Italia y Holanda, y al doctor Antonio María Pradilla, con igual carácter, ante la corte de Inglaterra.

Al llegar a París el doctor Murillo, me hizo saber que llevaba consigo mi nombramiento de secretario de su legación, lo que algo me sorprendió, porque yo no lo esperaba del general Mosquera, mayormente cuando en Bogotá sabían mis amigos que yo no había simpatizado con la revolución. Mucho vacilé, durante algunos días, meditando sobre si debía o no aceptar el nombramiento. Me movían a la negativa dos consideraciones: la de haber sido moralmente adverso a la revolución que acababa de triunfar, y a la jefatura del general Mosquera; y la de ser amigo personal del señor De Francisco Martín, Ministro Plenipotenciario del Gobierno vencido el 18 de julio, y que se hallaba en ejercicio de sus funciones, acreditado desde 1858 ante los Gobiernos de Inglaterra y Francia. Parecíame que al aceptar el nombramiento que me enviaba el nuevo gobierno, en cierto modo me ponía yo en antagonismo con el jefe de la antigua legación.

Pero también hacían mucha fuerza en mi ánimo otras consideraciones en opuesto sentido. Por una parte, siendo el gobierno de mi patria una persona moral, yo debía servirle en el exterior, si me lo exigía, cuando precisamente se trataba de hacerlo reconocer por las potencias europeas y de regularizar sus relaciones con éstas. Por otra, aunque yo no hubiera sido favorable a la revolución hecha por mis copartidarios, algún gobierno había de reconocer y sostener en mi patria, y una vez que ya existía con toda la autoridad necesaria, aunque no legitimado por una Convención Nacional, el de los Estados Unidos de Nueva Granada, yo tenía el deber indeclinable de prestarle acatamiento y obediencia.

Otra consideración de conciencia asaltó mi espíritu y me reforzó el mismo doctor Murillo. Este ministro llevaba encargo de desempeñar muy importantes comisiones, y como no tenía ningún conocimiento práctico de Europa, ni relaciones personales allí, ni hablaba una palabra siquiera de francés, inglés ni italiano, le habría sido muy difícil servir la legación con provecho, al no contar con el auxilio de un secretario experimentado, relacionado en París y capaz de servirle de intérprete en muchísimos casos.

Por último, yo le debía mucha adhesión personal al doctor Murillo, y le profesaba un afecto tan ardoroso como leal; y no estaría bien, por otra parte, que yo me excusase de servir el empleo, por no haber sido adicto a la revolución, cuando en ella estaban comprometidos casi todos mis hermanos (sobre todo Miguel, Manuel y Antonio), así como mi cuñado Ancízar, nada menos que secretario de Estado del general Mosquera.

Todas estas consideraciones, y el deseo de ayudar al doctor Murillo a desempeñar su misión lo mejor posible, me indujeron a vencer mis escrúpulos y aceptar el puesto de secretario de la Legación. Nada me ha pesado más que esto después, porque de las circunstancias que ocurrieron en mis relaciones con el doctor Murillo en París, se originó (sin que yo lo descubriera sino al cabo de algunos años) la secreta animadversión que me declaró este personaje; animadversión que fue causa de muchos desengaños, contratiempos y desgracias para mí.

Tan luego como me posesioné del empleo, me ordenó el doctor Murillo que redactase una nota personal que él había de firmar, dirigida al Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, con el objeto de hacerle saber la misión que traía y solicitar que se le recibiese con el carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos de Nueva Granada, fijándosele, al efecto, día para la recepción en audiencia pública. Yo debía obedecer la orden de mi superior, mas no sin hacerle primero las observaciones del caso; y como comprendí que el doctor Murillo estaba impaciente por hacerse recibir, y poco versado en las prácticas diplomáticas, le hice presente que, por una parte, no había urgencia alguna de que solicitase su recepción oficial, y por otra, era muy imprudente el hacerlo tan pronto, exponiéndose a un rechazo. En sustancia, le hice las siguientes reflexiones:

1º. Que existiendo en París una legación legítima de la "Confederación Granadina", mal podía el gobierno francés recibir otra de los "Estados Unidos de Nueva Granada, (a poco rebautizados "Estados Unidos de Colombia"), mientras no fuesen previamente reconocidos el nuevo gobierno y la nueva organización política de nuestro país, cuando todavía estábamos en guerra civil y el señor Julio Arboleda funcionaba en el Cauca llamándose Presidente de la Confederación constituida en 1858.

2º. Que conforme a las prácticas diplomáticas, debía preceder al reconocimiento del nuevo gobierno una especie de negociación confidencial, pues de otro modo el admitir la legación nombrada por ese gobierno equivaldría a declarar implícitamente que la anterior había dejado de ser legítima; lo que no era de esperar del gabinete francés, mayormen­te cuando su espíritu y política eran abiertamente adversos al liberalismo.

3º. Que era regla de las potencias europeas, para evitarse dificultades y contradicciones respecto de nuestras repúblicas americanas, tan expuestas a muy repentinas mutaciones de gobierno y aun de constitución, el no reconocer ningún nuevo gobierno, mientras no estuviese reconocido y obedecido por todo el país de su jurisdicción, y suficientemente legalizado según sus prácticas constitucionales; y que, no habiéndose llenado estos requisitos, para el gabinete francés la legación legítima era y continuaría siendo la que representaba al gobierno de la "Confederación Granadina".

4º. Que yo sabía perfectamente que el gabinete imperial estaba muy prevenido contra la persona del doctor Murillo, por informes que en perjuicio de éste había enviado el ministro francés residente en Bogotá, motivados por publicaciones hechas en |El Tiempo contra toda la familia del Emperador, y particularmente contra la Emperatriz; lo cual hacía temer un rechazo.

5º. Que en todo caso era mejor aguardar, entendiéndose primero con el Ministro de Relaciones Exteriores de un modo confidencial, para asegurarse, no solo del reconocimiento del gobierno que presidía el general Mosquera -verdadero gobierno de hecho-, sino también en cuanto a la admisión personal del señor Murillo; discreción tanto más indicada por las circunstancias, cuanto no había ningún asunto urgente que reclamase nuestra acción diplomática en Francia.

Por estas y otras razones, fui de concepto que no debíamos solicitar la admisión y recepción, sino que era mejor valernos de gestiones puramente confidenciales, mientras, allanada toda dificultad y vencida toda objeción, si esto era posible, no viese

claramente el gabinete francés que el triunfo del gobierno de los Estados Unidos de Colombia sobre el de la Confederación Granadina era definitivo, y que la persona del nuevo ministro era aceptable.

Pero el doctor Murillo, que se distinguía por su genio impaciente y poco soportaba la contradicción cuando podía imponer su autoridad, insistió en que yo redactase y llevase al Ministerio la nota de solicitud de admisión; y obedecí su desacordada orden, pero diciéndole: "Tenga usted por seguro un rechazo". En efecto, entregué personalmente la nota al jefe del gabinete del ministro, quien me recibió con mucha cortesía y me prometió avisarme oportunamente del resultado. Cuatro días después me dirigió una esquela de invitación para conferenciar con él; fui al ministerio, y me dijo, a vueltas de algunos circunloquios galantemente preparatorios: "que el gobierno imperial tenía muchas razones para no admitir la nueva legación; pero que desearía, en lugar de rechazarla, que el señor Murillo retirase su nota y las cosas permaneciesen in |statu quo, mientras no se aclarase la situación política de la Confederación Granadina y no se allanasen otras |dificultades".

No me fue difícil comprender la diplomática fraseología del jefe del gabinete, particularmente en lo relativo a las "otras dificultades", que sin duda se referían al doctor Murillo; y me persuadí de que se deseaba ahorrar una humillación al nuevo gobierno y a su enviado. Pero éste, por desgracia, era hombre mucho más impaciente que diplomático y atento a las fórmulas; por lo que, al informarle yo de lo ocurrido en el Ministerio de Relaciones Exteriores, me dijo resueltamente: "Vale más salir del paso de una vez; vaya usted y dígale al jefe del gabinete del ministro, que no retiro mi nota y aguardaré la respuesta que tengan a bien darme" .

Hícelo así, con repugnancia y pena, y a los dos días recibí, con una esquela verbal muy atenta, la nota en que Mr. Thouvenel, Ministro de Relaciones Exteriores, avisaba haber recibido la del señor Murillo, y declaraba que el Emperador no podía admitirle como Enviado Extraordinario y Ministro de los Estados Unidos de Nueva Granada, "por razones que serían expresadas al gobierno de Bogotá por el ministro francés residente en esta capital". Así el rechazo no era solamente formal y terminante, sino hasta desdeñoso en su forma, a menos que el gabinete francés hubiera querido, más bien que abstenerse de toda inteligencia con el señor Murillo, evitarle el sonrojo de las razones que se le dieran para rechazarle.

Al propio tiempo que Murillo era rechazado en París por Mr. Thouvenel, corría la misma suerte Pradilla en Londres, al dirigirse a lord John Russel Ministro del |Foreign Office, solicitando su recepción. Era evidente que los dos gabinetes obraban de acuerdo, en fuerza de sus reglas y prácticas sobre reconocimiento de gobiernos de hecho y recepción de legaciones de éstos, en reemplazo de las acreditadas por poderes constitucionales. Por lo mismo, debía suponerse que los gobiernos de Italia y Holanda procederían de idéntica manera, y que todo paso que respecto de ellos se diese, sería infructuoso.

Sin embargo, el doctor Murillo tuvo la extraña idea de invitarme a que redactase notas para avisar a los gobiernos italiano y holandés que él estaba nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos de Nueva Granada ante los soberanos de Italia y Holanda, y que se proponía ir a desempeñar su misión lo más pronto posible. Le hice presente al doctor Murillo que las notas que él quería dirigir eran cosa enteramente inusitada en diplomacia, por cuanto los ministros no tenían derecho de representación, ni aun para dar simples avisos, sino cuando estaban dentro del país ante cuyo gobierno estaban acreditados; y que mucho menos producirían efecto alguno las notas, cuando se trataba de una nueva legación, acreditada por un gobierno que acababa de emanar del triunfo de una revolución contra el gobierno legítimo antes reconocido. Por tanto, yo creía que los gabinetes de Italia y Holanda dejarían sin respuesta alguna las notas que les dirigiese el doctor Murillo.

Pero este señor se obstinó en que yo escribiese y enviase las notas, y hube de hacerlo, muy a mi pesar. Casi innecesario es decir que mi jefe de legación sufrió un nuevo chasco, pues nunca se recibió contestación alguna a las desacordadas notas de anuncio de presentación en Florencia y La Haya para ejercer las funciones de Ministro Plenipotenciario. Seguramente los dos desengaños sufridos mortificaron el amor propio del señor Murillo; pero acaso le fue más mortificante el que yo le hubiese pronosticado, al oponerme a sus resoluciones, lo que había de acontecer.

Como era natural, mis relaciones con el señor Murillo se hallaban en París sobre el pie de la mayor cordialidad, como antes en Bogotá; por lo que él se valía de mí para toda comisión importante que le ocurría, así en sus asuntos personales como en los de la legación, la cual funcionaba de un modo extra-diplomático, pero entendiéndose con las personas que tenían algo que tratar con nuestro gobierno. El doctor Murillo compraba y leía muchos libros nuevos, sobre todo políticos, y novelas de Jorge Sand, Balzac y otros autores franceses, se entretenía constantemente con la lectura de los diarios y se daba vida regalada, lo que iba aflojando su bolsa a toda priesa. Su más importante labor, en la que yo le ayudaba, consistía en escribir cada mes para nuestro gobierno una revista sobre la política de Europa, juzgada ésta, en mi sentir, con no poca ligereza de criterio y mucho absolutismo de ideas preconcebidas.

Solo en tres asuntos importantes hubo de ocu­parse la legación, mientras el señor Murillo residió en París: la venta de unas esmeraldas que le había confiado el gobierno en Bogotá para enajenarlas en Inglaterra o en Francia; el arreglo posible de la cuestión pendiente con los acreedores de la República, y la correspondencia con los cónsules de ella residentes en Francia, Italia y Holanda.

Se quiso hacer mucha bulla con el asunto de las esmeraldas, que casi todas eran de muy mala calidad, y aun se hicieron sobre esto imputaciones de peculado al señor Murillo, absolutamente infundadas. Como el señor Murillo no hablaba ni una palabra en francés, bien que tiaducía esta lengua muy correctamente, y lo natural era que el secretario se ocupase más que el Ministro en lo que no tenía carácter propiamente diplomático, me encargué del asunto de la venta de las esmeraldas, que fue hecha al joyero Fontana, por medio de la casa de Fourquet y con todos los requisitos y diligencias previas que era necesario adoptar para obtener el mejor éxito posible. Así el señor Murillo solo tuvo que intervenir prestandó su asentimiento al contrato que celebraron Fourquet y Baud y autorizándolo con su firma de aprobación, después de haberse hecho en Londres diligencias infructuosas para la venta, por medio del señor Manuel María Mosquera. Apenas, si mi memoria no me es infiel, las esmeraldas, bien vendidas al que más ofreció, produjeron una suma como de 47.000 y pico de francos; y las cuentas de venta y de inversión, rendidas al gobierno, fueron aprobadas sin reserva.

El general Mosquera, entre muchos otros errores de su gobierno dictatorial, había cometido el de declarar nulo el Convenio celebrado en 1861 con los acreedores extranjeros, representados por el Comité de Londres, sobre pago de nuestra deuda exterior; convenio que relativamente era muy ventajoso para la República. Según las instrucciones recibidas, la legación debía hacer esfuerzos para recabar un nuevo arreglo, procurando entenderse no solo con los tenedores de bonos representados por el Comité de Londres, sino también con los residentes en Holanda, que no reconocían a ese cuerpo como representante de sus intereses. Yo redacté numerosas notas para tratar el asunto, y el resultado fue lograr, por una parte, que algunos fuertes tenedores holandeses apoyasen en Inglaterra nuestras gestiones, y que el señor Powles, presidente del Comité de Londres, consintiese en ir a conferenciar con nosotros en París.

Como el señor Murillo no hablaba en inglés ni en francés, ni comprendía estas lenguas, sobre todo la segunda, sino leyendo, fueron muy difíciles sus conversaciones con, el señor Powles, y yo tuve que intervenir en todas como intérprete; lo que (así como muchas conversaciones con franceses e italianos que servían o pretendían obtener consulados) colocaba al ministro en una posición subalterna, de hecho, respecto de su secretario, sin que éste tuviese la menor culpa. Ello fue que acabamos por confirmarnos en nuestra anterior convicción, a saber:

que era imperiosa la necesidad, para levantar el crédito de la República y que los acreedores extranjeros influyesen en favor del nuevo gobierno, de reconocer el convenio que el general Mosquera había desconocido. El doctor Murillo me encargo de redactar una extensa memoria o nota sobre este asunto, con la completa exposición de los antecedentes y de las diligencias hechas y la demostración del verdadero interés de la República, y la enviamos al gobierno. Años después supe que el general Mosquera, al recibir en Facatativá la memoria escrita por mí, había llamado al punto al doctor Aníbal Galindo y díchole: "La demostración que se hace en esta nota, no tiene respuesta, y estoy convencido. Redacte usted inmediatamente, para firmarlo hoy mismo, un decreto de renovación del que antes dicté sobre desconocimiento del convenio relativo a la deuda exterior".

Así se salvó por entonces el crédito de la República, y se obtuvieron muy importantes resultados, entre otros el de facilitar después la contratación en Londres de un empréstito para la construcción del camino carretero de Buenaventura empresa que, habiendo podido ser muy fructuosa, fue mal dirigida y muy desgraciada en todos sentidos.

También hube de ocuparme, de acuerdo con el señor Murillo, en otros dos asuntos. Fue el uno, impedir ciertas negociaciones que se iniciaron en Bélgica y Alemania, por parte de varios amigos del vencido gobierno de la "Confederación Granadina", para la compra de armas y municiones que habían de ser enviadas a los partidarios de ese gobierno; negociaciones que fracasaron, en tanto que ayudamos desde París al buen éxito de una negociación contraria, encargada por el general Mosquera a un comisionado especial. El otro asunto consistió en defender y acreditar al nuevo gobierno de la República, por medio de artículos que escribí para el |Siécle, la |Presse y otros diarios de París, y para |L`Indépendance Beige, de Bruselas; artículos que produjeron buen resultado.

Sinceramente deseoso yo de procurar al señor Murillo todas las buenas relaciones que yo tenía en París y que podían agradarle, me apresuré a presentarle en casa de los señores de Lamartine, Jules Simon, Michelet, Jomard y Boussingault, y aun aproveché la ocasión de hallarse por algunos días en París Mme. Jorge Sand (alojada en la calle Racine) para presentarle a ella, con quien yo tenía algunas relaciones epistolares de etiqueta. Dondequiera, penoso me es decirlo, hizo muy desairado papel el señor Murillo, ya por su imposibilidad de explicarse en ninguna lengua que no fuese la castellana, ya porque su instrucción era muy limitada y superficial, en cuanto no se tratase de asuntos políticos, y esto, siempre viendo las cosas desde el punto de vista del jacobinismo francés, que era toda la filosofía política del jefe de nuestro radicalismo. Solo en casa de Mr. Jules Simon logró conversar algo el señor Murillo, porque allí lo presenté a Mr. Garnier-Pagés. Este ilustrado republicano entendía el castellano, aunque no lo hablaba, y así, hablando él en francés y el doctor Murillo en castellano, se entendían a medias y platicaban sobre política francesa y europea.

El doctor Murillo se fastidió en París muy en breve, porque no comprendía los hechos que le rodeaban (por falta de inteligencia de la lengua hablada y de su pronunciación, que no logró adquirir ni malamente con un profesor), y acaso también porque lo que más le llamaba la atención era lo que más podía fastidiarle en París. No quiso visitar museos, bibliotecas, bellos monumentos ni exposiciones, ni asistir a conciertos ni otros espectáculos de esta clase, porque le repugnaba todo lo que se relacionase con las bellas artes, con la industria, con las academias literarias o con las ciencias que no fuesen políticas. Así, se dormía fácilmente en los teatros de ópera, drama y comedia a donde yo le llevaba, y casi todo objeto gracioso o elegante, o noblemente serio, le fastidiaba mortalmente.

Ello fue que al cabo de tres o cuatro meses se fue a vivir en un |lodging de Londres, enteramente reñido con París y la Francia entera, sin conocer nada de este país, y que luego, fastidiado también en Londres, se fue para los Estados Unidos de América con el carácter de Ministro Plenipotenciario, a virtud de nombramiento que solicitó del General Mosquera. Sin que yo tuviese entonces ni la menor sospecha del injusto resentimiento que me guardaba el señor Murillo, por causa de las humillaciones que sufrió su amor propio, confieso que desde 1862 modifiqué mucho el concepto que, obcecado por el afecto personal y político, había formado del carácter, la inteligencia y la instrucción del jefe de nuestro partido radical. Me pareció que era un hombre sin espontaneidad ni generosidad de corazón, sin gusto alguno por las cosas delicadas, sin verdadera elevación ni nobleza de pensamiento, y privado de todo sentimiento estético; que tenía el espíritu falseado y extraviado por lecturas superficiales, incompletas y hechas sin método, e ideas de un absolutismo liberal o revolucionario poco o nada científicas; que no era un pensador, sino un sectario político, envanecido ya con su falsa gloria de jefe de un partido, desorientado y desprovisto de lógica en sus procedimientos; que no procuraba descubrir o adquirir la verdad con el desinterés de un espíritu investigador, sino confirmar ideas sistemáticas o preconcebidas; y que en su horizonte moral e intelectual era tan limitado, como era ilimitada su ambición.

En cuanto al carácter del doctor Murillo, un incidente desagradable me dio la prueba de su debilidad poco escrupulosa. Alguien, por un interés privado, tenía empeño en París en que la legación colombiana le diese un certificado muy honroso y de recomendación. El doctor Murillo me invitó a firmar con él dicho certificado, y me denegué a ello rotundamente, no obstante el deseo que tenía de favorecer al individuo de quien se trataba, porque, siendo inexactas las afirmaciones contenidas en el documento, como que ocultaban u omitían ciertos hechos de importancia capital, equivalían, según mi criterio y conciencia, a falsas afirmaciones. Disgustóse el doctor Murillo de mi resistencia, aunque sin mostrar enfado, y no me habló más del asunto; pero al cabo de pocos días resultó que, no obstante el certificado escrito por él solo, la falta de mi firma fue suficiente para destruir, sin que yo lo pudiese evitar, todo el efecto que se quiso producir con tal documento.

Estas y otras lecciones de honradez y respeto por la dignidad de la legación, que hube de darle, sin intención ofensiva, engendraron en el doctor Murillo, según creo, mala voluntad secreta hacia mí; y de este mal sentimiento recibí numerosas pruebas algunos años después.

Yo había sido nombrado por el gobierno colombiano, para el caso de no admisión o ausencia del doctor Murillo, encargado de negocios de la República ante el gobierno francés; y posteriormente se me envió a París el mismo nombramiento para funcionar en Bélgica y Holanda. Arreglé mi conducta a los usos diplomáticos, e interponiendo el favor de Mr. Michel Chévalier -personaje de influjo y que había sido amigo de mi ilustre suegro- logré entrar en relaciones confidenciales con Mr. Thouvenel, Ministro de Relaciones Exteriores. De este modo, silenciosamente y muy a contentamiento del gabinete imperial, logré llevar a buen término una gestión muy importante y reservada que me encomendó mi gobierno; así como presté algunos otros servicios no insignificantes, con entera aprobación del gabinete de Bogotá.

No por servir mis empleos diplomáticos (de un modo extraoficial para los gobiernos ante los cuales fui acreditado, por cuanto la guerra civil continuaba en Colombia y sus nuevos poderes públicos no podían ser reconocidos), dejé de continuar mis estudios teóricos y prácticos, mis viajes y excursiones, mis trabajos de escritor ni mis publicaciones. Me abstuve, eso sí, desde que estuve en puestos diplomáticos, de toda correspondencia política para los periódicos de Lima y Bogotá, y me contraje a escribir sobre otros asuntos. Tan constante y activa fue mi laboriosidad durante cerca de cinco años pasados en Europa, desde principios de 1858 hasta fines de 1862, ya viajando, ya residiendo en París, Londres y Fontainebleau, que alcancé a producir casi veinte volúmenes de a 300 páginas en artículos y correspondencias sobre política, economía, estadística, crítica dramática y bibliográfica, historia, geografía, etnografía, viajes y diversos ramos de literatura; amén de lo mucho que estudié para instruirme en las lenguas castellana, francesa, inglesa e italiana, y en numerosas materias pertenecientes a muy diversos ramos. La mayor parte de las verdades que pude adquirir penetraron en mi espíritu por el método objetivo, es decir, observando y oyendo, comparando y deduciendo; y aunque al cabo de tanto estudiar me sentía muy ignorante y atrasado en todo, a lo menos percibí con inefable gozo que mi horizonte moral e intelectual se había ensanchado inmensamente, que había ganado mucho en gusto y en el desarrollo y la depuración y elevación de mis sentimientos, y que mi criterio filosófico, religioso, literario y político se había aclarado notablemente, ganando también en solidez y vigor. Y sin embargo ¡cuán lejos no estaba aun de la verdad y del grado de ilustración a que aspiraba!

Aparte de todo lo que publiqué en periódicos de Lima, Bogotá, París, Londres, Madrid y Bruselas, y de unos tres volúmenes de |Viajes y Opúsculos que dejé inéditos, hice la edición, en la capital francesa, de cuatro tomos y un folleto, todo a mis expensas y sin omitir trabajo ni gasto alguno. Así, en 1860 publiqué los |Ecos de los Andes, segunda colección de mis poesías, algo escogidas, escritas desde la edad de veintiuno hasta la de treinta y dos años; en 1861, mi |Ensayo sobre |las revoluciones políticas, etc., con un apéndice, escrito primero en francés, sobre |La Confederación Granadina y su población, y un opúsculo de 60 páginas intitulado: |El programa de un liberal; en 1862, los tomos 1º, sobre Colombia, Inglaterra, Francia y España y 2º, sobre Francia, Saboya, Suiza, la Alemania del Rin y Bélgica de |Viajes de un colombiano en Europa; y ya desde 1858 había publi­cado también, a mi costa, la segunda edición del Mapa de la Nueva Granada, del General Acosta, corregido, adicionado y adaptado por mí a la división en Estados federales.

Llené, pues, hasta donde pude, el deber que me había impuesto de procurar que mis laboriosos y costosos viajes y estudios fuesen útiles a mi patria, y si no conseguí cuanto deseaba, por insuficiencia intelectual, a lo menos puse de manifiesto que el patriotismo y el amor a las letras habían guiado siempre mi pensamiento y mis esfuerzos.

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