INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
RESIDENCIA EN LONDRES Y EXCURSIONES EN LA GRAN BRETAÑA
 





 

La vida del extranjero en Londres contrasta completamente con la que puede vivir en París. Bien que en la inmensa capital británica haya un admirable servicio de correos y de todos los ramos relacionados con la policía de aseo, salubridad, ornato y seguridad, casi todo tiene allí el aspecto y carácter de esfuerzo y acción de la libre iniciativa individual, de obra destinada a satisfacer las necesidades y asegurar o hacer efectivos los derechos de los individuos, respetados por la ley y la autoridad con escrúpulo severo. Salvo el caso de alojarse transitoriamente en un hotel o fonda, la familia tiene hogar propio y es dueña de sí misma, ora se aloje en una casa, que tiene su servicio independiente y completo, ora en un lodging o pensión, siempre con alguna independencia.

No así en París, donde todo está hecho y calculado para una especie de vida común, así en las calles y plazas y demás lugares públicos, como en el interior de las habitaciones; donde la autoridad interviene en todo y lo hace todo, ejerciendo una tutela permanente sobre la sociedad; donde reina el más caracterizado socialismo, desde las orillas y los malecones del Sena hasta el más precioso gabinete de un museo o el salón de descanso (foyer) de cualquier teatro. En París casi todo está hecho para el público, y muchas de las fruiciones que se le proporcionan son aparentemente gratuitas, bien que todos, sean parisienses, provincianos o extranjeros, las costean indirectamente, ya pagando fuertes y numerosas contribuciones, ya reembolsándoselas, en la forma de altos precios adicionales, a los hosteleros, restauradores, sastres, zapateros, comerciantes y mercaderes de todo linaje.

En Londres, salvo el servicio de policía y beneficencia, pocos gastos pesan colectivamente sobre los particulares, porque la autoridad pública procura restringir lo más posible el tutelaje que la necesidad del orden social la obliga a ejercer sobre esos mismos particulares. Cada cual consume lo que ha menester y puede proporcionarse con sus recursos, desde el agua para beber hasta los goces más espirituales; no está obligado por el socialismo oficial a consumir lo que no necesita o no le conviene, por no estar a su alcance natural; paga directamente y con la dignidad de quien desembolsa lo propio con entera libertad, y se siente favorecido por la ley común de la libre competencia, que facilita todas las transacciones.

No quiere esto decir que Londres carezca de establecimientos o lugares públicos de aquellos que prestan servicios a todo el mundo y son costeados necesariamente por el gobierno nacional o las municipalidades. Si en los jardines Botánico y Zoológico, en el Coliseum, en el Ateneo y en el Palacio de Kensington, en el Túnel, los Jardines de Cremor­ne y muchos otros establecimientos o monumentos que pertenecen a empresas privadas, hay que pagar la entrada, como en cualquier teatro, café o res­taurante, también hay monumentos maravillosos, como el Museo Británico, San Pablo, la Abadía de Westminster, el Palacio del Parlamento, la Lonja, la Torre de Londres, los Diques, el Museo de Pinturas, etc., que pueden ser gratuitamente visitados con gran provecho para el viajero que los observa y estudia con atención.

Yo he descrito a Londres y algo de sus alrededores, por extenso, en los tomos I y III de mis Viajes. Así en el presente capítulo reduciré mis observaciones a los hechos sociales y políticos que me parecieron ser los rasgos más característicos de la sociedad británica.

El campo de los estudios prácticos en Londres es difícil, a causa de la inmensidad relativa de la ciudad, que hace enormes casi todas las distancias; pero allí los elementos de observación comienzan desde el hogar mismo. En él todo está calculado y arreglado para la comodidad personal, la compostura y la conveniente separación de todos, desde el parlor o pieza de recibo para los negocios y lo que no es asunto de amistad o de familia, hasta la nursery o vivienda del último piso, donde duermen los niños y las niñeras. El cartero, al llegar con cartas o periódicos, da en el portón un golpe seco y sonoro, que parece decir, con el laconismo de la ley: yo represento el servicio público y la autoridad. La cocinera se ocupa en sus faenas silenciosamente, las desempeña con la conciencia de cumplir con un deber que se ha impuesto y es religiosamente retribuido y así como ella respeta profundamente a todos los amos de la casa, es respetada por éstos, en palabras y en obras. Los proveedores de víveres llegan todas las mañanas a la verja exterior de la casa que da entrada al piso subterráneo donde está la cocina, y con la exacta puntualidad de un reloj entregan los efectos que se les han encargado y la nota de su importe. Así, todo tiene el sello de la regularidad, del orden y de la severidad en el cumplimiento del deber.

Un incidente de familia me dio ocasión para conocer algunos rasgos sociales curiosos. Nació en Londres, el 5 de noviembre de 1860, la tercera de mis hijas, María Josefa, y naturalmente hube de contratar un médico especialista para asistir a mi esposa. En los momentos en que nacía mi hija, el médico le administró a Soledad, desfalleciente, una gran copa de muy buen vino jerez, y pocos instantes después del alumbramiento la hizo beber una copa de brandy. Durante algunos días subsistió el régimen del vino, y en breve supe, y tuve nuevas ocasiones de verificar el hecho, que estaba en boga entre los médicos ingleses el tratamiento de muchas enfermedades y dolencias por medio del brandy y los vinos generosos. No deja de ser simpática para muchos hombres sanos, aún más que para los enfermos, esa terapéutica de los galenos ingleses.

Así como había tenido que comprobar ante la oficina respectiva que todas las personas de mi familia estaban vacunadas -lo que me gustó mucho, porque me hizo ver que el servicio de la vacunación estaba muy bien organizado, dentro de los tres días de nacida mi tercera hija hube de hacer la respectiva declaración en el Registro encargado de formar y llevar la lista civil. En ambas oficinas me informaron que eran rarísimos los casos de contravención a las reglas legales establecidas; y no hubo circunstancia alguna de aquellas en que la vida privada se relaciona con la autoridad, en que no viese yo la prueba patente del profundo respeto con que toda la sociedad inglesa considera y obedece las leyes.

Acaso se dirá que este hecho es inherente al temperamento de los ingleses; pero es claro para mí que, si los pueblos tienen un temperamento físico que proviene de la raza misma, de la situación geográfica y del clima, tienen también un temperamento moral que en mucha parte es efecto de sus instituciones y gobierno. Si el pueblo inglés es tan liberalmente conservador, es decir, religiosamente respetuoso por la ley, es porque está seguro de que ésta, al imponerle deberes, le reconoce derechos inviolables y se los garantiza y hace efectivos. Así el pueblo más liberal de Europa, por su espíritu cosmopolita y sus instituciones de cierto linaje, es al propio tiempo el más conservador, por su espíritu de orden y las instituciones con que da fuerza a la autoridad para que proteja el derecho en todas las formas que éste pueda revestir.

Numerosas fueron las excursiones que hice en 1861 por las cercanías de Londres y hacia la costa del canal de la Mancha, ora por hacer una nueva visita a Greenwich y al astillero militar de Chatham, ora al Palacio de Cristal, a Richemond y los Jardines botánicos de Kew; ya a Windsor Castle y Hampton Court, o a las carreras de caballos de Epson; ya a las interesantes ciudades de Hastings y Brighton, lugares marítimos muy frecuentados por los ingleses. Donde quiera encontré los mismos rasgos característicos de la sociedad británica. Todos sus monumentos, sus establecimientos científicos e industriales, sus hoteles y palacios, sus paseos públicos y sus buques mercantes o de guerra, sus astilleros y diques, sus puentes echados sobre el Támesis y sus embarcaderos de ferrocarriles, sus periódicos y sus circos de caballos, sus parques públicos o privados, sus calles y sus templos, tienen el sello de lo grandioso y poderoso. No se tiende hacia lo delicado, espiritual y seductivo, sino hacia lo formidable, gigantesco e imponente; y en todo caso lo agradable o gracioso cede el paso a lo útil.

Aun sin conocer la historia ni la estadística de Inglaterra, el extranjero que la visite comprende, por las manifestaciones de fuerza y poder que se observan en todas las cosas, que aquel pueblo es el cajero y banquero del mundo; que su espíritu es esencialmente altivo y orgulloso, a fuer de insular y libre, y cosmopolita, a fuer de comercial; que su acción política y marítima se extiende a todas las regiones del globo; que su sistema colonial tiene profundas raíces desde los mares del Norte, del poniente de Irlanda y del Mediterráneo hasta las más apartadas zonas de los archipiélagos y continentes; y que si otros pueblos más pulidos, de tendencias artísticas y literarias muy pronunciadas, como Francia, Alemania, Italia y España, se encargan de dar a la civilización su refinamiento y sus aspectos más simpáticos, la misión de la Gran Bretaña es procurar a esa civilización su fuerza y a la humanidad entera el movimiento de la riqueza y la expansión de una fraternidad universal representada por los intereses.

En junio de 1861 emprendí dar una vuelta completa por las más importantes comarcas de Inglaterra, Irlanda y Escocia. La primera línea que recorrí, partiendo de Londres tocaba sucesivamente en Oxford, Bath, Cheltenham y Bristol. Si Bath es una ciudad apacible, de pintoresca estructura, que se desplega como en anfiteatro sobre risueñas colinas y atrae a muchísimos enfermos o paseantes que van a tomar baños, me llamó principalmente la atención porque allí vivió y murió el ilustre Zea, sabio, orador y legislador colombiano. Si Cheltenham me agradó, como ciudad graciosa y elegante, muy visitada por la gente aristocrática de Inglaterra, nada particular hallé en ella, en ningún sentido. Pero Oxford y Bristol me interesaron vivamente, la una por su renombrada Universidad y la otra por su curiosísima topografía.

La idea que uno tiene de las universidades, tales como las ha conocido en Hispano­América, en España y Francia y en Italia y Alemania, queda del todo modificada al visitar las universidades de Inglaterra, sobre todo las de Oxford y  Cambridge. Bien que en París, por ejemplo, hay unos cuantos colegios y liceos dependientes de la Universidad, ésta mantiene cierta unidad y cierto aislamiento social que le dan un carácter como de privilegio o de entidad aparte en medio de la sociedad. En Oxford, la Universidad absorbe, por decirlo así, a la ciudad entera. Allí los profesores, empleados y estudiantes son todo, y los ciudadanos nada o casi nada.

En efecto, hay cosa de diez y ocho a veinte colegios separados, todos de fundación distinta y aun diverso régimen y gran variedad de enseñanzas, y cada uno de ellos es un espléndido palacio; ya de un estilo arquitectónico, ya de otro, rico en objetos de arte, bibliotecas, archivos, bienes y rentas, privilegios, regalías, etc. Todos concurren a formar la Universidad, pero todos mantienen su autonomía. En las fondas y casas de huéspedes, en los restaurantes y cafés, en las calles y plazas, en los jardines públicos y en las regatas o apuestas de canoas del Támesis, no se ven sino profesores, empleados de los colegios y estudiantes a miles. Allí es donde se forma para la ilustración y la política la aristocracia inglesa; allí se educa lo mejor de aquella clase media, honra y fuerza de Inglaterra, compuesta de literatos y oradores, de publicistas y ministros de la iglesia anglicana, de sabios naturalistas y economistas, de lingüistas eruditos y de hombres destinados al servicio diplomático y consular, o que han de hacer después estudios especiales para servir en la milicia o la marina.

Bristol es una ciudad mixta: su parte baja y antigua es enteramente comercial y marítima, y como tal, complicada, desapacible, fea y llena de aquel bullicio que acarrean los negocios activos. Tiene de particular una gloriosa tradición: allí se armó y de su puerto partió la expedición de Sebastián Caboto, descubridor positivo y bien determinado de Norte-América. Así Bristol es el Palos de Inglaterra. La parte alta, llamada propiamente Clifton, contrasta por entero con la baja, porque es pintoresca, apacible y admirablemente simpática por su topografía y sus graciosos aspectos.

Sobre el valle en cuyo fondo demora la vieja ciudad, en otro tiempo el más importante puerto de todo el occidente de Inglaterra, se alza una extensa meseta, cubierta de calles y graciosas quintas en gran parte, y cortada en su centro, como a tajo, por un profundísimo río. Sobre el vertiginoso abismo formado por toda la abertura del río y su cauce, estaba recién construido un magnífico puente colgante, que es, sin duda, en su género particular de construcciones, una de las más pintorescas y grandiosas construcciones de Inglaterra.

Bristol, Birmingham, Manchester, Liverpool y otros grandes centros mercantiles o industriales, tienen de común con Londres una particularidad social que es propia de la vida inglesa, y que en raras partes, como acontece en Hamburgo, es imitada.

Me refiero a la completa separación que el negociante inglés establece y mantiene entre su domicilio privado y su domicilio mercantil, entre su familia y sus negocios. El negociante inglés tiene su casa de habitación fuera de la ciudad mercantil, ora en las pequeñas localidades de las cercanías, ora en graciosas casas de campo o cottages, y allí duerme tranquilo, se abandona por completo a los apacibles goces de familia, no permite que se le hable de negocios, y se muestra con sus amigos hospitalario, sencillo, obsequioso, a las veces comunicativo y aficionado a la música o las cosas amenas.

Pero desde el momento en que almuerza y entra en un ómnibus o en un tren de ferrocarril para dirigirse hacia el centro de la ciudad, donde tiene su domicilio comercial, el inglés es puramente negociante, y parece no tener familia ni pensar sino en los negocios. Desde aquel momento hasta la hora de cerrar las oficinas, torna a ser lacónico, positivista, severo en todo asunto de tanto por ciento, avaro del tiempo, que es dinero, perentorio en sus preguntas y respuestas, económico en sus gastos, exclusivamente negociante. Si suspende el trabajo a la una de la tarde para ir a tomar su luncheon o refrigerio, lo toma en píe y a toda prisa, y es metódico para comer y beber.

Si permanece en su oficina, no hace caso de persona alguna que entre o salga, mientras ella no le solicite en particular. Si sale a diligencias de negocios, a nadie saluda en la calle, y solamente hace y dice lo que le interesa, en el tiempo estrictamente necesario. A las cinco de la tarde cierra sus oficinas o almacenes, dejándolos confiados a la guarda segura de la policía, y vuelve a su hogar a ser padre de familia y hombre campechano.

Esta vida metódica y bien equilibrada, es sana y fecunda, porque está en armonía con las reglas higiénicas, con las leyes de la fisiología y la psicología y con la gran ley económica de la división del trabajo. Así el inglés nunca confunde su posición doméstica con la que le dan sus negocios, y al propío tiempo mantiene la serenidad de su espíritu de hombre, y el vigor de su actividad en la obra común de la producción de riqueza.

Nada particular tienen, salvo sus hermosas catedrales góticas, las ciudades de Worcester y Gloucester; por lo que no me detuve en cada una de ellas sino durante pocas horas. No así en Birmingham, vasta ciudad de más de trescientas mil almas, gran centro de la producción metalúrgica de Inglaterra. De allí salen las más comunes herramientas para el consumo del mundo entero, así como los más delicados y elegantes artículos de plaqué, cobre, oro, plata y otros metales; y solo es comparable la enormidad de las masas de obreros allí aglomeradas, con la de los capitales aplicados a la producción, en las fundiciones o ferrerías, las fraguas y fábricas, de una inmensa cantidad de artículos, casi sin competencia por su baratura.

Espectáculo admirable es el que ofrecen las campiñas de Birmingham, sobre todo cuando uno las recorre en un tren nocturno. Puede decirse que allí las campiñas desaparecen por completo, sembradas de innumerables ferrerías, fraguas y fábricas, y surcadas de numerosos canales y tranvías que sirven para movilizar el hierro, el carbón y las demás materias primas de aquella enorme producción metalúrgica, y para llevar luego sus productos a la ciudad. En el silencio de la noche, en medio de una oscuridad natural interrumpida en todas partes, se siente el mayor asombro al ver tantos hornos gigantescos y colosales chimeneas repletos de fuego y arrojando columnas de humo negro y espeso que enturbian y encapotan la atmósfera, y al percibir todos los confusos ruidos de martillos y martinetes, de máquinas y fuelles, de aparatos y trabajos diversos que están contribuyendo a la fundición y transformación de los metales. Aquello es una gran parte de la sociedad inglesa convertida en Vulcano; es la iluminación sombría de las tinieblas; son el fuegó y la fuerza hechos inteligencia para el bien de la humanidad; es un mundo de hierro y carbón que se torna en maravillas industriales. Manchester, Bradford y Hudersfield son las ciudades fabricantes de tejidos. La tercera los hace principalmente de telas de lana y tramas de lana y algodón (paños, alfombras, etc.), y las dos primeras consumen para sus géneros de algodón inmensas cantidades de materia prima y tienen en innumerables fábricas -palacios de uniforme y muy económica construcción-, el más vasto tren de maquinaria que el mundo haya podido reunir en un solo centro. Las dos ciudades están contiguas y forman como una sola, con una población total que hoy día excede de 800.000 almas, bien que tienen suadministración municipal separada.

Es verdaderamente pasmoso el desarrollo y progreso que han alcanzado esas ciudades industriales y comerciales, hoy día normes, Londres, Birmingham, Bradford, Manchester, Liverpool, Glasgow, etc.-, que no hacen siglo tenían muy reducidas proporciones. Londres, antes encerrado entre sus muros de la City, ha absorbido a una multitud de ciudades y municipios circunvecinos, y hoy día tiene por sí sola la población de un Estado y el poder de una nación formidable. Liverpool, que hace menos de un siglo era un caserío miserable de 3.000 almas, tiene en la actualidad más de 600.000, y es una de las más espléndidas ciudades de Europa y uno de los más opulentos puertos del mundo, en cuyos diques monumentales se abrigan las flotas mercantes que surcan todos los mares. Inglaterra, principalmente a causa de la gran extensión que de su suelo está ocupada por las ciudades, villas y aldeas, y por los parques y palacios de su aristocracia, no tiene la tierra suficiente para producir las materias que su población necesita para alimentarse. Gran parte de esas materias tienen que ir del exterior, aun desde muy lejanas comarcas, como la Rusia meridional, la Turquía, Egipto y los Estados Unidos del Norte; y para obtenerlas por medio del cambio, Inglaterra, por una parte, ha prolongado su territorio, con su inmensa flota mercante y sus escuadras protectoras, hacia todas las regiones marítimas del globo, y por otra, se ha constituido en prodigiosa fábrica de transformación de las materias primas que recibe de todo el mundo, a fin de proveer a éste de cuanto puede necesitar como producto de las más populares manufacturas.

De este modo, la natural trabazón de los intereses comerciales hace afluir constantemente a la Gran Bretaña las materias primas necesarias para una maravillosa fabricación, y las sustancias que han de completar la alimentación de sus activísimas masas productoras; y hace también salir hacia todos los países que son, a su vez, consumidores de los productos británicos, una portentosa masa de valores, agentes de la común prosperidad. No es, por tanto, de extrañar que el trabajo fabril y comercial haya ocasionado en la Gran Bretaña enormes aglomeraciones de población, así en torno de los astilleros, diques, bancos, almacenes y todo linaje de establecimientos mercantiles, como de los grandes grupos de fábricas; aglomeraciones que se ponen de manifiesto en el fabuloso crecimiento de Londres, Liverpool, Glasgow, Bradford, Manchester, Birmingham, Belfast, Bristol, Newcastle, Leeds, Sheffield y otras ciudades de gran movimiento, que son centros del comercio y de la fabricación.

Esta misma aglomeración de población en vastísima escala, que se ha verificado en muchas ciudades británicas, ha sido causa de una revolución pacífica, de suma trascendencia, verificada en las instituciones. Si, por una parte, había que respetar el derecho de las enormes masas de riquezas, brazos, inteligencias y opinión concentradas en aquellas ciudades, lo que ha conducido a modificar profundamente las condiciones del sufragio y dar a la política y al gobierno bases notablemente democráticas, en combinación con las tradicionales, que habían sido esencialmente aristocráticas, por otra, proponiéndose la Gran Bretaña ser de preferencia y por necesidad manufacturera y comercial, le ha sido preciso también renunciar a las antiguas tarifas protectoras, simplificar muchísimo su régimen fiscal, abrir francamente los puertos de la metrópoli y de todas sus colonias al tráfico del mundo, y dar grandes ejemplos y hacer muchos esfuerzos internacionales en el sentido del libre cambio.

Se comprende que Liverpool, teniendo más de 600.000 almas, ha de ser una ciudad de muy vastas proporciones; pero como es un emporio comercial, sus principales monumentos son por necesidad aquellos que sirven directamente al comercio y a la navegación. La parte baja de la ciudad, la más extensa, es un complicado laberinto de calles y callejuelas donde todo pertenece a los negocios, y allí no hay para qué buscar elegancia ni graciosos aspectos. La parte alta, enteramente nueva, es graciosa, apacible, elegante, como que sirve de verdadero hogar a tantos negociantes, y en sus pintorescos barrios se encuentran aquellos establecimientos, como los Jardines Botánico y Zoológico, algunos teatros y museos, etc., que, no perteneciendo al orden de los progresos comerciales, son, sin embargo, testimonios simpáticos de una civilización muy adelantada.

Pero el gran espectáculo de Liverpool, verdaderamente admirable, es el que ofrecen el río Mersey y sus diques, muelles, atracaderos y astilleros. El río, invadido por la marea, que le da las proporciones de un brazo de mar, aparece inmenso bajo su casi ilimitado horizonte; sus orillas son una inacabable sucesión de muelles y atracaderos, de diques almacenes donde se aglomeran los buques y productos del mundo entero; el movimiento de vapores es incesante, así para el tráfico interior, ascendente y descendente y de orilla a orilla, como para remolar los barcos de vela que llegan de todas partes o emprenden nuevos viajes; y causa asombro el prodigioso reguero de flotas mercantes estacionadas desde los puertos hasta las aguas libres del mar.

Grande es el contraste que observa el viajero entre el prodigioso movimiento y bullicio de Liverpool y la tranquilidad y el silencio de la vieja ciudad de Chester, a la cual se llega en unas dos horas de ferrocarril, tomando la dirección hacia el norte del país de Gales, la Suiza de Inglaterra, en miniatura. Chester no es notable sino por su afamado mercado de quesos, sus cables viejas, compuestas de galerías cubiertas muy curiosas, y su primoroso cementerio, que parece aunar la tristeza de la muerte, -pero tristeza apenas elegíaca, sin dolor desgarrador ni amarguras profundas-, a la coquetería y la gracia de los más amenos vergeles y jardines. Es notable la inclinación de los ingleses a dar un aire gracioso a sus modernos cementerios, cual sí quisiesen hacer armonizar esos recintos con una idea delicada y nada melancólica de la muerte.

Si el norte del país de Gales me pareció pintoresco y de muy variados relieves, así por sus pequeñas montañas y sus risueños pueblecitos, como por sus ruinas de viejos castillos feudales, me interesó particularmente por el imponente espectáculo que ofrece su profundo Estrecho de Menay, pequeño brazo de mar, dominado por dos magníficos puentes, colgante el uno, y el otro unido, de hierro, que es el famoso Tubular bridge del ferrocarril que conduce a Holyhead. Allí se combinan con encantadora armonía lo pintoresco y lo grandioso; la obra de la Naturaleza, llena de gracia y variedad, con la obra del Hombre, en la cual brilla, sobre todo, el poder de la ciencia.

Había cerrado la noche cuando me embarqué a bordo de un vapor en Holyhead, punto avanzado de Inglaterra sobre el mar de Irlanda. La travesía debía durar unas cuatro horas para ir a Dublin, pero duró más de ocho, porque la mar estaba sumamente agitada. Dublin me pareció una hermosa ciudad, por su estructura general, pero en todas sus calles encontré muchos signos de miseria que me contristaron. Lo mejor de todo, aparte del espectáculo del puerto, son la catedral de San Patricio y el Panóptico; y aunque la capital irlandesa contenía más de 300.000 almas, no hallé en sus calles y puertos un movimiento proporcionado a su importancia política y social.

El Panóptico de Dublin es seguramente uno de los mejores del mundo, así por sus proporciones como por su sistema de corrección y trabajo y los resultados obtenidos. Allí se ha combinado el régi­men del aislamiento celular con el trabajo en común, aunque en silencio, y con estímulos para el buen comportamiento, y el Establecimiento tiene su caja de ahorros para ir preparando a cada recluso un pequeño capital, fruto de una cuota parte del valor de su trabajo. Este sistema mixto y de verdadera corrección y previsión, sin crueldad, ha dado los mejores resultados, y parece ser ya el que prevalece en las naciones más adelantadas.

Notábase, sin embargo, que en este sistema, lo mismo que en el de presidios, subsistía el grave inconveniente de no poderse colocar los individuos que salían del Panóptico, enteramente corregidos, ya fuese como sirvientes en las casas, ya como obreros, dependientes o empleados en los establecimientos industriales. El solo hecho de haber estado en reclusión, como reos de algún delito, era justo motivo de desconfianza, y ésta le cerraba el camino de la rehabilitación a todo exrecluso. Para obviar este inconveniente, muchas personas caritativas, de uno y otro sexo, imaginaron la creación de una Sociedad de colocaciones, encargada de recomendar a los ex-reclusos de conducta ejemplar, a virtud de un conocimiento concienzudo de sus cualidades y antecedentes y de las pruebas notorias de su corrección, y de procurarles colocación para trabajar y ganarse la vida honradamente, ora en casas particulares, ora en diversos establecimientos industriales o comerciales. Aquella filantrópica sociedad ha obtenido resultados excelentes.

Yo hubiera deseado recorrer toda la Irlanda; pero me faltaba tiempo para ello, y como el sur de la isla no es notable principalmente sino por sus bellezas naturales, preferí limitarme a recorrer los campos y pueblos de la región central, que son enteramente agrícolas, y en seguida, dando la vuelta de Londonderry y Belfast, conocer lo mejor de la parte septentrional. La impresión que me causaron las localidades, las campiñas y los lagos (éstos de muy poca profundidad y orillas casi planas) de la región central, fue de tristeza. Todo me daba allí idea de la miseria extrema, la inanición social, la ruina de todas las esperanzas de una nacionalidad sojuzgada, y el estancamiento de aquellas propiedades condenadas al marasmo por los mayorazgos, las vinculaciones y las hipotecas. Además, era paten­te el contraste entre la vida social, enteramente irlandesa, y por tanto tradicional, católica, deprimida, y la vida política, enteramente sujeta al predominio de las instituciones inglesas y a la supremacía de la religión anglicana. Todo esto se ha modificado bastante en los últimos tiempos; pero era evidente a mis ojos, en 1861, la degradación en que había caído la vieja Irlanda, oprimida durante siglos.

De Londonderry (puerto del noroeste, que da frente al Atlántico) a Belfast, situado sobre la costa oriental o del mar de Irlanda, no solo puede conocer el viajero algunas curiosidades naturales interesantísimas, tales como la célebre Calzada de los Gigantes, sino que encuentra un considerable desarrollo de civilización, así agrícola y comercial como industrial. El contraste que forman el norte y sur de Irlanda es patente; a tal punto, que lo que en el sur es estancamiento y miseria, en el norte es movi­miento y gran riqueza. Es de notar que el norte está en gran parte poseído por propietarios que no tienen sus fincas hipotecadas, y que allí la industria de tejidos de lino y cáñamo, muy adelantada, se combina con la agricultura. En aquella región predomina el protestantismo, seguramente por causa de constantes inmigraciones de escoceses que, llevando fuertes capitales para aplicarlos a la industria, han desarrollado un progreso muy considerable, del cual da testimonio la activa, hermosa, rica y populosa ciudad de Belfast.

La travesía del mar de Irlanda se hace en tres horas, de Belfast a la desembocadura del río Clyde, y es muy entretenida, así porque constantemente tiene uno a la vista las costas de Irlanda, al sudoeste, y las de Escocía, al norte y nordeste, como por la gran multitud de barcos de vapor y de vela, mercantes y pescadores, que surcan aquel mar tan estrecho, encerrado en medio de las dos grandes islas británicas.

Desde que uno entra en el bello río Clyde y empieza a remontarlo, tiene a la vista un admirable espectáculo, testimonio de la más adelantada civilización industrial. No solamente interesa al viajero el gran movimiento de los barcos, remolcadores o remolcados, que remontan el río hacia Glasgow o lo descienden de allí o de los diques o puertos intermedios, sino que por todas partes se ve un semillero de complicadas y variadísimas construcciones. Ya son, hacia los dos lados de la desembocadura, las fortalezas militares que la defienden y protegen para el caso de guerra, ya los establecimientos del resguardo de aduanas; ora vastísimos astilleros, donde se construyen los más grandes barcos de vapor y de vela, mercantes o de guerra, para todos los gobiernos y todas las compañías de navegación del mundo, ora innumerables fábricas, fraguas y toda clase de establecimientos manufactureros que contribuyen a la enorme producción de que es centro la opulenta y poderosa Glasgow. Construcción, aderezo y armamento de buques, tejidos de lana, de algodón y de lino, fabricación de cerveza, y varios otros ramos de industria, son materia de una producción incesante y vastísima que da aplicación a medio millón de inteligencias y brazos y a una prodigiosa masa de capitales. Cuando uno llega a la ciudad, cuya población excede ya en mucho de 500.000 almas, se siente verdaderamente maravillado, y todo en ella induce al viajero a rendir homenaje, con su admiración, a la grandeza de un genio industrial ycomercial que hace sentir su poder en todas las regiones del globo.

La interesante navegación de los lagos Lomond y Katrine, que se suceden eslabonados por un río; la contemplación de las tristes montañas que habitan los highlanders, generalmente escasas de vegetación; la visita de Sterling, ciudad curiosísima por su antigüedad, su gran castillo fuerte y su dominante situación sobre una colina áspera y severa; y los objetos que en algunos puntos del camino consagran la memoria del inmortal novelista Walter Scott, llaman la atención del viajero en Escocia, antes de llegar al espléndido Edimburgo, una de las más bellas ciudades del mundo.

El escocés es muy notable por su carácter serio y positivo, su laboriosidad incontrastable, su firmeza de propósitos y convicciones, su moralidad, principalmente fundada en un fuerte sentimiento religioso, y su tendencia al cultivo de las ciencias y la filosofía. Escocia es un país de pensadores y hombres serios, y no obstante su unión política con Inglaterra mantiene mucho de su historia y su autonomía, así en sus instituciones y sus monumentos como en sus costumbres y todo su modo de ser. Donde quiera, en las ciudades escocesas, se encuentra una interesante combinación de lo espiritual y lo industrial, de lo pintoresco y lo económicamente útil, de lo antiguo y lo moderno, de lo severo y lo gracioso; y Edimburgo, que todo lo reúne, es precisamente la más hermosa concentración y muestra de todos esos elementos, desde las alturas donde eleva su negra mole el viejo Castillo, hasta los muelles de la risueña bahía de Portobello, puerto que es como un barrio de la capital escocesa, unida a ésta por una inmensa calle o avenida de elegantes quintas y establecimientos comerciales e industriales. Todo es interesante en Edimburgo, y digno de muy atento estudio, y al alejarse uno de esa ciudad lleva en el alma la impresión de una gran belleza conocida y comprendida que reviste las más nobles y variadas formas.

Al tornar a Londres, partiendo de Edimburgo, llaman la atención del viajero las ciudades de Newcastle, York, Leeds, Sheffield, Coventry y Cambridge. La primera, de considerable movimiento de negocios en la región oriental de Inglaterra, es particularmente notable como uno de los más valiosos centros de la explotación de minas de carbón; en tanto que York es un centro agrícola muy importante, e interesa por su bella catedral gótica y su historia, ligada a los más grandes acontecimientos de la vieja Inglaterra. Si Leeds es muy notable como centro productor de paños y otros tejidos de lana, Sheffield lo es por dos motivos: por su enorme producción de cuchillería y muchos instrumentos u objetos metálicos, y por haber sido el principal centro del partido radical, así en cuestiones políticas como económicas.

Por último, Coventry llama la atención por su bella, variada y rica fabricación de artículos de seda (cintas, tafetanes, pañuelos y otros tejidos), que en gran parte rivaliza, en cuanto a la baratura, a las ciudades francesas, alemanas y suizas productoras de sederías; y Cambridge, que compite con Oxford, como centro universitario de primera importancia.

Si Inglaterra es tan poderosa por su fabricación y su comercio, que dondequiera ofrecen un espectáculo grandioso a los ojos del viajero, su agricultura no está menos adelantada ni es menos interesante como objeto de estudio. Es verdaderamente encantador un viaje por cualquiera de las comarcas de Inglaterra, pues por todas partes se ve una pri­morosa sucesión de parques y praderas, de ganados mayores y menores, graciosas construcciones cam­pestres y sementeras de todo linaje, entre las cuales llaman particularmente la atención las que produ­cen el lúpulo, cuya verdosa flor da su delicado amargo a la cerveza, que es el vino popular de los países septentrionales.

Inglaterra, si bien es un país políticamente hospitalario, por sus libres instituciones, no lo es en el sentido social, por el carácter frío y poco accesible y las costumbres de su población. Pero su sociedad es sumamente respetable en todos sentidos, y acaso no hay ninguna en Europa, en mayor grado que ella, cuya observación apareje muy fructuosas enseñanzas para el viajero hispanoamericano.

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