RESIDENCIA EN
LONDRES Y EXCURSIONES EN LA GRAN BRETAÑA
La vida del extranjero en Londres contrasta completamente con la
que puede vivir en París. Bien que en la inmensa capital británica
haya un admirable servicio de correos y de todos los ramos
relacionados con la policía de aseo, salubridad, ornato y
seguridad, casi todo tiene allí el aspecto y carácter de esfuerzo y
acción de la libre iniciativa individual, de obra destinada a
satisfacer las necesidades y asegurar o hacer efectivos los
derechos de los individuos, respetados por la ley y la autoridad
con escrúpulo severo. Salvo el caso de alojarse transitoriamente en
un hotel o fonda, la familia tiene hogar propio y es dueña de sí
misma, ora se aloje en una casa, que tiene su servicio
independiente y completo, ora en un lodging o pensión, siempre con
alguna independencia.
No así en París, donde todo está hecho y calculado para una
especie de vida común, así en las calles y plazas y demás lugares
públicos, como en el interior de las habitaciones; donde la
autoridad interviene en todo y lo hace todo, ejerciendo una tutela
permanente sobre la sociedad; donde reina el más caracterizado
socialismo, desde las orillas y los malecones del Sena hasta el más
precioso gabinete de un museo o el salón de descanso (foyer) de
cualquier teatro. En París casi todo está hecho para el público, y
muchas de las fruiciones que se le proporcionan son aparentemente
gratuitas, bien que todos, sean parisienses, provincianos o
extranjeros, las costean indirectamente, ya pagando fuertes y
numerosas contribuciones, ya reembolsándoselas, en la forma de
altos precios adicionales, a los hosteleros, restauradores,
sastres, zapateros, comerciantes y mercaderes de todo linaje.
En Londres, salvo el servicio de policía y beneficencia, pocos
gastos pesan colectivamente sobre los particulares, porque la
autoridad pública procura restringir lo más posible el tutelaje que
la necesidad del orden social la obliga a ejercer sobre esos mismos
particulares. Cada cual consume lo que ha menester y puede
proporcionarse con sus recursos, desde el agua para beber hasta los
goces más espirituales; no está obligado por el socialismo oficial
a consumir lo que no necesita o no le conviene, por no estar a su
alcance natural; paga directamente y con la dignidad de quien
desembolsa lo propio con entera libertad, y se siente favorecido
por la ley común de la libre competencia, que facilita todas las
transacciones.
No quiere esto decir que Londres carezca de establecimientos o
lugares públicos de aquellos que prestan servicios a todo el mundo
y son costeados necesariamente por el gobierno nacional o las
municipalidades. Si en los jardines Botánico y Zoológico, en el
Coliseum, en el Ateneo y en el Palacio de Kensington, en el Túnel,
los Jardines de Cremorne y muchos otros establecimientos o
monumentos que pertenecen a empresas privadas, hay que pagar la
entrada, como en cualquier teatro, café o restaurante, también hay
monumentos maravillosos, como el Museo Británico, San Pablo, la
Abadía de Westminster, el Palacio del Parlamento, la Lonja, la
Torre de Londres, los Diques, el Museo de Pinturas, etc., que
pueden ser gratuitamente visitados con gran provecho para el
viajero que los observa y estudia con atención.
Yo he descrito a Londres y algo de sus alrededores, por extenso,
en los tomos I y III de mis Viajes. Así en el presente capítulo
reduciré mis observaciones a los hechos sociales y políticos que me
parecieron ser los rasgos más característicos de la sociedad
británica.
El campo de los estudios prácticos en Londres es difícil, a
causa de la inmensidad relativa de la ciudad, que hace enormes casi
todas las distancias; pero allí los elementos de observación
comienzan desde el hogar mismo. En él todo está calculado y
arreglado para la comodidad personal, la compostura y la
conveniente separación de todos, desde el parlor o pieza de recibo
para los negocios y lo que no es asunto de amistad o de familia,
hasta la nursery o vivienda del último piso, donde duermen los
niños y las niñeras. El cartero, al llegar con cartas o periódicos,
da en el portón un golpe seco y sonoro, que parece decir, con el
laconismo de la ley: yo represento el servicio público y la
autoridad. La cocinera se ocupa en sus faenas silenciosamente, las
desempeña con la conciencia de cumplir con un deber que se ha
impuesto y es religiosamente retribuido y así como ella respeta
profundamente a todos los amos de la casa, es respetada por éstos,
en palabras y en obras. Los proveedores de víveres llegan todas las
mañanas a la verja exterior de la casa que da entrada al piso
subterráneo donde está la cocina, y con la exacta puntualidad de un
reloj entregan los efectos que se les han encargado y la nota de su
importe. Así, todo tiene el sello de la regularidad, del orden y de
la severidad en el cumplimiento del deber.
Un incidente de familia me dio ocasión para conocer algunos
rasgos sociales curiosos. Nació en Londres, el 5 de noviembre de
1860, la tercera de mis hijas, María Josefa, y naturalmente hube de
contratar un médico especialista para asistir a mi esposa. En los
momentos en que nacía mi hija, el médico le administró a Soledad,
desfalleciente, una gran copa de muy buen vino jerez, y pocos
instantes después del alumbramiento la hizo beber una copa de
brandy. Durante algunos días subsistió el régimen del vino, y en
breve supe, y tuve nuevas ocasiones de verificar el hecho, que
estaba en boga entre los médicos ingleses el tratamiento de muchas
enfermedades y dolencias por medio del brandy y los vinos
generosos. No deja de ser simpática para muchos hombres sanos, aún
más que para los enfermos, esa terapéutica de los galenos
ingleses.
Así como había tenido que comprobar ante la oficina respectiva
que todas las personas de mi familia estaban vacunadas -lo que me
gustó mucho, porque me hizo ver que el servicio de la vacunación
estaba muy bien organizado, dentro de los tres días de nacida mi
tercera hija hube de hacer la respectiva declaración en el Registro
encargado de formar y llevar la lista civil. En ambas oficinas me
informaron que eran rarísimos los casos de contravención a las
reglas legales establecidas; y no hubo circunstancia alguna de
aquellas en que la vida privada se relaciona con la autoridad, en
que no viese yo la prueba patente del profundo respeto con que toda
la sociedad inglesa considera y obedece las leyes.
Acaso se dirá que este hecho es inherente al temperamento de los
ingleses; pero es claro para mí que, si los pueblos tienen un
temperamento físico que proviene de la raza misma, de la situación
geográfica y del clima, tienen también un temperamento moral que en
mucha parte es efecto de sus instituciones y gobierno. Si el pueblo
inglés es tan liberalmente conservador, es decir, religiosamente
respetuoso por la ley, es porque está seguro de que ésta, al
imponerle deberes, le reconoce derechos inviolables y se los
garantiza y hace efectivos. Así el pueblo más liberal de Europa,
por su espíritu cosmopolita y sus instituciones de cierto linaje,
es al propio tiempo el más conservador, por su espíritu de orden y
las instituciones con que da fuerza a la autoridad para que proteja
el derecho en todas las formas que éste pueda revestir.
Numerosas fueron las excursiones que hice en 1861 por las
cercanías de Londres y hacia la costa del canal de la Mancha, ora
por hacer una nueva visita a Greenwich y al astillero militar de
Chatham, ora al Palacio de Cristal, a Richemond y los Jardines
botánicos de Kew; ya a Windsor Castle y Hampton Court, o a las
carreras de caballos de Epson; ya a las interesantes ciudades de
Hastings y Brighton, lugares marítimos muy frecuentados por los
ingleses. Donde quiera encontré los mismos rasgos característicos
de la sociedad británica. Todos sus monumentos, sus
establecimientos científicos e industriales, sus hoteles y
palacios, sus paseos públicos y sus buques mercantes o de guerra,
sus astilleros y diques, sus puentes echados sobre el Támesis y sus
embarcaderos de ferrocarriles, sus periódicos y sus circos de
caballos, sus parques públicos o privados, sus calles y sus
templos, tienen el sello de lo grandioso y poderoso. No se tiende
hacia lo delicado, espiritual y seductivo, sino hacia lo
formidable, gigantesco e imponente; y en todo caso lo agradable o
gracioso cede el paso a lo útil.
Aun sin conocer la historia ni la estadística de Inglaterra, el
extranjero que la visite comprende, por las manifestaciones de
fuerza y poder que se observan en todas las cosas, que aquel pueblo
es el cajero y banquero del mundo; que su espíritu es esencialmente
altivo y orgulloso, a fuer de insular y libre, y cosmopolita, a
fuer de comercial; que su acción política y marítima se extiende a
todas las regiones del globo; que su sistema colonial tiene
profundas raíces desde los mares del Norte, del poniente de Irlanda
y del Mediterráneo hasta las más apartadas zonas de los
archipiélagos y continentes; y que si otros pueblos más pulidos, de
tendencias artísticas y literarias muy pronunciadas, como Francia,
Alemania, Italia y España, se encargan de dar a la civilización su
refinamiento y sus aspectos más simpáticos, la misión de la Gran
Bretaña es procurar a esa civilización su fuerza y a la humanidad
entera el movimiento de la riqueza y la expansión de una
fraternidad universal representada por los intereses.
En junio de 1861 emprendí dar una vuelta completa por las más
importantes comarcas de Inglaterra, Irlanda y Escocia. La primera
línea que recorrí, partiendo de Londres tocaba sucesivamente en
Oxford, Bath, Cheltenham y Bristol. Si Bath es una ciudad apacible,
de pintoresca estructura, que se desplega como en anfiteatro sobre
risueñas colinas y atrae a muchísimos enfermos o paseantes que van
a tomar baños, me llamó principalmente la atención porque allí
vivió y murió el ilustre Zea, sabio, orador y legislador
colombiano. Si Cheltenham me agradó, como ciudad graciosa y
elegante, muy visitada por la gente aristocrática de Inglaterra,
nada particular hallé en ella, en ningún sentido. Pero Oxford y
Bristol me interesaron vivamente, la una por su renombrada
Universidad y la otra por su curiosísima topografía.
La idea que uno tiene de las universidades, tales como las ha
conocido en HispanoAmérica, en España y Francia y en Italia y
Alemania, queda del todo modificada al visitar las universidades de
Inglaterra, sobre todo las de Oxford y Cambridge. Bien que en
París, por ejemplo, hay unos cuantos colegios y liceos dependientes
de la Universidad, ésta mantiene cierta unidad y cierto aislamiento
social que le dan un carácter como de privilegio o de entidad
aparte en medio de la sociedad. En Oxford, la Universidad absorbe,
por decirlo así, a la ciudad entera. Allí los profesores, empleados
y estudiantes son todo, y los ciudadanos nada o casi nada.
En efecto, hay cosa de diez y ocho a veinte colegios separados,
todos de fundación distinta y aun diverso régimen y gran variedad
de enseñanzas, y cada uno de ellos es un espléndido palacio; ya de
un estilo arquitectónico, ya de otro, rico en objetos de arte,
bibliotecas, archivos, bienes y rentas, privilegios, regalías, etc.
Todos concurren a formar la Universidad, pero todos mantienen su
autonomía. En las fondas y casas de huéspedes, en los restaurantes
y cafés, en las calles y plazas, en los jardines públicos y en las
regatas o apuestas de canoas del Támesis, no se ven sino
profesores, empleados de los colegios y estudiantes a miles. Allí
es donde se forma para la ilustración y la política la aristocracia
inglesa; allí se educa lo mejor de aquella clase media, honra y
fuerza de Inglaterra, compuesta de literatos y oradores, de
publicistas y ministros de la iglesia anglicana, de sabios
naturalistas y economistas, de lingüistas eruditos y de hombres
destinados al servicio diplomático y consular, o que han de hacer
después estudios especiales para servir en la milicia o la
marina.
Bristol es una ciudad mixta: su parte baja y antigua es
enteramente comercial y marítima, y como tal, complicada,
desapacible, fea y llena de aquel bullicio que acarrean los
negocios activos. Tiene de particular una gloriosa tradición: allí
se armó y de su puerto partió la expedición de Sebastián Caboto,
descubridor positivo y bien determinado de Norte-América. Así
Bristol es el Palos de Inglaterra. La parte alta, llamada
propiamente Clifton, contrasta por entero con la baja, porque es
pintoresca, apacible y admirablemente simpática por su topografía y
sus graciosos aspectos.
Sobre el valle en cuyo fondo demora la vieja ciudad, en otro
tiempo el más importante puerto de todo el occidente de Inglaterra,
se alza una extensa meseta, cubierta de calles y graciosas quintas
en gran parte, y cortada en su centro, como a tajo, por un
profundísimo río. Sobre el vertiginoso abismo formado por toda la
abertura del río y su cauce, estaba recién construido un magnífico
puente colgante, que es, sin duda, en su género particular de
construcciones, una de las más pintorescas y grandiosas
construcciones de Inglaterra.
Bristol, Birmingham, Manchester, Liverpool y otros grandes
centros mercantiles o industriales, tienen de común con Londres una
particularidad social que es propia de la vida inglesa, y que en
raras partes, como acontece en Hamburgo, es imitada.
Me refiero a la completa separación que el negociante inglés
establece y mantiene entre su domicilio privado y su domicilio
mercantil, entre su familia y sus negocios. El negociante inglés
tiene su casa de habitación fuera de la ciudad mercantil, ora en
las pequeñas localidades de las cercanías, ora en graciosas casas
de campo o cottages, y allí duerme tranquilo, se abandona por
completo a los apacibles goces de familia, no permite que se le
hable de negocios, y se muestra con sus amigos hospitalario,
sencillo, obsequioso, a las veces comunicativo y aficionado a la
música o las cosas amenas.
Pero desde el momento en que almuerza y entra en un ómnibus o en
un tren de ferrocarril para dirigirse hacia el centro de la ciudad,
donde tiene su domicilio comercial, el inglés es puramente
negociante, y parece no tener familia ni pensar sino en los
negocios. Desde aquel momento hasta la hora de cerrar las oficinas,
torna a ser lacónico, positivista, severo en todo asunto de tanto
por ciento, avaro del tiempo, que es dinero, perentorio en sus
preguntas y respuestas, económico en sus gastos, exclusivamente
negociante. Si suspende el trabajo a la una de la tarde para ir a
tomar su luncheon o refrigerio, lo toma en píe y a toda prisa, y es
metódico para comer y beber.
Si permanece en su oficina, no hace caso de persona alguna que
entre o salga, mientras ella no le solicite en particular. Si sale
a diligencias de negocios, a nadie saluda en la calle, y solamente
hace y dice lo que le interesa, en el tiempo estrictamente
necesario. A las cinco de la tarde cierra sus oficinas o almacenes,
dejándolos confiados a la guarda segura de la policía, y vuelve a
su hogar a ser padre de familia y hombre campechano.
Esta vida metódica y bien equilibrada, es sana y fecunda, porque
está en armonía con las reglas higiénicas, con las leyes de la
fisiología y la psicología y con la gran ley económica de la
división del trabajo. Así el inglés nunca confunde su posición
doméstica con la que le dan sus negocios, y al propío tiempo
mantiene la serenidad de su espíritu de hombre, y el vigor de su
actividad en la obra común de la producción de riqueza.
Nada particular tienen, salvo sus hermosas catedrales góticas,
las ciudades de Worcester y Gloucester; por lo que no me detuve en
cada una de ellas sino durante pocas horas. No así en Birmingham,
vasta ciudad de más de trescientas mil almas, gran centro de la
producción metalúrgica de Inglaterra. De allí salen las más comunes
herramientas para el consumo del mundo entero, así como los más
delicados y elegantes artículos de plaqué, cobre, oro, plata y
otros metales; y solo es comparable la enormidad de las masas de
obreros allí aglomeradas, con la de los capitales aplicados a la
producción, en las fundiciones o ferrerías, las fraguas y fábricas,
de una inmensa cantidad de artículos, casi sin competencia por su
baratura.
Espectáculo admirable es el que ofrecen las campiñas de
Birmingham, sobre todo cuando uno las recorre en un tren nocturno.
Puede decirse que allí las campiñas desaparecen por completo,
sembradas de innumerables ferrerías, fraguas y fábricas, y surcadas
de numerosos canales y tranvías que sirven para movilizar el
hierro, el carbón y las demás materias primas de aquella enorme
producción metalúrgica, y para llevar luego sus productos a la
ciudad. En el silencio de la noche, en medio de una oscuridad
natural interrumpida en todas partes, se siente el mayor asombro al
ver tantos hornos gigantescos y colosales chimeneas repletos de
fuego y arrojando columnas de humo negro y espeso que enturbian y
encapotan la atmósfera, y al percibir todos los confusos ruidos de
martillos y martinetes, de máquinas y fuelles, de aparatos y
trabajos diversos que están contribuyendo a la fundición y
transformación de los metales. Aquello es una gran parte de la
sociedad inglesa convertida en Vulcano; es la iluminación sombría
de las tinieblas; son el fuegó y la fuerza hechos inteligencia para
el bien de la humanidad; es un mundo de hierro y carbón que se
torna en maravillas industriales. Manchester, Bradford y
Hudersfield son las ciudades fabricantes de tejidos. La tercera los
hace principalmente de telas de lana y tramas de lana y algodón
(paños, alfombras, etc.), y las dos primeras consumen para sus
géneros de algodón inmensas cantidades de materia prima y tienen en
innumerables fábricas -palacios de uniforme y muy económica
construcción-, el más vasto tren de maquinaria que el mundo haya
podido reunir en un solo centro. Las dos ciudades están contiguas y
forman como una sola, con una población total que hoy día excede de
800.000 almas, bien que tienen suadministración municipal
separada.
Es verdaderamente pasmoso el desarrollo y progreso que han
alcanzado esas ciudades industriales y comerciales, hoy día normes,
Londres, Birmingham, Bradford, Manchester, Liverpool, Glasgow,
etc.-, que no hacen siglo tenían muy reducidas proporciones.
Londres, antes encerrado entre sus muros de la City, ha absorbido a
una multitud de ciudades y municipios circunvecinos, y hoy día
tiene por sí sola la población de un Estado y el poder de una
nación formidable. Liverpool, que hace menos de un siglo era un
caserío miserable de 3.000 almas, tiene en la actualidad más de
600.000, y es una de las más espléndidas ciudades de Europa y uno
de los más opulentos puertos del mundo, en cuyos diques
monumentales se abrigan las flotas mercantes que surcan todos los
mares. Inglaterra, principalmente a causa de la gran extensión que
de su suelo está ocupada por las ciudades, villas y aldeas, y por
los parques y palacios de su aristocracia, no tiene la tierra
suficiente para producir las materias que su población necesita
para alimentarse. Gran parte de esas materias tienen que ir del
exterior, aun desde muy lejanas comarcas, como la Rusia meridional,
la Turquía, Egipto y los Estados Unidos del Norte; y para
obtenerlas por medio del cambio, Inglaterra, por una parte, ha
prolongado su territorio, con su inmensa flota mercante y sus
escuadras protectoras, hacia todas las regiones marítimas del
globo, y por otra, se ha constituido en prodigiosa fábrica de
transformación de las materias primas que recibe de todo el mundo,
a fin de proveer a éste de cuanto puede necesitar como producto de
las más populares manufacturas.
De este modo, la natural trabazón de los intereses comerciales
hace afluir constantemente a la Gran Bretaña las materias primas
necesarias para una maravillosa fabricación, y las sustancias que
han de completar la alimentación de sus activísimas masas
productoras; y hace también salir hacia todos los países que son, a
su vez, consumidores de los productos británicos, una portentosa
masa de valores, agentes de la común prosperidad. No es, por tanto,
de extrañar que el trabajo fabril y comercial haya ocasionado en la
Gran Bretaña enormes aglomeraciones de población, así en torno de
los astilleros, diques, bancos, almacenes y todo linaje de
establecimientos mercantiles, como de los grandes grupos de
fábricas; aglomeraciones que se ponen de manifiesto en el fabuloso
crecimiento de Londres, Liverpool, Glasgow, Bradford, Manchester,
Birmingham, Belfast, Bristol, Newcastle, Leeds, Sheffield y otras
ciudades de gran movimiento, que son centros del comercio y de la
fabricación.
Esta misma aglomeración de población en vastísima escala, que se
ha verificado en muchas ciudades británicas, ha sido causa de una
revolución pacífica, de suma trascendencia, verificada en las
instituciones. Si, por una parte, había que respetar el derecho de
las enormes masas de riquezas, brazos, inteligencias y opinión
concentradas en aquellas ciudades, lo que ha conducido a modificar
profundamente las condiciones del sufragio y dar a la política y al
gobierno bases notablemente democráticas, en combinación con las
tradicionales, que habían sido esencialmente aristocráticas, por
otra, proponiéndose la Gran Bretaña ser de preferencia y por
necesidad manufacturera y comercial, le ha sido preciso también
renunciar a las antiguas tarifas protectoras, simplificar muchísimo
su régimen fiscal, abrir francamente los puertos de la metrópoli y
de todas sus colonias al tráfico del mundo, y dar grandes ejemplos
y hacer muchos esfuerzos internacionales en el sentido del libre
cambio.
Se comprende que Liverpool, teniendo más de 600.000 almas, ha de
ser una ciudad de muy vastas proporciones; pero como es un emporio
comercial, sus principales monumentos son por necesidad aquellos
que sirven directamente al comercio y a la navegación. La parte
baja de la ciudad, la más extensa, es un complicado laberinto de
calles y callejuelas donde todo pertenece a los negocios, y allí no
hay para qué buscar elegancia ni graciosos aspectos. La parte alta,
enteramente nueva, es graciosa, apacible, elegante, como que sirve
de verdadero hogar a tantos negociantes, y en sus pintorescos
barrios se encuentran aquellos establecimientos, como los Jardines
Botánico y Zoológico, algunos teatros y museos, etc., que, no
perteneciendo al orden de los progresos comerciales, son, sin
embargo, testimonios simpáticos de una civilización muy
adelantada.
Pero el gran espectáculo de Liverpool, verdaderamente admirable,
es el que ofrecen el río Mersey y sus diques, muelles, atracaderos
y astilleros. El río, invadido por la marea, que le da las
proporciones de un brazo de mar, aparece inmenso bajo su casi
ilimitado horizonte; sus orillas son una inacabable sucesión de
muelles y atracaderos, de diques almacenes donde se aglomeran los
buques y productos del mundo entero; el movimiento de vapores es
incesante, así para el tráfico interior, ascendente y descendente y
de orilla a orilla, como para remolar los barcos de vela que llegan
de todas partes o emprenden nuevos viajes; y causa asombro el
prodigioso reguero de flotas mercantes estacionadas desde los
puertos hasta las aguas libres del mar.
Grande es el contraste que observa el viajero entre el
prodigioso movimiento y bullicio de Liverpool y la tranquilidad y
el silencio de la vieja ciudad de Chester, a la cual se llega en
unas dos horas de ferrocarril, tomando la dirección hacia el norte
del país de Gales, la Suiza de Inglaterra, en miniatura. Chester no
es notable sino por su afamado mercado de quesos, sus cables
viejas, compuestas de galerías cubiertas muy curiosas, y su
primoroso cementerio, que parece aunar la tristeza de la muerte,
-pero tristeza apenas elegíaca, sin dolor desgarrador ni amarguras
profundas-, a la coquetería y la gracia de los más amenos vergeles
y jardines. Es notable la inclinación de los ingleses a dar un aire
gracioso a sus modernos cementerios, cual sí quisiesen hacer
armonizar esos recintos con una idea delicada y nada melancólica de
la muerte.
Si el norte del país de Gales me pareció pintoresco y de muy
variados relieves, así por sus pequeñas montañas y sus risueños
pueblecitos, como por sus ruinas de viejos castillos feudales, me
interesó particularmente por el imponente espectáculo que ofrece su
profundo Estrecho de Menay, pequeño brazo de mar, dominado por dos
magníficos puentes, colgante el uno, y el otro unido, de hierro,
que es el famoso Tubular bridge del ferrocarril que conduce a
Holyhead. Allí se combinan con encantadora armonía lo pintoresco y
lo grandioso; la obra de la Naturaleza, llena de gracia y variedad,
con la obra del Hombre, en la cual brilla, sobre todo, el poder de
la ciencia.
Había cerrado la noche cuando me embarqué a bordo de un vapor en
Holyhead, punto avanzado de Inglaterra sobre el mar de Irlanda. La
travesía debía durar unas cuatro horas para ir a Dublin, pero duró
más de ocho, porque la mar estaba sumamente agitada. Dublin me
pareció una hermosa ciudad, por su estructura general, pero en
todas sus calles encontré muchos signos de miseria que me
contristaron. Lo mejor de todo, aparte del espectáculo del puerto,
son la catedral de San Patricio y el Panóptico; y aunque la capital
irlandesa contenía más de 300.000 almas, no hallé en sus calles y
puertos un movimiento proporcionado a su importancia política y
social.
El Panóptico de Dublin es seguramente uno de los mejores del
mundo, así por sus proporciones como por su sistema de corrección y
trabajo y los resultados obtenidos. Allí se ha combinado el
régimen del aislamiento celular con el trabajo en común, aunque en
silencio, y con estímulos para el buen comportamiento, y el
Establecimiento tiene su caja de ahorros para ir preparando a cada
recluso un pequeño capital, fruto de una cuota parte del valor de
su trabajo. Este sistema mixto y de verdadera corrección y
previsión, sin crueldad, ha dado los mejores resultados, y parece
ser ya el que prevalece en las naciones más adelantadas.
Notábase, sin embargo, que en este sistema, lo mismo que en el
de presidios, subsistía el grave inconveniente de no poderse
colocar los individuos que salían del Panóptico, enteramente
corregidos, ya fuese como sirvientes en las casas, ya como obreros,
dependientes o empleados en los establecimientos industriales. El
solo hecho de haber estado en reclusión, como reos de algún delito,
era justo motivo de desconfianza, y ésta le cerraba el camino de la
rehabilitación a todo exrecluso. Para obviar este inconveniente,
muchas personas caritativas, de uno y otro sexo, imaginaron la
creación de una Sociedad de colocaciones, encargada de recomendar a
los ex-reclusos de conducta ejemplar, a virtud de un conocimiento
concienzudo de sus cualidades y antecedentes y de las pruebas
notorias de su corrección, y de procurarles colocación para
trabajar y ganarse la vida honradamente, ora en casas particulares,
ora en diversos establecimientos industriales o comerciales.
Aquella filantrópica sociedad ha obtenido resultados
excelentes.
Yo hubiera deseado recorrer toda la Irlanda; pero me faltaba
tiempo para ello, y como el sur de la isla no es notable
principalmente sino por sus bellezas naturales, preferí limitarme a
recorrer los campos y pueblos de la región central, que son
enteramente agrícolas, y en seguida, dando la vuelta de Londonderry
y Belfast, conocer lo mejor de la parte septentrional. La impresión
que me causaron las localidades, las campiñas y los lagos (éstos de
muy poca profundidad y orillas casi planas) de la región central,
fue de tristeza. Todo me daba allí idea de la miseria extrema, la
inanición social, la ruina de todas las esperanzas de una
nacionalidad sojuzgada, y el estancamiento de aquellas propiedades
condenadas al marasmo por los mayorazgos, las vinculaciones y las
hipotecas. Además, era patente el contraste entre la vida social,
enteramente irlandesa, y por tanto tradicional, católica,
deprimida, y la vida política, enteramente sujeta al predominio de
las instituciones inglesas y a la supremacía de la religión
anglicana. Todo esto se ha modificado bastante en los últimos
tiempos; pero era evidente a mis ojos, en 1861, la degradación en
que había caído la vieja Irlanda, oprimida durante siglos.
De Londonderry (puerto del noroeste, que da frente al Atlántico)
a Belfast, situado sobre la costa oriental o del mar de Irlanda, no
solo puede conocer el viajero algunas curiosidades naturales
interesantísimas, tales como la célebre Calzada de los Gigantes,
sino que encuentra un considerable desarrollo de civilización, así
agrícola y comercial como industrial. El contraste que forman el
norte y sur de Irlanda es patente; a tal punto, que lo que en el
sur es estancamiento y miseria, en el norte es movimiento y gran
riqueza. Es de notar que el norte está en gran parte poseído por
propietarios que no tienen sus fincas hipotecadas, y que allí la
industria de tejidos de lino y cáñamo, muy adelantada, se combina
con la agricultura. En aquella región predomina el protestantismo,
seguramente por causa de constantes inmigraciones de escoceses que,
llevando fuertes capitales para aplicarlos a la industria, han
desarrollado un progreso muy considerable, del cual da testimonio
la activa, hermosa, rica y populosa ciudad de Belfast.
La travesía del mar de Irlanda se hace en tres horas, de Belfast
a la desembocadura del río Clyde, y es muy entretenida, así porque
constantemente tiene uno a la vista las costas de Irlanda, al
sudoeste, y las de Escocía, al norte y nordeste, como por la gran
multitud de barcos de vapor y de vela, mercantes y pescadores, que
surcan aquel mar tan estrecho, encerrado en medio de las dos
grandes islas británicas.
Desde que uno entra en el bello río Clyde y empieza a
remontarlo, tiene a la vista un admirable espectáculo, testimonio
de la más adelantada civilización industrial. No solamente interesa
al viajero el gran movimiento de los barcos, remolcadores o
remolcados, que remontan el río hacia Glasgow o lo descienden de
allí o de los diques o puertos intermedios, sino que por todas
partes se ve un semillero de complicadas y variadísimas
construcciones. Ya son, hacia los dos lados de la desembocadura,
las fortalezas militares que la defienden y protegen para el caso
de guerra, ya los establecimientos del resguardo de aduanas; ora
vastísimos astilleros, donde se construyen los más grandes barcos
de vapor y de vela, mercantes o de guerra, para todos los gobiernos
y todas las compañías de navegación del mundo, ora innumerables
fábricas, fraguas y toda clase de establecimientos manufactureros
que contribuyen a la enorme producción de que es centro la opulenta
y poderosa Glasgow. Construcción, aderezo y armamento de buques,
tejidos de lana, de algodón y de lino, fabricación de cerveza, y
varios otros ramos de industria, son materia de una producción
incesante y vastísima que da aplicación a medio millón de
inteligencias y brazos y a una prodigiosa masa de capitales. Cuando
uno llega a la ciudad, cuya población excede ya en mucho de 500.000
almas, se siente verdaderamente maravillado, y todo en ella induce
al viajero a rendir homenaje, con su admiración, a la grandeza de
un genio industrial ycomercial que hace sentir su poder en todas
las regiones del globo.
La interesante navegación de los lagos Lomond y Katrine, que se
suceden eslabonados por un río; la contemplación de las tristes
montañas que habitan los highlanders, generalmente escasas de
vegetación; la visita de Sterling, ciudad curiosísima por su
antigüedad, su gran castillo fuerte y su dominante situación sobre
una colina áspera y severa; y los objetos que en algunos puntos del
camino consagran la memoria del inmortal novelista Walter Scott,
llaman la atención del viajero en Escocia, antes de llegar al
espléndido Edimburgo, una de las más bellas ciudades del mundo.
El escocés es muy notable por su carácter serio y positivo, su
laboriosidad incontrastable, su firmeza de propósitos y
convicciones, su moralidad, principalmente fundada en un fuerte
sentimiento religioso, y su tendencia al cultivo de las ciencias y
la filosofía. Escocia es un país de pensadores y hombres serios, y
no obstante su unión política con Inglaterra mantiene mucho de su
historia y su autonomía, así en sus instituciones y sus monumentos
como en sus costumbres y todo su modo de ser. Donde quiera, en las
ciudades escocesas, se encuentra una interesante combinación de lo
espiritual y lo industrial, de lo pintoresco y lo económicamente
útil, de lo antiguo y lo moderno, de lo severo y lo gracioso; y
Edimburgo, que todo lo reúne, es precisamente la más hermosa
concentración y muestra de todos esos elementos, desde las alturas
donde eleva su negra mole el viejo Castillo, hasta los muelles de
la risueña bahía de Portobello, puerto que es como un barrio de la
capital escocesa, unida a ésta por una inmensa calle o avenida de
elegantes quintas y establecimientos comerciales e industriales.
Todo es interesante en Edimburgo, y digno de muy atento estudio, y
al alejarse uno de esa ciudad lleva en el alma la impresión de una
gran belleza conocida y comprendida que reviste las más nobles y
variadas formas.
Al tornar a Londres, partiendo de Edimburgo, llaman la atención
del viajero las ciudades de Newcastle, York, Leeds, Sheffield,
Coventry y Cambridge. La primera, de considerable movimiento de
negocios en la región oriental de Inglaterra, es particularmente
notable como uno de los más valiosos centros de la explotación de
minas de carbón; en tanto que York es un centro agrícola muy
importante, e interesa por su bella catedral gótica y su historia,
ligada a los más grandes acontecimientos de la vieja Inglaterra. Si
Leeds es muy notable como centro productor de paños y otros tejidos
de lana, Sheffield lo es por dos motivos: por su enorme producción
de cuchillería y muchos instrumentos u objetos metálicos, y por
haber sido el principal centro del partido radical, así en
cuestiones políticas como económicas.
Por último, Coventry llama la atención por su bella, variada y
rica fabricación de artículos de seda (cintas, tafetanes, pañuelos
y otros tejidos), que en gran parte rivaliza, en cuanto a la
baratura, a las ciudades francesas, alemanas y suizas productoras
de sederías; y Cambridge, que compite con Oxford, como centro
universitario de primera importancia.
Si Inglaterra es tan poderosa por su fabricación y su comercio,
que dondequiera ofrecen un espectáculo grandioso a los ojos del
viajero, su agricultura no está menos adelantada ni es menos
interesante como objeto de estudio. Es verdaderamente encantador un
viaje por cualquiera de las comarcas de Inglaterra, pues por todas
partes se ve una primorosa sucesión de parques y praderas, de
ganados mayores y menores, graciosas construcciones campestres y
sementeras de todo linaje, entre las cuales llaman particularmente
la atención las que producen el lúpulo, cuya verdosa flor da su
delicado amargo a la cerveza, que es el vino popular de los países
septentrionales.
Inglaterra, si bien es un país políticamente hospitalario, por
sus libres instituciones, no lo es en el sentido social, por el
carácter frío y poco accesible y las costumbres de su población.
Pero su sociedad es sumamente respetable en todos sentidos, y acaso
no hay ninguna en Europa, en mayor grado que ella, cuya observación
apareje muy fructuosas enseñanzas para el viajero
hispanoamericano.