MIS
TRABAJOS LITERARIOS, CIENTÍFICOS Y POLITICOS
Muy recién llegado a París estaba yo, en 1858, cuando, por
encargo de mi hermano Rodulfo, que deseaba proporcionarse una buena
biblioteca de economistas, y también por obtener para mí algunos
libros importantes, fui un día, calle de Richelieu, a la librería
de Guillaumin y Cía. A poco de conversar, notando el señor
Guillaumin que yo mostraba criterio al aceptar o rechazar las obras
que él me iba ofreciendo, me preguntó si yo cultivaba las ciencias
económicas y si era español. Satisfice su curiosidad y le dije que
en mi país teníamos ya resueltos muchos problemas económicos,
mediante las libres instituciones adoptadas en materia de comercio
y navegación, industria, transmisión y admisión de propiedad,
impuestos, etc.; y a propósito de esto me manifestó sentir mucho
que en Francia no se tuviesen conocimientos exactos sobre la
estadística y los progresos económicos y fiscales de las Repúblicas
hispanoamericanas, con tal motivo me mostró el digno librero de los
economistas los primeros pliegos de un gran D
|iccionario
Universal, Teórico y Práctico, del Comercio y de la
Navegación, que estaba comenzando a publicar, y me hizo notar
que solo había podido procurarse tres artículos relativos a la
Nueva Granada, de ellos uno intitulado:
|Carthagéne, y eso,
por extremo deficiente, pues se fundaba en informes que databan de
1832. Comprendiendo que yo era publicista y tenía vivo interés en
hacer figurar a mi país en el Diccionario, me pidió para éste el
señor Guillaumin los artículos que tuviese a bien escribir, y a
ello accedí con mucho gusto. Ya estaban impresos los pliegos
comprendidos de la A y la B, por lo que no pude escribir, como lo
deseaba, los artículos relativos a
|Ambalema, Barranquilla,
Bogotá y Bucaramanga; pero sí alcancé a corregir muchos
errores y llenar vacíos en el artículo Carthagéne, que estaba ya en
prueba, y suministré cinco o seis más, enteramente míos o que
corregían los de otros escritores, referentes a
|Honda,
Medellín,
|Sainte Marthe y varías otras ciudades de la
Confederación Granadina.
La índole de los estudios que había hecho yo en Bogotá; la
inclinación que me había movido a cultivar simultáneamente todos
los ramos de la política y la literatura; la suma laboriosidad con
que sostenía mis variadísímas correspondencias para
|El
Comercio de Lima, -sin perjuicio de los escritos
frecuentemente enviados a
|El Tiempo y a
|El Comercio de
Bogotá y si la América y
|La Discusión de Madrid-; y
los trabajos que me había visto obligado a ejecutar en París en lo
tocante a geografía y etnografía, habían dado a mi espíritu una
dirección que, solicitando la verdad en todos los sentidos, me
apartaba de toda especialidad, seguramente con detrimento de la
fijación de mi estilo y la profundidad de mis ideas. La tendencia a
la universalidad, a los trabajos de generalización y vulgarización
de todo, tenía que serme y me ha sido perniciosa, porque,
procurando saber algo de todo, no he logrado conocer ni poseer cosa
alguna a derechas ni a fondo. El mal es ya irremediable, porque
estoy sobrado viejo para descubrir mi verdadero camino intelectual,
educar de nuevo mi espíritu y reducirme con riguroso método al
orden de estudios y trabajos que mejor pudiera convenirme.
Ello es que yo trabajaba simultáneamente en París en
numerosísimos y muy diversos campos. Allí escribí no pocas poesías,
entre ellas algunas de las mejor inspiradas, como 121 Hogar,
|El
Espíritu en la Materia,
|El Tequendama, (visto con la
memoria y la imaginación mucho mejor que de cerca con los ojos), y
|El Guardia Nacional en Hispano-América; allí escribí la
primera de las novelas, de composición formal y seria, que he
publicado:
|Las Coincidencias, que en sustancia era la
historia de mi primera juventud, y no pocos artículos de
costumbres, entre otros: La literatura fósil y
|Los
Hispano-Americanos en Europa; de allí dirigí al marqués de
Albaida una serie de cartas políticas. ("De un republicano de
Sud-América a un republicano de España"), que fueron publicadas en
|La Discusión de Madrid y años después reproduje en un
volumen en Bruselas, junto con varios
|Discursos políticos,
y a más de los pequeños trabajos que presenté a las Sociedades de
Geografía y de Etnografía, allí escribí muchos millares de páginas
sobre política, economía, estadística, literatura, crítica y
viajes, que remití a los periódicos de Lima y Bogotá con quienes
tenía compromisos como corresponsal.
Una importante observación psicológica pude hacer en aquella
época. Me sentí mucho más capaz de describir en París, con el poder
de la imaginación y la memoria, multitud de impresiones sentidas y
de objetos observados en mi país, pocos o muchos años antes; y así
lo experimenté con no pocos de mis escritos literarios y políticos.
Esta observación hecha en mí mismo me indujo a reconocer una
verdad: que las descripciones más verdaderas y vigorosas que se
hacen de los objetos que nos impresionan y que excitan fuertemente
nuestro sentimiento y nuestra imaginación, no son las que hacen a
la vista o balo el dominio inmediato de tales objetos, sino las que
se producen de lejos, cuando ellos nos dejan libres todas las
facultades de la mente, y en especial las de la percepción por
medio de la memoria, de la reflexión reposada y de la fantasía que
evoca lo lejano o ausente. Así, por ejemplo, yo he escrito, en
épocas muy apartadas, cuatro poesías dedicadas a la gran maravilla
del Salto de Tequendama, y tres de ellas han sido comenzadas en mi
cartera, teniendo a la vista aquel prodigio natural; pero la mejor
de todas, sin contradicción, es la que escribí en París, en 1859.
En el fondo de mi gabinete me alucinaba creyendo estar asomado a
mirar el abismo, a contemplar la catarata con los ojos del alma, a
oír con el corazón el trueno formidable de la gran mole de ondas
turbias que se despeñaba sobre la vertiginosa profundidad; y así
veía, concebía y admiraba más y mejor la hermosura y grandeza de un
espectáculo que, por estar a más de dos mil leguas de distancia
material, no me embargaba los sentidos... El alma es siempre más
grande y luminosa, mientras mayores son su libertad de vuelo y su
concentración o recogimiento de fuerzas.
Desde mi llegada a París en marzo de 1858, me había propuesto un
plan de estudios teóricos y prácticos, y lo puse por obra en breve
y lo seguí con perseverancia. A más de lo que habían de enseñarme
las buenas lecturas, las relaciones con hombres ilustrados, la
frecuente concurrencia a los teatros, y los viajes y excursiones
por diversas comarcas, yo esperaba sacar gran provecho de todos los
museos y exhibiciones artísticas e industriales, así como de los
cursos públicos que me propuse seguir asiduamente en la Sorbona y
en el Colegio de Francia.
En efecto, durante cerca de cuatro años pasados en Paris, en dos
épocas, de 1858 a 1862, seguí los cursos que más me interesaban, a
saber: de Derecho constitucional, Economía política y Estadística,
de Historia de la Filosofía e Historia crítica de la Literatura, y
de Física experimental, Química elemental y Fisiología. Todos estos
cursos eran dictados, por el método de lecciones orales, por
profesores muy distinguidos, tales como SaintMarc Girardin,
Baudrillart, Filarétes Chasles, Bellart y otros, y yo asistía a
ellos con vivo interés y tomaba en mi cartera, con suma rapidez,
nota de todas las enseñanzas importantes. Sin embargo, no omitiré
decir que nada nuevo ni bien interesante oí de la boca de los
profesores de Economía política y Derecho constitucional francés,
no porque estos catedráticos no fuesen muy notables, sino, porque
les era prohibido tratar ningún asunto delicado que pudiera rozarse
con la política, ni emitir ideas verdaderamente liberales. Cada
profesor de alguna ciencia política tenía que comunicar previamente
sus lecciones al Ministerio del Interior, con sujeción a la previa
censura, y soportar después, en la clase, un censor que se le
sentaba al lado, pronto a contarle la palabra y llamarle al orden,
si se excedía en algo de lo que debía decir conforme a la lección
aprobada, Poco era, pues, lo que yo podía aprender, en materias
políticas, con los profesores del Imperio.
También asistí con frecuencia a unas
|Conferencias
libres que organizaron algunos pensadores republicanos, en un salón
de la calle de la Paz, con el propósito de difundir ideas avanzadas
y exhibir y popularizar a ciertos escritores y oradores que no
hallaban modo de sostener sus doctrinas por la prensa ni en la
tribuna pública. El Gobierno toleró aquellas Conferencias por algún
tiempo, y el señor Leroy, que las dirigía y era uno de mis
relacionados de las tertulias de Mr. Jules Simon, me instó para
que, por mi parte, hiciese algunas sobre la naturaleza y costumbres
tropicales de América y las instituciones de las Repúblicas
hispanoamericanas Al cabo, aunque con algún temor de que mi
pronunciación francesa pareciese algo defectuosa, accedí a la
invitación de Mr. Leroy, y ya tenía yo preparadas las dos primeras
de tres conferencias que me proponía hacer, cuando el Gobierno
prohibió la institución, considerándola oposicionzota, y mandó
cerrar el salon oposicionista, y mandó cerrar el salón.
Muchas ocasiones tuve en las Sociedades de Geografía y
Etnografía y en el círculo de las Sociedades sabias, de improvisar
pequeños discursos en francés, y generalmente salía bien del paso,
porque tenía la ventaja, a más de expresarme en todo caso con brío
y confianza, -lo que agrada mucho a los franceses-, de emplear
siempre locuciones de libro, nada vulgares, precisamente porque no
había aprendido la lengua francesa en Francia, sino en mi país,
estudiando buenos libros, casi todos clásicos, y reservándole para
adquirir en París la pronunciación correcta y los modismos del
idioma. En un gran banquete de aniversario que celebramos los
miembros de la Sociedad de Geografía en el hotel del Louvre,
improvisé un discurso completo sobre la importancia y los frutos de
las ciencias y los trabajos y descubrimientos geográficos, y tuve
la doble fortuna de que me aplaudiesen y felicitasen mucho todos
mis cofrades (que eran como ciento veinte presentes), y mandasen
publicar, en un diario de París y en el
|Boletín, mi
discurso, recogido por la estenografía.
Bien que el conocimiento de una civilización tan adelantada como
la que tiene su centro en París requiere largos años de observación
y estudio, yo comenzaba, casi a mediados de 1860, a sentir el deseo
de trasladarme a Londres, no porque esta residencia pudiera serme
más grata ni provechosa que la de la capital francesa, sino porque
creía necesario a la educación de mi espíritu el estudio de las
costumbres y principales instituciones británicas, y una
concienzuda comparación de los hechos sociales más culminantes de
Inglaterra y Francia.
Algunas circunstancias domésticas me indujeron a ejecutar
prontamente el propósito de trasladar mi domicilio a Londres. Mi
conducta civil era de todo punto irreprensible, y ningún pretexto
podía ofrecer para que la policía imperial se ocupase en lo que yo
hiciera o dejara de hacer, ni menos para hacerme objeto de sus
inquisitoriales maniobras. Pero yo había continuado escribiendo con
entera independencia de investigación, narración y criterio todas
las correspondencias que enviaba a Lima; y como yo nada ocultaba de
lo que descubría y mis juicios eran generalmente contrarios al
Gobierno de Napoleón III y a su familia, seguramente el Ministro
francés residente en París había vuelto a señalarme como un
adversario de pluma, y acaso por este motivo la policía me
vigilaba.
Un día cambiamos en casa de cocinera, y a poco se notó que la
nuevamente recibida escribía mucho todas las noches y procuraba
ocultarlo. Después fue sorprendida tres o cuatro veces registrando
los papeles de mi escritorio, con pretexto de arreglar mi gabinete;
y un día la criada niñera que teníamos la vio en el jardín del
Luxemburgo conversando como en secreto con un comisario de policía.
Días después, a mi vez, alcancé a ver en el mismo jardín a otro
corchete, jayán buen mozo y bien formado, galanteando o fingiendo
galantear a la niñera, muchacha inglesa que habíamos tomado a
nuestro servicio en Southampton, hacía más de dos años; lo que me
hizo sospechar que, con pretexto de amorcejos, la policía trataba
de meterse indirectamente en mi domicilio. Repetidas veces noté que
cartas de la ciudad que me llevaba el cartero, tenían señales
patentes de haber sido despegadas y abiertas antes de llegar a mis
manos. Por último, un día la portera, excelente mujer que nos había
cogido cariño y mimaba mucho a mis hijas, me reveló que un
comisario de policía había ido al zaguán de la casa a interrogarla
mañosamente sobre todos los actos de mi vida privada, y
particularmente quiénes me visitaban, a qué periódicos y revistas
estaba suscrito, en qué me ocupaba ordinariamente, y si yo tenía
relaciones con personas importantes, o con italianos u otros
extranjeros sospechosos.
Las respuestas de la portera fueron excelentes en mi favor; la
cocinera escritora fue despedida, y la niñera nada importante podía
decir, porque entendía y hablaba poquísimo el francés; pero de
todos modos era evidente que la policía trataba de incomodarme con
su vigilancia, llevada hasta la nimiedad, -pues yo no tenía
importancia alguna para merecer tal celo-; y esto me movió a
resolver mi inmediata traslación a Inglaterra para vivir tranquilo.
Yo tenía concertado con mi esposa nuestro gran viaje de tres meses
por Alemania, Austria, Hungría, Holanda, etc., del cual he dado
idea en uno de los últimos capítulos. Así, dejé a Soledad por unos
días en casa de Mme. Duhamel, me fui con mí madre y mis hijas para
Inglaterra, dejándolas en un
|lodging o casa de alojamiento
en familia, en
|Balham, no lejos de Londres, torné a París
a juntarme con mi esposa, tomamos la vía de Metz, en dirección
hacia el Rhin, hicimos nuestra larga excursión, que duró tres
meses, y al cabo, bajando por el Escalda, atravesando el mar del
Norte y remontando el Támesis, fuimos a establecernos en Londres,
tomando allí en alquiler una casa completa, amoblada, al frente de
los hermosos jardines de
|Sloane Square.
En Londres íbamos a tener muy pocas relaciones, pero también
íbamos a contar con algunas ventajas. Por una parte, la vida
independiente, como en casa propia, pues allí no vive uno, si tiene
familia, acuartelado con muchas gentes extrañas en una sola casa de
cinco, seis o más pisos, como sucede en París, sino en domicilio
exclusivo, desde el sótano de la cocina hasta la
|nursery
(habitación de los niños) del tercer o cuarto piso; y por otra, en
Londres, tenía yo la seguridad de vivir en un país libre y de
garantías, donde nadie habría de incomodarme en tanto que yo
respetase la ley y viviese como un hombre inofensivo. En lo tocante
a relaciones, mi familia iba a tener las de numerosos y muy
respetables parientes de mi suegra, establecidos en Inglaterra; las
de Mr. Illigworth y su familia, que habían residido en Bogotá y nos
estimaban cordialmente; las del respetable señor don Manuel María
Mosquera y su dignísima señora, dama encantadora, y las de algunos
compatriotas establecidos en Londres por negocios de comercio, amén
de dos casas de comisionistas a cuyos buenos servicios iba yo
recomendado.
Muy pocas semanas hacía que me hallaba en Londres, cuando tuve
ocasión de ocuparme en nuevos trabajos. Por una parte, el día menos
pensado recibí carta muy atenta de un gran editor geógrafo de
Glasgow, en la cual me pedía el servicio de corregirle lo mejor
posible los mapas de las tres repúblicas de la antigua Colombia y
de Centro-América, que hacían parte de un Atlas completo que iba a
publicar; y en efecto, me envió los mapas -en mucha parte
defectuosos, por no estar al corriente con la nueva situación
geográfica de las tres repúblicas colombianas-, y se los devolví
con todas las correcciones que fui capaz de hacerles. Este mismo
servicio hice a Colombia en 1862, con ocasión de otro Atlas que
publicó en París Mr. Garnier, mi respetable amigo y colega de la
Sociedad de Geografía.
Por otra parte, acababan de fundar en Londres, con el título de
|El Español de Ambos
|Mundos, un periódico en
castellano, destinado a servir de órgano de publicidad y
comunicación fraternal entre los pueblos de raza española de los
dos mundos. Sus redactores, que eran un estimable chileno y dos
españoles (don José María Mora, hijo del eminente literato
americano don José Joaquín, y el ilustrado crítico y lingüista
señor Benjumea) tuvieron la galantería de invitarme, por medio de
una carta, a colaborar en su periódico; y yo no me hice rogar,
porque hacía algún tiempo que maduraba las ideas y el plan de un
trabajo histórico-crítico relativo a la educación colonial recibida
por los pueblos de Hispano-América y a sus revoluciones, así de la
Independencia, como intesinas mas posteriores. Escribí, en efecto,
una serie metódica y continua de diez y siete artículos, que di a
luz en
|El Español de Ambos Mundos, y con ellos, ordenados
en un volumen, compuse una de mis mejores obras
|
[1]
; incorrecta, sin duda, como eran
entonces mis escritos, pues yo estaba tontamente reñido con los
puristas castellanos, pero incuestionablemente original, sincera,
vigorosa y de tendencias verdaderamente históricas. Así lo digo,
porque para mí la historia sin filosofía ni crítica es mera
crónica, de incompleta verdad y escasa enseñanza.