VARIAS EXCURSIONES
Si París es un inmenso conjunto de maravillas de todo linaje, y
el receptáculo de todo lo que el mundo civilizado puede producir en
literatura, ciencias, política, modas, diversiones y
encantamientos, -circunstancias que, más que la capital de Francia,
hacen de aquella admirable ciudad la capital del mundo culto y el
centro cosmopolita por excelencia-; si París contiene mil y mil
seducciones para todos los espíritus y todos los temperamentos y
caracteres, y muchos años de atenta observación no lo dan a conocer
por completo, hay en sus alrededores numerosísimas localidades que
atraen también, con sobrada razón, las curiosas y atentas miradas
del viajero.
No solo hay mucho que ver y observar en Chantilly, Montmorency,
Sceaux, SaintCloud, San Dionisio, Charenton, Vicennes y muchos
otros lugares, ya simplemente bellos o pintorescos, ya interesantes
en los puntos de vista histórico, científico y artístico, sino que
con solo visitar a Versalles, San Germán y Fontainebleau hay asunto
para interesantísimos estudios, entretenimientos y observaciones.
No es mi ánimo emitir concepto sobre las bellas obras de arte que
vi en aquellos palacios, tan engrandecidos por las creaciones del
genio como por acontecimientos históricos de suma trascendencia;
pues en lo tocante a bellas artes apenas tengo el gusto artístico
necesario para mi propio gasto, y soy incompetente para emitir
juicios críticos que no sean plagios, ridículos a mis ojos como a
los ajenos.
La impresión que me causaban los monumentos y museos que
contemplaba era profunda, así en París como en las demás ciudades;
pero siempre deducía de la observación de aquellas maravillas una
consecuencia filosófica en favor del espiritualismo que estaba en
el fondo de mi alma, a pesar de las ideas adquiridas desde 1846 con
la lectura de los enciclopedistas. Yo encontraba en todas las obras
maestras del arte, ya fuesen de música o pintura, de arquitectura o
de escultura, la explicación o el verdadero sentido de la gran
palabra del Génesis, que tanto ha servido de pretexto a los
incrédulos para imputar el vicio de antropomorfismo a la teogonía
bíblica y cristiana: "Dios hizo al hombre a su imagen y
semejanza".
¿Qué le hizo para hacerle a su semejanza? Le hizo
|creador. No creador omnipotente, porque así le habría
hecho su igual, y no su semejante; pero sí creador limitado,
relativo, en su restringido campo de maravillosa actividad. No crea
el hombre la belleza, la fuerza, la vida, la verdad, porque éstas
residen en todo lo creado, inclusive el alma que las lleva en su
propia naturaleza, las siente, las concibe, las comprende y explica
y las reproduce en inmortales manifestaciones. El poder de
reproducirse en un lienzo, de inmortalizar el sentimiento en una
sinfonía, de hacer palpitar un gran pensamiento en un palacio, un
arco triunfal o un templo, de dar vida y alma a la piedra,
convertida en estatua de finísimos contornos, ese es el poder
creador; así como lo es el del poeta, el del orador, el del
escritor y el sabio que crean las más acabadas formas para la
expresión de los más profundos y verdaderos pensamientos, o
descubren los maravillosos secretos de la Naturaleza y las
combinaciones que puede tener la aplicación de las fuerzas
residentes en todo lo creado.
El palacio de Versalles, con su inmensidad, sus primores de arte
y sus encantadoras seducciones, me ofrecía asunto para una
comparación muy natural. Los déspotas y tiranos mandan construir
magníficos monumentos, creyendo perpetuar con ellos no solamente su
memoria, sino también su obra política y social; y al llevar a cabo
sus inspiraciones, principalmente personales, agotan sus tesoros y
esfuerzos para crear sus obras, que han de producir el
deslumbramiento de los pueblos... Pasan los tiempos, los
acontecimientos se suceden, a las veces produciendo grandes
catástrofes, en ocasiones grandes beneficios, y a la postre, de la
obra de los déspotas solo subsiste lo que no les pertenece: lo que
es solamente inspiración y creación del genio! El despotismo se
desploma, como un andamio artificial y falso que sirvió para
levantar el monumento, y éste vive y llama la atención del mundo,
no como testimonio del poder de los déspotas, sino como prueba
irrecusable del fecundo poder del ingenio humano, enteramente
creador, libre y verdadero...
Impresión muy rara y enteramente nueva me causaron los grandes
bosques y florestas que rodeaban los palacios de Versalles, San
Germán, Fontainebleau, etc. Yo no tenía idea sino de los bosques
primitivos, de las vastas selvas de Colombia, en cuyo seno todo es
obra de la Naturaleza, sin que el arte haya introducido ninguna de
sus creaciones; selvas exuberantes y bravías cuya asombrosa
magnificencia y prodigiosa riqueza y variedad de árboles y
arbustos, lejos de comprobar el poder del hombre comprueban SU
debilidad en nuestras inmesas y desiertas comarcas. En éstas, el
hombre es todavía esclavo de la naturaleza; es de ordinario su
tributario impotente y su víctima, por falta de ciencia y arte, que
son los verdaderos elementos de la fuerza humana... El jaguar, el
puma y el oso negro, el ciervo y el tapir se pasean libremente por
entre las enmarañadas selvas de Colombia, y son los soberanos de la
soledad.
No así en las florestas y selvas de la civilizada. Europa, y
particularmente de la Europa central y Occidental. En ellas, salvo
la selva Negra, todo está civilizado y como hecho a escuadra y
compás. Allí el arte se combina con la Naturaleza para obtener, a
voluntad del hombre, cuanto se quiere para hermosear la tierra, sin
exuberancia ni salvajismo alguno. Todo es correcto y esmerado: los
caminos son como calles, y los senderos tienen el aspecto de líneas
trazadas con ingenio y abiertas con artificio; todo es hermoso y
magnífico; pero la hermosura tiene orden y regularidad, y en la
magnificencia hay suavidad, proporción y simetría. Así entre las
selvas de Colombia y las florestas de Francia, Inglaterra, España,
etc., hay la misma diferencia que entre los hombres políticos, los
gobiernos y las instituciones, y lo que en América impresiona y
abruma, por la majestad de lo naturalmente enorme y grandioso, pero
espontáneo, desordenado y excesivo, en Europa encanta, por la
gracia de lo artístico, regular y acompasado.
De todas las excursiones que hice en Francia, ya hacia varios
puertos, como el Havre, Boloña, Dieppe y Calaís, ya hacia muchas
pequeñas ciudades y localidades circunvecinas de París, ninguna me
causó mayor agrado que la hecha por el centro de los departamentos
franceses, en dirección hacia el Sur, con el propósito de visitar
la Auvernia, antigua provincia, según la nomenclatura monárquica,
de la cual han salido, en todo o en parte, los actuales
departamentos del Puy-de-Dóme y Cantal.
Mucho se burlan los franceses de sus compatriotas les
|auvergnats, ya a causa del dialecto que hablan, que es un
francés muy corrompido, con numerosas reminiscencias del latín de
la época de César y algunas palabras castellanas que han
degenerado; ya porque los pobres de la Auvernia, un tanto nómadas
por la necesidad de salir a buscarse la vida en París y otras
grandes ciudades, ejercen allí por lo común la profesión de mozos
de cordel, lo que les da la triste ventaja de ser sumamente
conocidos como insignes veteranos en el oficio de lleva y trae o
mandaderos de todo el mundo. Pero el pueblo auvernés no me pareció
merecedor de burla alguna, porque es característicamente honrado,
laborioso y sufrido; y su rudeza misma, particularmente manifiesta
en las comarcas montañosas, le imprime cierto carácter de
originalidad interesante,
La Auvernia se compone de dos regiones muy distintas: una de
llanuras, entrecortadas a trechos por altas colinas, como lo es la
vecina comarca de Vichy -regiones donde predomina la agricultura,
muy valiosa, por cierto, pues se cultivan en vasta escala trigos,
remolachas y vides-; y otra de montañas, donde abundan las fuentes
de aguas minerales, los árboles frutales, como el castaño, el
cerezo y el peral corpulentos y el nogal, y se mantienen en
praderas naturales numerosos rebaños de ganados diversos,
principalmente vacuno... No se comprende cómo los franceses, tan
aficionados a viajar por Suiza y otros países pintorescos, miran
con indiferencia su Auvernia, o ignoran lo que ésta vale como país
admirablemente variado en su naturaleza, interesante en los puntos
de vista geológico e histórico, y digno de muy atenta observación.
A lo sumo los que, por achaques de salud o por moda, frecuentan
algo los distritos donde se hacen curas hídrotermales, visitan y
dan animación a lugares como Vichy, San Nectario, Royat y Mont Dor,
donde abundan multitud de fuenles minerales, unas propias para
bebidas y baños saludables, y otras solo adecuadas para producir
curiosas e interesantes petrificaciones artificiales.
Al propio tiempo que yo deseaba conocer la Auvernia -país donde
subsisten tradiciones muy notables de la época de la dominación
romana, de la cual quedan muy curiosas iglesias que datan de los
siglos VII a XI-, tenía como uno de mis principales objetos el de
visitar a mis amigos Mazelhier Blatin y Dufour Doubesset, con
quienes había viajado muy agradablemente por las Andalucías. El
primero residía en Clermont-Ferrand, capital del departamento del
Puy-de-Dóme, y el segundo en Thiers, pequeña ciudad que es en
Francia, aunque en mucho menor escala, la que desempeña el papel de
la Sheffield de Inglaterra, por su fina fabricación de tijeras,
cuchillería y muchos artículos de hierro y acero.
Alojado sucesivamente en las casas de mis dos amigos, y tratado
por ellos y sus familias con exquisita cordialidad y franqueza,
tuve ocasión de conocer dos de los aspectos más simpáticos de la
sociedad francesa: la vida y costumbres de la clase media en las
pequeñas ciudades, donde no reina la tiranía de las modas ni se
vive con el artificio y bullicio de las grandes capitales; y la
vida verdaderamente campestre tal como se manifiesta en las
haciendas o fermes, grandes o pequeñas, y en las aldeas y
poblaciones enteramente rurales, Forme idea bastante exacta de lo
que es el francés de la cláse media que vive con sencillez, sin el
estiramiento ni la vanidad de las gentes que habitan las ciudades
cortesanas. El francés de aquellas condiciones se distingue
particularmente por su buen sentido, su tenaz adhesión al terruño,
su vivo interés por los asuntos locales, su patriotismo
inquebrantable, mezclado de cierta vanidad nacional y provincial,
su afición constante a la discusión -pero no sostenida con
regularidad y método, sino contradictoria, animada por la rapidez
de la respuesta y la réplica, y de ordinario intolerante y
sistemática-, su escasa versación en la geografía, la literatura y
la política y estadística de los países extranjeros, su inclinación
a esperarlo todo del gobierno, en lo tocante a los intereses
sociales, su tendencia a la agudeza o los juegos del espíritu, con
notable preferencia dada frecuentemente a las formas del lenguaje,
su disposición a la rutina en la industria, la política, la
administración pública y la vida de familia, su pasión por la
igualdazl democrática, aun con detrimento de la libertad individual
y política, su deliberada disposición a considerar el matrimonio
como un contrato y asunto de cálculo y posición mucho más que como
sacramento ni combinación vitalicia de afectos profundos no
poéticos, su facilidad de conversación y de acceso en las
relaciones, su deliciosa galantería de maneras y lenguaje, y su
disposición al trato fácil y amable, que hacen de la sociedad
francesa, en todas sus clases, la más simpática y realmente
hospitalaria de toda Europa.
No solamente me complací mucho en Auvernia con la visita hecha a
muy curiosos monumentos y el trato de una parte de la buena
sociedad de la clase media
|
[1]
, sino que a más de los
objetos interesantes observados en Clermont-Ferrand, mis amigos me
procuraron deliciosas impresiones, ya haciéndome conocer unas
cuantas fábricas muy importantes, ya acompañándome en muy variadas
excursiones, ora en dirección hacia Riom y sus cercanías, ora hacía
Thiers (la
|Ville noire descrita en una interesante novela
de Jorge Sand), ora dando la vuelta de Issoire, San Nectario, el
castillo de Murol, el
|Mont Dor y el Puy-de-Dóme, vasto
cráter apagado de un extinguido volcán, ora, en fin, hacía las
aguas de Royart y las montañas vecinas.
A más de una considerable refinería de azúcar de remolacha, que
visité en la llanura, no muy lejos de Riom, tuve ocasión de
observar todos los trabajos de una fábrica de artículos de caucho,
de otra de papel, de una, existente en Clermont-Ferrand, de zapatos
de madera, y de varias que producen gran cantidad de pastas
alimenticias, dulces y confites. Algunos de aquellos
establecimientos industriales (inclusive la
|Fontaine
pétrifiante que existe en un arrabal de la ciudad) me llamaron
particularmente la atención.
Es sumamente curioso ver cómo en una fábrica de papel, en pocas
horas se transforma la materia, convirtiéndose lo inmundo, fétido y
vil en admirable, a virtud del maravilloso poder de las máquinas de
vapor. Comienza uno por ver despedazar los trapos más asquerosos,
recolectados de entre las familias y gentes más miserables -harapos
que representan el colmo del infortunio social y de la inmundicia
humana-; los ve después hervir en grandes calderas para quedar
purificados y convertidos en una masa plástica; en seguida los
encuentra convertidos en un liquido lechoso transparente y
purísimo, que va transformándose a ojos vistas en una inacabable
tira muy ancha de papel; y cortada ésta por una máquina en hojas
iguales, aparece luego lo que fue vil paja y asqueroso montón de
trapos, pronto a recibir, en resmas de magnífico papel, la
expresión de la cosa más grande, sublime y fecunda en el orden de
lo relativamente pasajero: ¡del pensamiento humano!
No menos curioso, descendiendo a otro modo de producción
industrial -es decir, de lo que sirve a los pies, en lugar dé lo
que sirve al pensamiento creador-, es el trabajo de una fábrica de
calzado de madera. En casi toda Francia la gente pobre, sobre todo
la campesina y de las pequeñas poblaciones, calza grandes zapatos
de madera; calzado muy sencillo, muy durable y de poco costo: 2 a 4
francos el par de zapatos, reducidos a la suela, la capellada y un
talón bajo, todo de una pieza; y es curioso ver con qué facilidad
se camina y aun se corre con aquel calzado enteramente suelto,
cuando se adquiere el hábito de usarlo. Tiene la ventaja también de
ser muy seco, aun transitando por el lodo, y juzgo que nada sería
más benéfico que su fabricación y uso en Colombia.
Las maderas que se aplican para fabricar este calzado son los
troncos y ramas gruesas de viejos nogales, cerezos y castaños; y es
verdaderamente maravilloso ver en la fábrica, que en pocos minutos
lo que entra bajo el diente de la sierra, en la forma de grueso y
tosco tronco, queda en el último salón convertido en muchos pares
de zapatos perfectamente perfilados, alisados y barnizados, a punto
de ser dados a la venta, ¡Cuán grande no se ve así el pensamiento
humano, obrando con la irresistible precisión de la sierra, del
berbiquí, del formón y el escoplo, del compás y la escuadra y de
otros instrumentos, servidos por la fuerza del vapor y la infalible
sabiduría de la mecánica!
La Auvernia, país de formación volcánica en gran parte, tiene,
por causa de esta formación, no solamente muchísimas fuentes de
saludable uso, así para beber sus aguas como para baños, sino
también algunas que, llevando en disolución fosfato de cal, azufre
y otras sustancias, producen las más curiosas petrificaciones y
sirven de fundamento a una industria que, si es limitada en su
desarrollo, no carece de importancia. Las más notables de estas
fuentes son las de Clermont y San Nectario. Las aguas surgen de
hondas cavidades, y al salir al aire libre son recibidas en
escaleras y otros aparatos convenientemente dispuestos para que,
cayendo gota a gota sobre moldes de metal o de madera, o pequeños
cestos u otros objetos artificialmente aderezados, vayan
convirtiéndose en petrificaciones. No pocos artistas se ocupan de
grabar retratos, bajos relieves, bustos y figuras diversas, así en
metal como en madera, en los huecos de los cuales se va incrustando
el líquido mineral que ha de producir la petrificación, y así se
obtienen obras de arte muy preciosas que luego reciben esmerado
pulimento.
Tengo muy vivo recuerdo de ciertas impresiones sentidas en
Auvernia, ora al bañarme en el lago de Murol o coronar las más
altas cumbres de las montañas de aquel bello país, ora al transitar
por sus bosques, entre Mont Dor y Clermont-Ferrand, al reposarme,
arriba del pintoresco Royal y los vecinos caseríos, a la sombra de
espesos grupos de magníficos castaños. Una triple emoción me
dominaba profundamente: por una parte, me sentía tan lejos de mi
patria, aún más en el sentido moral que en el material, y tan solo,
tan aislado, no obstante la compañía de mis amigos de
Clermont-Ferrand, que me parecía estar como separado de todo el
mundo conocido y cual sí habitara otro planeta; por otra, junto con
aquella idea de aislamiento y soledad, que me causaba melancolía,
experimentaba una especie de alivio íntimo, puramente del alma, al
poder abstraerme de los recuerdos políticos -de todo lo que me
había agitado o amargado la vida-, como si mi ser moral quisiera
reconstituírse en una nueva existencia; y en fin, al contemplar
aquellos bosques y paisajes, aquellas cumbres y crestas de montañas
y elevadas planicies, si bien me parecían objetos nuevos y
pintorescos y en todos hallaba estampado el sello de la
civilización, se me antojaban enanos y raquíticos, al compararlos
mentalmente con los salvajes pero grandiosos aspectos de las
montañas de Colombia...
De esta suerte, había en los movimientos simultáneos de mi alma
una mezcla de reminiscencias patrióticas, dulces unas, dolorosas
otras, y aspiraciones a una nueva vida moral e intelectual; y esto
era seguramente fruto de la nueva educación, así objetiva como de
variadas y sólidas lecturas, que mi espíritu iba recibiendo en el
seno de las sociedades europeas... El hombre esencialmente
americano comenzaba a ceder el paso, en mi ser moral, cuando ya
casi se despedía de la primera juventud, al hombre cosmopolita,
modificado por las enseñanzas del Viejo Mundo, que comenzaba a
entrar en la madurez de sus impresiones y pensamientos.