INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
VARIAS EXCURSIONES
 

 

Si París es un inmenso conjunto de maravillas de todo linaje, y el receptáculo de todo lo que el mundo civilizado puede producir en literatura, ciencias, política, modas, diversiones y encantamientos, -circunstancias que, más que la capital de Francia, hacen de aquella admirable ciudad la capital del mundo culto y el centro cosmopolita por excelencia-; si París contiene mil y mil seducciones para todos los espíritus y todos los temperamentos y caracteres, y muchos años de atenta observación no lo dan a conocer por completo, hay en sus alrededores numerosísimas localidades que atraen también, con sobrada razón, las curiosas y atentas miradas del viajero.

No solo hay mucho que ver y observar en Chantilly, Montmorency, Sceaux, SaintCloud, San Dionisio, Charenton, Vicennes y muchos otros lugares, ya simplemente bellos o pintorescos, ya interesantes en los puntos de vista histórico, científico y artístico, sino que con solo visitar a Versalles, San Germán y Fontainebleau hay asunto para interesantísimos estudios, entretenimientos y observaciones. No es mi ánimo emitir concepto sobre las bellas obras de arte que vi en aquellos palacios, tan engrandecidos por las creaciones del genio como por acontecimientos históricos de suma trascendencia; pues en lo tocante a bellas artes apenas tengo el gusto artístico necesario para mi propio gasto, y soy incompetente para emitir juicios críticos que no sean plagios, ridículos a mis ojos como a los ajenos.

La impresión que me causaban los monumentos y museos que contemplaba era profunda, así en París como en las demás ciudades; pero siempre deducía de la observación de aquellas maravillas una consecuencia filosófica en favor del espiritualismo que estaba en el fondo de mi alma, a pesar de las ideas adquiridas desde 1846 con la lectura de los enciclopedistas. Yo encontraba en todas las obras maestras del arte, ya fuesen de música o pintura, de arquitectura o de escultura, la explicación o el verdadero sentido de la gran palabra del Génesis, que tanto ha servido de pretexto a los incrédulos para imputar el vicio de antropomorfismo a la teogonía bíblica y cristiana: "Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza".

¿Qué le hizo para hacerle a su semejanza? Le hizo |creador. No creador omnipotente, porque así le habría hecho su igual, y no su semejante; pero sí creador limitado, relativo, en su restringido campo de maravillosa actividad. No crea el hombre la belleza, la fuerza, la vida, la verdad, porque éstas residen en todo lo creado, inclusive el alma que las lleva en su propia naturaleza, las siente, las concibe, las comprende y explica y las reproduce en inmortales manifestaciones. El poder de reproducirse en un lienzo, de inmortalizar el sentimiento en una sinfonía, de hacer palpitar un gran pensamiento en un palacio, un arco triunfal o un templo, de dar vida y alma a la piedra, convertida en estatua de finísimos contornos, ese es el poder creador; así como lo es el del poeta, el del orador, el del escritor y el sabio que crean las más acabadas formas para la expresión de los más profundos y verdaderos pensamientos, o descubren los maravillosos secretos de la Naturaleza y las combinaciones que puede tener la aplicación de las fuerzas residentes en todo lo creado.

El palacio de Versalles, con su inmensidad, sus primores de arte y sus encantadoras seducciones, me ofrecía asunto para una comparación muy natural. Los déspotas y tiranos mandan construir magníficos monumentos, creyendo perpetuar con ellos no solamente su memoria, sino también su obra política y social; y al llevar a cabo sus inspiraciones, principalmente personales, agotan sus tesoros y esfuerzos para crear sus obras, que han de producir el deslumbramiento de los pueblos... Pasan los tiempos, los acontecimientos se suceden, a las veces produciendo grandes catástrofes, en ocasiones grandes beneficios, y a la postre, de la obra de los déspotas solo subsiste lo que no les pertenece: lo que es solamente inspiración y creación del genio! El despotismo se desploma, como un andamio artificial y falso que sirvió para levantar el monumento, y éste vive y llama la atención del mundo, no como testimonio del poder de los déspotas, sino como prueba irrecusable del fecundo poder del ingenio humano, enteramente creador, libre y verdadero...

Impresión muy rara y enteramente nueva me causaron los grandes bosques y florestas que rodeaban los palacios de Versalles, San Germán, Fontainebleau, etc. Yo no tenía idea sino de los bosques primitivos, de las vastas selvas de Colombia, en cuyo seno todo es obra de la Naturaleza, sin que el arte haya introducido ninguna de sus creaciones; selvas exuberantes y bravías cuya asombrosa magnificencia y prodigiosa riqueza y variedad de árboles y arbustos, lejos de comprobar el poder del hombre comprueban SU debilidad en nuestras inmesas y desiertas comarcas. En éstas, el hombre es todavía esclavo de la naturaleza; es de ordinario su tributario impotente y su víctima, por falta de ciencia y arte, que son los verdaderos elementos de la fuerza humana... El jaguar, el puma y el oso negro, el ciervo y el tapir se pasean libremente por entre las enmarañadas selvas de Colombia, y son los soberanos de la soledad.

No así en las florestas y selvas de la civilizada. Europa, y particularmente de la Europa central y Occidental. En ellas, salvo la selva Negra, todo está civilizado y como hecho a escuadra y compás. Allí el arte se combina con la Naturaleza para obtener, a voluntad del hombre, cuanto se quiere para hermosear la tierra, sin exuberancia ni salvajismo alguno. Todo es correcto y esmerado: los caminos son como calles, y los senderos tienen el aspecto de líneas trazadas con ingenio y abiertas con artificio; todo es hermoso y magnífico; pero la hermosura tiene orden y regularidad, y en la magnificencia hay suavidad, proporción y simetría. Así entre las selvas de Colombia y las florestas de Francia, Inglaterra, España, etc., hay la misma diferencia que entre los hombres políticos, los gobiernos y las instituciones, y lo que en América impresiona y abruma, por la majestad de lo naturalmente enorme y grandioso, pero espontáneo, desordenado y excesivo, en Europa encanta, por la gracia de lo artístico, regular y acompasado.

De todas las excursiones que hice en Francia, ya hacia varios puertos, como el Havre, Boloña, Dieppe y Calaís, ya hacia muchas pequeñas ciudades y localidades circunvecinas de París, ninguna me causó mayor agrado que la hecha por el centro de los departamentos franceses, en dirección hacia el Sur, con el propósito de visitar la Auvernia, antigua provincia, según la nomenclatura monárquica, de la cual han salido, en todo o en parte, los actuales departamentos del Puy-de-Dóme y Cantal.

Mucho se burlan los franceses de sus compatriotas les |auvergnats, ya a causa del dialecto que hablan, que es un francés muy corrompido, con numerosas reminiscencias del latín de la época de César y algunas palabras castellanas que han degenera­do; ya porque los pobres de la Auvernia, un tanto nómadas por la necesidad de salir a buscarse la vida en París y otras grandes ciudades, ejercen allí por lo común la profesión de mozos de cordel, lo que les da la triste ventaja de ser sumamente conocidos como insignes veteranos en el oficio de lleva y trae o mandaderos de todo el mundo. Pero el pueblo auvernés no me pareció merecedor de burla alguna, porque es característicamente honrado, laborioso y sufrido; y su rudeza misma, particularmente manifiesta en las comarcas montañosas, le imprime cierto carácter de originalidad interesante,

La Auvernia se compone de dos regiones muy distintas: una de llanuras, entrecortadas a trechos por altas colinas, como lo es la vecina comarca de Vichy -regiones donde predomina la agricultura, muy valiosa, por cierto, pues se cultivan en vasta escala trigos, remolachas y vides-; y otra de montañas, donde abundan las fuentes de aguas minerales, los árboles frutales, como el castaño, el cerezo y el peral corpulentos y el nogal, y se mantienen en praderas naturales numerosos rebaños de ganados diversos, principalmente vacuno... No se comprende cómo los franceses, tan aficionados a viajar por Suiza y otros países pintorescos, miran con indiferencia su Auvernia, o ignoran lo que ésta vale como país admirablemente variado en su naturaleza, interesante en los puntos de vista geológico e histórico, y digno de muy atenta observación. A lo sumo los que, por achaques de salud o por moda, frecuentan algo los distritos donde se hacen curas hídrotermales, visitan y dan animación a lugares como Vichy, San Nectario, Royat y Mont Dor, donde abundan multitud de fuenles minerales, unas propias para bebidas y baños saludables, y otras solo adecuadas para producir curiosas e interesantes petrificaciones artificiales.

Al propio tiempo que yo deseaba conocer la Auvernia -país donde subsisten tradiciones muy notables de la época de la dominación romana, de la cual quedan muy curiosas iglesias que datan de los siglos VII a XI-, tenía como uno de mis principales objetos el de visitar a mis amigos Mazelhier Blatin y Dufour Doubesset, con quienes había viajado muy agradablemente por las Andalucías. El primero residía en Clermont-Ferrand, capital del departamento del Puy-de-Dóme, y el segundo en Thiers, pequeña ciudad que es en Francia, aunque en mucho menor escala, la que desempeña el papel de la Sheffield de Inglaterra, por su fina fabrica­ción de tijeras, cuchillería y muchos artículos de hierro y acero.

Alojado sucesivamente en las casas de mis dos amigos, y tratado por ellos y sus familias con exquisita cordialidad y franqueza, tuve ocasión de conocer dos de los aspectos más simpáticos de la sociedad francesa: la vida y costumbres de la clase media en las pequeñas ciudades, donde no reina la tiranía de las modas ni se vive con el artificio y bullicio de las grandes capitales; y la vida verdaderamente campestre tal como se manifiesta en las haciendas o fermes, grandes o pequeñas, y en las aldeas y poblaciones enteramente rurales, Forme idea bastante exacta de lo que es el francés de la cláse media que vive con sencillez, sin el estiramiento ni la vanidad de las gentes que habitan las ciudades cortesanas. El francés de aquellas condiciones se distingue particularmente por su buen sentido, su tenaz adhesión al terruño, su vivo interés por los asuntos locales, su patriotismo inquebrantable, mezclado de cierta vanidad nacional y provincial, su afición constante a la discusión -pero no sostenida con regularidad y método, sino contradictoria, animada por la rapidez de la res­puesta y la réplica, y de ordinario intolerante y sistemática-, su escasa versación en la geografía, la literatura y la política y estadística de los países extranjeros, su inclinación a esperarlo todo del gobierno, en lo tocante a los intereses sociales, su tendencia a la agudeza o los juegos del espíritu, con notable preferencia dada frecuentemente a las formas del lenguaje, su disposición a la rutina en la industria, la política, la administración pública y la vida de familia, su pasión por la igualdazl democrática, aun con detrimento de la libertad individual y política, su deliberada disposición a considerar el matrimonio como un contrato y asunto de cálculo y posición mucho más que como sacramento ni combinación vitalicia de afectos profundos no poéticos, su facilidad de conversación y de acceso en las relaciones, su deliciosa galantería de maneras y lenguaje, y su disposición al trato fácil y amable, que hacen de la sociedad francesa, en todas sus clases, la más simpática y realmente hospitalaria de toda Europa.

No solamente me complací mucho en Auvernia con la visita hecha a muy curiosos monumentos y el trato de una parte de la buena sociedad de la clase media | [1] , sino que a más de los objetos interesantes observados en Clermont-Ferrand, mis amigos me procuraron deliciosas impresiones, ya haciéndome conocer unas cuantas fábricas muy importantes, ya acompañándome en muy variadas excursiones, ora en dirección hacia Riom y sus cercanías, ora hacía Thiers (la |Ville noire descrita en una interesante novela de Jorge Sand), ora dando la vuelta de Issoire, San Nectario, el castillo de Murol, el |Mont Dor y el Puy-de-Dóme, vasto cráter apagado de un extinguido volcán, ora, en fin, hacía las aguas de Royart y las montañas vecinas.

A más de una considerable refinería de azúcar de remolacha, que visité en la llanura, no muy lejos de Riom, tuve ocasión de observar todos los trabajos de una fábrica de artículos de caucho, de otra de papel, de una, existente en Clermont-Ferrand, de zapatos de madera, y de varias que producen gran cantidad de pastas alimenticias, dulces y confites. Algunos de aquellos establecimientos industriales (inclusive la |Fontaine pétrifiante que existe en un arrabal de la ciudad) me llamaron particularmente la atención.

Es sumamente curioso ver cómo en una fábrica de papel, en pocas horas se transforma la materia, convirtiéndose lo inmundo, fétido y vil en admirable, a virtud del maravilloso poder de las máquinas de vapor. Comienza uno por ver despedazar los trapos más asquerosos, recolectados de entre las familias y gentes más miserables -harapos que representan el colmo del infortunio social y de la inmundicia humana-; los ve después hervir en grandes calderas para quedar purificados y convertidos en una masa plástica; en seguida los encuentra convertidos en un liquido lechoso transparente y purísimo, que va transformándose a ojos vistas en una inacabable tira muy ancha de papel; y cortada ésta por una máquina en hojas iguales, aparece luego lo que fue vil paja y asqueroso montón de trapos, pronto a recibir, en resmas de magnífico papel, la expresión de la cosa más grande, sublime y fecunda en el orden de lo relativamente pasajero: ¡del pensamiento humano!

No menos curioso, descendiendo a otro modo de producción industrial -es decir, de lo que sirve a los pies, en lugar dé lo que sirve al pensamiento creador-, es el trabajo de una fábrica de calzado de madera. En casi toda Francia la gente pobre, sobre todo la campesina y de las pequeñas poblaciones, calza grandes zapatos de madera; calzado muy sencillo, muy durable y de poco costo: 2 a 4 francos el par de zapatos, reducidos a la suela, la capellada y un talón bajo, todo de una pieza; y es curioso ver con qué facilidad se camina y aun se corre con aquel calzado enteramente suelto, cuando se adquiere el hábito de usarlo. Tiene la ventaja también de ser muy seco, aun transitando por el lodo, y juzgo que nada sería más benéfico que su fabricación y uso en Colombia.

Las maderas que se aplican para fabricar este calzado son los troncos y ramas gruesas de viejos nogales, cerezos y castaños; y es verdaderamente maravilloso ver en la fábrica, que en pocos minutos lo que entra bajo el diente de la sierra, en la forma de grueso y tosco tronco, queda en el último salón convertido en muchos pares de zapatos perfectamente perfilados, alisados y barnizados, a punto de ser dados a la venta, ¡Cuán grande no se ve así el pensamiento humano, obrando con la irresistible precisión de la sierra, del berbiquí, del formón y el escoplo, del compás y la escuadra y de otros instrumentos, servidos por la fuerza del vapor y la infalible sabiduría de la mecánica!

La Auvernia, país de formación volcánica en gran parte, tiene, por causa de esta formación, no solamente muchísimas fuentes de saludable uso, así para beber sus aguas como para baños, sino también algunas que, llevando en disolución fosfato de cal, azufre y otras sustancias, producen las más curiosas petrificaciones y sirven de fundamento a una industria que, si es limitada en su desarrollo, no carece de importancia. Las más notables de estas fuentes son las de Clermont y San Nectario. Las aguas surgen de hondas cavidades, y al salir al aire libre son recibidas en escaleras y otros aparatos convenientemente dispuestos para que, cayendo gota a gota sobre moldes de metal o de madera, o pequeños cestos u otros objetos artificialmente aderezados, vayan convirtiéndose en petrificaciones. No pocos artistas se ocupan de grabar retratos, bajos relieves, bustos y figuras diversas, así en metal como en madera, en los huecos de los cuales se va incrustando el líquido mineral que ha de producir la petrificación, y así se obtienen obras de arte muy preciosas que luego reciben esmerado pulimento.

Tengo muy vivo recuerdo de ciertas impresiones sentidas en Auvernia, ora al bañarme en el lago de Murol o coronar las más altas cumbres de las montañas de aquel bello país, ora al transitar por sus bosques, entre Mont Dor y Clermont-Ferrand, al reposarme, arriba del pintoresco Royal y los vecinos caseríos, a la sombra de espesos grupos de magníficos castaños. Una triple emoción me dominaba profundamente: por una parte, me sentía tan lejos de mi patria, aún más en el sentido moral que en el material, y tan solo, tan aislado, no obstante la compañía de mis amigos de Clermont-Ferrand, que me parecía estar como separado de todo el mundo conocido y cual sí habitara otro planeta; por otra, junto con aquella idea de aislamiento y soledad, que me causaba melancolía, experimentaba una especie de alivio íntimo, puramente del alma, al poder abstraerme de los recuerdos políticos -de todo lo que me había agitado o amargado la vida-, como si mi ser moral quisiera reconstituírse en una nueva existencia; y en fin, al contemplar aquellos bosques y paisajes, aquellas cumbres y crestas de montañas y elevadas planicies, si bien me parecían objetos nuevos y pintorescos y en todos hallaba estampado el sello de la civilización, se me antojaban enanos y raquíticos, al compararlos mentalmente con los salvajes pero grandiosos aspectos de las montañas de Colombia...

De esta suerte, había en los movimientos simultáneos de mi alma una mezcla de reminiscencias patrióticas, dulces unas, dolorosas otras, y aspiraciones a una nueva vida moral e intelectual; y esto era seguramente fruto de la nueva educación, así objetiva como de variadas y sólidas lecturas, que mi espíritu iba recibiendo en el seno de las sociedades europeas... El hombre esencialmente americano comenzaba a ceder el paso, en mi ser moral, cuando ya casi se despedía de la primera juventud, al hombre cosmopolita, modificado por las enseñanzas del Viejo Mundo, que comenzaba a entrar en la madurez de sus impresiones y pensamientos.


 
[1] Entre las personas con quienes trabé amistad en Clermont-Ferrand, recuerdo muy particularmente a Mr. Bardoux, Abogado de merito y muy inteligente poeta, hombre modesto de nobilísimo carácter, con muy buenas dotes de escritor y orador y que ha hecho notable papel bajo el gobierno republicano, así en el Parlamento como en los ministerios liberales moderado.

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