INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
OTROS VIAJES POR EL CONTINENTE

 

 

Habíame propuesto hacer, inmediatamente después de mi viaje a España, otro por Italia, con mi esposa, con la ventaja de poder dejar mi domicilio seguro, puesto que mi madre, muy contenta en París, podía quedarse allí cuidando de mis hijas. Pero la guerra de Italia trastornó mis proyectos, ya porque subsistía cuando regresé a París, ya porque a causa de ella los gobiernos de los Estados Romanos, Nápoles y Venecia, se mostraban por extremo suspicaces, y su política suscitaba mil embarazos y dificultades a los viajeros. Yo no quería limitar mi excursión al norte de Italia, es decir, al Piamonte, la Lombardía y los Ducados, porque esta era la parte menos interesante, en los puntos de vista del arte, de la historia y de las costumbres de los pueblos italianos; y me parecía que no sacaría gran provecho de un estudio incompleto. Preferí aguardar mejor ocasión, y entre tanto dirigirme hacia otras comarcas, dando la vuelta por los departamentos del oriente de Francia, Saboya, Suiza, la Alemania del Rhin, Bélgica y los departamentos franceses del Norte. Tal fue nuestra excursión de 1859, tan agradable como instructiva.

Al llegar a París de regreso de España (vía de Bayona, Burdeos, Angulema, Poitiers, Blois, etc.), encontré en casa una carta del señor de Francisco Martin, que me puso en algún cuidado. Me decía en ella, en sustancia, lo siguiente:

"Durante la ausencia de usted ha venido a la legación un alto funcionario de la policía imperial a manífestarme que el gobierno sabe, por informes de su ministro residente en el Perú, que usted es el corresponsal |parisiense de |El Comercio, de Lima; que las correspondencias de usted tratan muy duramente al gobierno imperial y al Emperador y toda su familia, y que si usted continúa escribiendo en el mismo tono, la policía tendrá que tomar providencias. Yo he contestado que suponía hubiese error al atribuírsele a usted las dichas correspondencias; que en todo caso, usted era un viajero pacífico, inofensivo, padre de familia, únicamente ocupado en hacer en Francia y otros países de Europa estudios teóricos y prácticos sobre ciencias, literatura, etc.; y que, si llegaba a confirmarse lo que afirmaba el ministro francés residente en Lima, yo esperaba que mis consejos amigables bastarían a inducirle a usted a moderar sus escritos. Como en guerra avisada no muere gente, es bueno que usted esté advertido de este incidente, al llegar a París, y abra el ojo".

La advertencia no me fue inútil, pues tomé mis precauciones para que la policía (si acaso, como lo supuse y luego se verificó, me vigilaba) no hallase en mi conducta el menor asidero a sus sospechas. Entre otras precauciones, tomé las siguientes: fechar mis correspondencias en diversas capitales europeas, y particularmente en Bruselas; no escribir yo mismo los sobres de mis gruesos paquetes de cartas políticas, literarias, estadísticas, etc., ni franquearlas en las oficinas de mi barrio, sino en muy lejanos barrios, donde ningún empleado de correos me conocía; y no visitar nunca a Mr. Jules Simon y demás amigos republicanos de un modo directo, sino tomando en algún punto el ómnibus necesario, apeándome de éste a alguna distancia de la casa que había de visitar, y caminando en seguida algunas cuadras a pie. Procuré también que muchos de los periódicos a que me suscribía fuesen dirigidos a |Madame Acosta (mi madre política), e hice cuanto pude por mostrarme tal cual era, un viajero inofensivo.

En Madrid y Sevilla había recibido yo dolorosísimas noticias de mi país que me tenían muy acongojado: había estallado la guerra civil en el Estado de Santander así como antes en Riohacha (Estado del Magdalena), y todo me inducía a temer que en breve se propagasen los movimientos revolucionarios, de tal manera que se confirmase la profecía de don Lino de Pombo. Este eminente hombre de Estado habla anunciado desde 1857, al establecerse el régimen federal, que la federación "sería entre nosotros el carnaval de los guapetones"; y si los conservadores, que se jactaban de ser amigos de la paz y la legalidad, daban el ejemplo de la rebeldía en dos Estados de gobierno radical, claro era que los liberales no tardarían en imitarlo en los Estados donde gobernaban los conservadores.

Ello era que la sangre había corrido ya en los campos de la Confederación Granadina, que la práctica del régimen federal se pervertía, confiada a la violencia, y que yo tenía que pasar por la vergüenza, cada vez que me preguntaban en España, en Francia en Alemania. etc., si mi país estaba tranquilo, de confesar que mis compatriotas se estaban despedazando en guerra civil. A las insurrecciones citadas siguieron la de los liberales en el Estado de Bolívar (1859), la de los conservadores en el del Cauca, y luego la de los liberales y radicales encabezados por el general Mosquera, quien se declaró en abierta rebelión contra el gobierno nacional en mayo de 1860. No solamente me acongojó la guerra civil por los males que de suyo acarreaba y el descrédito en que hacía caer a mi país en Europa, sino que me alarmó mucho en lo personal, porque comprendí que iba a yerme en dificultades de intereses y de familia, si llegaban a interrumpirse las comunicaciones entre Bogotá y París, por causa del conflicto en que se hallaban los Estados.

Bien que natural del occidente del antiguo Estado de Cundinamarca, donde siempre había con­templado desde lejos las alturas nevadas de los Andes centrales, yo no conocía ninguno de aquellos admirables cuadros y fenómenos que se observan en las neveras. Así el espectáculo de Suiza y Saboya me encantó, y los objetos que allí encontré me causaron muy nuevas y profundas impresiones. Aunque en Colombia hay muchos lagos, yo no había tenido ocasión de conocer ninguno, salvo las abiertas y tristes lagúnas de la sabana del Funza. Nada es comparable a los encantadores lagos de Suiza, así por sus formas y sus aguas como por la civilización creada en sus orillas, y aquel país me indujo con su historia, sus instituciones y su modo de ser, a hacer muy importantes reflexiones sobre el maravilloso poder del ingenio humano para acomodarse a todas las exigencias de la naturaleza y sacar partido de todo, aun de las dificultades, y sobre la yuxtaposición en que pueden hallarse los pueblos de más diversa índole y más variadas circunstancias históricas y etnográficas.

Mi esposa y yo íbamos escribiendo simultáneamente nuestras impresiones de viaje, y era curioso comparar la diversa manera con que los objetos impresionaban a dos almas unidas por el amor, el patriotismo y la educación, pero de distinto sexo y diferente carácter. Mi esposa se fijaba de preferencia en los objetos naturales y artísticos, y yo en los hechos sociales y políticos; y cuando teníamos

que observar simultáneamente un mismo objeto por ejemplo, un paisaje, un monumento o un cuadro de pintura, Soledad daba la preferencia a lo que le parecía raro, antiguo y de expresión muy delicada, mientras que yo la daba a lo que contenía algo muy enérgico, nuevo, como rasgo de civilización, y de tendencias espiritualistas, en lo artístico, o democráticas, en lo social.

Tres hechos sobre todo -natural el uno, político sociales los otros-, llamaron particularmente mi atención en Suiza: la mutualidad de vida que emana de los Alpes para gran número de pueblos europeos; la coexistencia fraternal de diversas razas y civilizaciones, al amparo de las instituciones republicanas y de la libertad e igualdad religiosas; y la facilidad, conforme a las leyes divinas, con que unos pueblos viven y prosperan con el auxilio espontáneo de otros.

Los Alpes son una inmensa y formidable masa de granito, en gran parte cubierta de neveras; de éstas nacen, en todo o en parte, grandes ríos que en opuestas direcciones llevan la vida a muchas comarcas europeas (el Tesino y el Po a Italia, el Ródano a Francia, el Rhin a la Alemania, Bélgica y Holanda, y antes también a Francia, y el Danubio al Austria, Hungría, la Rumania, etc.), y sobre las faldas o vertientes de aquel colosal grupo de montañas y sus ramificaciones y valles viven y prosperan muchísimos millones de hombres de muy diversas razas, sujetos a las más variadas instituciones. Esta diversidad en la unidad; esta comunidad de interés en favor de la paz y la justicia, creada por la Providencia por medio de los Alpes, contiene la más profunda enseñanza de filosofía y política. Como tal, me impresionó por extremo el espectáculo de los Alpes, y estos me hicieron al propio tiempo comprender la historia de Europa y las leyes de la civilización, y juzgar de la insensatez a que pueden llegar los pueblos y los gobiernos que se despedazan con la guerra, cuando no han alcanzado a concebir el divino plan a que está sujeto el desarrollo de la vida humana.

Grisones (o antiguos romanos degenerados) e italianos, franceses y alemanes de diversa procedencia: unos conservadores y católicos, otros radicales y protestantes, sean calvinistas o luteranos, todos viven en paz, los hijos de la Helvecia, distribuidos en veintidós Cantones o Estados federales; y entre estos hay tan notoria desigualdad de fuerzas, territorio y población, que no cabe comparación alguna, por ejemplo, entre el poderoso Berna y el humilde y primitivo Unterwalden, limítrofe el uno del otro. ¿Cómo han podido avenirse todos esos pueblos para vivir juntos, en paz y prosperidad, después de muchos siglos de dominación extranjera y de un antagonismo que parecía irremediable? La neutralidad y la tolerancia, la libertad y la igualdad han resuelto todos los problemas que habían agitado a los pueblos helvéticos, y en su seno coexisten en armonía las diversas religiones e instituciones, sin que hayá el menor peligro de que renazca el viejo antagonismo, conjurado desde 1848.

La Suiza es un país naturalmente pobre, de, muy pequeño territorio, y en mucha parte impropio para el cultivo. Sus montañas son espléndidas y sus lagos bellísimos, pero con ello no pueden alimentarse los habitantes, si no es de un modo indirecto. ¿Quién sostiene o alimenta a los suizos? El mundo entero; es decir, los innumerables viajeros que, atraídos por la maravillosa hermosura del país, van a él, durante los veranos, y le dejan cada año millones de francos, como precio de los servicios prestados por los hoteles y cafés públicos, los guias y cargueros de sillas, los ferrocarriles, vapores y demás medios de transporte, y de las curiosidades que produce la industria de los montañeses.

Además, no pudiendo la Suiza ser un país comercial ni agrícola, si no es en muy reducida escala, se ha creado la riqueza con su fabricación, principalmente de relojes, tejidos de seda, juguetes, curiosidades y obras de arte, cigarros, quesos y otros artículos; y así patentiza el pueblo suizo que la pobreza natural no es un mal irremediable, puesto que la industria humana puede sacar partido de todo, convirtiendo en prosperidad lo que pudiera ser miseria. La Suiza es, pues, un país que contiene para el viajero que lo observa con atención, muy provechosas enseñanzas objetivas.

En dos épocas distintas visité con mi esposa la Alemania y la Bélgica. En 1859, al salir de Suiza, recorrimos todas las comarcas importantes del gran valle del Rhin y toda Bélgica; y en 1860, partiendo de París hacía la Alsacia, la Lorena y la Baviera rhineana, dimos una gran vuelta por Baden, Wurtemberg, Baviera, Austria, Hungría, Bohemia, Sajonia, Prusia, las ciudades anseáticas, Hannover, Holanda y parte de Bélgica otra vez para concluir el viaje en Londres, donde íbamos a establecer nuestro domicilio. Para no repetir lo que dije en varios volúmenes de |Viajes, me limitaré a emitir algunas impresiones relativas a los países mencionados.

La Alemania es país tan vasto, relativamente, como interesante y variado, así en sus regiones montañosas, las del Sur y del Rhin y partes del Centro, como en sus desapacibles pero bien cultivadas llanuras del Norte. En los puntos de vista histórico y artístico es tan maravillosamente notable y rica la Alemania entera (comprendiendo la parte austríaca), que el viajero casi se aturde y pierde el claro recuerdo de los objetos, al visitar tantos museos, bibliotecas y monumentos, observar los testimonios de mil tradiciones de los siglos pasados y reparar en las costumbres populares, que dan idea de un profundo y universal espíritu idealista y sentimiento musical. Se pasma uno al considerar la inmensidad de riqueza que el arte humano ha aglomerado en Heidelberg, Francfort, Nuremberg, Estrasburgo, Colonia y Aquisgram; en Stutgart, Munich y Viena; en Praga, Dresde, Berlín y Hannover y en varias otras ciudades alemanas.

Y lo curioso es que el pueblo alemán ofrece los más extraños contrastes. Al verlo tan dado a fantasías, tan soñador y adicto a la filosofía, y tan entusiasta por la música, los museos de antigüedades y pinturas y los bellos monumentos, se siente el viajero inclinado a tenerle por muy espiritualista. Pero luego, al observarle en sus costumbres íntimas, se nota que es muy codicioso de dinero, que es sumamente glotón y tosco o inculto en sus maneras, que su idealismo es en gran parte de pura fantasía o imaginación y fácilmente cae en el materialismo de los apetitos. Al observarle en sus costumbres domésticas, sobre todo en las comarcas del sur, se le halla sencillo y natural, espontáneo y aun accesible y hospitalario; pero tan pronto como hay negocio de por medio, el alemán aparece no solo interesado y poco escrupuloso para procurarse la ganancia, sino hasta judaico. Es fiel en alto grado a sus viejas tradiciones, a sus afectos y compromisos íntimos; pero su ambición política llega hasta la petulancia, y como negociante solícita la riqueza con acre vehemencia de pasión.

La Alemania me pareció una gran |nación, etnográficamente hablando, artificialmente dividida en muchos Estados, deseosa de condensar sus fuerzas por interés social, orgullo de raza y celos respecto de Francia, pero que concebía muy vagamente los problemas relativos al gobierno. No tenía la Alemania en 1860 un hombre de Estado que comprendiese claramente sus necesidades e intereses generales, y no acertaba a desatar el embrollo de su inextricable política. Le faltaba un Cavour que la dirigiese en el sentido de la unificación. Así, he considerado después a Bismarck como el verdadero hombre de Estado de Alemania y el |más alemán, por su espíritu, su carácter y sus procedimientos, de todos los políticos de aquel vasto imperio. Su tenacidad para perseguir la realización de un propósito; su destreza para servirse de todos los partidos alternativa o simultáneamente, acomodándose a todas las necesidades de la política, y su facilidad

para encubrir los designios más positivistas tras las apariencias de lo misterioso y nebuloso, son calidades o facultades enteramente alemanas. En apariencia, el alemán se muestra apasionado en su conversación y en la política; pero en realidad es frío, calculador, tenaz hasta la terquedad y positivista en todas sus empresas.

Confieso que si tuve muchas satisfacciones en Alemania, rarísima vez fueron de carácter social, tales como la casualidad me las proporcionó en Francfort y en Dresde. Casi en todas partes el goce me entró únicamente por los ojos y los oídos, mediante el espectáculo de algunas representaciones de ópera y algunos conciertos públicos, las visitas que hice a los museos y monumentos, y la observación de las costumbres populares. La falta del conocimiento de la lengua alemana era un tormento para mí, porque en el mayor número de casos no me servían el francés ni el inglés para hacerme entender (salvo en los hoteles), ni mucho menos el castellano ni el italiano.

A esta dificultad se añadía la extravagancia de la escritura alemana, mantenida, por una aberración inconcebible, en caracteres góticos. Si los carteles, periódicos y libros alemanes hubieran estado compuestos en caracteres de uso universal, yo hubiera podido comprender muchas cosas con el auxilio del latín y el inglés y el conocimiento siquiera de los artículos, pronombres, conjunciones y preposiciones, que no era difícil adquirir; pero toda inteligencia del alemán se me volvía imposible. No dudo que la lengua alemana sería fácilmente propagada, a pesar de sus dificultades, y que la Alemania ejercería mucho mayor influencia en el mundo, si su escritura fuese asimilada a la de los demás pueblos de adelantada cultura.

Holanda y Bélgica son dos pueblos hermanos, bien que en la primera influye poderosamente la infusión de la sangre y civilización germánicas, en tanto que sobre la segunda ejercen notabilísima influencia la sangre y civilización francesas. Lo abierto de las llanuras del norte, maravillosamente cultivadas; el gran movimiento social y comercial que se deriva del servicio de los canales; la semejanza que hay en la estructura de los monumentos y de las ciudades y aldeas, particularmente en todas las regiones del bajo Rhin, del Escalda y de la zona marítima; las grandes afinidades que tienen las lenguas holandesa y flamenca: todo contribuye a mantener palpables analogías entre los dos países, mayormente cuando tuvieron vida común durante siglos, hasta 1830.

Si la Holanda es principalmente comercial y marítima, y en segundo lugar agrícola y horticultora, la Bélgica es un admirable modelo de la reunión de todas las manifestaciones de la industria humana. Holanda es un país curiosísimo por la arquitectura de sus ciudades y la prodigiosa canalización de sus tierras; y aunque no sea su población muy comunicativa, bien que nada tiene de antipática, es singularmente respetable por su carácter honrado, enérgico y perseverante, y se hace estimar por las pruebas que ha dado al mundo de su gran poder de voluntad para luchar con las dificultades opuestas por una ingrata y avara naturaleza. Acaso no exagero al decir, emitiendo con franqueza el resultado de mis impresiones de viajero, que el pueblo holandés, no obstante su relativa exigüidad, es el más perseverante y respetable del mundo. Ninguno mejor que él ha sabido comprender la sabiduría con que la Providencia ha dotado de recursos al hombre para procurarse bienestar y engrandecimiento; y al prolongar, por decirlo así, su limitadisimo y casi inundado territorio propio, ya en la extensión de los mares, ya en apartados continentes, ha patentizado que la pequeñez material no es para el ingenio humano obstáculo bastante a impedir la adquisición de la grandeza moral.

El espectáculo que ofrece Bélgica es consolador para todo filántropo que sabe admirar los progresos de la civilización y la suma de bien que contiene siempre la libertad limitada y dirigida por la justicia. En aquel privilegiado país -pequeña Inglaterra continental por sus instituciones, su gobierno y su industria-, todo prospera y todo da idea de una grande armonía de los intereses sociales. Allí reina desde 1830, de padre a hijo, un rey ciudadano, tan patriota como prudente; allí las bellas artes y la literatura y las ciencias corren parejas con la actividad del comercio; allí las vías de comunicación han alcanzado prodigioso desarrollo, y su multiplicación y variedad solo son comparables con su baratura; allí la minería, la agricultura y la fabricación se perfeccionan de asombrosa manera, y se disputan el campo de la producción y la riqueza; y en lo político, el ciudadano se siente correcta y dignamente libre, así como el extranjero viaja por todas partes respetado y con seguridad. Si la Bélgica, como territorio, es el crucero de la Europa central y occidental, como pueblo y nación es la más elocuente enseñanza que la civilización moderna puede ofrecer a la humanidad y a la historia.

¿Y a qué se debe tan admirable situación? A la seguridad de la paz. Desde el día en que la neutralidad de la Bélgica fue garantida por las grandes potencias europeas, ese afortunado país quedó libre de conflictos internacionales, de zozobras en lo tocante a la política europea, y de complicaciones que lo comprometiesen. Teniendo asegurada la paz exterior y la independencia, pudo aplicar tranquilamente todas sus fuerzas al perfeccionamiento de sus libres instituciones y al desenvolvimiento de todos sus intereses industriales. No ha habido allí problema alguno de política o de economía, cuya resolución no haya sido facilitada por la paz; y dos pueblos distintos por su lengua, sus tradiciones y sus antiguos intereses económicos han podido amalgamarse en uno solo bajo una común bandera: la de la libertad en el orden, guiados por un común propósito: el de asegurar la dignidad de su civilización. Bélgica, con poco más de cinco millones de almas y un reducido territorio, es moralmente más grande que los más vastos y poderosos imperios.

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