OTROS VIAJES POR EL
CONTINENTE
Habíame propuesto hacer, inmediatamente después de mi viaje a
España, otro por Italia, con mi esposa, con la ventaja de poder
dejar mi domicilio seguro, puesto que mi madre, muy contenta en
París, podía quedarse allí cuidando de mis hijas. Pero la guerra de
Italia trastornó mis proyectos, ya porque subsistía cuando regresé
a París, ya porque a causa de ella los gobiernos de los Estados
Romanos, Nápoles y Venecia, se mostraban por extremo suspicaces, y
su política suscitaba mil embarazos y dificultades a los viajeros.
Yo no quería limitar mi excursión al norte de Italia, es decir, al
Piamonte, la Lombardía y los Ducados, porque esta era la parte
menos interesante, en los puntos de vista del arte, de la historia
y de las costumbres de los pueblos italianos; y me parecía que no
sacaría gran provecho de un estudio incompleto. Preferí aguardar
mejor ocasión, y entre tanto dirigirme hacia otras comarcas, dando
la vuelta por los departamentos del oriente de Francia, Saboya,
Suiza, la Alemania del Rhin, Bélgica y los departamentos franceses
del Norte. Tal fue nuestra excursión de 1859, tan agradable como
instructiva.
Al llegar a París de regreso de España (vía de Bayona, Burdeos,
Angulema, Poitiers, Blois, etc.), encontré en casa una carta del
señor de Francisco Martin, que me puso en algún cuidado. Me decía
en ella, en sustancia, lo siguiente:
"Durante la ausencia de usted ha venido a la legación un alto
funcionario de la policía imperial a manífestarme que el gobierno
sabe, por informes de su ministro residente en el Perú, que usted
es el corresponsal
|parisiense de
|El Comercio, de
Lima; que las correspondencias de usted tratan muy duramente al
gobierno imperial y al Emperador y toda su familia, y que si usted
continúa escribiendo en el mismo tono, la policía tendrá que tomar
providencias. Yo he contestado que suponía hubiese error al
atribuírsele a usted las dichas correspondencias; que en todo caso,
usted era un viajero pacífico, inofensivo, padre de familia,
únicamente ocupado en hacer en Francia y otros países de Europa
estudios teóricos y prácticos sobre ciencias, literatura, etc.; y
que, si llegaba a confirmarse lo que afirmaba el ministro francés
residente en Lima, yo esperaba que mis consejos amigables bastarían
a inducirle a usted a moderar sus escritos. Como en guerra avisada
no muere gente, es bueno que usted esté advertido de este
incidente, al llegar a París, y abra el ojo".
La advertencia no me fue inútil, pues tomé mis precauciones para
que la policía (si acaso, como lo supuse y luego se verificó, me
vigilaba) no hallase en mi conducta el menor asidero a sus
sospechas. Entre otras precauciones, tomé las siguientes: fechar
mis correspondencias en diversas capitales europeas, y
particularmente en Bruselas; no escribir yo mismo los sobres de mis
gruesos paquetes de cartas políticas, literarias, estadísticas,
etc., ni franquearlas en las oficinas de mi barrio, sino en muy
lejanos barrios, donde ningún empleado de correos me conocía; y no
visitar nunca a Mr. Jules Simon y demás amigos republicanos de un
modo directo, sino tomando en algún punto el ómnibus necesario,
apeándome de éste a alguna distancia de la casa que había de
visitar, y caminando en seguida algunas cuadras a pie. Procuré
también que muchos de los periódicos a que me suscribía fuesen
dirigidos a
|Madame Acosta (mi madre política), e hice
cuanto pude por mostrarme tal cual era, un viajero inofensivo.
En Madrid y Sevilla había recibido yo dolorosísimas noticias de
mi país que me tenían muy acongojado: había estallado la guerra
civil en el Estado de Santander así como antes en Riohacha (Estado
del Magdalena), y todo me inducía a temer que en breve se
propagasen los movimientos revolucionarios, de tal manera que se
confirmase la profecía de don Lino de Pombo. Este eminente hombre
de Estado habla anunciado desde 1857, al establecerse el régimen
federal, que la federación "sería entre nosotros el carnaval de los
guapetones"; y si los conservadores, que se jactaban de ser amigos
de la paz y la legalidad, daban el ejemplo de la rebeldía en dos
Estados de gobierno radical, claro era que los liberales no
tardarían en imitarlo en los Estados donde gobernaban los
conservadores.
Ello era que la sangre había corrido ya en los campos de la
Confederación Granadina, que la práctica del régimen federal se
pervertía, confiada a la violencia, y que yo tenía que pasar por la
vergüenza, cada vez que me preguntaban en España, en Francia en
Alemania. etc., si mi país estaba tranquilo, de confesar que mis
compatriotas se estaban despedazando en guerra civil. A las
insurrecciones citadas siguieron la de los liberales en el Estado
de Bolívar (1859), la de los conservadores en el del Cauca, y luego
la de los liberales y radicales encabezados por el general
Mosquera, quien se declaró en abierta rebelión contra el gobierno
nacional en mayo de 1860. No solamente me acongojó la guerra civil
por los males que de suyo acarreaba y el descrédito en que hacía
caer a mi país en Europa, sino que me alarmó mucho en lo personal,
porque comprendí que iba a yerme en dificultades de intereses y de
familia, si llegaban a interrumpirse las comunicaciones entre
Bogotá y París, por causa del conflicto en que se hallaban los
Estados.
Bien que natural del occidente del antiguo Estado de
Cundinamarca, donde siempre había contemplado desde lejos las
alturas nevadas de los Andes centrales, yo no conocía ninguno de
aquellos admirables cuadros y fenómenos que se observan en las
neveras. Así el espectáculo de Suiza y Saboya me encantó, y los
objetos que allí encontré me causaron muy nuevas y profundas
impresiones. Aunque en Colombia hay muchos lagos, yo no había
tenido ocasión de conocer ninguno, salvo las abiertas y tristes
lagúnas de la sabana del Funza. Nada es comparable a los
encantadores lagos de Suiza, así por sus formas y sus aguas como
por la civilización creada en sus orillas, y aquel país me indujo
con su historia, sus instituciones y su modo de ser, a hacer muy
importantes reflexiones sobre el maravilloso poder del ingenio
humano para acomodarse a todas las exigencias de la naturaleza y
sacar partido de todo, aun de las dificultades, y sobre la
yuxtaposición en que pueden hallarse los pueblos de más diversa
índole y más variadas circunstancias históricas y etnográficas.
Mi esposa y yo íbamos escribiendo simultáneamente nuestras
impresiones de viaje, y era curioso comparar la diversa manera con
que los objetos impresionaban a dos almas unidas por el amor, el
patriotismo y la educación, pero de distinto sexo y diferente
carácter. Mi esposa se fijaba de preferencia en los objetos
naturales y artísticos, y yo en los hechos sociales y políticos; y
cuando teníamos
que observar simultáneamente un mismo objeto por ejemplo, un
paisaje, un monumento o un cuadro de pintura, Soledad daba la
preferencia a lo que le parecía raro, antiguo y de expresión muy
delicada, mientras que yo la daba a lo que contenía algo muy
enérgico, nuevo, como rasgo de civilización, y de tendencias
espiritualistas, en lo artístico, o democráticas, en lo social.
Tres hechos sobre todo -natural el uno, político sociales los
otros-, llamaron particularmente mi atención en Suiza: la
mutualidad de vida que emana de los Alpes para gran número de
pueblos europeos; la coexistencia fraternal de diversas razas y
civilizaciones, al amparo de las instituciones republicanas y de la
libertad e igualdad religiosas; y la facilidad, conforme a las
leyes divinas, con que unos pueblos viven y prosperan con el
auxilio espontáneo de otros.
Los Alpes son una inmensa y formidable masa de granito, en gran
parte cubierta de neveras; de éstas nacen, en todo o en parte,
grandes ríos que en opuestas direcciones llevan la vida a muchas
comarcas europeas (el Tesino y el Po a Italia, el Ródano a Francia,
el Rhin a la Alemania, Bélgica y Holanda, y antes también a
Francia, y el Danubio al Austria, Hungría, la Rumania, etc.), y
sobre las faldas o vertientes de aquel colosal grupo de montañas y
sus ramificaciones y valles viven y prosperan muchísimos millones
de hombres de muy diversas razas, sujetos a las más variadas
instituciones. Esta diversidad en la unidad; esta comunidad de
interés en favor de la paz y la justicia, creada por la Providencia
por medio de los Alpes, contiene la más profunda enseñanza de
filosofía y política. Como tal, me impresionó por extremo el
espectáculo de los Alpes, y estos me hicieron al propio tiempo
comprender la historia de Europa y las leyes de la civilización, y
juzgar de la insensatez a que pueden llegar los pueblos y los
gobiernos que se despedazan con la guerra, cuando no han alcanzado
a concebir el divino plan a que está sujeto el desarrollo de la
vida humana.
Grisones (o antiguos romanos degenerados) e italianos, franceses
y alemanes de diversa procedencia: unos conservadores y católicos,
otros radicales y protestantes, sean calvinistas o luteranos, todos
viven en paz, los hijos de la Helvecia, distribuidos en veintidós
Cantones o Estados federales; y entre estos hay tan notoria
desigualdad de fuerzas, territorio y población, que no cabe
comparación alguna, por ejemplo, entre el poderoso Berna y el
humilde y primitivo Unterwalden, limítrofe el uno del otro. ¿Cómo
han podido avenirse todos esos pueblos para vivir juntos, en paz y
prosperidad, después de muchos siglos de dominación extranjera y de
un antagonismo que parecía irremediable? La neutralidad y la
tolerancia, la libertad y la igualdad han resuelto todos los
problemas que habían agitado a los pueblos helvéticos, y en su seno
coexisten en armonía las diversas religiones e instituciones, sin
que hayá el menor peligro de que renazca el viejo antagonismo,
conjurado desde 1848.
La Suiza es un país naturalmente pobre, de, muy pequeño
territorio, y en mucha parte impropio para el cultivo. Sus montañas
son espléndidas y sus lagos bellísimos, pero con ello no pueden
alimentarse los habitantes, si no es de un modo indirecto. ¿Quién
sostiene o alimenta a los suizos? El mundo entero; es decir, los
innumerables viajeros que, atraídos por la maravillosa hermosura
del país, van a él, durante los veranos, y le dejan cada año
millones de francos, como precio de los servicios prestados por los
hoteles y cafés públicos, los guias y cargueros de sillas, los
ferrocarriles, vapores y demás medios de transporte, y de las
curiosidades que produce la industria de los montañeses.
Además, no pudiendo la Suiza ser un país comercial ni agrícola,
si no es en muy reducida escala, se ha creado la riqueza con su
fabricación, principalmente de relojes, tejidos de seda, juguetes,
curiosidades y obras de arte, cigarros, quesos y otros artículos; y
así patentiza el pueblo suizo que la pobreza natural no es un mal
irremediable, puesto que la industria humana puede sacar partido de
todo, convirtiendo en prosperidad lo que pudiera ser miseria. La
Suiza es, pues, un país que contiene para el viajero que lo observa
con atención, muy provechosas enseñanzas objetivas.
En dos épocas distintas visité con mi esposa la Alemania y la
Bélgica. En 1859, al salir de Suiza, recorrimos todas las comarcas
importantes del gran valle del Rhin y toda Bélgica; y en 1860,
partiendo de París hacía la Alsacia, la Lorena y la Baviera
rhineana, dimos una gran vuelta por Baden, Wurtemberg, Baviera,
Austria, Hungría, Bohemia, Sajonia, Prusia, las ciudades
anseáticas, Hannover, Holanda y parte de Bélgica otra vez para
concluir el viaje en Londres, donde íbamos a establecer nuestro
domicilio. Para no repetir lo que dije en varios volúmenes de
|Viajes, me limitaré a emitir algunas impresiones relativas
a los países mencionados.
La Alemania es país tan vasto, relativamente, como interesante y
variado, así en sus regiones montañosas, las del Sur y del Rhin y
partes del Centro, como en sus desapacibles pero bien cultivadas
llanuras del Norte. En los puntos de vista histórico y artístico es
tan maravillosamente notable y rica la Alemania entera
(comprendiendo la parte austríaca), que el viajero casi se aturde y
pierde el claro recuerdo de los objetos, al visitar tantos museos,
bibliotecas y monumentos, observar los testimonios de mil
tradiciones de los siglos pasados y reparar en las costumbres
populares, que dan idea de un profundo y universal espíritu
idealista y sentimiento musical. Se pasma uno al considerar la
inmensidad de riqueza que el arte humano ha aglomerado en
Heidelberg, Francfort, Nuremberg, Estrasburgo, Colonia y Aquisgram;
en Stutgart, Munich y Viena; en Praga, Dresde, Berlín y Hannover y
en varias otras ciudades alemanas.
Y lo curioso es que el pueblo alemán ofrece los más extraños
contrastes. Al verlo tan dado a fantasías, tan soñador y adicto a
la filosofía, y tan entusiasta por la música, los museos de
antigüedades y pinturas y los bellos monumentos, se siente el
viajero inclinado a tenerle por muy espiritualista. Pero luego, al
observarle en sus costumbres íntimas, se nota que es muy codicioso
de dinero, que es sumamente glotón y tosco o inculto en sus
maneras, que su idealismo es en gran parte de pura fantasía o
imaginación y fácilmente cae en el materialismo de los apetitos. Al
observarle en sus costumbres domésticas, sobre todo en las comarcas
del sur, se le halla sencillo y natural, espontáneo y aun accesible
y hospitalario; pero tan pronto como hay negocio de por medio, el
alemán aparece no solo interesado y poco escrupuloso para
procurarse la ganancia, sino hasta judaico. Es fiel en alto grado a
sus viejas tradiciones, a sus afectos y compromisos íntimos; pero
su ambición política llega hasta la petulancia, y como negociante
solícita la riqueza con acre vehemencia de pasión.
La Alemania me pareció una gran
|nación,
etnográficamente hablando, artificialmente dividida en muchos
Estados, deseosa de condensar sus fuerzas por interés social,
orgullo de raza y celos respecto de Francia, pero que concebía muy
vagamente los problemas relativos al gobierno. No tenía la Alemania
en 1860 un hombre de Estado que comprendiese claramente sus
necesidades e intereses generales, y no acertaba a desatar el
embrollo de su inextricable política. Le faltaba un Cavour que la
dirigiese en el sentido de la unificación. Así, he considerado
después a Bismarck como el verdadero hombre de Estado de Alemania y
el
|más alemán, por su espíritu, su carácter y sus
procedimientos, de todos los políticos de aquel vasto imperio. Su
tenacidad para perseguir la realización de un propósito; su
destreza para servirse de todos los partidos alternativa o
simultáneamente, acomodándose a todas las necesidades de la
política, y su facilidad
para encubrir los designios más positivistas tras las
apariencias de lo misterioso y nebuloso, son calidades o facultades
enteramente alemanas. En apariencia, el alemán se muestra
apasionado en su conversación y en la política; pero en realidad es
frío, calculador, tenaz hasta la terquedad y positivista en todas
sus empresas.
Confieso que si tuve muchas satisfacciones en Alemania, rarísima
vez fueron de carácter social, tales como la casualidad me las
proporcionó en Francfort y en Dresde. Casi en todas partes el goce
me entró únicamente por los ojos y los oídos, mediante el
espectáculo de algunas representaciones de ópera y algunos
conciertos públicos, las visitas que hice a los museos y
monumentos, y la observación de las costumbres populares. La falta
del conocimiento de la lengua alemana era un tormento para mí,
porque en el mayor número de casos no me servían el francés ni el
inglés para hacerme entender (salvo en los hoteles), ni mucho menos
el castellano ni el italiano.
A esta dificultad se añadía la extravagancia de la escritura
alemana, mantenida, por una aberración inconcebible, en caracteres
góticos. Si los carteles, periódicos y libros alemanes hubieran
estado compuestos en caracteres de uso universal, yo hubiera podido
comprender muchas cosas con el auxilio del latín y el inglés y el
conocimiento siquiera de los artículos, pronombres, conjunciones y
preposiciones, que no era difícil adquirir; pero toda inteligencia
del alemán se me volvía imposible. No dudo que la lengua alemana
sería fácilmente propagada, a pesar de sus dificultades, y que la
Alemania ejercería mucho mayor influencia en el mundo, si su
escritura fuese asimilada a la de los demás pueblos de adelantada
cultura.
Holanda y Bélgica son dos pueblos hermanos, bien que en la
primera influye poderosamente la infusión de la sangre y
civilización germánicas, en tanto que sobre la segunda ejercen
notabilísima influencia la sangre y civilización francesas. Lo
abierto de las llanuras del norte, maravillosamente cultivadas; el
gran movimiento social y comercial que se deriva del servicio de
los canales; la semejanza que hay en la estructura de los
monumentos y de las ciudades y aldeas, particularmente en todas las
regiones del bajo Rhin, del Escalda y de la zona marítima; las
grandes afinidades que tienen las lenguas holandesa y flamenca:
todo contribuye a mantener palpables analogías entre los dos
países, mayormente cuando tuvieron vida común durante siglos, hasta
1830.
Si la Holanda es principalmente comercial y marítima, y en
segundo lugar agrícola y horticultora, la Bélgica es un admirable
modelo de la reunión de todas las manifestaciones de la industria
humana. Holanda es un país curiosísimo por la arquitectura de sus
ciudades y la prodigiosa canalización de sus tierras; y aunque no
sea su población muy comunicativa, bien que nada tiene de
antipática, es singularmente respetable por su carácter honrado,
enérgico y perseverante, y se hace estimar por las pruebas que ha
dado al mundo de su gran poder de voluntad para luchar con las
dificultades opuestas por una ingrata y avara naturaleza. Acaso no
exagero al decir, emitiendo con franqueza el resultado de mis
impresiones de viajero, que el pueblo holandés, no obstante su
relativa exigüidad, es el más perseverante y respetable del mundo.
Ninguno mejor que él ha sabido comprender la sabiduría con que la
Providencia ha dotado de recursos al hombre para procurarse
bienestar y engrandecimiento; y al prolongar, por decirlo así, su
limitadisimo y casi inundado territorio propio, ya en la extensión
de los mares, ya en apartados continentes, ha patentizado que la
pequeñez material no es para el ingenio humano obstáculo bastante a
impedir la adquisición de la grandeza moral.
El espectáculo que ofrece Bélgica es consolador para todo
filántropo que sabe admirar los progresos de la civilización y la
suma de bien que contiene siempre la libertad limitada y dirigida
por la justicia. En aquel privilegiado país -pequeña Inglaterra
continental por sus instituciones, su gobierno y su industria-,
todo prospera y todo da idea de una grande armonía de los intereses
sociales. Allí reina desde 1830, de padre a hijo, un rey ciudadano,
tan patriota como prudente; allí las bellas artes y la literatura y
las ciencias corren parejas con la actividad del comercio; allí las
vías de comunicación han alcanzado prodigioso desarrollo, y su
multiplicación y variedad solo son comparables con su baratura;
allí la minería, la agricultura y la fabricación se perfeccionan de
asombrosa manera, y se disputan el campo de la producción y la
riqueza; y en lo político, el ciudadano se siente correcta y
dignamente libre, así como el extranjero viaja por todas partes
respetado y con seguridad. Si la Bélgica, como territorio, es el
crucero de la Europa central y occidental, como pueblo y nación es
la más elocuente enseñanza que la civilización moderna puede
ofrecer a la humanidad y a la historia.
¿Y a qué se debe tan admirable situación? A la seguridad de la
paz. Desde el día en que la neutralidad de la Bélgica fue garantida
por las grandes potencias europeas, ese afortunado país quedó libre
de conflictos internacionales, de zozobras en lo tocante a la
política europea, y de complicaciones que lo comprometiesen.
Teniendo asegurada la paz exterior y la independencia, pudo aplicar
tranquilamente todas sus fuerzas al perfeccionamiento de sus libres
instituciones y al desenvolvimiento de todos sus intereses
industriales. No ha habido allí problema alguno de política o de
economía, cuya resolución no haya sido facilitada por la paz; y dos
pueblos distintos por su lengua, sus tradiciones y sus antiguos
intereses económicos han podido amalgamarse en uno solo bajo una
común bandera: la de la libertad en el orden, guiados por un común
propósito: el de asegurar la dignidad de su civilización. Bélgica,
con poco más de cinco millones de almas y un reducido territorio,
es moralmente más grande que los más vastos y poderosos
imperios.