INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
ÓBSERVACIONES Y ANECDOTAS EN ESPAÑA


 

Un día que fui temprano a visitar al señor Orense, -pues a él no le gustaban las visitas de etiqueta-, me dijo, con aquel aire y tono campechanos que le distinguían:

-Tenemos la costumbre de reunirnos cada tercer día los redactores de |La Discusión, en la oficina de la Redacción, a comunicarnos impresiones e ideas, discutir los asuntos públicos y distribuírnos los trabajos.

-Eso es muy bueno -observé-. Sin tal procedimiento no podría redactarse bien un diario.

-Bien. Y como usted es nuestro amigo y colaborador, hoy le llevaré a la junta de redactores.

- ¿Pero qué podré comunicarles yo que les sirva de algo?

- ¡Bah! En todo caso su ideas, y cuando menos su entusiasmo y calor. Estamos un tanto fríos y desorientados, y nos conviene la infusión de sangre republicana de América.

Asentí al cabo a lo que el señor Orense me proponía, y una hora después estuvimos juntos en la oficina de la Redacción. Allí estaban Rivero y Castelar, Becerra y Roberto Roberts. A poco de conversar entre ellos y Albaida, (así llamaban simplemente ellos al marqués de Albaida), no sin divagar algo sobre las necesidades de la política y las tendencias de la democracia española, en tanto que yo guardaba un discretísimo silencio, el Marqués me dijo:

- ¿Y usted qué piensa de nuestra política, amigo Samper?

- ¡Oh, señor don José María! -le respondí- ¿Cómo quiere usted que yo emita opinión sobre la política Española, si apenas comienzo a conocer a España?

-No importa -repuso el republicano Marqués-. La causa republicana es una misma en todo el mundo, y usted, hijo de una república, debe tener mucha más experiencia y comprender los intereses democráticos más claramente que nosotros republicanos teóricos, que apenas tratamos de preparar lo que ustedes tienen en Colombia desde 1821.

-En efecto -añadió Rivero- yo querría saber de qué manera ve el amigo Samper las perspectivas de la democracia española.

-Temo que mis observaciones sean desagradables para ustedes -dije con algún embarazo.

-Pues díganos usted cuanto quiera -repuso Orense.

-Y si ha de haber censura o contradicción de usted, más me gustaría oírle -añadió Rivero.

Hube de ceder, y les dije, en sustancia, lo siguiente:

"Creo, mis amigos, que ustedes están sirviendo a la causa democrática sin previsión, sin plan y sin método; que en ustedes y todos los demócratas reside una gran fuerza, pero que no la dirigen y condensan como conviene. La evolución política de 1854, que pudo ser una |revolución, porque provenía de grandes necesidades sociales y políticas, se dedujo a la triste categoría de |insurrección de cuartel y ha quedado la situación en manos de Generales cuya habilidad se reduce a vivir de expedientes, como el de la actual |Unión liberal, cuyo único resultado es corromper el régimen constitucional y parlamentario, explotando el interés de unos partidos que no tienen verdadera conciencia ni profesan principios. Tarde o temprano ha de venir otra gran revolución, que acaso barrerá todos los poderes actuales, y para entonces será necesario que ustedes hayan creado una conciencia democrática en la nación española; un orden de |ideas y convicciones capaces, por su consistencia, de sobreponerse a los intereses de partido y a las combinaciones dinásticas y personales.

"Y en mi concepto, ustedes no están engendrando, con |La Discusión, ideas y convicciones populares, sino pasiones sociales; pasiones que ustedes mismos, llegado el caso, no podrían contentar. Ustedes atacan al Gobierno con toda la destreza necesaria para evitarse multas o suspensiones, juicios de imprenta y hasta la suspensión de su diario; pero como sus ataques no son demostraciones, resultará que sus lectores detestarán del Gobierno actual y de la monarquía, pero no por eso adquirirán ni amarán los principios democráticos, ni cosa alguna que pueda llamarse ciencia y arte de gobernar. El señor Castelar (y que su modestia me perdone el decirlo en su presencia) es un admirable escritor y un maravilloso tribuno; pero es un escritor académico, y sus escritos parecen ir todos dirigidos a literatos o eruditos, o por lo menos a gentes capaces de comprender y apreciar la erudición histórica, mitológica y artística; y sus discursos, encantadores para un auditorio de poetas o de hombres avezados al estudio de obras de imaginación, de estética y de historia, no son para entendidos por el pueblo, no son propios para formar convicciones, pero ni aun claras nociones políticas, en las muchedumbres. Ustedes tienen que buscar su mayor fuerza en las clases medias y en la que se llama el |pueblo; y en estos dos elementos la inmensa masa es iliterata, ignorante. Por tanto, para inculcarla la verdad, es menester decírsela con suma sencillez, sin figuras de retórica, sin imágenes, sin tecnicismo alguno, sin alusiones cuya inteligencia requiera extensos conocimientos de historia, mitología, religión, filosofía, etc. De otro modo los lectores de escritos democráticos no

comprenderán los |intereses sociales y políticos que se trata de hacer dirigir y combinar conforme a la justicia, y no comprendiendo claramente los elementos de ningún problema, para ellos la democracia no será una |doctrina, una aspiración lógica de la civilización cristiana, sino una borrasca de odios y resentimientos, de envidia contra las clases ricas y gobernantes, de funestas pasiones, sin criterio alguno, que nadie podrá contener el día que una revolución las desencadene..."

No obstante el profundo respeto que yo tenía y mostraba por el carácter, los talentos, el saber y las virtudes del señor Castelar, mis observaciones debieron de lastimar su amor propio de escritor y orador; mayormente cuando el señor Orense me interrumpió para decir que cabalmente él había pensado del mismo modo, y había tomado siempre el mayor empeño en que se diese a la democracia española, por medio de |La Discusión y de otras publicaciones, una dirección enteramente práctica.

- ¿Y qué haría usted, señor Samper -me preguntó Castelar, visiblemente picado-, si fuese español y redactor de |La Discusión?

-Yo obraría directamente sobre el buen sentido del pueblo español, que es admirable, y trabajaría conforme a la más patente de las leyes económicas: la división del trabajo, metódicamente aplicada.

-Exponga usted su plan -repuso Castelar- y veremos.

Poco más o menos dije lo siguiente:

"Lo que más necesita el pueblo español es que le demuestren que las actuales instituciones son muy malas, y que, por tanto, es necesario cambiarlas. Pero como él no las conoce, por mucho que sienta sus malos efectos, es menester ponérselas a la vista, explicándoselas en lenguaje muy sencillo, para que vea en ellas las causas del malestar social. Así detestará de esas instituciones, que son los gérmenes del mal, y no de los hombres que las ejecutan, y por lo mismo, adquirirá convicciones en el sentido de la libertad, como las hay en Inglaterra, y no pasiones contra las clases superiores, como las que agitan los ánimos en Francia. El señor Castelar, a más de sus muchos y generales conocimientos, es especialista, como profesor de la Universidad, en lo tocante a instrucción pública. El señor Orense conoce mucho todo lo relacionado con la agricultura, la propiedad agraria y la policía rural. El señor Rivero, a fuer de abogado eminente y médico también, sabe por completo cuán defectuosamente organizados están los tribunales, los procedimientos y todos los servicios relacionados con los derechos y deberes civiles, la penalidad, la administración de justicia y la higiene pública. El señor Pi y Margall es fuerte en el conocimiento de los asuntos fiscales y económicos, asuntos muy vastos y complicados y de inmensa importancia. Y en fin, los señores Becerra, Roberts y demás servidores de la causa de­mocrática, pueden tratar muchísimos puntos de legislación política, municipal, etc.

"Pues bien: repártanse ustedes el trabajo y propónganse, cada cual en lo de su competencia, tratar todos los días, en |La Discusión, uno, dos o más puntos de legislación, exponiendo los hechos con claridad y sencillez, analizando los males que de cada institución o práctica gubernativa o administrativa se derivan, deduciendo lógicamente las consecuencias, indicando los remedios necesarios, y haciendo ver que estos no pueden emanar sino de un gobierno libre, verdaderamente electivo y alternativo, sujeto a fiscalización y responsable, es decir, democrático. Además, apelen ustedes al recurso de la comparación, que es muy eficaz, porque la mayor parte de las verdades se adquieren por comparación y método objetivo. No desdeñen ustedes, como ordinariamente lo hacen en España, el ejemplo de los pueblos libres, y procuren hacer conocer aquí las instituciones de estos pueblos, ora sean de razas latinas o anglosajonas, haciendo resaltar el bien que de ellas derivan las naciones que las han conquistado y planteado. Particularmente procuren hacer notar la similitud que debe haber entre el pueblo español y los de su misma raza que, no obstante su atraso y sus guerras civiles, están comprobando en el Nuevo Mundo que la libertad más amplia, pero limitada por la justicia, lejos de ser incompatible con el orden, es la condición necesaria de la estabilidad, de la civilización y del poder.

"Si ustedes se entregan con método y perseverancia a esta gran labor, antes de diez años tendrán formada en España una |conciencia pública democrática, una opinión liberal ilustrada, irresistible como potencia política y social, capaz de dominar a todos los partidos y hacer entrar sus ideas en todas las instituciones. Entonces, si la dinastía y los círculos gobernantes tuvieren cordura y patriotismo, cederán, y se verificará una gran revolución pacífica que engrandecerá mucho a España, con beneficio para toda la raza española: o si resistieren para perderse, la revolución armada será inevitable y estallará; pero ustedes podrán conducirla a buen término, porque contarán con una democracia ilustrada, es decir, con un pueblo guiado por convicciones fecudas, y no por pasiones malsanas. De otra suerte, si solo han de insurreccionarse pasiones, sin ideas, la revolución será estéril, y ustedes las víctimas de cualquier movimiento popular".

Muchos años después, hallándome en París, cuando había sucumbido la revolución española y acababa de caer el imperio napoleónico, tuve el dolor de ver a Castelar proscrito, después de haber sido Ministro de Estado, legislador y Presidente de la República Española, que tuvo tan efímera existencia; y hube de recordarle lo que yo había dicho y predicho en 1859, en la redacción de |La Discusión, y de hacerle notar una vez más que las revoluciones fecundas no se hacen sino comenzando por crear en los pueblos las convicciones que sirven de sustento a la idea del derecho y del deber, y a las instituciones que los hacen efectivos.

Volviendo a mis impresiones de viaje por España, resumiré algunas, las más importantes, para no repetir lo que narré en mi primer volumen de Viajes.

Desde luego, haré notar lo que me parecieron ser |el periodismo, la nobleza, los cafés públicos, los teatros, las plazas de toros, la agricultura, las vías de comunicación, las bellas artes y los partidos políticos de España.

No poco ha mejorado, así en lo sustancial como en su estilo y sus formas, hasta el presente, el periodismo español; pero a decir verdad, en 1859 me pareció ser generalmente insustancial, seguramente por la poca o ninguna libertad con que podía expresarse bajo la ruda autoridad del General O´Donell. Noté, sobre todo, que estaba inficionado de galicismos, así en las palabras como en la estructura de las frases y en los giros, y que, lejos de poner de manifiesto la originalidad del ingenio español, se aplicaba, con malas traducciones, a reproducir lo ajeno. Los mejores escritores eran académicos que rara vez colaboraban en el periodismo, por lo que no era de extrañar que esta forma literaria hiciese aparecer tan desventajosamente a España.

La casualidad, y solo la casualidad, me procuró ocasiones de tratar a algunos nobles españoles, si bien muy de paso a casi todos. En Barcelona conversé y aun discutí mucho sobre política, en la fonda donde estuve hospedado, con un gran marqués muy absolutista, partidario de doña Isabel II. Después, desde Valencia, di con el marqués de Albaida, que fue en España uno de mis mejores amigos, y que, en vez de absolutista, era, como he dicho, el jefe del partido republicano. En Madrid trabé amistad, en el café Suizo, con un barón isabelino, senador de pocos alcances y noble de nuevo cuño. Yendo de Madrid para Toledo, fui en un mismo compartimiento del tren con un marqués toledano, gran caballero muy bondadoso, a quien quedé muy obligado por sus finezas. En Córdoba tuve ocasión de tratar, durante dos horas, al duque de Almodóvar, descendiente del rey Boabdil, con motivo de una visita que me permitió hacer a su palacio, que es un primoroso museo. En Cádiz trabé conversación varias veces, en la mesa redonda de mi posada, con un Coronel retirado del servicio, que era conde de vieja alcurnia. Todos aquellos caballeros, no obstante la diversidad y aun oposición de sus ideas, me parecieron hombres excelentes por su trato llano y sencillo, su fácil sociabilidad, sus patrióticos sentimientos y sus maneras enteramente afables. Conversando con todos ellos (y por cierto que me mostraban buena voluntad y simpatía por el hecho de ser hispanoamericano), y estudiando lo mejor posible la situación política y social de España, me persuadí de que, ni en las instituciones, ni en las costumbres, había lo que se llama una |aristocracia. Lo que hay en España es |nobleza, y nobleza incomparablemente patriota y benévola. No creo establecer una paradoja al afirmar que es una nobleza democrática. Para el noble español, el título no significa un privilegio ni una valla que le separe del pueblo, de la masa entera de sus conciudadanos, sino un derecho reconocido a su estirpe de hombrearse más o menos con el Rey soberano; un certificado tradicional de la hidalguía, del valor, del patriotismo y la grandeza de sus antepasados; una prueba inequívoca de que estos antepasados hicieron algo o mucho por la libertad, la preponderancia o la gloría de España. Así la nobleza no es para los nobles españoles asunto de autoridad política ni de ventajas sobre sus conciudadanos, sino asunto de dignidad histórica y de honra personal y de familia.

España podría dejar de ser un pueblo relativamente libre, en el punto de vista de las instituciones y del gobierno, y sin embargo conservaría todas las apariencias de la más adelantada libertad, si se viese siempre a los españoles congregados en los cafés públicos. No he conocido país alguno de Europa o América donde los cafés ofrezcan espectáculo tan interesante y curioso como el que ofrecen los de España. Allí, al son del piano y de las copas y tazas, se habla cuanto se quiere, desde lo más alto de la política hasta lo más trivial de la vida privada, sin que la policía se atreva siquiera a mostrar veleidades represivas ni asomar adentro las narices. Las costumbres han establecido una espécie de pacto tácito que pudiera formularse así: el Gobierno podrá obrar a su arbitrio en muchos casos, y aun confiscar algunas veces todas las libertades públicas; pero siempre respetará en los cafés la absoluta libertad de la palabra. De esta libertad usan y abusan a su sabor los españoles; de suerte que en los cafés se revelan hasta los más íntimos secretos de la Corte y se discuten todas las reputaciones y todas las cosas posibles. De allí salen casi todos los chascarrillos de la prensa y los dichos que andan luego por las ciudades de boca en boca hasta convertirse en proverbios característicos de la situación. Puedo decir que las tres cuartas partes de los informes que obtuve sobre la política, las costumbres y las reputaciones literarias y militares de España, las recogí en los cafés de Barcelona y Valencia, Madrid y Aranjuez, Toledo y Valladolid, Granada y Málaga, Cádiz, Sevilla y Córdoba, Palencia y Santander, Bilbao y otras ciudades españolas.

Es general, entre los hispano­americanos que no han viajado por Europa, la opinión de que los franceses son el pueblo que tiene más gusto por el teatro; y así lo creen estos mismos, acaso por su general disposición a |representar en el trato social y en lo político, cual si casi todos tuvieran algo de comediantes. En cuanto a los españoles, se les imputa que su única o principal afición es la de las corridas de toros, y no se presume, por tanto, que tienen predilección por el teatro. En esto hay error. Así como el pueblo italiano es el más artista, en el sentido de las artes plásticas y de las formas y los vestidos, el alemán el más musical, y el francés el más artista en las actitudes y en las combinaciones del lenguaje, el español es el más dramático o teatral, roda su vida ha sido un inmenso drama, y ningún, pueblo puede presentar en su historia dramas tan prolongados, patéticos, heroicos ni conmovedores como el de la época de los Moros, que duró siete siglos, y el de más de tres que duraron la conquista, colonización y guerra de la independencia de la América. El español lleva y siente el drama en su propio ser, en su suelo patrio y en toda su historia, y esto explica la prodigiosa e incomparable fecundidad del ingenio español para las creaciones dramáticas. En mí concepto, la afición a la tauromaquia, a más de enlazarse en España con muchas tradiciones históricas -entre otras, los circos romanos y los juegos de cañas moriscos-, corresponde principalmente al sentimiento popular dramático. El circo de los toros es un teatro, y la lucha que allí se sostiene un terrible drama, mezcla animadísima de tragedia y comedia. Silos españoles tienen también grande afición a las loterías y a todo linaje de juegos, es porque en el juego hay siempre mucho de dramático, mucho que excita la imaginación con el áspero interés de lo misterioso. No he conocido, relativamente a la población total y a la importancia de las capitales, país alguno que tenga mayor número de teatros ni de compañías dramáticas que España, ni más asiduos concurrentes a los teatros, ni número igual de buenos autores dramáticos. En este punto de vista los españoles son superiores a todos los demás pueblos, con excepción, en algunos respectos, de los franceses.

Es pertinente el referir aquí una anécdota curiosa. Varias veces vi trabajar en el teatro del Príncipe a los dos actores más renombrados de España:

don Julián Romea y su esposa, doña Matilde Díez; y por cierto que salí siempre encantado. Una noche, al acabarse la representación, mi amigo Asquerino, que era notable dramaturgo y había leído casi todas mis piezas dramáticas, me llevó a presentarme a Romea y su esposa, y me recomendó como autor dramático hispanoamericano. Picóle esto la curiosidad a Romea, y me dijo:

-Las obras de usted deben de ser enteramente

nuevas para nosotros, si son nacionales, porque aquí no conocemos lo que escriben los americanos.

-Efectivamente -contesté-. Con excepción de dos dramas en verso, cuyas escenas pasan en España y en Francia, todas mis piezas son enteramente nacionales.

-Y creo que algunas podrían ser representadas en Madrid con buen éxito -añadió Asquerino.

 

 - ¿Querría usted mostrarme algunas de su predilección?- me preguntó Romea.

-Con el mayor gusto -le respondí- aunque no presumo sean bien recibidas.

-¿Por qué?

-Qué sé yo.

- ¡Ah! ¿Es usted modesto?

-No, señor; no adolezco de esa bella y generalmente falsa cualidad. Pero...

- ¡Vamos!...

-Mis piezas tienen todas un sabor tan republicano...

- ¡Endiablado sabor! -exclamó Romea, riendo.

-En todo caso, será usted complacido -añadí.

Al día siguiente me llevó Asquerino a casa de Romea, y le dejé el tomo más considerable de mis piezas dramáticas, indicándole de preferencia tres:

Un alcalde a la antigua, Percances de un empleo, Dios corrige, no mata. El grande actor me dijo que esperaba leerlas en cinco o seis días...

Al cabo de unos diez torné a verle en su casa y me dijo:

-He leído con vivo interés sus piezas de usted y con verdadero placer de artista. Me gusta mucho, por la idea, la versificación y el sentimiento, el drama Dios corrige, no mata; pero creo que usted tendría, para darlo a un teatro español, que hacer como Dios: corregirlo; porque tiene algunas escenas falsas, seguramente por haberlo imaginado usted desde lejos, sin conocer a España. En cuanto a las dos comedías, me encantan como obras de ingenio, de sátira y costumbres, y su versificación es excelente; pero los tipos me son completamente desconocidos, por ser del todo neogranadinos, si bien con mucho sabor español, y aunque yo los conociera no los representaría.

- ¿Por qué? -le pregunté.

-Ni la censura dejaría pasar las comedias de usted, ni yo las pondría en escena.

- ¡Ah! las ideas...

-Cabal. Mire usted: yo soy artista a mí modo, es decir, con entera conciencia. Soy absolutista en política y muy monarquista, y no podría pronunciar ni hacer pronunciar unas sátiras tan amargas, como las que contienen las comedias de usted, contra la forma de gobierno que aquí tenemos, a Dios gracias.

-Aplaudo la concienzuda entereza de usted

-le dije- y me encanta su franqueza.

Con esto pusimos fin a a la conversación, quedando muy buenos amigos.

Por lo visto, Romea era |un carácter.

No tienen idea mis compatriotas, si juzgan por las corridas de toros en Colombia, de lo que son las españolas. En estas se sublima el arte de la matanza, y el salvajismo se eleva hasta las proporciones de lo heroico, al propio tiempo que reviste el aspec­to de lo terriblemente grotesco. El pueblo español se exhibe en el circo, como artista de la más gentil ferocidad, y en el anfiteatro, como espectador, con toda su originalidad, su vehemencia de pasión, su entusiasmo por toda alma que sabe desafiar el peligro, y el espíritu de partido y de crítica zumbona que le caracteriza. Así como la política adquiere en España frecuentemente el carácter de una gran corrida de toros, cuyo circo es la nación y cuyos espadas, picadores y toreadores son los gobernantes, periodistas y oradores parlamentarios, las corridas de toros, a la inversa, suelen ser copias de las luchas políticas. En todo caso, son la más caracte­rística expresión de la índole y las costumbres del pueblo español.

Si hemos de exceptuar las comarcas de Cataluña y de las Andalucías, las provincias vascongadas y la |Huerta de Valencia, donde hay verdaderos cultivos, sostenidos con inteligencia, perseverancia y energía, puede decirse que las campiñas españolas, sobre todo en las Castillas, dan deplorable idea de los progresos agrícolas de España. Debe de haber adelantado notablemente la agricultura española, a virtud del fomento que han operado los ferrocarriles y de algunas medidas de gobierno; pero, en general, en 1859 los campos estaban a la buena de Dios, sin regadíos, solitarios y mal preparados por los cultivadores, cuando no abandonados a crías de ganados muy defectuosamente dirigidas. La falta de buenas vías de comunicación, el estancamiento en que estuvo una inmensa porción de la propiedad raíz, y el exceso de |protección, ejercida por medio de las instituciones aduaneras, habían causado un retroceso patente en la agricultura de las Castillas, la Extremadura y Aragón; y al recorrer estas provincias el viajero no podía menos que contristarse considerando que la época de Don Quijote subsistía intacta en unas campiñas fértiles de suyo y que la industria de los Moros había fecundado maravillosamente durante muchos siglos. Es de observar, por punto general, que la agricultura fundada en cosechas de los frutos de plantas permanentes, como el olivo y el alcaparro, la vida y la higuera, el naranjo y el limonero, el almendro y el avellano, si bien produce una riqueza relativa, fomenta la pereza en los labriegos y no desarrolla una actividad rural que les dé suficiente ocupación y bienestar durante todo el año. Esta es, en gran parte, la condición agrícola de España: esta es una inmensa huerta, más bien que un país de campiñas labradas por el arado y la azada, en tanto que sus tierras productoras de trigos no son suficientemente cultivadas; y de ahí resulta un relativo estancamiento de las facultades productivas del pueblo español y del rico pero muy seco suelo que cultiva, suelo retostado en gran parte por los vientos del Africa, y demasiado protegido por sus cadenas de montañas contra los vientos húmedos del Norte.

El gobierno español había comprendido desde 1854 la imperiosa necesidad que tenía España de buenas vías de comunicación, por lo que, a más de emprender la construcción de gran número de carreteras, y de hacer mejorar la navegación de los canales, los ríos y las aguas marítimas, había ido otorgando numerosas concesiones para construir ferrocarriles, algunos con capitales españoles y en su mayor número con capitales franceses. Ya en 1859 se había adelantado bastante, y en los veintidós años posteriores el progreso ha sido considerable. Sin embargo, no puede negarse que, en este punto de vista, España es uno de los países más atrasados de los que componen el Occidente, Centro y Sur de Europa. Tuve ocasión de viajar por las provincias españolas de todos los modos posibles: a caballo, en tartana, en diligencia, en barca de canal tirada por caballos, en barcos de vapor y en unos nueve o diez ferrocarriles; y por cierto que nada me pareció tan incómodo, semisalvaje y detestable como el servicio de las tartanas y diligencias. Todo esto irá pasando, y algún día casi será solo del dominio de la tradición, para gloria del siglo XIX.

Si en varios puntos de vista políticos y economicos hallé a España relativamente atrasado, en lo tocante a bellas artes me pareció ser un país de maravillas, por lo que hace a la arquitectura y la pintura. En ninguna parte se puede comparar mejor que en España las creaciones de los tres grandes estilos arquitectónicos: el gótico, el arábigo y el del Renacimiento; ni hay tesoros en otros museos, templos o palacios, más valiosos que los de las ciudades españolas, en punto a pinturas de los maestros españoles y flamencos, si bien son relativamente escasas las italianas, y más aún las francesas. Pero salvo uno que otro cuadro de mérito de algunos artistas del presente siglo, tales como los de Madrazo, y pocos monumentos, como el Teatro Real de Madrid y los de Barcelona, puede decirse que las obras de pintura y arquitectura pertenecen a las generaciones pasadas. Casi ha perdido España la tradición de sus antiguos artistas, y sobre todo, ha perdido el genio creador.

Los maestros o compositores músicos me parecieron muy medianos e inferiores a los de cualquier otro país europeo, a juzgar por las zarzuelas y operetas a cuya representación asistí en siete u ocho capitales; composiciones que sólo me parecieron notables por su monotonía y falta de originalidad y vigor. En cuanto a la escultura, nada encontré en España que me indicase su auge entre los contemporáneos, ni progreso alguno.

Para concluír este capítulo, acaso demasiado extenso, bien que nunca será excesivo lo que en Colombia se diga o escriba con relación a la madre patria, emitiré brevemente el juicio que formé de sus partidos políticos y su gobierno.

Parecióme enteramente falseado el régimen constitucional y parlamentario, fuese por causa del antagonismo de tendencias dinásticas, fuese por falta de comprensión, del mayor número de monarquistas, de los principios, las necesidades y la lógica del gobierno constitucional. Casi no hay ejemplo de que al hacerse elecciones de senadores o diputados, no triunfe en ellas el gobierno, sea cual fuere el partido gobernante; lo que patentiza la muy escasa realidad de la independencia del sufragio y del régimen representativo.

De ordinario, el gobierno y la administración han sido fruto de coaliciones de círculos políticos, las cuales, si bien han mantenido por algún tiempo el orden público, han relajado con la intriga los resortes de la moralidad pública. Y no ha podido menos que mantenerse el sistema de las coaliciones artificiales, habiendo tan numerosos partidos en España, y tal discordancia en las ideas, que ninguno de ellos ha tenido fuerza bastante para impulsar la Nación y caracterizar la política. En 1859, cuando yo viajaba por España, había un partido absolutista carlista y una fracción de carlistas Constitucionales; habla |isabelinos de varias clases, llamados moderados, templados y progresistas; había demócratas monarquistas y demócratas republicanos; había "clericales, o "ultramontanos"; había una fracción de tendencias militaristas, y comenzaba a formarse un grupo de radicales con marcadas inclinaciones socialistas.

¿Tenían razón de ser todos aquellos partidos y parcialidades? Mucho lo dudé, y me pareció que esa diversidad artificial y anárquica era fruto del sistema de intrigas corruptoras que sucesivamente hablan practicado los Esparteros, los Narváez, los O´Donell y demás gobernantes, Una gran revolución me parecía ser inevitable en España, como desde entonces lo anuncié en mis escritos, y creí que, si allí sería muy difícil, y acaso funesto durante muchos años, que se plantease la república, ningún pueblo tenía mejores condiciones, por su carácter y su historia, para adoptar instituciones juiciosamente democráticas y alcanzar con ellas estabilidad y progreso.

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