ÓBSERVACIONES Y
ANECDOTAS EN ESPAÑA
Un día que fui temprano a visitar al señor Orense, -pues a él no
le gustaban las visitas de etiqueta-, me dijo, con aquel aire y
tono campechanos que le distinguían:
-Tenemos la costumbre de reunirnos cada tercer día los
redactores de
|La Discusión, en la oficina de la Redacción,
a comunicarnos impresiones e ideas, discutir los asuntos públicos y
distribuírnos los trabajos.
-Eso es muy bueno -observé-. Sin tal procedimiento no podría
redactarse bien un diario.
-Bien. Y como usted es nuestro amigo y colaborador, hoy le
llevaré a la junta de redactores.
- ¿Pero qué podré comunicarles yo que les sirva de algo?
- ¡Bah! En todo caso su ideas, y cuando menos su entusiasmo y
calor. Estamos un tanto fríos y desorientados, y nos conviene la
infusión de sangre republicana de América.
Asentí al cabo a lo que el señor Orense me proponía, y una hora
después estuvimos juntos en la oficina de la Redacción. Allí
estaban Rivero y Castelar, Becerra y Roberto Roberts. A poco de
conversar entre ellos y Albaida, (así llamaban simplemente ellos al
marqués de Albaida), no sin divagar algo sobre las necesidades de
la política y las tendencias de la democracia española, en tanto
que yo guardaba un discretísimo silencio, el Marqués me dijo:
- ¿Y usted qué piensa de nuestra política, amigo Samper?
- ¡Oh, señor don José María! -le respondí- ¿Cómo quiere usted
que yo emita opinión sobre la política Española, si apenas comienzo
a conocer a España?
-No importa -repuso el republicano Marqués-. La causa
republicana es una misma en todo el mundo, y usted, hijo de una
república, debe tener mucha más experiencia y comprender los
intereses democráticos más claramente que nosotros republicanos
teóricos, que apenas tratamos de preparar lo que ustedes tienen en
Colombia desde 1821.
-En efecto -añadió Rivero- yo querría saber de qué manera ve el
amigo Samper las perspectivas de la democracia española.
-Temo que mis observaciones sean desagradables para ustedes
-dije con algún embarazo.
-Pues díganos usted cuanto quiera -repuso Orense.
-Y si ha de haber censura o contradicción de usted, más me
gustaría oírle -añadió Rivero.
Hube de ceder, y les dije, en sustancia, lo siguiente:
"Creo, mis amigos, que ustedes están sirviendo a la causa
democrática sin previsión, sin plan y sin método; que en ustedes y
todos los demócratas reside una gran fuerza, pero que no la dirigen
y condensan como conviene. La evolución política de 1854, que pudo
ser una
|revolución, porque provenía de grandes necesidades
sociales y políticas, se dedujo a la triste categoría de
|insurrección de cuartel y ha quedado la situación en manos
de Generales cuya habilidad se reduce a vivir de expedientes, como
el de la actual
|Unión liberal, cuyo único resultado es
corromper el régimen constitucional y parlamentario, explotando el
interés de unos partidos que no tienen verdadera conciencia ni
profesan principios. Tarde o temprano ha de venir otra gran
revolución, que acaso barrerá todos los poderes actuales, y para
entonces será necesario que ustedes hayan creado una conciencia
democrática en la nación española; un orden de
|ideas y
convicciones capaces, por su consistencia, de sobreponerse a los
intereses de partido y a las combinaciones dinásticas y
personales.
"Y en mi concepto, ustedes no están engendrando, con
|La
Discusión, ideas y convicciones populares, sino pasiones
sociales; pasiones que ustedes mismos, llegado el caso, no podrían
contentar. Ustedes atacan al Gobierno con toda la destreza
necesaria para evitarse multas o suspensiones, juicios de imprenta
y hasta la suspensión de su diario; pero como sus ataques no son
demostraciones, resultará que sus lectores detestarán del Gobierno
actual y de la monarquía, pero no por eso adquirirán ni amarán los
principios democráticos, ni cosa alguna que pueda llamarse ciencia
y arte de gobernar. El señor Castelar (y que su modestia me perdone
el decirlo en su presencia) es un admirable escritor y un
maravilloso tribuno; pero es un escritor académico, y sus escritos
parecen ir todos dirigidos a literatos o eruditos, o por lo menos a
gentes capaces de comprender y apreciar la erudición histórica,
mitológica y artística; y sus discursos, encantadores para un
auditorio de poetas o de hombres avezados al estudio de obras de
imaginación, de estética y de historia, no son para entendidos por
el pueblo, no son propios para formar convicciones, pero ni aun
claras nociones políticas, en las muchedumbres. Ustedes tienen que
buscar su mayor fuerza en las clases medias y en la que se llama el
|pueblo; y en estos dos elementos la inmensa masa es
iliterata, ignorante. Por tanto, para inculcarla la verdad, es
menester decírsela con suma sencillez, sin figuras de retórica, sin
imágenes, sin tecnicismo alguno, sin alusiones cuya inteligencia
requiera extensos conocimientos de historia, mitología, religión,
filosofía, etc. De otro modo los lectores de escritos democráticos
no
comprenderán los
|intereses sociales y políticos que se
trata de hacer dirigir y combinar conforme a la justicia, y no
comprendiendo claramente los elementos de ningún problema, para
ellos la democracia no será una
|doctrina, una aspiración
lógica de la civilización cristiana, sino una borrasca de odios y
resentimientos, de envidia contra las clases ricas y gobernantes,
de funestas pasiones, sin criterio alguno, que nadie podrá contener
el día que una revolución las desencadene..."
No obstante el profundo respeto que yo tenía y mostraba por el
carácter, los talentos, el saber y las virtudes del señor Castelar,
mis observaciones debieron de lastimar su amor propio de escritor y
orador; mayormente cuando el señor Orense me interrumpió para decir
que cabalmente él había pensado del mismo modo, y había tomado
siempre el mayor empeño en que se diese a la democracia española,
por medio de
|La Discusión y de otras publicaciones, una
dirección enteramente práctica.
- ¿Y qué haría usted, señor Samper -me preguntó Castelar,
visiblemente picado-, si fuese español y redactor de
|La
Discusión?
-Yo obraría directamente sobre el buen sentido del pueblo
español, que es admirable, y trabajaría conforme a la más patente
de las leyes económicas: la división del trabajo, metódicamente
aplicada.
-Exponga usted su plan -repuso Castelar- y veremos.
Poco más o menos dije lo siguiente:
"Lo que más necesita el pueblo español es que le demuestren que
las actuales instituciones son muy malas, y que, por tanto, es
necesario cambiarlas. Pero como él no las conoce, por mucho que
sienta sus malos efectos, es menester ponérselas a la vista,
explicándoselas en lenguaje muy sencillo, para que vea en ellas las
causas del malestar social. Así detestará de esas instituciones,
que son los gérmenes del mal, y no de los hombres que las ejecutan,
y por lo mismo, adquirirá convicciones en el sentido de la
libertad, como las hay en Inglaterra, y no pasiones contra las
clases superiores, como las que agitan los ánimos en Francia. El
señor Castelar, a más de sus muchos y generales conocimientos, es
especialista, como profesor de la Universidad, en lo tocante a
instrucción pública. El señor Orense conoce mucho todo lo
relacionado con la agricultura, la propiedad agraria y la policía
rural. El señor Rivero, a fuer de abogado eminente y médico
también, sabe por completo cuán defectuosamente organizados están
los tribunales, los procedimientos y todos los servicios
relacionados con los derechos y deberes civiles, la penalidad, la
administración de justicia y la higiene pública. El señor Pi y
Margall es fuerte en el conocimiento de los asuntos fiscales y
económicos, asuntos muy vastos y complicados y de inmensa
importancia. Y en fin, los señores Becerra, Roberts y demás
servidores de la causa democrática, pueden tratar muchísimos
puntos de legislación política, municipal, etc.
"Pues bien: repártanse ustedes el trabajo y propónganse, cada
cual en lo de su competencia, tratar todos los días, en
|La
Discusión, uno, dos o más puntos de legislación, exponiendo
los hechos con claridad y sencillez, analizando los males que de
cada institución o práctica gubernativa o administrativa se
derivan, deduciendo lógicamente las consecuencias, indicando los
remedios necesarios, y haciendo ver que estos no pueden emanar sino
de un gobierno libre, verdaderamente electivo y alternativo, sujeto
a fiscalización y responsable, es decir, democrático. Además,
apelen ustedes al recurso de la comparación, que es muy eficaz,
porque la mayor parte de las verdades se adquieren por comparación
y método objetivo. No desdeñen ustedes, como ordinariamente lo
hacen en España, el ejemplo de los pueblos libres, y procuren hacer
conocer aquí las instituciones de estos pueblos, ora sean de razas
latinas o anglosajonas, haciendo resaltar el bien que de ellas
derivan las naciones que las han conquistado y planteado.
Particularmente procuren hacer notar la similitud que debe haber
entre el pueblo español y los de su misma raza que, no obstante su
atraso y sus guerras civiles, están comprobando en el Nuevo Mundo
que la libertad más amplia, pero limitada por la justicia, lejos de
ser incompatible con el orden, es la condición necesaria de la
estabilidad, de la civilización y del poder.
"Si ustedes se entregan con método y perseverancia a esta gran
labor, antes de diez años tendrán formada en España una
|conciencia pública democrática, una opinión liberal
ilustrada, irresistible como potencia política y social, capaz de
dominar a todos los partidos y hacer entrar sus ideas en todas las
instituciones. Entonces, si la dinastía y los círculos gobernantes
tuvieren cordura y patriotismo, cederán, y se verificará una gran
revolución pacífica que engrandecerá mucho a España, con beneficio
para toda la raza española: o si resistieren para perderse, la
revolución armada será inevitable y estallará; pero ustedes podrán
conducirla a buen término, porque contarán con una democracia
ilustrada, es decir, con un pueblo guiado por convicciones fecudas,
y no por pasiones malsanas. De otra suerte, si solo han de
insurreccionarse pasiones, sin ideas, la revolución será estéril, y
ustedes las víctimas de cualquier movimiento popular".
Muchos años después, hallándome en París, cuando había sucumbido
la revolución española y acababa de caer el imperio napoleónico,
tuve el dolor de ver a Castelar proscrito, después de haber sido
Ministro de Estado, legislador y Presidente de la República
Española, que tuvo tan efímera existencia; y hube de recordarle lo
que yo había dicho y predicho en 1859, en la redacción de
|La
Discusión, y de hacerle notar una vez más que las revoluciones
fecundas no se hacen sino comenzando por crear en los pueblos las
convicciones que sirven de sustento a la idea del derecho y del
deber, y a las instituciones que los hacen efectivos.
Volviendo a mis impresiones de viaje por España, resumiré
algunas, las más importantes, para no repetir lo que narré en mi
primer volumen de Viajes.
Desde luego, haré notar lo que me parecieron ser
|el
periodismo, la nobleza, los cafés públicos, los teatros, las plazas
de toros, la agricultura, las vías de comunicación, las bellas
artes y los partidos políticos de España.
No poco ha mejorado, así en lo sustancial como en su estilo y
sus formas, hasta el presente, el periodismo español; pero a decir
verdad, en 1859 me pareció ser generalmente insustancial,
seguramente por la poca o ninguna libertad con que podía expresarse
bajo la ruda autoridad del General O´Donell. Noté, sobre todo, que
estaba inficionado de galicismos, así en las palabras como en la
estructura de las frases y en los giros, y que, lejos de poner de
manifiesto la originalidad del ingenio español, se aplicaba, con
malas traducciones, a reproducir lo ajeno. Los mejores escritores
eran académicos que rara vez colaboraban en el periodismo, por lo
que no era de extrañar que esta forma literaria hiciese aparecer
tan desventajosamente a España.
La casualidad, y solo la casualidad, me procuró ocasiones de
tratar a algunos nobles españoles, si bien muy de paso a casi
todos. En Barcelona conversé y aun discutí mucho sobre política, en
la fonda donde estuve hospedado, con un gran marqués muy
absolutista, partidario de doña Isabel II. Después, desde Valencia,
di con el marqués de Albaida, que fue en España uno de mis mejores
amigos, y que, en vez de absolutista, era, como he dicho, el jefe
del partido republicano. En Madrid trabé amistad, en el café Suizo,
con un barón isabelino, senador de pocos alcances y noble de nuevo
cuño. Yendo de Madrid para Toledo, fui en un mismo compartimiento
del tren con un marqués toledano, gran caballero muy bondadoso, a
quien quedé muy obligado por sus finezas. En Córdoba tuve ocasión
de tratar, durante dos horas, al duque de Almodóvar, descendiente
del rey Boabdil, con motivo de una visita que me permitió hacer a
su palacio, que es un primoroso museo. En Cádiz trabé conversación
varias veces, en la mesa redonda de mi posada, con un Coronel
retirado del servicio, que era conde de vieja alcurnia. Todos
aquellos caballeros, no obstante la diversidad y aun oposición de
sus ideas, me parecieron hombres excelentes por su trato llano y
sencillo, su fácil sociabilidad, sus patrióticos sentimientos y sus
maneras enteramente afables. Conversando con todos ellos (y por
cierto que me mostraban buena voluntad y simpatía por el hecho de
ser hispanoamericano), y estudiando lo mejor posible la situación
política y social de España, me persuadí de que, ni en las
instituciones, ni en las costumbres, había lo que se llama una
|aristocracia. Lo que hay en España es
|nobleza, y
nobleza incomparablemente patriota y benévola. No creo establecer
una paradoja al afirmar que es una nobleza democrática. Para el
noble español, el título no significa un privilegio ni una valla
que le separe del pueblo, de la masa entera de sus conciudadanos,
sino un derecho reconocido a su estirpe de hombrearse más o menos
con el Rey soberano; un certificado tradicional de la hidalguía,
del valor, del patriotismo y la grandeza de sus antepasados; una
prueba inequívoca de que estos antepasados hicieron algo o mucho
por la libertad, la preponderancia o la gloría de España. Así la
nobleza no es para los nobles españoles asunto de autoridad
política ni de ventajas sobre sus conciudadanos, sino asunto de
dignidad histórica y de honra personal y de familia.
España podría dejar de ser un pueblo relativamente libre, en el
punto de vista de las instituciones y del gobierno, y sin embargo
conservaría todas las apariencias de la más adelantada libertad, si
se viese siempre a los españoles congregados en los cafés públicos.
No he conocido país alguno de Europa o América donde los cafés
ofrezcan espectáculo tan interesante y curioso como el que ofrecen
los de España. Allí, al son del piano y de las copas y tazas, se
habla cuanto se quiere, desde lo más alto de la política hasta lo
más trivial de la vida privada, sin que la policía se atreva
siquiera a mostrar veleidades represivas ni asomar adentro las
narices. Las costumbres han establecido una espécie de pacto tácito
que pudiera formularse así: el Gobierno podrá obrar a su arbitrio
en muchos casos, y aun confiscar algunas veces todas las libertades
públicas; pero siempre respetará en los cafés la absoluta libertad
de la palabra. De esta libertad usan y abusan a su sabor los
españoles; de suerte que en los cafés se revelan hasta los más
íntimos secretos de la Corte y se discuten todas las reputaciones y
todas las cosas posibles. De allí salen casi todos los
chascarrillos de la prensa y los dichos que andan luego por las
ciudades de boca en boca hasta convertirse en proverbios
característicos de la situación. Puedo decir que las tres cuartas
partes de los informes que obtuve sobre la política, las costumbres
y las reputaciones literarias y militares de España, las recogí en
los cafés de Barcelona y Valencia, Madrid y Aranjuez, Toledo y
Valladolid, Granada y Málaga, Cádiz, Sevilla y Córdoba, Palencia y
Santander, Bilbao y otras ciudades españolas.
Es general, entre los hispanoamericanos que no han viajado por
Europa, la opinión de que los franceses son el pueblo que tiene más
gusto por el teatro; y así lo creen estos mismos, acaso por su
general disposición a
|representar en el trato social y en
lo político, cual si casi todos tuvieran algo de comediantes. En
cuanto a los españoles, se les imputa que su única o principal
afición es la de las corridas de toros, y no se presume, por tanto,
que tienen predilección por el teatro. En esto hay error. Así como
el pueblo italiano es el más artista, en el sentido de las artes
plásticas y de las formas y los vestidos, el alemán el más musical,
y el francés el más artista en las actitudes y en las combinaciones
del lenguaje, el español es el más dramático o teatral, roda su
vida ha sido un inmenso drama, y ningún, pueblo puede presentar en
su historia dramas tan prolongados, patéticos, heroicos ni
conmovedores como el de la época de los Moros, que duró siete
siglos, y el de más de tres que duraron la conquista, colonización
y guerra de la independencia de la América. El español lleva y
siente el drama en su propio ser, en su suelo patrio y en toda su
historia, y esto explica la prodigiosa e incomparable fecundidad
del ingenio español para las creaciones dramáticas. En mí concepto,
la afición a la tauromaquia, a más de enlazarse en España con
muchas tradiciones históricas -entre otras, los circos romanos y
los juegos de cañas moriscos-, corresponde principalmente al
sentimiento popular dramático. El circo de los toros es un teatro,
y la lucha que allí se sostiene un terrible drama, mezcla
animadísima de tragedia y comedia. Silos españoles tienen también
grande afición a las loterías y a todo linaje de juegos, es porque
en el juego hay siempre mucho de dramático, mucho que excita la
imaginación con el áspero interés de lo misterioso. No he conocido,
relativamente a la población total y a la importancia de las
capitales, país alguno que tenga mayor número de teatros ni de
compañías dramáticas que España, ni más asiduos concurrentes a los
teatros, ni número igual de buenos autores dramáticos. En este
punto de vista los españoles son superiores a todos los demás
pueblos, con excepción, en algunos respectos, de los franceses.
Es pertinente el referir aquí una anécdota curiosa. Varias veces
vi trabajar en el teatro del Príncipe a los dos actores más
renombrados de España:
don Julián Romea y su esposa, doña Matilde Díez; y por cierto
que salí siempre encantado. Una noche, al acabarse la
representación, mi amigo Asquerino, que era notable dramaturgo y
había leído casi todas mis piezas dramáticas, me llevó a
presentarme a Romea y su esposa, y me recomendó como autor
dramático hispanoamericano. Picóle esto la curiosidad a Romea, y me
dijo:
-Las obras de usted deben de ser enteramente
nuevas para nosotros, si son nacionales, porque aquí no
conocemos lo que escriben los americanos.
-Efectivamente -contesté-. Con excepción de dos dramas en verso,
cuyas escenas pasan en España y en Francia, todas mis piezas son
enteramente nacionales.
-Y creo que algunas podrían ser representadas en Madrid con buen
éxito -añadió Asquerino.
- ¿Querría usted mostrarme algunas de su predilección?- me
preguntó Romea.
-Con el mayor gusto -le respondí- aunque no presumo sean bien
recibidas.
-¿Por qué?
-Qué sé yo.
- ¡Ah! ¿Es usted modesto?
-No, señor; no adolezco de esa bella y generalmente falsa
cualidad. Pero...
- ¡Vamos!...
-Mis piezas tienen todas un sabor tan republicano...
- ¡Endiablado sabor! -exclamó Romea, riendo.
-En todo caso, será usted complacido -añadí.
Al día siguiente me llevó Asquerino a casa de Romea, y le dejé
el tomo más considerable de mis piezas dramáticas, indicándole de
preferencia tres:
Un alcalde a la antigua, Percances de un empleo, Dios corrige,
no mata. El grande actor me dijo que esperaba leerlas en cinco o
seis días...
Al cabo de unos diez torné a verle en su casa y me dijo:
-He leído con vivo interés sus piezas de usted y con verdadero
placer de artista. Me gusta mucho, por la idea, la versificación y
el sentimiento, el drama Dios corrige, no mata; pero creo que usted
tendría, para darlo a un teatro español, que hacer como Dios:
corregirlo; porque tiene algunas escenas falsas, seguramente por
haberlo imaginado usted desde lejos, sin conocer a España. En
cuanto a las dos comedías, me encantan como obras de ingenio, de
sátira y costumbres, y su versificación es excelente; pero los
tipos me son completamente desconocidos, por ser del todo
neogranadinos, si bien con mucho sabor español, y aunque yo los
conociera no los representaría.
- ¿Por qué? -le pregunté.
-Ni la censura dejaría pasar las comedias de usted, ni yo las
pondría en escena.
- ¡Ah! las ideas...
-Cabal. Mire usted: yo soy artista a mí modo, es decir, con
entera conciencia. Soy absolutista en política y muy monarquista, y
no podría pronunciar ni hacer pronunciar unas sátiras tan amargas,
como las que contienen las comedias de usted, contra la forma de
gobierno que aquí tenemos, a Dios gracias.
-Aplaudo la concienzuda entereza de usted
-le dije- y me encanta su franqueza.
Con esto pusimos fin a a la conversación, quedando muy buenos
amigos.
Por lo visto, Romea era
|un carácter.
No tienen idea mis compatriotas, si juzgan por las corridas de
toros en Colombia, de lo que son las españolas. En estas se sublima
el arte de la matanza, y el salvajismo se eleva hasta las
proporciones de lo heroico, al propio tiempo que reviste el
aspecto de lo terriblemente grotesco. El pueblo español se exhibe
en el circo, como artista de la más gentil ferocidad, y en el
anfiteatro, como espectador, con toda su originalidad, su
vehemencia de pasión, su entusiasmo por toda alma que sabe desafiar
el peligro, y el espíritu de partido y de crítica zumbona que le
caracteriza. Así como la política adquiere en España frecuentemente
el carácter de una gran corrida de toros, cuyo circo es la nación y
cuyos espadas, picadores y toreadores son los gobernantes,
periodistas y oradores parlamentarios, las corridas de toros, a la
inversa, suelen ser copias de las luchas políticas. En todo caso,
son la más característica expresión de la índole y las costumbres
del pueblo español.
Si hemos de exceptuar las comarcas de Cataluña y de las
Andalucías, las provincias vascongadas y la
|Huerta de
Valencia, donde hay verdaderos cultivos, sostenidos con
inteligencia, perseverancia y energía, puede decirse que las
campiñas españolas, sobre todo en las Castillas, dan deplorable
idea de los progresos agrícolas de España. Debe de haber adelantado
notablemente la agricultura española, a virtud del fomento que han
operado los ferrocarriles y de algunas medidas de gobierno; pero,
en general, en 1859 los campos estaban a la buena de Dios, sin
regadíos, solitarios y mal preparados por los cultivadores, cuando
no abandonados a crías de ganados muy defectuosamente dirigidas. La
falta de buenas vías de comunicación, el estancamiento en que
estuvo una inmensa porción de la propiedad raíz, y el exceso de
|protección, ejercida por medio de las instituciones
aduaneras, habían causado un retroceso patente en la agricultura de
las Castillas, la Extremadura y Aragón; y al recorrer estas
provincias el viajero no podía menos que contristarse considerando
que la época de Don Quijote subsistía intacta en unas campiñas
fértiles de suyo y que la industria de los Moros había fecundado
maravillosamente durante muchos siglos. Es de observar, por punto
general, que la agricultura fundada en cosechas de los frutos de
plantas permanentes, como el olivo y el alcaparro, la vida y la
higuera, el naranjo y el limonero, el almendro y el avellano, si
bien produce una riqueza relativa, fomenta la pereza en los
labriegos y no desarrolla una actividad rural que les dé suficiente
ocupación y bienestar durante todo el año. Esta es, en gran parte,
la condición agrícola de España: esta es una inmensa huerta, más
bien que un país de campiñas labradas por el arado y la azada, en
tanto que sus tierras productoras de trigos no son suficientemente
cultivadas; y de ahí resulta un relativo estancamiento de las
facultades productivas del pueblo español y del rico pero muy seco
suelo que cultiva, suelo retostado en gran parte por los vientos
del Africa, y demasiado protegido por sus cadenas de montañas
contra los vientos húmedos del Norte.
El gobierno español había comprendido desde 1854 la imperiosa
necesidad que tenía España de buenas vías de comunicación, por lo
que, a más de emprender la construcción de gran número de
carreteras, y de hacer mejorar la navegación de los canales, los
ríos y las aguas marítimas, había ido otorgando numerosas
concesiones para construir ferrocarriles, algunos con capitales
españoles y en su mayor número con capitales franceses. Ya en 1859
se había adelantado bastante, y en los veintidós años posteriores
el progreso ha sido considerable. Sin embargo, no puede negarse
que, en este punto de vista, España es uno de los países más
atrasados de los que componen el Occidente, Centro y Sur de Europa.
Tuve ocasión de viajar por las provincias españolas de todos los
modos posibles: a caballo, en tartana, en diligencia, en barca de
canal tirada por caballos, en barcos de vapor y en unos nueve o
diez ferrocarriles; y por cierto que nada me pareció tan incómodo,
semisalvaje y detestable como el servicio de las tartanas y
diligencias. Todo esto irá pasando, y algún día casi será solo del
dominio de la tradición, para gloria del siglo XIX.
Si en varios puntos de vista políticos y economicos hallé a
España relativamente atrasado, en lo tocante a bellas artes me
pareció ser un país de maravillas, por lo que hace a la
arquitectura y la pintura. En ninguna parte se puede comparar mejor
que en España las creaciones de los tres grandes estilos
arquitectónicos: el gótico, el arábigo y el del Renacimiento; ni
hay tesoros en otros museos, templos o palacios, más valiosos que
los de las ciudades españolas, en punto a pinturas de los maestros
españoles y flamencos, si bien son relativamente escasas las
italianas, y más aún las francesas. Pero salvo uno que otro cuadro
de mérito de algunos artistas del presente siglo, tales como los de
Madrazo, y pocos monumentos, como el Teatro Real de Madrid y los de
Barcelona, puede decirse que las obras de pintura y arquitectura
pertenecen a las generaciones pasadas. Casi ha perdido España la
tradición de sus antiguos artistas, y sobre todo, ha perdido el
genio creador.
Los maestros o compositores músicos me parecieron muy medianos e
inferiores a los de cualquier otro país europeo, a juzgar por las
zarzuelas y operetas a cuya representación asistí en siete u ocho
capitales; composiciones que sólo me parecieron notables por su
monotonía y falta de originalidad y vigor. En cuanto a la
escultura, nada encontré en España que me indicase su auge entre
los contemporáneos, ni progreso alguno.
Para concluír este capítulo, acaso demasiado extenso, bien que
nunca será excesivo lo que en Colombia se diga o escriba con
relación a la madre patria, emitiré brevemente el juicio que formé
de sus partidos políticos y su gobierno.
Parecióme enteramente falseado el régimen constitucional y
parlamentario, fuese por causa del antagonismo de tendencias
dinásticas, fuese por falta de comprensión, del mayor número de
monarquistas, de los principios, las necesidades y la lógica del
gobierno constitucional. Casi no hay ejemplo de que al hacerse
elecciones de senadores o diputados, no triunfe en ellas el
gobierno, sea cual fuere el partido gobernante; lo que patentiza la
muy escasa realidad de la independencia del sufragio y del régimen
representativo.
De ordinario, el gobierno y la administración han sido fruto de
coaliciones de círculos políticos, las cuales, si bien han
mantenido por algún tiempo el orden público, han relajado con la
intriga los resortes de la moralidad pública. Y no ha podido menos
que mantenerse el sistema de las coaliciones artificiales, habiendo
tan numerosos partidos en España, y tal discordancia en las ideas,
que ninguno de ellos ha tenido fuerza bastante para impulsar la
Nación y caracterizar la política. En 1859, cuando yo viajaba por
España, había un partido absolutista carlista y una fracción de
carlistas Constitucionales; habla
|isabelinos de varias
clases, llamados moderados, templados y progresistas; había
demócratas monarquistas y demócratas republicanos; había
"clericales, o "ultramontanos"; había una fracción de tendencias
militaristas, y comenzaba a formarse un grupo de radicales con
marcadas inclinaciones socialistas.
¿Tenían razón de ser todos aquellos partidos y parcialidades?
Mucho lo dudé, y me pareció que esa diversidad artificial y
anárquica era fruto del sistema de intrigas corruptoras que
sucesivamente hablan practicado los Esparteros, los Narváez, los
O´Donell y demás gobernantes, Una gran revolución me parecía ser
inevitable en España, como desde entonces lo anuncié en mis
escritos, y creí que, si allí sería muy difícil, y acaso funesto
durante muchos años, que se plantease la república, ningún pueblo
tenía mejores condiciones, por su carácter y su historia, para
adoptar instituciones juiciosamente democráticas y alcanzar con
ellas estabilidad y progreso.