INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
MI VIAJE A ESPAÑA
 


 

Dos circunstancias me movían, desde un principio, a desear vivamente conocer a España, empezando por ella la serie de excursiones y viajes que me proponía hacer por los diversos países europeos. Por una parte, yo estaba imbuido -a fuer de radi­cal colombiano de entonces, y por la falta de comunicaciones y relaciones en que se hallaban mi país y la madre patria-, en la preocupación de suponer que España era en todos sentidos el país más atrasado de la Europa cristiana; y me parecía que, para viajar con agrado y provecho, lo más conveniente era ir ascendiendo en la escala de la civilización, como viajero, es decir, pasando de lo más atrasado y antiguo a lo más adelantado y moderno. De ahí mi propósito de recorrer primero a España e Italia, antes de viajar por toda Francia, Suiza y Alemania, Bélgica, Holanda e Inglaterra.

Por otra parte, yo era profundamente español por el sentimiento, no obstante el ardor de mi entusiasmo republicano y de mi espíritu progresista. Mi alma se había educado principalmente con las inspiraciones del ingenio español, bebiendo en las inagotables fuentes que han hecho de la literatura peninsular un inmenso tesoro; y además, a pesar de mis convicciones republicanas y educación democrática, yo cultivaba con veneración el afecto a la tierra de mis mayores y a la caballeresca raza cuya sangre bullía en mi corazón.

Yo ansiaba, pues, como lo decía a mi familia, por "vivir en castellano", siquiera fuese andando solo y tan de paso como puede hacerlo un viajero. Parecíame también que España estaba en camino de solicitar grandes reformas en el sentido democrático -acaso de experimentar una gran transformación política y social-, y creía llegado el momento de que los hispano-americanos y los españoles nos diésemos la mano y mancomunásemos nuestros esfuerzos, a fin de levantar a la mayor altura posible nuestra raza, no poco abatida y desacreditada en casi todo el mundo moderno, después de haber hecho el primer papel en siglos anteriores.

Yo había preparado en cierto modo, mi viaje a España con algunos escritos enviados a Madrid desde París; y mi nombre no era enteramente desconocido entre los escritores madrileños, merced a dos series de artículos y algunas composiciones poé­ticas, referentes a la América española y a sus relaciones con España; escritos que habían sido publicados en Madrid en La Discusión (órgano del partido democrático y diario que tenía por principales redactores a Orense, Castelar y Rivero), y en la América, semanario muy interesante que publicaba mi hoy día lamentado amigo don Eduardo Asqueríno. Además, la casualidad me fue propicia, por las relaciones que contraje, en mi tránsito de Valencia a Madrid, con don José María Orense (marqués de Albaida), jefe del partido republicano; y esas relaciones me proporcionaron muchas otras, muy propias para facilitarme un viaje provechoso.

Napoleón III, a fuer de emperador advenedizo, que había obtenido el cetro por asalto y ejercía un poder cesariano, había adoptado un sistema, para fortalecer su trono y dinastía, que se condensaba en estas dos ideas: deslumbrar y corromper al pueblo francés, haciéndole olvidar sus derechos soberanos con el artificio de una política que fingía la grandeza. Uno de los medios de esta política era el fomento incesante de cuestiones internacionales que mantuviesen comprometidas en el exterior la bandera y la gloria de la nación francesa, y que hiciesen creer a los franceses, patriotas en alto grado y que se pagan fácilmente de ideas cosmopolitas, que el honor nacional estaba interesado en empresas de regeneración relativas a otros pueblos. Así, después de haber lanzado a Francia en la guerra de Oriente, Napoleón III quería lanzarla en la de Italia, a reserva de precipitarla poco después en la vergonzosa aventura de la creación del Imperio Mejicano. La guerra de Italia estaba, pues, en la lógica de los hechos y era inevitable en 1859.

El otro medio principal empleado por el Emperador consistía en dar trabajo a las clases obreras y fomentar los intereses de los especuladores, a virtud de una transformación artificial de todas o casi todas las capitales francesas, y principalmente de los grandes centros donde habían predominado las ideas republicanas; transformación que, corriendo parejas con el sufragio universal y la hinchazón del quijotismo internacional, había de deslumbrar al pueblo francés, haciéndole creer que se le procuraba una fabulosa prosperidad, que se le daba un gobierno de origen democrático, y disponiéndole a no ver en su propio suelo el reinado de un despotismo corruptor, disimulado con las ficciones de una política que andaba desfaciendo agravios en ajenos territorios.

Si en París había observado yo la vasta combinación de demoliciones y reconstrucciones con que se transformaba toda la capital del Imperio, deseaba vivamente conocer las principales ciudades francesas, sobre todo las de sudeste y sudoeste, antes de que hubieran desaparecido sus antiguos rasgos más característicos. Así, fueron muy gratas las impresiones que experimenté al conocer primero a Dijon, Lyon, Aviñón y Marsella, cuando iba de París para España, a fines de marzo de 1859, y después las ciudades de Bayona, Burdeos, Angulema y Poitiers, cuando tornaba a París de regreso de mi excursión por la península ibérica.

Si Lyon me llamó notablemente la atención por su topografía (tan interesante a causa de la confluencia de los ríos Ródano y Saona, de sus grandes y numerosos puentes, de sus colinas cercanas y la extensa y riquísima llanura circunvecina), por sus monumentos, sus museos, su muy considerable masa de población (que entonces era de cerca de cuatrocientas mil almas), y aun por el espectáculo de los Alpes, que en lontananza descuellan con magnificencia sobre la Saboya, aun más picaba mi curiosidad por una circunstancia: la naturaleza particular de sus industrias. En mi espíritu había siempre una combinación del idealismo del poeta y de las tendencias investigadoras del economista y hombre político; por lo que, si désde lo más alto de la colina de Fourviéres contemplaba yo en Lyon con embeleso las nevadas cimas de los Alpes y las campiñas de los ricos valles del Saona y el Ródano, al propio tiempo me hacía esta pregunta: "¿A qué se deben la existencia de esta gran ciudad, la segunda de Francia, y la inmensa riqueza aglomerada en estos valles?"

Y pensando en ello, me decía: "Todo eso se debe a dos cosas muy pequeñitas, aparentemente insignificantes: una frutilla y un insecto. La frutilla, bendición del cielo, es la uva, que da al consumo universal los más variados Vinos y licores de la Borgoña, del Delfinado, de la Provenza y de otras regiones de Francia; y el insecto es el gusanillo que produce la seda, con la cual el espíritu creador del hombre ha fomentado incalculables elementos de actividad y riqueza. ¡Qué de millones y de grandes consecuencias no se derivan del cultivo de la viña, es decir, de la producción de aquella dulce frutilla, cuyo jugo divinizó el Salvador representando en él su propia sangre redentora! ¡Qué de prodigios no ha creado la civilización con la seda, para gloría del arte y de la industria, merced a este hecho de la más admirable sencillez: la educación de un gusanillo, dirigida por el hombre, para convertirlo en servidor de la industria y artista primitivo de una producción que da origen desarrollo y brillo de numerosas artes!"

De esta meditación a que me indujo la observación de los hechos económicos que tienen su centro en la ciudad de Lyon, deduje un provechoso aprendizaje: comprendí entonces cuán grande es o puede llegar a ser lo aparentemente pequeño -como la uva y el gusano de seda-, del propio modo que es y puede ser muy pequeño lo aparentemente grande; por ejemplo: el poder de los mandarines que deben su autoridad a la violencia o al fraude, y el orgullo de los hombres que creen posible infringir impunemente o conculcar de un modo durable las eternas leyes de equilibrio de fuerzas y de justicia que Dios ha impuesto al mundo moral.

Marsella me atraía, no solamente despertando en mi alma sentimientos de simpatía, sino diciéndome desde lejos: "Yo soy la Marsilia de los inmortales fenicios y el primer puerto del Mediterráneo, el más sagrado para la civilización, el lugar histórico por excelencia". Parecíame que, al pisar las playas rocallosas de Marsella, habían de bañar mi frente efluvios, todavía errantes en las brisas, del viejo Egipto, de la inolvidable Cartago, de la extinguida Troya de Homero, de la gentil Mauritania (que en un tiempo impusiera su civilización y diera su sangre a la española raza), de la gloriosa Grecia, madre del heroísmo, de las artes y de la filosofía, y de los puertos de Italia, la península clásica, patria del amor y asiento de las grandes maravillas de la civilización latina.

Parecíame también, al discurrir por las calles de Marsella, que sentía resonar las notas del himno electrizador al cual había dado su nombre la ardorosa ciudad; y como yo era un liberal vehemente, grande admirador de la epopeya popular de la revolución francesa, y había nutrido tanto mi espíritu con lecturas relativas a la historia de esa revolución, me alucinaba con la idea de recibir, con la luz del sol de Marsella, algo como un baño en la sagrada fuente del entusiasmo revolucionario. ¿Quién me dijera entonces que mi espíritu, desengañado e iluminado años después, habría de experimentar una verdadera y profunda revolución en el sentido antirevolucionario?

Si la travesía de Marsella a Barcelona, en medio de una fuerte borrasca, me dio la mejor prueba de mi fortaleza para resistir a los balances y las cabezadas de un barco de vapor y al mareo, que no alcanzó a invadirme, la activa y opulenta capital de la Cataluña me predispuso a impresionarme mucho en favor de España. La actividad de Barcelona no parecía ser verdaderamente española, y si su industria y su comercio me daban idea de un progreso considerable, sus magníficos teatros y otros monumentos y su aventajado periodismo me indicaban que allí la civilización moderna había echado ya fuertes y sólidas raíces. Además, por primera vez comenzaba yo a observar costumbres y oir conversaciones enteramente españolas, lo que picaba por extremo mi curiosidad. Nieto de aragoneses, castellanos y andaluces, yo tenía el más vivo interés en observar de cerca la vida de los peninsulares representantes de mis abuelos; por lo que, soltando riendas a mi carácter expansivo, no solamente me mezclaba con llaneza en cuantas conversaciones se trababan delante de mí, sino que las suscitaba con el objeto de instruirme en todo lo que deseaba conocer en España.

Con todo, en breve pude comprender cuán fundada era la creencia general que calificaba a la Cataluña como una especie de nacionalidad etnográfica distinta en todo y apenas refundida en la nación española. La vigorosa y áspera lengua catalana, hablada por más de cuatro millones de habitantes, ha hecho nacer una literatura completa, y nada despreciable, que se pone de manifiesto en el periodismo, en las escuelas y los teatros, en las bibliotecas y librerías. El pueblo catalán es, por su origen, una variedad del provenzal, con infusiones sucesivas de sangre siciliana y morisca; y aunque por la continuidad de territorio y muchas causas históricas se relaciona estrechamente con los pueblos aragonés, castellano y valenciano, conserva mucho de sus cualidades propias etnográficas. Sobre todo, en su seno predominan el espíritu democrático y el industrial, que sabiamente combinados son siempre fecundos en muy felices resultados.

Con todo, si la industria y el comercio de Cataluña me parecieron relativamente muy adelantados, no dejé de comprender que en este adelantamiento mismo había algún estancamiento, y no poco de artificial. Mucho de lo que allí se produce es obra de un sistema de protección oficial muy estrecho, sostenido por medio de la tarifa aduanera; y aunque siempre he tenido fe en los resultados definitivos del libre cambio, no dudo que al entrar España por este camino, las fábricas de Cataluña sufrirían fuertes descalabros, durante los primeros años de competencia con la fabricación inglesa, francesa y alemana.

Después de visitar a Barcelona y algunos pueblos comarcanos, y en seguida las ciudades de Tarragona y Réus, fui a conocer en Valencia, la primera población donde podía encontrar, en las gentes, los monumentos, la arquitectura común y el estado y organización de la agricultura, las señales más patentes de la mezcla que durante siete siglos se produjo entre la sangre y civilización de la raza española y las de la raza árabe morisca. Todo en Valencia tiene el sello de estas dos civilizaciones combinadas y da idea de la considerable fusión que se operó entre las dos razas; todo es allí curioso y pintoresco, y todo me pareció indicativo de fuertes pasiones y de un exaltado sentimentalismo.

En el primero de mis cinco tomos de Viajes por Europa, narré las curiosas circunstancias que me procuraron la fortuna de viajar desde Valencia hasta Madrid en compañía de don José María Orense. Solo añadiré aquí que la conversación con este campechano grande de España, republicano bonachón y hombre práctico y enérgico, me instruyó en muchas cosas relativas a la política de España; y que su amistad me fue muy útil para procurarme numerosas y excelentes relaciones entre los hombres distinguidos del partido demócrata, en tanto que con las cartas de recomendación que llevaba de París me proporcioné las de otras personas importantes de Madrid, Sevilla y Valladolid.

No habían pasado dos horas después de mi llegada a Madrid y mi instalación en una fonda de la calle de Alcalá, muy cercana a la Puerta del Sol, cuando entró en mi cuarto, con la llaneza de un viejo amigo, el estimable señor Orense. Me había cobrado cariño, así por ser yo republicano de raza española y colaborador de La Discusión, como por la ingenuidad de mi carácter, que cuadraba enteramente con la franqueza y sencillez del buen marqués, digno jefe de los demócratas de España. Ibá a cogerme de bracero para llevarme a visitar a Asquerino, a Rivero, al ya popular y muy brillante Castelar, y a otros escritores liberales. De este modo me relacionaba yo, con los mejores auspicios, apenas al llegar a Madrid, con multitud de hombres de talento con quienes simpatizaba naturalmente, así por la comunidad de ideas políticas como por la identidad de afición literaria.

Desde el primer momento me impresionó ventajosamente Castelar, y formé respecto de sus talentos y su porvenir una opinión que después el tiempo ha confirmado. Aquel pensador tenía, siendo muy joven, aire de hombre serio y provecto, -seguramente por la combinación de su precoz calvicie, su rostro lleno, su frente amplia y majestuosa y sus espesos y grandes bigotes-; y en su conversación se ponían de manifiesto la elocuencia del orador, la rica imaginación del poeta, la erudición prematura de un espíritu admirablemente cultivado (a quien la pobreza y la virtud no habían dejado tiempo que perder en ocio alguno, sino que todo lo aprovechaba en el estudio), la austeridad de los sentimientos más puros, el poder de una maravillosa memoria de nombres, hechos históricos y textos, y una tendencia muy marcada al idealismo y a dar a la política las tintas de hermosura propias de la poesía y las formas fascinadoras del arte. Parecióme desde abril de 1859 que si Castelar había de ser un erudito profesor, un tribuno admirable y un escritor brillante y amenísimo, nunca sería un político capaz de imprimir fuertemente su sello en los acontecimientos, un hombre de Estado que impusiese su voluntad ni hiciese sentir los efectos de su previsión. Parecióme que en la rica mente de Castelar la imaginación del poeta perjudicaba con sus encantadoras visiones a la sólida combinación de miras del horribre político; que el brillante saber del literato neutralizaba la percepción de los hechos sociales y de las necesidades del gobierno, y que el sentimiento estético del grande artista sería un rival vencedor del espíritu práctico del hombre de Estado.

Un incidente curioso me ocurrió en Madrid, relacionado con la política europea. Entre las personas para quienes llevaba cartas de introducción, presenté una de París a un señor Indo, vascongado y banquero, sujeto de muy agradable trato. Invitóme un día a comer en el café del Cisne, y me obsequió muy bien. De sobremesa, al tomar el café, me preguntó cuál era mi más íntima convicción respecto de las probabilidades de una guerra, tal como la que se temía pudiese estallar en Italia, entre Francia y Austria, y le contesté:

-Mis relaciones en París me han procurado un conocimiento indirecto, pero seguro, de las resolu­ciones de Napoleón III. Sé que él lo tiene todo preparado para declarar la guerra, y que solo aguarda para realizar su propósito, que es ya una imperiosa necesidad de su falsa posición, a que ocurra un pretexto que su política está suscitando. En mi opinión, no llegará el 20 de este mes (estábamos a 5 de abril) sin que se haya declarado la guerra.

-¿Es decir -me preguntó el señor Indo- que si usted fuera especulador en negocios de lonja contaría con la baja segura de los fondos públicos?

-Sin duda alguna -le contesté.

-Pues entonces estoy en grave peligro de perder más de treinta mil duros, porque he especulado hasta hoy mismo en la persuasión de que no habría guerra y ganaría con el alza.

-Siento mucho que así sea, porque usted perderá.

-Pero todavía hay remedio. ¿Qué motivos tiene usted para estar persuadido de que la guerra es inminente?

Le expuse al señor Indo lo que yo sabía, y las fuentes (sin nombrar personas de París) de donde tenía los datos; y de tal modo se convenció, que acabó por decirme:

-Tengo fe en lo que usted me afirma. Desde mañana cambiaré mis especulaciones, y espero evitar así la pérdida o neutralizarla.

Lo hizo, en efecto, y el 16 del mismo mes me llegaron a Madrid muchos telegramas que anunciaban haber declarado la guerra a Austria Napoleón III y Víctor Manuel. El 21 partí para las Andalucías, y al regresar de ellas, a fines de mayo, el señor Indo me dijo abrazándome con suma cordialidad:

-¡Amigo, me salvó usted!

-¡Ah! mi predicción se confirmó, es verdad. ¿Y qué resultado tuvo para usted la guerra?

-Que cambiando mi juego, no solo neutralicé una pérdida anterior de más de treinta mil duros, sino que alcancé a ganar más de cinco mil.

Di al señor Indo mis cordiales parabienes por su triunfo, y lo celebramos con delicioso jerez y riquísimo champaña, comiendo juntos aquel día.

Lo más curioso es que en el mes siguiente, ácabando yo de regresar a París, recibí carta del señor Indo en la cual me consultaba sobre si la guerra de Italia se prolongaría o no, y me decía tener entera confianza en mi opinión. Le contesté dándole las irrefutables razones en que me apoyaba para creer que la guerra cesaría muy en breve, tan luego como Napoleón III ganase una gran batalla que le permitiese detenerse en el peligroso camino que llevaba, y hacer las paces para no fomentar el espíritu liberal en Francia y revolucionario en Italia, ni granjearse las hostilidades de la Confederación Alemana. El señor Indo tuvo confianza en mi opinión, especuló contando con el alza, y a los cinco días de haberle llegado mi carta se suspendieron las hostilidades en Italia, firmando Napoleón III su armisticio con el Emperador de Austria, como consecuencia de la batalla de Solferino. Indo hizo buenas ganancias.

Referiré una curiosa anécdota que da idea de las costumbres cortesanas de los posaderos, y de la suma importancia que en Madrid tiene el Nuncio Apostólico.

Al instalarme en la fonda de las Diligencias, tomé para mi servicio una modesta salita con su alcoba, en el interior del primer piso, y noté que el posadero me consideró como un viajero de menor cuantía, ya por mi modesto equipaje (un baúl y una maleta), ya porque no pedí vivienda lujosa. Comenzaron los criados a hacerme algunas reverencias cuando vieron que el Marqués de Albaida entraba preguntando por mí, y salía en seguida a la calle cogiéndome de bracero. Pero a los dos días el termómetro de mi importancia subió a los 100 grados, por causa de una curiosa circunstancia.

Monseñor L. Barili, a la sazón Nuncio Apostólico en España, lo había sido en Bogotá algunos años, y yo había cultivado muy buenas relaciones de amistad con él, y con su hermano don Francisco y su adjunto el abate Petrarca. Dio la casualidad que me encontré en la calle de Alcalá con don Francisco Barili, con lo que nos abrazamos cordialmente y él me llevó al palacio de la nunciatura. Allí hicimos muy gratos recuerdos de Nueva Granada, y en tanto que el amabilísimo abate me preguntó por todas las muchachas bonitas de Bogotá, don Francesco me pidió noticias de los más insignes cachacos de la misma capital.

Dos días después fue el Nuncio a visitarme, y como iba en su gran carroza de etiqueta, con dos lacayos, al verla parar en la puerta de la fonda se alborotó en esta todo el mundo, cual si la visita fuera de la Reina. Cuando el hostelero supo que Monseñor Baríli me buscaba, quiso recibirle en el gran salón de la fonda, y se quedó muy asombrado al ver que yo insistía en hacerle introducir en mi modesta vivienda. Mientras duró la visita, los criados y aun algunos huéspedes anduvieron atisbando y cuchicheando por el pasadizo donde quedaba mi puerta; y al despedirse el Nuncio se desbarataron muchos haciendo mucho ruido y mil genuflexiones.

Desde aquel momento empezaron muchos a creer en la fonda que yo era un gran personaje disimulado, alguna especie de príncipe que viaja de incógnito; y aquella tarde, al ir a sentarme a la: mesa redonda, encontré que me habían cambiado mi puesto para colocarme a la cabecera, y noté que todos me miraban con mucho interés y consideración. Comprendí que el error en que estaban podía costar muy caro a mi modesto bolsillo, y me apresuré a explicar el origen de mis buenas relaciones con Monseñor Barili, a quien podía tratar con bastante confianza, sin embargo de ser yo un humilde ciudadano neogranadino.

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