MI VIAJE A
ESPAÑA
Dos circunstancias me movían, desde un principio, a desear
vivamente conocer a España, empezando por ella la serie de
excursiones y viajes que me proponía hacer por los diversos países
europeos. Por una parte, yo estaba imbuido -a fuer de radical
colombiano de entonces, y por la falta de comunicaciones y
relaciones en que se hallaban mi país y la madre patria-, en la
preocupación de suponer que España era en todos sentidos el país
más atrasado de la Europa cristiana; y me parecía que, para viajar
con agrado y provecho, lo más conveniente era ir ascendiendo en la
escala de la civilización, como viajero, es decir, pasando de lo
más atrasado y antiguo a lo más adelantado y moderno. De ahí mi
propósito de recorrer primero a España e Italia, antes de viajar
por toda Francia, Suiza y Alemania, Bélgica, Holanda e
Inglaterra.
Por otra parte, yo era profundamente español por el sentimiento,
no obstante el ardor de mi entusiasmo republicano y de mi espíritu
progresista. Mi alma se había educado principalmente con las
inspiraciones del ingenio español, bebiendo en las inagotables
fuentes que han hecho de la literatura peninsular un inmenso
tesoro; y además, a pesar de mis convicciones republicanas y
educación democrática, yo cultivaba con veneración el afecto a la
tierra de mis mayores y a la caballeresca raza cuya sangre bullía
en mi corazón.
Yo ansiaba, pues, como lo decía a mi familia, por "vivir en
castellano", siquiera fuese andando solo y tan de paso como puede
hacerlo un viajero. Parecíame también que España estaba en camino
de solicitar grandes reformas en el sentido democrático -acaso de
experimentar una gran transformación política y social-, y creía
llegado el momento de que los hispano-americanos y los españoles
nos diésemos la mano y mancomunásemos nuestros esfuerzos, a fin de
levantar a la mayor altura posible nuestra raza, no poco abatida y
desacreditada en casi todo el mundo moderno, después de haber hecho
el primer papel en siglos anteriores.
Yo había preparado en cierto modo, mi viaje a España con algunos
escritos enviados a Madrid desde París; y mi nombre no era
enteramente desconocido entre los escritores madrileños, merced a
dos series de artículos y algunas composiciones poéticas,
referentes a la América española y a sus relaciones con España;
escritos que habían sido publicados en Madrid en La Discusión
(órgano del partido democrático y diario que tenía por principales
redactores a Orense, Castelar y Rivero), y en la América, semanario
muy interesante que publicaba mi hoy día lamentado amigo don
Eduardo Asqueríno. Además, la casualidad me fue propicia, por las
relaciones que contraje, en mi tránsito de Valencia a Madrid, con
don José María Orense (marqués de Albaida), jefe del partido
republicano; y esas relaciones me proporcionaron muchas otras, muy
propias para facilitarme un viaje provechoso.
Napoleón III, a fuer de emperador advenedizo, que había obtenido
el cetro por asalto y ejercía un poder cesariano, había adoptado un
sistema, para fortalecer su trono y dinastía, que se condensaba en
estas dos ideas: deslumbrar y corromper al pueblo francés,
haciéndole olvidar sus derechos soberanos con el artificio de una
política que fingía la grandeza. Uno de los medios de esta política
era el fomento incesante de cuestiones internacionales que
mantuviesen comprometidas en el exterior la bandera y la gloria de
la nación francesa, y que hiciesen creer a los franceses, patriotas
en alto grado y que se pagan fácilmente de ideas cosmopolitas, que
el honor nacional estaba interesado en empresas de regeneración
relativas a otros pueblos. Así, después de haber lanzado a Francia
en la guerra de Oriente, Napoleón III quería lanzarla en la de
Italia, a reserva de precipitarla poco después en la vergonzosa
aventura de la creación del Imperio Mejicano. La guerra de Italia
estaba, pues, en la lógica de los hechos y era inevitable en
1859.
El otro medio principal empleado por el Emperador consistía en
dar trabajo a las clases obreras y fomentar los intereses de los
especuladores, a virtud de una transformación artificial de todas o
casi todas las capitales francesas, y principalmente de los grandes
centros donde habían predominado las ideas republicanas;
transformación que, corriendo parejas con el sufragio universal y
la hinchazón del quijotismo internacional, había de deslumbrar al
pueblo francés, haciéndole creer que se le procuraba una fabulosa
prosperidad, que se le daba un gobierno de origen democrático, y
disponiéndole a no ver en su propio suelo el reinado de un
despotismo corruptor, disimulado con las ficciones de una política
que andaba desfaciendo agravios en ajenos territorios.
Si en París había observado yo la vasta combinación de
demoliciones y reconstrucciones con que se transformaba toda la
capital del Imperio, deseaba vivamente conocer las principales
ciudades francesas, sobre todo las de sudeste y sudoeste, antes de
que hubieran desaparecido sus antiguos rasgos más característicos.
Así, fueron muy gratas las impresiones que experimenté al conocer
primero a Dijon, Lyon, Aviñón y Marsella, cuando iba de París para
España, a fines de marzo de 1859, y después las ciudades de Bayona,
Burdeos, Angulema y Poitiers, cuando tornaba a París de regreso de
mi excursión por la península ibérica.
Si Lyon me llamó notablemente la atención por su topografía (tan
interesante a causa de la confluencia de los ríos Ródano y Saona,
de sus grandes y numerosos puentes, de sus colinas cercanas y la
extensa y riquísima llanura circunvecina), por sus monumentos, sus
museos, su muy considerable masa de población (que entonces era de
cerca de cuatrocientas mil almas), y aun por el espectáculo de los
Alpes, que en lontananza descuellan con magnificencia sobre la
Saboya, aun más picaba mi curiosidad por una circunstancia: la
naturaleza particular de sus industrias. En mi espíritu había
siempre una combinación del idealismo del poeta y de las tendencias
investigadoras del economista y hombre político; por lo que, si
désde lo más alto de la colina de Fourviéres contemplaba yo en Lyon
con embeleso las nevadas cimas de los Alpes y las campiñas de los
ricos valles del Saona y el Ródano, al propio tiempo me hacía esta
pregunta: "¿A qué se deben la existencia de esta gran ciudad, la
segunda de Francia, y la inmensa riqueza aglomerada en estos
valles?"
Y pensando en ello, me decía: "Todo eso se debe a dos cosas muy
pequeñitas, aparentemente insignificantes: una frutilla y un
insecto. La frutilla, bendición del cielo, es la uva, que da al
consumo universal los más variados Vinos y licores de la Borgoña,
del Delfinado, de la Provenza y de otras regiones de Francia; y el
insecto es el gusanillo que produce la seda, con la cual el
espíritu creador del hombre ha fomentado incalculables elementos de
actividad y riqueza. ¡Qué de millones y de grandes consecuencias no
se derivan del cultivo de la viña, es decir, de la producción de
aquella dulce frutilla, cuyo jugo divinizó el Salvador
representando en él su propia sangre redentora! ¡Qué de prodigios
no ha creado la civilización con la seda, para gloría del arte y de
la industria, merced a este hecho de la más admirable sencillez: la
educación de un gusanillo, dirigida por el hombre, para convertirlo
en servidor de la industria y artista primitivo de una producción
que da origen desarrollo y brillo de numerosas artes!"
De esta meditación a que me indujo la observación de los hechos
económicos que tienen su centro en la ciudad de Lyon, deduje un
provechoso aprendizaje: comprendí entonces cuán grande es o puede
llegar a ser lo aparentemente pequeño -como la uva y el gusano de
seda-, del propio modo que es y puede ser muy pequeño lo
aparentemente grande; por ejemplo: el poder de los mandarines que
deben su autoridad a la violencia o al fraude, y el orgullo de los
hombres que creen posible infringir impunemente o conculcar de un
modo durable las eternas leyes de equilibrio de fuerzas y de
justicia que Dios ha impuesto al mundo moral.
Marsella me atraía, no solamente despertando en mi alma
sentimientos de simpatía, sino diciéndome desde lejos: "Yo soy la
Marsilia de los inmortales fenicios y el primer puerto del
Mediterráneo, el más sagrado para la civilización, el lugar
histórico por excelencia". Parecíame que, al pisar las playas
rocallosas de Marsella, habían de bañar mi frente efluvios, todavía
errantes en las brisas, del viejo Egipto, de la inolvidable
Cartago, de la extinguida Troya de Homero, de la gentil Mauritania
(que en un tiempo impusiera su civilización y diera su sangre a la
española raza), de la gloriosa Grecia, madre del heroísmo, de las
artes y de la filosofía, y de los puertos de Italia, la península
clásica, patria del amor y asiento de las grandes maravillas de la
civilización latina.
Parecíame también, al discurrir por las calles de Marsella, que
sentía resonar las notas del himno electrizador al cual había dado
su nombre la ardorosa ciudad; y como yo era un liberal vehemente,
grande admirador de la epopeya popular de la revolución francesa, y
había nutrido tanto mi espíritu con lecturas relativas a la
historia de esa revolución, me alucinaba con la idea de recibir,
con la luz del sol de Marsella, algo como un baño en la sagrada
fuente del entusiasmo revolucionario. ¿Quién me dijera entonces que
mi espíritu, desengañado e iluminado años después, habría de
experimentar una verdadera y profunda revolución en el sentido
antirevolucionario?
Si la travesía de Marsella a Barcelona, en medio de una fuerte
borrasca, me dio la mejor prueba de mi fortaleza para resistir a
los balances y las cabezadas de un barco de vapor y al mareo, que
no alcanzó a invadirme, la activa y opulenta capital de la Cataluña
me predispuso a impresionarme mucho en favor de España. La
actividad de Barcelona no parecía ser verdaderamente española, y si
su industria y su comercio me daban idea de un progreso
considerable, sus magníficos teatros y otros monumentos y su
aventajado periodismo me indicaban que allí la civilización moderna
había echado ya fuertes y sólidas raíces. Además, por primera vez
comenzaba yo a observar costumbres y oir conversaciones enteramente
españolas, lo que picaba por extremo mi curiosidad. Nieto de
aragoneses, castellanos y andaluces, yo tenía el más vivo interés
en observar de cerca la vida de los peninsulares representantes de
mis abuelos; por lo que, soltando riendas a mi carácter expansivo,
no solamente me mezclaba con llaneza en cuantas conversaciones se
trababan delante de mí, sino que las suscitaba con el objeto de
instruirme en todo lo que deseaba conocer en España.
Con todo, en breve pude comprender cuán fundada era la creencia
general que calificaba a la Cataluña como una especie de
nacionalidad etnográfica distinta en todo y apenas refundida en la
nación española. La vigorosa y áspera lengua catalana, hablada por
más de cuatro millones de habitantes, ha hecho nacer una literatura
completa, y nada despreciable, que se pone de manifiesto en el
periodismo, en las escuelas y los teatros, en las bibliotecas y
librerías. El pueblo catalán es, por su origen, una variedad del
provenzal, con infusiones sucesivas de sangre siciliana y morisca;
y aunque por la continuidad de territorio y muchas causas
históricas se relaciona estrechamente con los pueblos aragonés,
castellano y valenciano, conserva mucho de sus cualidades propias
etnográficas. Sobre todo, en su seno predominan el espíritu
democrático y el industrial, que sabiamente combinados son siempre
fecundos en muy felices resultados.
Con todo, si la industria y el comercio de Cataluña me
parecieron relativamente muy adelantados, no dejé de comprender que
en este adelantamiento mismo había algún estancamiento, y no poco
de artificial. Mucho de lo que allí se produce es obra de un
sistema de protección oficial muy estrecho, sostenido por medio de
la tarifa aduanera; y aunque siempre he tenido fe en los resultados
definitivos del libre cambio, no dudo que al entrar España por este
camino, las fábricas de Cataluña sufrirían fuertes descalabros,
durante los primeros años de competencia con la fabricación
inglesa, francesa y alemana.
Después de visitar a Barcelona y algunos pueblos comarcanos, y
en seguida las ciudades de Tarragona y Réus, fui a conocer en
Valencia, la primera población donde podía encontrar, en las
gentes, los monumentos, la arquitectura común y el estado y
organización de la agricultura, las señales más patentes de la
mezcla que durante siete siglos se produjo entre la sangre y
civilización de la raza española y las de la raza árabe morisca.
Todo en Valencia tiene el sello de estas dos civilizaciones
combinadas y da idea de la considerable fusión que se operó entre
las dos razas; todo es allí curioso y pintoresco, y todo me pareció
indicativo de fuertes pasiones y de un exaltado
sentimentalismo.
En el primero de mis cinco tomos de Viajes por Europa, narré las
curiosas circunstancias que me procuraron la fortuna de viajar
desde Valencia hasta Madrid en compañía de don José María Orense.
Solo añadiré aquí que la conversación con este campechano grande de
España, republicano bonachón y hombre práctico y enérgico, me
instruyó en muchas cosas relativas a la política de España; y que
su amistad me fue muy útil para procurarme numerosas y excelentes
relaciones entre los hombres distinguidos del partido demócrata, en
tanto que con las cartas de recomendación que llevaba de París me
proporcioné las de otras personas importantes de Madrid, Sevilla y
Valladolid.
No habían pasado dos horas después de mi llegada a Madrid y mi
instalación en una fonda de la calle de Alcalá, muy cercana a la
Puerta del Sol, cuando entró en mi cuarto, con la llaneza de un
viejo amigo, el estimable señor Orense. Me había cobrado cariño,
así por ser yo republicano de raza española y colaborador de La
Discusión, como por la ingenuidad de mi carácter, que cuadraba
enteramente con la franqueza y sencillez del buen marqués, digno
jefe de los demócratas de España. Ibá a cogerme de bracero para
llevarme a visitar a Asquerino, a Rivero, al ya popular y muy
brillante Castelar, y a otros escritores liberales. De este modo me
relacionaba yo, con los mejores auspicios, apenas al llegar a
Madrid, con multitud de hombres de talento con quienes simpatizaba
naturalmente, así por la comunidad de ideas políticas como por la
identidad de afición literaria.
Desde el primer momento me impresionó ventajosamente Castelar, y
formé respecto de sus talentos y su porvenir una opinión que
después el tiempo ha confirmado. Aquel pensador tenía, siendo muy
joven, aire de hombre serio y provecto, -seguramente por la
combinación de su precoz calvicie, su rostro lleno, su frente
amplia y majestuosa y sus espesos y grandes bigotes-; y en su
conversación se ponían de manifiesto la elocuencia del orador, la
rica imaginación del poeta, la erudición prematura de un espíritu
admirablemente cultivado (a quien la pobreza y la virtud no habían
dejado tiempo que perder en ocio alguno, sino que todo lo
aprovechaba en el estudio), la austeridad de los sentimientos más
puros, el poder de una maravillosa memoria de nombres, hechos
históricos y textos, y una tendencia muy marcada al idealismo y a
dar a la política las tintas de hermosura propias de la poesía y
las formas fascinadoras del arte. Parecióme desde abril de 1859 que
si Castelar había de ser un erudito profesor, un tribuno admirable
y un escritor brillante y amenísimo, nunca sería un político capaz
de imprimir fuertemente su sello en los acontecimientos, un hombre
de Estado que impusiese su voluntad ni hiciese sentir los efectos
de su previsión. Parecióme que en la rica mente de Castelar la
imaginación del poeta perjudicaba con sus encantadoras visiones a
la sólida combinación de miras del horribre político; que el
brillante saber del literato neutralizaba la percepción de los
hechos sociales y de las necesidades del gobierno, y que el
sentimiento estético del grande artista sería un rival vencedor del
espíritu práctico del hombre de Estado.
Un incidente curioso me ocurrió en Madrid, relacionado con la
política europea. Entre las personas para quienes llevaba cartas de
introducción, presenté una de París a un señor Indo, vascongado y
banquero, sujeto de muy agradable trato. Invitóme un día a comer en
el café del Cisne, y me obsequió muy bien. De sobremesa, al tomar
el café, me preguntó cuál era mi más íntima convicción respecto de
las probabilidades de una guerra, tal como la que se temía pudiese
estallar en Italia, entre Francia y Austria, y le contesté:
-Mis relaciones en París me han procurado un conocimiento
indirecto, pero seguro, de las resoluciones de Napoleón III. Sé
que él lo tiene todo preparado para declarar la guerra, y que solo
aguarda para realizar su propósito, que es ya una imperiosa
necesidad de su falsa posición, a que ocurra un pretexto que su
política está suscitando. En mi opinión, no llegará el 20 de este
mes (estábamos a 5 de abril) sin que se haya declarado la
guerra.
-¿Es decir -me preguntó el señor Indo- que si usted fuera
especulador en negocios de lonja contaría con la baja segura de los
fondos públicos?
-Sin duda alguna -le contesté.
-Pues entonces estoy en grave peligro de perder más de treinta
mil duros, porque he especulado hasta hoy mismo en la persuasión de
que no habría guerra y ganaría con el alza.
-Siento mucho que así sea, porque usted perderá.
-Pero todavía hay remedio. ¿Qué motivos tiene usted para estar
persuadido de que la guerra es inminente?
Le expuse al señor Indo lo que yo sabía, y las fuentes (sin
nombrar personas de París) de donde tenía los datos; y de tal modo
se convenció, que acabó por decirme:
-Tengo fe en lo que usted me afirma. Desde mañana cambiaré mis
especulaciones, y espero evitar así la pérdida o neutralizarla.
Lo hizo, en efecto, y el 16 del mismo mes me llegaron a Madrid
muchos telegramas que anunciaban haber declarado la guerra a
Austria Napoleón III y Víctor Manuel. El 21 partí para las
Andalucías, y al regresar de ellas, a fines de mayo, el señor Indo
me dijo abrazándome con suma cordialidad:
-¡Amigo, me salvó usted!
-¡Ah! mi predicción se confirmó, es verdad. ¿Y qué resultado
tuvo para usted la guerra?
-Que cambiando mi juego, no solo neutralicé una pérdida anterior
de más de treinta mil duros, sino que alcancé a ganar más de cinco
mil.
Di al señor Indo mis cordiales parabienes por su triunfo, y lo
celebramos con delicioso jerez y riquísimo champaña, comiendo
juntos aquel día.
Lo más curioso es que en el mes siguiente, ácabando yo de
regresar a París, recibí carta del señor Indo en la cual me
consultaba sobre si la guerra de Italia se prolongaría o no, y me
decía tener entera confianza en mi opinión. Le contesté dándole las
irrefutables razones en que me apoyaba para creer que la guerra
cesaría muy en breve, tan luego como Napoleón III ganase una gran
batalla que le permitiese detenerse en el peligroso camino que
llevaba, y hacer las paces para no fomentar el espíritu liberal en
Francia y revolucionario en Italia, ni granjearse las hostilidades
de la Confederación Alemana. El señor Indo tuvo confianza en mi
opinión, especuló contando con el alza, y a los cinco días de
haberle llegado mi carta se suspendieron las hostilidades en
Italia, firmando Napoleón III su armisticio con el Emperador de
Austria, como consecuencia de la batalla de Solferino. Indo hizo
buenas ganancias.
Referiré una curiosa anécdota que da idea de las costumbres
cortesanas de los posaderos, y de la suma importancia que en Madrid
tiene el Nuncio Apostólico.
Al instalarme en la fonda de las Diligencias, tomé para mi
servicio una modesta salita con su alcoba, en el interior del
primer piso, y noté que el posadero me consideró como un viajero de
menor cuantía, ya por mi modesto equipaje (un baúl y una maleta),
ya porque no pedí vivienda lujosa. Comenzaron los criados a hacerme
algunas reverencias cuando vieron que el Marqués de Albaida entraba
preguntando por mí, y salía en seguida a la calle cogiéndome de
bracero. Pero a los dos días el termómetro de mi importancia subió
a los 100 grados, por causa de una curiosa circunstancia.
Monseñor L. Barili, a la sazón Nuncio Apostólico en España, lo
había sido en Bogotá algunos años, y yo había cultivado muy buenas
relaciones de amistad con él, y con su hermano don Francisco y su
adjunto el abate Petrarca. Dio la casualidad que me encontré en la
calle de Alcalá con don Francisco Barili, con lo que nos abrazamos
cordialmente y él me llevó al palacio de la nunciatura. Allí
hicimos muy gratos recuerdos de Nueva Granada, y en tanto que el
amabilísimo abate me preguntó por todas las muchachas bonitas de
Bogotá, don Francesco me pidió noticias de los más insignes
cachacos de la misma capital.
Dos días después fue el Nuncio a visitarme, y como iba en su
gran carroza de etiqueta, con dos lacayos, al verla parar en la
puerta de la fonda se alborotó en esta todo el mundo, cual si la
visita fuera de la Reina. Cuando el hostelero supo que Monseñor
Baríli me buscaba, quiso recibirle en el gran salón de la fonda, y
se quedó muy asombrado al ver que yo insistía en hacerle introducir
en mi modesta vivienda. Mientras duró la visita, los criados y aun
algunos huéspedes anduvieron atisbando y cuchicheando por el
pasadizo donde quedaba mi puerta; y al despedirse el Nuncio se
desbarataron muchos haciendo mucho ruido y mil genuflexiones.
Desde aquel momento empezaron muchos a creer en la fonda que yo
era un gran personaje disimulado, alguna especie de príncipe que
viaja de incógnito; y aquella tarde, al ir a sentarme a la: mesa
redonda, encontré que me habían cambiado mi puesto para colocarme a
la cabecera, y noté que todos me miraban con mucho interés y
consideración. Comprendí que el error en que estaban podía costar
muy caro a mi modesto bolsillo, y me apresuré a explicar el origen
de mis buenas relaciones con Monseñor Barili, a quien podía tratar
con bastante confianza, sin embargo de ser yo un humilde ciudadano
neogranadino.