LA SOCIEDAD FRANCESA
Habiendo vivido en Francia durante algunos años y visitádola
varias veces, nunca tuve ocasión, sin embargo, ni pretendí
proporcionármela, de tratar de cerca las dos clases extremas de la
sociedad francesa: ni la aristocracia de sangre o nobleza, ni lo
que se llama en Europa el pueblo. De una y otra clase he podido
formar juicio por su trato indirecto solamente y por el espectáculo
de sus actos; pero ni visité los salones suntuosos de los nobles ni
los desvanes y boardillas de los obreros. Sin duda que esto debía
dejar incompletas mis observaciones; mas por fortuna la clase
|media o
|bourgeoisie participa en Francia del
pueblo y de la aristocracia, confina con la una y la otra de estas
grandes fuerzas, y ella misma es una gran potencia, la más poderosa
y la
|más francesa en realidad de verdad; por lo que,
aplicándome a mantener o trabar relaciones con muy diversos grupos
de la clase medía, logré darme cuenta del verdadero espíritu de la
sociedad francesa y adquirir muchos conocimientos teóricos y
prácticos que me fueron de grande utilidad. Procuraré dar idea con
algún método, de las impresiones que sucesivamente recibí del
comercio cortos con la sociedad francesa.
Mis primeras relaciones hubieron de ser naturalmente con un
respetable comisionista y banquero, pues no puede uno manejar sus
asuntos domésticos con economía y seguridad, en las populosas
capitales europeas, si no comienza por procurarse los servicios,
debidamente retribuidos, de una casa negociante que le reciba y
mantenga en buena colocación bancaria sus valores disponibles, le
suministre fondos oportunamente para sus gastos, y le dí
direcciones para obtener con ventaja muchos de los objetos de
consumo de que puede necesitar.
El respetable señor B. Fourquet, jefe en 1858 de la casa
Fourquet y Vaud, fue desde un principio mi banquero y comisionista;
y si como tal fue siempre honrado, liberal y sin tacha, sirviéndome
con entera confianza y a toda mi satisfacción, como amigo fue
también fino, caballero y obsequioso. Ningún colombiano que hubiera
tenido relaciones con el señor Fourquet podría olvidarle ni
desestimarle. Ganó él enorme fortuna como banquero y comisionista
de gran parte del comercio de Cuba, Colombia y muchas repúblicas
hispanoamericanas, y supo en todo caso corresponder a la confianza
que en él se depositaba, y tratamos con particular benevolencia y
obsequiosidad a todos los hispanoamericanos.
Las relaciones con el señor Fourquet y algunas otras casas de
comisión y comercio, de librería, etc., me procuraron facilidades
para conocer la índole de la parte mercantil de la clase media
francesa. Es notable este grupo social por sus tendencias
moderadamente liberales, bien que de ordinario favorables a todo
gobierno, sea el que fuere, que no se pique de revolucionario y dé
garantías a la propiedad y al trabajo; por su espíritu práctico,
positivista y metódico hasta ser rutinario; por su afición ardiente
a la especulación y la ganancia, su constante adhesión a todo lo
|acostumbrado, y sus hábitos de orden, economía y
regularidad en las transacciones y en el trabajo: todo esto algo
neutralizado por la lentitud en la acción, por cierta informalidad
relativa en la aplicación del tiempo, y por una inclinación algo
exagerada a sacar provecho de la mitología
|del tanto por
ciento. En cuanto a las ideas políticas y religiosas, yo
notaba que, en general, entre los hombres de negocios los de edad
provecta o avanzada eran católicos e imperialistas, y los jóvenes,
incrédulos y republicanos; pero así como los imperialistas lo eran
a estilo cesariano, los republicanos no comprendían sino una
especie de república socialista, con todo el poder en manos del
Gobierno, y en perjuicio de la libertad individual. Casi ninguno
admitía la posibilidad de que el pueblo francés viviera sin tutor y
andaderas.
Tres círculos hubo de hombres eminentes, en cuyo centro me hallé
en frecuentes relaciones con los profesores y amigos de las
ciencias llamadas naturales y exactas: los de los señores Duhamel
(Constant), Boussingault y Jomard. Valiéronme para esto, más que
otra cosas las excelentes relaciones que con aquellos
sabios ilustres habían cultivado el general Acosta (mi suegro) y su
señora; y en verdad que, aparte de su hija y de su nombre, nada
pudo haberme proporcionado el padre de mi esposa, con solo su
memoria, tan provechoso como aquellas relaciones, en cierto modo
heredadas.
El señor Duhamel era un insigne profesor de matemáticas, miembro
de la Academia de Ciencias, tan considerado por su saber como
estimado por su inmejorable carácter. Hombre llano, sencillo y
obsequioso, bretón de nacimiento, de talla y de espíritu, siempre
estaba de buen humor, recibía en su casa con exquisita amabilidad,
ccnversaba con jovialidad chistosa y amena, se encantaba con los
viajes (que hacía siempre con su esposa, por todas las comarcas
europeas), y cuando se fatigaba de trabajar en sus intrincados
problemas de altas matemáticas se entretenía tocando violín o
leyendo versos. Tenía todos los cabellos blancos y el aspecto de un
anciano gallardo, vigoroso, contento y de buen humor. Su esposa,
también bretona, sencilla y de muy buen sentido, era la más
servicial dama que yo haya conocido; y era un encanto ver cómo se
amaban tiernamente los dos ancianos, cual jóvenes recién casados, y
con cuánto gozo reunían todos los miércoles en torno de su mesa y
en su sencillo salón a todos sus parientes e íntimos amigos para
obsequiarles con exquisita cordialidad.
¡Triste cosa! Años después de mi tercer viaje a Europa, falleció
Mr. Duhamel en avanzada edad, y su anciana viuda sufrió tan intenso
dolor que se volvió loca! Sus últimos días son, pues, de un
infortunio enteramente inmerecido, de que ella misma no tiene
conciencia, después de haber pasado largos años amando a su esposo
y sus parientes, socorriendo a los pobres y colmando a sus amigos
de finezas. La ciencia hizo enorme pérdida con el fallecimiento del
sabio Duhamel. En el salón de este eminente francés se reunían
principalmente sabios muy distinguidos, tales como los señores
Joseph Bertrand, Roulin y L`Ermite, cuyo trato me fue siempre tan
grato como provechoso.
Mr. Roulin era para mí un recuerdo viviente de Colombia. Casi me
había visto nacer, cuando vivió entre nosotros, contratado como
profesor para dar en Bogotá enseñanzas de física, y frecuentemente
me comunicaba, ora interesantes nociones científicas relativas al
río Meta y las antiguas provincias de Bogotá y Mariquita, ora
importantes noticias biográficas e históricas, adquiridas como
testigo presencial, en lo tocante al Libertador y a los
acontecimientos ocurridos en mi país de 1824 a 1829. Se complacía
mucho en recordar que había "
|fait le portrait du Libertador
d´aprés nature", y que este retrato, pintado al óleo en el
palacio mismo de Gobierno, era el más fiel y verdadero que había de
Bolívar, tal como el grande hombre tenía el rostro y cuerpo en
1827, y el que había servido primero para un busto en bronce que
yació David D´Angers, y después para las estatuas fabricadas con
grande habilidad por Teneranni.
En casa de Mr. Duhamel me hacían siempre, con el mayor interés,
mil preguntas sobre la fauna, la flora y la composición geológica
de mi país, así como sobre las costumbres y los usos sociales; y yo
me esforzaba por dar mis informes con la mayor veracidad y
propiedad posibles, bien que avergonzado siempre de mi ignorancia
en ciencias naturales. Solía la simple tertulia de conversación (de
suyo muy agradable, porque no hay sociedad que tenga en tan alto
grado el talento y don de la buena y grata conversación, como la
francesa) complicarse con baile y concierto; y como esto acontecía
en casi todas las tertulias, yo iba adquiriendo cada día mayor
gusto por la música, y aprovechaba las ocasiones que se me ofrecían
para contentar mi gran pasión por la danza. Generalmente se
admiraban de verme bailar correcta y elegantemente cuadrillas,
polkas y valses de Strauss, porque candorosamente se imaginaban, en
su ignorancia de las cosas de América, que en el Nuevo Mundo casi
todos éramos poco menos que salvajes. Lo que me aconteció en casa
de Mr. de Lamartine y referiré adelante, corroborará chistosamente
mí observación.
En las tertulias parisienses me llamaron desde luego la atención
dos circunstancias que me agradaron por extremo: la primera, la
costumbre establecida de que nadie se atreviese a invitar a una
señora o señorita a bailar, sin tener con ella amistad o haberla
sido presentado, -lo que a la verdad, sobre ser más culto, precave
en lo posible a las damas de someterse a bailar con individuos que
las desagradan o no saben danzar-; y la segunda, la sencillez
encantadora con que visten las señoritas, a quienes es prohibido
usar joyas ni costosos adornos. Simples trajes de tafetán o de
muselina, y alguna flor o modesto lazo de cinta en la cabeza, son
los atavíos de las señoritas; y por muy ricos que sean sus padres,
nunca adquieren ellas el pernicioso hábito de la ostentación y el
lujo. Cuando se casan, la cosa es muy diferente; pero entonces
tienen que acomodar sus gastos a la renta de que disponen.
Mr. Boussingault (que aún vive, por fortuna, y para honra y
provecho de las ciencias) era un tipo, así como su estimabilísima
señora, muy diferente del de Mr. y Mme. Duhamel. En su casa, donde
tuve muchas ocasiones de tratar al ilustre geólogo Mr. Saint-Cler
de Ville, reinaban en mayor grado la sencillez y la cordialidad;
pero los caracteres eran distintos. Mr. Boussingault, a fuer de
parisiense, era agudo y chistoso, pero su conversación se refería
de preferencia, conmigo, a la antigua Colombia, la Nueva Granada y
el Libertador, y con los demás, a multitud de cuestiones técnicas
de agronomía, física, química, geología y mecánica. Miembro
eminente como era de la Academia de Ciencias, dictaba sus cursos
durante el invierno en el
|Conservatorio de Artes y
Oficios, y se iba a pasar los veranos y hacer experiencias
agronómicas en una hacienda que tenía en Alsacia, cerca de
Haguenau.
Solazábase Mr. Boussingault refiriéndome interesantes anécdotas
"del Libertador" (nunca nombraba de otro modo a Bolívar), de quien
había sido edecán titular, por entusiasmo y admiración, durante
una de las campañas del Sur. Lo mismo que Mr. Roulin, Mr.
Boussingault vino a Colombia en 1824, en calidad de profesor de
varias ciencias naturales, contratado por el ilustre Zea; pero
tanto simpatizó con la causa de nuestra independencia y le
sedujeron de tal suerte el genio y la gloria de Bolívar, que
durante algún tiempo dejó de mano el profesorado en Bogotá por irse
a correr aventuras por Popayán, Pasto, Quito y Guayaquil, al lado
del Libertador y con el título de edecán.
Mr. Boussingault era una prueba viviente de lo mucho que valen
para la ciencia la observación personal y la experimentación. Era
muy joven cuando vino a Colombia, y poseía ya considerable cúmulo
de conocimientos; pero tanto estudió y aprendió prácticamente en
las cordilleras y los valles y costas de la Gran Colombia, que al
regresar a Europa, en 1830 o 1831, era ya un sabio eminente, sobre
todo en lo tocante a los diversos ramos de la química y la física.
Suministróle nuestro país materia para muy notables memorias
científicas, que hizo publicar la Academia de Ciencias y tradujo e
hizo reimprimir el patriota cuanto sabio y laborioso General
Joaquín Acosta.
La señora Boussingauit, vigorosa y robusta alsaciana, nos
agradaba singularmente por su carácter franco y expansivo y su
animada conversación, llena de ingenuidad alemana. Era locuaz y muy
amable, así como sus hijas se distinguían por su claro talento y
sólida educación. Recuerdo que la señora Boussingault nos habló
varias veces de un hispanoamericano que la había llamado la
atención por su raro carácter, dos o tres años antes, y a quien
había hecho una terrible predicción, burla burlando. Aquel
individuo, que años después hizo tan extraño papel en Sur América,
era Gabriel García Moreno, el antepenúltimo de los Presidentes que
ha tenido el Ecuador.
Contábame la señora Boussingault que García Moreno había
visitado su casa en París muchas veces, que profesaba las más
extrañas ideas políticas (su resumen era la adopción de un
inflexible despotismo para hacer el bien), y que esperaba poderlas
plantear algún día, abriéndose camino para llegar al poder. "Usted
es un gran ambicioso, por lo que es cuenta, le decía Madama
Boussingault riendo, y tendrá mala suerte, a juzgar por sus
extrañas ideas: o sucumbirá en la lucha, sin lograr lo que se
propone; y si algún día triunfa será para caer después de un modo
no sólo violento, sino trágico".
Esto nos refería la señora Boussingault, a mi familia y a mí, en
1858; y cuando, muchos años después, en 1875, llegó a Bogotá la
noticia del asesinato del Presidente García Moreno, lo primero que
me ocurrió pensar fue esto: "La ambición del joven ecuatoriano
alcanzó la victoria con que soñaba desde mucho tiempo antes; pero
al cabo... la terrible profecía se cumplió. Las mujeres suelen
tener una especie de segunda vista, o por lo menos particular
talento para hacer predicciones".
Mi antiguo maestro el doctor Ezequiel Rojas me había dado en
Bogotá una excelente carta de introducción para Mr. de Lamartine, a
quien yo ardientemente deseaba conocer de cerca. La gloria de este
gran poeta y escritor, uno de los más nobles e ilustres del siglo,
había sido para mí particularmente seductiva: yo conocía todas sus
obras y las leía y releía con encanto, y sabía cuán popular y
admirado era él entre mis compatriotas. Así, no tardé muchos días,
después de mi instalación en París, en presentarme en casa de Mr.
de Lamartine, haciéndole entregar mi tarjeta junto con la carta muy
honorífica del doctor Rojas.
Recibióme al punto el gran poeta y publicista, tratándome con
majestuosa benevolencia -pues él era majestuoso en todo-, y a poco
de ofrecerme asiento me preguntó primero si en mi país estaban en
paz, y luego, si las obras de él eran conocidas entre los
neogranadinos. Por fortuna pude responder afirmativamente a lo
primero; y en cuanto a lo segundo, díjele, conforme a la verdad,
que él era inmensamente popular (con Víctor Hugo y Alejandro
Dumas) en toda la América española; que su admirable historia de
los Girondinos había producido prodigioso efecto, y que entre
nosotros el
|Telémaco de Fenelon y el
|Viaje a
Oriente del mismo Mr. de Lamartine eran los libros favoritos
con cuya lectura aprendíamos todos a traducir francés. Esto agradó
mucho al inmortal autor de las
|Armonías y las
|Meditaciones, bien que para su gloría ninguna falta podía
hacerle el saber lo que de él se pensaba y decía en Nueva Granada.
Pero éste era precisamente el flaco de Mr. de Lamartine, insaciable
de gloria y no poco engreído con la que tan justamente había
alcanzado.
Después de unos doce minutos de conversación se levantó y me
dijo: "Pido a usted perdón; mi tiempo no me pertenece y estoy
excesivamente ocupado. Recibo todos los domingos a mis amigos, y me
será muy grato que usted venga a yerme en uno de esos días, por la
noche. Tendré entonces el placer de presentarle a Madama de
Lamartine y a varios amigos cuyas relaciones podrán ser muy
agradables para usted".
Me retiré muy agradecido y prometiendo volver, y no salí de la
casa sin suscribirme al famoso Curso familiar de
|literatura que publicaba a la sazón Mr. de Lamartine.
Vivía él entonces en la calle
|Ville L´Evéque.
Cosa de dos semanas después fui una noche a casa de Lamartine.
Era domingo; el salón era decente, pero modesto y poco extenso. A
más de la señora de Lamartine y otras cuatro o cinco señoras,
estaban reunidos unos cuantos literatos, entre ellos tres de gran
reputación: Julio Sandeau, Emilio Augier (dramaturgo insigne) y
Alejandro Dumas, hijo. Estos señores contestaron a mi saludo con
cortesía, pero me hicieron muy poco caso, mientras su curiosidad no
fue excitada por estas palabras que pronunció Lamartine, después de
presentarme a su señora, señalándome: "Este caballero es un poeta y
literato, orador y publicista de la Nueva Granada, y me ha sido
recomendado en términos muy honrosos por un amigo que tengo en
Bogotá".
Al punto las señoras y los caballeros presentes me miraron, no
diré con atención, sino con una especie de simpatía mezclada de
viva curiosidad, y me hicieron un fuego graneado de preguntas
relativas a mi país. Como tenían por poco menos que salvajes a
todos los pueblos hispanoamericanos, sin duda debió de parecerles
animal muy curioso un poeta y literato neogranadino que era además
abogado, publicista y orador. Acaso no concebían esto en un
semisalvaje; pues, sea dicho de paso, no hay hombres, en general,
más ignorantes que los franceses en lo tocante a historia y
geografía de los países extranjeros, y particularmente de los muy
lejanos de Europa.
Para contestar a las muchas preguntas que me hacían (admirándose
de que yo hablase francés con bastante corrección, bien con algún
acento), hube de decirles alternativamente que en mi país hacían
parte de la educación de la juventud masculina, a más de muchas
ciencias y de la lengua castellana y la gramática general, el
inglés y francés; que las señoritas traducían por lo menos francés
y leían muchas obras francesas; que se cultivaban las bellas artes
en lo posible, sobre todo la música, y en todas las casas de
familias había piano; que teníamos teatros y autores dramáticos;
que casi todos nuestros jóvenes bien educados se formaban con
facilidad escritores públicos y escribían con talento; que había
entre los neogranadinos mucha verbosidad y facilidad para la
oratoria; que abundaban los poetas, abogados, médicos y hombres
políticos, pero escaseaban los ingenieros y naturalistas; que no
sólo eran gallardamente valerosos los neogranadinos, sino demasiado
valerosos, por lo que las guerras civiles eran fáciles y
frecuentes; que en tiempo de guerra todos tomábamos las armas y,
sin previo aprendizaje ni trenes considerables, hacíamos las
campañas y combatíamos en regla, en calidad de soldados o de
oficiales, o como jefes o generales, y luego volvíamos a la vida
civil sin acordarnos de los cuarteles; que teníamos instituciones
republicanas muy adelantadas, legislación completa, gobierno bien
establecido, administración pública muy bien organizada,
universidades, colegios y escuelas primarías gratuitas, ejército
regular, literatura e industria propia, etc., etc. Todo esto
sorprendía muy agradablemente a mi ilustrado auditorio.
Mr. de Lamartine, por su parte, a más de una o dos preguntas
relativas a Bolívar, me inquirió con otras sobre si en Nueva
Granada se cultivaban los duraznos, las manzanas, las peras, las
uvas, el trigo y la cebada. El creía que solamente comíamos pan de
maíz. Díjele que cultivábamos todo aquello, pero que todos los
frutos de las zonas templadas degeneraban en nuestra zona
intertropical, por exceso de vegetación permanente y falta de
rotación de estaciones, pues la temperatura era perpetuamente igual
en todas partes, según la altura sobre el nivel del mar y ciertas
influencias topográficas. Hube de explicar todo esto, y causó
maravilla que en Bogotá hubiera primavera eterna, y eh los valles
profundos y las costas perpetuo verano (con o sin lluvias), y
siempre flores, frutos y verdura en la vegetación.
La última de las preguntas con que me acribilló Mr. de Lamartine
provocó una respuesta mía que acaso lastimó algo por su ironía.
-¿Cultivan papas en la Nueva Granada? -me dijo el ilustre poeta
historiador de los
|Girondinos-. -¡Oh, señor!, -le
contesté-, justamente fue de mi país (de las montañas del istmo de
Panamá) de donde las trajo un francés en el siglo XVII para
hacerlas conocer en Francia y aclimatar aquí su cultivo.
Pero lo que más gracia me hizo fue el cuchicheo de las señoras.
Me miraban con curiosidad y hablaban pasito, y al cabo noté que una
de ellas decía con mucha insistencia a Mme. de Lamartine:
"Pero mírele usted y repare que es rubio! ¿Habrá cosa más
rara?". Cuando caí en la cuenta de que esta observación se refería
a mí, me acerqué a la señora que la hacía y la dije:
-Perdón, mi señora; pero... me parece que usted extraña mucho
que yo sea rubio...
-Efectivamente.
-¿Y permitirá usted preguntarla por qué?
-¡Cómo! ¿Pues no son todos morenos o... aceitunos en el país de
usted?
-¡Ah! -repuse riendo-. Sin duda usted había creído que por allá
todos somos más o menos hijos de indios o descendientes de
africanos...
-Es general esta... preocupación en Francia. Aquí nada sabemos
de las Américas.
-Pues sepa usted, mi señora, -repuse-, que somos en gran parte
descendientes puros de españoles. Mi abuelo paterno era de
Zaragoza, y por eso mi padre era muy rubio y yo lo soy también, así
como varios de mi familia.
En suma, la conversación en casa de Mr. Lamartine fue para mí
muy divertida, y me retiré muy edificado respecto de la instrucción
de los franceses ilustrados y de alta sociedad, en lo concerniente
al Nuevo Mundo.
Por lo demás, en el salón de Mr. de Lamartine reinaba mucha
compostura. Nadie hablaba allí en voz alta ni se movía de un lugar
a otro, y había no sé qué de religiosidad o de veneración en el
respeto con que se escuchaba al gran poeta o se le dirigía la
palabra. El hablaba con solemnidad sentenciosa, y como
escuchándose; permanecía sentado en un gran sillón, mientras los
demás no ocupábamos sino silletas, y mantenía las manos metidas por
delante entre el chaleco y los pantalones. Confieso que esto, a lo
cual se añadió cierto incidente posterior, me hizo perder algunas
ilusiones en lo tocante al carácter del gran poeta, quien me
pareció demasiado satisfecho de sí mismo y un tanto regio en sus
maneras y lenguaje.
Dos o tres meses después tuve ocasión de verle mostrar tan buen
sentido como verdadera modestia, con motivo de una súplica
importante que le hicimos dos neogranadinos. Un día que Torres
Caicedo y yo hablábamos con admiración de las bellas biografías,
sobrado poetizadas, es cierto, que Mr. de Lamartine había publicado
en El Civilizador y aun en su Curso familiar, nos ocurrió que sería
admirable cosa una biografía de Bolívar escrita por aquél mismo.
Esto era reunir el brillo de la más gloriosa pluma al de la más
gloriosa espada, y hermanar en la historia dos grandes genios de
los dos mundos. La idea nos sedujo y resolvimos ir un día juntos a
proponérsela a Lamartine, tanto más deseosos de lograr nuestro
objeto, cuanto así prestábamos al propio tiempo un buen servicio a
nuestra patria, y procurábamos al ilustre escritor, muy angustiado
por conflictos pecuniarios, el medio de escribir un libro de gran
novedad que le proporcionaría considerables recursos.
Mr. de Lamartine nos recibió con mucha amabilidad (acaso más por
Torres Caicedo que por mí), y al punto le expusimos nuestra idea,
ofreciéndole poner a su disposición todos los retratos, mapas,
libros y documentos históricos e informes escritos y verbales que
pudiera necesitar; pero el insigne autor de las biografías de
Cicerón, Gutenberg, Juana de Arco, Colón y tantos otros personajes
históricos nos hizo perder toda esperanza, diciéndonos con mucha
sensatez:
"Nada podría serme más grato ni más honroso que completar mí
vida escribiendo la biografía del gran Bolívar, libertador de
tantas Repúblicas Americanas; pero sin falsa modestia, declaro a
ustedes que no me siento capaz para ello. La biografía de un gran
hombre, y sobre todo de un hombre como Bolívar, que lució agitando,
electrizando, moviendo, libertando y gobernando pueblos, es y tiene
que ser en gran parte la biografía de esos pueblos, del teatro en
que han figurado y de su época. He podido escribir las de Cicerón,
Gutenberg y tantos otros, porque el teatro donde figuraron es por
todos conocido, y los lectores podían familiarizarse, lo mismo que
yo, con todos los hechos, los rasgos típicos y caracteres de los
personajes y los pueblos, por antiguos que fuesen, y aun con el
aspecto y las circunstancias de los lugares. Pero para escribir con
propiedad la biografía de Bolívar, sería necesario que yo conociese
a fondo, no sólo el personaje, siquiera fuese por narraciones y
retratos, sino a los pueblos y jefes que le ayudaron o le
combatieron en su empresa; y todavía más: todos los lugares que él
recorrió en sus campañas y sus actos, los obstáculos que venció,
los elementos con que pudo contar, y en fin, todas las condiciones
de su época, que precisamente agigantan su obra. Carezco de todo
esto y me es imposible adquirirlo. Así, no obstante mi buen deseo,
no puedo ser el biógrafo del gran Bolívar".
Todo esto era sumamente sensato, y Torres y yo hubimos de
desistir de nuestra bella idea.