INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
LA SOCIEDAD FRANCESA

 

Habiendo vivido en Francia durante algunos años y visitádola varias veces, nunca tuve ocasión, sin embargo, ni pretendí proporcionármela, de tratar de cerca las dos clases extremas de la sociedad francesa: ni la aristocracia de sangre o nobleza, ni lo que se llama en Europa el pueblo. De una y otra clase he podido formar juicio por su trato indirecto solamente y por el espectáculo de sus actos; pero ni visité los salones suntuosos de los nobles ni los desvanes y boardillas de los obreros. Sin duda que esto debía dejar incompletas mis observaciones; mas por fortuna la clase |media o |bourgeoisie participa en Francia del pueblo y de la aristocracia, confina con la una y la otra de estas grandes fuerzas, y ella misma es una gran potencia, la más poderosa y la |más francesa en realidad de verdad; por lo que, aplicándome a mantener o trabar relaciones con muy diversos grupos de la clase medía, logré darme cuenta del verdadero espíritu de la sociedad francesa y adquirir muchos conocimientos teóricos y prácticos que me fueron de grande utilidad. Procuraré dar idea con algún método, de las impresiones que sucesivamente recibí del comercio cortos con la sociedad francesa.

Mis primeras relaciones hubieron de ser naturalmente con un respetable comisionista y banquero, pues no puede uno manejar sus asuntos domésticos con economía y seguridad, en las populosas capitales europeas, si no comienza por procurarse los servicios, debidamente retribuidos, de una casa negociante que le reciba y mantenga en buena colocación bancaria sus valores disponibles, le suministre fondos oportunamente para sus gastos, y le dí direcciones para obtener con ventaja muchos de los objetos de consumo de que puede necesitar.

El respetable señor B. Fourquet, jefe en 1858 de la casa Fourquet y Vaud, fue desde un principio mi banquero y comisionista; y si como tal fue siempre honrado, liberal y sin tacha, sirviéndome con entera confianza y a toda mi satisfacción, como amigo fue también fino, caballero y obsequioso. Ningún colombiano que hubiera tenido relaciones con el señor Fourquet podría olvidarle ni desestimarle. Ganó él enorme fortuna como banquero y comisionista de gran parte del comercio de Cuba, Colombia y muchas repúblicas hispanoamericanas, y supo en todo caso corresponder a la confianza que en él se depositaba, y tratamos con particular benevolencia y obsequiosidad a todos los hispanoamericanos.

Las relaciones con el señor Fourquet y algunas otras casas de comisión y comercio, de librería, etc., me procuraron facilidades para conocer la índole de la parte mercantil de la clase media francesa. Es notable este grupo social por sus tendencias moderadamente liberales, bien que de ordinario favorables a todo gobierno, sea el que fuere, que no se pique de revolucionario y dé garantías a la propiedad y al trabajo; por su espíritu práctico, positivista y metódico hasta ser rutinario; por su afición ardiente a la especulación y la ganancia, su constante adhesión a todo lo |acostumbrado, y sus hábitos de orden, economía y regularidad en las transacciones y en el trabajo: todo esto algo neutralizado por la lentitud en la acción, por cierta informalidad relativa en la aplicación del tiempo, y por una inclinación algo exagerada a sacar provecho de la mitología |del tanto por ciento. En cuanto a las ideas políticas y religiosas, yo notaba que, en general, entre los hombres de negocios los de edad provecta o avanzada eran católicos e imperialistas, y los jóvenes, incrédulos y republicanos; pero así como los imperialistas lo eran a estilo cesariano, los republicanos no comprendían sino una especie de república socialista, con todo el poder en manos del Gobierno, y en perjuicio de la libertad individual. Casi ninguno admitía la posibilidad de que el pueblo francés viviera sin tutor y andaderas.

Tres círculos hubo de hombres eminentes, en cuyo centro me hallé en frecuentes relaciones con los profesores y amigos de las ciencias llamadas naturales y exactas: los de los señores Duhamel (Constant), Boussingault y Jomard. Valiéronme para esto, más que otra cosas las excelentes relaciones que con aquellos sabios ilustres habían cultivado el general Acosta (mi suegro) y su señora; y en verdad que, aparte de su hija y de su nombre, nada pudo haberme proporcionado el padre de mi esposa, con solo su memoria, tan provechoso como aquellas relaciones, en cierto modo heredadas.

El señor Duhamel era un insigne profesor de matemáticas, miembro de la Academia de Ciencias, tan considerado por su saber como estimado por su inmejorable carácter. Hombre llano, sencillo y obsequioso, bretón de nacimiento, de talla y de espíritu, siempre estaba de buen humor, recibía en su casa con exquisita amabilidad, ccnversaba con jovialidad chistosa y amena, se encantaba con los viajes (que hacía siempre con su esposa, por todas las comarcas europeas), y cuando se fatigaba de trabajar en sus intrincados problemas de altas matemáticas se entretenía tocando violín o leyendo versos. Tenía todos los cabellos blancos y el aspecto de un anciano gallardo, vigoroso, contento y de buen humor. Su esposa, también bretona, sencilla y de muy buen sentido, era la más servicial dama que yo haya conocido; y era un encanto ver cómo se amaban tiernamente los dos ancianos, cual jóvenes recién casados, y con cuánto gozo reunían todos los miércoles en torno de su mesa y en su sencillo salón a todos sus parientes e íntimos amigos para obsequiarles con exquisita cordialidad.

¡Triste cosa! Años después de mi tercer viaje a Europa, falleció Mr. Duhamel en avanzada edad, y su anciana viuda sufrió tan intenso dolor que se volvió loca! Sus últimos días son, pues, de un infortunio enteramente inmerecido, de que ella misma no tiene conciencia, después de haber pasado largos años amando a su esposo y sus parientes, socorriendo a los pobres y colmando a sus amigos de finezas. La ciencia hizo enorme pérdida con el fallecimiento del sabio Duhamel. En el salón de este eminente francés se reunían principalmente sabios muy distinguidos, tales como los señores Joseph Bertrand, Roulin y L`Ermite, cuyo trato me fue siempre tan grato como provechoso.

Mr. Roulin era para mí un recuerdo viviente de Colombia. Casi me había visto nacer, cuando vivió entre nosotros, contratado como profesor para dar en Bogotá enseñanzas de física, y frecuentemente me comunicaba, ora interesantes nociones científicas relativas al río Meta y las antiguas provincias de Bogotá y Mariquita, ora importantes noticias biográficas e históricas, adquiridas como testigo presencial, en lo tocante al Libertador y a los acontecimientos ocurridos en mi país de 1824 a 1829. Se complacía mucho en recordar que había " |fait le portrait du Libertador d´aprés nature", y que este retrato, pintado al óleo en el palacio mismo de Gobierno, era el más fiel y verdadero que había de Bolívar, tal como el grande hombre tenía el rostro y cuerpo en 1827, y el que había servido primero para un busto en bronce que yació David D´Angers, y después para las estatuas fabricadas con grande habilidad por Teneranni.

En casa de Mr. Duhamel me hacían siempre, con el mayor interés, mil preguntas sobre la fauna, la flora y la composición geológica de mi país, así como sobre las costumbres y los usos sociales; y yo me esforzaba por dar mis informes con la mayor veracidad y propiedad posibles, bien que avergonzado siempre de mi ignorancia en ciencias naturales. Solía la simple tertulia de conversación (de suyo muy agradable, porque no hay sociedad que tenga en tan alto grado el talento y don de la buena y grata conversación, como la francesa) complicarse con baile y concierto; y como esto acontecía en casi todas las tertulias, yo iba adquiriendo cada día mayor gusto por la música, y aprovechaba las ocasiones que se me ofrecían para contentar mi gran pasión por la danza. Generalmente se admiraban de verme bailar correcta y elegantemente cuadrillas, polkas y valses de Strauss, porque candorosamente se imaginaban, en su ignorancia de las cosas de América, que en el Nuevo Mundo casi todos éramos poco menos que salvajes. Lo que me aconteció en casa de Mr. de Lamartine y referiré adelante, corroborará chistosamente mí observación.

En las tertulias parisienses me llamaron desde luego la atención dos circunstancias que me agradaron por extremo: la primera, la costumbre establecida de que nadie se atreviese a invitar a una señora o señorita a bailar, sin tener con ella amistad o haberla sido presentado, -lo que a la verdad, sobre ser más culto, precave en lo posible a las damas de someterse a bailar con individuos que las desagradan o no saben danzar-; y la segunda, la sencillez encantadora con que visten las señoritas, a quienes es prohibido usar joyas ni costosos adornos. Simples trajes de tafetán o de muselina, y alguna flor o modesto lazo de cinta en la cabeza, son los atavíos de las señoritas; y por muy ricos que sean sus padres, nunca adquieren ellas el pernicioso hábito de la ostentación y el lujo. Cuando se casan, la cosa es muy diferente; pero entonces tienen que acomodar sus gastos a la renta de que disponen.

Mr. Boussingault (que aún vive, por fortuna, y para honra y provecho de las ciencias) era un tipo, así como su estimabilísima señora, muy diferente del de Mr. y Mme. Duhamel. En su casa, donde tuve muchas ocasiones de tratar al ilustre geólogo Mr. Saint-Cler de Ville, reinaban en mayor grado la sencillez y la cordialidad; pero los caracteres eran distintos. Mr. Boussingault, a fuer de parisiense, era agudo y chistoso, pero su conversación se refería de preferencia, conmigo, a la antigua Colombia, la Nueva Granada y el Libertador, y con los demás, a multitud de cuestiones técnicas de agronomía, física, química, geología y mecánica. Miembro eminente como era de la Academia de Ciencias, dictaba sus cursos durante el invierno en el |Conservatorio de Artes y Oficios, y se iba a pasar los veranos y hacer experiencias agronómicas en una hacienda que tenía en Alsacia, cerca de Haguenau.

Solazábase Mr. Boussingault refiriéndome interesantes anécdotas "del Libertador" (nunca nombraba de otro modo a Bolívar), de quien había sido edecán titular, por entusiasmo y admiración, du­rante una de las campañas del Sur. Lo mismo que Mr. Roulin, Mr. Boussingault vino a Colombia en 1824, en calidad de profesor de varias ciencias naturales, contratado por el ilustre Zea; pero tanto simpatizó con la causa de nuestra independencia y le sedujeron de tal suerte el genio y la gloria de Bolívar, que durante algún tiempo dejó de mano el profesorado en Bogotá por irse a correr aventuras por Popayán, Pasto, Quito y Guayaquil, al lado del Libertador y con el título de edecán.

Mr. Boussingault era una prueba viviente de lo mucho que valen para la ciencia la observación personal y la experimentación. Era muy joven cuando vino a Colombia, y poseía ya considerable cúmulo de conocimientos; pero tanto estudió y aprendió prácticamente en las cordilleras y los valles y costas de la Gran Colombia, que al regresar a Europa, en 1830 o 1831, era ya un sabio eminente, sobre todo en lo tocante a los diversos ramos de la química y la física. Suministróle nuestro país materia para muy notables memorias científicas, que hizo publicar la Academia de Ciencias y tradujo e hizo reimprimir el patriota cuanto sabio y laborioso General Joaquín Acosta.

La señora Boussingauit, vigorosa y robusta alsaciana, nos agradaba singularmente por su carácter franco y expansivo y su animada conversación, llena de ingenuidad alemana. Era locuaz y muy amable, así como sus hijas se distinguían por su claro talento y sólida educación. Recuerdo que la señora Boussingault nos habló varias veces de un hispano­americano que la había llamado la atención por su raro carácter, dos o tres años antes, y a quien había hecho una terrible predicción, burla burlando. Aquel individuo, que años después hizo tan extraño papel en Sur América, era Gabriel García Moreno, el antepenúltimo de los Presidentes que ha tenido el Ecuador.

Contábame la señora Boussingault que García Moreno había visitado su casa en París muchas veces, que profesaba las más extrañas ideas políticas (su resumen era la adopción de un inflexible despotismo para hacer el bien), y que esperaba poderlas plantear algún día, abriéndose camino para llegar al poder. "Usted es un gran ambicioso, por lo que es cuenta, le decía Madama Boussingault riendo, y tendrá mala suerte, a juzgar por sus extrañas ideas: o sucumbirá en la lucha, sin lograr lo que se propone; y si algún día triunfa será para caer después de un modo no sólo violento, sino trágico".

Esto nos refería la señora Boussingault, a mi familia y a mí, en 1858; y cuando, muchos años después, en 1875, llegó a Bogotá la noticia del asesinato del Presidente García Moreno, lo primero que me ocurrió pensar fue esto: "La ambición del joven ecuatoriano alcanzó la victoria con que soñaba desde mucho tiempo antes; pero al cabo... la terrible profecía se cumplió. Las mujeres suelen tener una especie de segunda vista, o por lo menos particular talento para hacer predicciones".

Mi antiguo maestro el doctor Ezequiel Rojas me había dado en Bogotá una excelente carta de introducción para Mr. de Lamartine, a quien yo ardientemente deseaba conocer de cerca. La gloria de este gran poeta y escritor, uno de los más nobles e ilustres del siglo, había sido para mí particularmente seductiva: yo conocía todas sus obras y las leía y releía con encanto, y sabía cuán popular y admirado era él entre mis compatriotas. Así, no tardé muchos días, después de mi instalación en París, en presentarme en casa de Mr. de Lamartine, haciéndole entregar mi tarjeta junto con la carta muy honorífica del doctor Rojas.

Recibióme al punto el gran poeta y publicista, tratándome con majestuosa benevolencia -pues él era majestuoso en todo-, y a poco de ofrecerme asiento me preguntó primero si en mi país estaban en paz, y luego, si las obras de él eran conocidas entre los neogranadinos. Por fortuna pude responder afirmativamente a lo primero; y en cuanto a lo segundo, díjele, conforme a la verdad, que él era inmensamente popular (con Víctor Hugo y Alejan­dro Dumas) en toda la América española; que su admirable historia de los Girondinos había produ­cido prodigioso efecto, y que entre nosotros el |Telémaco de Fenelon y el |Viaje a Oriente del mismo Mr. de Lamartine eran los libros favoritos con cuya lectura aprendíamos todos a traducir francés. Esto agradó mucho al inmortal autor de las |Armonías y las |Meditaciones, bien que para su gloría ninguna falta podía hacerle el saber lo que de él se pensaba y decía en Nueva Granada. Pero éste era precisamente el flaco de Mr. de Lamartine, insaciable de gloria y no poco engreído con la que tan justamente había alcanzado.

Después de unos doce minutos de conversación se levantó y me dijo: "Pido a usted perdón; mi tiempo no me pertenece y estoy excesivamente ocupado. Recibo todos los domingos a mis amigos, y me será muy grato que usted venga a yerme en uno de esos días, por la noche. Tendré entonces el placer de presentarle a Madama de Lamartine y a varios amigos cuyas relaciones podrán ser muy agradables para usted".

Me retiré muy agradecido y prometiendo volver, y no salí de la casa sin suscribirme al famoso Curso familiar de |literatura que publicaba a la sazón Mr. de Lamartine. Vivía él entonces en la calle |Ville L´Evéque.

Cosa de dos semanas después fui una noche a casa de Lamartine. Era domingo; el salón era decente, pero modesto y poco extenso. A más de la señora de Lamartine y otras cuatro o cinco señoras, estaban reunidos unos cuantos literatos, entre ellos tres de gran reputación: Julio Sandeau, Emilio Augier (dramaturgo insigne) y Alejandro Dumas, hijo. Estos señores contestaron a mi saludo con cortesía, pero me hicieron muy poco caso, mientras su curiosidad no fue excitada por estas palabras que pronunció Lamartine, después de presentarme a su señora, señalándome: "Este caballero es un poeta y literato, orador y publicista de la Nueva Granada, y me ha sido recomendado en términos muy honrosos por un amigo que tengo en Bogotá".

Al punto las señoras y los caballeros presentes me miraron, no diré con atención, sino con una especie de simpatía mezclada de viva curiosidad, y me hicieron un fuego graneado de preguntas relativas a mi país. Como tenían por poco menos que salvajes a todos los pueblos hispanoamericanos, sin duda debió de parecerles animal muy curioso un poeta y literato neogranadino que era además abogado, publicista y orador. Acaso no concebían esto en un semisalvaje; pues, sea dicho de paso, no hay hombres, en general, más ignorantes que los franceses en lo tocante a historia y geografía de los países extranjeros, y particularmente de los muy lejanos de Europa.

Para contestar a las muchas preguntas que me hacían (admirándose de que yo hablase francés con bastante corrección, bien con algún acento), hube de decirles alternativamente que en mi país hacían parte de la educación de la juventud masculina, a más de muchas ciencias y de la lengua castellana y la gramática general, el inglés y francés; que las señoritas traducían por lo menos francés y leían muchas obras francesas; que se cultivaban las bellas artes en lo posible, sobre todo la música, y en todas las casas de familias había piano; que teníamos teatros y autores dramáticos; que casi todos nuestros jóvenes bien educados se formaban con facilidad escritores públicos y escribían con talento; que había entre los neogranadinos mucha verbosidad y facilidad para la oratoria; que abundaban los poetas, abogados, médicos y hombres políticos, pero escaseaban los ingenieros y naturalistas; que no sólo eran gallardamente valerosos los neogranadinos, sino demasiado valerosos, por lo que las guerras civiles eran fáciles y frecuentes; que en tiempo de guerra todos tomábamos las armas y, sin previo aprendizaje ni trenes considerables, hacíamos las campañas y combatíamos en regla, en calidad de soldados o de oficiales, o como jefes o generales, y luego volvíamos a la vida civil sin acordarnos de los cuarteles; que teníamos instituciones republicanas muy adelantadas, legislación completa, gobierno bien establecido, administración pública muy bien organizada, universidades, colegios y escuelas primarías gratuitas, ejército regular, literatura e industria propia, etc., etc. Todo esto sorprendía muy agradablemente a mi ilustrado auditorio.

Mr. de Lamartine, por su parte, a más de una o dos preguntas relativas a Bolívar, me inquirió con otras sobre si en Nueva Granada se cultivaban los duraznos, las manzanas, las peras, las uvas, el trigo y la cebada. El creía que solamente comíamos pan de maíz. Díjele que cultivábamos todo aquello, pero que todos los frutos de las zonas templadas degeneraban en nuestra zona intertropical, por exceso de vegetación permanente y falta de rotación de estaciones, pues la temperatura era perpetuamente igual en todas partes, según la altura sobre el nivel del mar y ciertas influencias topográficas. Hube de explicar todo esto, y causó maravilla que en Bogotá hubiera primavera eterna, y eh los valles profundos y las costas perpetuo verano (con o sin lluvias), y siempre flores, frutos y verdura en la vegetación.

La última de las preguntas con que me acribilló Mr. de Lamartine provocó una respuesta mía que acaso lastimó algo por su ironía. -¿Cultivan papas en la Nueva Granada? -me dijo el ilustre poeta historiador de los |Girondinos-. -¡Oh, señor!, -le contesté-, justamente fue de mi país (de las montañas del istmo de Panamá) de donde las trajo un francés en el siglo XVII para hacerlas conocer en Francia y aclimatar aquí su cultivo.

Pero lo que más gracia me hizo fue el cuchicheo de las señoras. Me miraban con curiosidad y hablaban pasito, y al cabo noté que una de ellas decía con mucha insistencia a Mme. de Lamartine:

"Pero mírele usted y repare que es rubio! ¿Habrá cosa más rara?". Cuando caí en la cuenta de que esta observación se refería a mí, me acerqué a la señora que la hacía y la dije:

-Perdón, mi señora; pero... me parece que usted extraña mucho que yo sea rubio...

-Efectivamente.

-¿Y permitirá usted preguntarla por qué?

-¡Cómo! ¿Pues no son todos morenos o... aceitunos en el país de usted?

-¡Ah! -repuse riendo-. Sin duda usted había creído que por allá todos somos más o menos hijos de indios o descendientes de africanos...

-Es general esta... preocupación en Francia. Aquí nada sabemos de las Américas.

-Pues sepa usted, mi señora, -repuse-, que somos en gran parte descendientes puros de españoles. Mi abuelo paterno era de Zaragoza, y por eso mi padre era muy rubio y yo lo soy también, así como varios de mi familia.

En suma, la conversación en casa de Mr. Lamartine fue para mí muy divertida, y me retiré muy edificado respecto de la instrucción de los franceses ilustrados y de alta sociedad, en lo concerniente al Nuevo Mundo.

Por lo demás, en el salón de Mr. de Lamartine reinaba mucha compostura. Nadie hablaba allí en voz alta ni se movía de un lugar a otro, y había no sé qué de religiosidad o de veneración en el respeto con que se escuchaba al gran poeta o se le dirigía la palabra. El hablaba con solemnidad sentenciosa, y como escuchándose; permanecía sentado en un gran sillón, mientras los demás no ocupábamos sino silletas, y mantenía las manos metidas por delante entre el chaleco y los pantalones. Confieso que esto, a lo cual se añadió cierto incidente posterior, me hizo perder algunas ilusiones en lo tocante al carácter del gran poeta, quien me pareció demasiado satisfecho de sí mismo y un tanto regio en sus maneras y lenguaje.

Dos o tres meses después tuve ocasión de verle mostrar tan buen sentido como verdadera modestia, con motivo de una súplica importante que le hicimos dos neogranadinos. Un día que Torres Caicedo y yo hablábamos con admiración de las bellas biografías, sobrado poetizadas, es cierto, que Mr. de Lamartine había publicado en El Civilizador y aun en su Curso familiar, nos ocurrió que sería admirable cosa una biografía de Bolívar escrita por aquél mismo. Esto era reunir el brillo de la más gloriosa pluma al de la más gloriosa espada, y hermanar en la historia dos grandes genios de los dos mundos. La idea nos sedujo y resolvimos ir un día juntos a proponérsela a Lamartine, tanto más deseosos de lograr nuestro objeto, cuanto así prestábamos al propio tiempo un buen servicio a nuestra patria, y procurábamos al ilustre escritor, muy angustiado por conflictos pecuniarios, el medio de escribir un libro de gran novedad que le proporcionaría considerables recursos.

Mr. de Lamartine nos recibió con mucha amabilidad (acaso más por Torres Caicedo que por mí), y al punto le expusimos nuestra idea, ofreciéndole poner a su disposición todos los retratos, ma­pas, libros y documentos históricos e informes escritos y verbales que pudiera necesitar; pero el insigne autor de las biografías de Cicerón, Gutenberg, Juana de Arco, Colón y tantos otros personajes históricos nos hizo perder toda esperanza, diciéndonos con mucha sensatez:

"Nada podría serme más grato ni más honroso que completar mí vida escribiendo la biografía del gran Bolívar, libertador de tantas Repúblicas Americanas; pero sin falsa modestia, declaro a ustedes que no me siento capaz para ello. La biografía de un gran hombre, y sobre todo de un hombre como Bolívar, que lució agitando, electrizando, moviendo, libertando y gobernando pueblos, es y tiene que ser en gran parte la biografía de esos pueblos, del teatro en que han figurado y de su época. He podido escribir las de Cicerón, Gutenberg y tantos otros, porque el teatro donde figuraron es por todos conocido, y los lectores podían familiarizarse, lo mismo que yo, con todos los hechos, los rasgos típicos y caracteres de los personajes y los pueblos, por antiguos que fuesen, y aun con el aspecto y las circunstancias de los lugares. Pero para escribir con propiedad la biografía de Bolívar, sería necesario que yo conociese a fondo, no sólo el personaje, siquiera fuese por narraciones y retratos, sino a los pueblos y jefes que le ayudaron o le combatieron en su empresa; y todavía más: todos los lugares que él recorrió en sus campañas y sus actos, los obstáculos que venció, los elementos con que pudo contar, y en fin, todas las condiciones de su época, que precisamente agigantan su obra. Carezco de todo esto y me es imposible adquirirlo. Así, no obstante mi buen deseo, no puedo ser el biógrafo del gran Bolívar".

Todo esto era sumamente sensato, y Torres y yo hubimos de desistir de nuestra bella idea.

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