OTRAS IMPRESIONES
En la época de mi infancia y mi adolescencia, y todavía muchos
años después, las gentes de mi ciudad natal se distinguían por tres
buenas cualidades: un serio sentimiento de religiosidad un espíritu
general muy hospitalario, y una notable moralidad en las
costumbres. Casi toda la población se componía de gentes oriundas
de la ciudad misma o sus contornos, y raros eran los forasteros que
allí se establecían, porque ni había industria que atrajese
inmigrantes, ni el comercio, de mero tránsito y detal, ofrecía
alicientes para muchos brazos.
Tan religiosos eran los vecinos, que las fiestas de iglesia eran
muy frecuentes y suntuosas, en gran parte costeadas voluntariamente
por las personas acomodadas y las limosnas de los pobres. Nadie
quería pasar por irreligioso; y recuerdo que aun mi padre, que era
libre pensador y verdaderamente incrédulo (y así lo fue hasta el
último instante de su vida con indomable energía), contribuía
gustosamente para las fiestas de iglesia, bien que jamás concurría
a ellas ni a la misa siquiera. Después explicaré de qué provino la
incredulidad de mi padre, tan opuesta a su carácter generoso y su
espíritu de caridad y benevolencia.
Las grandes fiestas religiosas de Honda eran las de los Reyes y
Semana Santa, la Cruz, el Corpus y el Octavario; San Juan y San
Pedro, San Bartolomé (patrono de la ciudad) y la pascua de Navidad,
con su largo prólogo del Aguinaldo y Nochebuena. Pero si algunas de
estas festividades despertaban realmente el celo y fervor
religiosos, otras servían de pretexto para grandes diversiones
populares. De este linaje eran principalmente el Corpus y las
fiestas de los tres apóstoles citados, así como la Cruz, la
Nochebuena y pascua de Navidad.
Un recuerdo tengo muy vivo de cierto incidente, y lo aduciré
como prueba del espíritu de partido que se apodera de todo en todas
partes y principalmente entre nosotros. Tenía yo como trece años y
me hallaba en vacaciones del colegio, cuando fue nombrado cura de
la ciudad un doctor Aguillón, hombre locuaz, innovador, inquieto de
espíritu y no poco inteligente e instruido, pero indiscreto. Había
sido fraile y logrado, merced a un viaje hecho a Roma, pasar del
estado regular al seglar. Al instalarse en su nuevo curato, el
doctor Aguillón cogió cierta ojeriza a la estatua de plomo, muy
pequeña pero pesadísima, que en la iglesia parroquial representaba
al santo patrono, y le declaró la guerra.
Dió por razón para esto el señor cura que el Santo no inspiraba
respeto ni reverencia, y se propuso remplazarlo con otro de madera
y cuerpo entero, casi gigantesco, pero que no había ganado en la
ciudad méritos ningunos. A poco hizo la sustitución, con aplauso de
la gente reformadora y gran descontento de los viejos y viejas que
en la ciudad conservaban las tradiciones de los antiguos
tiempos.
Es fama que aquel San Bartolomé chiquito hizo grandes milagros,
y yo oía contar a los viejos que en lejanos tiempos, cuando
ocurrían grandes avenidas del Magdalena y se inundaban algunas
calles de la parte baja de la ciudad, sacaban al Santo en procesión
solemne, lo embarcaban en una canoa para recorrer las calles
inundadas, le ungían los pies con algodones mojados en el agua del
río, y a poco de arrojarlos a las ondas éstas comenzaban a
retroceder rápidamente hasta dejar las calles enjutas y todos los
edificios sanos. San Bartolomé era, pues, muy venerado en Honda y
muy querido, mayormente cuando su festival acarreaba cada año
fiestas populares con corridas de toros, juegos públicos, bailes,
etc.
Pero en realidad no era precisamente la persona moral del
apóstol horriblemente martirizado la que había ganado tanta
veneración, sino que ésta se fijaba en la imagen o estatua. Así fue
que al emprender su indiscreta reforma el cura, se formaron en la
ciudad dos partidos: uno por el San Bartolomé chiquito, y otro por
el grande. Fuerte agitación hubo con tal motivo, los ánimos se
agriaron y poco faltó para que entre los dos partidos hubiera
hostilidades muy serias. El cura triunfó por el momento,
arrinconando el santito de plomo; mas después hubo de transigir,
relegando en el año siguiente el de madera a la sacristía, Por mí
sé decir que fui, por instintos innovadores e imitación, partidario
del grande. Acaso en castigo de mi infidelidad al antiguo y
acreditado, he sido tan desollado en este mundo, y de mil modos, a
semejanza del patrono de mi ciudad natal!
Sí el día primero de cada año todos estrenaban algo nuevo en su
vestido, y daban o pedían, según sus circunstancias, regalos de año
nuevo; y si el día de los Reyes era celebrado en todas las casas
con suculentas cenas, en las que solían reunirse todos los
parientes o miembros de cada familia, en realidad aquellas
festividades, más que regocijos que iniciaban cada año nuevo, eran
como apéndices de la gran fiesta religiosa y popular de Diciembre,
compuesta del Aguinaldo (nueve días de rosarios y diversiones), la
Nochebuena y la Pascua de Navidad; todo lo cual, hasta el día de
Reyes, formaba una sucesión de veintiuno o veintidós días de gratos
entretenimientos, con los que se ponían muy de manifiesto las
viejas costumbres de la ciudad.
La fiesta de la Cruz, que la iglesia celebra el 3 de Mayo, tenía
de particular, a más de las escenas religiosas y populares, un
hecho natural infalible. A causa de las lluvias generales que caían
sobre las cordilleras oriental y central y sobre las vastas
llanuras y selvas del valle del alto Magdalena, este gran río
experimentaba indefectiblemente enormes avenidas, que jamás
fallaban para el 2 de Febrero, el 3 de Mayo y el 2 de Noviembre.
Así eran inseparables en el espíritu de la población, las grandes
crecientes del Magdalena y las fiestas religiosas y populares de la
Candelaria, la Cruz y Todos los Santos. En estas épocas el río,
tomaba proporciones formidables y de ordinario amenazantes,
suspendíanse casi por completo los baños, la navegación y la pesca,
y con frecuencia habla que deplorar los gravísimos estragos que
causaban las avenidas.
La fiesta de la Cruz era particularmente interesante en Honda.
No solamente se renovaba el vestido de ramos tiernos o cogollos de
palmeras y arrayanes con que la poética piedad de las gentes cubría
las seis u ocho grandes cruces de madera sobre peana de calicanto
que existían desde antiguo en varias plazuelas y puntos importantes
de la ciudad, y se adornaban las de las iglesias y capillas, sino
que en toda casa de campo se celebraba la fiesta de la Cruz, ya
erigiendo una nueva en algún sitio conveniente para poner la casa
bajo su protección, ya adornando y embelleciendo la que existía.
Desde el amanecer estaba la Cruz cubierta de ramos, flores y
guirnaldas, adornada con cintas de seda, espejitos y otras
baratijas, y durante el día se quemaban miles de cohetes. Por la
tarde se hacía la adoración, agrupándose las gentes alegremente, á
son de música y con gran acompañamiento de gritos, aclamaciones y
cohetes, y luego se bailaba al pie de la Cruz y al aire libre, al
compás de vihuelas, panderos y otros instrumentos populares.
Desde entonces tomé grande afición a la danza, y tanto, que
cuando tenía apenas de doce a trece años bailaba el valse nacional
llamado capuchinada, las danzas populares denominadas
|bambuco,
torbellino, caña y gallinazo, y las españolas conocidas por
los nombres del
|ondú, la cachucha, la jota aragonesa y la
contradanza, que me enseñó el célebre don Pepe González,
insigne bailarín e ingenioso violinista de antaño. Don Pepe tocaba
guitarra por detrás de las espaldas y bailando, y violín metiendo
el arco por entre las piernas, lo que me parecía el colmo de la
habilidad y la gracia. Si desde la adolescencia fui tan entusiasta
por el baile, no es de extrañar que luego aprendiese fácilmente en
Bogotá el
|vals de
|Strauss, la polka, la cuadrilla, la
mazurca, los lanceros y otros bailes elegantes. Hoy todavía,
cuando estoy en alegre tertulia y de buen humor, y faltan
caballeros para que no coman pavo las señoras, a pesar de mis
cincuenta y tres años y mis achaques sacudo las piernas con la
agilidad de un muchacho, sin haber perdido la afición, el
entusiasmo ni el compás.
Pero el gran acto de la fiesta era la ascensión al cerro de la
Cruz, vulgarmente llamado de
|Cacao-en-pelota. En la cumbre
de este erecto y escarpadísimo cerro, que se alza como un inmenso
fuerte de piedra entre el Magdalena y la Quebradaseca, ha sido
costumbre mantener desde tiempo inmemorial una gran cruz de madera,
que el pueblo en masa iba cada año, el 3 de Mayo, a reverenciar y
cubrir de adornos, a la vista y con gran placer de toda la ciudad.
La ascensión es difícil y penosa, se hace forzosamente a pie y dura
cosa de dos horas. Yo la hice con los sirvientes de casa en 1836 y
1837, y sobrado compensado quedé de mis fatigas, ya con las alegres
escenas de la cumbre, donde todos tomábamos refrescos, al compás de
alegres músicas y cantos populares, desplegando banderas de
diversos colores y quemando innumerables cohetes, ya con el
admirable espectáculo que desde aquella riscosa cima se
contempla.
No tenía yo a la edad de nueve años la claridad de espíritu ni
el sentimiento estético necesarios para formarme verdadera idea de
lo bello; pero sí era ya capaz de impresionarme y recuerdo que el
espectáculo me llenó de asombro. Abajo, como en el fondo de un
abismo de seiscientos pies de profundidad, se veía la ciudad,
mezcla curiosa de escombros y verdura, de edificios tristes y
discordantes y amenos paisajes; todo cortado por los dos ríos y la
Quebradaseca; y en derredor, levantando la mirada, se divisaban las
altas cordilleras a lo lejos, y más o menos cerca un maravilloso
laberinto de serranías, valles y llanuras que, surcado de sur a
norte por el río Magdalena, y en opuestas direcciones por multitud
de pequeños ríos afluentes, componen en lo principal la parte baja
o ardiente de la antigua provincia de Mariquita.
Sea que yo tuviese natural e irresistible inclinación a la
poesía, sea que aquel espectáculo inconscientemente contemplado
desde la cumbre del cerro de la Cruz me hubiese producido
inspiración, revelándome por primera vez mi sentimiento innato de
admiración por la belleza, es lo cierto que no insistí en componer
mis chabacanos versos de aquel tiempo, sino pocos días después de
mi segunda ascensión.
La Semana Santa, el Corpus y la Nochebuena contribuyeron
poderosamente, así como las fiestas de San Juan y San Pedro, a
impresionarme y educar al propio tiempo mi alma y mis fuerzas
corporales. En la época de mi infancia y mi primera adolescencia,
era notable el fervor religioso de los vecinos de Honda, y todos
desplegaban durante la Semana Santa, no sólo gran celo en la
piedad, sino también suntuosidad y magnificencia en todas las
ceremonias. Largas y espléndidas procesiones de todos los días, con
gran número de alumbrantes y penitentes: ejercicios espirituales y
tinieblas, con todas las viejas prácticas de nuestros pueblos,
formaban para todos, y particularmente para los niños y la masa
popular, una grande escuela de enseñanza objetiva; tanto más
interesante y eficaz cuanto mayor era el esmero con que se
preparaban en las iglesias los
|monumentos, el lavatorio de
los pobres que representaban a los Apóstoles, y la adoración de la
Cruz, el Calvario y el
|, Descendimiento, el Santo sepulcro
y la Resurrección. Si en los días de fiesta me escabullía yo en
ocasiones para subir a lo alto del campanario y ponerme a repicar
con furor, en los de la Semana Santa en que no se hacían sonar las
campanas me andaba por las calles disputando a los demás chicuelos
la posesión de la matraca, que todos sacudíamos con entusiasmo,
sirviendo así como de campanarios ambulantes.