INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
LA VIDA PARISIENSE


 

No me propongo describir a París minuciosamente, trabajo que está hecho desde 1862 y hace parte de mi obra intitulada: La civilización anglofrancesa. Prefiero seguir en estas Memorias otro método: el de hacer que la descripción de los principales rasgos de París y de toda Francia vaya resultando de la narración sencilla, frecuentemente anecdótica, de la vida que viví en aquel país y sobre todo en su capital. Así aparecerá la fisonomía de muchos hombres importantes o eminentes, y de muchos grupos sociales; se pondrá de manifiesto el carácter de la sociedad francesa; quedarán de relieve muchos rasgos característicos de las instituciones y la civilización de aquel gran pueblo hijo de Rabelais y de Voltaire, transformado en gran parte por su revolución de 1789; y se irá viendo el movimiento de mi espíritu en el |medio que le rodeaba, y la influencia que este medio social fue ejerciendo sobre mi alma, modificando en gran parte mis ideas y dando nuevo giro a mis sentimientos.

Desde luego tenía que resolver, al llegar a París, un problema muy grave y delicado: el de mi instalación. El hispano­americano que no ha viajado por Europa, no tiene idea de lo decisiva que es la instalación para el buen o mal éxito del viaje. De la orilla derecha a la izquierda del Sena no hay materialmente más de cien metros; pero ¡cuán gran de no es la distancia moral, económica y social!

Vivir en el lado derecho significa hacerse víctima, en mayor o menor grado, del lujo y el placer, de la moda y la disipación, de la elegancia ruinosa y la novelería, de la estéril vanidad y el capricho de todo el mundo; a menos que el ejercicio de una profesión o industria lucrativa haga necesario el hallarse uno constantemente en el centro de los negocios, siempre con el gran peligro de ser absorbido por la vorágine del mundo disipado.

Vivir en el lado izquierdo significa, al contrario, acomodarse con modestia y economía para sí mismo y su familia, y no para el qué dirán; significa asegurarse la independencia y la quietud, rodearse de elementos de trabajo y estudio serio, situarse al lado de la Universidad y del Luxemburgo y a la sombra de una sociedad sensata y reposada, en los barrios que no son del dominio de los estudiantes ni de los petimetres a la moda.

Londres acababa de enseñarme una cosa muy importante: que en la inmensidad de las capitales europeas todo individuo es anónimo; que es un cero, un mero bulto de la inmensa turbamulta social, y que el extranjero, más aún que los ciudadanos de aquellas capitales, debe aprender a vivir conforme al buen sentido y a sus recursos, y no a la necia vanidad, que a muchos alucina hasta el punto de hacerles creer que llaman o pueden lla­mar la atención de alguien, derrochando en balde su dinero por hacer viso.

Así al instalarme en París busqué la comodidad, el contentamiento de mi familia y los elemen­tos de un provechoso estudio, dejando la vida ele­gante para los que pudieran gastársela y gustaran de la ociosidad presuntuosa. Me fui a vivir a la calle del Oeste, número 50, donde tenía: todo el primer piso de una casa, que amoblé a mi gusto y con lo mío; buenos vecinos en la misma casa y en las cercanías; aires saludables y jardín adentro para que en él jugaran mis hijitas, y al frente, en la acera opuesta, la vasta extensión del espléndido jardín del Luxemburgo, abierto para todos. No muy lejos iba yo a tener la Sorbona y el Colegio de Francia para asistir a cursos públicos de literatura, historia y ciencias físicas y políticas, así como iba a tener a mi alcance el Instituto francés, magníficos museos y bibliotecas, excelentes librerías, admirables templos, el teatro del Odeón, el Observatorio y otros establecimientos científicos.

Después de instalarme, mis primeros cuidados fueron tres: adquirir el mayor conocimiento posible de la lengua francesa, procurarme muy buenas relaciones, y tratar de aprender el arte de vivir bien en París, -arte que muy pocos extranjeros aprenden ni conocen jamás. Para lo primero me propuse: no tener jamás vergüenza o empacho para hablar con cualquier francés, y evitar lo más posible las lecturas y conversaciones frecuentes en castellano; procurarme el auxilio de un profesor que me enseñase los modismos, las delicadezas y la ciencia de la lengua francesa, que no se aprenden en las gramáticas, así como ciertas finezas de gimnástica en la pronunciación; asistir con frecuencia a los mejores teatros, donde se hablase el francés puro y clásico, como en el teatro Francés y el del Odeón, y el francés familiar más espiritual, agudo y original, como en el teatro del Palacio Real-; y leer constantemente los mejores libros y los perió­dicos y revistas más correctamente escritos. Esto era tanto más necesario y conveniente para mí, cuanto había celebrado un contrato con el editor propietario de El Comercio de Lima para enviarle, por quincenas, revistas o correspondencias completas sobre la política de Europa.

Tanto me apliqué a llenar mi propósito, que a los tres meses mi excelente profesor, un señor Marais, me abandonó, como hombre de conciencia, diciéndome que yo no había menester de más estudios prácticos y literarios de la lengua. Elio fue que aprendí a escribir y hablar en francés tan rápidamente como en castellano, y que después tuve ocasiones repetidas de improvisar discursos y conferencias en París, Vichy, Clermont-Ferrand, Lausana y otros lugares, sin que se notara otra cosa que algún acento de extranjero. Asimismo escribí en francés para revistas, diccionarios y periódicos, sin dificultad alguna. Aconsejo a los hispanoamericanos que hayan de viajar por Europa, que sigan el mismo sistema que yo, y obtendrán buenos resultados.

El arte de vivir en París y en toda gran capital no se obtiene sino pagando el noviciado, observando muy atentamente las cosas, y aplicándose mucho a sacar provecho de las enseñanzas que se reciben de la experiencia y de los hombres sensatos del país que uno habita. Pero la regla cardinal y fundamental es ésta: persuadirse de que, por mucho que uno haga, nunca llamará la atención de nadie, perdido en la inmensidad de la masa y de la localidad, y de que en aquellas grandes capitales el qué dirán es absurdo y lo que se llama todo el mundo no es nadie; por lo que a todo trance debe echarse la vanidad a un lado, sin tratar de comprar con dinero una ostentación personal que ha de pasar y pasa siempre enteramente inadvertida. Desgraciado el que en aquellas capitales trate de vivir para los demás, mediante un cúmulo de tonterías ostentosas!

La segunda regla que adopté y me fue muy útil fue esta: evitar los pequeños gastos, los gastos en fruslerías, que son precisamente los más costosos. Cuando uno tiene que desembolsar 100, 200, 500 o más francos, se mira mucho, considera el estado de su bolsillo y obra con prudencia y bien entendida economía. Pero a cada momento se hacen gastos innecesarios, meramente caprichosos, de 5, 10 y 20 francos; y como un franco de suyo vale poca cosa, el chorrito va corriendo incesante e insensiblemente, y cuando uno menos acuerda ha despilfarrado en futilezas centenares de miles de francos. Esto es lo que arruina. Yo compraba o mandaba hacer sin miedo vestidos completos para mi familia o para mí; pero me inspiraban terror pánico las cintas, los encajitos, los lindos nadas y los cachivaches.

En ninguna parte es tan necesaria como en Europa la práctica constante de esta regla de previsión: hacer siempre su severo presupuesto de rentas y gastos, y tenerlo delante a todas horas, a fin de no gastarse uno sino aquello que puede. De otro modo, con las tentaciones infinitas que en Europa seducen los sentidos y la vanidad, el viajero imprevisor tiene que caer en uno de estos tres abismos: o ir al hospital de caridad, o deshonrarse como deudor tramposo, o mendigar auxilios de sus compatriotas y vegetar como un parásito petardista, cuando no apelar a los indignos expedientes de un caballero de industria.

Cuarta regla: considerar la influencia que ejercen sobre la economía de las familias o el monto y naturaleza de los gastos, la geografía y topografía de los lugares en todas las ciudades, y sobre todo en Londres y París. De una calle a otra cercana, el mismo vestido igual en calidad, corte, etc., cuesta sumas muy diferentes, según el mayor o menor lujo del establecimiento y que el sastre o la modista estén más o menos en boga. Se paga mucho por decir con insulsa vanidad: "A mí me viste |Fulano o |Fulana". Una comida que cuesta 40 francos en el Café Inglés, cuesta 15 a dos o tres cuadras del Boulevard, en otro buen restaurante, donde no hay exhibición ni come uno para los demás, es decir, para los que le ven entrar, sentarse, pagar y salir. De este modo es patente que, de los 40 francos gastados en la primera de esas comidas, figuran 15 que uno se come y se bebe, y 25 que paga por el sitio, por el lujo de los espejos y dorados, por los fracs y corbatas blancas de los mozos sirvientes, y por el gusto de decir a sus amigos: "Hoy comí en el Café Inglés".

Todas estas y otras buenas reglas practiqué en Europa, muy bien apoyado por el buen sentido de mi esposa y mi madre (mi suegra o bella madre, como dice la galantería francesa), y con tal práctica me fue muy bien. Viví siempre cómoda y decentemente y con dignidad y tranquilidad, y me gasté en libros, viajes y adquisición de conocimientos y buenas y útiles relaciones, lo que muchos com­patriotas e hispanoamericanos suelen dilapidar, sin provecho alguno, en majaderías, cuando no en ver­gonzosos placeres. Así, confieso sin empacho que merecí de todo en todo el juicio que de mí for­maban muchos jóvenes compatriotas. Cuando de­partían acerca de mí, en sus corros de los cafés del boulevard, decían:

"El doctor Samper es un hombre sin elegancia y nada comm` il faut; vive metido en el barrio de la vieja aristocracia, en la Sorbona y en el Colegio de Francia, y malgastando su tiempo en los museos y las bibliotecas; se ha dejado hacer miembro de varias sociedades sabias; jamás concurre a las Va­riedades ni a los Bufos, sino a los teatros clásicos; no se hace vestir en las grandes sastrerías; no sabe hacer calembours ni hablar con el esprit parisien; anda por las calles sin guantes; carga él mismo, en vez de dárselos a un commissionaire, los libros, los bombones, los bouquets y demás menudencias que compra en las tiendas; comete la enormidad de an­dar muchas veces en ómnibus, y busca de preferen­cia la sociedad de los sabios y los hombres de le­tras... ¡Es un horribre perdido!,

Muchas y excelentes relaciones cultivé en Pa­rís, que fueron para mí tan gratas como provecho­sas. Naturalmente he de mencionar en primer lugar las de mis compatriotas. Visitáronme desde mi llega­da, dejando a un lado la costumbre francesa | [1] muchos compatriotas estimables, entre otros mis vie­jos amigos José María Torres Caicedo, José Triana y Fernando Conde, los señores Rafael y Francisco García, don Juan de Francisco Martín y don Pedro Díaz Granados con sus familias y don Manuel Vé­lez Barrientos. El último se había expatriado de Bogotá, amedrentado por las ideas socialistas que aquí pululaban desde 1852, y los señores de Fran­cisco Martín y Díaz Granados representaban a la sazón a la Confederación Granadina en París, el primero con el carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, y el segundo con el de cónsul general. El excelente don Pedro, hombre campechano y caballerote, había sido compañero de mi padre en el senado, y con tal motivo yo le había tratado desde muchos años antes.

No había tenido yo ocasión de trabar amistad con el señor de Francisco Martín y su familia, y por cierto que desde el primer día de nuestras re­laciones en París se ganaron de tal modo mi cordial aprecio, que jamás, desde 1858, he dejado de tener­les en la mayor estima. Era el señor de Francisco | [2] un sujeto que había figurado en la República, no solamente como acaudalado negociante sino también como hombre político, notable por su cordura, su gran perspicacia en los negocios pú­blicos, sus maneras cultas y | accesibles, su versación en los asuntos de hacienda y crédito público, y su antigua y fiel adhesión al Libertador y a su gloriosa memoria. Llegó a ser dos veces millonario, y ni hacía ostentación de su riqueza, sino que trataba a todos sus amigos y relacionados con amable llaneza y benevolencia, ni dejaba de tratarse con la como­didad que su fortuna le permitía procurarse. Sus salones estaban siempre abiertos para sus compa­triotas que llegaban a París, así como sabía mos­trarse para con sus amigos obsequioso y franca­mente hospitalario.

Si conservo muy buenos recuerdos del señor de Francisco, aún más afectuosos los mantengo respec­to de su dignísima viuda, doña Ana, una de las más estimables y cumplidas matronas que yo haya co­nocido. Jamás llegaba a París un colombiano, sin que ella le enviase inmediatamente una tarjeta de saludo, cuando no iba en persona, en su coche ce­rrado, a la puerta de la fonda donde aquel estaba alojado, a saludarle con exquisita amabilidad y ofre­cerle sus servicios. Aquella señora era en París la providencia de los neogranadinos, hoy día colom­bianos, y de muchos otros hispanoamericanos. So­lo por el lujo de su coche y la distinción de su porte podía creerse que ella vivía en la opulencia, pues sus maneras eran tan sencillas y su trato tan amable y bondadoso, que uno se sentía al lado de ella como al de una vieja amiga, estimulado a la confianza y a la franqueza. Ninguna dama ha representado tan bien y graciosamente a Colombia, en la socie­dad de Londres, París y Madrid, como la señora de Francisco. Falleció en Madrid en 1881, y al tributar a su memoria este homenaje, siento vivísima satisfacción mezclada de tristeza.

Si mis frecuentes conversaciones con el señor de Francisco me fueron muy útiles, por las muy importantes anécdotas históricas que me refirió, como actor o testigo ocular respecto de la antigua Colombia y del Libertador, no menos gratas me fueron las relaciones de Torres Caicedo. Y aquí debo detenerme algo, tanto por la importancia personal de aquel compatriota, como por cierta influencia que sobre mi espíritu ejercieron sus relaciones.

Habíamos sido los dos muy buenos amigos desde el colegio, y después la política nos separo hasta el punto de desavenimos, cuando él redactaba |El Día, en 1849 y 1850, y yo El Sur-Americano. Estábamos desavenidos cuando ocurrió el sangriento duelo de Torres Caicedo con Germán Piñeres, del cual resultó el primero casi mortalmente herido. No oi más que a mi corazón, e inmediatamente corrí a ver a Torres y ofrecerle mis pequeños servicios. Moribundo y despedazado, el pobre José María me tendió la mano izquierda con cariño, diciéndome: "Procedes conforme a tu carácter; olvidémoslo todo, y si logro salvar la vida, seremos buenos amigos".

Por fortuna para nuestra patria y para toda la América española Torres Caicedo se salvó, siquiera quedando inválido por algún tiempo y con una onza de plomo debajo del homoplato derecho. Yo me aturdía del valor para luchar y sufrir, de la grande alma que se albergaba en aquel cuerpecito como de adolescente. Torres soportó con incontrastable firmeza y valor, así en Bogotá como en el extranjero, las más dolorosas operaciones, y en toda circustancia ha justificado el famoso dicho de Cervantes, mostrando la mayor entereza para arrostrar todo peligro y aceptar las consecuencias de sus escritos u opiniones.

Gran fortuna fue para Colombia y para Torres Caicedo que este no hubiera logrado sanar en Bogotá de la herida, ni viese en 1850 prospecto de poder vivir en Bogotá con la seguridad y ventajas apetecidas; pues súbitamente tomó la resolución de irse para Nueva York y esta medida fue el principio de su feliz y brillantísima carrera, gloria de nuestra patria. Si se hubiera quedado entre nosotros, en caso de recobrar toda su salud, habría vivido esta triste y agitada existencia de los hombres políticos y servidores de las letras en Colombia: luchando con mil dificultades, desafiando peligros, objeto de la implacable envidia de muchos, perseguido por la intolerancia y el odio de sus adversarios, cuando no contrariado por las rivalidades y flaquezas de sus copartidarios, y sin teatro donde desplegar su actividad y lucir sus talentos; y después de todo habría sido... representante, diputado, secretario de Estado o cualquiera de estas cosas tan envilecidas ya entre nosotros; o le habrían muerto en un duelo o en menguados combates civiles, cuando no miserablemente asesinado por cualquier motivo...

En lugar de todo esto... Torres ha llegado a ser... el eminente Torres Caicedo que toda la América y mucha parte de la sociedad europea conocen. ¿Y de qué manera? Por sus solos esfuerzos, haciendo prodigios de talento, habilidad y laboriosidad, creándose una brillante y excepcional posición que le autoriza para decir con orgullo: "Soy hijo de mis obras". Logró apenas en los Estados Unidos curarse de su tremenda herida, merced a nuevas operaciones y nuevos cuidados; mas viendo que en aquel país no había perspectiva de prosperidad para su espíritu y carácter esencialmente latinos, resolvió irse, con valor y confianza, a buscar la buena fortuna y crearse una posición en París, y lo consiguió mejor que nadie, en igualdad de circunstancias.

Una revolución había comenzado a operarse en mi espíritu desde que llegué a Europa, y luego, en parte, mis conversaciones con Torres Caicedo concurrieron al mismo fin, como voy a explicarlo. Casi desde mi niñez, primero en los colegios y después en la Universidad y fuera de élla, yo había estado sujeto, casi sin interrupción, al influjo de las pasiones de partido y de aquella especie de atmósfera moral que compone la política, el más deletéreo de todos los ambientes, cuando es dirigida por la ambición ignorante y desenfrenada y la violencia del espíritu de partido. Este espíritu de partido, en el sentido liberal primero, radical después, había venido a ser como una segunda naturaleza, no solamente mía, sino de todos los hombres de mi país que se interesaban en las cosas públicas. Ese espíritu había engendrado la intolerancia, y esta era defecto universal en la república, siquiera fuese cada cual intolerante a su modo. Yo me había habituado a creer, no obstante lo que veía, que el partido conservador era esencialmente malo y funesto, y el liberal virtualmente bueno y benéfico; y por lo mismo, con igual prevención miraba mal a los conservadores y estimaba a los radicales.

Desde que me sustraje al influjo de la atmósfera moral o política de mi país, y empecé a vivir en París y a visitar sucesivamente las diversas capitales y naciones europeas, comencé a notar que mi punto de vista cambiaba mucho; que mi horizonte moral se extendía en vastísimas proporciones; que yo veía mucho más claro que antes los hechos o fenómenos sociales; que mi idealidad tomaba nuevo giro, y que los hombres y acontecimientos de mi país se me presentaban, de lejos, con aspecto muy distinto del que habían tenido de cerca. Dos hechos curiosos me patentizaron, involuntariamente, la modificación que iban experimentando mis ideas.

Por una parte me sorprendí a mí mismo, sin saber cómo ni cuándo, en flagrante debilidad de tolerancia, pues fui notando que me era muy grato tratar en París y Londres con exquisita cortesía y benevolencia a unos compatriotas muy estimables, pero de opiniones notoriamente diferentes de las mías, tales como los señores de Francisco Martín y Díaz Granados, Manuel María Mosquera y Torres Caicedo, Vélez Barrientos, Eloy Ordóñez, los Garcías y otros. Por otra, lejos de serme grato (porque el espíritu de partido es esencialmente maligno) censurar la conducta de los hombres eminentes del partido contrario, comenzaba a sentir verdadera mortificación cada vez que alguien, en país extranjero, les atacaba en mi presencia.

Recuerdo que un día tomábamos café unos cuatro o cinco neogranadinos, todos liberales, en el café Mazarino, junto con dos o tres franceses que hablaban castellano, dependientes de una casa comisionista. Se ofreció hablar de los asuntos de la república, y con motivo de la guerra civil del |Estado de Santander hicieron fuertes acusaciones al doctor Ospina, a la sazón presidente de nuestra malhadada Confederación Granadina; y precisamente uno de los franceses apoyó las censuras.

-No, señor -le dije-. El presidente Ospina no ha sido conspirador contra la paz ni traidor al régimen federal.

-¡Cómo! -exclamó uno de mis compatriotas- ¿Usted defiende a Ospina?

-Sí.

-Pero usted le miraba con horror antes

-Sí; allá en Bogotá, donde el espíritu de partido dominaba casi en absoluto.

-¿Y aquí?

-Aquí soy neogranadino más que liberal. Aquí no tengo bandera de partido, sino la bandera nacional de mi patria, y no consiento en que delante de mí y de ciudadanos que no son compatriotas, se insulte al presidente de mi país.

Con esto concluyó la discusión, y yo me retiré, pensativo al considerar que el patriotismo era una segunda religión y que yo, insensiblemente, iba modificando mi criterio político y moral.

Con mucha frecuencia me veía con Torres Cai­cedo y conversaba con él sobre política europea y americana, y cada vez que ponía fin a una de aquellas gratas conversaciones -muy instructivas para mí, porque Torres había adquirido, como publicista y hombre de extensas y excelentes relaciones, muchos conocimientos prácticos-, me iba pensando que los dos, marchando de buena fe en opuestas direcciones, nos íbamos acercando mucho en opi­niones o ideas. En efecto, Torres se había liberalizado mucho, en el buen sentido de la palabra, con sus viajes, sus lecturas, sus trabajos mismos y su residencia en Europa, y yo, por mi parte, sentía que la exageración de mis ideas iba perdiendo terreno; que el radicalismo iba mermando a mis ojos mucho en su prestigio; que cada día la política de sistemas se me antojaba falsa y empírica, y que insensible. mente iba descubriendo lo bueno que había en el conservatismo. Ello era que Torres me decía frecuentemente que "tarde o temprano estaríamos de acuerdo en todo", y que yo iba creyendo que sí podía haber un liberalismo conservador o un conservatismo liberal aceptable para todos los hombres patriotas, sinceros y desinteresados en su amor al bien.

Tuve, antes de emprender mi viaje, la feliz inspiración de hacer desde Bogotá proposiciones al editor propietario de |El Comercio, de Lima, diario muy conocido en la América española, para en­viarle correspondencia desde Europa, las que muy gustosamente fueron aceptadas. Una vez instalado en París, comencé por escribir cada quince días correspondencias puramente políticas; mas en breve comprendí que mi laboriosidad podía extenderse a mucho más, al propio tiempo que mi esposa, renunciando a su anterior timidez, se resolvía a probar sus fuerzas como escritora, principalmente en los ramos de la crítica y las narraciones novelescas, en lugar de reducirse, como antes en Bogotá, a ser mera traductora.

Modifiqué, pues, mi contrato con el editor de El Comercio, recibiendo una dotación de 12.000 francos anuales, pero comprometiéndome a enviarle dos veces por mes cinco órdenes de escritos que nos imponían laboriosísima tarea. En tanto que mi esposa enviaba (con el pseudónimo de Bertilda y el título de Revistas de la moda) extensas corres­pondencias sobre bibliografía, bellas artes, literatura, algo de observaciones de viajes, y movimiento de la moda elegante en Europa, yo redactaba cuatro muy diferentes: una sobre los acontecimientos políticos, tratados tan a fondo cuanto me era posible; la segunda, sobre el movimiento literario en todos sus aspectos (teatro, novelas, poesía, crítica, filosofía, bibliografía, ciencias, etc.); la tercera so­bre todos los rasgos notables de la economía industrial, el crédito público, la situación fiscal y la estadística de Europa, y la cuarta, que comprendía las narraciones metódicas de todos mis viajes.

¡Imagínese cuánto no trabajaría yo y cuán activa no sería mi existencia! Para poder escribir tanto con alguna propiedad y procurar a |El Comercio todo el auge que adquirió con nuestras correspondencias, teníamos que verlo y observarlo todo, leer y viajar mucho, estudiar continuamente, aplicar a los hechos y a las cosas un criterio múltiple, y mantener muy numerosas y ventajosas relaciones; todo lo cual nos costaba bastante dinero y no pocas jaquecas, pero nos aprovechaba mucho. La mayor parte de lo poco que sé lo he aprendido principalmente escribiendo, porque cuando uno escribe mu­cho, piensa mucho y adquiere grande hábito de coordinar y profundizar las ideas y buscar la verdad con buen método y criterio, sin atenerse al juicio ajeno ni exponerse a incurrir en involuntarios plagios. Así el mucho escribir y para ello observar, viajar, estudiar y pensar, favoreció inmensamente la educación de mi espíritu en Europa y abrió a mis ideas muy vastos horizontes.

Persuadido yo como estaba de la verdad de la famosa máxima de Carlos V: "que un hombre vale tantas veces o es tantas veces hombre cuantos idiomas conoce", al propio tiempo que adelantaba prácticamente en la posesión de la lengua francesa, me propuse ejercitarme en el inglés y aprender el italiano. Aun quise acometer la ardua labor de adquirir el alemán; pero me desalentaron diciéndome que era un idioma enormemente difícil, por su riqueza, variedad de formas y combinaciones y gimnásti­ca de pronunciación y desistí de la empresa, cosa irrealizable a la edad de treinta y un años y cuando yo no había de residir en Alemania.

Busqué un buen profesor de inglés y trabajé con él asiduamente, por el método de Sadley, durante cuatro meses. Después mi esposa y yo, queriéndonos preparar en regla para hacer un provechoso viaje por Italia, nos pusimos a estudiar el italiano puro con un estimable profesor florentino, emigrado, el señor Vimercati, autor de una excelen­te gramática acomodada al sabio método de Robertson. A los tres meses de haber comenzado por la pronunciación del alfabeto escribíamos correctamente en la lengua del Tasso y de Dante, y yo conversaba con desembarazo con todos los italianos que encontraba. Siento haber descuidado después el cultivo verbal de esta preciosa lengua, salvo en mis viajes, por no haber encontrado en Bogotá, Lima, Caracas, etc., con rarísimas excepciones, italianos con quienes me fuese dado conversar, a menos que tratase de organitos, de coches, de ollas estañadas o de botines por remendar.

[1]  En Francia se acostumbra que el que  llega visite primero, si quiere mantener relaciones, lo que es más conforme con a libertad personal.  
[2]  En 1868 asistí al otorgamiento de su testamento y luego a su entierro,  en un pequeño lugar cercano a Paris.

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