LA VIDA PARISIENSE
No me propongo describir a París minuciosamente, trabajo que
está hecho desde 1862 y hace parte de mi obra intitulada: La
civilización anglofrancesa. Prefiero seguir en estas Memorias otro
método: el de hacer que la descripción de los principales rasgos de
París y de toda Francia vaya resultando de la narración sencilla,
frecuentemente anecdótica, de la vida que viví en aquel país y
sobre todo en su capital. Así aparecerá la fisonomía de muchos
hombres importantes o eminentes, y de muchos grupos sociales; se
pondrá de manifiesto el carácter de la sociedad francesa; quedarán
de relieve muchos rasgos característicos de las instituciones y la
civilización de aquel gran pueblo hijo de Rabelais y de Voltaire,
transformado en gran parte por su revolución de 1789; y se irá
viendo el movimiento de mi espíritu en el
|medio que le
rodeaba, y la influencia que este medio social fue ejerciendo sobre
mi alma, modificando en gran parte mis ideas y dando nuevo giro a
mis sentimientos.
Desde luego tenía que resolver, al llegar a París, un problema
muy grave y delicado: el de mi instalación. El hispanoamericano
que no ha viajado por Europa, no tiene idea de lo decisiva que es
la instalación para el buen o mal éxito del viaje. De la orilla
derecha a la izquierda del Sena no hay materialmente más de cien
metros; pero ¡cuán gran de no es la distancia moral, económica y
social!
Vivir en el lado derecho significa hacerse víctima, en mayor o
menor grado, del lujo y el placer, de la moda y la disipación, de
la elegancia ruinosa y la novelería, de la estéril vanidad y el
capricho de todo el mundo; a menos que el ejercicio de una
profesión o industria lucrativa haga necesario el hallarse uno
constantemente en el centro de los negocios, siempre con el gran
peligro de ser absorbido por la vorágine del mundo disipado.
Vivir en el lado izquierdo significa, al contrario, acomodarse
con modestia y economía para sí mismo y su familia, y no para el
qué dirán; significa asegurarse la independencia y la quietud,
rodearse de elementos de trabajo y estudio serio, situarse al lado
de la Universidad y del Luxemburgo y a la sombra de una sociedad
sensata y reposada, en los barrios que no son del dominio de los
estudiantes ni de los petimetres a la moda.
Londres acababa de enseñarme una cosa muy importante: que en la
inmensidad de las capitales europeas todo individuo es anónimo; que
es un cero, un mero bulto de la inmensa turbamulta social, y que el
extranjero, más aún que los ciudadanos de aquellas capitales, debe
aprender a vivir conforme al buen sentido y a sus recursos, y no a
la necia vanidad, que a muchos alucina hasta el punto de hacerles
creer que llaman o pueden llamar la atención de alguien,
derrochando en balde su dinero por hacer viso.
Así al instalarme en París busqué la comodidad, el
contentamiento de mi familia y los elementos de un provechoso
estudio, dejando la vida elegante para los que pudieran gastársela
y gustaran de la ociosidad presuntuosa. Me fui a vivir a la calle
del Oeste, número 50, donde tenía: todo el primer piso de una casa,
que amoblé a mi gusto y con lo mío; buenos vecinos en la misma casa
y en las cercanías; aires saludables y jardín adentro para que en
él jugaran mis hijitas, y al frente, en la acera opuesta, la vasta
extensión del espléndido jardín del Luxemburgo, abierto para todos.
No muy lejos iba yo a tener la Sorbona y el Colegio de Francia para
asistir a cursos públicos de literatura, historia y ciencias
físicas y políticas, así como iba a tener a mi alcance el Instituto
francés, magníficos museos y bibliotecas, excelentes librerías,
admirables templos, el teatro del Odeón, el Observatorio y otros
establecimientos científicos.
Después de instalarme, mis primeros cuidados fueron tres:
adquirir el mayor conocimiento posible de la lengua francesa,
procurarme muy buenas relaciones, y tratar de aprender el arte de
vivir bien en París, -arte que muy pocos extranjeros aprenden ni
conocen jamás. Para lo primero me propuse: no tener jamás vergüenza
o empacho para hablar con cualquier francés, y evitar lo más
posible las lecturas y conversaciones frecuentes en castellano;
procurarme el auxilio de un profesor que me enseñase los modismos,
las delicadezas y la ciencia de la lengua francesa, que no se
aprenden en las gramáticas, así como ciertas finezas de gimnástica
en la pronunciación; asistir con frecuencia a los mejores teatros,
donde se hablase el francés puro y clásico, como en el teatro
Francés y el del Odeón, y el francés familiar más espiritual, agudo
y original, como en el teatro del Palacio Real-; y leer
constantemente los mejores libros y los periódicos y revistas más
correctamente escritos. Esto era tanto más necesario y conveniente
para mí, cuanto había celebrado un contrato con el editor
propietario de El Comercio de Lima para enviarle, por quincenas,
revistas o correspondencias completas sobre la política de Europa.
Tanto me apliqué a llenar mi propósito, que a los tres meses mi
excelente profesor, un señor Marais, me abandonó, como hombre de
conciencia, diciéndome que yo no había menester de más estudios
prácticos y literarios de la lengua. Elio fue que aprendí a
escribir y hablar en francés tan rápidamente como en castellano, y
que después tuve ocasiones repetidas de improvisar discursos y
conferencias en París, Vichy, Clermont-Ferrand, Lausana y otros
lugares, sin que se notara otra cosa que algún acento de
extranjero. Asimismo escribí en francés para revistas, diccionarios
y periódicos, sin dificultad alguna. Aconsejo a los
hispanoamericanos que hayan de viajar por Europa, que sigan el
mismo sistema que yo, y obtendrán buenos resultados.
El arte de vivir en París y en toda gran capital no se obtiene
sino pagando el noviciado, observando muy atentamente las cosas, y
aplicándose mucho a sacar provecho de las enseñanzas que se reciben
de la experiencia y de los hombres sensatos del país que uno
habita. Pero la regla cardinal y fundamental es ésta: persuadirse
de que, por mucho que uno haga, nunca llamará la atención de nadie,
perdido en la inmensidad de la masa y de la localidad, y de que en
aquellas grandes capitales el qué dirán es absurdo y lo que se
llama todo el mundo no es nadie; por lo que a todo trance debe
echarse la vanidad a un lado, sin tratar de comprar con dinero una
ostentación personal que ha de pasar y pasa siempre enteramente
inadvertida. Desgraciado el que en aquellas capitales trate de
vivir para los demás, mediante un cúmulo de tonterías
ostentosas!
La segunda regla que adopté y me fue muy útil fue esta: evitar
los pequeños gastos, los gastos en fruslerías, que son precisamente
los más costosos. Cuando uno tiene que desembolsar 100, 200, 500 o
más francos, se mira mucho, considera el estado de su bolsillo y
obra con prudencia y bien entendida economía. Pero a cada momento
se hacen gastos innecesarios, meramente caprichosos, de 5, 10 y 20
francos; y como un franco de suyo vale poca cosa, el chorrito va
corriendo incesante e insensiblemente, y cuando uno menos acuerda
ha despilfarrado en futilezas centenares de miles de francos. Esto
es lo que arruina. Yo compraba o mandaba hacer sin miedo vestidos
completos para mi familia o para mí; pero me inspiraban terror
pánico las cintas, los encajitos, los lindos nadas y los
cachivaches.
En ninguna parte es tan necesaria como en Europa la práctica
constante de esta regla de previsión: hacer siempre su severo
presupuesto de rentas y gastos, y tenerlo delante a todas horas, a
fin de no gastarse uno sino aquello que puede. De otro modo, con
las tentaciones infinitas que en Europa seducen los sentidos y la
vanidad, el viajero imprevisor tiene que caer en uno de estos tres
abismos: o ir al hospital de caridad, o deshonrarse como deudor
tramposo, o mendigar auxilios de sus compatriotas y vegetar como un
parásito petardista, cuando no apelar a los indignos expedientes de
un caballero de industria.
Cuarta regla: considerar la influencia que ejercen sobre la
economía de las familias o el monto y naturaleza de los gastos, la
geografía y topografía de los lugares en todas las ciudades, y
sobre todo en Londres y París. De una calle a otra cercana, el
mismo vestido igual en calidad, corte, etc., cuesta sumas muy
diferentes, según el mayor o menor lujo del establecimiento y que
el sastre o la modista estén más o menos en boga. Se paga mucho por
decir con insulsa vanidad: "A mí me viste
|Fulano o
|Fulana". Una comida que cuesta 40 francos en el Café
Inglés, cuesta 15 a dos o tres cuadras del Boulevard, en otro buen
restaurante, donde no hay exhibición ni come uno para los demás, es
decir, para los que le ven entrar, sentarse, pagar y salir. De este
modo es patente que, de los 40 francos gastados en la primera de
esas comidas, figuran 15 que uno se come y se bebe, y 25 que paga
por el sitio, por el lujo de los espejos y dorados, por los fracs y
corbatas blancas de los mozos sirvientes, y por el gusto de decir a
sus amigos: "Hoy comí en el Café Inglés".
Todas estas y otras buenas reglas practiqué en Europa, muy bien
apoyado por el buen sentido de mi esposa y mi madre (mi suegra o
bella madre, como dice la galantería francesa), y con tal práctica
me fue muy bien. Viví siempre cómoda y decentemente y con dignidad
y tranquilidad, y me gasté en libros, viajes y adquisición de
conocimientos y buenas y útiles relaciones, lo que muchos
compatriotas e hispanoamericanos suelen dilapidar, sin provecho
alguno, en majaderías, cuando no en vergonzosos placeres. Así,
confieso sin empacho que merecí de todo en todo el juicio que de mí
formaban muchos jóvenes compatriotas. Cuando departían acerca de
mí, en sus corros de los cafés del boulevard, decían:
"El doctor Samper es un hombre sin elegancia y nada comm` il
faut; vive metido en el barrio de la vieja aristocracia, en la
Sorbona y en el Colegio de Francia, y malgastando su tiempo en los
museos y las bibliotecas; se ha dejado hacer miembro de varias
sociedades sabias; jamás concurre a las Variedades ni a los Bufos,
sino a los teatros clásicos; no se hace vestir en las grandes
sastrerías; no sabe hacer calembours ni hablar con el esprit
parisien; anda por las calles sin guantes; carga él mismo, en vez
de dárselos a un commissionaire, los libros, los bombones, los
bouquets y demás menudencias que compra en las tiendas; comete la
enormidad de andar muchas veces en ómnibus, y busca de
preferencia la sociedad de los sabios y los hombres de letras...
¡Es un horribre perdido!,
Muchas y excelentes relaciones cultivé en París, que fueron
para mí tan gratas como provechosas. Naturalmente he de mencionar
en primer lugar las de mis compatriotas. Visitáronme desde mi
llegada, dejando a un lado la costumbre francesa
|
[1]
muchos compatriotas estimables, entre
otros mis viejos amigos José María Torres Caicedo, José Triana y
Fernando Conde, los señores Rafael y Francisco García, don Juan de
Francisco Martín y don Pedro Díaz Granados con sus familias y don
Manuel Vélez Barrientos. El último se había expatriado de Bogotá,
amedrentado por las ideas socialistas que aquí pululaban desde
1852, y los señores de Francisco Martín y Díaz Granados
representaban a la sazón a la Confederación Granadina en París, el
primero con el carácter de enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario, y el segundo con el de cónsul general. El
excelente don Pedro, hombre campechano y caballerote, había sido
compañero de mi padre en el senado, y con tal motivo yo le había
tratado desde muchos años antes.
No había tenido yo ocasión de trabar amistad con el señor de
Francisco Martín y su familia, y por cierto que desde el primer día
de nuestras relaciones en París se ganaron de tal modo mi cordial
aprecio, que jamás, desde 1858, he dejado de tenerles en la mayor
estima. Era el señor de Francisco
|
[2]
un sujeto
que había figurado en la República, no solamente como acaudalado
negociante sino también como hombre político, notable por su
cordura, su gran perspicacia en los negocios públicos, sus maneras
cultas y
|
accesibles, su versación en los asuntos de hacienda
y crédito público, y su antigua y fiel adhesión al Libertador y a
su gloriosa memoria. Llegó a ser dos veces millonario, y ni hacía
ostentación de su riqueza, sino que trataba a todos sus amigos y
relacionados con amable llaneza y benevolencia, ni dejaba de
tratarse con la comodidad que su fortuna le permitía procurarse.
Sus salones estaban siempre abiertos para sus compatriotas que
llegaban a París, así como sabía mostrarse para con sus amigos
obsequioso y francamente hospitalario.
Si conservo muy buenos recuerdos del señor de Francisco, aún más
afectuosos los mantengo respecto de su dignísima viuda, doña Ana,
una de las más estimables y cumplidas matronas que yo haya
conocido. Jamás llegaba a París un colombiano, sin que ella le
enviase inmediatamente una tarjeta de saludo, cuando no iba en
persona, en su coche cerrado, a la puerta de la fonda donde aquel
estaba alojado, a saludarle con exquisita amabilidad y ofrecerle
sus servicios. Aquella señora era en París la providencia de los
neogranadinos, hoy día colombianos, y de muchos otros
hispanoamericanos. Solo por el lujo de su coche y la distinción de
su porte podía creerse que ella vivía en la opulencia, pues sus
maneras eran tan sencillas y su trato tan amable y bondadoso, que
uno se sentía al lado de ella como al de una vieja amiga,
estimulado a la confianza y a la franqueza. Ninguna dama ha
representado tan bien y graciosamente a Colombia, en la sociedad
de Londres, París y Madrid, como la señora de Francisco. Falleció
en Madrid en 1881, y al tributar a su memoria este homenaje, siento
vivísima satisfacción mezclada de tristeza.
Si mis frecuentes conversaciones con el señor de Francisco me
fueron muy útiles, por las muy importantes anécdotas históricas que
me refirió, como actor o testigo ocular respecto de la antigua
Colombia y del Libertador, no menos gratas me fueron las relaciones
de Torres Caicedo. Y aquí debo detenerme algo, tanto por la
importancia personal de aquel compatriota, como por cierta
influencia que sobre mi espíritu ejercieron sus relaciones.
Habíamos sido los dos muy buenos amigos desde el colegio, y
después la política nos separo hasta el punto de desavenimos,
cuando él redactaba
|El Día, en 1849 y 1850, y yo El
Sur-Americano. Estábamos desavenidos cuando ocurrió el sangriento
duelo de Torres Caicedo con Germán Piñeres, del cual resultó el
primero casi mortalmente herido. No oi más que a mi corazón, e
inmediatamente corrí a ver a Torres y ofrecerle mis pequeños
servicios. Moribundo y despedazado, el pobre José María me tendió
la mano izquierda con cariño, diciéndome: "Procedes conforme a tu
carácter; olvidémoslo todo, y si logro salvar la vida, seremos
buenos amigos".
Por fortuna para nuestra patria y para toda la América española
Torres Caicedo se salvó, siquiera quedando inválido por algún
tiempo y con una onza de plomo debajo del homoplato derecho. Yo me
aturdía del valor para luchar y sufrir, de la grande alma que se
albergaba en aquel cuerpecito como de adolescente. Torres soportó
con incontrastable firmeza y valor, así en Bogotá como en el
extranjero, las más dolorosas operaciones, y en toda circustancia
ha justificado el famoso dicho de Cervantes, mostrando la mayor
entereza para arrostrar todo peligro y aceptar las consecuencias de
sus escritos u opiniones.
Gran fortuna fue para Colombia y para Torres Caicedo que este no
hubiera logrado sanar en Bogotá de la herida, ni viese en 1850
prospecto de poder vivir en Bogotá con la seguridad y ventajas
apetecidas; pues súbitamente tomó la resolución de irse para Nueva
York y esta medida fue el principio de su feliz y brillantísima
carrera, gloria de nuestra patria. Si se hubiera quedado entre
nosotros, en caso de recobrar toda su salud, habría vivido esta
triste y agitada existencia de los hombres políticos y servidores
de las letras en Colombia: luchando con mil dificultades,
desafiando peligros, objeto de la implacable envidia de muchos,
perseguido por la intolerancia y el odio de sus adversarios, cuando
no contrariado por las rivalidades y flaquezas de sus
copartidarios, y sin teatro donde desplegar su actividad y lucir
sus talentos; y después de todo habría sido... representante,
diputado, secretario de Estado o cualquiera de estas cosas tan
envilecidas ya entre nosotros; o le habrían muerto en un duelo o en
menguados combates civiles, cuando no miserablemente asesinado por
cualquier motivo...
En lugar de todo esto... Torres ha llegado a ser... el eminente
Torres Caicedo que toda la América y mucha parte de la sociedad
europea conocen. ¿Y de qué manera? Por sus solos esfuerzos,
haciendo prodigios de talento, habilidad y laboriosidad, creándose
una brillante y excepcional posición que le autoriza para decir con
orgullo: "Soy hijo de mis obras". Logró apenas en los Estados
Unidos curarse de su tremenda herida, merced a nuevas operaciones y
nuevos cuidados; mas viendo que en aquel país no había perspectiva
de prosperidad para su espíritu y carácter esencialmente latinos,
resolvió irse, con valor y confianza, a buscar la buena fortuna y
crearse una posición en París, y lo consiguió mejor que nadie, en
igualdad de circunstancias.
Una revolución había comenzado a operarse en mi espíritu desde
que llegué a Europa, y luego, en parte, mis conversaciones con
Torres Caicedo concurrieron al mismo fin, como voy a explicarlo.
Casi desde mi niñez, primero en los colegios y después en la
Universidad y fuera de élla, yo había estado sujeto, casi sin
interrupción, al influjo de las pasiones de partido y de aquella
especie de atmósfera moral que compone la política, el más
deletéreo de todos los ambientes, cuando es dirigida por la
ambición ignorante y desenfrenada y la violencia del espíritu de
partido. Este espíritu de partido, en el sentido liberal primero,
radical después, había venido a ser como una segunda naturaleza, no
solamente mía, sino de todos los hombres de mi país que se
interesaban en las cosas públicas. Ese espíritu había engendrado la
intolerancia, y esta era defecto universal en la república,
siquiera fuese cada cual intolerante a su modo. Yo me había
habituado a creer, no obstante lo que veía, que el partido
conservador era esencialmente malo y funesto, y el liberal
virtualmente bueno y benéfico; y por lo mismo, con igual prevención
miraba mal a los conservadores y estimaba a los radicales.
Desde que me sustraje al influjo de la atmósfera moral o
política de mi país, y empecé a vivir en París y a visitar
sucesivamente las diversas capitales y naciones europeas, comencé a
notar que mi punto de vista cambiaba mucho; que mi horizonte moral
se extendía en vastísimas proporciones; que yo veía mucho más claro
que antes los hechos o fenómenos sociales; que mi idealidad tomaba
nuevo giro, y que los hombres y acontecimientos de mi país se me
presentaban, de lejos, con aspecto muy distinto del que habían
tenido de cerca. Dos hechos curiosos me patentizaron,
involuntariamente, la modificación que iban experimentando mis
ideas.
Por una parte me sorprendí a mí mismo, sin saber cómo ni cuándo,
en flagrante debilidad de tolerancia, pues fui notando que me era
muy grato tratar en París y Londres con exquisita cortesía y
benevolencia a unos compatriotas muy estimables, pero de opiniones
notoriamente diferentes de las mías, tales como los señores de
Francisco Martín y Díaz Granados, Manuel María Mosquera y Torres
Caicedo, Vélez Barrientos, Eloy Ordóñez, los Garcías y otros. Por
otra, lejos de serme grato (porque el espíritu de partido es
esencialmente maligno) censurar la conducta de los hombres
eminentes del partido contrario, comenzaba a sentir verdadera
mortificación cada vez que alguien, en país extranjero, les atacaba
en mi presencia.
Recuerdo que un día tomábamos café unos cuatro o cinco
neogranadinos, todos liberales, en el café Mazarino, junto con dos
o tres franceses que hablaban castellano, dependientes de una casa
comisionista. Se ofreció hablar de los asuntos de la república, y
con motivo de la guerra civil del
|Estado de Santander
hicieron fuertes acusaciones al doctor Ospina, a la sazón
presidente de nuestra malhadada Confederación Granadina; y
precisamente uno de los franceses apoyó las censuras.
-No, señor -le dije-. El presidente Ospina no ha sido
conspirador contra la paz ni traidor al régimen federal.
-¡Cómo! -exclamó uno de mis compatriotas- ¿Usted defiende a
Ospina?
-Sí.
-Pero usted le miraba con horror antes
-Sí; allá en Bogotá, donde el espíritu de partido dominaba casi
en absoluto.
-¿Y aquí?
-Aquí soy neogranadino más que liberal. Aquí no tengo bandera de
partido, sino la bandera nacional de mi patria, y no consiento en
que delante de mí y de ciudadanos que no son compatriotas, se
insulte al presidente de mi país.
Con esto concluyó la discusión, y yo me retiré, pensativo al
considerar que el patriotismo era una segunda religión y que yo,
insensiblemente, iba modificando mi criterio político y moral.
Con mucha frecuencia me veía con Torres Caicedo y conversaba
con él sobre política europea y americana, y cada vez que ponía fin
a una de aquellas gratas conversaciones -muy instructivas para mí,
porque Torres había adquirido, como publicista y hombre de extensas
y excelentes relaciones, muchos conocimientos prácticos-, me iba
pensando que los dos, marchando de buena fe en opuestas
direcciones, nos íbamos acercando mucho en opiniones o ideas. En
efecto, Torres se había liberalizado mucho, en el buen sentido de
la palabra, con sus viajes, sus lecturas, sus trabajos mismos y su
residencia en Europa, y yo, por mi parte, sentía que la exageración
de mis ideas iba perdiendo terreno; que el radicalismo iba mermando
a mis ojos mucho en su prestigio; que cada día la política de
sistemas se me antojaba falsa y empírica, y que insensible. mente
iba descubriendo lo bueno que había en el conservatismo. Ello era
que Torres me decía frecuentemente que "tarde o temprano estaríamos
de acuerdo en todo", y que yo iba creyendo que sí podía haber un
liberalismo conservador o un conservatismo liberal aceptable para
todos los hombres patriotas, sinceros y desinteresados en su amor
al bien.
Tuve, antes de emprender mi viaje, la feliz inspiración de hacer
desde Bogotá proposiciones al editor propietario de
|El
Comercio, de Lima, diario muy conocido en la América española,
para enviarle correspondencia desde Europa, las que muy
gustosamente fueron aceptadas. Una vez instalado en París, comencé
por escribir cada quince días correspondencias puramente políticas;
mas en breve comprendí que mi laboriosidad podía extenderse a mucho
más, al propio tiempo que mi esposa, renunciando a su anterior
timidez, se resolvía a probar sus fuerzas como escritora,
principalmente en los ramos de la crítica y las narraciones
novelescas, en lugar de reducirse, como antes en Bogotá, a ser mera
traductora.
Modifiqué, pues, mi contrato con el editor de El Comercio,
recibiendo una dotación de 12.000 francos anuales, pero
comprometiéndome a enviarle dos veces por mes cinco órdenes de
escritos que nos imponían laboriosísima tarea. En tanto que mi
esposa enviaba (con el pseudónimo de Bertilda y el título de
Revistas de la moda) extensas correspondencias sobre bibliografía,
bellas artes, literatura, algo de observaciones de viajes, y
movimiento de la moda elegante en Europa, yo redactaba cuatro muy
diferentes: una sobre los acontecimientos políticos, tratados tan a
fondo cuanto me era posible; la segunda, sobre el movimiento
literario en todos sus aspectos (teatro, novelas, poesía, crítica,
filosofía, bibliografía, ciencias, etc.); la tercera sobre todos
los rasgos notables de la economía industrial, el crédito público,
la situación fiscal y la estadística de Europa, y la cuarta, que
comprendía las narraciones metódicas de todos mis viajes.
¡Imagínese cuánto no trabajaría yo y cuán activa no sería mi
existencia! Para poder escribir tanto con alguna propiedad y
procurar a
|El Comercio todo el auge que adquirió con
nuestras correspondencias, teníamos que verlo y observarlo todo,
leer y viajar mucho, estudiar continuamente, aplicar a los hechos y
a las cosas un criterio múltiple, y mantener muy numerosas y
ventajosas relaciones; todo lo cual nos costaba bastante dinero y
no pocas jaquecas, pero nos aprovechaba mucho. La mayor parte de lo
poco que sé lo he aprendido principalmente escribiendo, porque
cuando uno escribe mucho, piensa mucho y adquiere grande hábito de
coordinar y profundizar las ideas y buscar la verdad con buen
método y criterio, sin atenerse al juicio ajeno ni exponerse a
incurrir en involuntarios plagios. Así el mucho escribir y para
ello observar, viajar, estudiar y pensar, favoreció inmensamente la
educación de mi espíritu en Europa y abrió a mis ideas muy vastos
horizontes.
Persuadido yo como estaba de la verdad de la famosa máxima de
Carlos V: "que un hombre vale tantas veces o es tantas veces hombre
cuantos idiomas conoce", al propio tiempo que adelantaba
prácticamente en la posesión de la lengua francesa, me propuse
ejercitarme en el inglés y aprender el italiano. Aun quise acometer
la ardua labor de adquirir el alemán; pero me desalentaron
diciéndome que era un idioma enormemente difícil, por su riqueza,
variedad de formas y combinaciones y gimnástica de pronunciación y
desistí de la empresa, cosa irrealizable a la edad de treinta y un
años y cuando yo no había de residir en Alemania.
Busqué un buen profesor de inglés y trabajé con él asiduamente,
por el método de Sadley, durante cuatro meses. Después mi esposa y
yo, queriéndonos preparar en regla para hacer un provechoso viaje
por Italia, nos pusimos a estudiar el italiano puro con un
estimable profesor florentino, emigrado, el señor Vimercati, autor
de una excelente gramática acomodada al sabio método de Robertson.
A los tres meses de haber comenzado por la pronunciación del
alfabeto escribíamos correctamente en la lengua del Tasso y de
Dante, y yo conversaba con desembarazo con todos los italianos que
encontraba. Siento haber descuidado después el cultivo verbal de
esta preciosa lengua, salvo en mis viajes, por no haber encontrado
en Bogotá, Lima, Caracas, etc., con rarísimas excepciones,
italianos con quienes me fuese dado conversar, a menos que tratase
de organitos, de coches, de ollas estañadas o de botines por
remendar.
|
[1]
|
En Francia se acostumbra que el que llega visite primero, si
quiere mantener relaciones, lo que es más conforme con a libertad
personal.
|
|
[2]
|
En 1868 asistí al otorgamiento de su testamento y luego a su
entierro, en un pequeño lugar cercano a Paris.
|