INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
| EL PRIMER VIAJE

 

 

Al poner de manifiesto las impresiones e ideas que me procuraron mis primeros viajes por países extranjeros, deberé condensar mis observaciones y pensamientos lo más posible, pues de otra suerte no haría casi otra cosa que repetir, salvo en lo tocante a la situación de mi alma y al giro que tomaron mis ideas, lo que ya tengo publicado. Fruto directo de aquellos viajes fueron cinco volúmenes, escritos sucesivamente en Europa. El primero y segundo, publicados en París en 1860 y 1861 | [1] , contienen la descripción de mi viaje desde Honda hasta París, por Mompox, Cartagena, Saint Thomas, Southampton, Londres, Dover y Calais; del que hice al sur de Francia (por Lyon y Marsella) y a España, regresando por Bayona, Burdeos, Angulema y Orleans; y del que posteriormente verifiqué por el Sudeste de Francia, Saboya, Suiza, la Alemania del Rhin y Bélgica, regresando a París por Lila y Amiens. A estos dos primeros volúmenes, cuyas ediciones se han agotado enteramente, añadí pequeños mapas de los países respectivos, que elaboré con el objeto de indicar los itinerarios.

El tomo 3º fue publicado en forma de folletín, en El Comercio de Lima, en 1862 y 1863. Su objeto fue hacer un estudio comparativo de la civilización de Inglaterra y Francia, tomando por base de comparación a Londres y sus alrededores más notables, y París y los suyos, considerados los dos grandes centros en todos sus aspectos: físico, moral e intelectual. Acaso es éste el más original y curioso estudio que yo haya hecho, y probablemente el más instructivo de todos mis trabajos relativos a viajes, por el cúmulo de observaciones y consideraciones políticas, geográficas, literarias, económicas, artísticas y morales que me sugirió la atenta observación de las dos grandes capitales y los pueblos o lugares circunvecinos.

Comprendía el tomo 4º la completa descripción de uno de mis viajes más interesantes: de París hacia el Nordeste de Francia y el Rhin, por Metz, Espira, Baden, Stutgart, Munich el alto Danubio y Viena, el bajo Danubio hasta Pesth-Buda; de allí a Berlín, por Presburgo, Viena, Praga, el alto Elba y Dresde; y de Berlín a Londres, por Hamburgo, Hannover, Utrech, Amsterdam, La Haya, Leyda, Roterdam y Antuerpia.

En fin, el tomo 5º narraba mis excursiones por la Gran Bretaña, ya tratando de las ciudades de la Mancha, como Brighton, Hastings, etc., ya siguiendo el itinerario de Oxford, Bath, Cheltenham, Bristol, Gloucester, Worcester, Birmingham, Manchester, Hudersfiel, Liverpool, Chester, Bangor y Holyhead; Dublin, el centro de Irlanda, Londonderry y Belfast; Glasgow, los lagos Lomond y Katrine, Sterling y Edimburgo; y el regreso de allí a Londres, por Newcastle, York, Leeds y Sheffield.

Los gastos que hice en los viajes y publicación de dichos libros fueron tan considerables, que me vi obligado a dejar inéditos los tomos 4º y 5º, y en su simple edición de periódico el 3º. El buen éxito que tuvieron el 1º y 2º me han hecho pensar que los otros tres, aún más nuevos para los hispano-americanos y más interesantes por muchos motivos, habrían obtenido todavía mejor acogida del público; pero ya es muy tarde para imprimirios, por muchas razones obvias, y además la escasez de mis recursos no me permite emprender una costosa edición, después de haber disipado todo un capital en publicar libros, folletos y | periódicos.

No diré que al alejarme de mi patria sentí gran pesadumbre. Me apenaba la ausencia por mi madre, mis hermanos y amigos, y comprendía que, al comenzar a ser |extranjero, saliendo de mi patria se suspendería para mí la vida de |ciudadano, que me era tan importante y cara. No menos sentía que me faltasen mi tierra, mi atmósfera, mi cielo y | todos los componentes físicos de mi patria, y aun en mucha parte mi lengua materna y mil tradiciones queridas.

Pero también, en gran parte, yo llevaba la patria conmigo. Mi amada esposa y mis hijitas eran la más encantadora y adorable prolongación de este cúmulo de bienes y cosas amadas que llamamos la |Patria. Mi ardiente patriotismo, siempre atento a la marcha de los sucesos en mí país, había de preservarme de todo egoísmo de viajero y mantenerme, desde lejos, íntimamente conciudadano de mis compatriotas. La poesía, la memoria y la imaginación me mantenían muy fuertemente ligado a todas las cosas bellas y nobles de mi tierra natal: mayormente cuando yo llevaba el propósito de trabajar cuanto me fuera posible por hacer conocer mi país en el extranjero. Por último, mi ardiente deseo de instruirme, estudiando y viajando para ser útil a mi patria, era un poderoso elemento de prolongación moral de aquesta en las tierras extrañas. para mi espíritu sediento de luz y ansioso por adquirir fuerza.

Confieso que salí del suelo colombiano dolorosamente impresionado. A pesar de los muchos y grandes defectos de Bogotá. aquí la civilización está bastante adelantada relativamente; por lo que yo estaba habituado, dentro de mi estrecho horizonte, al pie del Monserrate y el Guadalupe, a cierto orden de adelantamiento social. Pero al bajar hacia el Atlántico, el espectáculo me pareció, en general, lamentable. En las dos extremidades de la navegación había incuria, estancamiento y ruinas: Honda, una ciudad vegetante y llena de escombros; Cartagena, una capital interesante, culta, gloriosamente histórica, pero miserable y muerta; y todo el bajo Magdalena y el Dique de Calamar en deplorable atraso, en semibarbarie y justificando pocas esperanzas de regeneración y progreso...

El espectáculo del océano me impresionó de un modo extraño, sin sorprenderme. Tanto había leído yo relativamente al océano y lo había contemplado con la imaginación, que me pareció, triste y feo. ¡Tristeza majestuosa y fealdad imponente! El mar, dígase lo que se quiera, no es verdaderamente bello, visto desde la tierra y cuando la mirada se pierde en lo relativamente ilimitado. Impresiona profundamente con sus rugidos, que dan idea de lo monstruoso, formidable y terrible; causa una especie de miedo físico, al propio tiempo que despierta una vaga curiosidad de lo desconocido y lo insondable; desarrolla a los ojos de quien lo contempla un horizonte casi tenebroso, a fuer de inmenso y moviente; da al espíritu la enseñanza más objetiva posible, palpable, de lo infinito y eterno; y arrastra el alma a solicitar un supremo ideal, en cuyo fondo se percibe, como en lejanísima perspectiva, lo incomprensible y misterioso por excelencia: Dios... Todo esto es sublime, profundamente grande; pero no es bello, según la más habitual concepción de la belleza.

Al contrario, si uno contempla el océano desde a bordo de un barco, en su combinación topográfica y estética con la tierra, ya encerrado en una bahía al pie de altas colinas o montañas, ya en una estrechura de mar, como la Mancha o el estrecho de Gibraltar, o en el mar de Irlanda, entre ésta y Escocia, el aspecto varía completamente. Allí el océano, la tierra visible y el cielo se combinan para formar la más admirable armonía; y de esta trinidad de magnificencías que se complementan recíprocamente resulta la más acabada belleza que el hombre puede contemplar en el limitado horizonte de su planeta.

Tales han sido siempre mis impresiones en lo tocante al mar. El océano inmenso, con solo el cielo por pabellón, me ha parecido triste y desolado, monstruosamente vago -porque en él falta... la Humanidad-; pero visto en combinación con la tierra, es decir, con las costas, he hallado en él la completa hermosura que comprendía al Hombre, representado por la tierra firme.

Saint Thomas, a pesar de sus negros medio bozales, con su detestable papiamento -idioma que la ignorancia y la necesidad han formado de cinco o seis lenguas cultas y literarias-; Santo Tomás, repito, me dio la primera noción objetiva y directa de la civilización europea. La estructura de las casas; el movimiento de las gentes, de los almacenes y de carruajes; el excelente servicio de correos, que en gran parte centraliza los del mundo entero; y la grandeza y variedad de barcos de vapor y de vela anclados en la bahía: todo contribuye a preparar el ánimo del viajero para recibir poco después, al llegar a Inglaterra, las impresiones que causa la más adelantada civilización.

En Saint Thomas me parecía que estaba yo como entre dos aguas y dos civilizaciones: entre el mundo hispanoamericano y el mundo europeo. Allí, realmente, me despedí en cierto modo de mí patria y comencé a sentirme verdaderamente extranjero.

Lo que me aconteció a bordo del vapor |Thames, primero, y del |Paraná en seguida, me dio la primera prueba de lo poco que vale una educación puramente teórica. Yo creía conocer la lengua francesa, porque la había estudiado en muchos libros y la escribía corrientemente, de tal modo, que aun había compuesto buenos alejandrinos franceses. En cuanto a la lengua inglesa, apenas la traducía medianamente y hablaba muy poca cosa. Desde que estuve a bordo y hablé con franceses e ingleses, sentí mi vergonzosa ignorancia: ni yo entendía nada de lo que me decían, ni nadie me comprendía. ¿Por qué? Porque yo no había educado el oído ni la boca para oir y hablar como convenía, y además ignoraba casi todos los modismos de las lenguas de Moliére y de Shakespeare. Gran trabajo me costó aquella educación, y solo con la práctica en Europa, y particularmente en París y Londres, logré adelantar mucho en el francés y algo en el inglés.

La impresión más clara que me dejaron todos los tipos sociales y todas las escenas que observé a bordo del |Thames y del |Paraná, fue ésta: que en ninguna parte pone tanto de manifiesto el hombre sus defectos (mucho más que sus cualidades) y particularmente su vanidad y | egoísmo, como a bordo de un barco y en viaje marítimo. Precisamente allí es donde más le amenaza y le rodea el peligro; donde menos estrechos y durables son sus vínculos sociales; donde sus intereses son menos visibles y apreciables; donde su posición social es más desconocida, y sus sentimientos debieran ser más espontáneos y nobles y su lenguaje más sincero. Y sin. embargo, allí el egoísmo humano raya en lo feroz o en lo ridículo; la vanidad se desarrolla prodigiosamente; casi todos tratan de engañarse y echarse polvo en los ojos con falsas historias y anécdotas, y casi todos procuran parecer bellos y graciosos y darse por nobles, ricos, grandes personajes o celebridades... Mucho es lo que un observador atento y de buen humor, que no se marea, puede divertirse y aprender, estudiando la Humanidad compendiada (razas, costumbres, lenguas diversas, clases sociales, etc.), a bordo de un gran vapor marítimo.

Un grave incidente me ocurrió a bordo del |Paraná, que pudo haberme causado muchos disgustos.

Entre los pasajeros se hallaba un señor Manuel Argumánes, hombre fatuo y grosero, a quien muy pocos hacían caso, por ser su trato y modales antipáticos, pero que se daba grande importancia, creyendo valer mucho por su dinero. Se había enriquecido con negocios de huano, en calidad de agente del gobierno peruano en Londres; tenía como cuarenta y cinco años, era tieso y adusto, y atormentaba sin misericordia a un sobrino que le servía de aguanta penas. Su camarote estaba muy cerca del mío, y con tal motivo yo había tenido varias veces que prestarle pequeños servicios, llevándole té y otras aguas cocidas en momentos de indisposición. Así era que, a pesar del mal carácter del hombre, de quien todos se apartaban, yo había mantenido con él buenas relaciones de cortesía.

No fue esto parte a impedir que Argumánes insultase un día groseramente a mi familia. El tiempo estaba borrascoso, la mar muy agitada, y unas cuantas señoras (entre ellas mi esposa y mi madre) se refugiaron durante dos horas en un pasadizo a modo de saloncito que los hombres ocupaban ordinariamente, porque ellas no podían soportar el movimiento de balance y cabezada del vapor en el salón de popa. Quiso Argumánes sentarse a jugar |whist, y no hallando sitio adecuado se puso a echar pestes con suma grosería, diciendo en alta voz que "esas mujeres le tenían fastidiado, porque se habían apoderado del saloncito donde se reunían los hombres". Este solo rasgo patentizaba que Argumánes, opulento y todo, era incomparablemente más patán que caballero.

Pocas horas después de este incidente, ignorado por mí, comisionaron a mi esposa, por ser hispanomericana y hablar muy bien inglés, para que, en unión de una señora inglesa y otra francesa, suplicaran a todos los pasajeros que contribuyesen con algo para formar un fondo en dinero y distribuido entre los miembros (sirvientes del |Paraná) de la excelente banda de música que todos los días nos obsequiaba, durante algunas horas, con deliciosas oberturas y aires musicales. Al llegar las tres señoras a un grupo del cual hacía parte Argumánes y solicitar el óbolo, este hombre contestó con la mayor insolencia: "Eh, yo no me dejo escamotar! ¡No doy nada!" Y en seguida volvió la espalda.

Mi esposa le miró con soberano desprecio y devoró el ultraje en silencio, pero al retirarse no pudo reprimir las lágrimas que hizo brotar de su noble alma tan inmerecido y soez insulto. Un instante después uno de los oficiales del vapor, que hablaba bien francés y me había tomado cariño, indignado de aquello se acercó a mí (yo estaba en el puente leyendo) y me refirió lo que acababa de suceder. Inmediatamente bajé al entrepuente y pregunté a mi esposa y a mi madre qué era lo sucedido. No deseaban ellas que yo lo supiera, por evitarme un lance desagradable, pero las fue forzoso referirme, llenas de indignación, los dos incidentes.

Al punto fui a buscar a Argumánes, y le hallé con dos o tres pasajeros junto a la baranda que protegía la máquina del barco y encerraba el abismo en que ésta funcionaba. Me acerqué y le dije:

-Señor Argumánes, vengo a pedir a usted satisfacción de los ultrajes que ha inferido a mi señora esposa y a mi señora madre política.

-¿Qué dice usted? -exclamó aquel con desdeñosa insolencia.

-Que usted ha insultado indignamente a mi madre y mi esposa -contesté-, y es menester que ahora mismo vaya usted a pedirles perdón delante de testigos.

-¡Bah! -repuso el hombre con mayor altivez-; yo tengo muy alta posición y no me degrado pidiendo a nadie perdones.

El insolente creía tener muy alta posición por haberse enriquecido mucho en Londres, defraudando a su gobierno en las ventas de huano!

-Entonces... -repliqué-, tendré que castigar a usted severamente, como se lo merece.

-¡Bah, bah! ¿A mí?

-A usted, si.

-¿Y cómo se atrevería usted a castigarme?

-Por ejemplo, escupiéndole la cara.

-¡Atrevido!

-Y si esto no bastare, le echaré a usted al suelo y le daré de puntapiés como a un perro.

El peruano me lanzó una mirada de cólera y desprecio.

-¿Pedirá usted perdón? -le dije con la calma de una resolución tomada-. ¡A la una!

-¡No! -contestó Argumánes.

-¡A las dos! ¿Pedirá usted perdón?

Nada contestó el hombre.

-¡A las tres! ¿Pedirá usted perdón?

-¡Eh, vamos! ¡Digo que no!

Apenas si había el hombre dicho no, cuando, recogiendo toda la saliva que mis glándulas pudieron secretar, se la arrojé a la cara gritándole:

-¡Miserable!

El hombre se desató en improperios, a tiempo que ya se habían reunido en torno como ocho pasajeros.

-¡Silencio! -exclamé-. Si usted me insulta con una palabra más, le tiraré a puntapiés encima de la máquina.

El hombre enmudeció de rabia y limpiándose la cara con su pañuelo se alejó de mí, en tanto que varias personas se interponían.

Comprendí que, no obstante el pleno derecho con que había procedido, yo había ejecutado un acto censurable, por cuanto envolvía una vía de hecho, y que me importaba poner de mi parte la buena opinión de todos a bordo y evitarme un nuevo disgusto. Así inmediatamente me dirigí al cuarto del Capitán, con tres de mis amigos de a bordo, le referí todo lo que había pasado, citando testigos de uno y otro sexo, y concluí diciendo:

-No obstante la exasperación a que me han reducido los ultrajes hechos a mi familia por el señor Argumánes, y la conducta que conmigo ha observado, comprendo que he cometido una falta para con Su Majestad la Reina de Inglaterra, en cuyo territorio estoy, y para con el digno Capitán y oficiales que la representan aquí. Por tanto, pido perdón y presento a usted mis excusas por la falta que haya cometido, en defensa de la dignidad de mi familia, y si fuere necesaria otra satisfacción estoy pronto a darla a usted.

Muchos oficiales del barco y pasajeros atestiguaron espontáneamente que yo había dicho la verdad en todo, y el Capitán, tendiéndome la mano y con ademán de aprecio y consideración, me dijo:

-Señor, usted ha procedido como un verdadero gentleman; acepto con placer sus nobles excusas, y le declaro dispensado de todo.

En seguida hizo llamar a Argumánes y le reconvino severamente por su indigno proceder; y como este recibió la reconvención con mucha insolencia, calificando además de parcial al Capitán y negándole la autoridad para reconvenirle, el vigoroso marino le dijo:

-Retírese usted y modérese; y sepa que tengo autoridad para castigar toda insolencia.

-¡A mí no me puede castigar usted! -repuso Argumánes-. ¡Soy ciudadano peruano!

-Puede usted ser ciudadano del Perú, del sol o de la luna; pero está usted en territorio inglés y aquí ejerzo yo la autoridad de Su Majestad Británica y de las leyes de Inglaterra.

Refunfuñó el peruano con violencia, y el Capitán añadió:

-Si usted continúa dando escándalo, le enviare al fondo de la cala, y si es necesario le haré poner una barra.

Con esto se amansó el muy alto y soberbio señor Argumánes, y en seguida se redujo a amenazarme, diciendo que al llegar a Inglaterra la cosa me costaría muy caro y tendría yo que darle espléndida satisfacción.

Todos los oficiales del |Paraná y casi todos los pasajeros me felicitaron por mi conducta, y los pri­meros me obsequiaron por la noche con un té especial en el que hubo gasto a discreción de excelente champaña. Argumánes, al contrario, se vio tan aislado, tan despreciado por todos, que hubo de encerrarse en su camarote durante cuarenta y ocho horas, hasta que, al tocar el |Paraná en Plymouth, saltó a tierra y siguió prontamente para Londres. Como profirió muchas amenazas, todos los oficiales y muchos pasajeros ingleses me ofrecieron sus testimonios para cualquier lance que ocurriera en Inglaterra, y con tal fin me dieron sus tarjetas con sus direcciones domiciliarias. Yo creía que Argumánes me provocaría después a duelo, si tenía algún sentimiento de dignidad; pero todos me decían que el duelo era severamente prohibido en Inglaterra, y que de seguro la venganza de aquel sería puramente judicial. En breve sabrá el lector de qué manera concluyó el episodio.

Profundas fueron las impresiones que sentí desde que avistamos la costa de Inglaterra, cerca de Plymouth, hasta el desembarque en Southampton. Por una parte, era imponente el espectáculo de centenares de barcos de vela y de vapor, amén de muchísimos pescadores, que en todas direcciones se cruzaban sobre las agitadas ondas del canal de la Mancha; espectáculo que, dando idea de un prodigioso movimiento de navegación y comercio, contrastaba por extremo con la desoladora soledad que habíamos encontrado en el mar de las Antillas y en la travesía del Atlántico. Por otra, los grandiosos diques y muelles del puerto de Southampton y la gran multitud de naves de todo porte allí aglo­meradas, preparaban mi ánimo para comenzar a darme cuenta de la inmensidad de la marina britá­nica y de las proporciones asombrosas de su comercio; impresión que había de ensancharse y profundizarse después en mi espíritu con la contemplación de unos puertos tan importantes como los de Londres y Dover, Bristol, Liverpool, Glasgow y otros.

Esto, en lo tocante al aspecto comercial de la civilización europea que yo me proponía estudiar. En lo tocante al aspecto físico de Inglaterra, se me ofreció desde las cercanías de Plymouth un espectáculo que me era enteramente desconocido: el de la tierra cubierta de nieve, y como ella, todas las casas, arboledas y demás elementos de los paisajes visibles. Estábamos en los principios de marzo, y nevaba con excepcional abundancia. Todo estaba cubierto por una inmensa mortaja blanca; parecía que incesantemente llovía algodón desmenuzado en ligerísimas púas y aristas; los árboles te­nían el aspecto de grupos de espectros envueltos en destrozadas sábanas o harapos de blanquísímo lino; las casas parecían enormes y extravagantes sepul­cros, y las aldeas y villas cementerios monstruosos... Todo tenía el aspecto de la desolación y la muerte, y era lúgubremente sorprendente para mí, hijo de la zona tórrida, habituado desde mi niñez a ver siempre en mi bello pero inculto país los árboles y plantas vegetando, las campiñas verdes y lozanas, las fuentes y los ríos y arroyos saltando cristalinos y espumosos, en todas partes la vida, la expansión, el calor y la actividad de la Naturaleza...

Mi pobre esposa, que con su admirable conducta se había hecho más digna de mi estimación y ternura, había sufrido cruelmente a bordo del |Thames y del |Paraná, y al llegar a Southampton estaba extenuada. Ibá criando a nuestra hija Carolina, que no tenía cuatro meses cumplidos cuando nos embarcamos en Cartagena, y a más de eso tenía los más tiernos cuidados para con Bertilda, chiquilla inquieta de diez y ocho meses; y como sufría horriblemente del mareo y casi no podía retener alimento alguno, puede decirse que al nutrir con sus pechos a la recién nacida, la alimentaba literalmente con su propia vida... ¡Oh, cuán bella y sublime es la abnegación de una madre, y cuánto no las suele costar a todas la ternura infinita con que aman a sus hijos y les mantienen y desarrollan la vida que les han dado!

Era conveniente una detención de algunos días en Southampton para que mi familia descansara algo de las fatigas del viaje, y aquellos días no fueron perdidos. No obstante la crudeza del invierno y el estar todo cubierto de nieve, no perdí una hora en cinco días sin recorrer todas las calles y observarlo todo, visitar las iglesias y otros edificios públicos, recorrer detenidamente los diques y muelles del puerto, presenciar todo lo que hacían en el vasto embarcadero del ferrocarril y ver funcionar el telégrafo; todo lo cual me era desconocido, salvo por lectura y vistas de láminas y periódicos ilustrados.

Tan prevenido estaba yo contra el catolicismo, por su disciplina, sus ritos y aun algunos de sus dogmas, que sentí una especie de placer relativo, pero no de sentimiento sino de pensamiento, al visitar en Southampton las primeras iglesias protestantes. Me parecieron excelentes, no obstante su frialdad glacial, su desnudez prosaica y su desabrimiento, solo porque en ellas no había imágenes ni verdaderos altares. Con el tiempo, después de mucho viajar y comparar, me persuadí de esta verdad: que en lo tocante a religión cristiana, no hay verdadero culto sino en el catolicismo; y me pareció que, dados los dos puntos opuestos de partida -la fe y el libre examen positivista-, solo eran lógicos dos caminos: el del catolicismo y el del deísmo racionalista.

En las religiones protestantes no hay propia, mente culto externo, porque todo tiene el carácter de social, más bien que divino. Una reunión de protestantes en su iglesia no parece estar congregada allí para orar, oír la palabra divina y hacer oblaciones a Dios, sino para discutir o tratar de asuntos muy prosaicos o de interés procomunal: Faltan allí el altar, que hace mirar hacia el cielo; los crucifijos y las imágenes de María, que invitan a evocar la sublime historia de Jesús y su pasión; los cuadros religiosos, que enseñan objetivamente las virtudes supremas de la fe, la caridad y la esperanza, y de la abnegación llevada hasta el martirio; y faltan el órgano, cuya sonora voz levanta las almas hacia el invisible Ideal; el incienso, cuyo aroma hace sentir íntimas emociones de oblación y adoración, y cien circunstancias que dan al culto católico incuestionable superioridad de belleza, elocuencia y grandiosa filosofía sobre todos los demás cultos conocidos.

Apenas si habíamos llegado a Londres y nos instalamos en una gran fonda ( |The London Bridge Hotel) cuando me entregaron una carta de mi hermano Rodulfo. El había estado viajando por negocios en Europa, y ya iba a regresar a Nueva Granada; y como yo le había dado noticia de mi llegada a Southampton y de la dirección del alojamiento que tomaría en Londres, se había anticipado a informarme de lo ocurrido con él en el asunto de Argumánes.

Este se había apresurado, al llegar a Londres, a poner su causa en manos de dos abogados (modo especial y muy huanero de entender las cuestiones de honor), y los |lawyers, informados, nunca supimos cómo, de que en la metrópoli estaba un Samper, le confundieron conmigo y fueron a pedirle satisfacción. Mi hermano se | apresuró a decirles:

"El sujeto a quien ustedes solicitan es mi hermano, se ha detenido en Southampton y llegará de hoy a mañana. Ignoro qué sea lo acontecido a bordo del |Paraná, pero sea lo que fuere, estoy seguro de que mí hermano ha procedido bien, y si se trata de una cuestión de honor estoy pronto a responder por él, aceptando todas las consecuencias".

Los abogados se retiraron presentando excusas a mi buen hermano, Y dijeron que aguardarían mi llegada, por lo cual dejaron su dirección, que era un rincón de cierto |Inn (plazuela encerrada entre edificios) en la |City de Londres.

Al día siguiente me presenté en el despacho de los |lawyers, llevando, escrita en francés, porque yo me expresaba muy mal en inglés, una exposición circunstanciada de lo ocurrido con Argumánes, y acompañando una larga lista de testigos que comenzaba por el capitán y oficiales del |Paraná, con indicación de sus domicilios.

Me recibieron muy bien los dos abogados, mostrándose muy agradecidos de mi prontitud y cortesía; y como yo empecé por decirles que, aún siendo el primer ofendido me ponía a disposición de mi adversario, si se trataba de un lance de honor, se apresuraron a declararme que en Inglaterra no podía haber lances de esa clase, y que no se trataba sino de una satisfacción |civil escrita, y en caso necesario, judicial. Entonces les referí con calor lo ocurrido y les entregué mi exposición. Vi patentemente que ambos reconocían mi sinceridad, sin decírmelo, y comenzaban a simpatizar conmigo y mi causa. Les dejé mi dirección y me prometieron informarme del resultado lo más pronto posible.

Tres o cuatro días después me escribieron una carta muy atenta, en la cual me declaraban, que habían averiguado los hechos con el capitán y oficiales del |Paraná, y que, resultando confirmada en todo mi exposición, el asunto quedaba concluido, pues ellos, como hombres justos y de honor, no podían patrocinar la causa de Argumánes.

Así finalizó este desagradable episodio, sin que Argumánes tuviese nada que hacer conmigo durante los veinte días que pasé en Londres. Dos meses después me encontré con mi hombre en París, súbitamente y de manos a boca, y fue tal su terror al yerme, que se echó a correr por el boulevard Montmartre y se escondió como un gato en la galería del Comercio. Nunca volví a verle, y creo que de ello le quedarían a él pocas ganas.

Reservo para mejor ocasión el emitir de un modo general el juicio que formé respecto de Londres y de Inglaterra, procurando no repetir cosa alguna de lo que tengo publicado sobre la materia. Por ahora solo diré de paso dos cosas. Lo que más me sorprendió en Londres fue, en lo material, este hecho: la inmensidad combinada con la enormidad; y en lo social, este otro: el orden más maravilloso en la completa libertad y en el prodigioso bullicio de lo aparentemente desordenado.

La |City, como llaman al viejo Londres, es una ciudad-boa, una capital-vorágine que de tanto absorber y devorar ciudades, villas y aldeas circunvecinas, pertenecientes a tres o cuatro condados (provincias), se ha convertido de capital en metrópoli-monstruo. ¡Pero qué monstruo! Un monstruo de magnificencia y esplendor, de actividad y opulencia, de ciencia y de gobierno. Es una potencia de cuatro millones de almas aglomeradas en el corazón de Inglaterra y sobre las orillas del Támesis; potencia que gobierna el mundo por medio del dinero, de la industria, del comercio, de la marina y de la diplomacia.

Allí todo es enorme, colosal, y tiene el sello de lo inmenso, en cuanto lo inmenso puede caber en las obras humanas. San Pablo y la abadía de |Westminster, el Museo Británico y el Palacio del Parlamento, Hyde Park y el Jardín Zoológico, el Puente de Londres y los embarcaderos de los Ferrocarriles, los Diques y el Ferrocarril subterráneo, el bajo Támesis y sus colosales barcos de vapor, el |Banco de Inglaterra y la Lonja. el palacio de Kensington y las principales calles, la casa de Correos y el Túnel o Socavón: todo allí es enorme; todo parece hecho para gigantes y titanes o para servir a la hu­manidad entera, representada por la más vasta aglo­meración de hombres que el mundo haya visto reunida bajo una sola autoridad municipal. Así la belleza de Londres no consiste en su gracia o su elegancia, sino en sus proporciones, que dan idea de lo fabuloso en la civilización.

¿Pero cómo vive, se mueve y se agita aquella inmensidad, en cuyo seno se cruzan más de cuatro millones de hombres de todas las naciones, a pie y en centenares de miles de carruajes? ¿Cómo se sostiene allí el prodigioso movimiento de los co­rreos y los telégrafos, del comercio y del periodis­mo, de la navegación, de los acarreos terrestres, y de tantos servicios admirablemente organizados para facilitar la vida de tanta gente? Todo es obra del orden, del buen gobierno, de la armonía social, y este orden, este gobierno y esta armonía son el resultado del equilibrio de dos fuerzas incuestionables: la acción de la libertad y el respeto por la autoridad colectiva; o en otros términos: todo es obra de la Ley. De la ley, que es simultánea y correlativamente la garantía de todo derecho y de todo deber...

Todo inglés sabe, por intuición de raza, o por tradición o educación, una cosa: que si el derecho y el deber naturales del hombre emanan de Dios, la ley social es la que, en resolución, interpreta y formula la ley de Dios (en lo político y civil), tal como puede comprenderla y presentarla a la sociedad el hombre constituido en gobernante. La ley social es, pues, para todos, la expresión relativa del bien, de la justicia, del orden, de la conservación, de la regularidad en la vida común y en el progreso humano. La ley dice a cada cual: este es tu derecho, y los demás deben respetarlo; este es tu deber, y los demás tienen razón para exigir que lo cumplas. Y todos se someten, todos respetan la ley, porque la ley les protege y ampara por igual.

De ese respeto nacen simultáneamente la libertad y el orden, o mejor dicho, nace una libertad ordenada, una libertad que funciona con regularidad. La policía, que es una de las maravillas sociales de aquella civilización, es acaso la más patente expresión del orden característico de la libre sociedad inglesa.

 

[1]  Viajes de un colombiano en Europa, Tomos 1º y 2º París, Thunot & Cª  

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