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EL PRIMER VIAJE
Al poner de manifiesto las impresiones e ideas que me procuraron
mis primeros viajes por países extranjeros, deberé condensar mis
observaciones y pensamientos lo más posible, pues de otra suerte no
haría casi otra cosa que repetir, salvo en lo tocante a la
situación de mi alma y al giro que tomaron mis ideas, lo que ya
tengo publicado. Fruto directo de aquellos viajes fueron cinco
volúmenes, escritos sucesivamente en Europa. El primero y segundo,
publicados en París en 1860 y 1861
|
[1]
,
contienen la descripción de mi viaje desde Honda hasta París, por
Mompox, Cartagena, Saint Thomas, Southampton, Londres, Dover y
Calais; del que hice al sur de Francia (por Lyon y Marsella) y a
España, regresando por Bayona, Burdeos, Angulema y Orleans; y del
que posteriormente verifiqué por el Sudeste de Francia, Saboya,
Suiza, la Alemania del Rhin y Bélgica, regresando a París por Lila
y Amiens. A estos dos primeros volúmenes, cuyas ediciones se han
agotado enteramente, añadí pequeños mapas de los países
respectivos, que elaboré con el objeto de indicar los
itinerarios.
El tomo 3º fue publicado en forma de folletín, en El Comercio de
Lima, en 1862 y 1863. Su objeto fue hacer un estudio comparativo de
la civilización de Inglaterra y Francia, tomando por base de
comparación a Londres y sus alrededores más notables, y París y los
suyos, considerados los dos grandes centros en todos sus aspectos:
físico, moral e intelectual. Acaso es éste el más original y
curioso estudio que yo haya hecho, y probablemente el más
instructivo de todos mis trabajos relativos a viajes, por el cúmulo
de observaciones y consideraciones políticas, geográficas,
literarias, económicas, artísticas y morales que me sugirió la
atenta observación de las dos grandes capitales y los pueblos o
lugares circunvecinos.
Comprendía el tomo 4º la completa descripción de uno de mis
viajes más interesantes: de París hacia el Nordeste de Francia y el
Rhin, por Metz, Espira, Baden, Stutgart, Munich el alto Danubio y
Viena, el bajo Danubio hasta Pesth-Buda; de allí a Berlín, por
Presburgo, Viena, Praga, el alto Elba y Dresde; y de Berlín a
Londres, por Hamburgo, Hannover, Utrech, Amsterdam, La Haya, Leyda,
Roterdam y Antuerpia.
En fin, el tomo 5º narraba mis excursiones por la Gran Bretaña,
ya tratando de las ciudades de la Mancha, como Brighton, Hastings,
etc., ya siguiendo el itinerario de Oxford, Bath, Cheltenham,
Bristol, Gloucester, Worcester, Birmingham, Manchester, Hudersfiel,
Liverpool, Chester, Bangor y Holyhead; Dublin, el centro de
Irlanda, Londonderry y Belfast; Glasgow, los lagos Lomond y
Katrine, Sterling y Edimburgo; y el regreso de allí a Londres, por
Newcastle, York, Leeds y Sheffield.
Los gastos que hice en los viajes y publicación de dichos libros
fueron tan considerables, que me vi obligado a dejar inéditos los
tomos 4º y 5º, y en su simple edición de periódico el 3º. El buen
éxito que tuvieron el 1º y 2º me han hecho pensar que los otros
tres, aún más nuevos para los hispano-americanos y más interesantes
por muchos motivos, habrían obtenido todavía mejor acogida del
público; pero ya es muy tarde para imprimirios, por muchas razones
obvias, y además la escasez de mis recursos no me permite emprender
una costosa edición, después de haber disipado todo un capital en
publicar libros, folletos y
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periódicos.
No diré que al alejarme de mi patria sentí gran pesadumbre. Me
apenaba la ausencia por mi madre, mis hermanos y amigos, y
comprendía que, al comenzar a ser
|extranjero, saliendo de
mi patria se suspendería para mí la vida de
|ciudadano, que
me era tan importante y cara. No menos sentía que me faltasen mi
tierra, mi atmósfera, mi cielo y
|
todos los componentes
físicos de mi patria, y aun en mucha parte mi lengua materna y mil
tradiciones queridas.
Pero también, en gran parte, yo llevaba la patria conmigo. Mi
amada esposa y mis hijitas eran la más encantadora y adorable
prolongación de este cúmulo de bienes y cosas amadas que llamamos
la
|Patria. Mi ardiente patriotismo, siempre atento a la
marcha de los sucesos en mí país, había de preservarme de todo
egoísmo de viajero y mantenerme, desde lejos, íntimamente
conciudadano de mis compatriotas. La poesía, la memoria y la
imaginación me mantenían muy fuertemente ligado a todas las cosas
bellas y nobles de mi tierra natal: mayormente cuando yo llevaba el
propósito de trabajar cuanto me fuera posible por hacer conocer mi
país en el extranjero. Por último, mi ardiente deseo de instruirme,
estudiando y viajando para ser útil a mi patria, era un poderoso
elemento de prolongación moral de aquesta en las tierras extrañas.
para mi espíritu sediento de luz y ansioso por adquirir fuerza.
Confieso que salí del suelo colombiano dolorosamente
impresionado. A pesar de los muchos y grandes defectos de Bogotá.
aquí la civilización está bastante adelantada relativamente; por lo
que yo estaba habituado, dentro de mi estrecho horizonte, al pie
del Monserrate y el Guadalupe, a cierto orden de adelantamiento
social. Pero al bajar hacia el Atlántico, el espectáculo me
pareció, en general, lamentable. En las dos extremidades de la
navegación había incuria, estancamiento y ruinas: Honda, una ciudad
vegetante y llena de escombros; Cartagena, una capital interesante,
culta, gloriosamente histórica, pero miserable y muerta; y todo el
bajo Magdalena y el Dique de Calamar en deplorable atraso, en
semibarbarie y justificando pocas esperanzas de regeneración y
progreso...
El espectáculo del océano me impresionó de un modo extraño, sin
sorprenderme. Tanto había leído yo relativamente al océano y lo
había contemplado con la imaginación, que me pareció, triste y feo.
¡Tristeza majestuosa y fealdad imponente! El mar, dígase lo que se
quiera, no es verdaderamente bello, visto desde la tierra y cuando
la mirada se pierde en lo relativamente ilimitado. Impresiona
profundamente con sus rugidos, que dan idea de lo monstruoso,
formidable y terrible; causa una especie de miedo físico, al propio
tiempo que despierta una vaga curiosidad de lo desconocido y lo
insondable; desarrolla a los ojos de quien lo contempla un
horizonte casi tenebroso, a fuer de inmenso y moviente; da al
espíritu la enseñanza más objetiva posible, palpable, de lo
infinito y eterno; y arrastra el alma a solicitar un supremo ideal,
en cuyo fondo se percibe, como en lejanísima perspectiva, lo
incomprensible y misterioso por excelencia: Dios... Todo esto es
sublime, profundamente grande; pero no es bello, según la más
habitual concepción de la belleza.
Al contrario, si uno contempla el océano desde a bordo de un
barco, en su combinación topográfica y estética con la tierra, ya
encerrado en una bahía al pie de altas colinas o montañas, ya en
una estrechura de mar, como la Mancha o el estrecho de Gibraltar, o
en el mar de Irlanda, entre ésta y Escocia, el aspecto varía
completamente. Allí el océano, la tierra visible y el cielo se
combinan para formar la más admirable armonía; y de esta trinidad
de magnificencías que se complementan recíprocamente resulta la más
acabada belleza que el hombre puede contemplar en el limitado
horizonte de su planeta.
Tales han sido siempre mis impresiones en lo tocante al mar. El
océano inmenso, con solo el cielo por pabellón, me ha parecido
triste y desolado, monstruosamente vago -porque en él falta... la
Humanidad-; pero visto en combinación con la tierra, es decir, con
las costas, he hallado en él la completa hermosura que comprendía
al Hombre, representado por la tierra firme.
Saint Thomas, a pesar de sus negros medio bozales, con su
detestable papiamento -idioma que la ignorancia y la necesidad han
formado de cinco o seis lenguas cultas y literarias-; Santo Tomás,
repito, me dio la primera noción objetiva y directa de la
civilización europea. La estructura de las casas; el movimiento de
las gentes, de los almacenes y de carruajes; el excelente servicio
de correos, que en gran parte centraliza los del mundo entero; y la
grandeza y variedad de barcos de vapor y de vela anclados en la
bahía: todo contribuye a preparar el ánimo del viajero para recibir
poco después, al llegar a Inglaterra, las impresiones que causa la
más adelantada civilización.
En Saint Thomas me parecía que estaba yo como entre dos aguas y
dos civilizaciones: entre el mundo hispanoamericano y el mundo
europeo. Allí, realmente, me despedí en cierto modo de mí patria y
comencé a sentirme verdaderamente extranjero.
Lo que me aconteció a bordo del vapor
|Thames, primero,
y del
|Paraná en seguida, me dio la primera prueba de lo
poco que vale una educación puramente teórica. Yo creía conocer la
lengua francesa, porque la había estudiado en muchos libros y la
escribía corrientemente, de tal modo, que aun había compuesto
buenos alejandrinos franceses. En cuanto a la lengua inglesa,
apenas la traducía medianamente y hablaba muy poca cosa. Desde que
estuve a bordo y hablé con franceses e ingleses, sentí mi
vergonzosa ignorancia: ni yo entendía nada de lo que me decían, ni
nadie me comprendía. ¿Por qué? Porque yo no había educado el oído
ni la boca para oir y hablar como convenía, y además ignoraba casi
todos los modismos de las lenguas de Moliére y de Shakespeare. Gran
trabajo me costó aquella educación, y solo con la práctica en
Europa, y particularmente en París y Londres, logré adelantar mucho
en el francés y algo en el inglés.
La impresión más clara que me dejaron todos los tipos sociales y
todas las escenas que observé a bordo del
|Thames y del
|Paraná, fue ésta: que en ninguna parte pone tanto de
manifiesto el hombre sus defectos (mucho más que sus cualidades) y
particularmente su vanidad y
|
egoísmo, como a bordo de un
barco y en viaje marítimo. Precisamente allí es donde más le
amenaza y le rodea el peligro; donde menos estrechos y durables son
sus vínculos sociales; donde sus intereses son menos visibles y
apreciables; donde su posición social es más desconocida, y sus
sentimientos debieran ser más espontáneos y nobles y su lenguaje
más sincero. Y sin. embargo, allí el egoísmo humano raya en lo
feroz o en lo ridículo; la vanidad se desarrolla prodigiosamente;
casi todos tratan de engañarse y echarse polvo en los ojos con
falsas historias y anécdotas, y casi todos procuran parecer bellos
y graciosos y darse por nobles, ricos, grandes personajes o
celebridades... Mucho es lo que un observador atento y de buen
humor, que no se marea, puede divertirse y aprender, estudiando la
Humanidad compendiada (razas, costumbres, lenguas diversas, clases
sociales, etc.), a bordo de un gran vapor marítimo.
Un grave incidente me ocurrió a bordo del
|Paraná, que
pudo haberme causado muchos disgustos.
Entre los pasajeros se hallaba un señor Manuel Argumánes, hombre
fatuo y grosero, a quien muy pocos hacían caso, por ser su trato y
modales antipáticos, pero que se daba grande importancia, creyendo
valer mucho por su dinero. Se había enriquecido con negocios de
huano, en calidad de agente del gobierno peruano en Londres; tenía
como cuarenta y cinco años, era tieso y adusto, y atormentaba sin
misericordia a un sobrino que le servía de aguanta penas. Su
camarote estaba muy cerca del mío, y con tal motivo yo había tenido
varias veces que prestarle pequeños servicios, llevándole té y
otras aguas cocidas en momentos de indisposición. Así era que, a
pesar del mal carácter del hombre, de quien todos se apartaban, yo
había mantenido con él buenas relaciones de cortesía.
No fue esto parte a impedir que Argumánes insultase un día
groseramente a mi familia. El tiempo estaba borrascoso, la mar muy
agitada, y unas cuantas señoras (entre ellas mi esposa y mi madre)
se refugiaron durante dos horas en un pasadizo a modo de saloncito
que los hombres ocupaban ordinariamente, porque ellas no podían
soportar el movimiento de balance y cabezada del vapor en el salón
de popa. Quiso Argumánes sentarse a jugar
|whist, y no
hallando sitio adecuado se puso a echar pestes con suma grosería,
diciendo en alta voz que "esas mujeres le tenían fastidiado, porque
se habían apoderado del saloncito donde se reunían los hombres".
Este solo rasgo patentizaba que Argumánes, opulento y todo, era
incomparablemente más patán que caballero.
Pocas horas después de este incidente, ignorado por mí,
comisionaron a mi esposa, por ser hispanomericana y hablar muy bien
inglés, para que, en unión de una señora inglesa y otra francesa,
suplicaran a todos los pasajeros que contribuyesen con algo para
formar un fondo en dinero y distribuido entre los miembros
(sirvientes del
|Paraná) de la excelente banda de música
que todos los días nos obsequiaba, durante algunas horas, con
deliciosas oberturas y aires musicales. Al llegar las tres señoras
a un grupo del cual hacía parte Argumánes y solicitar el óbolo,
este hombre contestó con la mayor insolencia: "Eh, yo no me dejo
escamotar! ¡No doy nada!" Y en seguida volvió la espalda.
Mi esposa le miró con soberano desprecio y devoró el ultraje en
silencio, pero al retirarse no pudo reprimir las lágrimas que hizo
brotar de su noble alma tan inmerecido y soez insulto. Un instante
después uno de los oficiales del vapor, que hablaba bien francés y
me había tomado cariño, indignado de aquello se acercó a mí (yo
estaba en el puente leyendo) y me refirió lo que acababa de
suceder. Inmediatamente bajé al entrepuente y pregunté a mi esposa
y a mi madre qué era lo sucedido. No deseaban ellas que yo lo
supiera, por evitarme un lance desagradable, pero las fue forzoso
referirme, llenas de indignación, los dos incidentes.
Al punto fui a buscar a Argumánes, y le hallé con dos o tres
pasajeros junto a la baranda que protegía la máquina del barco y
encerraba el abismo en que ésta funcionaba. Me acerqué y le
dije:
-Señor Argumánes, vengo a pedir a usted satisfacción de los
ultrajes que ha inferido a mi señora esposa y a mi señora madre
política.
-¿Qué dice usted? -exclamó aquel con desdeñosa insolencia.
-Que usted ha insultado indignamente a mi madre y mi esposa
-contesté-, y es menester que ahora mismo vaya usted a pedirles
perdón delante de testigos.
-¡Bah! -repuso el hombre con mayor altivez-; yo tengo muy alta
posición y no me degrado pidiendo a nadie perdones.
El insolente creía tener muy alta posición por haberse
enriquecido mucho en Londres, defraudando a su gobierno en las
ventas de huano!
-Entonces... -repliqué-, tendré que castigar a usted
severamente, como se lo merece.
-¡Bah, bah! ¿A mí?
-A usted, si.
-¿Y cómo se atrevería usted a castigarme?
-Por ejemplo, escupiéndole la cara.
-¡Atrevido!
-Y si esto no bastare, le echaré a usted al suelo y le daré de
puntapiés como a un perro.
El peruano me lanzó una mirada de cólera y desprecio.
-¿Pedirá usted perdón? -le dije con la calma de una resolución
tomada-. ¡A la una!
-¡No! -contestó Argumánes.
-¡A las dos! ¿Pedirá usted perdón?
Nada contestó el hombre.
-¡A las tres! ¿Pedirá usted perdón?
-¡Eh, vamos! ¡Digo que no!
Apenas si había el hombre dicho no, cuando, recogiendo toda la
saliva que mis glándulas pudieron secretar, se la arrojé a la cara
gritándole:
-¡Miserable!
El hombre se desató en improperios, a tiempo que ya se habían
reunido en torno como ocho pasajeros.
-¡Silencio! -exclamé-. Si usted me insulta con una palabra más,
le tiraré a puntapiés encima de la máquina.
El hombre enmudeció de rabia y limpiándose la cara con su
pañuelo se alejó de mí, en tanto que varias personas se
interponían.
Comprendí que, no obstante el pleno derecho con que había
procedido, yo había ejecutado un acto censurable, por cuanto
envolvía una vía de hecho, y que me importaba poner de mi parte la
buena opinión de todos a bordo y evitarme un nuevo disgusto. Así
inmediatamente me dirigí al cuarto del Capitán, con tres de mis
amigos de a bordo, le referí todo lo que había pasado, citando
testigos de uno y otro sexo, y concluí diciendo:
-No obstante la exasperación a que me han reducido los ultrajes
hechos a mi familia por el señor Argumánes, y la conducta que
conmigo ha observado, comprendo que he cometido una falta para con
Su Majestad la Reina de Inglaterra, en cuyo territorio estoy, y
para con el digno Capitán y oficiales que la representan aquí. Por
tanto, pido perdón y presento a usted mis excusas por la falta que
haya cometido, en defensa de la dignidad de mi familia, y si fuere
necesaria otra satisfacción estoy pronto a darla a usted.
Muchos oficiales del barco y pasajeros atestiguaron
espontáneamente que yo había dicho la verdad en todo, y el Capitán,
tendiéndome la mano y con ademán de aprecio y consideración, me
dijo:
-Señor, usted ha procedido como un verdadero gentleman; acepto
con placer sus nobles excusas, y le declaro dispensado de todo.
En seguida hizo llamar a Argumánes y le reconvino severamente
por su indigno proceder; y como este recibió la reconvención con
mucha insolencia, calificando además de parcial al Capitán y
negándole la autoridad para reconvenirle, el vigoroso marino le
dijo:
-Retírese usted y modérese; y sepa que tengo autoridad para
castigar toda insolencia.
-¡A mí no me puede castigar usted! -repuso Argumánes-. ¡Soy
ciudadano peruano!
-Puede usted ser ciudadano del Perú, del sol o de la luna; pero
está usted en territorio inglés y aquí ejerzo yo la autoridad de Su
Majestad Británica y de las leyes de Inglaterra.
Refunfuñó el peruano con violencia, y el Capitán añadió:
-Si usted continúa dando escándalo, le enviare al fondo de la
cala, y si es necesario le haré poner una barra.
Con esto se amansó el muy alto y soberbio señor Argumánes, y en
seguida se redujo a amenazarme, diciendo que al llegar a Inglaterra
la cosa me costaría muy caro y tendría yo que darle espléndida
satisfacción.
Todos los oficiales del
|Paraná y casi todos los
pasajeros me felicitaron por mi conducta, y los primeros me
obsequiaron por la noche con un té especial en el que hubo gasto a
discreción de excelente champaña. Argumánes, al contrario, se vio
tan aislado, tan despreciado por todos, que hubo de encerrarse en
su camarote durante cuarenta y ocho horas, hasta que, al tocar el
|Paraná en Plymouth, saltó a tierra y siguió prontamente
para Londres. Como profirió muchas amenazas, todos los oficiales y
muchos pasajeros ingleses me ofrecieron sus testimonios para
cualquier lance que ocurriera en Inglaterra, y con tal fin me
dieron sus tarjetas con sus direcciones domiciliarias. Yo creía que
Argumánes me provocaría después a duelo, si tenía algún sentimiento
de dignidad; pero todos me decían que el duelo era severamente
prohibido en Inglaterra, y que de seguro la venganza de aquel sería
puramente judicial. En breve sabrá el lector de qué manera concluyó
el episodio.
Profundas fueron las impresiones que sentí desde que avistamos
la costa de Inglaterra, cerca de Plymouth, hasta el desembarque en
Southampton. Por una parte, era imponente el espectáculo de
centenares de barcos de vela y de vapor, amén de muchísimos
pescadores, que en todas direcciones se cruzaban sobre las agitadas
ondas del canal de la Mancha; espectáculo que, dando idea de un
prodigioso movimiento de navegación y comercio, contrastaba por
extremo con la desoladora soledad que habíamos encontrado en el mar
de las Antillas y en la travesía del Atlántico. Por otra, los
grandiosos diques y muelles del puerto de Southampton y la gran
multitud de naves de todo porte allí aglomeradas, preparaban mi
ánimo para comenzar a darme cuenta de la inmensidad de la marina
británica y de las proporciones asombrosas de su comercio;
impresión que había de ensancharse y profundizarse después en mi
espíritu con la contemplación de unos puertos tan importantes como
los de Londres y Dover, Bristol, Liverpool, Glasgow y otros.
Esto, en lo tocante al aspecto comercial de la civilización
europea que yo me proponía estudiar. En lo tocante al aspecto
físico de Inglaterra, se me ofreció desde las cercanías de Plymouth
un espectáculo que me era enteramente desconocido: el de la
tierra cubierta de nieve, y como ella, todas las casas, arboledas y
demás elementos de los paisajes visibles. Estábamos en los
principios de marzo, y nevaba con excepcional abundancia. Todo
estaba cubierto por una inmensa mortaja blanca; parecía que
incesantemente llovía algodón desmenuzado en ligerísimas púas y
aristas; los árboles tenían el aspecto de grupos de espectros
envueltos en destrozadas sábanas o harapos de blanquísímo lino; las
casas parecían enormes y extravagantes sepulcros, y las aldeas y
villas cementerios monstruosos... Todo tenía el aspecto de la
desolación y la muerte, y era lúgubremente sorprendente para mí,
hijo de la zona tórrida, habituado desde mi niñez a ver siempre en
mi bello pero inculto país los árboles y plantas vegetando, las
campiñas verdes y lozanas, las fuentes y los ríos y arroyos
saltando cristalinos y espumosos, en todas partes la vida, la
expansión, el calor y la actividad de la Naturaleza...
Mi pobre esposa, que con su admirable conducta se había hecho
más digna de mi estimación y ternura, había sufrido cruelmente a
bordo del
|Thames y del
|Paraná, y al llegar a
Southampton estaba extenuada. Ibá criando a nuestra hija Carolina,
que no tenía cuatro meses cumplidos cuando nos embarcamos en
Cartagena, y a más de eso tenía los más tiernos cuidados para con
Bertilda, chiquilla inquieta de diez y ocho meses; y como sufría
horriblemente del mareo y casi no podía retener alimento alguno,
puede decirse que al nutrir con sus pechos a la recién nacida, la
alimentaba literalmente con su propia vida... ¡Oh, cuán bella y
sublime es la abnegación de una madre, y cuánto no las suele costar
a todas la ternura infinita con que aman a sus hijos y les
mantienen y desarrollan la vida que les han dado!
Era conveniente una detención de algunos días en Southampton
para que mi familia descansara algo de las fatigas del viaje, y
aquellos días no fueron perdidos. No obstante la crudeza del
invierno y el estar todo cubierto de nieve, no perdí una hora en
cinco días sin recorrer todas las calles y observarlo todo, visitar
las iglesias y otros edificios públicos, recorrer detenidamente los
diques y muelles del puerto, presenciar todo lo que hacían en el
vasto embarcadero del ferrocarril y ver funcionar el telégrafo;
todo lo cual me era desconocido, salvo por lectura y vistas de
láminas y periódicos ilustrados.
Tan prevenido estaba yo contra el catolicismo, por su
disciplina, sus ritos y aun algunos de sus dogmas, que sentí una
especie de placer relativo, pero no de sentimiento sino de
pensamiento, al visitar en Southampton las primeras iglesias
protestantes. Me parecieron excelentes, no obstante su frialdad
glacial, su desnudez prosaica y su desabrimiento, solo porque en
ellas no había imágenes ni verdaderos altares. Con el tiempo,
después de mucho viajar y comparar, me persuadí de esta verdad: que
en lo tocante a religión cristiana, no hay verdadero culto sino en
el catolicismo; y me pareció que, dados los dos puntos opuestos de
partida -la fe y el libre examen positivista-, solo eran lógicos
dos caminos: el del catolicismo y el del deísmo racionalista.
En las religiones protestantes no hay propia, mente culto
externo, porque todo tiene el carácter de social, más bien que
divino. Una reunión de protestantes en su iglesia no parece estar
congregada allí para orar, oír la palabra divina y hacer oblaciones
a Dios, sino para discutir o tratar de asuntos muy prosaicos o de
interés procomunal: Faltan allí el altar, que hace mirar hacia el
cielo; los crucifijos y las imágenes de María, que invitan a evocar
la sublime historia de Jesús y su pasión; los cuadros religiosos,
que enseñan objetivamente las virtudes supremas de la fe, la
caridad y la esperanza, y de la abnegación llevada hasta el
martirio; y faltan el órgano, cuya sonora voz levanta las almas
hacia el invisible Ideal; el incienso, cuyo aroma hace sentir
íntimas emociones de oblación y adoración, y cien circunstancias
que dan al culto católico incuestionable superioridad de belleza,
elocuencia y grandiosa filosofía sobre todos los demás cultos
conocidos.
Apenas si habíamos llegado a Londres y nos instalamos en una
gran fonda (
|The London Bridge Hotel) cuando me entregaron
una carta de mi hermano Rodulfo. El había estado viajando por
negocios en Europa, y ya iba a regresar a Nueva Granada; y como yo
le había dado noticia de mi llegada a Southampton y de la dirección
del alojamiento que tomaría en Londres, se había anticipado a
informarme de lo ocurrido con él en el asunto de Argumánes.
Este se había apresurado, al llegar a Londres, a poner su causa
en manos de dos abogados (modo especial y muy huanero de entender
las cuestiones de honor), y los
|lawyers, informados, nunca
supimos cómo, de que en la metrópoli estaba un Samper, le
confundieron conmigo y fueron a pedirle satisfacción. Mi hermano se
|
apresuró a decirles:
"El sujeto a quien ustedes solicitan es mi hermano, se ha
detenido en Southampton y llegará de hoy a mañana. Ignoro qué sea
lo acontecido a bordo del
|Paraná, pero sea lo que fuere,
estoy seguro de que mí hermano ha procedido bien, y si se trata de
una cuestión de honor estoy pronto a responder por él, aceptando
todas las consecuencias".
Los abogados se retiraron presentando excusas a mi buen hermano,
Y dijeron que aguardarían mi llegada, por lo cual dejaron su
dirección, que era un rincón de cierto
|Inn (plazuela
encerrada entre edificios) en la
|City de Londres.
Al día siguiente me presenté en el despacho de los
|lawyers, llevando, escrita en francés, porque yo me
expresaba muy mal en inglés, una exposición circunstanciada de lo
ocurrido con Argumánes, y acompañando una larga lista de testigos
que comenzaba por el capitán y oficiales del
|Paraná, con
indicación de sus domicilios.
Me recibieron muy bien los dos abogados, mostrándose muy
agradecidos de mi prontitud y cortesía; y como yo empecé por
decirles que, aún siendo el primer ofendido me ponía a disposición
de mi adversario, si se trataba de un lance de honor, se
apresuraron a declararme que en Inglaterra no podía haber lances de
esa clase, y que no se trataba sino de una satisfacción
|civil escrita, y en caso necesario, judicial. Entonces les
referí con calor lo ocurrido y les entregué mi exposición. Vi
patentemente que ambos reconocían mi sinceridad, sin decírmelo, y
comenzaban a simpatizar conmigo y mi causa. Les dejé mi dirección y
me prometieron informarme del resultado lo más pronto posible.
Tres o cuatro días después me escribieron una carta muy atenta,
en la cual me declaraban, que habían averiguado los hechos con el
capitán y oficiales del
|Paraná, y que, resultando
confirmada en todo mi exposición, el asunto quedaba concluido, pues
ellos, como hombres justos y de honor, no podían patrocinar la
causa de Argumánes.
Así finalizó este desagradable episodio, sin que Argumánes
tuviese nada que hacer conmigo durante los veinte días que pasé en
Londres. Dos meses después me encontré con mi hombre en París,
súbitamente y de manos a boca, y fue tal su terror al yerme, que se
echó a correr por el boulevard Montmartre y se escondió como un
gato en la galería del Comercio. Nunca volví a verle, y creo que de
ello le quedarían a él pocas ganas.
Reservo para mejor ocasión el emitir de un modo general el
juicio que formé respecto de Londres y de Inglaterra, procurando no
repetir cosa alguna de lo que tengo publicado sobre la materia. Por
ahora solo diré de paso dos cosas. Lo que más me sorprendió en
Londres fue, en lo material, este hecho: la inmensidad combinada
con la enormidad; y en lo social, este otro: el orden más
maravilloso en la completa libertad y en el prodigioso bullicio de
lo aparentemente desordenado.
La
|City, como llaman al viejo Londres, es una
ciudad-boa, una capital-vorágine que de tanto absorber y devorar
ciudades, villas y aldeas circunvecinas, pertenecientes a tres o
cuatro condados (provincias), se ha convertido de capital en
metrópoli-monstruo. ¡Pero qué monstruo! Un monstruo de
magnificencia y esplendor, de actividad y opulencia, de ciencia y
de gobierno. Es una potencia de cuatro millones de almas
aglomeradas en el corazón de Inglaterra y sobre las orillas del
Támesis; potencia que gobierna el mundo por medio del dinero, de la
industria, del comercio, de la marina y de la diplomacia.
Allí todo es enorme, colosal, y tiene el sello de lo inmenso, en
cuanto lo inmenso puede caber en las obras humanas. San Pablo y la
abadía de
|Westminster, el Museo Británico y el Palacio del
Parlamento, Hyde Park y el Jardín Zoológico, el Puente de Londres y
los embarcaderos de los Ferrocarriles, los Diques y el Ferrocarril
subterráneo, el bajo Támesis y sus colosales barcos de vapor,
el
|Banco de Inglaterra y la Lonja. el palacio de Kensington y
las principales calles, la casa de Correos y el Túnel o
Socavón: todo allí es enorme; todo parece hecho para gigantes
y titanes o para servir a la humanidad entera, representada por la
más vasta aglomeración de hombres que el mundo haya visto reunida
bajo una sola autoridad municipal. Así la belleza de Londres no
consiste en su gracia o su elegancia, sino en sus proporciones, que
dan idea de lo fabuloso en la civilización.
¿Pero cómo vive, se mueve y se agita aquella inmensidad, en cuyo
seno se cruzan más de cuatro millones de hombres de todas las
naciones, a pie y en centenares de miles de carruajes? ¿Cómo se
sostiene allí el prodigioso movimiento de los correos y los
telégrafos, del comercio y del periodismo, de la navegación, de
los acarreos terrestres, y de tantos servicios admirablemente
organizados para facilitar la vida de tanta gente? Todo es obra del
orden, del buen gobierno, de la armonía social, y este orden, este
gobierno y esta armonía son el resultado del equilibrio de dos
fuerzas incuestionables: la acción de la libertad y el respeto por
la autoridad colectiva; o en otros términos: todo es obra de la
Ley. De la ley, que es simultánea y correlativamente la garantía de
todo derecho y de todo deber...
Todo inglés sabe, por intuición de raza, o por tradición o
educación, una cosa: que si el derecho y el deber naturales del
hombre emanan de Dios, la ley social es la que, en resolución,
interpreta y formula la ley de Dios (en lo político y civil), tal
como puede comprenderla y presentarla a la sociedad el hombre
constituido en gobernante. La ley social es, pues, para todos, la
expresión relativa del bien, de la justicia, del orden, de la
conservación, de la regularidad en la vida común y en el progreso
humano. La ley dice a cada cual: este es tu derecho, y los demás
deben respetarlo; este es tu deber, y los demás tienen razón para
exigir que lo cumplas. Y todos se someten, todos respetan la ley,
porque la ley les protege y ampara por igual.
De ese respeto nacen simultáneamente la libertad y el orden, o
mejor dicho, nace una libertad ordenada, una libertad que funciona
con regularidad. La policía, que es una de las maravillas sociales
de aquella civilización, es acaso la más patente expresión del
orden característico de la libre sociedad inglesa.
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Viajes de un colombiano en Europa, Tomos 1º y 2º París, Thunot
& Cª
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