INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
EPISODIOS CRITICOS

 

 

 

Al marcar los principales incidentes de mi vida ocurridos durante los años de 1856 y 1857, debo insistir en una explicación relativa a mis ideas religiosas. Yo era, como lo comprueban casi todas mis obras literarias, verdaderamente religioso; y no solamente religioso por el sentimiento con que concebía, amaba y adoraba a Dios, sino también profundamente cristiano por mis convicciones. Y más digo: respetuoso por las creencias ajenas, cualesquiera que fuesen, con tal que fueran profesadas con sinceridad y desinterés, jamás, en mis tiempos de mayor incredulidad y más acre volterianismo, ataqué ningún |dogma ni procuré apartar a persona alguna de su fe religiosa.

Pero yo tenía desde mi infancia fuerte y casi invencible prevención contra el clero católico de mi país; yo creía que el catolicismo practicado por mis compatriotas tenía más de superstición que de fe religiosa; más de paganismo tradicional disimulado que de prácticas verdaderamente cristianas, y persuadido de que el catolicismo así practicado era más funesto que provechoso a la civilización y moralidad de todo el pueblo neogranadino, me parecía muy de buena fe acto patriótico y laudable el emprender con valor y entereza, desafiando todo peligro, una cruzada por medio de la prensa contra la disciplina de la Iglesia neogranadina y la conducta de su clero.

De esta convicción provino la extensa y muy ruidosa serie de artículos que publiqué en el |Neo-Granadino, en 1856 y 1857, y reproduje en un volumen, la cual suscitó una gran borrasca, me procuró muchos desagrados, conflictos y desengaños, e hizo desencadenar contra mí la indignación de muchos creyentes sinceros, así como el furor y el odio de varios tartufos y algunos clérigos que comprobaron no ser muy cristianos. El más violento de estos contra mí, por mi obra intitulada El clero |ultramontano, fue un presbítero Cera, clérigo suelto y confesor de monjas, presuntuoso en sus predicaciones, afeminado en su porte y amigo de la ostentación, que luego puso de manifiesto mayór rebeldía que yo contra la Iglesia, y fue sumamente desgraciado.

Predicaba un día el presbítero Cera en la Iglesia de La Concepción, al lado de la imprenta que publicaba el |Neo-Granadino, y abusando doblemente de su ministerio, cometió dos graves faltas: la una, nombrarme personalmente en la cátedra sagrada y llenar mi nombre de improperios y ultrajes; la otra, declararme excomulgado, sin que el prelado superior hubiese calificado mis escritos, y señalarme al odio y la persecución de los fanáticos como a un terrible enemigo de |Dios y de su Iglesia. Tomé la cosa por el lado burlesco, y por toda venganza di cuenta en mi periódico de los furores del presbítero, y publiqué a la cabeza de un número este decreto que hizo reír mucho y acrecentó la furia del padre Cera: "Nos, el redactor del |Neo-Granadino, por autoridad de la opinión pública y en nombre de la civilización, declaramos que el presbítero N. Cera queda excomulgado o excluido de la comunión de los hombres cultos y de sentido común".

Y luego añadí por todo comentario:

"El presbítero Cera nos ha excomulgado en un sentido, desde lo alto de la cátedra de San Pablo. Nosotros le excomulgamos, en otro, desde lo alto de la tribuna de Gutenberg. Con lo cual, excomunión por excomunión, quedamos en paz".

Yo no conocía ni de vista siquiera a mi terrible adversario. Dos o tres días después de mi última publicación (era un domingo) subía yo, a eso de las dos de la tarde, por la acera del palacio de gobierno, al cual está contigua mi casa, y como llevaba la derecha contra la pared e iba leyendo una carta que acababan de darme en la calle, caminaba distraído y enteramente desprevenido. Súbitamente tropecé con una persona que se plantaba a disputarme el paso (entre nosotros se acostumbra cederlo siempre al que lleva la derecha del lado del muro, a menos que haya circunstancias de mayor respetabilidad en el otro), y una voz imperiosa e insolente me gritó:

- ¡A un lado, blasfemo!

- ¿Cómo es eso? -dije con asombro, alzando los ojos y viendo que mi hombre era un sacerdote, airado, agresivo en su porte y de talla corpulenta.

- ¡A un lado, repito! -tornó a gritar el clérigo.

-Jamas disputo por la acera -le contesté... Pero jamás la cedo cuando me la exigen con grosería. ¿Quién es usted y con qué motivo me insulta?

- ¡Yo soy el doctor Cera! -exclamó colérico.

- ¡Ah, celebro mucho conocer a usted! -repuse irónicamente

- ¡Miserable impío, hereje, blasfemo -gritó el pobre padre.

- ¡Vamos! ¡Déjese usted de insultos -le dije- porque no los tolero!

- ¡Yo soy ministro de Dios!

-Será usted ministro de un Dios frenético, pero no del manso y humilde Jesucristo -repliqué. Y en todo caso, si usted ejerce un ministerio, yo ejerzo tres: soy padre de familia, soy representante del pueblo y soy periodista. Respéteme usted, pues, si quiere ser respetado.

Por toda respuesta el presbítero me dio un violento empellón que me hizo retroceder dos pasos. Mi esposa, que leía en su gabinete, al oir los gritos había salido al balcón y presenciaba con afán la escena. En frente estaban agrupados, a la puerta del teatro, como ocho individuos de la compañía dramática, y varias personas habían salido a las puertas de las tiendas. Yo no podía dejarme ultrajar tan indignamente so pena de envilecerme a los ojos de mi esposa, de muchas personas y de mí mismo... Yo era entonces muy esforzado, y la cólera causada por el ultraje duplicó mis fuerzas. Las recogí todas, agarré por los brazos al presbítero, le alcé en peso y le tiré largo a largo en el caño...

Levantóse el doctor Cera y se lanzó sobre mí como un furioso, dándome de golpes con su paraguas, golpes que paré con el brazo izquierdo; pero como él persistía en el ataque con furor inaudito. perdí toda paciencia, le asesté una formidable bo­fetada y él volvió a rodar por el cañon. Hubo entonces de darse por vencido y retirarse, bien que amenazándome terriblemente y dirigiéndome las más atroces injurias. Tomé nota de los testigos que habían presenciado el hecho y me entré en casa...

Por la tarde concurrí tranquilamente a la iglesia de los Capuchinos y en seguida al cementerio, al entierro masónico del doctor Emilio Pereira, amigo muy estimado que acababa de morir casi súbitamente. Ninguna novedad me ocurrio.

Al día siguiente estaba yo en la Cámara de Representantes, cuando me entregaron una esquela del señor Arzobispo, mi excelente padrino. Me decía en ella que tenía la mayor urgencia de hablar conmigo; y me suplicaba le señalase una hora en que él pudiera ir a mi casa. Salí al punto a la barra y dije al individuo que había llevado la esquela:

"Sírvase usted decir al señor Arzobispo que le suplico me perdone el no contestarle por escrito, pues tengo pedida la palabra y voy a hablar en este momento; pero que tendré el placer de ir a su casa tan luego como quede libre".

Comprendí que se trataba del asunto del padre Cera, que ya era conocido por todos en la ciudad y había causado grande escándalo. Una hora después salí, encaminándome hacia la imprenta de los Echeverrías (esquina noroeste de la plaza de Bolívar), a quienes debía suministrar para |El Tiempo un diario abreviado de los debates de la Cámara, que yo mismo redactaba en mi sillón, durante las sesiones.

Al salir a la calle, vi un cartel impreso recién pegado en la puerta exterior del local de la Cámara:

era un libelo anónimo contra mí, en el cual, citando como autoridad una bula pontificia, se me declaraba excomulgado |latae |sententiae, se excitaba a los fieles a negarme el saludo, el agua, el pan y el fuego, y se proclamaba que era acto de virtud el matarme sin escrúpulo como a un perro... Me rei de aquel pasquín de energúmenos, que atribuí al padre Cera, y fui a la imprenta de |El Tiempo, donde solo me detuve un instante.

Al salir para dirigirme a la casa arzobispal, dos hombres se atravesaron delante de mí, a corta distancia, mirándome con fijeza. El uno era un conocido sacristán de capa raída, y el otro un hombre del pueblo, desconocido para mí, vestido de ruana y sombrero de paja.

¡Conózcale usted bien!" dijo el sacristán señalándome a las miradas del otro. " ¡Este es, éste es!"

No hice mayor caso, pero no eché en saco roto la advertencia. Así, en vez de ir directamente a la casa arzobispal, fui primero a la mía, me eché en los bolsillos un par de pistolas y tomé un bastón que tenía muy fuerte y elástico y con cachiporra.

Apenas si salí a la calle, cuando en el portón vecino encontré al hombre de la ruana plantado en la acera. O tuvo miedo de atacarme de frente, o en el primer momento no me reconoció, pues solamente movió los brazos, ocultos debajo de la ruana, y se puso a seguir mis pasos.

Al volver yo la esquina de arriba, siguiendo mi camino, la calle trasversal estaba solitaria; mi hombre apuró el paso y comenzó a injuriarme y decirme que me quería "beber la sangre".

" ¡Haga usted la diligencia!" le contesté, parándome y haciéndole frente con una pistola montada.

Era un cobarde miserable y nada hizo. Medité rápidamente en mi situación y me dije: "Este hombre puede resolverse a atacarme, y yo tendré que matarle; pero aquí no hay ni un solo testigo para comprobar el ataque y la defensa, y me puedo perder por un miserable fanático. Me importa llegar pronto a la Calle de la Moneda".

En efecto, caminé aprisa, sin dejar de contener a mí hombre con la pistola, y al llegar a la esquina vi que allí estaba el alcalde del distrito y que había gente. De paso y sin detenerme, pero caminando ya lentamente, le dije al alcalde: "Procure usted salvarle la vida a ese hombre que viene detrás de mi, pues trata de asesinarme, y si me ataca tengo que matarle".

No hizo caso el alcalde, talvez por no creer seria la cosa, pues era y es hombre honrado y de conciencia, y el hombre siguió mis pasos, bien que a unos treinta de distancia. Entré en la casa arzobispal y me creí seguro. Por lo mismo que mi perseguidor era un fanático, pensé que no me atacaría dentro del palacio del Arzobispo, y recorrí sin zozobra el zaguán y el claustro bajo. Subía yo la escalera, cuando sentí detrás pasos como de un perro. Volví a mirar, y era mi hombre que corría tras de mí, sin ruido, con un gran cuchillo en la mano...

De un salto me puse en el descanso de la escalera, armé una pistola, esgrimí con la otra mano mi temible bastón, y grité: "Miserable asesino!" El hombre se detuvo en la escalera, cobarde y rabioso, en actitud de ataque y profiriendo injurias. A mi grito salieron al claustro alto dos familiares del Arzobispo, presenciaron la escena y despidieron al fanático vituperándole severamente su infame conducta.

Aquel pobre hombre, que vivía en el barrio de Egipto, se retiró furioso por no haber podido darme el golpe; acalorado, se bañó la cabeza en una fuente pública, abajo de la capilla; le sobrevino un ataque de apoplejía y murió al día siguiente, sin confesión ni auxilios religiosos eficaces; pero le hicieron buen entierro sus amigos. Algunas beatas dijeron que había muerto "por castigo de Dios... por no haberme dado el golpe..." El fanatismo religioso, como todo fanatismo, da de todo: mártires sublimes e implacables y viles verdugos. Lo mismo acontece en la política, cuyas pasiones producen héroes maravillosos... e inmundos y feroces septembristas.

Un instante después de la escena de la escalera, tomé asiento en el gran salón de recibo del Arzobispo. Salió a verse conmigo el digno prelado y le vi lleno de congoja. Me dijo al punto que el objeto de la entrevista era suplicarme que me prestase con buena voluntad a un arreglo que pusiese fin al conflicto en obsequio de la Iglesia y de la sociedad y por el bien mío y del mismo señor Arzobispo, a quien muchos católicos habían idó a pedirle que procediese contra mí con energía. Me hizo presente que mi falta era de la mayor gravedad posible, por haber puesto manos violentas en un sacerdote; que la sociedad estaba escandalizada, y que mi familia y yo tendríamos mucho que sufrir por causa de la exaltación que había contra mí; y concluyó interponiendo el vínculo que me unía a él, como que era su ahijado espiritual.

En sustancia le contesté al bondadoso prelado, después de referirle cómo habían pasado las cosas:

"He sido injuriado primero en el púlpito y entregado al odio popular por el doctor Cera, y después, como puedo comprobarlo con numerosos testigos, he sido ultrajado y atacado por él de la manera más violenta, en la calle, sin provocación alguna de mi parte. Por tanto, para mí la cuestión no es de haber cometido una falta contra la Iglesia, por tratarse de un sacerdote, sino una cuestión personal como cualquier otra. Si he castigado rudamente al doctor Cera, él ha ofendido en mi persona a un ciudadano y periodista que tiene libertad constitucional para emitir sus opiniones, a un honrado padre de familia y a un representante de la Nación, que goza de inmunidad. Por mi carácter condescendiente y por muchas consideraciones personales y sociales, yo había estado dispuesto a un acto de conciliación; pero después de los pasquines impresos, de origen clerical, que se han fijado en las esquinas, y del atentado de que acabo de estar a punto de ser víctima, no puedo ceder; mayormente cuando los fanáticos me han declarado la guerra de todos los modos posibles. Que me ataquen; yo me defenderé, y seré defendido por mis amigos. Las consecuencias podrán ser muy graves".

Ningún resultado tuvo la entrevista, sino el de inducir al señor Arzobispo, bien penetrado ya de la verdad, a procurar que se calmaran los ánimos y que no se recurriese a vías de hecho contra mí, a fin de dejar abierto el camino de la conciliación.

Por la noche, el sirviente y dos de las tres críadas que había en mi casa, nos abandonaron, diciendo que se iban porque les habían dicho que se condenarían si seguían sirviendo en la casa de un excomulgado. Al día siguiente por la mañana tuvimos que hacer comprar pan, leche y otros bastimentos por medio de una de mis cuñadas, porque en las tiendas y panaderías no quisieron vender nada directamente para mi casa. Mi dinero estaba también excomulgado.

Iba yo a salir de casa para ir a la sesión de la Cámara, cuando se me presentaron dos comisiones: una a nombre de la juventud, y otra enviada por la Sociedad Democrática, que subsistía compuesta solamente de artesanos. Ambas iban a ofrecerme escolta de individuos armados para acompañarme en la calle y defenderme dondequiera. Les di las más expresivas gracias, pero no acepté el ofrecimiento y salí solo, siquiera bien armado y resuelto a repeler todo ataque. Después supe que muchos jóvenes y artesanos armados habían seguido mis pasos por todas partes, con el propósito de defenderme de cualquier atentado.

Estaba yo en la Cámara cuando me avisaron que el Arzobispo me aguardaba en casa. Salí al punto (mi casa solo distaba unos 50 metros del local de la Cámara) y tuve una conferencia muy breve, porque me urgía volver pronto a la sesión. El Arzobispo estaba sumamente alarmado, y me instó nuevamente para que conviniese en un arreglo. Le dije entonces, para concluir: "No hay sino un arreglo posible: que el doctor Cera me presente primero sus excusas y me pida perdón, como a un caballero, y yo en seguida haré lo mismo con él. Que me respeten y dejen en paz los fanáticos, si quieren evitar un conflicto". A instancias del señor Herrán convine en tener con él una nueva conferencia a las tres de la tarde para saber si era posible un avenimiento honroso. Nos separamos y volví a la Cámara donde yo hacía falta en una discusión muy importante.

A las tres estuve en la casa arzobispal. Estaba yo en conferencia con el señor Herrán, sin probabilidades de arreglo, cuando le anunciaron que una comisión de la Sociedad Democrática solicitaba verle. Me dejó por algunos momentos y salió a la antesala. Comprendí que se iba a tratar de mi asunto, y no resistí a la tentación de acercarme a la mampara y escuchar. Cinco artesanos componían la comisión, y el que la presidía, Emeterio Heredia (el padre del |Mico) -herrero y armero muy hon­rado, inteligente, hábil y bastante instruído- le dijo al Arzobispo:

"Venimos a manisfestar a Usía Ilustrísima, de orden de la Sociedad Democrática, que ella sabe muy bien que se preparan nuevos atentados contra el doctor Samper y está resuelta a defenderle y vengarle a todo trance. Si el doctor Samper llegare a ser víctima de los fanáticos, azuzados por el clero, nosotros nada respetamos: mataremos todos los sacerdotes que hay en Bogotá, exceptuando al señor Arzobispo y a los doctores Saavedra y Vesga".

El señor Herrán se quedó mustio, y volvió a conversar conmigo, visiblemente alarmado y asustado, tan luégo como se retiró la comisión democrática. No me di por entendido de lo que acababa de oír, y me mantuve firme. Al cabo me propuso el señor Herrán que tuviésemos una entrevista con el doctor Cera en casa del venerable canónigo Saavedra para poner fin al incidente, en la forma que yo había exigido.

-Pero el doctor Cera es muy soberbio, -le observé-, y no se prestará a satisfacerme.

-Yo le obligaré a ello con mi autoridad, si la razón no bastare.

-Vamos, pues.

Fuimos inmediatamente a casa del doctor Saavedra, junto con el secretario del Arzobispo, y no le hallamos. Entonces el señor Herrán propuso:

- ¿Quiere usted que vamos a casa del doctor Cera?

- ¡Oh, eso no puede ser! Mi dignidad...

-Le aseguro a usted que quedará bien puesta.

-Si Usía Ilustrísima me promete que de todo se extenderá un acta para hacer constar los hechos. 

-Sí; se lo prometo a usted, ahijado mío, y su generosa docilidad será objeto del mayor encomio.

Tuve la condescendencia, talvez la humildad, de prestarme a lo que el Arzobispo pedía, y con él y su secretario fluí a casa del doctor Cera. Cuando éste, al salir a recibirnos, advirtió mi presencia, hizo un gesto de cólera patente, y llevó su descortesía hasta el extremo de no contestarme el atento saludo que le hice ni ofrecerme asiento. El doctor Herrán, invitándome a sentarme, se apresuró a decir: "Señor doctor Cera, hago notar a usted que el señor doctor Samper se ha prestado con la mayor condescendencia, por súplica mía, a venir a la casa de usted, ya que no era posible la entrevista en la del doctor Saavedra".

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