EPISODIOS CRITICOS
Al marcar los principales incidentes de mi vida ocurridos
durante los años de 1856 y 1857, debo insistir en una explicación
relativa a mis ideas religiosas. Yo era, como lo comprueban casi
todas mis obras literarias, verdaderamente religioso; y no
solamente religioso por el sentimiento con que concebía, amaba y
adoraba a Dios, sino también profundamente cristiano por mis
convicciones. Y más digo: respetuoso por las creencias ajenas,
cualesquiera que fuesen, con tal que fueran profesadas con
sinceridad y desinterés, jamás, en mis tiempos de mayor
incredulidad y más acre volterianismo, ataqué ningún
|dogma
ni procuré apartar a persona alguna de su fe religiosa.
Pero yo tenía desde mi infancia fuerte y casi invencible
prevención contra el clero católico de mi país; yo creía que el
catolicismo practicado por mis compatriotas tenía más de
superstición que de fe religiosa; más de paganismo tradicional
disimulado que de prácticas verdaderamente cristianas, y persuadido
de que el catolicismo así practicado era más funesto que provechoso
a la civilización y moralidad de todo el pueblo neogranadino, me
parecía muy de buena fe acto patriótico y laudable el emprender con
valor y entereza, desafiando todo peligro, una cruzada por medio de
la prensa contra la disciplina de la Iglesia neogranadina y la
conducta de su clero.
De esta convicción provino la extensa y muy ruidosa serie de
artículos que publiqué en el
|Neo-Granadino, en 1856 y
1857, y reproduje en un volumen, la cual suscitó una gran borrasca,
me procuró muchos desagrados, conflictos y desengaños, e hizo
desencadenar contra mí la indignación de muchos creyentes sinceros,
así como el furor y el odio de varios tartufos y algunos clérigos
que comprobaron no ser muy cristianos. El más violento de estos
contra mí, por mi obra intitulada El clero
|ultramontano,
fue un presbítero Cera, clérigo suelto y confesor de monjas,
presuntuoso en sus predicaciones, afeminado en su porte y amigo de
la ostentación, que luego puso de manifiesto mayór rebeldía que yo
contra la Iglesia, y fue sumamente desgraciado.
Predicaba un día el presbítero Cera en la Iglesia de La
Concepción, al lado de la imprenta que publicaba el
|Neo-Granadino, y abusando doblemente de su ministerio,
cometió dos graves faltas: la una, nombrarme personalmente en la
cátedra sagrada y llenar mi nombre de improperios y ultrajes; la
otra, declararme excomulgado, sin que el prelado superior hubiese
calificado mis escritos, y señalarme al odio y la persecución de
los fanáticos como a un terrible enemigo de
|Dios y de su
Iglesia. Tomé la cosa por el lado burlesco, y por toda
venganza di cuenta en mi periódico de los furores del presbítero, y
publiqué a la cabeza de un número este decreto que hizo reír mucho
y acrecentó la furia del padre Cera: "Nos, el redactor del
|Neo-Granadino, por autoridad de la opinión pública y en
nombre de la civilización, declaramos que el presbítero N. Cera
queda excomulgado o excluido de la comunión de los hombres cultos y
de sentido común".
Y luego añadí por todo comentario:
"El presbítero Cera nos ha excomulgado en un sentido, desde lo
alto de la cátedra de San Pablo. Nosotros le excomulgamos, en otro,
desde lo alto de la tribuna de Gutenberg. Con lo cual, excomunión
por excomunión, quedamos en paz".
Yo no conocía ni de vista siquiera a mi terrible adversario. Dos
o tres días después de mi última publicación (era un domingo) subía
yo, a eso de las dos de la tarde, por la acera del palacio de
gobierno, al cual está contigua mi casa, y como llevaba la derecha
contra la pared e iba leyendo una carta que acababan de darme en la
calle, caminaba distraído y enteramente desprevenido. Súbitamente
tropecé con una persona que se plantaba a disputarme el paso (entre
nosotros se acostumbra cederlo siempre al que lleva la derecha del
lado del muro, a menos que haya circunstancias de mayor
respetabilidad en el otro), y una voz imperiosa e insolente me
gritó:
- ¡A un lado, blasfemo!
- ¿Cómo es eso? -dije con asombro, alzando los ojos y viendo que
mi hombre era un sacerdote, airado, agresivo en su porte y de talla
corpulenta.
- ¡A un lado, repito! -tornó a gritar el clérigo.
-Jamas disputo por la acera -le contesté... Pero jamás la cedo
cuando me la exigen con grosería. ¿Quién es usted y con qué motivo
me insulta?
- ¡Yo soy el doctor Cera! -exclamó colérico.
- ¡Ah, celebro mucho conocer a usted! -repuse irónicamente
- ¡Miserable impío, hereje, blasfemo -gritó el pobre padre.
- ¡Vamos! ¡Déjese usted de insultos -le dije- porque no los
tolero!
- ¡Yo soy ministro de Dios!
-Será usted ministro de un Dios frenético, pero no del manso y
humilde Jesucristo -repliqué. Y en todo caso, si usted ejerce un
ministerio, yo ejerzo tres: soy padre de familia, soy representante
del pueblo y soy periodista. Respéteme usted, pues, si quiere ser
respetado.
Por toda respuesta el presbítero me dio un violento empellón que
me hizo retroceder dos pasos. Mi esposa, que leía en su gabinete,
al oir los gritos había salido al balcón y presenciaba con afán la
escena. En frente estaban agrupados, a la puerta del teatro, como
ocho individuos de la compañía dramática, y varias personas habían
salido a las puertas de las tiendas. Yo no podía dejarme ultrajar
tan indignamente so pena de envilecerme a los ojos de mi esposa, de
muchas personas y de mí mismo... Yo era entonces muy esforzado, y
la cólera causada por el ultraje duplicó mis fuerzas. Las recogí
todas, agarré por los brazos al presbítero, le alcé en peso y le
tiré largo a largo en el caño...
Levantóse el doctor Cera y se lanzó sobre mí como un furioso,
dándome de golpes con su paraguas, golpes que paré con el brazo
izquierdo; pero como él persistía en el ataque con furor inaudito.
perdí toda paciencia, le asesté una formidable bofetada y él
volvió a rodar por el cañon. Hubo entonces de darse por vencido y
retirarse, bien que amenazándome terriblemente y dirigiéndome las
más atroces injurias. Tomé nota de los testigos que habían
presenciado el hecho y me entré en casa...
Por la tarde concurrí tranquilamente a la iglesia de los
Capuchinos y en seguida al cementerio, al entierro masónico del
doctor Emilio Pereira, amigo muy estimado que acababa de morir casi
súbitamente. Ninguna novedad me ocurrio.
Al día siguiente estaba yo en la Cámara de Representantes,
cuando me entregaron una esquela del señor Arzobispo, mi excelente
padrino. Me decía en ella que tenía la mayor urgencia de hablar
conmigo; y me suplicaba le señalase una hora en que él pudiera ir a
mi casa. Salí al punto a la barra y dije al individuo que había
llevado la esquela:
"Sírvase usted decir al señor Arzobispo que le suplico me
perdone el no contestarle por escrito, pues tengo pedida la palabra
y voy a hablar en este momento; pero que tendré el placer de ir a
su casa tan luego como quede libre".
Comprendí que se trataba del asunto del padre Cera, que ya era
conocido por todos en la ciudad y había causado grande escándalo.
Una hora después salí, encaminándome hacia la imprenta de los
Echeverrías (esquina noroeste de la plaza de Bolívar), a quienes
debía suministrar para
|El Tiempo un diario abreviado de
los debates de la Cámara, que yo mismo redactaba en mi sillón,
durante las sesiones.
Al salir a la calle, vi un cartel impreso recién pegado en la
puerta exterior del local de la Cámara:
era un libelo anónimo contra mí, en el cual, citando como
autoridad una bula pontificia, se me declaraba excomulgado
|latae
|sententiae, se excitaba a los fieles a negarme
el saludo, el agua, el pan y el fuego, y se proclamaba que era acto
de virtud el matarme sin escrúpulo como a un perro... Me rei de
aquel pasquín de energúmenos, que atribuí al padre Cera, y fui a la
imprenta de
|El Tiempo, donde solo me detuve un
instante.
Al salir para dirigirme a la casa arzobispal, dos hombres se
atravesaron delante de mí, a corta distancia, mirándome con fijeza.
El uno era un conocido sacristán de capa raída, y el otro un hombre
del pueblo, desconocido para mí, vestido de ruana y sombrero de
paja.
¡Conózcale usted bien!" dijo el sacristán señalándome a las
miradas del otro. " ¡Este es, éste es!"
No hice mayor caso, pero no eché en saco roto la advertencia.
Así, en vez de ir directamente a la casa arzobispal, fui primero a
la mía, me eché en los bolsillos un par de pistolas y tomé un
bastón que tenía muy fuerte y elástico y con cachiporra.
Apenas si salí a la calle, cuando en el portón vecino encontré
al hombre de la ruana plantado en la acera. O tuvo miedo de
atacarme de frente, o en el primer momento no me reconoció, pues
solamente movió los brazos, ocultos debajo de la ruana, y se puso a
seguir mis pasos.
Al volver yo la esquina de arriba, siguiendo mi camino, la calle
trasversal estaba solitaria; mi hombre apuró el paso y comenzó a
injuriarme y decirme que me quería "beber la sangre".
" ¡Haga usted la diligencia!" le contesté, parándome y
haciéndole frente con una pistola montada.
Era un cobarde miserable y nada hizo. Medité rápidamente en mi
situación y me dije: "Este hombre puede resolverse a atacarme, y yo
tendré que matarle; pero aquí no hay ni un solo testigo para
comprobar el ataque y la defensa, y me puedo perder por un
miserable fanático. Me importa llegar pronto a la Calle de la
Moneda".
En efecto, caminé aprisa, sin dejar de contener a mí hombre con
la pistola, y al llegar a la esquina vi que allí estaba el alcalde
del distrito y que había gente. De paso y sin detenerme, pero
caminando ya lentamente, le dije al alcalde: "Procure usted
salvarle la vida a ese hombre que viene detrás de mi, pues trata de
asesinarme, y si me ataca tengo que matarle".
No hizo caso el alcalde, talvez por no creer seria la cosa, pues
era y es hombre honrado y de conciencia, y el hombre siguió mis
pasos, bien que a unos treinta de distancia. Entré en la casa
arzobispal y me creí seguro. Por lo mismo que mi perseguidor era un
fanático, pensé que no me atacaría dentro del palacio del
Arzobispo, y recorrí sin zozobra el zaguán y el claustro bajo.
Subía yo la escalera, cuando sentí detrás pasos como de un perro.
Volví a mirar, y era mi hombre que corría tras de mí, sin ruido,
con un gran cuchillo en la mano...
De un salto me puse en el descanso de la escalera, armé una
pistola, esgrimí con la otra mano mi temible bastón, y grité:
"Miserable asesino!" El hombre se detuvo en la escalera, cobarde y
rabioso, en actitud de ataque y profiriendo injurias. A mi grito
salieron al claustro alto dos familiares del Arzobispo,
presenciaron la escena y despidieron al fanático vituperándole
severamente su infame conducta.
Aquel pobre hombre, que vivía en el barrio de Egipto, se retiró
furioso por no haber podido darme el golpe; acalorado, se bañó la
cabeza en una fuente pública, abajo de la capilla; le sobrevino un
ataque de apoplejía y murió al día siguiente, sin confesión ni
auxilios religiosos eficaces; pero le hicieron buen entierro sus
amigos. Algunas beatas dijeron que había muerto "por castigo de
Dios... por no haberme dado el golpe..." El fanatismo religioso,
como todo fanatismo, da de todo: mártires sublimes e implacables y
viles verdugos. Lo mismo acontece en la política, cuyas pasiones
producen héroes maravillosos... e inmundos y feroces
septembristas.
Un instante después de la escena de la escalera, tomé asiento en
el gran salón de recibo del Arzobispo. Salió a verse conmigo el
digno prelado y le vi lleno de congoja. Me dijo al punto que el
objeto de la entrevista era suplicarme que me prestase con buena
voluntad a un arreglo que pusiese fin al conflicto en obsequio de
la Iglesia y de la sociedad y por el bien mío y del mismo señor
Arzobispo, a quien muchos católicos habían idó a pedirle que
procediese contra mí con energía. Me hizo presente que mi falta era
de la mayor gravedad posible, por haber puesto manos violentas en
un sacerdote; que la sociedad estaba escandalizada, y que mi
familia y yo tendríamos mucho que sufrir por causa de la exaltación
que había contra mí; y concluyó interponiendo el vínculo que me
unía a él, como que era su ahijado espiritual.
En sustancia le contesté al bondadoso prelado, después de
referirle cómo habían pasado las cosas:
"He sido injuriado primero en el púlpito y entregado al odio
popular por el doctor Cera, y después, como puedo comprobarlo con
numerosos testigos, he sido ultrajado y atacado por él de la manera
más violenta, en la calle, sin provocación alguna de mi parte. Por
tanto, para mí la cuestión no es de haber cometido una falta contra
la Iglesia, por tratarse de un sacerdote, sino una cuestión
personal como cualquier otra. Si he castigado rudamente al doctor
Cera, él ha ofendido en mi persona a un ciudadano y periodista que
tiene libertad constitucional para emitir sus opiniones, a un
honrado padre de familia y a un representante de la Nación, que
goza de inmunidad. Por mi carácter condescendiente y por muchas
consideraciones personales y sociales, yo había estado dispuesto a
un acto de conciliación; pero después de los pasquines impresos, de
origen clerical, que se han fijado en las esquinas, y del atentado
de que acabo de estar a punto de ser víctima, no puedo ceder;
mayormente cuando los fanáticos me han declarado la guerra de todos
los modos posibles. Que me ataquen; yo me defenderé, y seré
defendido por mis amigos. Las consecuencias podrán ser muy
graves".
Ningún resultado tuvo la entrevista, sino el de inducir al señor
Arzobispo, bien penetrado ya de la verdad, a procurar que se
calmaran los ánimos y que no se recurriese a vías de hecho contra
mí, a fin de dejar abierto el camino de la conciliación.
Por la noche, el sirviente y dos de las tres críadas que había
en mi casa, nos abandonaron, diciendo que se iban porque les habían
dicho que se condenarían si seguían sirviendo en la casa de un
excomulgado. Al día siguiente por la mañana tuvimos que hacer
comprar pan, leche y otros bastimentos por medio de una de mis
cuñadas, porque en las tiendas y panaderías no quisieron vender
nada directamente para mi casa. Mi dinero estaba también
excomulgado.
Iba yo a salir de casa para ir a la sesión de la Cámara, cuando
se me presentaron dos comisiones: una a nombre de la juventud, y
otra enviada por la Sociedad Democrática, que subsistía compuesta
solamente de artesanos. Ambas iban a ofrecerme escolta de
individuos armados para acompañarme en la calle y defenderme
dondequiera. Les di las más expresivas gracias, pero no acepté el
ofrecimiento y salí solo, siquiera bien armado y resuelto a repeler
todo ataque. Después supe que muchos jóvenes y artesanos armados
habían seguido mis pasos por todas partes, con el propósito de
defenderme de cualquier atentado.
Estaba yo en la Cámara cuando me avisaron que el Arzobispo me
aguardaba en casa. Salí al punto (mi casa solo distaba unos 50
metros del local de la Cámara) y tuve una conferencia muy breve,
porque me urgía volver pronto a la sesión. El Arzobispo estaba
sumamente alarmado, y me instó nuevamente para que conviniese en un
arreglo. Le dije entonces, para concluir: "No hay sino un arreglo
posible: que el doctor Cera me presente primero sus excusas y me
pida perdón, como a un caballero, y yo en seguida haré lo mismo con
él. Que me respeten y dejen en paz los fanáticos, si quieren evitar
un conflicto". A instancias del señor Herrán convine en tener con
él una nueva conferencia a las tres de la tarde para saber si era
posible un avenimiento honroso. Nos separamos y volví a la Cámara
donde yo hacía falta en una discusión muy importante.
A las tres estuve en la casa arzobispal. Estaba yo en
conferencia con el señor Herrán, sin probabilidades de arreglo,
cuando le anunciaron que una comisión de la Sociedad Democrática
solicitaba verle. Me dejó por algunos momentos y salió a la
antesala. Comprendí que se iba a tratar de mi asunto, y no resistí
a la tentación de acercarme a la mampara y escuchar. Cinco
artesanos componían la comisión, y el que la presidía, Emeterio
Heredia (el padre del
|Mico) -herrero y armero muy
honrado, inteligente, hábil y bastante instruído- le dijo al
Arzobispo:
"Venimos a manisfestar a Usía Ilustrísima, de orden de la
Sociedad Democrática, que ella sabe muy bien que se preparan nuevos
atentados contra el doctor Samper y está resuelta a defenderle y
vengarle a todo trance. Si el doctor Samper llegare a ser víctima
de los fanáticos, azuzados por el clero, nosotros nada respetamos:
mataremos todos los sacerdotes que hay en Bogotá, exceptuando al
señor Arzobispo y a los doctores Saavedra y Vesga".
El señor Herrán se quedó mustio, y volvió a conversar conmigo,
visiblemente alarmado y asustado, tan luégo como se retiró la
comisión democrática. No me di por entendido de lo que acababa de
oír, y me mantuve firme. Al cabo me propuso el señor Herrán que
tuviésemos una entrevista con el doctor Cera en casa del venerable
canónigo Saavedra para poner fin al incidente, en la forma que yo
había exigido.
-Pero el doctor Cera es muy soberbio, -le observé-, y no se
prestará a satisfacerme.
-Yo le obligaré a ello con mi autoridad, si la razón no
bastare.
-Vamos, pues.
Fuimos inmediatamente a casa del doctor Saavedra, junto con el
secretario del Arzobispo, y no le hallamos. Entonces el señor
Herrán propuso:
- ¿Quiere usted que vamos a casa del doctor Cera?
- ¡Oh, eso no puede ser! Mi dignidad...
-Le aseguro a usted que quedará bien puesta.
-Si Usía Ilustrísima me promete que de todo se extenderá un acta
para hacer constar los hechos.
-Sí; se lo prometo a usted, ahijado mío, y su generosa docilidad
será objeto del mayor encomio.
Tuve la condescendencia, talvez la humildad, de prestarme a lo
que el Arzobispo pedía, y con él y su secretario fluí a casa del
doctor Cera. Cuando éste, al salir a recibirnos, advirtió mi
presencia, hizo un gesto de cólera patente, y llevó su descortesía
hasta el extremo de no contestarme el atento saludo que le hice ni
ofrecerme asiento. El doctor Herrán, invitándome a sentarme, se
apresuró a decir: "Señor doctor Cera, hago notar a usted que el
señor doctor Samper se ha prestado con la mayor condescendencia,
por súplica mía, a venir a la casa de usted, ya que no era posible
la entrevista en la del doctor Saavedra".