INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
LUCHAS POLITICAS Y LITERARIAS

 

 

 

Durante la lucha armada de 1854 hubo de hacerse nueva elección de vicepresidente de la República. Los viejos liberales, casi todos |melistas, o a lo menos obandistas, no tuvieron ni pudieron tener candidato. Los conservadores y los radicales, bien que aliados en la guerra, sostuvieron sus campos electorales respectivos, y el doctor Manuel María Mallarino, candidato de los primeros, fue elegido vicepresidente, en competencia con el doctor Murillo. Todavía en aquel tiempo era notoriamente debil el partido radical, aunque en la lucha armada se mostró decidido, abnegado y valeroso.

Obando fue solemnemente condenado a la destitución por el Senado, bien que en seguida le absolvió la Corte Suprema de los cargos por delitos políticos; y así quedó consumada en los hechos como en la opinión la ruina del viejo liberalismo. En lo sucesivo la lucha o competencia de los partidos iba a ser más sustancial que nunca, sostenida entre el conservatismo y el radicalismo: el primero con muchos puntos de teocrático entonces, y el segundo marcadamente socialista.

Por fortuna Mallarino, si bien era decididamente conservador y creyente, nada tenía de absolutista ni teocrático. Era  sincero republicano, hombre justo, conciliador y amigo del progreso, amante en supremo grado de las letras y de la buena compañía y hombre |civil en toda la extensión de la palabra. Inició gloriosamente la política de la tolerancia, la conciliación y la honrada neutralidad del gobierno en las luchas de los partidos -política noble y fecunda que hasta hoy día no ha sido imitada ni seguida por ninguno de nuestros gobernantes, salvo, en parte, por el general Santos Gutiérrez y el doctor.

Núñez-; política salvadora (sobre todo después de una época de crisis muy peligrosa y cruenta guerra civil), que venía a reemplazar la practicada hasta entonces por cada uno de nuestros presidentes: la de gobernar exclusivamente con su partido y casi también solamente para su partido.

Mallarino, y esta será para su nombre una gloria inmarcesible, gobernó con la nación y para la nación, y su política fue, por lo mismo, generosa, confiada y desinteresada. Rodeóse de hombres muy notables de todos los partidos, y con ellos dio a todos seguridad y garantías. Fueron sus secretarios:

de gobierno, el doctor Vicente Cárdenas, muy ilustrado conservador; de hacienda, Plata, viejo liberal y hombre de recursos para el manejo práctico de los intereses fiscales; de guerra y marina, el doctor Rafael Núñez, radical de doctrina y elevados sentimientos, y de relaciones exteriores, don Lino de Pombo, que tenía al propio tiempo mucho de liberal y de conservador, con lo que su persona era, por decirlo así, la encarnación misma de la política que había de seguir la administración de Mallarino. A poco de estar éste gobernando, confió la cartera de gobierno por renuncía o excusa del titular, al doctor Cerbeleón Pinzón, otro hombre conciliador, de gran capacidad y notoria ilustración; con lo que puede decirse que en el ministerio la mayoría era liberal, en completa armonía con un presidente conservador.

Bien consideradas las cosas, durante la administración Mallarino no hubo oposición; por la sencilla razón de que ella era neutral, inofensiva, decidida por la legalidad, y estaba desarmada. Debiendo gobernar la república cuando ésta acababa de salir de una sangrienta guerra civil, de juzgar y destituir a su presidente y de adoptar algunas medidas severas para castigar a los culpados, sin embargo, redujo el ejército a 400 hombres y mandó desmantelar todas las fortalezas y vender los cañones de todas ellas de los principales parques. Se echó en brazos de la nación, confiando sin reserva en su lealtad y la nación correspondió a esta confianza.

Varios contratos que celebró el señor Plata fueron censurados por |El |Tiempo y toda la prensa radical, mas no como actos políticos, sino como actos de administración. Mucho le tachamos su manera de hacer frente a las dificultades del tesoro: recibía sumas en papeles de deuda pública, dotadas con algún dinero, y por el todo reconocía deudas muy elevado interés. Esto era vivir de expediente gravando seriamente el mañana por salir a media de los apuros de cada día. Verdad es que la situación del tesoro era cruel: era la de un negociante que debe pagar mucho más del monto de sus entradas posibles, y recurre a mil expedientes ingeniosos, a las veces poco dignos y casi siempre ruinoso por no tener que presentarse en quiebra.

Otro asunto de censura contra Mallarino fué su resistencia, en 1855, a la abolición a la pena de muerte por delitos comunes; que por los político estaba abolida desde 1848. En su mensaje de objeciones a la ley de abolición, Mallaríno expuso razones muy poderosas y la principal fue ésta: la ley suprime la pena de muerte, pero no crea, en si reemplazo, los establecimientos de castigo necesarios para castigar y corregir a los criminales y ofrecer a la sociedad ejemplos y garantías. ¿No se seguirán de esto la impunidad, la inseguridad, por lo mismo la desmoralización? Colocada la cuestión en el punto de vista práctico o de sensata ad ministración de justicia, no tenían réplica raciona. las objeciones del presidente. Para los radicales, esencialmente teóricos y doctrinarios hasta entonces, la cuestión era de puro derecho natural. "La vida del hombre es sagrada, inviolable". Sobre este tema rodaban todos nuestros razonamientos; pero es obvio que sí la filosofía política estaba de nuestra parte, la filosofía penal estaba en contra. Procedíamos como pensadores lógicos o menos ideólogos, sin tomar en cuenta la situación ni las costumbres del país.

Ello fue que hicimos mucho ruido con la cuestión del cadalso, apasionándola con declamaciones. El doctor Pinzón, hombre humilde y convencido, era abolicionista, y prefirió dejar la cartera de gobierno por no suscribir las objeciones, bien que estaba en tan apurada pobreza que necesitaba del sueldo literalmente para comer. El doctor Luciano Jaramillo, miembro de una de las cámaras, tuvo el valor de aceptar aquella cartera y presentarse ante Congreso a sostener las objeciones, así como se había opuesto a la ley. Los radicales de entonces, con sobra de pasión, glorificamos a Pinzón y dimos Mallarino y a Jaramillo el dictado de patibularios. Pero uno y otro de aquellos hombres públicos cumplían con su deber, porque obraban conforme a más convicciones y guiados por muy honrados propósitos. El radicalismo se mostró en aquella ocasión sobrado intolerante, apasionado, sistemático, y, por lo mismo, injusto. En cuanto a la ley de abolición faltóle al cabo la suficiente mayoría para una resistencia eficaz de las Cámaras, y no tuvo efecto quedando en su fuerza las objeciones del poder ejecutivo.

Una ley de 1855, dada a virtud de facultad constitucional expresa, creó el Estado de Panamá, compuesto de las provincias del Istmo. Así se daba el primer paso decisivo en la adopción del sistema federal; pues era evidente que, una vez solicitada y decretada la creación de un Estado, las demás provincias seguirían el ejemplo, y al cabo de pocos años toda la república sería transformada en una federación. Al constituirse el Estado de Panamá, eligió sus senadores y representantes para el período de 1856 y 1857, y yo fui del número de los segundos. Yo era totalmente desconocido en Panamá (salvo por mis escritos, pues aun había sido colaborador de El Panameño, periódico que dirigía con habilidad don Mariano Arosemena), y al elegirme el Estado quiso, por una parte, tener en el Congreso (con Ancízar, también elegido representante), dos diputados residentes en Bogotá que le apoyasen con vigor en sus justas exigencias; y por otra, premiar los esfuerzos que yo, como publicista, había hecho constantemente en favor de la adopción del régimen federal.

Y aquí es pertinente que yo explique cómo y hasta qué grado era federalista. Yo distinguía, como era justo, dos órdenes de intereses sustancialmente distintos: el de los políticos y el de los administrativos. En el orden político, yo quería que a todo trance se mantuviese la unidad nacional, entendiendo por tal todo aquello que, en las instituciones y la estructura del gobierno, había de mantener |un solo pueblo compuesto de la |totalidad de los neogranadinos, con unos mismos derechos y deberes y un |territorio común, y por tanto, una sola nación soberana. Así era que en manera alguna quería yo la creación de Estados soberanos, ni tengo noticia de que nadie le hubiera solicitado hasta 1860, época en que el general Mosquera, con el fin de dar una bandera fascinadora a la injustificable revolución armada que encabezó con los radicales, proclamé por primera vez la extravagante ficción de la soberanía de los Estados constituidos de 1855 a 1857 a virtud de leyes del gobierno central.

En mi sentir, la soberanía era una e indivisible, por tradición nacional, por necesidad imperiosa de buen gobierno y de paz y seguridad, y por consecuencia lógica de los principios de la ciencia constitucional. Crear Estados soberanos habría sido un acto de demencia, de destrucción de la unidad histórica y etnológica de nuestro pueblo, para sustituir al gobierno de la nación la anarquía y la guerra civil permanentes. Nadie pensó en promover tal monstruosidad, y es notorio que todas las leyes de 1855 a 1857 que crearon los Estados, y la Constitución de 1858 que organizó la indebidamente llamada |Confederación granadina, fueron calcadas sobre la idea, universal en el país, de mantener la unidad nacional del púeblo neogranadino y de su territorio y sus instituciones fundamentales de república democrática.

No acontecía lo propio en lo tocante a los intereses administrativos. Era evidente, por una parte, que el número de nuestras provincias (cosa de 44 en 1853) era excesivo. Todas eran impotentes, por falta de rentas, de buenas vías de comunicación, de suficiente personal hábil y de otros elementos necesarios, para procurarse la acertada administración interior que comportaba el régimen de amplia descentralización establecido por la Constitución radical y semifederal de 1853. Pero al mismo tiempo que existía y era por todos reconocida aquella impotencia, no había modo de agrupar las 44 provincias pequeñas en seis, siete u ocho grandes provincias que tuviesen, según sus analogías, los recursos y elementos necesarios para lograr una buena y fecunda administración. Ninguna quería ser absor­bida por otra, mediante una simple anexión un agrupamiento puramente legal. En todas se habían creado ya hábitos de administración propia y nuevos intereses y movimientos administrativos; y solo un agrupamiento en |Estados federales podía, dándoles mayor rango político o de nombre, suprimir entre ellas la susceptibilidad local e inspirarles conformidad para sacrificar su rango y categoría de |divisiones nacionales o |provincias.

Por otra parte, había en 1855, como hay actualmente y habrá por largo tiempo, causas etnologicas y topográficas muy decisivas, de diversidad en el |modo de obrar de los numerosos grupos de población neogranadina creados por las circunstancias. Diferencias de raza muy notables; costumbres y producciones muy distintas; climas tan variados que son hasta opuestos; formidables cordilleras que separan los valles y las altas planicies de mayor población; distancias enormes, sin buenas comunicaciones; diversidad notable en las condiciones de la riqueza, y por lo mismo en los elementos de los impuestos y de los recursos administrativos; y una inmensidad de territorio, con la cual no guardaba proporción alguna la masa de nuestra población: todo esto hacía necesario dividir la Nación en un reducido número de entidades con administración propia independiente, capaces de obrar con homogeneidad y energía para procurar el buen desarrollo de todos sus intereses.

A este fin conducía, en mi sentir, la popular creación de los |Estados federales en la |unidad nacional; y precisamente por esto fue inconveniente la libertad que se otorgó a los Estados para darse legislación |civil y penal propia, pues ninguna necesidad había de diversificar en este punto la legislación, lo que aparejaba en cierto modo la división de la soberanía.

La federación, tal como la comprendíamos todos hasta 1857, no era realmente una reconstitu­ción política del país, sino una reorganización de las entidades en que estaba dividida la República, adoptada con el objeto de facilitar una gran revolución legal administrativa, abriendo amplio cauce al progreso y desarrollo de todos los intereses sociales. De ningún modo se trataba de dividir al pueblo neogranadino en ocho o nueve pueblos más o menos antagonistas, como luego han venido a ser, ni de dividir la autoridad verdaderamente política en­tre numerosas entidades |soberanas.

Este fue mi federalismo, y por su triunfo me agité con empeño, siendo, como publicista y legislador, uno de los que más ardiente y laboriosamente trabajaron por popularizar y hacer efectiva la reforma. No me pesa el haber procedido así, no obstante el inmenso cúmulo de males que han sobrevenido a mi patria, desde 1859; mayormente cuando por ellos ninguna responsabilidad pesa sobre mí, pues ni participé de la revolución de 1860, que explícitamente condené muchas veces desde Europa, ni aprobé mucha parte de la Constitución del 63, que critiqué desde Lima, ni jamás consideré acertada, sino artificial, ficticia y funesta, la decantada soberanía de los Estados, proclamada por la Convención de Rionegro. A más de esto, como se verá en la tercera parte de estas |Memorias o historia de mi alma, al regresar del extranjero comencé inmediatamente a combatir los excesos y abusos del liberalismo triunfante, y desde entonces (1864) he estado casi constantemente del lado de la oposición y sosteniendo o preconizando una política de conciliación entre los dos grandes partidos nacionales, de estricta legalidad y de reforma constitucional, que corrigiese los males causados por la guerra, la adulteración de nuestro régimen federal y la perversión del espíritu de partido.

Hacia fines de 1855 me habló el señor Ernesto del Villar (dueño entonces de la imprenta llamada del Neo-Granadino, que había pertenecido sucesi­vamente a los señores Ancízar, Pradilla y Murillo) para que tomase a mi cuidado la redacción del periódico, suspendido entonces, que había salido des­de 1848 de las prensas manejadas por los Eche­verrías. Convine en ello, dando nueva forma al pe­riódico, y haciéndolo bisemanal y de considerables dimensiones; con lo que volví a sostener la lucha tipográfica como redactor único del |Neo-Granadino. No solamente di mi nombre; sino que afronté resueltamente la lucha política, literaria y social, pues en aquel tiempo no había competencia entre el gobierno y oposición alguna, sino entre las ideas, las tendencias y la acción de los dos grandes partidos: el conservador, fuertemente unido, y el radical. El viejo partido liberal había caído con Melo y Obando, y estaba anulado.

Bien que yo solo sostenía con mi pluma cinco o seis secciones del |Neo-Granadino (la editorial, el folletín, las crónicas interior y exterior, las variedades y revista de Bogotá y la sección de literatura), colaboraban algunas veces varios jóvenes de talento que no habían ganado aún reputación de escritores. Recuerdo entre ellos principalmente a José María Baraya, Ricardo Becerra, Aníbal Galindo y Nicolás Pardo. A no pocos de mis colaboradores lavé con esmero la ropa sucia, es decir, que les corregía sus artículos, fruto del entusiasmo y del talento sin experiencia ni suficiente ilustración; con lo que salían a luz legibles, y sus autores fueron haciéndose conocer.

De los cuatro que particularmente he citado, Baraya, después de hacer carrera política muy mediana, no obstante su gran capacidad, acaso por tener carácter muy independiente y por motivos de otro orden, se lanzó en la guerra de 1876, del lado del gobierno, y acabó por ser doctor general, como tantos otros. Murió de muerte natural a mediados de 1877, querido por muchos, sin un enemigo, sin haber hecho mal a nadie en su vida pública, y dejando a su numerosa familia en suma pobreza.

Becerra, dotado de clarísimo talento, mucho valor moral, suma elasticidad intelectual, carácter muy vigoroso y ardiente y gran deseo de instruírse, a poco se alejó del país, y en Caracas no sólo se formé por completo como un periodista distinguido, sino que llegó a ser una potencia como redactor del |Federalista. Guzmán Blanco le hizo salir huyendo de Venezuela, y, refugiado entre nosotros, volvió a figurar en el periodismo con honor en el muy reducido teatro de Barranquilla. Fuése después para el Perú, como secretario de legación, se vio luego en graves conflictos por su intervención en la prensa, y al cabo hallé en la noble tierra chilena, pais de gente ilustrada y juiciosa, un asilo o segun­da patria. Alli vivió con honor y brillo, contribuyendo eficazmente a la gloria de las letras americanas y a la dirección de la política; y pudo decirse de él, sin exageración alguna, que era uno de los más eminentes diaristas del mundo que escribe y habla castellano. En 1880 ha regresado a Colombia, donde ha servido con integridad y lucimiento las Secretarías de Instrucción Pública, Relaciones Exteriores y Fomento.

De Galindo... casi nada diré. Lo mucho bueno que yo dijera de él, sería mal recibido por algunos de mis compatriotas; y lo malo, podría parecer fruto de extinguidos resentimientos políticos o personales. Es demasiado conocido para que yo haya menester describir su carácter y calidades, ni calificar sus actos; y sólo añadiré que, a pesar de nuestras discordancias religiosas, luchas políticas y desavenencias personales de años anteriores, le quiero y estimo con sinceridad. La inteligencia de Galindo es una de las más claras, amplias y elásticas que yo haya conocido, entre los colombianos de su generación, y son notabilísimas sus dotes de escritor y orador y sus aptitudes administrativas; por desgracia, estas grandes cualidades no están equilibradas con una cantidad equivalente de modestia, previsión, discreción y consistencia de carácter...

En cuanto a Nicolás Pardo, hizo carrera en la magistratura, en los cuerpos representativos y algo en el servicio consular; no poco desavenidos estuvimos desde 1873, bien que no le tuve mala voluntad ni le guardé rencor; y le vi poner de manifiesto su talento en la mayor parte de sus escritos. Después de haber formado por largo tiempo, desde su primera juventud, en las filas del radicalismo, desde 1879 perteneció a la fracción liberal "independiente", o moderada, en la que han figurado Zaldúa, Núñez, Camacho Roldán, Trujillo, Ibáñez, Payán, Santodomingo Vila, Campo Serrano, Wílches, Otálora, Hurtado y muchos otros hombres notables. Murió Pardo en su tierra natal en el presente año, después de mucho sufrir, cristianamente y entristecido por amargos desengaños.

Por aquel tiempo, de 1855 a 1857, mi laboriosidad literaria, corrió parejas con mi actividad política. Particularmente me sentí atraído entonces por el arte dramático, sin descuidar por eso del todo la poesía lírica, y mi primer ensayo fue un drama en cinco actos y en prosa, intitulado: |La Conspiración de septiembre, en el cual ponía en escena a los principales  personajes que figuraron en los acontecimientos del 25 de septiembre de 1828.

Tenía este drama, como obra de arte, dos defetos capitales y un grave inconveniente. Los defectos eran, el tono y estilo declamatorios (que no eran solamente míos, sino de mi tiempo, mi generación y mi escuela radical), y no pocos monólogos, algu­nos excesivos, que indican por lo común pobreza de recursos artísticos o escaso conocimiento del arte escénico. El inconveniente grave era éste: que en 1856 eran casi recientes los sucesos de 1828, y gran número de espectadores o lectores del drama, que habian conocido a sus actores, no podían menos de perder mucho la ilusión necesaria para el buen éxito de las piezas dramáticas, y hacer perjudiciales comparaciones entre los actores representados y los representantes. En cuanto a la sustancia, mi drama adolecía de un gravísimo defecto histórico: era muy apasionado contra Bolívar y su partido, porque, sobre la fe de los antibolivarianos cuyo es­píritu había educado el mío, yo admitía como verdades históricas algunos hechos que no han sido comprobados y han quedado en la categoría de su­posiciones o imputaciones de partido. Con todo, mi primer drama fue muy popular, y ha sido repre­sentado en muchos teatros del país y de otras repúblicas americanas.

Muy superior era, como pintura gráfica de una situación política y como obra de arte, mi segundo drama: |El hilo del |pueblo. El dato era verdadero, según las circunstancias sociales del país; el estilo, también declamatorio y poético, era el de la juventud, del periodismo y de casi todas las obras literarias de la época, sobre todo las de los radicales; y las tendencias y escenas del drama correspondían al gran movimiento de reforma que se operaba en la República desde 1849. Con todo, mi segunda obra adolecía de muchos defectos de estilo, plagado como estaba entonces de galicismos y ampulosidades el de casi todos los radicales.

Mucho mejor inspirado estuve al escribir mi tercer drama: Dios corrige, no mata. No solamente la versificación era generalmente sonora, suelta y esmerada (que se me permita decirlo), sino más acertada la distribución de toda la acción y más originales el asunto y el modo de tratarlo. El objeto esencial del drama era combatir la idea de la venganza como medio de cubrir el honor ofendido: la pena de muerte impuesta de hecho para castigar la deshonra de una mujer; y poner de manifiesto que, al contrario, el remedio debía consistir en esto: traer al ofensor, por sus pasos contados, al arrepentimiento para que al cabo reparase la ofensa. Toda la moral del drama estaba comprendida en esta cuarteta del final del acto primero:

La honra no se rescata

con sangre del seductor!

Que el puñal castiga o mata,

pero queda el deshonor!

Dos circunstancias curiosas ocurrieron con motivo de la representación de este drama en el teatro de Bogotá. La primera fué una extraña coincidencia que dio a la verosimilitud de la pieza toda la fuerza de la realidad. Yo la tenía escrita desde mediados de 1856, cuando ocurrió en la calle más pública de Bogotá la trágica muerte de Ricardo Vanegas, muerto a manos del padre de una señorita con quien el gallardo publicista debía casarse para cumplir con un deber de honor y de conciencia; y este acontecimiento escandaloso venía en cierto modo a ser, |a posteriori, el argumento de mi drama.

El padre homicida, mal informado, creyó que yo iba a exhibirle en las tablas y profirió serias amenazas; con lo que el público tuvo mayor curiosidad e interés por el drama. No hice caso de amenazas ni decires, y la pieza fue representada y muy aplaudida, sin que ocurriese novedad alguna.

La otra circunstancia fue esta: estaba yo ayudando al doctor Lleras, director del teatro, en los ensayos de mi drama, cuando el alcalde del distrito, un viejo coronel Arce, mandó anunciar que no permitiría la representación, por cuanto no le habían sometido la pieza a su previa censura. Esto era, sobre ilegal, ridículo, pues la censura previa estaba legalmente abolida, y el pobre alcalde, si bien antiguo servidor de la patria, no era hombre de alcances para criticar en bien ni en mal una pieza dramática. El incidente se allanó, pero yo, irritado con la intimación del alcalde, juré en el escenario que le castigaría poniéndole en ridículo en su calidad de alcalde viejo y viejo alcalde. De aquí nació inmediatamente mi más espontánea, verdadera y original, mi mejor y más popular pieza dramática: |Un alcalde a la antigua.

En efecto, hacía días que yo deseaba ensayar mis fuerzas en la comedia de costumbres, y agitaba en la mente el asunto y los rasgos principales de una enteramente gráfica. Tenía muy vivos recuerdos de personajes de pueblo, estudiados a lo vivo en Honda y Guaduas, en Ibagué, Ambalema y La Mesa, y me proponía combinarlos todos con el tipo del |cachaco bogotano, y aunar a verdaderas escenas de costumbres un buen cúmulo de burlas y sátiras políticas. Excitado por el incidente del alcalde de Bogotá, me propuse escribir mi comedia, en un acto, aquella misma noche, si la musa me ayudaba; y no me parecía ésto mucha empresa, cuando había escrito en ocho o quince días cada uno de los tres dramas anteriores.

Tenía yo a las ocho de la noche trazado todo el plan de mi comedia, con la exposición de todo el argumento y la división en escenas, cuando entró en mi cuarto de estudio Manuel Pombo a visitarme, y me encontró tomando café negro. Aquella noche, para combatir el sueño, me tomé cosa de seis tazas.

-¿Qué tienes ahora entre manos? -me dijo Pombo al entrar-. ¿Algunos cinco dramas para después de los que están representándote?

-No: ahora es una comedia. Quiero saber si esta es mi cuerda más bien que la del drama.

-¿Tu cuerda? ¡Bah! Tienes tantas, que lo difícil para ti es tirar de una sola.

-Pues esta noche escribo una comedia de costumbres en un acto. Ya iba a comenzar cuando llegaste.

-Entonces me voy.

-Sí; vete, Manuel, porque me siento inspirado: mi |alcalde se me sale por todos los poros.

-¿Cuando lo hayas acabado me lo leerás?

-Sin duda; pero no será mañana, porque estaré muy ocupado.

 

Salió de casa Pombo y me encerré a escribir. A eso de las cinco de la mañana acabé mi comedía: salió de una sola pieza y en un acto demasiado largo, y con tal exuberancia de versificación que había que suprimirle mucho.

A medio día, cuando la compañía dramática estaba reunida para dar el último ensayo a mi drama, me presenté con mi comedia, que simplemente se intitulaba: |Un alcalde a la antigua. Nadie quería creer que yo hubiera escrito la obra en nueve horas, y el doctor Lleras me miraba con asombro, porque no dudaba de mi palabra. Leyó en seguida mi comedía y me dijo:

"Hay asunto en la obra de usted para una bellísima comedia en dos actos. La que usted ha escrito es demasiado larga para sainete. Divídala en dos, desarrollando la idea con más extensa trama, y le quedará excelente".

Así lo hice en los seis u ocho días siguientes, transformando la obra, y resultó la comedia que todos conocen, intitulada: |Un alcalde a la antigua y dos primos a la moderna, la que en breve fue representada muchas veces con universal aplauso.

A poco escribí otra comedia en verso, en un acto. Habíase introducido en Bogotá la pésima costumbre de hacer apuestas entre hombres y mujeres por los Aguinaldos, y con este motivo se cometían muchos y graves abusos, no solo en las casas y las calles a toda hora, sino también en las misas que se decían de madrugada, ocurriendo muchos desórdenes en las costumbres, así en los atrios de las iglesias como dentro de ellas. Yo quise no solo corregir, sino matar aquellas malas costumbres, y para ello escribí una comedia en verso: |Los Aguinaldos. Fue presentada en el teatro de Bogotá y produjo todo su efecto. Se acabaron enteramente |las apuestas, las madrugadas imprudentes, las entrevistas sospechosas y muchos otros abusos de los |Aguinaldos, lo que fue un triunfo para mí y para el arte dramático.

Pero un critico mordaz que no podía soportar que otros fueran aplaudidos, me lanzó un ataque por |Los Aguinaldos. ¿Qué hice? Vengarme retratándole en uno de los personajes más ridículos de otra comedia en verso y cuatro actos, que escribí inmediatamente bajo este título: Percances de un empleo. Todos los espectadores, al ver el personaje de don Mariano, el poetacrítico, dijeron al punto:

Ese es |Fulano. Y |Fulano me cogió miedo e hizo paces conmigo.

Si los |Percances de un empleo ponían de manifiesto y de relieve muchos rasgos de las costumbres nacionales y cuatro o cinco tipos sociales nuestros, muy caracterizados, como el llanero de San Martín, el |cachaco bogotano, etc., en otra comedia, que en seguida escribí, la mayor parte en prosa, pinté a lo vivo las costumbres que había en Bogotá, motivadas por el descrédito fiscal, el agio y el triste estado de la tesorería nacional. Así, la escena de Un día de pagos, con diez y siete personajes, pasaba en los salones mismos de la tesorería, y todo era retratado con absoluta fidelidad.

Después he escrito otras piezas dramáticas, entre otras: Un drama de familia y Las muelas; pero no he querido darlas a luz, porque nada es más ingrato entre nosotros que el trabajo dramático. Para edificación de los que quieran escribir piezas para el teatro colombiano referiré un solo hecho. Yo vivía casi en frente del teatro, calle de por medio, y constantemente, a título, de vecino, era víctima de los petardos de los actores, siempre pobres y mal traídos, y prestaba muchos servicios eficaces al director, entre otros el de facilitarle muchos objetos y recursos para las representaciones y ayudarle frecuentemente a ensayar las piezas que hacía representar. En fin, mi pluma (con cuatro de mis piezas dramáticas, representadas con muy buen éxito), le hizo ganar más de cinco mil pesos netos en poco tiempo. Y sin embargo... el director no llegó a obsequiarme ni con una boleta de entrada; no le ocurrió siquiera que el autor debía entrar gratis, y siempre pagué mi entrada para hacer ejecutar mis piezas. El director creía hacerme un favor con darlas a la escena, y si ellas me dieron alguna reputación no me procuraron, por otro lado, sino gastos y pérdidas. Tal es la suerte del autor dramático en Colombia, y la misma ha cabido, con poca diferencia, a Caicedo Rojas, Lázaro María Pérez y otros autores.

Pero acaso mi queja sea infundada, en lo tocante a nuestro país; acaso nuestra sociedad sea todavía demasiado joven, de suerte que no le haya llegado su época teatral. Quizás por mucho tiempo, mientras no tengamos verdadera historia, tradiciones claras y costumbres bien formadas, no saldremos del primer período literario: el de la poe­sía lírica, talvez el poema épico y la novela puramente descriptiva de costumbres y de cuadros de nuestra rica, variada y admirable Naturaleza. Tiempo llegará en que el teatro sea una necesidad permanente, una verdadera institución social y dé alimento y estímulos a la literatura dramática. Los que en Colombia hemos querido cultivarla, desde Fernández Madrid y Luis Vargas Tejada hasta José Manuel Lleras, Carlos Posada y Joaquín M. Pérez, recientes artistas muy inteligentes y bien inspirados, nos hemos anticipado un siglo o poco menos en el propósito y trabajo de crear un teatro colombiano. Los que vengan después serán más afortunados.

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