LUCHAS POLITICAS Y
LITERARIAS
Durante la lucha armada de 1854 hubo de hacerse nueva elección
de vicepresidente de la República. Los viejos liberales, casi todos
|melistas, o a lo menos obandistas, no tuvieron ni pudieron
tener candidato. Los conservadores y los radicales, bien que
aliados en la guerra, sostuvieron sus campos electorales
respectivos, y el doctor Manuel María Mallarino, candidato de los
primeros, fue elegido vicepresidente, en competencia con el doctor
Murillo. Todavía en aquel tiempo era notoriamente debil el partido
radical, aunque en la lucha armada se mostró decidido, abnegado y
valeroso.
Obando fue solemnemente condenado a la destitución por el
Senado, bien que en seguida le absolvió la Corte Suprema de los
cargos por delitos políticos; y así quedó consumada en los hechos
como en la opinión la ruina del viejo liberalismo. En lo sucesivo
la lucha o competencia de los partidos iba a ser más sustancial que
nunca, sostenida entre el conservatismo y el radicalismo: el
primero con muchos puntos de teocrático entonces, y el segundo
marcadamente socialista.
Por fortuna Mallarino, si bien era decididamente conservador y
creyente, nada tenía de absolutista ni teocrático. Era sincero
republicano, hombre justo, conciliador y amigo del progreso, amante
en supremo grado de las letras y de la buena compañía y hombre
|civil en toda la extensión de la palabra. Inició
gloriosamente la política de la tolerancia, la conciliación y la
honrada neutralidad del gobierno en las luchas de los partidos
-política noble y fecunda que hasta hoy día no ha sido imitada ni
seguida por ninguno de nuestros gobernantes, salvo, en parte, por
el general Santos Gutiérrez y el doctor.
Núñez-; política salvadora (sobre todo después de una época de
crisis muy peligrosa y cruenta guerra civil), que venía a
reemplazar la practicada hasta entonces por cada uno de nuestros
presidentes: la de gobernar exclusivamente con su partido y casi
también solamente para su partido.
Mallarino, y esta será para su nombre una gloria inmarcesible,
gobernó con la nación y para la nación, y su política fue, por lo
mismo, generosa, confiada y desinteresada. Rodeóse de hombres muy
notables de todos los partidos, y con ellos dio a todos seguridad y
garantías. Fueron sus secretarios:
de gobierno, el doctor Vicente Cárdenas, muy ilustrado
conservador; de hacienda, Plata, viejo liberal y hombre de recursos
para el manejo práctico de los intereses fiscales; de guerra y
marina, el doctor Rafael Núñez, radical de doctrina y elevados
sentimientos, y de relaciones exteriores, don Lino de Pombo, que
tenía al propio tiempo mucho de liberal y de conservador, con lo
que su persona era, por decirlo así, la encarnación misma de la
política que había de seguir la administración de Mallarino. A poco
de estar éste gobernando, confió la cartera de gobierno por
renuncía o excusa del titular, al doctor Cerbeleón Pinzón, otro
hombre conciliador, de gran capacidad y notoria ilustración; con lo
que puede decirse que en el ministerio la mayoría era liberal, en
completa armonía con un presidente conservador.
Bien consideradas las cosas, durante la administración Mallarino
no hubo oposición; por la sencilla razón de que ella era neutral,
inofensiva, decidida por la legalidad, y estaba desarmada. Debiendo
gobernar la república cuando ésta acababa de salir de una
sangrienta guerra civil, de juzgar y destituir a su presidente y de
adoptar algunas medidas severas para castigar a los culpados, sin
embargo, redujo el ejército a 400 hombres y mandó desmantelar todas
las fortalezas y vender los cañones de todas ellas de los
principales parques. Se echó en brazos de la nación, confiando sin
reserva en su lealtad y la nación correspondió a esta
confianza.
Varios contratos que celebró el señor Plata fueron censurados
por
|El
|Tiempo y toda la prensa radical, mas no como
actos políticos, sino como actos de administración. Mucho le
tachamos su manera de hacer frente a las dificultades del tesoro:
recibía sumas en papeles de deuda pública, dotadas con algún
dinero, y por el todo reconocía deudas muy elevado interés. Esto
era vivir de expediente gravando seriamente el mañana por salir a
media de los apuros de cada día. Verdad es que la situación del
tesoro era cruel: era la de un negociante que debe pagar mucho más
del monto de sus entradas posibles, y recurre a mil expedientes
ingeniosos, a las veces poco dignos y casi siempre ruinoso por no
tener que presentarse en quiebra.
Otro asunto de censura contra Mallarino fué su resistencia, en
1855, a la abolición a la pena de muerte por delitos comunes; que
por los político estaba abolida desde 1848. En su mensaje de
objeciones a la ley de abolición, Mallaríno expuso razones muy
poderosas y la principal fue ésta: la ley suprime la pena de
muerte, pero no crea, en si reemplazo, los establecimientos de
castigo necesarios para castigar y corregir a los criminales y
ofrecer a la sociedad ejemplos y garantías. ¿No se seguirán de esto
la impunidad, la inseguridad, por lo mismo la desmoralización?
Colocada la cuestión en el punto de vista práctico o de sensata ad
ministración de justicia, no tenían réplica raciona. las objeciones
del presidente. Para los radicales, esencialmente teóricos y
doctrinarios hasta entonces, la cuestión era de puro derecho
natural. "La vida del hombre es sagrada, inviolable". Sobre este
tema rodaban todos nuestros razonamientos; pero es obvio que sí la
filosofía política estaba de nuestra parte, la filosofía penal
estaba en contra. Procedíamos como pensadores lógicos o menos
ideólogos, sin tomar en cuenta la situación ni las costumbres del
país.
Ello fue que hicimos mucho ruido con la cuestión del cadalso,
apasionándola con declamaciones. El doctor Pinzón, hombre humilde y
convencido, era abolicionista, y prefirió dejar la cartera de
gobierno por no suscribir las objeciones, bien que estaba en tan
apurada pobreza que necesitaba del sueldo literalmente para comer.
El doctor Luciano Jaramillo, miembro de una de las cámaras, tuvo el
valor de aceptar aquella cartera y presentarse ante Congreso a
sostener las objeciones, así como se había opuesto a la ley. Los
radicales de entonces, con sobra de pasión, glorificamos a Pinzón y
dimos Mallarino y a Jaramillo el dictado de patibularios. Pero uno
y otro de aquellos hombres públicos cumplían con su deber, porque
obraban conforme a más convicciones y guiados por muy honrados
propósitos. El radicalismo se mostró en aquella ocasión sobrado
intolerante, apasionado, sistemático, y, por lo mismo, injusto. En
cuanto a la ley de abolición faltóle al cabo la suficiente mayoría
para una resistencia eficaz de las Cámaras, y no tuvo efecto
quedando en su fuerza las objeciones del poder ejecutivo.
Una ley de 1855, dada a virtud de facultad constitucional
expresa, creó el Estado de Panamá, compuesto de las provincias del
Istmo. Así se daba el primer paso decisivo en la adopción del
sistema federal; pues era evidente que, una vez solicitada y
decretada la creación de un Estado, las demás provincias seguirían
el ejemplo, y al cabo de pocos años toda la república sería
transformada en una federación. Al constituirse el Estado de
Panamá, eligió sus senadores y representantes para el período de
1856 y 1857, y yo fui del número de los segundos. Yo era totalmente
desconocido en Panamá (salvo por mis escritos, pues aun había sido
colaborador de El Panameño, periódico que dirigía con habilidad don
Mariano Arosemena), y al elegirme el Estado quiso, por una parte,
tener en el Congreso (con Ancízar, también elegido representante),
dos diputados residentes en Bogotá que le apoyasen con vigor en sus
justas exigencias; y por otra, premiar los esfuerzos que yo, como
publicista, había hecho constantemente en favor de la adopción del
régimen federal.
Y aquí es pertinente que yo explique cómo y hasta qué grado era
federalista. Yo distinguía, como era justo, dos órdenes de
intereses sustancialmente distintos: el de los políticos y el de
los administrativos. En el orden político, yo quería que a todo
trance se mantuviese la unidad nacional, entendiendo por tal todo
aquello que, en las instituciones y la estructura del gobierno,
había de mantener
|un solo pueblo compuesto de la
|totalidad de los neogranadinos, con unos mismos derechos y
deberes y un
|territorio común, y por tanto, una sola
nación soberana. Así era que en manera alguna quería yo la creación
de Estados soberanos, ni tengo noticia de que nadie le hubiera
solicitado hasta 1860, época en que el general Mosquera, con el fin
de dar una bandera fascinadora a la injustificable revolución
armada que encabezó con los radicales, proclamé por primera vez la
extravagante ficción de la soberanía de los Estados constituidos de
1855 a 1857 a virtud de leyes del gobierno central.
En mi sentir, la soberanía era una e indivisible, por tradición
nacional, por necesidad imperiosa de buen gobierno y de paz y
seguridad, y por consecuencia lógica de los principios de la
ciencia constitucional. Crear Estados soberanos habría sido un acto
de demencia, de destrucción de la unidad histórica y etnológica de
nuestro pueblo, para sustituir al gobierno de la nación la anarquía
y la guerra civil permanentes. Nadie pensó en promover tal
monstruosidad, y es notorio que todas las leyes de 1855 a 1857 que
crearon los Estados, y la Constitución de 1858 que organizó la
indebidamente llamada
|Confederación granadina, fueron
calcadas sobre la idea, universal en el país, de mantener la unidad
nacional del púeblo neogranadino y de su territorio y
sus instituciones fundamentales de república democrática.
No acontecía lo propio en lo tocante a los intereses
administrativos. Era evidente, por una parte, que el número de
nuestras provincias (cosa de 44 en 1853) era excesivo. Todas eran
impotentes, por falta de rentas, de buenas vías de comunicación, de
suficiente personal hábil y de otros elementos necesarios, para
procurarse la acertada administración interior que comportaba el
régimen de amplia descentralización establecido por la Constitución
radical y semifederal de 1853. Pero al mismo tiempo que existía y
era por todos reconocida aquella impotencia, no había modo de
agrupar las 44 provincias pequeñas en seis, siete u ocho grandes
provincias que tuviesen, según sus analogías, los recursos y
elementos necesarios para lograr una buena y fecunda
administración. Ninguna quería ser absorbida por otra, mediante
una simple anexión un agrupamiento puramente legal. En todas se
habían creado ya hábitos de administración propia y nuevos
intereses y movimientos administrativos; y solo un agrupamiento en
|Estados federales podía, dándoles mayor rango político o
de nombre, suprimir entre ellas la susceptibilidad local e
inspirarles conformidad para sacrificar su rango y categoría de
|divisiones nacionales o
|provincias.
Por otra parte, había en 1855, como hay actualmente y habrá por
largo tiempo, causas etnologicas y topográficas muy decisivas, de
diversidad en el
|modo de obrar de los numerosos grupos de
población neogranadina creados por las circunstancias. Diferencias
de raza muy notables; costumbres y producciones muy distintas;
climas tan variados que son hasta opuestos; formidables cordilleras
que separan los valles y las altas planicies de mayor población;
distancias enormes, sin buenas comunicaciones; diversidad notable
en las condiciones de la riqueza, y por lo mismo en los elementos
de los impuestos y de los recursos administrativos; y una
inmensidad de territorio, con la cual no guardaba proporción alguna
la masa de nuestra población: todo esto hacía necesario dividir la
Nación en un reducido número de entidades con administración propia
independiente, capaces de obrar con homogeneidad y energía para
procurar el buen desarrollo de todos sus intereses.
A este fin conducía, en mi sentir, la popular creación de los
|Estados federales en la
|unidad nacional; y
precisamente por esto fue inconveniente la libertad que se otorgó a
los Estados para darse legislación
|civil y penal propia,
pues ninguna necesidad había de diversificar en este punto la
legislación, lo que aparejaba en cierto modo la división de la
soberanía.
La federación, tal como la comprendíamos todos hasta 1857, no
era realmente una reconstitución política del país, sino una
reorganización de las entidades en que estaba dividida la
República, adoptada con el objeto de facilitar una gran revolución
legal administrativa, abriendo amplio cauce al progreso y
desarrollo de todos los intereses sociales. De ningún modo se
trataba de dividir al pueblo neogranadino en ocho o nueve pueblos
más o menos antagonistas, como luego han venido a ser, ni de
dividir la autoridad verdaderamente política entre numerosas
entidades
|soberanas.
Este fue mi federalismo, y por su triunfo me agité con empeño,
siendo, como publicista y legislador, uno de los que más ardiente y
laboriosamente trabajaron por popularizar y hacer efectiva la
reforma. No me pesa el haber procedido así, no obstante el inmenso
cúmulo de males que han sobrevenido a mi patria, desde 1859;
mayormente cuando por ellos ninguna responsabilidad pesa sobre mí,
pues ni participé de la revolución de 1860, que explícitamente
condené muchas veces desde Europa, ni aprobé mucha parte de la
Constitución del 63, que critiqué desde Lima, ni jamás consideré
acertada, sino artificial, ficticia y funesta, la decantada
soberanía de los Estados, proclamada por la Convención de Rionegro.
A más de esto, como se verá en la tercera parte de estas
|Memorias o historia de mi alma, al regresar del extranjero
comencé inmediatamente a combatir los excesos y abusos del
liberalismo triunfante, y desde entonces (1864) he estado casi
constantemente del lado de la oposición y sosteniendo o
preconizando una política de conciliación entre los dos grandes
partidos nacionales, de estricta legalidad y de reforma
constitucional, que corrigiese los males causados por la guerra, la
adulteración de nuestro régimen federal y la perversión del
espíritu de partido.
Hacia fines de 1855 me habló el señor Ernesto del Villar (dueño
entonces de la imprenta llamada del Neo-Granadino, que había
pertenecido sucesivamente a los señores Ancízar, Pradilla y
Murillo) para que tomase a mi cuidado la redacción del periódico,
suspendido entonces, que había salido desde 1848 de las prensas
manejadas por los Echeverrías. Convine en ello, dando nueva forma
al periódico, y haciéndolo bisemanal y de considerables
dimensiones; con lo que volví a sostener la lucha tipográfica como
redactor único del
|Neo-Granadino. No solamente di mi
nombre; sino que afronté resueltamente la lucha política, literaria
y social, pues en aquel tiempo no había competencia entre el
gobierno y oposición alguna, sino entre las ideas, las tendencias y
la acción de los dos grandes partidos: el conservador, fuertemente
unido, y el radical. El viejo partido liberal había caído con Melo
y Obando, y estaba anulado.
Bien que yo solo sostenía con mi pluma cinco o seis secciones
del
|Neo-Granadino (la editorial, el folletín, las crónicas
interior y exterior, las variedades y revista de Bogotá y la
sección de literatura), colaboraban algunas veces varios jóvenes de
talento que no habían ganado aún reputación de escritores. Recuerdo
entre ellos principalmente a José María Baraya, Ricardo Becerra,
Aníbal Galindo y Nicolás Pardo. A no pocos de mis colaboradores
lavé con esmero la ropa sucia, es decir, que les corregía sus
artículos, fruto del entusiasmo y del talento sin experiencia ni
suficiente ilustración; con lo que salían a luz legibles, y sus
autores fueron haciéndose conocer.
De los cuatro que particularmente he citado, Baraya, después de
hacer carrera política muy mediana, no obstante su gran capacidad,
acaso por tener carácter muy independiente y por motivos de otro
orden, se lanzó en la guerra de 1876, del lado del gobierno, y
acabó por ser doctor general, como tantos otros. Murió de muerte
natural a mediados de 1877, querido por muchos, sin un enemigo, sin
haber hecho mal a nadie en su vida pública, y dejando a su numerosa
familia en suma pobreza.
Becerra, dotado de clarísimo talento, mucho valor moral, suma
elasticidad intelectual, carácter muy vigoroso y ardiente y gran
deseo de instruírse, a poco se alejó del país, y en Caracas no sólo
se formé por completo como un periodista distinguido, sino que
llegó a ser una potencia como redactor del
|Federalista.
Guzmán Blanco le hizo salir huyendo de Venezuela, y, refugiado
entre nosotros, volvió a figurar en el periodismo con honor en el
muy reducido teatro de Barranquilla. Fuése después para el Perú,
como secretario de legación, se vio luego en graves conflictos por
su intervención en la prensa, y al cabo hallé en la noble tierra
chilena, pais de gente ilustrada y juiciosa, un asilo o segunda
patria. Alli vivió con honor y brillo, contribuyendo eficazmente a
la gloria de las letras americanas y a la dirección de la política;
y pudo decirse de él, sin exageración alguna, que era uno de los
más eminentes diaristas del mundo que escribe y habla castellano.
En 1880 ha regresado a Colombia, donde ha servido con integridad y
lucimiento las Secretarías de Instrucción Pública, Relaciones
Exteriores y Fomento.
De Galindo... casi nada diré. Lo mucho bueno que yo dijera de
él, sería mal recibido por algunos de mis compatriotas; y lo malo,
podría parecer fruto de extinguidos resentimientos políticos o
personales. Es demasiado conocido para que yo haya menester
describir su carácter y calidades, ni calificar sus actos; y sólo
añadiré que, a pesar de nuestras discordancias religiosas, luchas
políticas y desavenencias personales de años anteriores, le quiero
y estimo con sinceridad. La inteligencia de Galindo es una de las
más claras, amplias y elásticas que yo haya conocido, entre los
colombianos de su generación, y son notabilísimas sus dotes de
escritor y orador y sus aptitudes administrativas; por desgracia,
estas grandes cualidades no están equilibradas con una cantidad
equivalente de modestia, previsión, discreción y consistencia de
carácter...
En cuanto a Nicolás Pardo, hizo carrera en la magistratura, en
los cuerpos representativos y algo en el servicio consular; no poco
desavenidos estuvimos desde 1873, bien que no le tuve mala voluntad
ni le guardé rencor; y le vi poner de manifiesto su talento en la
mayor parte de sus escritos. Después de haber formado por largo
tiempo, desde su primera juventud, en las filas del radicalismo,
desde 1879 perteneció a la fracción liberal "independiente", o
moderada, en la que han figurado Zaldúa, Núñez, Camacho Roldán,
Trujillo, Ibáñez, Payán, Santodomingo Vila, Campo Serrano, Wílches,
Otálora, Hurtado y muchos otros hombres notables. Murió Pardo en su
tierra natal en el presente año, después de mucho sufrir,
cristianamente y entristecido por amargos desengaños.
Por aquel tiempo, de 1855 a 1857, mi laboriosidad literaria,
corrió parejas con mi actividad política. Particularmente me sentí
atraído entonces por el arte dramático, sin descuidar por eso del
todo la poesía lírica, y mi primer ensayo fue un drama en cinco
actos y en prosa, intitulado:
|La Conspiración de
septiembre, en el cual ponía en escena a los principales
personajes que figuraron en los acontecimientos del 25 de
septiembre de 1828.
Tenía este drama, como obra de arte, dos defetos capitales y un
grave inconveniente. Los defectos eran, el tono y estilo
declamatorios (que no eran solamente míos, sino de mi tiempo, mi
generación y mi escuela radical), y no pocos monólogos, algunos
excesivos, que indican por lo común pobreza de recursos artísticos
o escaso conocimiento del arte escénico. El inconveniente grave era
éste: que en 1856 eran casi recientes los sucesos de 1828, y gran
número de espectadores o lectores del drama, que habian conocido a
sus actores, no podían menos de perder mucho la ilusión necesaria
para el buen éxito de las piezas dramáticas, y hacer perjudiciales
comparaciones entre los actores representados y los representantes.
En cuanto a la sustancia, mi drama adolecía de un gravísimo defecto
histórico: era muy apasionado contra Bolívar y su partido, porque,
sobre la fe de los antibolivarianos cuyo espíritu había educado el
mío, yo admitía como verdades históricas algunos hechos que no han
sido comprobados y han quedado en la categoría de suposiciones o
imputaciones de partido. Con todo, mi primer drama fue muy popular,
y ha sido representado en muchos teatros del país y de otras
repúblicas americanas.
Muy superior era, como pintura gráfica de una situación política
y como obra de arte, mi segundo drama:
|El hilo del
|pueblo. El dato era verdadero, según las circunstancias
sociales del país; el estilo, también declamatorio y poético, era
el de la juventud, del periodismo y de casi todas las obras
literarias de la época, sobre todo las de los radicales; y las
tendencias y escenas del drama correspondían al gran movimiento de
reforma que se operaba en la República desde 1849. Con todo, mi
segunda obra adolecía de muchos defectos de estilo, plagado como
estaba entonces de galicismos y ampulosidades el de casi todos los
radicales.
Mucho mejor inspirado estuve al escribir mi tercer drama: Dios
corrige, no mata. No solamente la versificación era generalmente
sonora, suelta y esmerada (que se me permita decirlo), sino más
acertada la distribución de toda la acción y más originales el
asunto y el modo de tratarlo. El objeto esencial del drama era
combatir la idea de la venganza como medio de cubrir el honor
ofendido: la pena de muerte impuesta de hecho para castigar la
deshonra de una mujer; y poner de manifiesto que, al contrario, el
remedio debía consistir en esto: traer al ofensor, por sus pasos
contados, al arrepentimiento para que al cabo reparase la ofensa.
Toda la moral del drama estaba comprendida en esta cuarteta del
final del acto primero:
La honra no se rescata
con sangre del seductor!
Que el puñal castiga o mata,
pero queda el deshonor!
Dos circunstancias curiosas ocurrieron con motivo de la
representación de este drama en el teatro de Bogotá. La primera fué
una extraña coincidencia que dio a la verosimilitud de la pieza
toda la fuerza de la realidad. Yo la tenía escrita desde mediados
de 1856, cuando ocurrió en la calle más pública de Bogotá la
trágica muerte de Ricardo Vanegas, muerto a manos del padre de una
señorita con quien el gallardo publicista debía casarse para
cumplir con un deber de honor y de conciencia; y este
acontecimiento escandaloso venía en cierto modo a ser,
|a
posteriori, el argumento de mi drama.
El padre homicida, mal informado, creyó que yo iba a exhibirle
en las tablas y profirió serias amenazas; con lo que el público
tuvo mayor curiosidad e interés por el drama. No hice caso de
amenazas ni decires, y la pieza fue representada y muy aplaudida,
sin que ocurriese novedad alguna.
La otra circunstancia fue esta: estaba yo ayudando al doctor
Lleras, director del teatro, en los ensayos de mi drama, cuando el
alcalde del distrito, un viejo coronel Arce, mandó anunciar que no
permitiría la representación, por cuanto no le habían sometido la
pieza a su previa censura. Esto era, sobre ilegal, ridículo, pues
la censura previa estaba legalmente abolida, y el pobre alcalde, si
bien antiguo servidor de la patria, no era hombre de alcances para
criticar en bien ni en mal una pieza dramática. El incidente se
allanó, pero yo, irritado con la intimación del alcalde, juré en el
escenario que le castigaría poniéndole en ridículo en su calidad de
alcalde viejo y viejo alcalde. De aquí nació inmediatamente mi más
espontánea, verdadera y original, mi mejor y más popular pieza
dramática:
|Un alcalde a la antigua.
En efecto, hacía días que yo deseaba ensayar mis fuerzas en la
comedia de costumbres, y agitaba en la mente el asunto y los rasgos
principales de una enteramente gráfica. Tenía muy vivos recuerdos
de personajes de pueblo, estudiados a lo vivo en Honda y Guaduas,
en Ibagué, Ambalema y La Mesa, y me proponía combinarlos todos con
el tipo del
|cachaco bogotano, y aunar a verdaderas escenas
de costumbres un buen cúmulo de burlas y sátiras políticas.
Excitado por el incidente del alcalde de Bogotá, me propuse
escribir mi comedia, en un acto, aquella misma noche, si la musa me
ayudaba; y no me parecía ésto mucha empresa, cuando había escrito
en ocho o quince días cada uno de los tres dramas anteriores.
Tenía yo a las ocho de la noche trazado todo el plan de mi
comedia, con la exposición de todo el argumento y la división en
escenas, cuando entró en mi cuarto de estudio Manuel Pombo a
visitarme, y me encontró tomando café negro. Aquella noche, para
combatir el sueño, me tomé cosa de seis tazas.
-¿Qué tienes ahora entre manos? -me dijo Pombo al entrar-.
¿Algunos cinco dramas para después de los que están
representándote?
-No: ahora es una comedia. Quiero saber si esta es mi cuerda más
bien que la del drama.
-¿Tu cuerda? ¡Bah! Tienes tantas, que lo difícil para ti es
tirar de una sola.
-Pues esta noche escribo una comedia de costumbres en un acto.
Ya iba a comenzar cuando llegaste.
-Entonces me voy.
-Sí; vete, Manuel, porque me siento inspirado: mi
|alcalde se me sale por todos los poros.
-¿Cuando lo hayas acabado me lo leerás?
-Sin duda; pero no será mañana, porque estaré muy ocupado.
Salió de casa Pombo y me encerré a escribir. A eso de las cinco
de la mañana acabé mi comedía: salió de una sola pieza y en un acto
demasiado largo, y con tal exuberancia de versificación que había
que suprimirle mucho.
A medio día, cuando la compañía dramática estaba reunida para
dar el último ensayo a mi drama, me presenté con mi comedia, que
simplemente se intitulaba:
|Un alcalde a la antigua. Nadie
quería creer que yo hubiera escrito la obra en nueve horas, y el
doctor Lleras me miraba con asombro, porque no dudaba de mi
palabra. Leyó en seguida mi comedía y me dijo:
"Hay asunto en la obra de usted para una bellísima comedia en
dos actos. La que usted ha escrito es demasiado larga para sainete.
Divídala en dos, desarrollando la idea con más extensa trama, y le
quedará excelente".
Así lo hice en los seis u ocho días siguientes, transformando la
obra, y resultó la comedia que todos conocen, intitulada:
|Un
alcalde a la antigua y dos primos a la moderna, la que en
breve fue representada muchas veces con universal aplauso.
A poco escribí otra comedia en verso, en un acto. Habíase
introducido en Bogotá la pésima costumbre de hacer apuestas entre
hombres y mujeres por los Aguinaldos, y con este motivo se cometían
muchos y graves abusos, no solo en las casas y las calles a toda
hora, sino también en las misas que se decían de madrugada,
ocurriendo muchos desórdenes en las costumbres, así en los atrios
de las iglesias como dentro de ellas. Yo quise no solo corregir,
sino matar aquellas malas costumbres, y para ello escribí una
comedia en verso:
|Los Aguinaldos. Fue presentada en el
teatro de Bogotá y produjo todo su efecto. Se acabaron enteramente
|las apuestas, las madrugadas imprudentes, las entrevistas
sospechosas y muchos otros abusos de los
|Aguinaldos, lo
que fue un triunfo para mí y para el arte dramático.
Pero un critico mordaz que no podía soportar que otros fueran
aplaudidos, me lanzó un ataque por
|Los Aguinaldos. ¿Qué
hice? Vengarme retratándole en uno de los personajes más ridículos
de otra comedia en verso y cuatro actos, que escribí inmediatamente
bajo este título: Percances de un empleo. Todos los espectadores,
al ver el personaje de don Mariano, el poetacrítico, dijeron al
punto:
Ese es
|Fulano. Y
|Fulano me cogió miedo e hizo
paces conmigo.
Si los
|Percances de un empleo ponían de manifiesto y de
relieve muchos rasgos de las costumbres nacionales y cuatro o cinco
tipos sociales nuestros, muy caracterizados, como el llanero de San
Martín, el
|cachaco bogotano, etc., en otra comedia, que en
seguida escribí, la mayor parte en prosa, pinté a lo vivo las
costumbres que había en Bogotá, motivadas por el descrédito fiscal,
el agio y el triste estado de la tesorería nacional. Así, la escena
de Un día de pagos, con diez y siete personajes, pasaba en los
salones mismos de la tesorería, y todo era retratado con absoluta
fidelidad.
Después he escrito otras piezas dramáticas, entre otras: Un
drama de familia y Las muelas; pero no he querido darlas a luz,
porque nada es más ingrato entre nosotros que el trabajo dramático.
Para edificación de los que quieran escribir piezas para el teatro
colombiano referiré un solo hecho. Yo vivía casi en frente del
teatro, calle de por medio, y constantemente, a título, de vecino,
era víctima de los petardos de los actores, siempre pobres y mal
traídos, y prestaba muchos servicios eficaces al director, entre
otros el de facilitarle muchos objetos y recursos para las
representaciones y ayudarle frecuentemente a ensayar las piezas que
hacía representar. En fin, mi pluma (con cuatro de mis piezas
dramáticas, representadas con muy buen éxito), le hizo ganar más de
cinco mil pesos netos en poco tiempo. Y sin embargo... el director
no llegó a obsequiarme ni con una boleta de entrada; no le ocurrió
siquiera que el autor debía entrar gratis, y siempre pagué mi
entrada para hacer ejecutar mis piezas. El director creía hacerme
un favor con darlas a la escena, y si ellas me dieron alguna
reputación no me procuraron, por otro lado, sino gastos y pérdidas.
Tal es la suerte del autor dramático en Colombia, y la misma ha
cabido, con poca diferencia, a Caicedo Rojas, Lázaro María Pérez y
otros autores.
Pero acaso mi queja sea infundada, en lo tocante a nuestro país;
acaso nuestra sociedad sea todavía demasiado joven, de suerte que
no le haya llegado su época teatral. Quizás por mucho tiempo,
mientras no tengamos verdadera historia, tradiciones claras y
costumbres bien formadas, no saldremos del primer período
literario: el de la poesía lírica, talvez el poema épico y la
novela puramente descriptiva de costumbres y de cuadros de nuestra
rica, variada y admirable Naturaleza. Tiempo llegará en que el
teatro sea una necesidad permanente, una verdadera institución
social y dé alimento y estímulos a la literatura dramática. Los que
en Colombia hemos querido cultivarla, desde Fernández Madrid y Luis
Vargas Tejada hasta José Manuel Lleras, Carlos Posada y Joaquín M.
Pérez, recientes artistas muy inteligentes y bien inspirados, nos
hemos anticipado un siglo o poco menos en el propósito y trabajo de
crear un teatro colombiano. Los que vengan después serán más
afortunados.