INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
LA TOMA DE BOGOTA Y SUS CONSECUENCIAS

 

 

 

La insurrección de Melo, si como manifestación de hecho era muy personal, por sus antecedentes y tendencias había sido un acto político de mucha importancia. Por una parte, el militarismo quiso dominar la República, sobreponiéndose a la voluntad popular y a las ideas de gobierno civil. Por otra, el viejo partido liberal, cogiendo miedo a las reformas, arriaba su bandera y quería restablecer la antigua centralización. Al hallarse dueño del poder, se acomodaba con los medios de acción de la antigua política conservadora; y así ponía de manifiesto que sus corifeos y sus muchedumbres democráticas no tenían principios, sino pasiones e intereses personales o de partido.

Y con todo, tan fuertes elementos había tenido Melo de su parte en un principio -los recursos del gobierno y el fanatismo de las turbas democráticas-, que hubiera podido señorearse de la República, por sorpresa, si hubiese tenido algún talento militar y político. Llegó a tener bajo su mando once mil hombres de muy buenas tropas, y las fue perdiendo en operaciones parciales o en la inacción hasta tener que encerrarse en Bogotá para sucumbir de un modo inevitable.

Hubo, sin embargo, un momento crítico en que la situación pudo haberse complicado muy seriamente. Si Obando, al ver a Melo fuerte pero inepto, se hace sacar de su simulada prisión del palacio de gobierno, asume el mando como presidente constitucional (antes de ser suspendido por el Congreso de Ibagué), pone preso a Melo, siquiera en apariencia, y concede una amnistía y llama a los pueblos en su apoyo, nos habríamos hallado en una gran dificultad. Sin duda que López, ni Herrán, ni París, ni Mosquera, ni Herrera, ni Arboleda, Viana, Gutiérrez y tantos otros jefes, ni muchísimos subalternos, no habríamos caído en el garlito; ¡pero cuántas defecciones no habrían disminuído nuestros ejércitos, que las apariencias hubieran hecho figurar como enemigos, en vez de defensores de la Constitución!

Por fortuna, Obando se dio por muerto, viendo perdida la causa dictatorial, y no se atrevió a irse a echar en brazos de los constitucionales, y Melo se dejé destruír en detal, sin acertar a combinar cosa alguna. La reacción del país fue poderosa, y conservadores y radicales aliados (con algunos pocos liberales abnegados y leales, como López y Plata) obramos fuertemente unidos para debelar la dictadura militar. Tanto se procuraba la unión de los constitucionales, que el general López se abstuvo de atacar decididamente a Bogotá, pudiendo tomarlo él solo con el ejército del sur, por aguardar a que Mosquera y Herrera llegasen con el del norte. Al cabo de algunos incidentes importantes, entre otros el amago de batalla en los |Ejidos, donde Melo huyó sin dar un tiro, asediamos la ciudad con 9.000 hombres de los dos ejércitos, circundándola por todas partes, y el 3 de diciembre comenzábamos el ataque desde muy temprano, tomando casa por casa y avanzando de manzana en manzana, hasta que a las cuatro de la tarde del día siguiente se rindió Melo a discreción con los seis mil hombres que le quedaban; costando la batalla de dos días mucha sangre, pues los ejércitos enemigos perdieron entre muertos y heridos cosa de ochocientos hombres.

No referiré, de los incidentes de los dos días de combate, sino algunos que me son personales.

Entre siete y media y ocho de la mañana del 3 estaba mi escuadrón formado en un pequeño prado cercano a las casas de Tres-esquinas, cuando llegaron los generales López y París con sus estados mayores y los jefes de muchos cuerpos. Diéronse allí todas las órdenes e instrucciones para la batalla, y al punto nos alejamos todos del sitio, en distintas direcciones, para ir cada cual a cumplir con su deber. No hacía cinco minutos que habíamos partido de Tres-esquinas, cuando una bomba arrojada del centro de la ciudad por la artillería de Melo cayó y estalló en el lugar mismo donde acababan de reunirse todos nuestros jefes ... Mi escuadrón atravesé los potreros de la Estanzuela, pues las caballerías del sur debían reunirse con las del norte en la calzada de occidente para apoyar, por San Victorino, el ataque confiado a la columna del coronel Viana y a un cuerpo del norte que había de penetrar por la alameda vieja. Durante horas enteras sufrimos en la calzada, y aún en la plazuela de San Victorino, el fuego que nos hacían de muchos puntos, y particularmente de la torre de San Juan de Dios y de los puentes del riachuelo de San Francisco. La columna de Viana combatió tan bizarramente, que desde las cuatro de la tarde pudo en parte dominar la plazuela de San Victorino, ocupando las casas de Ugarte.

A eso de las ocho de la noche me dieron la peligrosa comisión de recorrer, con la mitad de mi compañía, toda la línea divisoria de los dos campamentos, en la parte sur, es decir, desde la plazuela de San Victorino por la calle |Honda, la orilla derecha de San Francisco y la calzada de Ninguna parte, hasta Las Cruces, pasando por Tres-esquinas, donde estaba el principal hospital de sangre. Iba yo a trote muy corto con mi media compañía por la plazuela, a tomar la calle Honda, cuando una voz nos dijo desde uno de los numerosos balcones de las casas de Ugarte:

- iAlto! ¡Miren ustedes que les van a fusilar!

- iCómo! ¿De dónde? -pregunté, mirando hacia el balcón.

-De allí, de la casa de los Gaitanes. Hay un piquete en las ventanas, con los fusiles tendidos en dirección hacia la bocacalle; si ustedes pasan por enfrente, les tumbarían como naipes con una descarga.

El que esto decía era Honorato Barriga: estaba acostado boca abajo en el suelo del balcón, obser­vando a los enemigos en la oscuridad, mientras que su tropa descansaba adentro en los altos de la casa.

Reconocí en efecto la inminencia del peligro, y como el arrostrarlo a nada conducía, resolví proceder a dar la vuelta por la cercana |Huerta de Jaime, hoy día plaza de los |Mártires. Al alejarme dije:

- ¡Mil gracias, amigo Barriga! Nos ha salvado usted de una emboscada.

-Pues que les aproveche y pasen buena noche -contestó riendo el agudo militar cachaco.

Al caer de la Plaza de los Mártires sobre la parte baja de la Calle Honda, nos dieron el ¡quién vive! del caballete de una casa alta de la plazuela de la Carnicería, donde estaba trepado un piquete de tropa de Melo. Contestamos e hicieron fuego sin dañarnos, y en seguida desaparecieron. Sin novedad llegamos a Tres-esquinas y después a la plazuela de Las Cruces. Donde quiera nuestra gente velaba y estaba en guardia. En Tres-esquinas nos habíamos detenido a la puerta de la venta a tomar un trago de brandy, porque hacía mucho frío. Muy cerca se paseaba el centinela a la puerta del hospital de sangre. Dos o tres minutos después de habernos alejado de allí, cayó una bomba y estalló en la puerta de la venta, matando al centinela. ¡Verdaderamente la Providencia me protegía!

En la tarde del día 4, al disiparse los últimos tiros en San Victorino, un soldado de Melo bajaba corriendo por la calle de San Juan de Dios con su fusil al hombro a discreción, pasó por el puente y se dirigió hacia mi escuadrón preguntando por mí. Llegó, tiró el fusil al suelo y me abrazó una pierna saludándome con efusión... Era mi criado José Díaz, a que los melistas habían tenido de soldado desde el diecisiete de abril. Le había tocado situarse con su compañía en la torre de San Juan de Dios, y desde allí, cuantas veces pudo, estuvo haciendo fuego... sobre los melistas que alcanzaba a ver. Al cabo pudo escurrirse de la torre, salir a la calle y escaparse a la busca mía. ¡Jamás he tenido un criado tan fiel ni honrado como aquel, ni que me quisiese con tanto cariño! Por desgracia, al volver a Ambalema perdió su madre y con esto se desesperó de tal modo, que se dio a beber y se separó de mí. Dos años después murió de |delirium |tremens y tristeza.

Son indescribibles las emociones que experimenté al llegar, con mi escuadrón y todos los demás cuerpos vencedores, a la plaza de Bolívar. Solita estaba con su madre y unas amigas en el balcón de una antigua casa (hoy día, casi reedificada, es la de habitación de mi hermano Manuel): me vio con infinito gozo, la vi con suprema felicidad, la saludé con mi espada, y al cruzarse nuestras miradas nos dijimos mil cosas... Aquella mirada era el premio de mi campaña y mi verdadera gloria, y mi espada, más que un cortés saludo, la ofrendaba toda toda mi alma...

Apenas si me hube apeado en mi cuartel (la quinta de la Paz), cuando pedí licencia para tornar a la ciudad, y fui a saludar a la señora Murillo y en seguida corrí a ver a Solita. Pero ésta y su madre no estaban en su casa, porque se habían salido de ella desde la víspera, con motivo de la batalla, asilándose en otra muy distante. Dirigíme entonces a la casa donde se había apeado el general López para felicitarle por la victoria y por el acierto con que la había obtenido.

- ¡Ay, qué cara nos cuesta! -exclamó-. Hemos perdido muchos compatriotas. ¡Pero sobre todo al heroico y desgraciado general Herrera!

Aquella noticia me sobrecogió profundamente, así por lo que yo estimaba a Herrera, como por lo que él me había predicho en Ibagué. En realidad, buscó la muerte en Bogotá. como la había buscado en los |Cacaos, y |se hizo matar...

-Mañana recibirá usted su ascenso al grado de sargento mayor.

-¡Y eso para qué, señor general? -le observé.

-¡Cómo para qué!

-Pero si la guerra ha concluído y todos volveremos a la vida civil...

-No importa: usted merece, por sus servicios y sacrificios, un testimonio de aprecio.

-Gracias, señor general: esa palabra de usted vale para mí más que todo; pero yo voy a emprender otra campaña muy diferente, junto con varios amigos.

-¿Cuál?

-La de salvar a los prisioneros y evitar persecuciones a los vencidos.

-¡Bien, muy bien!

Y el general me apretó cordialmente la mano.

En efecto, tuvimos que emprender la campaña de defensa y amparo, y en ésta fuimos compañeros de accion principalmente Murillo, Santos Gutiérrez, Salvador Camacho, Ricardo de la Parra y yo. El general Mosquera, para quien la victoria jamás fue completa sin fusilar prisioneros, puso grande empeño en que se fusilase inmediatamente a Melo y los principales jefes vencidos, y no faltaron personajes políticos que apoyasen esta pretensión. Por fortuna el señor Obaldía y varios de sus secretarios opusieron firme resistencia, fuertemente apoyados por muchos radicales y sobre todo por el general López; con lo que se logró que solamente fuesen desterrados los principales jefes ostensibles de la insurrección.

En cuanto a los artesanos o democráticos prisioneros, logramos que muchos fueran plenamente indultados; pero en su mayor número, cosa de trescientos, fueron confinados al istmo de Panamá, por sugestiones del general Mosquera, con el apoyo de varios personajes políticos; y muchos de ellos perecieron miserablemente al rigor del insalubre clima de las costas panameñas. Cúpome la satisfacción de haber primero cumplido con mi deber durante la guerra civil, y después de la victoria haber hecho todos los esfuerzos posibles en defensa y amparo de los vencidos, que al cabo no eran sino hermanos extraviados.

El 5 de diciembre se celebraron las exequias de los jefes y oficiales que habían sucumbido gloriosamente en el ataque de la ciudad: entre ellos, los generales Herrera y Camilo Mendoza y el mayor José Diego Caro. El ejército entero concurrió en formación, y la ceremonia fue solemne y magnífica. Tocóme entonces dejar de ser soldado para tornar a ser orador, improvisando un discurso en honor de todas las víctimas de nuestra causa, y particularmente del valiente, noble y caballeroso Herrera.

Al día siguiente pasamos revista a cosa de once mil hombres de los dos ejércitos unidos; y en seguida fui a renunciar mi empleo militar y el ascenso, así como a donar al tesoro nacional los sueldos que había devengado durante la campaña. Con muy honrosas expresiones se me aceptó lo uno y lo otro, y sentí grande alivio al volver a la vida de hombre civil y simple ciudadano.

Desde aquel momento quise consagrar todas mis potencias exclusivamente al culto del amor y al cultivo de las letras. Dichoso en lo primero, en breve tuve fijada la fecha de mi casamiento para el día del cumpleaños de mi novia; y en cuanto a lo segundo, púseme de acuerdo con los Echeverrías para fundar un periódico político, literario y noticioso, esencialmente doctrinario e independiente, que sirviese de órgano al honrado radicalismo que tan ingenuamente profesaba yo entonces. Llevamos a ejecución la idea, y el 1º de enero de 1855 apareció |El |Tiempo, periódico que en breve tuvo mucho crédito y numerosísimos lectores, y que ejerció grande influjo en la política nacional.

Bien, yo que contaba con la colaboración de varios amigos personales y políticos, hube de trabajar casi sin descanso, pues a más de los artículos de fondo que escribía como redactor principal, sostenía el |Folletín, la sección de |Crónica interior y la de |Variedades. Allí comencé a publicar una rápida |Historia del 17 de abril, y sucesivamente di a luz, a más de muchos artículos literarios y políticos y de algunas poesías, mis |Pensamientos (sobre moral, política, religión, etc.) y un extenso estudio histórico político intitulado: |La federación colombiana.

Mis colaboradores fueron Camacho Roldán y Manuel Pombo. De gran satisfacción ha sido para mí el haber trabajado muchas veces junto con Camacho: en 1851, en la redacción de |La Reforma, siendo él principalmente redactor; en 1855, en |El Tiempo; en 1864, en la Opinión, fundada por Camacho; en 1868, en La Paz, que redactábamos juntos; y en 1875, en |La Unión Colombiana, fundada y sostenida por mí. Camacho suministraba a El |Tiempo principalmente artículos sobre cuestiones económicas y de estadística, que son su fuerte. Pombo, escritor de pluma de oro, se encargó de la sección humorística, y bajo el título de |Revista de Bogotá escribió una serie de artículos primorosos, llenos de gracia y agudeza, que procuraron a |El Tiempo numerosísimos lectores. Si bien es cierto que en el mes de mayo hube de separarme de la redacción del periódico, por necesidades privadas, le fui fiel por muchos años con mi apoyo y colaboración (siempre desinteresados y gratuitos), así residiendo en el país como en el extranjero.

En el mes de diciembre de 1854 me habló el señor Plata, secretario de hacienda, instándome en nombre propio y del señor Obaldía (que continuó encargado del poder ejecutivo hasta el 31 de marzo siguiente) para que aceptase y sirviese el importante empleo de jefe de la Dirección de Rentas. Hícele presente que, por una parte, yo no tenía voluntad de ser empleado público ni vocación para oficinista, y por ,otra, quería mantenerme del todo independiente al redactar el periódico que iba a fundar con los Echeverrías. El señor Plata halló débiles mis razones, me exigió que no diese por perentoria mi negativa, y me expresó vivos deseos de que yo fuese uno de sus colaboradores en la secretaría de hacienda.

Al día siguiente volvió a buscarme e insistió en su exigencia, manifestándome: primero, que mi independencia de periodista sería perfectamente respetada por el gobierno; segundo, que exigía de mí un gran servicio, porque había que trabajar enormemente, pues la Dirección de Rentas estaba completamente desorganizada y con dieciséis meses de retraso en su despacho. Así, había miles de negocios por despachar, y solo un hombre sumamente laborioso podía servir la oficina con provecho. Estas razones del señor Plata me sedujeron y picaron el amor propio, mayormente cuando el señor Obaldía mostraba muy benévolos deseos de asociarme a

 su administración.

-Acepto, pues -le dije al señor Plata-; pero con una condición.

-¿Cuál?

-Que precisamente se me aceptará mi renuncia el día que yo tenga la Dirección al corriente con el día.

- ¡Oh, oh! -exclamó don José María.

-De otro modo no acepto.

- iBueno, convenido! -repuso el señor Plata sonriendo, pues creía imposible que en menos de un año se lograse lo que yo me prometía.

-Palabra dada y segura -repuse-. Puede usted mandar que extiendan mi nombramiento.

Al día siguiente me posesioné del empleo y me puse a trabajar con furor. No solo trabajaba en la oficina y hacía trabajar a mis subalternos durante seis horas cada día, sino que llevaba montones de expedientes para despacharlos de noche en mi casa. Tanto despachaba, que no pudiendo el señor Plata dedicar el tiempo necesario para revisar mis resoluciones y proyectos de resolución, me dio carta blanca y se redujo a echar todos los días firmas y firmas a ojo cerrado. Mis amigos se aturdían de ver que yo tenía tiempo para redactar |El Tiempo, despachar la Dirección de Rentas, cultivar todas mis relaciones y hacer la corte asiduamente a mi novia; pero yo estaba en mi elemento, porque vivía de amor y trabajo.

Poco más de tres meses llevaba yo de servir la Dirección, cuando un día le presenté al señor Plata un abultado montón de papeles que contenía: Todos los expedientes que hasta las once de la mañana habían llegado a mi mesa, despachados; Un cuadro demostrativo de los negocios despachados en poco más de noventa días, que excedían bastante de |tres mil, sin quedar ninguno pendiente, y

Mi renuncia del empleo.

Pasmado se quedó el señor Plata al ver aquellos documentos, y me declaró que no consentía en la renuncia.

-Palabra de rey no puede faltar -le dije-. Usted me prometió...

-Es verdad; pero no llegué a pensar que usted fuera un trabajador tan prodigioso.

-En fin, usted ve que la Dirección está |hoy con el día. Me es sensible el separarme de usted; pero no quiero ser empleado público, y mi resolución es irrevocable.

El gobierno hubo de aceptar mi renuncia, y lo hizo en los términos más honrosos. Conservo el documento, legajado en un grueso volumen que contiene todos los títulos y comprobantes esenciales de mi vida pública.

No pasaré por alto un episodio del mes de diciembre de 1854, relativo al general Obando. Yo era su amigo personal, y fui a visitarle el día 7 en la vieja casa (después convertida en dos), de la antigua Calle de la Carrera, donde había estado el Colegio Militar. Allí estaba en calidad de preso, con guardia pero muy bien tratado, con facilidad para recibir visitas y toda la libertad posible en su deploráble situación.

-Señor general -le dije al verlo-: usted sabe que he combatido su causa, según mi conciencia y mis principios; pero soy personalmente fiel amigo de usted.

-Lo sé y lo creo- me contestó estrechándome las manos-. Mas... -añadió- ¿por qué dice usted que ha combatido mi causa? Nada he tenido de común con la insurrección y dictadura de Melo.

-Yo celebraría infinito, general -repuse- que usted comprobase su inocencia.

- ¡La comprobaré! He sido la primera víctima, y en este como |en otros acontecimientos muy graves, me ha tocado |pagar por todos...

Comprendí la alusión y añadí:

-General, ¿podré servir a usted en algo? Disponga usted de mií

-Mucho estimo y agradezco el ofrecimiento de usted, y justamente había pensado nombrarle como a uno de mis defensores...

-Estoy pronto a aceptar el cargo.

-Pero ya el doctor Aguilar se ha encargado de mi defensa.

-Muy bien, señor general.

¡Pobre doctor Aguilar! ¡Aquella defensa fue un libramiento que giró contra sí mismo: seis años y medio después se lo cobré el general Mosquera... enviándole por sorpresa al patíbulo!

Mientras que yo trabajaba con tanta laboriosidad en los asuntos públicos, no por esto descuidaba mi grande asunto del alma... Vivía gozando en toda su ardentía y pureza los inefables encantos del amor bien correspondido, y aspirando en el hogar elegante y pulquérrimo de la señora Acosta un perfume de suavidad y distinción, de castidad y gracia que me procuraba las más deliciosas fruiciones. Frecuentemente, por las noches, cuando yo iba a visitar la casa, la señora se sentaba al piano y tocaba clásicas oberturas con mucho sentimiento y exquisito gusto; en tanto que Solita y yo, juntos en un gabinete lleno de libros y graciosamente adornado con muchos objetos de arte, nos entreteníamos en la más deliciosa tarea. Ella me pedía cada noche una improvisación en verso, para lo cual había destinado un hermoso álbum que tenía guardado en blanco, y me designaba siempre asunto, metro y tiempo fijo para cada composición. Yo salía de aquesta dificultad lo mejor posible, y en seguida mi adorable novia, que dibujaba con talento, improvisaba en el álbum una viñeta en el encabezamiento de cada poesía y otra al fin, alusiva al asunto de la composición. De esta manera llenamos entre los dos todas las hojas de aquel libro, que conservamos, por su valor para nosotros, como un precioso monumento de nuestro amor.

Por desgracia enturbiaba mi felicidad la situación de mi padre. Estaba gravemente enfermo, y se había hecho llevar a Bogotá con la esperanza de lograr aquí, si no su curación, por lo menos alguna mejoría. Pero ninguna sensible había obtenido, y aun llegó a tal punto su mal que lo creímos en peligro de muerte. Un sacerdote amigo personal suyo, el doctor Pedro A. Vesga fue a visitar y ofrecerle sus auxilios espirituales. Mi padre le dio las gracias, y, con mucha serenidad, no sin algo de ironía le dijo, poco más o menos:

"Doctor, no dude usted que tengo algunas creencias. Creo en Dios y en su infinita sabiduría y misericordia; creo en la inmortalidad del alma, seguro de que iré a mejor vida, y creo en el bien, que he procurado hacer en lo posible. Pero no me confesaré, porque no creo en la virtud de la confesión: y en cuanto a lo que recen por mí después de mi muerte, dejo en libertad a mi familia para que haga lo que mejor le parezca".

El doctor Vesga se cansó de hacerle argumentos a mi padre, respecto de lo que no creía, pero éste se mostró inflexible, y cuando al cabo rindió su alma a Dios en mi ciudad natal, hasta el último instante se mantuvo en sus convicciones, en calma y entero juicio, sin petulancia de incredulidad y sin molestarse porque le fuesen a ofrecer auxilios espirituales.

Juzgo que mi padre hizo bien y murió como un justo. Si no creía; si no podía creer más que aquello que componía su deísmo cristiano, era digno y honrado el no profanar la religión católica con actos que su conciencia rechazaba. Lo que es menguado, lo  que es despreciable es la conducta de aquellos que, sin creer en nada de lo que hacen a última hora, y habiendo rechazado la fe en vida y con salud, en el momento supremo ( |solo por miedo a la muerte o por |salvar las apariencias, creyendo engañar a Dios o a la sociedad) se someten a todas las prácticas de una religión que han despreciado, y si confiesan con la boca la fe de Cristo no la confiesan con el alma... ¡Dios tenga misericordia de los que tal hacen.

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Sin querer en manera alguna eludir la mínima parte de la responsabilidad que debió aparejarme mi conducta anticatólica, no puedo menos que reconocer la influencia que las ideas de mi padre ejercieron sobre mi espíritu, bien que jamás procuró él inocular su incredulidad relativa en el alma de sus hijos. Yo, por cierto respeto a la sociedad, casi toda creyente, y por consideración a mi esposa, ardiente católica, no obstante ser su madre protestante anglicana, no me declaraba abiertamente anticatólico; pero subsistía y se acrecentaba en mi alma aquella mezcla de |sentimiento profundo religioso y cristiano y de espíritu hostil a la |Iglesia católica, que se había apoderado de mi ser moral desde muchos años atrás; dualidad que se ponía de manifiesto en mis escritos, pues yo era siempre religioso en verso, cuando hablaban en mí el corazón y la imaginación, e incrédulo o volteriano en prosa, cuando, sin caer en la cuenta, me expresaba con la persuasión de la vanidad filosófica y de cierto espíritu de reforma social exagerada.

No rechazaba yo en manera alguna la calidad de sacramento dada al matrimonio. Al contrario, consideraba la unión conyugal como esencialmente divina y aun como suficiente para la sociedad, al ser bendecida por la Iglesia, por cuanto así la consideraba la conciencia pública y la habían consagrado las costumbres. De esto provino que yo no celebrase mi matrimonio civil sino algunos meses después del religioso, bien que, como publicista, había sido uno de los más decididos promotores de la ley que organizó el matrimonio puramente civil. Las leyes del honor, sancionadas por las costumbres, tendrán siempre más fuerza obligatoria para los hombres de corazón que todas las leyes civiles.

Al cabo celebré mi matrimonio el 5 de mayo, bendecido por el Arzobispo de Bogotá, señor Herrán, que desde entonces me llamó su |ahijado y me estimó con mayor aprecio. Al día siguiente, con la bendición de mis padres, nos fuimos a pasar la luna de miel en la quinta de Chapinero que después perteneció, primorosamente mejorada y embellecida, al ilustrísimo señor Arzobispo Arbeláez. Allí pasamos en la soledad algunas semanas de suprema felicidad, entretenidos todos los días en deliciosos paseos a pie o a caballo, en componer versos y dibujar paisajes, y en las más gratas lecturas literarias. Debe de haberme tenido Dios en gran cuenta mi felicidad conyugal, puesto que, acaso para librarme de la soberbia en la dicha, me ha probado con grandes y numerosos infortunios, independientes de voluntad o culpa de mi siempre buena, abnegada y adorada esposa...

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