LA TOMA DE BOGOTA Y
SUS CONSECUENCIAS
La insurrección de Melo, si como manifestación de hecho era muy
personal, por sus antecedentes y tendencias había sido un acto
político de mucha importancia. Por una parte, el militarismo quiso
dominar la República, sobreponiéndose a la voluntad popular y a las
ideas de gobierno civil. Por otra, el viejo partido liberal,
cogiendo miedo a las reformas, arriaba su bandera y quería
restablecer la antigua centralización. Al hallarse dueño del poder,
se acomodaba con los medios de acción de la antigua política
conservadora; y así ponía de manifiesto que sus corifeos y sus
muchedumbres democráticas no tenían principios, sino pasiones e
intereses personales o de partido.
Y con todo, tan fuertes elementos había tenido Melo de su parte
en un principio -los recursos del gobierno y el fanatismo de las
turbas democráticas-, que hubiera podido señorearse de la
República, por sorpresa, si hubiese tenido algún talento militar y
político. Llegó a tener bajo su mando once mil hombres de muy
buenas tropas, y las fue perdiendo en operaciones parciales o en la
inacción hasta tener que encerrarse en Bogotá para sucumbir de un
modo inevitable.
Hubo, sin embargo, un momento crítico en que la situación pudo
haberse complicado muy seriamente. Si Obando, al ver a Melo fuerte
pero inepto, se hace sacar de su simulada prisión del palacio de
gobierno, asume el mando como presidente constitucional (antes de
ser suspendido por el Congreso de Ibagué), pone preso a Melo,
siquiera en apariencia, y concede una amnistía y llama a los
pueblos en su apoyo, nos habríamos hallado en una gran dificultad.
Sin duda que López, ni Herrán, ni París, ni Mosquera, ni Herrera,
ni Arboleda, Viana, Gutiérrez y tantos otros jefes, ni muchísimos
subalternos, no habríamos caído en el garlito; ¡pero cuántas
defecciones no habrían disminuído nuestros ejércitos, que las
apariencias hubieran hecho figurar como enemigos, en vez de
defensores de la Constitución!
Por fortuna, Obando se dio por muerto, viendo perdida la causa
dictatorial, y no se atrevió a irse a echar en brazos de los
constitucionales, y Melo se dejé destruír en detal, sin acertar a
combinar cosa alguna. La reacción del país fue poderosa, y
conservadores y radicales aliados (con algunos pocos liberales
abnegados y leales, como López y Plata) obramos fuertemente unidos
para debelar la dictadura militar. Tanto se procuraba la unión de
los constitucionales, que el general López se abstuvo de atacar
decididamente a Bogotá, pudiendo tomarlo él solo con el ejército
del sur, por aguardar a que Mosquera y Herrera llegasen con el del
norte. Al cabo de algunos incidentes importantes, entre otros el
amago de batalla en los
|Ejidos, donde Melo huyó sin dar un
tiro, asediamos la ciudad con 9.000 hombres de los dos ejércitos,
circundándola por todas partes, y el 3 de diciembre comenzábamos el
ataque desde muy temprano, tomando casa por casa y avanzando de
manzana en manzana, hasta que a las cuatro de la tarde del día
siguiente se rindió Melo a discreción con los seis mil hombres que
le quedaban; costando la batalla de dos días mucha sangre, pues los
ejércitos enemigos perdieron entre muertos y heridos cosa de
ochocientos hombres.
No referiré, de los incidentes de los dos días de combate, sino
algunos que me son personales.
Entre siete y media y ocho de la mañana del 3 estaba mi
escuadrón formado en un pequeño prado cercano a las casas de
Tres-esquinas, cuando llegaron los generales López y París con sus
estados mayores y los jefes de muchos cuerpos. Diéronse allí todas
las órdenes e instrucciones para la batalla, y al punto nos
alejamos todos del sitio, en distintas direcciones, para ir cada
cual a cumplir con su deber. No hacía cinco minutos que habíamos
partido de Tres-esquinas, cuando una bomba arrojada del centro de
la ciudad por la artillería de Melo cayó y estalló en el lugar
mismo donde acababan de reunirse todos nuestros jefes ... Mi
escuadrón atravesé los potreros de la Estanzuela, pues las
caballerías del sur debían reunirse con las del norte en la calzada
de occidente para apoyar, por San Victorino, el ataque confiado a
la columna del coronel Viana y a un cuerpo del norte que había de
penetrar por la alameda vieja. Durante horas enteras sufrimos en la
calzada, y aún en la plazuela de San Victorino, el fuego que nos
hacían de muchos puntos, y particularmente de la torre de San Juan
de Dios y de los puentes del riachuelo de San Francisco. La columna
de Viana combatió tan bizarramente, que desde las cuatro de la
tarde pudo en parte dominar la plazuela de San Victorino, ocupando
las casas de Ugarte.
A eso de las ocho de la noche me dieron la peligrosa comisión de
recorrer, con la mitad de mi compañía, toda la línea divisoria de
los dos campamentos, en la parte sur, es decir, desde la plazuela
de San Victorino por la calle
|Honda, la orilla derecha de
San Francisco y la calzada de Ninguna parte, hasta Las Cruces,
pasando por Tres-esquinas, donde estaba el principal hospital de
sangre. Iba yo a trote muy corto con mi media compañía por la
plazuela, a tomar la calle Honda, cuando una voz nos dijo desde uno
de los numerosos balcones de las casas de Ugarte:
- iAlto! ¡Miren ustedes que les van a fusilar!
- iCómo! ¿De dónde? -pregunté, mirando hacia el balcón.
-De allí, de la casa de los Gaitanes. Hay un piquete en las
ventanas, con los fusiles tendidos en dirección hacia la bocacalle;
si ustedes pasan por enfrente, les tumbarían como naipes con una
descarga.
El que esto decía era Honorato Barriga: estaba acostado boca
abajo en el suelo del balcón, observando a los enemigos en la
oscuridad, mientras que su tropa descansaba adentro en los altos de
la casa.
Reconocí en efecto la inminencia del peligro, y como el
arrostrarlo a nada conducía, resolví proceder a dar la vuelta por
la cercana
|Huerta de Jaime, hoy día plaza de los
|Mártires. Al alejarme dije:
- ¡Mil gracias, amigo Barriga! Nos ha salvado usted de una
emboscada.
-Pues que les aproveche y pasen buena noche -contestó riendo el
agudo militar cachaco.
Al caer de la Plaza de los Mártires sobre la parte baja de la
Calle Honda, nos dieron el ¡quién vive! del caballete de una casa
alta de la plazuela de la Carnicería, donde estaba trepado un
piquete de tropa de Melo. Contestamos e hicieron fuego sin
dañarnos, y en seguida desaparecieron. Sin novedad llegamos a
Tres-esquinas y después a la plazuela de Las Cruces. Donde quiera
nuestra gente velaba y estaba en guardia. En Tres-esquinas nos
habíamos detenido a la puerta de la venta a tomar un trago de
brandy, porque hacía mucho frío. Muy cerca se paseaba el centinela
a la puerta del hospital de sangre. Dos o tres minutos después de
habernos alejado de allí, cayó una bomba y estalló en la puerta de
la venta, matando al centinela. ¡Verdaderamente la Providencia me
protegía!
En la tarde del día 4, al disiparse los últimos tiros en San
Victorino, un soldado de Melo bajaba corriendo por la calle de San
Juan de Dios con su fusil al hombro a discreción, pasó por el
puente y se dirigió hacia mi escuadrón preguntando por mí. Llegó,
tiró el fusil al suelo y me abrazó una pierna saludándome con
efusión... Era mi criado José Díaz, a que los melistas habían
tenido de soldado desde el diecisiete de abril. Le había tocado
situarse con su compañía en la torre de San Juan de Dios, y desde
allí, cuantas veces pudo, estuvo haciendo fuego... sobre los
melistas que alcanzaba a ver. Al cabo pudo escurrirse de la torre,
salir a la calle y escaparse a la busca mía. ¡Jamás he tenido un
criado tan fiel ni honrado como aquel, ni que me quisiese con tanto
cariño! Por desgracia, al volver a Ambalema perdió su madre y con
esto se desesperó de tal modo, que se dio a beber y se separó de
mí. Dos años después murió de
|delirium
|tremens y
tristeza.
Son indescribibles las emociones que experimenté al llegar, con
mi escuadrón y todos los demás cuerpos vencedores, a la plaza de
Bolívar. Solita estaba con su madre y unas amigas en el balcón de
una antigua casa (hoy día, casi reedificada, es la de habitación de
mi hermano Manuel): me vio con infinito gozo, la vi con suprema
felicidad, la saludé con mi espada, y al cruzarse nuestras miradas
nos dijimos mil cosas... Aquella mirada era el premio de mi campaña
y mi verdadera gloria, y mi espada, más que un cortés saludo, la
ofrendaba toda toda mi alma...
Apenas si me hube apeado en mi cuartel (la quinta de la Paz),
cuando pedí licencia para tornar a la ciudad, y fui a saludar a la
señora Murillo y en seguida corrí a ver a Solita. Pero ésta y su
madre no estaban en su casa, porque se habían salido de ella desde
la víspera, con motivo de la batalla, asilándose en otra muy
distante. Dirigíme entonces a la casa donde se había apeado el
general López para felicitarle por la victoria y por el acierto con
que la había obtenido.
- ¡Ay, qué cara nos cuesta! -exclamó-. Hemos perdido muchos
compatriotas. ¡Pero sobre todo al heroico y desgraciado general
Herrera!
Aquella noticia me sobrecogió profundamente, así por lo que yo
estimaba a Herrera, como por lo que él me había predicho en Ibagué.
En realidad, buscó la muerte en Bogotá. como la había buscado en
los
|Cacaos, y
|se hizo matar...
-Mañana recibirá usted su ascenso al grado de sargento
mayor.
-¡Y eso para qué, señor general? -le observé.
-¡Cómo para qué!
-Pero si la guerra ha concluído y todos volveremos a la vida
civil...
-No importa: usted merece, por sus servicios y sacrificios, un
testimonio de aprecio.
-Gracias, señor general: esa palabra de usted vale para mí más
que todo; pero yo voy a emprender otra campaña muy diferente, junto
con varios amigos.
-¿Cuál?
-La de salvar a los prisioneros y evitar persecuciones a los
vencidos.
-¡Bien, muy bien!
Y el general me apretó cordialmente la mano.
En efecto, tuvimos que emprender la campaña de defensa y amparo,
y en ésta fuimos compañeros de accion principalmente Murillo,
Santos Gutiérrez, Salvador Camacho, Ricardo de la Parra y yo. El
general Mosquera, para quien la victoria jamás fue completa sin
fusilar prisioneros, puso grande empeño en que se fusilase
inmediatamente a Melo y los principales jefes vencidos, y no
faltaron personajes políticos que apoyasen esta pretensión. Por
fortuna el señor Obaldía y varios de sus secretarios opusieron
firme resistencia, fuertemente apoyados por muchos radicales y
sobre todo por el general López; con lo que se logró que solamente
fuesen desterrados los principales jefes ostensibles de la
insurrección.
En cuanto a los artesanos o democráticos prisioneros, logramos
que muchos fueran plenamente indultados; pero en su mayor número,
cosa de trescientos, fueron confinados al istmo de Panamá, por
sugestiones del general Mosquera, con el apoyo de varios personajes
políticos; y muchos de ellos perecieron miserablemente al rigor del
insalubre clima de las costas panameñas. Cúpome la satisfacción de
haber primero cumplido con mi deber durante la guerra civil, y
después de la victoria haber hecho todos los esfuerzos posibles en
defensa y amparo de los vencidos, que al cabo no eran sino hermanos
extraviados.
El 5 de diciembre se celebraron las exequias de los jefes y
oficiales que habían sucumbido gloriosamente en el ataque de la
ciudad: entre ellos, los generales Herrera y Camilo Mendoza y el
mayor José Diego Caro. El ejército entero concurrió en formación, y
la ceremonia fue solemne y magnífica. Tocóme entonces dejar de ser
soldado para tornar a ser orador, improvisando un discurso en honor
de todas las víctimas de nuestra causa, y particularmente del
valiente, noble y caballeroso Herrera.
Al día siguiente pasamos revista a cosa de once mil hombres de
los dos ejércitos unidos; y en seguida fui a renunciar mi empleo
militar y el ascenso, así como a donar al tesoro nacional los
sueldos que había devengado durante la campaña. Con muy honrosas
expresiones se me aceptó lo uno y lo otro, y sentí grande alivio al
volver a la vida de hombre civil y simple ciudadano.
Desde aquel momento quise consagrar todas mis potencias
exclusivamente al culto del amor y al cultivo de las letras.
Dichoso en lo primero, en breve tuve fijada la fecha de mi
casamiento para el día del cumpleaños de mi novia; y en cuanto a lo
segundo, púseme de acuerdo con los Echeverrías para fundar un
periódico político, literario y noticioso, esencialmente
doctrinario e independiente, que sirviese de órgano al honrado
radicalismo que tan ingenuamente profesaba yo entonces. Llevamos a
ejecución la idea, y el 1º de enero de 1855 apareció
|El
|Tiempo, periódico que en breve tuvo mucho crédito y
numerosísimos lectores, y que ejerció grande influjo en la política
nacional.
Bien, yo que contaba con la colaboración de varios amigos
personales y políticos, hube de trabajar casi sin descanso, pues a
más de los artículos de fondo que escribía como redactor principal,
sostenía el
|Folletín, la sección de
|Crónica
interior y la de
|Variedades. Allí comencé a publicar
una rápida
|Historia del 17 de abril, y sucesivamente di a
luz, a más de muchos artículos literarios y políticos y de algunas
poesías, mis
|Pensamientos (sobre moral, política,
religión, etc.) y un extenso estudio histórico político intitulado:
|La federación colombiana.
Mis colaboradores fueron Camacho Roldán y Manuel Pombo. De gran
satisfacción ha sido para mí el haber trabajado muchas veces junto
con Camacho: en 1851, en la redacción de
|La Reforma,
siendo él principalmente redactor; en 1855, en
|El Tiempo;
en 1864, en la Opinión, fundada por Camacho; en 1868, en La Paz,
que redactábamos juntos; y en 1875, en
|La Unión
Colombiana, fundada y sostenida por mí. Camacho suministraba a
El
|Tiempo principalmente artículos sobre cuestiones
económicas y de estadística, que son su fuerte. Pombo, escritor de
pluma de oro, se encargó de la sección humorística, y bajo el
título de
|Revista de Bogotá escribió una serie de
artículos primorosos, llenos de gracia y agudeza, que procuraron a
|El Tiempo numerosísimos lectores. Si bien es cierto que en
el mes de mayo hube de separarme de la redacción del periódico, por
necesidades privadas, le fui fiel por muchos años con mi apoyo y
colaboración (siempre desinteresados y gratuitos), así residiendo
en el país como en el extranjero.
En el mes de diciembre de 1854 me habló el señor Plata,
secretario de hacienda, instándome en nombre propio y del señor
Obaldía (que continuó encargado del poder ejecutivo hasta el 31 de
marzo siguiente) para que aceptase y sirviese el importante empleo
de jefe de la Dirección de Rentas. Hícele presente que, por una
parte, yo no tenía voluntad de ser empleado público ni vocación
para oficinista, y por ,otra, quería mantenerme del todo
independiente al redactar el periódico que iba a fundar con los
Echeverrías. El señor Plata halló débiles mis razones, me exigió
que no diese por perentoria mi negativa, y me expresó vivos deseos
de que yo fuese uno de sus colaboradores en la secretaría de
hacienda.
Al día siguiente volvió a buscarme e insistió en su exigencia,
manifestándome: primero, que mi independencia de periodista sería
perfectamente respetada por el gobierno; segundo, que exigía de mí
un gran servicio, porque había que trabajar enormemente, pues la
Dirección de Rentas estaba completamente desorganizada y con
dieciséis meses de retraso en su despacho. Así, había miles de
negocios por despachar, y solo un hombre sumamente laborioso podía
servir la oficina con provecho. Estas razones del señor Plata me
sedujeron y picaron el amor propio, mayormente cuando el señor
Obaldía mostraba muy benévolos deseos de asociarme a
su administración.
-Acepto, pues -le dije al señor Plata-; pero con una
condición.
-¿Cuál?
-Que precisamente se me aceptará mi renuncia el día que yo tenga
la Dirección al corriente con el día.
- ¡Oh, oh! -exclamó don José María.
-De otro modo no acepto.
- iBueno, convenido! -repuso el señor Plata sonriendo, pues
creía imposible que en menos de un año se lograse lo que yo me
prometía.
-Palabra dada y segura -repuse-. Puede usted mandar que
extiendan mi nombramiento.
Al día siguiente me posesioné del empleo y me puse a trabajar
con furor. No solo trabajaba en la oficina y hacía trabajar a mis
subalternos durante seis horas cada día, sino que llevaba montones
de expedientes para despacharlos de noche en mi casa. Tanto
despachaba, que no pudiendo el señor Plata dedicar el tiempo
necesario para revisar mis resoluciones y proyectos de resolución,
me dio carta blanca y se redujo a echar todos los días firmas y
firmas a ojo cerrado. Mis amigos se aturdían de ver que yo tenía
tiempo para redactar
|El Tiempo, despachar la Dirección de
Rentas, cultivar todas mis relaciones y hacer la corte asiduamente
a mi novia; pero yo estaba en mi elemento, porque vivía de amor y
trabajo.
Poco más de tres meses llevaba yo de servir la Dirección, cuando
un día le presenté al señor Plata un abultado montón de papeles que
contenía: Todos los expedientes que hasta las once de la mañana
habían llegado a mi mesa, despachados; Un cuadro demostrativo de
los negocios despachados en poco más de noventa días, que excedían
bastante de
|tres mil, sin quedar ninguno pendiente, y
Mi renuncia del empleo.
Pasmado se quedó el señor Plata al ver aquellos documentos, y me
declaró que no consentía en la renuncia.
-Palabra de rey no puede faltar -le dije-. Usted me
prometió...
-Es verdad; pero no llegué a pensar que usted fuera un
trabajador tan prodigioso.
-En fin, usted ve que la Dirección está
|hoy con el día.
Me es sensible el separarme de usted; pero no quiero ser empleado
público, y mi resolución es irrevocable.
El gobierno hubo de aceptar mi renuncia, y lo hizo en los
términos más honrosos. Conservo el documento, legajado en un grueso
volumen que contiene todos los títulos y comprobantes esenciales de
mi vida pública.
No pasaré por alto un episodio del mes de diciembre de 1854,
relativo al general Obando. Yo era su amigo personal, y fui a
visitarle el día 7 en la vieja casa (después convertida en dos), de
la antigua Calle de la Carrera, donde había estado el Colegio
Militar. Allí estaba en calidad de preso, con guardia pero muy bien
tratado, con facilidad para recibir visitas y toda la libertad
posible en su deploráble situación.
-Señor general -le dije al verlo-: usted sabe que he combatido
su causa, según mi conciencia y mis principios; pero soy
personalmente fiel amigo de usted.
-Lo sé y lo creo- me contestó estrechándome las manos-. Mas...
-añadió- ¿por qué dice usted que ha combatido mi causa? Nada he
tenido de común con la insurrección y dictadura de Melo.
-Yo celebraría infinito, general -repuse- que usted comprobase
su inocencia.
- ¡La comprobaré! He sido la primera víctima, y en este como
|en otros acontecimientos muy graves, me ha tocado
|pagar por todos...
Comprendí la alusión y añadí:
-General, ¿podré servir a usted en algo? Disponga usted de
mií
-Mucho estimo y agradezco el ofrecimiento de usted, y justamente
había pensado nombrarle como a uno de mis defensores...
-Estoy pronto a aceptar el cargo.
-Pero ya el doctor Aguilar se ha encargado de mi defensa.
-Muy bien, señor general.
¡Pobre doctor Aguilar! ¡Aquella defensa fue un libramiento que
giró contra sí mismo: seis años y medio después se lo cobré el
general Mosquera... enviándole por sorpresa al patíbulo!
Mientras que yo trabajaba con tanta laboriosidad en los asuntos
públicos, no por esto descuidaba mi grande asunto del alma... Vivía
gozando en toda su ardentía y pureza los inefables encantos del
amor bien correspondido, y aspirando en el hogar elegante y
pulquérrimo de la señora Acosta un perfume de suavidad y
distinción, de castidad y gracia que me procuraba las más
deliciosas fruiciones. Frecuentemente, por las noches, cuando yo
iba a visitar la casa, la señora se sentaba al piano y tocaba
clásicas oberturas con mucho sentimiento y exquisito gusto; en
tanto que Solita y yo, juntos en un gabinete lleno de libros y
graciosamente adornado con muchos objetos de arte, nos
entreteníamos en la más deliciosa tarea. Ella me pedía cada noche
una improvisación en verso, para lo cual había destinado un hermoso
álbum que tenía guardado en blanco, y me designaba siempre asunto,
metro y tiempo fijo para cada composición. Yo salía de aquesta
dificultad lo mejor posible, y en seguida mi adorable novia, que
dibujaba con talento, improvisaba en el álbum una viñeta en el
encabezamiento de cada poesía y otra al fin, alusiva al asunto de
la composición. De esta manera llenamos entre los dos todas las
hojas de aquel libro, que conservamos, por su valor para nosotros,
como un precioso monumento de nuestro amor.
Por desgracia enturbiaba mi felicidad la situación de mi padre.
Estaba gravemente enfermo, y se había hecho llevar a Bogotá con la
esperanza de lograr aquí, si no su curación, por lo menos alguna
mejoría. Pero ninguna sensible había obtenido, y aun llegó a tal
punto su mal que lo creímos en peligro de muerte. Un sacerdote
amigo personal suyo, el doctor Pedro A. Vesga fue a visitar y
ofrecerle sus auxilios espirituales. Mi padre le dio las gracias,
y, con mucha serenidad, no sin algo de ironía le dijo, poco más o
menos:
"Doctor, no dude usted que tengo algunas creencias. Creo en Dios
y en su infinita sabiduría y misericordia; creo en la inmortalidad
del alma, seguro de que iré a mejor vida, y creo en el bien, que he
procurado hacer en lo posible. Pero no me confesaré, porque no creo
en la virtud de la confesión: y en cuanto a lo que recen por mí
después de mi muerte, dejo en libertad a mi familia para que haga
lo que mejor le parezca".
El doctor Vesga se cansó de hacerle argumentos a mi padre,
respecto de lo que no creía, pero éste se mostró inflexible, y
cuando al cabo rindió su alma a Dios en mi ciudad natal, hasta el
último instante se mantuvo en sus convicciones, en calma y entero
juicio, sin petulancia de incredulidad y sin molestarse porque le
fuesen a ofrecer auxilios espirituales.
Juzgo que mi padre hizo bien y murió como un justo. Si no creía;
si no podía creer más que aquello que componía su deísmo cristiano,
era digno y honrado el no profanar la religión católica con actos
que su conciencia rechazaba. Lo que es menguado, lo que es
despreciable es la conducta de aquellos que, sin creer en nada de
lo que hacen a última hora, y habiendo rechazado la fe en vida y
con salud, en el momento supremo (
|solo por miedo a la
muerte o por
|salvar las apariencias, creyendo engañar
a Dios o a la sociedad) se someten a todas las prácticas de una
religión que han despreciado, y si confiesan con la boca la fe de
Cristo no la confiesan con el alma... ¡Dios tenga misericordia de
los que tal hacen.
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Sin querer en manera alguna eludir la mínima parte de la
responsabilidad que debió aparejarme mi conducta anticatólica, no
puedo menos que reconocer la influencia que las ideas de mi padre
ejercieron sobre mi espíritu, bien que jamás procuró él inocular su
incredulidad relativa en el alma de sus hijos. Yo, por cierto
respeto a la sociedad, casi toda creyente, y por consideración a mi
esposa, ardiente católica, no obstante ser su madre protestante
anglicana, no me declaraba abiertamente anticatólico; pero
subsistía y se acrecentaba en mi alma aquella mezcla de
|sentimiento profundo religioso y cristiano y de espíritu
hostil a la
|Iglesia católica, que se había apoderado de mi
ser moral desde muchos años atrás; dualidad que se ponía de
manifiesto en mis escritos, pues yo era siempre religioso en verso,
cuando hablaban en mí el corazón y la imaginación, e incrédulo o
volteriano en prosa, cuando, sin caer en la cuenta, me expresaba
con la persuasión de la vanidad filosófica y de cierto espíritu de
reforma social exagerada.
No rechazaba yo en manera alguna la calidad de sacramento dada
al matrimonio. Al contrario, consideraba la unión conyugal como
esencialmente divina y aun como suficiente para la sociedad, al ser
bendecida por la Iglesia, por cuanto así la consideraba la
conciencia pública y la habían consagrado las costumbres. De esto
provino que yo no celebrase mi matrimonio civil sino algunos meses
después del religioso, bien que, como publicista, había sido uno de
los más decididos promotores de la ley que organizó el matrimonio
puramente civil. Las leyes del honor, sancionadas por las
costumbres, tendrán siempre más fuerza obligatoria para los hombres
de corazón que todas las leyes civiles.
Al cabo celebré mi matrimonio el 5 de mayo, bendecido por el
Arzobispo de Bogotá, señor Herrán, que desde entonces me llamó su
|ahijado y me estimó con mayor aprecio. Al día siguiente,
con la bendición de mis padres, nos fuimos a pasar la luna de miel
en la quinta de Chapinero que después perteneció, primorosamente
mejorada y embellecida, al ilustrísimo señor Arzobispo Arbeláez.
Allí pasamos en la soledad algunas semanas de suprema felicidad,
entretenidos todos los días en deliciosos paseos a pie o a caballo,
en componer versos y dibujar paisajes, y en las más gratas lecturas
literarias. Debe de haberme tenido Dios en gran cuenta mi felicidad
conyugal, puesto que, acaso para librarme de la soberbia en la
dicha, me ha probado con grandes y numerosos infortunios,
independientes de voluntad o culpa de mi siempre buena, abnegada y
adorada esposa...