CONTINUA
LA CAMPAÑA
Inmediatamente después de los desastres de Zipaquirá y Tiquiza,
el general Herrera expidió en Villeta como encargado del poder
ejecutivo nacional, un decreto de convocatoria del congreso que
Melo había dispersado, para reunirse en Ibagué en el mes de junio.
Como secretario que era yo de la Cámara de Representantes, mí
concurrencia a Ibagué era necesaria, pues habiéndose ejecutado
súbitamente la disolución de hecho del Congreso, no se podía contar
con documento alguno, y sólo yo podía, de memoria, suministrar una
multitud de informes importantes. Así, hacia fines de junio puseme
en camino para Ibagué, con ánimo de prestar los servicios más
indispensables en la Cámara y salir luégo a campaña.
Un recuerdo muy doloroso, entre otros muy gratos, me quedó de
las dos semanas pasadas entonces en Ibagué: la despedida del
general Herrera. Había este gallardo militar y noble patriota
sufrido cruelmente a causa de sus derrotas de Zipaquirá y Tíquiza,
pues muy pundonoroso y susceptible como era, le exasperaba la idea
de que le imputasen a debilidad respecto de Franco, a ineptitud o a
cobardía la pérdida del primer ejército del norte, y con ella los
enormes sacrificios que habían de hacerse. En una hermosa tarde,
víspera del día en que Herrera debía partirse de Ibagué con Ricardo
Vanegas y otros compañeros de campaña, el general estaba muy
triste. Vanegas y dos o tres amigos más nos paseábamos con él, del
lado sur de la ciudad, por la orilla de la altísima barranca,
cubierta de grama y olorosos arbustos, que domina el abismo por
cuyo fondo corre el impetuoso y espumante Combeima. Departíamos
haciendo cálculos sobre la fecha en que concluiría la guerra civil
y los resultados que produciría nuestra victoria, cuando
súbitamente Herrera se volvió hacia mí diciendo:
-¡A, nada de eso veré yo!
-¿Por qué general? -le pregunté con alguna extrañeza.
-Porque yo he de morir en la próxima campaña.
-¿Morir? ¡Oh! -repuse-. ¡Nadie sabe qué suerte correrá!
-Sí; yo moriré, ¡porque necesito hacerme matar! -exclamó.
-No veo la razón que haya para ello.
-¡Oh, general, deseche usted esas ideas! -repliqué-. Su honor
militar está muy bien puesto, así como su reputación de
patriota.
-No hablemos más de eso..
En efecto, todos callamos y luégo mudamos de conversación.
¡Al día siguiente muchos le acompañamos hasta el Vergel. Allí,
al darme el abrazo de despedida, me dijo: "Adiós... ¡y para
siempre!".
Y no volví a verle, sino muerto, en la noche del 4 de diciembre
en Bogotá... ¡El denodado general le cumplió a la Muerte su
terrible palabra!
Jamás ninguna pequeña localidad, entre nosotros, se vió tan
colmada de hombres eminentes como Ibagué, con motivo de haberse
fijado allí provisionalmente la capital de la república. Allí se
hallaron el señor Obaldía y sus secretarios José María Plata
(liberal), Pastor Ospina (conservador) y Ramón Matéus (radical);
magistrados como los ilustres José Ignacio de Márquez y Lino de
Pombo; miembros eminentes del Congreso, como Mallarino, Gutiérrez
Vergara, Fernández Madrid y Murillo, y viejos veteranos de la
independencia, como los generales Ortega y Vélez.
Llegó al cabo el general López, senador, nombrado general en
jefe del ejército del sur, quien venía del Cauca, donde había
prestado ya importantísimos servicios, y como él quería que yo le
acompañase y era grande mi impaciencia al ver que no se reunía
quórum para reinstalar el Congreso, resolví no perder más tiempo en
Ibagué. Redacté, pues, un extenso y laborioso informe sobre los
trabajos que la Cámara de Representantes había ejecutado hasta el
15 de abril; acompañé a tal informe mi renuncia de la secretaría y
de todo sueldo y viático; recomendé a Manuel Pombo como el más
propio para reemplazarme, y salí a campaña con mi venerable amigo
el general López.
Debo hacer notar, porque el hecho me honra y no es común, que
hice toda la campaña, desde julio hasta diciembre, a mí costa.
Llevé a ella dos caballos propios y jamás monté ningún bagaje de
brigada; llevé en cóndores y recibí después en Ambalema, por junto,
más de $1.000, y los gasté íntegramente, sobre todo en atender a
préstamos y petardos. Fuí provisto de un sencillo uniforme de
bayeta (blusa y pantalón) y de espada, pistolas y trabuco, y en
nada gravé al tesoro público. No recibí sueldo alguno ni ración; y
el 5 de diciembre, al día siguiente de la victoria definitiva,
presenté al secretario de guerra un memorial en el cual renuncié no
sólo todos los sueldos y raciones militares, sino también los
ascensos a capitán y sargento mayor con que sucesivamente me honró
el general López.
La villa del Espinal había sido designada como cuartel general.
Al llegar allí, el general López me nombré teniente 1º, con
funciones de uno de sus ayudantes o edecanes, y me dió una comisión
muy importante: la de ir al punto como jefe de una comisión de
estado mayor, a levantar, con dos alumnos del colegio militar
(Alejandro Caicedo y N. Burgos), el mapa del río Magdalena, en el
trayecto comprendido entre sus afluentes Saldaña y Coello. La
comisión era muy penosa y no poco peligrosa; y la desempeñamos a
entera satisfacción del estado mayor general, presentando yo, con
el mapa, un extenso y minucioso informe que elaboré sobre todo lo
relacionado con los elementos de ataque y defensa y condiciones
estratégicas de las márgenes del río en todo el trayecto
mencionado.
Al desempeñar aquella comisión nos ocurrió un caso curioso. Con
la imprevisión propia de unos jóvenes sin experiencia de la guerra,
partimos del Espinal sin llevar ninguna clase de provisiones de
boca. A duras penas hallamos algo que comer en las orillas del
Saldaña, y después, por la noche, en un rancho de la margen
izquierda del Magdalena, entre las desembocaduras de los ríos
Saldaña y Luisa, hubimos de conformarnos, antes de dormir tirados
en el suelo, con tomar en totuma un poco de agua de panela cocida,
acompañada con plátano verde asado.
Al día siguiente fue peor. Las orillas del Magdalena estaban
desiertas, y cuando atracamos la canoa al pie de alguna casucha no
hallamos cosa alguna que nos quisiesen vender. En cierto sitio
solitario encontramos un pescador que nos vendio unos cinco
pequeños peces de los llamados tolombas, y nos los comimos asados a
la diabla, sin sal y con acompañamiento de panela. Al pasar por
enfrente de Peñalisa hubimos de hacerlo con alguna precaución,
porque sabíamos que en ese lugar (punto fuerte y dominante sobre la
banda derecha del río) había estado dos o tres horas antes un
destacamento de las fuerzas de Melo.
Llevamos nuestra canoa muy cerca de la orilla izquierda, en un
trayecto solitario, abajo de Peñalisa, cuando alcanzamos a ver un
hermoso venado que se abrevaba tranquilamente en la playa de la
margen derecha, a una distancia como de más de doscientos cincuenta
metros. Al punto hicimos parar la canoa contra la corriente, porque
yo llevaba un excelente rifle que me había prestado el doctor
Francisco Caicedo Jurado, me arrodillé a medias, puse la puntería y
disparé. El venado dio un enorme salto sobre el arenal, cayó, se
levantó y se fue lentamente hacia la orilla del cercano bosque,
donde se agazapó.
-¡Está mortalmente herido! -grité-. ¡Boguemos hacia la orilla
opuesta!
En efecto, fuimos hacia ella con mucha rapidez, y cuando
llegamos a la playa vi que el venado se agitaba entre las ramas, y
no le di tiempo para huir, sino que con una carabina de caballería
le disparé otro tiro. Nos acercamos y hallamos el animal muerto:
era una hermosa venada de bello pelaje bayo o amarillo pálido y
rojizo. Al punto la llevamos a la canoa, y continuamos alegremente
nuestros trabajos de cartografía y estrategia, seguros de que con
tan bella caza podríamos proporcionarnos buen alimento.
Efectivamente, al arribar el pueblecito de Coello en la
desembocadura de este río, hicimos el trato en una casa de que nos
sirvieran una opípara comida en cambio de casi toda la venada. De
ésta nos comimos las asaduras solamente, pero la patrona o casera
nos dio excelente caldo de huevos, gallina asada, puchero u olla,
pescado, leche, dulces y cuanto quisimos tomar. De este modo un
tiro bien aprovechado nos proporcionó los alimentos que de otra
suerte no hubiéramos conseguido. Y digo esto, porque la patroncita
no quería vendernos cosa alguna por nuestro dinero, ni nadie en el
pueblo, y el halago de la hermosa venada, con cuya adquisición
hacía muy buen negocio, fue el que la indujo a servirnos una
abundante, variada y sabrosa comida.
¡Cuántas veces no acontece en nuestras tierras calientes del
valle del Magdalena una de dos cosas curiosas: o que uno puede
viajar sin dinero, atenido enteramente a la generosa hospitalidad
de los comarcanos, muy rara vez desmentida, o que, llevando reales,
corre el riesgo de morirse de hambre en algunas campiñas solitarias
o poco pobladas, ya por no encontrarse comestibles, ya porque
algunas campesinas que los tienen los ocultan y absolutamente
rehusan venderlos! De estos casos contrarios me han ocurrido
algunos en los Estados del Tolima, Cundinamarca y Santander.
Apenas regresé al Espinal cuando inmediatamente me confié el
general en jefe una comisión aun mas delicada: la de ir a comunicar
verbalmente y someter a la aprobación del gobierno el plan de
campaña que se acababa de concertar; plan que era peligroso reducir
a escrito en pliegos oficiales, porque en el camino y en Ibagué
había no pocos melistas. Caminé, acompañado solamente por un
soldado de caballería, durante la noche entera, haciendo esfuerzos
de memoria para no olvidar ni confundir ni el menor detalle del
plan de campaña; a las nueve de la mañana estuve en Ibagué y lo
expuse minuciosamente delante del consejo de gobierno, y a medio
día, provisto de un pliego oficial que decía simplemente: "Aprueba
el gobierno en todas sus partes lo que acabáis de hacerle comunicar
verbalmente", y con instrucciones también verbales, regresé hacia
el Espinal.
Llegué a eso de las once de la noche y ya el lugar estaba
desierto. El general López había emprendido marcha con el ejército
y pasado el Magdalena, dejándome, con el patriota cura doctor
Galvis, instrucciones escritas sobre lo que debía hacer. A las
pocas horas continué mi marcha, llevándome toda la gente que se
había quedado rezagada, por falta de alguna cosa o por enfermedad
leve, pasé luego al río por Peñalisa, y me incorporé al ejército en
Tocaima. A los dos o tres días de nuestra llegada a La Mesa, en
agosto, hubo Camacho Roldán (que era secretario ayudante mayor del
general en jefe) de ausentarse para concurrir al Congreso como
representante, y en reemplazo de él me nombré secretario suyo el
general López, ascendiéndome a capitán.
La vida que pasamos en La Mesa fue de suma actividad, de
continua vigilancia, de gran trabajo para la concentración y
definitiva organización del ejército, así como para dirigir los
movimientos estratégicos hacia la sabana de Bogotá y combinar las
operaciones con el ejército del norte, que comandaba en jefe el
general Mosquera, y de constantes penalidades, ocasionadas éstas
por continuas alarmas, por indisciplina de varios jefes voluntarios
y de unos cuantos batallones (sobre todo los cuatro antioqueños),
por falta de agua y de buenos víveres, y por las enfermedades que
comenzaron a reinar. La disentería se volvió epidémica, y yo, muy
fuerte, robusto y resistente, al cabo hube de pagar mi tributo a la
epidemia.
Yo tenía tántas ocupaciones y trabajaba tan asiduamente, que
llegué a hacer varias veces este esfuerzo mental: dictar a un
tiempo tres comunicaciones distintas a tres ayudantes, en tanto que
yo redactaba y escribía otra. El general López se aturdía de mi
actividad y laboriosidad, y cada día me estimaba y quería más. Caí
gravemente enfermo y estuve en peligro de muerte, a tal punto, que
una noche, interrogados los médicos con ansiedad por el general
López (uno de ellos era el que había operado a Elvira en Ambalema),
le declararon que si dentro de tres horas no hacía crisis mi mal, a
virtud de ciertos remedios heroicos que iban a aplicarme, moriría
al día siguiente. Por fortuna, fueron eficaces dichos remedios,
hubo crisis y me salvé.
Un caso curioso de fecundidad para improvisar en verso, me
ocurrió en el mes de octubre, durante la estación en La Mesa; caso
que fue la sublimación de otros dos algo semejantes.
Recuerdo que una noche, siendo estudiantes y condiscípulos
Manuel Pombo y yo (en 1845 o 1846), concurrimos a una tertulia en
casa de las amables señoritas Peñas, muy dignas de aprecio y muy
sociables, que bailaban primorosamente, y no perdimos el tiempo.
Bailamos con entusiasmo y sin perder ni una pieza, y como a título
de poetas principiantes fuimos invitados a brindar muchas veces en
verso, lo hicimos, tanto en la sala como en el comedor, con suma
verbosidad. No sólo estuvimos improvisando allí mil vagabunderías
chistosas durante unas cuatro horas, sino que luego, al salir de la
tertulia, seguimos charlando en verso por las calles; y habiéndome
dado Pombo hospitalidad en su cuarto aquella noche, seguimos
hablando en verso a oscuras, no poco achispados, hasta que Morfeo
tuvo a bien cerrarnos los ojos y la boca.
La víspera del día en que habíamos de seguir de Guaduas para
Villeta. en mayo de 1854, el coronel Arboleda, que era muy
aficionado a sorpresas militares, hizo dar a las nueve de la noche
un falso toque de alarma para probar las disposiciones de la tropa;
y cuando hubo pasado todo el movimiento, el mismo Arboleda nos
llevó a varios amigos a su alojamiento a tomar una copa de vino.
Como él era insigne poeta, y entre los presentes había tres más de
la cofradía (Lázaro María Pérez, Pedro Alcántara, Camacho P. y yo),
en breve nos pusimos a brindar en verso, y duramos cosa de tres
horas hablando mucho y sin decir una palabra en prosa. Arboleda
estuvo maravilloso en sus improvisaciones.
El caso se repitió una noche, en La Mesa, en el mes de octubre,
pero en mayores proporciones. Muchos jefes y oficiales comíamos en
una fonda que sostenía un extranjero, y una noche, al acabar de
merendar, a eso de las siete y media, alguien recité o improvisé,
por acaso, alguna cosa en verso. ¡Quién dijo tal!.
Al punto respondió Arboleda, en verso, con mucho garbo, y como
todos estábamos de humor, convinimos en que sólo se hablaría en
verso, añadiendo esta dificultad: que toda estrofa que se
improvisara había de tener por pie o punto de partida el último
verso que se pronunciara. El que hablara en prosa debía ser multado
en una botella de cerveza, y toda la provisión de multas debía ser
despachada en seguida por nosotros. A más de Arboleda, Pérez,
Camacho Pradilla y yo, estaban en la reunión Rafael Pombo y otros
dos o tres poetas; y armamos tal gazapera de improvisaciones, que
aquello fue, durante siete e ocho horas, el más curioso
chisporroteo de fuegos artificiales sostenidos con la palabra, en
constante lucha de chispas, agudezas y oportunísimas
ocurrencias.
De tal modo solté le vena, por mi parte, que si tenía alguna
chispa de cerveza y vino, por las muchas copas que bebí, aún mayor
era la de versificación: una verdadera embriaguez de versos,
producidos y oídos en todos los metros posibles. A eso de las tres
de la mañana nos dispersamos, y todavía yo, -como un reloj con la
cuerda reventada-, seguía solo hablando en verso por la calle, en
dirección al cuartel general; y al día siguiente me contaron que yo
había estado durante cerca de media hora apostrofando en
redondillas, cuartetas y quintillas a unos tres árboles que había
en la plaza de la ciudad.
De la casa que era cuartel general me trasladaron a otra,
convaleciente y en muy delicada situación, para que una buena
señora me asistiera, así como al joven Isidoro Ricaurte, sobrino
del general López, que se hallaba en estado idéntico al mío; y el
general tuvo la fineza de dejarnos al cuidado de su mejor médico,
al emprender operaciones sobre la Sabana.
Hacía veinticuatro horas que el ejército del sur había marchado
todo hacia la sabana, por las escabrosas vías de San Antonio y
Cincha, para salir a Tequendama, reunirse allí y emprender
operaciones decisivas sobre Bogotá, por Soacha y Bosa, cuando una
mañana, al despertar, le dije a mi compañero de convalecencia:
-Parece que la mañana está muy hermosa e incita a salir al
campo.
-Así lo creo, -respondió Ricaurte.
-¡Diantre! ¿No le parece a usted que nuestra situación es muy
ridícula?
-¿Por qué, mi capitán?
-¡Bah! ¡Sufrir uno durante unos cuantos meses todas las
penalidades de la campaña, y al cabo, cuando todos los compañeros
marchan para ir a combatir, quedarse en una cama, tomando sagú y
aguas cocidas y aplicándose fomentaciones, en la menguada condición
de convaleciente de una disentería!
-¡Esto es realmente doloroso!
-Pues pongámosle remedio.
-¿De qué modo?
-Apeándonos de la cama para montar a caballo.
-¡Qué idea tan feliz!
-¡Pues manos a la obra!
-Bueno; ¿pero qué dirá el doctor Díaz?
-Le haremos mil argumentos, y si éstos no valieren, nos
alzaremos contra la dictadura de Hipócrates.
Al punto mandamos traer nuestros caballos y el de nuestro
médico. A poco rato llegó éste a visitarnos y le propusimos nuestro
proyecto. Tuvo en el primer momento sus escrúpulos de
responsabilidad; pero luego reconoció que el ejercicio lento a
caballo y el cambio de aires, dejando los de La Mesa, infestados,
por los puros y fortificantes del camino, nos harían gran provecho,
apresurando nuestra convalecencia. Una hora después montamos
trabajosamente, pues éramos dos esqueletos y carecíamos de
fuerzas.
Apenas bajamos de la Punta de arriba, de La Mesa que fue de Juan
Díaz y luego se llamó simplemente La Mesa, y pasamos por el paraje
denominado Guayabal, cuando nos sentimos revivir y empezando a
regeneramos. Más adelante, en el Hospicio, tuvimos apetito y
tomamos chocolate, alimento reputado muy pesado para unos
convalecientes como nosotros, pero que nos sentó mejor que el
empalagoso sagú. En Tena nos brindaron con un trago de buen brandy,
y nos hizo admirable provecho. Muy adelante llegamos a pedir agua
en una casa y estaban comiendo: nos invitaron cordialmente, sin
conocernos, y tomamos suculenta mazamorra, sabroso puchero y una
chicha... capaz de resucitar muertos. ¡Adiós disentería! Ni rastro
de ella quedó. Dormimos a orillas del Bogotá, en la Playa,
filosóficamente tirados en el suelo sobre nuestras mantas, y al día
siguiente éramos hombres. Luego almorzamos opíparamente en Cincha,
y cuando menos lo pensó el general Lopez le alcanzamos en las casas
de Tequendama.
Durante los últimos días de mi enfermedad había regresado
Camacho Roldán al cuartel general y recuperado su puesto de
ayudante secretario. No pudiendo el general en jefe tener dos
capitanes entre sus ayudantes, le insinué que me rebajara el grado
para poder seguir con él, o que me diese la más humilde colocación
para poder combatir. Pero él prefirió darme el mando de una nueva
compañía del escuadrón Guías, que se estaba reorganizando. El
comandante del escuadrón era el hermoso, hercúleo, simpático y
valentísimo Clodomiro Ramírez, que-había ejecutado en Roldanillo
proezas asombrosas: la primera compañía, mandada por un capitán
negro, cumplido caballero, se componía de negros del Cauca, muy
valientes pero de difícil manejo; la segunda, que se me confié, se
componía de jóvenes de Bogotá, muy resueltos a cumplir con su
deber. Recuerdo entre otros al sargente Isidoro Ricaurte, al
sargento (doctor) Pedro Alejo Forero, a los cabos Teodoro
Valenzuela (doctor) e Ignacio Ortiz, y a muchos soldados que eran
finos cachacos bogotanos.