INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
CONTINUA LA CAMPAÑA
 

 

 

 

Inmediatamente después de los desastres de Zipaquirá y Tiquiza, el general Herrera expidió en Villeta como encargado del poder ejecutivo nacional, un decreto de convocatoria del congreso que Melo había dispersado, para reunirse en Ibagué en el mes de junio. Como secretario que era yo de la Cámara de Representantes, mí concurrencia a Ibagué era necesaria, pues habiéndose ejecutado súbitamente la disolución de hecho del Congreso, no se podía contar con documento alguno, y sólo yo podía, de memoria, suministrar una multitud de informes importantes. Así, hacia fines de junio puseme en camino para Ibagué, con ánimo de prestar los servicios más indispensables en la Cámara y salir luégo a campaña.

Un recuerdo muy doloroso, entre otros muy gratos, me quedó de las dos semanas pasadas entonces en Ibagué: la despedida del general Herrera. Había este gallardo militar y noble patriota sufrido cruelmente a causa de sus derrotas de Zipaquirá y Tíquiza, pues muy pundonoroso y susceptible como era, le exasperaba la idea de que le imputasen a debilidad respecto de Franco, a ineptitud o a cobardía la pérdida del primer ejército del norte, y con ella los enormes sacrificios que habían de hacerse. En una hermosa tarde, víspera del día en que Herrera debía partirse de Ibagué con Ricardo Vanegas y otros compañeros de campaña, el general estaba muy triste. Vanegas y dos o tres amigos más nos paseábamos con él, del lado sur de la ciudad, por la orilla de la altísima barranca, cubierta de grama y olorosos arbustos, que domina el abismo por cuyo fondo corre el impetuoso y espumante Combeima. Departíamos haciendo cálculos sobre la fecha en que concluiría la guerra civil y los resultados que produciría nuestra victoria, cuando súbitamente Herrera se volvió hacia mí diciendo:

-¡A, nada de eso veré yo!

-¿Por qué general? -le pregunté con alguna extrañeza.

-Porque yo he de morir en la próxima campaña.

-¿Morir? ¡Oh! -repuse-. ¡Nadie sabe qué suerte correrá!

-Sí; yo moriré, ¡porque necesito hacerme matar! -exclamó.

-No veo la razón que haya para ello.

-¡Oh, general, deseche usted esas ideas! -repliqué-. Su honor militar está muy bien puesto, así como su reputación de patriota.

-No hablemos más de eso..

En efecto, todos callamos y luégo mudamos de conversación.

¡Al día siguiente muchos le acompañamos hasta el Vergel. Allí, al darme el abrazo de despedida, me dijo: "Adiós... ¡y para siempre!".

Y no volví a verle, sino muerto, en la noche del 4 de diciembre en Bogotá... ¡El denodado general le cumplió a la Muerte su terrible palabra!

Jamás ninguna pequeña localidad,  entre nosotros, se vió tan colmada de hombres eminentes como Ibagué, con motivo de haberse fijado allí provisionalmente la capital de la república. Allí se hallaron el señor Obaldía y sus secretarios José María Plata (liberal), Pastor Ospina (conservador) y Ramón Matéus (radical); magistrados como los ilustres José Ignacio de Márquez y Lino de Pombo; miembros eminentes del Congreso, como Mallarino, Gutiérrez Vergara, Fernández Madrid y Murillo, y viejos veteranos de la independencia, como los generales Ortega y Vélez.

Llegó al cabo el general López, senador, nombrado general en jefe del ejército del sur, quien venía del Cauca, donde había prestado ya importantísimos servicios, y como él quería que yo le acompañase y era grande mi impaciencia al ver que no se reunía quórum para reinstalar el Congreso, resolví no perder más tiempo en Ibagué. Redacté, pues, un extenso y laborioso informe sobre los trabajos que la Cámara de Representantes había ejecutado hasta el 15 de abril; acompañé a tal informe mi renuncia de la secretaría y de todo sueldo y viático; recomendé a Manuel Pombo como el más propio para reemplazarme, y salí a campaña con mi venerable amigo el general López.

Debo hacer notar, porque el hecho me honra y no es común, que hice toda la campaña, desde julio hasta diciembre, a mí costa. Llevé a ella dos caballos propios y jamás monté ningún bagaje de brigada; llevé en cóndores y recibí después en Ambalema, por junto, más de $1.000, y los gasté ínte­gramente, sobre todo en atender a préstamos y pe­tardos. Fuí provisto de un sencillo uniforme de bayeta (blusa y pantalón) y de espada, pistolas y trabuco, y en nada gravé al tesoro público. No recibí sueldo alguno ni ración; y el 5 de diciembre, al día siguiente de la victoria definitiva, presenté al secretario de guerra un memorial en el cual renuncié no sólo todos los sueldos y raciones militares, sino también los ascensos a capitán y sargento mayor con que sucesivamente me honró el general López.

La villa del Espinal había sido designada como cuartel general. Al llegar allí, el general López me nombré teniente 1º, con funciones de uno de sus ayudantes o edecanes, y me dió una comisión muy importante: la de ir al punto como jefe de una comisión de estado mayor, a levantar, con dos alumnos del colegio militar (Alejandro Caicedo y N. Burgos), el mapa del río Magdalena, en el trayecto comprendido entre sus afluentes Saldaña y Coello. La comisión era muy penosa y no poco peligrosa; y la desempeñamos a entera satisfacción del estado mayor general, presentando yo, con el mapa, un extenso y minucioso informe que elaboré sobre todo lo relacionado con los elementos de ataque y defensa y condiciones estratégicas de las márgenes del río en todo el trayecto mencionado.

Al desempeñar aquella comisión nos ocurrió un caso curioso. Con la imprevisión propia de unos jóvenes sin experiencia de la guerra, partimos del Espinal sin llevar ninguna clase de provisiones de boca. A duras penas hallamos algo que comer en las orillas del Saldaña, y después, por la noche, en un rancho de la margen izquierda del Magdalena, entre las desembocaduras de los ríos Saldaña y Luisa, hubimos de conformarnos, antes de dormir tirados en el suelo, con tomar en totuma un poco de agua de panela cocida, acompañada con plátano verde asado.

Al día siguiente fue peor. Las orillas del Magdalena estaban desiertas, y cuando atracamos la canoa al pie de alguna casucha no hallamos cosa alguna que nos quisiesen vender. En cierto sitio solitario encontramos un pescador que nos vendio unos cinco pequeños peces de los llamados tolombas, y nos los comimos asados a la diabla, sin sal y con acompañamiento de panela. Al pasar por enfrente de Peñalisa hubimos de hacerlo con alguna precaución, porque sabíamos que en ese lugar (punto fuerte y dominante sobre la banda derecha del río) había estado dos o tres horas antes un destacamento de las fuerzas de Melo.

Llevamos nuestra canoa muy cerca de la orilla izquierda, en un trayecto solitario, abajo de Peñalisa, cuando alcanzamos a ver un hermoso venado que se abrevaba tranquilamente en la playa de la margen derecha, a una distancia como de más de doscientos cincuenta metros. Al punto hicimos parar la canoa contra la corriente, porque yo llevaba un excelente rifle que me había prestado el doctor Francisco Caicedo Jurado, me arrodillé a medias, puse la puntería y disparé. El venado dio un enorme salto sobre el arenal, cayó, se levantó y se fue lentamente hacia la orilla del cercano bosque, donde se agazapó.

-¡Está mortalmente herido! -grité-. ¡Boguemos hacia la orilla opuesta!

En efecto, fuimos hacia ella con mucha rapidez, y cuando llegamos a la playa vi que el venado se agitaba entre las ramas, y no le di tiempo para huir, sino que con una carabina de caballería le disparé otro tiro. Nos acercamos y hallamos el animal muerto: era una hermosa venada de bello pelaje bayo o amarillo pálido y rojizo. Al punto la llevamos a la canoa, y continuamos alegremente nuestros trabajos de cartografía y estrategia, seguros de que con tan bella caza podríamos proporcionarnos buen alimento.

Efectivamente, al arribar el pueblecito de Coello en la desembocadura de este río, hicimos el trato en una casa de que nos sirvieran una opípara comida en cambio de casi toda la venada. De ésta nos comimos las asaduras solamente, pero la patrona o casera nos dio excelente caldo de huevos, gallina asada, puchero u olla, pescado, leche, dulces y cuanto quisimos tomar. De este modo un tiro bien aprovechado nos proporcionó los alimentos que de otra suerte no hubiéramos conseguido. Y digo esto, porque la patroncita no quería vendernos cosa alguna por nuestro dinero, ni nadie en el pueblo, y el halago de la hermosa venada, con cuya adquisición hacía muy buen negocio, fue el que la indujo a servirnos una abundante, variada y sabrosa comida.

¡Cuántas veces no acontece en nuestras tierras calientes del valle del Magdalena una de dos cosas curiosas: o que uno puede viajar sin dinero, atenido enteramente a la generosa hospitalidad de los comarcanos, muy rara vez desmentida, o que, llevando reales, corre el riesgo de morirse de hambre en algunas campiñas solitarias o poco pobladas, ya por no encontrarse comestibles, ya porque algunas campesinas que los tienen los ocultan y absolutamente rehusan venderlos! De estos casos contrarios me han ocurrido algunos en los Estados del Tolima, Cundinamarca y Santander.

Apenas regresé al Espinal cuando inmediatamente me confié el general en jefe una comisión aun mas delicada: la de ir a comunicar verbalmente y someter a la aprobación del gobierno el plan de campaña que se acababa de concertar; plan que era peligroso reducir a escrito en pliegos oficiales, porque en el camino y en Ibagué había no pocos melistas. Caminé, acompañado solamente por un soldado de caballería, durante la noche entera, haciendo esfuerzos de memoria para no olvidar ni confundir ni el menor detalle del plan de campaña; a las nueve de la mañana estuve en Ibagué y lo expuse minuciosamente delante del consejo de gobierno, y a medio día, provisto de un pliego oficial que decía simplemente: "Aprueba el gobierno en todas sus partes lo que acabáis de hacerle comunicar verbalmente", y con instrucciones también verbales, regresé hacia el Espinal.

Llegué a eso de las once de la noche y ya el lugar estaba desierto. El general López había emprendido marcha con el ejército y pasado el Magdalena, dejándome, con el patriota cura doctor Galvis, instrucciones escritas sobre lo que debía hacer. A las pocas horas continué mi marcha, llevándome toda la gente que se había quedado rezagada, por falta de alguna cosa o por enfermedad leve, pasé luego al río por Peñalisa, y me incorporé al ejército en Tocaima. A los dos o tres días de nuestra llegada a La Mesa, en agosto, hubo Camacho Roldán (que era secretario ayudante mayor del general en jefe) de ausentarse para concurrir al Congreso  como representante, y en reemplazo de él me nombré secretario suyo el general López, ascendiéndome a capitán.

La vida que pasamos en La Mesa fue de suma actividad, de continua vigilancia, de gran trabajo para la concentración y definitiva organización del ejército, así como para dirigir los movimientos estratégicos hacia la sabana de Bogotá y combinar las operaciones con el ejército del norte, que comandaba en jefe el general Mosquera, y de constantes penalidades, ocasionadas éstas por continuas alarmas, por indisciplina de varios jefes voluntarios y de unos cuantos batallones (sobre todo los cuatro antioqueños), por falta de agua y de buenos víveres, y por las enfermedades que comenzaron a reinar. La disentería se volvió epidémica, y yo, muy fuerte, robusto y resistente, al cabo hube de pagar mi tributo a la epidemia.

Yo tenía tántas ocupaciones y trabajaba tan asiduamente, que llegué a hacer varias veces este esfuerzo mental: dictar a un tiempo tres comunicaciones distintas a tres ayudantes, en tanto que yo redactaba y escribía otra. El general López se aturdía de mi actividad y laboriosidad, y cada día me estimaba y quería más. Caí gravemente enfermo y estuve en peligro de muerte, a tal punto, que una noche, interrogados los médicos con ansiedad por el general López (uno de ellos era el que había operado a Elvira en Ambalema), le declararon que si dentro de tres horas no hacía crisis mi mal, a virtud de ciertos remedios heroicos que iban a aplicarme, moriría al día siguiente. Por fortuna, fueron eficaces dichos remedios, hubo crisis y me salvé.

Un caso curioso de fecundidad para improvisar en verso, me ocurrió en el mes de octubre, durante la estación en La Mesa; caso que fue la sublimación de otros dos algo semejantes.

Recuerdo que una noche, siendo estudiantes y condiscípulos Manuel Pombo y yo (en 1845 o 1846), concurrimos a una tertulia en casa de las amables señoritas Peñas, muy dignas de aprecio y muy sociables, que bailaban primorosamente, y no perdimos el tiempo. Bailamos con entusiasmo y sin perder ni una pieza, y como a título de poetas principiantes fuimos invitados a brindar muchas veces en verso, lo hicimos, tanto en la sala como en el comedor, con suma verbosidad. No sólo estuvimos improvisando allí mil vagabunderías chistosas durante unas cuatro horas, sino que luego, al salir de la tertulia, seguimos charlando en verso por las calles; y habiéndome dado Pombo hospitalidad en su cuarto aquella noche, seguimos hablando en verso a oscuras, no poco achispados, hasta que Morfeo tuvo a bien cerrarnos los ojos y la boca.

La víspera del día en que habíamos de seguir de Guaduas para Villeta. en mayo de 1854, el coronel Arboleda, que era muy aficionado a sorpresas militares, hizo dar a las nueve de la noche un falso toque de alarma para probar las disposiciones de la tropa; y cuando hubo pasado todo el movimiento, el mismo Arboleda nos llevó a varios amigos a su alojamiento a tomar una copa de vino. Como él era insigne poeta, y entre los presentes había tres más de la cofradía (Lázaro María Pérez, Pedro Alcántara, Camacho P. y yo), en breve nos pusimos a brindar en verso, y duramos cosa de tres horas hablando mucho y sin decir una palabra en prosa. Arboleda estuvo maravilloso en sus improvisaciones.

El caso se repitió una noche, en La Mesa, en el mes de octubre, pero en mayores proporciones. Muchos jefes y oficiales comíamos en una fonda que sostenía un extranjero, y una noche, al acabar de merendar, a eso de las siete y media, alguien recité o improvisé, por acaso, alguna cosa en verso. ¡Quién dijo tal!.

Al punto respondió Arboleda, en verso, con mucho garbo, y como todos estábamos de humor, convinimos en que sólo se hablaría en verso, añadiendo esta dificultad: que toda estrofa que se improvisara había de tener por pie o punto de partida el último verso que se pronunciara. El que hablara en prosa debía ser multado en una botella de cerveza, y toda la provisión de multas debía ser despachada en seguida por nosotros. A más de Arboleda, Pérez, Camacho Pradilla y yo, estaban en la reunión Rafael Pombo y otros dos o tres poetas; y armamos tal gazapera de improvisaciones, que aquello fue, durante siete e ocho horas, el más curioso chisporroteo de fuegos artificiales sostenidos con la palabra, en constante lucha de chispas, agudezas y oportunísimas ocurrencias.

De tal modo solté le vena, por mi parte, que si tenía alguna chispa de cerveza y vino, por las muchas copas que bebí, aún mayor era la de versificación: una verdadera embriaguez de versos, producidos y oídos en todos los metros posibles. A eso de las tres de la mañana nos dispersamos, y todavía yo, -como un reloj con la cuerda reventada-, seguía solo hablando en verso por la calle, en dirección al cuartel general; y al día siguiente me contaron que yo había estado durante cerca de media hora apostrofando en redondillas, cuartetas y quintillas a unos tres árboles que había en la plaza de la ciudad.

De la casa que era cuartel general me trasladaron a otra, convaleciente y en muy delicada situación, para que una buena señora me asistiera, así como al joven Isidoro Ricaurte, sobrino del general López, que se hallaba en estado idéntico al mío; y el general tuvo la fineza de dejarnos al cuidado de su mejor médico, al emprender operaciones sobre la Sabana.

Hacía veinticuatro horas que el ejército del sur había marchado todo hacia la sabana, por las escabrosas vías de San Antonio y Cincha, para salir a Tequendama, reunirse allí y emprender operaciones decisivas sobre Bogotá, por Soacha y Bosa, cuando una mañana, al despertar, le dije a mi compañero de convalecencia:

-Parece que la mañana está muy hermosa e incita a salir al campo.

-Así lo creo, -respondió Ricaurte.

-¡Diantre! ¿No le parece a usted que nuestra situación es muy ridícula?

-¿Por qué, mi capitán?

-¡Bah! ¡Sufrir uno durante unos cuantos meses todas las penalidades de la campaña, y al cabo, cuando todos los compañeros marchan para ir a combatir, quedarse en una cama, tomando sagú y aguas cocidas y aplicándose fomentaciones, en la menguada condición de convaleciente de una disentería!

-¡Esto es realmente doloroso!

-Pues pongámosle remedio.

-¿De qué modo?

-Apeándonos de la cama para montar a caballo.

-¡Qué idea tan feliz!

-¡Pues manos a la obra!

-Bueno; ¿pero qué dirá el doctor Díaz?

-Le haremos mil argumentos, y si éstos no valieren, nos alzaremos contra la dictadura de Hipócrates.

Al punto mandamos traer nuestros caballos y el de nuestro médico. A poco rato llegó éste a visitarnos y le propusimos nuestro proyecto. Tuvo en el primer momento sus escrúpulos de responsabilidad; pero luego reconoció que el ejercicio lento a caballo y el cambio de aires, dejando los de La Mesa, infestados, por los puros y fortificantes del camino, nos harían gran provecho, apresurando nuestra convalecencia. Una hora después montamos trabajosamente, pues éramos dos esqueletos y carecíamos de fuerzas.

Apenas bajamos de la Punta de arriba, de La Mesa que fue de Juan Díaz y luego se llamó simplemente La Mesa, y pasamos por el paraje denominado Guayabal, cuando nos sentimos revivir y empezando a regeneramos. Más adelante, en el Hospicio, tuvimos apetito y tomamos chocolate, alimento reputado muy pesado para unos convalecientes como nosotros, pero que nos sentó mejor que el empalagoso sagú. En Tena nos brindaron con un trago de buen brandy, y nos hizo admirable provecho. Muy adelante llegamos a pedir agua en una casa y estaban comiendo: nos invitaron cordialmente, sin conocernos, y tomamos suculenta mazamorra, sabroso puchero y una chicha... capaz de resucitar muertos. ¡Adiós disentería! Ni rastro de ella quedó. Dormimos a orillas del Bogotá, en la Playa, filosóficamente tirados en el suelo sobre nuestras mantas, y al día siguiente éramos hombres. Luego almorzamos opíparamente en Cincha, y cuando menos lo pensó el general Lopez le alcanzamos en las casas de Tequendama.

Durante los últimos días de mi enfermedad había regresado Camacho Roldán al cuartel general y recuperado su puesto de ayudante secretario. No pudiendo el general en jefe tener dos capitanes entre sus ayudantes, le insinué que me rebajara el grado para poder seguir con él, o que me diese la más humilde colocación para poder combatir. Pero él prefirió darme el mando de una nueva compañía del escuadrón Guías, que se estaba reorganizando. El comandante del escuadrón era el hermoso, hercúleo, simpático y valentísimo Clodomiro Ramírez, que-había ejecutado en Roldanillo proezas asombrosas: la primera compañía, mandada por un capitán negro, cumplido caballero, se componía de negros del Cauca, muy valientes pero de difícil manejo; la segunda, que se me confié, se componía de jóvenes de Bogotá, muy resueltos a cumplir con su deber. Recuerdo entre otros al sargente Isidoro Ricaurte, al sargento (doctor) Pedro Alejo Forero, a los cabos Teodoro Valenzuela (doctor) e Ignacio Ortiz, y a muchos soldados que eran finos cachacos bogotanos.

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