EN CAMPAÑA
Al desembarcar en Ambalema, abrumado de cansancio, con los pies
todavía hinchados, asoleado y quemado, y aun hambiento -porque casi
no habíamos hallado qué comer en las orillas del río-, encontré a
mi hermano Silvestre en gravísima situación. Estaba enfermo en
cama, solo en su casa, pues apenas le asistía un criado inepto para
el caso, y la fiebre le devoraba de tal modo que no me reconoció
citando le hablé. Eran las seis de la tarde, y al punto, sin
consultar a nadie, resolví llevar a mi hermano a Honda.
Inmediatamente dispuse preparar una canoa toldada y comprometer
los remeros necesarios, y mientras esto se hacía tomé las
convenientes providencias para dejar la casa y los intereses de mis
hermanos en buena guarda y con la debida seguridad. A la una de la
mañana todo estaba listo. Hice trasladar a Silvestre, en una
camilla, muy bien abrigado, al puerto del embarque, y cuando
estuvimos dentro de la canoa les dije a los remeros o bogas:
-Amigos, doble paga si nos llevan a Honda en menos de seis
horas
|
[1]
.
La oferta produjo el mejor efecto, porque antes de las siete de
la mañana, bogando sin cesar, estuvimos en el puerto superior de
Honda, llamado de
|El Retiro. Inmediatamente mi hermano fue
puesto en manos de nuestro tío Alejandro Angulo, excelente médico y
cirujano de mucho acierto, y gracias a sus eficaces recetas y a los
cuidados de mi madre y toda la familia, al día siguiente estuvo
Silvestre fuera de todo riesgo.
Por lo que hacía a las cosas políticas, en Honda estaban ya
organizando la defensa y preparando elementos para la campaña el
coronel Mateo Viana, gobernador de la provincia, el coronel
Arboleda (Julio), jefe de la incipiente columna Tequendama, que
después combatió con gloria, y el señor Julio Briceño, que había
dado en La Mesa el primer grito de reacción contra Melo, como
gobernador de la provincia de
|Tequendama, y formado el
núcleo de la columna, con el cuerpo del presidio y la escasa tropa
que lo custodiaba.
En Honda me presenté inmediatamente a tomar servicio militar,
pero el señor Viana prefirió darme una comisión civil, transitoria,
muy importante.
Gran parte de la población era melista y hostil a nuestra causa,
pero sin atreverse a manifestarlo. Era menester, por una parte,
neutralizar aquella disposición con la influencia de mi padre y la
mía, y por otra, procurar prontamente recursos a las tropas y
organizar la milicia de la ciudad. Con tales fines me nombré
alcalde el señor Viana. Acepté, trabajé con suma actividad y en
menos de veinte días se realizaron todos los objetos de mi
nombramiento. Marché en seguida para Bogotá, junto con las tropas
organizadas. que emprendían campaña de acuerdo con el ejército
levantado en el norte por el general Herrera, y que comandaba
directamente el general Manuel María Franco, hombre de indomable y
ciega intrepidez, que nos fue funesta. Los desastres sufridos por
Herrera en Zipaquirá y Tíquiza, en los combates del 20 y 21 de
mayo, lo hicieron perder todo por el momento, y nos obligaron a
contramarchar, hacernos fuertes en Honda y organizar la defensa en
mayor escala, haciendo de todo el alto Magdalena la línea de
operaciones del ejército del sur.
Un incidente tan desagradable como característico me sobrevino
entonces. Seguía yo funcionando como alcalde cuando un día, estando
en mi oficina, oí los clamores de un sujeto a quien llevaban preso
para la cárcel con orden terminante de ponerle en capilla para
fusilarle al día siguiente. El preso era el señor Mauricio Rizo, y
la orden había sido dada por el coronel Arboleda. Averiguando las
cosas, resulté que había sucedido lo siguiente:
Don Mauricio, que preparaba una embarcación con mercaderías para
llevar a su hacienda de Girardot, pensando sólo en su negocio había
enganchado unos tres o cuatro soldados para llevárselos a ser
colonos de sus tierras. En el momento en que los soldados,
disfrazados de paisanos, se embarcaban, fueron sorprendidos, y como
declarasen la verdad, el coronel Arboleda había reputado a Rizo
como sujeto a la ordenanza militar y enviádole, con escolta, a
capilla, diciendo solamente que le mandaría fusilar. Nunca creí que
tal fuera su verdadera intención, sino la de asustar a don Mauricio
para imponerle una fuerte contribución de guerra y procurarse así
recursos para la tropa.
Pero es lo cierto que yo detuve la escolta, declarando que Rizo
no estaba sujeto a la autoridad militar sino a la civil, revoqué la
orden de capilla y di la de arresto ordinario, levanté
inmediatamente el sumario del caso, y puse al sindicado a
disposición del juez competente. Arboleda, al saber lo que yo había
hecho, se enfureció contra mi y soltó expresiones muy ofensivas.
Tuvimos por ello muy fuertes palabras, y acabamos por desafiarnos
ruidosamente. Pero el general París, que acababa de llegar a Honda,
y los señores Viana y Bríceño intervinieron amigablemente y
evitaron el escándalo de un duelo entre dos autoridades y dos
defensores de una misma causa.
En cuanto a don Mauricio, pasó su susto y una mala noche en la
cárcel, propuso composición, y acabamos por arreglar las cosas
mediante satisfacción dada a la autoridad, un suministro en dinero
y unos pocos soldados enganchados a su costa.
No pasaré en silencio un episodio dramático de aquellos días, en
el cual hube de figurar como uno de los actores principales.
La casa que entonces habitaba mí familia era la que hace esquina
en Honda entre la calle que del puente de hierro del Gualí
desemboca en la calle Real (llamada ahora, no sé a derechas si de
|América o de los
|Mártires), y la prolongación que
desde esta misma calle, paralela a dicho río, conduce hacia el
Magdalena. Así el patio de la casa domina, por el norte, la orilla
derecha del Gualí, y por el oriente el vasto pedregal de la
izquierda del Magdalena, lo que ofrece suma facilidad para bajar
por el interior de la casa a bañarse o coger agua en el primero de
esos ríos.
Hacía dos o tres días que había llegado yo a Honda, cuando una
tarde, en el empedrado patio, cercado de murallas y ruinas de
poderoso calicanto, me mostraba mi hermana Agripina las muchas
flores que había logrado cultivar y hacer prosperar allí.
Súbitamente oímos un grito que dieron desde el puente (el antiguo
puente de madera, hoy día reemplazado con uno de hierro muy sólido
y elegante), grito angustioso que decía:
"¡Socorro, que se ahoga un muchacho!".
Instantáneamente comprendí que quien se ahogaba en el río, muy
profundo debajo del puente, debía de ser uno de tantos muchachos,
aguadores o traviesos, que se bañaban frecuentemente en aquel
sitio; y sin reflexionar en lo que hacía, sino siguiendo mis
instintos, di unos cuantos saltos hacia la orilla del río, y al
propio tiempo fui quitándome levita, chaleco y pantalones y
tirándolos al suelo. Quitéme en la margen los botines, sobre un
derruído bastión que sobresalía en el agua, y me arrojé a las ondas
vestido aún con la ropa interior.
Había alcanzado a ver, en la mitad del río (que allí tiene como
cien metros de anchura) la cabeza del muchacho que se ahogaba, ya
casi todo hundido, y dando unas diez o doce braceadas le di
alcance. Pero no traté de agarrarle, porque sabía por experiencia
lo peligroso que es salvar así a los que se ahogan; por lo que,
dando un rodeo en torno del muchacho y consumiéndome, le di una
fuerte cabezada en las asentaderas, con lo cual le imprimí
considerable impulso. A cada cabezada mía el pobre chico
adelantaba, inerte, dos o tres metros hacia la orilla, y al cabo le
puse fuera del agua, a la vista de toda mi familia y de multitud de
curiosos que desde el puente contemplaban el suceso.
Al punto levanté al chico en mis brazos, llevándole al patio de
casa. Por fortuna mi tío Alejandro estaba a la mano, porque vivía
en la casa de enfrente, y a los dos minutos estuvo haciéndole
remedios al ahogado. Entre tanto, la desolada madre del muchacho,
que había sabido que su hijo se ahogaba, le buscaba con angustia
primero, y con desesperación después, en la orilla opuesta del
río... Supo al cabo que le habían salvado, y ya puede el lector
calcular cuán profunda no sería la emoción de alegría y gratitud de
la acongojada mujer al hallar en casa a su hijo, bastante repuesto
ya de las consecuencias del accidente.
Era ésta la tercera vez que yo tenía la fortuna de salvar a un
individuo que se ahogaba; pues a la edad de nueve años salvé de
muerte casi segura a mi hermano Antonio, en
|Chirirí, y en
1840 a mí hermano Rafael, que se ahogaba en un profundo pozo del
Gualí, al pie del puente
|Viejo. Muy útil es saber nadar, y
en casos tales el arrojo es quien mejor salva.
Tan luégo como en Honda, a mediados de mayo, recibimos noticia
de la marcha resuelta de los generales Herrera y Franco, en
dirección hacia Zipaquirá y Bogotá, con el ejército improvisado en
las provincias del Norte, todo colecticio, al propio tiempo que el
general París se aproximaba a la Sabana con algunos voluntarios,
por el lado de La Mesa, Viana y Arboleda resolvieron que de Honda
nos moviésemos por el camino de Guaduas y Villeta, con el propósito
de salir también a la Sabana, por el lado de Facatativa, y
concurrir a operaciones generales en concierto para debelar las
fuerzas de Melo y restablecer el gobierno constitucional en la
capital de la república. Emprendí marcha, por tanto, incorporado
como voluntario en la columna que comandaba el coronel Viana.
Una noche pasamos en Guaduas y al día siguiente, cuando nos
movíamos sobre Villeta, recibimos la terrible noticia que a todos
nos consterné. El general Herrera, con los doctores Pastor Ospina,
Ramón Matéus, Ricardo Vanegas y otros ciudadanos, acababa de llegar
al segundo de aquellos lugares, y venía de sufrir los lamentables
desastres del 20 y 21 en
|Zipaquirá y
|Tíquiza. En
el primero habían sucumbido el bizarro general Franco y otros
patriotas, que imprudentemente se comprometieron en una acción
innecesaria y absurda; y en el segundo se había disuelto, derrotado
casi sin combate, el ejército del norte. Concertóse por lo pronto
un plan de reacción, reducido a defender la línea del Magdalena,
organizar el gobierno constitucional en Ibagué y fomentar la
organización de un nuevo ejército del norte, cuya base se formaría
en la costa del Atlántico; y tornamos hacia Honda para defender
este punto estratégico de capital importancia.
De paso me ocurrió en Guaduas un incidente jurídico muy curioso,
que vale la pena de ser referido.
En Guaduas había estado sufriendo la pena de reclusión una mujer
célebre como insigne criminal, y ésta había logrado fugarse de la
casa de castigo, favorecida en su evasión por una muchacha, a quien
su amante había instigado con este fin. La pobre muchacha, acusada
por este delito, estaba sometida a juicio, y había confesado su
culpabilidad de llano en plano. Mi hermano Manuel, que a la sazón
residía en Guaduas con su familia, había sido nombrado, por el juez
de la causa, defensor de la muchacha, y el día mismo en que yo iba
a regresar a Honda, siguiendo la retirada de la columna, debía
celebrarse el juicio ante el jurado.
Aprontábame yo para montar, cuando mi hermano me dijo: -Tengo
que pedirte un servicio.
-¿Cuál? Manda lo que sea, respondí.
-Bien sabes que nada entiendo de abogacía...
-¡Pues!
-Y hoy tengo que hacer una defensa ante un jurado. ¿Quieres
hacerme el servicio de llevar la palabra en mi lugar?
-¿Pero qué diablos podré yo decir sobre una causa que
absolutamente no conozco?
-Oirás leer el proceso, improvisarás la defensa, y en todo caso
lo harás mejor que un lego como yo.
No había remedio: la observación de mi hermano era muy fuerte, y
yo debía complacerle. Nos fuimos juntos para el juzgado, y pocos
momentos después se abrió la sesión del jurado. No había defensa
posible: el delito de evasión estaba comprobado hasta la evidencia,
y la confesión de la acusada excusaba toda prueba o alegación en
contrario. ¿Qué podía yo hacer? " ¡Aquí del
|golgotismo!"
me dije, cuando, después de leído el proceso y oída la acusación
del agente fiscal, me llegó el turno de hablar. Improvisé la más
golgotica o radical perorata que jamás se hubiera imaginado en la
difunta escuela
|republicana, delante de un numerosísimo
auditorio de vecinos y de conservadores en campaña, entre los
cuales figuraban el coronel Julio Arboleda y el doctor Ospina.
Mí tesis fue la siguiente: la mujer es y será siempre lo que el
hombre quiera que sea, porque el poder de éste, para el mal, es
irresistible; si la acusada ha facilitado la evasión de la
criminal reclusa, por sugestiones de su amante, interesado en el
hecho, este individuo, no sometido a juicio, es el responsable, y
no ella, que obré bajo una presión moral ineludible. Sobre este
tema fabriqué la más extravagante perorata, toda dirigida a mover
el corazón y ofuscar la razón de los jurados; y éstos, pasmados de
admiración, quedaron tan persuadidos que, con escándalo de casi
todos los oyentes, pronunciaron un veredicto absolutorio...
El doctor Murillo y Ricardo Vanegas, que estaban de paso en
Guaduas, reían a carcajadas, celebrando aquel triunfo del
radicalismo.
Uno de los jurados (don Timoleón Márquez), decía con gran
satisfacción: "Son incontestables los argumentos del doctor
Samper".
Y don Rafael Arango, viejo comerciante, muy conservador,
machucho, tosco en su decir y de educación burda, le decía a mi
hermano, en tono de despecho:
"Cómo siento, don Manuel, que su hermano don Pepe esté afiliado
en esa canalla de los
|gólgotas...".
Con lo que mi hermano reventaba de risa.