INDICE





PRIMERA PARTE
A mis hijas
El Angelus
Mi Familia
El primer cadaver
Primera educación de mi alma
Otras impresiones
Fiestas y diversiones
Educación moral y primaria
Lo que era yo entonces
El colegio
Bogotá y la universidad
Un año de conflictos
Varios episodios
Aventuras de un coronel
Otra vez en el colegio
Dos hombres raros
Mercurio y Themis
La universidad en 1843
Grandes sucesos y emociones
Un impresor famoso
Un hombre desgraciado
La Biblioteca Nacional
Principio de vida pública
La casa de un hombre justo
Recuerdos literarios y otros
Situaciones críticas
Estado psicológico
Último tiempo de prueba
Vida libre

SEGUNDA PARTE
En familia
Foro y comercio
El 7 de marzo y sus consecuencias
Varios episodios graves o curiosos
Incidentes interesantes
Situación política de 1851
Nueva situación
El dolor y el trabajo
Vida campestre
Nuevas tareas y luchas
Mi segundo duelo
Nuevos horizontes
El año de 1854
En campaña
Continua la campaña
Operaciones y batallas
La toma de Bogotá y sus consecuencias
Luchas políticas y literarias
Episodios críticos

TERCERA PARTE
El primer viaje
La vida parisiense
La sociedad francesa
Mi viaje a España
Observaciones y anécdotas en España
Otros viajes por el continente
Varias excursiones
Mis trabajos literarios, científicos y políticos
Residencia en Londres y excursiones en la Gran Bretaña
Nueva residencia en París
Observaciones políticas y literarias
Viaje al Perú
Mi residencia en Lima
Mi regreso a Colombia
Epílogo
EL AÑO DE 1854

 


 

El año de 1854 comenzaba para mí como una época de esperanza y de noble ambición de felicidad y gloria. Deseando principalmente saber a qué atenerme en lo tocante a las ilusiones que había hecho nacer en mi alma el encuentro con la señorita Acosta, en enero de aquel año me encaminé hacia Bogotá, con ánimo de hacer proposiciones formales en caso de ser aceptado.

Una rara coincidencia había llamado mi atención al tratar en Guaduas a la señorita Acosta. Precisamente su padre había dado hospitalidad en su casa al general López, cuando éste, después de asistir al entierro de Elvira y despedirse de mí el 15 de enero de 1852, se había embarcado en el puerto de Ambalema para dirigirse hacia Guaduas y en seguida regresar a Bogotá... De este modo, por una misteriosa casualidad (yo veo más bien en ello la voluntad de la Providencia) el general López, mi grande y buen amigo, servía de lazo de unión entre la esposa muerta y la que después había yo de aspirar a tener...

Y  ¡cosa más extraña aún, que me fue revelada en agosto de 1855! Cuando el general López refirió en casa del general Acosta las circunstancias de la muerte de Elvira y la triste situación en que me había dejado, a poco rato hubo este diálogo entre el segundo general y su hija:

-¡Pobre joven! -dijo ella, aludiendo a mí.

-¿Y por qué te interesas tanto por él, si ni siquiera le conoces?

-Porque comprendo su desgracia y estimo ciertas cualidades que parece tener.

-Esa desgracia será transitoria.

-¿Por qué, padre?

-Porque |ese |joven... volverá a casarse.

-¿Con quién supone usted que se case?

-Contigo.

-¿Conmigo? ¡Oh!

-¡Contigo, sí, contigo! -repuso el general en tono muy serio y extraño.

Cinco semanas después el general Acosta, que era hombre robusto y vigoroso, moría en la flor de su energía y de su gloria, y otra vez se enlutaba uno de los hogares visitados por el general López...

Al llegar a Bogotá me hospedé en casa del doctor Murillo, que entonces era mi amigo y me trataba con las mayores consideraciones y mucha cordialidad. El sabía mostrarse obsequioso y amable, y su digna señora, fría de temperamento y taciturna, pero muy inteligente, instruida y reportada en sus maneras, se hacía estimar y respetar. Desde luego, al habitar la casa del doctor Murillo, jefe reconocido del joven partido radical, me hallé en el centro mismo del movimiento político suscitado por el radicalismo, que era entonces una mezcla de aspiraciones generosas, convicciones poco reflexivas sobre reformas demasiado audaces, ciego culto tributado a la lógica de las ideas, desinteresada y quijotesca filantropía, espíritu novelero y de imitación del radicalismo revolucionario de los franceses, y petulante confianza en el porvenir de la República radical, organizada por la Constitución de 1853.

Reinaba en Bogotá la más ardiente agitación en los ánimos, síntoma seguro de los conflictos que iban a surgir del próximo congreso. El general Obando, sus secretarios y demás corifeos del viejo liberalismo que le rodeaban, no podían avenirse con los gobernadores libremente elegidos por las provincias, que forzosamente habían de ser los a entes constitucionales del poder ejecutivo nacional; ni con la tendencia que mostraban los radicales -triunfantes en las elecciones de representantes y en muchas de las de senadores- a disminuir mucho y aun abatir la institución militar; ni con el espíritu de reforma que, patentizado con la Constitución y muchas leyes, señoreaba la opinión del mayor número de liberales. Así la administración tomaba precauciones para asegurarse los necesarios elementos de fuerza, y se preparaba lo mejor posible para sostener la lucha en el Congreso, donde iba a encontrarse frente a frente con los radicales y los conservadores.

Los radicales mirábamos a Obando y a sus amigos con suma desconfianza, persuadidos como estábamos del propósito reaccionario que les animaba contra las nuevas instituciones; y estábamos seguros de que no tardaríamos mucho en tener que sostener con las armas, por un camino u otro, la causa que ardorosamente sosteníamos por la prensa e íbamos a sostener inmediatamente en las cámaras.

Los conservadores, por su parte, procediendo con habilidad consumada, se hacían aparentemente a un lado, dejando el campo de la lucha a los partidos liberal y radical; pero a la sombra de este antagonismo, no solamente se habían adueñado del gobierno de varias provincias, al favor del sufragio universal y de la amplia descentralización establecida, sino que habían ganado mayoría en el senado. Era, pues, necesario contar con ellos, y les llegaba el momento de ser cortejados por los dos partidos liberales, después de haber sufrido rudos agravios de unos y otros, principalmente en Bogotá y en las provincias del Cauca. Si el sentimiento natural y el principio cristiano no fueran de suyo parte a inducir a los hombres a respetar el derecho y obrar conforme a la justicia, debería por lo menos ser de mucha fuerza para los partidos políticos la consideración de lo inestable de la victoria y del poder, ya que la fortuna coloca hoy en la cumbre a los que ayer estuvieron en la profunda sima del infortunio. ¿Pero a qué esperar de los partidos, cuando proceden sin contrapeso, sentimientos de equidad ni sana previsión de las vicisitudes humanas?

Los hermanos Echeverría, jóvenes venezolanos, notables por su habilidad tipográfica, tenían establecida en su imprenta la publicación de un periódico que con bastante notoriedad se había inclinado a servir a la causa radical. Habláronme con empeño para que tomase a mi cuidado la redacción de dicho periódico, intitulado |El Pasatiempo -que era tanto político y noticioso como literario-, y acepté el encargo, bien que gratuitamente y sin contraer un compromiso de larga duración. Entretanto se instaló el Congreso, y la Cámara de Representantes me eligió su secretario, empleo que no me fue posible rehusar. De esta suerte mi vida fue otra vez sumamente laboriosa, y mi tiempo estuvo sin cesar repartido entre el culto amoroso de Solita, los trabajos de la Cámara y la redacción muy activa de |El Pasatiempo.

Subió en breve de punto la exaltación política, las sesiones del Congreso fueron frecuentemente agitadas, y dos elementos de los que servían de apoyo al general Obando se hallaron en fermentación: el Ejército, comandado en Bogotá por el general José María Melo, y los artesanos liberales o miembros de la democrática. Militares y democráticos de un lado y radicales o gólgotas del otro, éramos enemigos declarados y nos detestábamos cordialmente; a tal punto, que cualquier accidente podía hacer estallar el antagonismo de un modo violento. Era notorio a los ojos de la oposición que el gobierno preparaba un golpe de Estado, y casi todos los días se llegaba en los corrillos hasta indicar la fecha señalada para el atentado.

El 16 de abril, día domingo, dos circunstancias me hicieron comprender que el peligro era inminente. Primero supe en casa de la señora Acosta que allí acababa de estar de visita el general Valerío F. Barriga, Secretario de Guerra, y que, interrogado sobre la situación por las señoras alarmadas, había dicho: "Creo que algo muy grave está a punto de suceder en estos días". Después, hacia las cinco de la tarde, encontrándome con el mismo personaje, en la extremidad sur del atrio de la Catedral, le pregunté qué había de cierto sobre los rumores que circulaban de un inminente golpe de Estado, y me contestó de un modo misterioso y evasivo: " ¡Qué sé yo! Las cosas están muy críticas y... quién sabe lo que sucederá".

Por la noche fui al Club del Comercio, establecimiento muy concurrido que sostenía el español Villalba. Había allí muchísima gente y todos anunciaban como inevitable el golpe de Estado para la madrugada del día siguiente. Varios amigos me dijeron: "Póngase usted en guardia, porque le irá muy mal si le atrapan los draconianos". Y cada cual anunciaba que se iba a ocultar fuera de su casa.

¿Qué había sucedido? El general Melo, poco tiempo antes, al salir de un banquete y retirarse al cuartel de San Francisco, donde vivía, se había encontrado en la plaza de Santander (la del cuartel, con un cabo Quirós que sin licencia andaba por la calle en altas horas de la noche; y, fuese porque el cabo se insolentase al ser sorprendido, fuese porque Melo llevase muy cargada la cabeza con los humos del banquete, tiró éste de la espada y atravesó de parte a parte al infeliz subalterno, causándole la muerte. Fue el suceso asunto de mucho escándalo y recriminaciones contra el militarismo, y el juez del crimen inició el sumario correspondiente. Al cabo se supo que el fiscal había pedido se declarase con lugar a formación de causa contra Melo, por el delito de homicidio voluntario, y como el juez (doctor Francisco de P. Torres) era hombre íntegro y de carácter independiente y resuelto, nadie dudaba que el 17 de abril pronunciaría su auto y mandaría reducir a prisión al sindicado, que no gozaba de fuero.

Melo, viéndose amenazado, propuso dar un golpe de Estado con el ejército y los democráticos, a fin de hacer aceptar el plan que su interés personal le sugería; obró con empeño sobre el ánimo del presidente Obando, presentándole el hecho como una necesidad política. Obando y algunos de sus secretarios se opusieron, por unas u otras razones, observando el primero que "todavía la breva no estaba madura"; y Melo, viendo que el peligro era inminente para él y no teniendo virtud para someterse a la ley, pues para él solo tenía valor el sable, resolvió dar el golpe por sí solo; con la intención, según parece, de proclamar después la dictadura de Obando, si el golpe de Estado se consumaba ventajosamente en toda la República. Tal es la versión que se ha dado del acontecimiento del 17 de abril, fundada en revelaciones o indiscreciones privadas de muchos de los principales actores en tan escandaloso drama.

Ello fue que me retiré del Club en la noche del 16 (magníficamente luminosa en altas horas), y que a eso de la una de la mañana, al dirigirme a casa del doctor Murillo, me encontré con una de las patrullas de tropa veterana que con otras de milicianos democráticos, andaban preparando el golpe. Tomé el opuesto lado de la estatua de Bolívar y me esquivé y torcí lo más que pude para no ser conocido, y logré pasar sin novedad. Al llegar a la casa encontré a la señora Murillo en vela en su salita y enteramente sola. Desde algunos días antes Murillo, muy amenazado y poco animoso para los lances peligrosos, dormía muy lejos de su casa y enteramente oculto. La más elemental delicadeza me obligaba a permanecer en la casa, a fin de proteger a la señora, cualquiera que pudiese ser mi suerte.

-¿Qué sabe usted de Murillo? -me preguntó la señora, muy alarmada, cuando hube entrado a saludarla.

-Está en lugar seguro -la contesté-. Y usted, mi señora Anita ¿por qué está levantada a estas horas?

-Temo que esta noche den el golpe, según los informes que me han dado, y quiero estar lista para lo que ocurra.

-Bien. Entonces, si algo ocurriere, la llamaré a usted -repuse.

-¡Cómo! ¿Y usted se queda en la casa?

-Sin duda.

-¡No, váyase usted! Usted corre gran peligro aquí.

-De ningún modo me iré mientras usted permanezca en la casa.

Mi alcoba distaba poco de una de las ventanas que daban sobre la calle, y la casa del doctor Murillo estaba situada a unos cuarenta metros de la esquina que llamaron del Camarín de la Concepción o de las Secretarías, en la calle que hoy se llama Carrera 2ª al occidente. A eso de las dos y media de la mañana dieron fuertes golpes en la ventana, y una voz muy conocida nos llamó a Murillo y a mí. Abrí con precaución, y afuera estaba don Patricio Pardo, quien me dijo: "Váyanse volando, porque en este momento estalla la revolución y una partida de democráticos vendrá a prenderlos. Lo sé porque mi hermano Bernardo está metido en la danza y me acaba de dar el aviso, como hermano masón, para salvarles a ustedes".

Llamé al punto a la señora Murillo, ordené a mi criado que se quedara cuidando la casa y no abriese mientras no diese tiempo a que nos alejásemos, y tres minutos después salí a toda prisa con la señora, con ánimo de encaminarnos por la calle de Santa Clara abajo (hoy día 2a al Sur), pero sin saber hacia dónde. Apenas sí habíamos llegado a la esquina inferior del antiguo monasterio de Santa Clara, cuando un fuerte pelotón de gente armada y de ruana asomó por la esquina de las Secretarías (hoy día del |Gran Hotel) y marchó derecho a asaltar la casa del doctor Murillo. Bajábamos a toda priesa, encontrando la calle enteramente solitaria, cuando oímos la primera descarga de fusilería hecha sobre la puerta y las ventanas de la casa. Recordé entonces que dos cuadras abajo vivía una familia de Ambalema, muy poco conocida en Bogotá, -la de mi amigo el señor Braulio Angarita-, y me ocurrió que aquel sería el más seguro asilo. En efecto, llegamos en breve al portón de la casa de este amigo, y por la primera ventana llamé por su nombre a la señora. Nos abrieron, y al punto estuvimos en seguridad.

Grande fue nuestra ansiedad al oír en seguida los cañonazos que disparaban en la plaza de Bolívar: con ellos y las más ruidosas dianas celebraba el ejército su insigne traición del 17 de abril, y entretanto se hacía toda diligencia por aprisionar los miembros del Congreso y otros ciudadanos que más estorbaban a los autores de aquella revolución de cuartel ... En nombre de la libertad se exclamó la dictadura, se decretó la disolución del Congreso y se declaró en suspenso la Constitución vigente, y en parte restablecida la de 1843, como una ficción de elemento de gobierno.

En casa de Angarita pasamos el día, y como nadie sabía dónde nos habíamos asilado, la señora Murillo estaba impaciente por volver a su casa e informarse de lo que hubiera ocurrido. Así lo hizo con singular valor y entereza de ánimo, y encontró que todo en la casa había sido destrozado y robado. Hasta habían hecho la sandez de clavar con las bayonetas el retrato del doctor Murillo y el mío, que pendían de la pared en el saloncito de la señora. Mi criado había defendido el zaguán todo lo posible, y al cabo, al sentir que trataban de echar abajo las ventanas, había abierto el portón. Le maltrataron cruelmente, sólo por ser mi criado, le llevaron preso a un cuartel y luego le tuvieron de soldado durante todo el tiempo de la guerra civil, dándole de palos con frecuencia. Tal era la recompensa que aquellos desenfrenados demagogos nos daban a los que habíamos sido los más ardorosos tribunos de la democracia... Por mi parte, reconozco que algo nos la merecíamos, pues con nuestras enseñanzas habíamos extraviado, sin quererlo, a una muchedumbre ignorante que aún no estaba educada para el gobierno verdaderamente democrático.

Los asaltadores se habían robado de mi alcoba todo lo que pudieron hallar a la mano: mi caja de rapé de oro, diez o doce cóndores y otros objetos de valor; pero habían dejado un gran sombrero de paja, un bayetón o manta de viaje, mis navajas de barba, mis pistolas, y un buen cuchillo de monte, que tenía yo en un baúl. Todos estos objetos me los envió la señora Murillo, en tanto que yo me preparaba resueltamente para salir por la noche a buscar otro asilo, pues la delicadeza me impedía permanecer oculto en una casa donde sólo había señoras y señoritas, para quienes podía ser gravosa mi permanencia en su modesto domicilio.

Hacia el fin de la tarde me afeité las patillas y la pera, me pinté de negro los cabellos y bigotes, me calcé alpargates, ensuciándolos adrede, y luego, cubriéndome con la manta y calándome mi gran sombrero de viaje, quedé completamente inconocible. A las siete de la noche salí a la calle, llevando mi cuchillo al cinto y mis pistolas en las manos, resuelto a vender cara la vida si era reconocido y trataban de atacarme o de aprehenderme. Todas las calles estaban iluminadas por orden superior, pero nadie me reconoció en las tres primeras cuadras que recorrí en dirección a la calle de San Juan de Dios (hoy día calle 2 al norte), una de las más concurridas de la ciudad.

Yo me encaminaba hacia la casa del señor Aquilino Quijano, mi antiguo, inmejorable amigo, seguro de hallar en ella un excelente asilo, mientras me procuraba medios de salir de Bogotá, sin mayor peligro, para ir a tomar las armas en defensa de la causa constitucional. Apenas si había vuelto la esquina y pasaba por delante de una botica que tenía por allí el doctor Antonio Vargas Reyes, cuando me encontré con el mayor riesgo. Bajaba un batallón de doscientos democráticos comandados por el coronel José María Barriga, que marchaba a ocupar prontamente la importante posición de Honda; y como ya me había encontrado con dos o tres personas conocidas que no me habían reconocido, resolví afrontar el peligro con audacia. Paréme en la puerta de la botica y alcé la frente con desembarazo y tranquilidad para que nadie sospechara en mí un individuo que trataba de ocultarse o quería no ser reconocido. Todo el batallón desfiló rozándose conmigo, y nadie paró la atención en mí. Algunos instantes después golpeaba yo a la puerta de don Aquilino, y su graciosa hija Virginia, casi niña todavía, salió a abrirme. Quedé al punto instalado como en mi casa y tratado con las más exquisitas atenciones y finezas. Allí me enteré, además, de todo lo que había pasado, y desde luego comprendí que la insurrección militar era poderosa y no podría ser vencida sino emprendiendo una gran reacción y campañas en regla, acaso prolongadas y muy sangrientas, en toda la República.

En la noche siguiente tuve un compañero inesperado y el más agradable que hubiera podido de­sear: Salvador Camacho Roldán. En la madrugada del 17 se había ocultado él en casa de una familia Galvis, en la |Calle de los Curas (hoy día carrera 2ª occidente); pero a eso de las ocho de la noche la casa fue rondada por los democráticos, y Camacho hubo de escapar saltando tapias hasta llegar al nachuelo de San Francisco, sobre cuya orilla izquier­da daba la puerta falsa o de la caballeriza de la casa de don Aquilino. Por casualidad se sintió que golpeaban suavemente a esa puerta, la abrieron y Camacho pudo salvarse.

Al día siguiente se nos apareció, saltando por encima de los tejados, Carlos Martín, que habitaba la casa contigua y permanecía oculto. Mucho conversamos y conferenciamos allí los tres amigos y camaradas sobre la situación creada y lo que debíamos hacer nosotros. Martín esperaba que la insurrección no tendría apoyo y sería de corta duración, y se inclinaba (porque siempre ha tenido cierto espíritu de conjuración) a que se promoviese en Bogotá mismo una contrarrevolución, apelando a tres o cuatro jefes y algunos oficiales que no estaban enteramente comprometidos con Melo, o que habían sido arrastrados por sorpresa al movimiento ejecutado. Camacho y yo creíamos que tal medio no era conveniente, ni realizable, y que lo mejor era salir a levantar prontamente los pueblos de Mariquita, Neiva y el Cauca, contra la dictadura militar y traidora y en defensa de la Constitución. Y este fue nuestro partido. Martín permaneció en Bogotá, sin novedad alguna, durante todo el tiem­po de la guerra civil, hasta los últimos días de noviembre.

Mientras que preparábamos Camacho y yo nuestra salida, con otros amigos, estaba yo muy preocupado en otro sentido, a más de lo que aparejaba la situación política. Desde el 18 había hecho saber sigilosamente a la señora Acosta que estaba en sal yo y en buena parte, lo que la había tranquilizado en lo tocante a mí; pero yo estaba inquieto, porque Solita, muy reservada y tímida como era, apenas me había dejado adivinar su amor, sin explicarse claramente. Ella quería ser profundamente amada, pero también adivinada... Yo pasaba los días de mi encierro llenando en prosa y verso todas las páginas de un lujoso álbum que había comenzado a preparar para ella, y me proponía enviárselo como un regalo de despedida. Al cabo, el día de mi partida, al caer la noche, la tía Ana María, que estaba en Bogotá, fue a visitarme y darme las gracias por el álbum, en nombre de Solita. Al separarse de mí me dijo con la más alentadora amabilidad: "¡Qué Dios lo lleve con bien! Váyase tranquilo por lo que espera y desea, y cumpla con su deber como se lo dicte su conciencia. Después todo saldrá bien".

Esto era lo que yo anhelaba, por el momento: me sentí, pues, lleno de confianza y brío para salir de Bogotá a desafiar todo peligro.

A las ocho de la noche salimos sucesivamente Camacho y yo, tomando diferentes caminos, con dirección a la casa del Dividivi, que era el punto de reunión señalado; de suerte que me fue menester atravesar casi toda la ciudad, escapando como pude de tres o cuatro patrullas y logrando no ser reconocido. En el Dividivi nos reunimos con los señores Francisco, Domingo y Eustaquio Caicedo, y los cinco, armados y acompañados de un criado que llevaba algunas provisiones, emprendimos, protegidos por la oscuridad, la marcha a píe hacia los Laches (campo que hace parte del extenso y poderoso cerro de Guadalupe), por cuyos lados teníamos que ir a pasar el río Fucha, Este grande y penoso rodeo era necesario para evitar todos los destacamentos que Melo tenía situados en las afueras de la ciudad, del lado meridional.

A eso de las cuatro de la mañana llegamos, mojados, ateridos de frío, rendidos de cansancio y muy estropeados por las malezas y asperezas de los cerros, a las casas de la hacienda de San Isidro, que entonces pertenecía al doctor Antonio Herrán, vicario general del Arzobispado. Allí descansamos durante dos horas y conseguimos algunas provisiones y una bestia de carga para que las transportase con nuestras exiguas maletas. Pero cuando ya estábamos en la orilla del río Tunjuelo nos ocurrió un percance tan desagradable como grotesco.

Súbitamente nos alcanzó corriendo un mozo de la hacienda y nos dijo: " ¡Corran, porque viene gente armada!, Huir era difícil, pues en un extenso campo habríamos estado a la vista y nos hubieran dado alcance. Lo mejor era ocultamos como pudiéramos inmediatamente. Pudo el peón ocultarse con la bestia detrás de un matorral, del otro lado del río; pero nosotros, los cinco, sólo tuvimos un recurso: hundirnos en un charco del río (cuya agua estaba tan helada que parecía cortar como cuchillo), a la sombra de un espeso grupo de alisos, cuyas ramas caían sobre el río, y nos metimos hasta el cuello, con resolución de consumir la cabeza, sí esto era menester para no ser vistos.

Llegó, en efecto, a la margen derecha del río un oficial con un piquete de caballería, observó en todas direcciones, y no hallando nada sospechoso se alejó en seguida. Pocos minutos después salimos de nuestro pozo con los miembros entumecidos y sin poder casi dar un paso.

Pasamos el río como pudimos, y comenzamos al punto a subir la cuesta por el camino de Pasquilla. Tan empapados estábamos, que nuestros vestidos pesaban muchísimo y casi no podíamos caminar. Cuando ya estuvimos algo lejos y cubiertos por los grandes peñascos salientes de un cerro, hicimos alto, nos desnudamos y envolvimos en nuestras mantas, nos tendimos sobre la grama y el frailejón y pusimos a secar la ropa al sol.

Tres horas después estábamos en la alta planicie del Páramo de Pasquilla, que en aquella época y otras posteriores ha sido excelente campamento de guerrilleros. Dondequiera la vegetación era allí triste y raquítica, la soledad absoluta, el cielo estaba nublado y de color gris y el huracán nos azotaba el rostro... Yo describí la escena y las impresiones de aquel día en una composición poética intitulada El Páramo. Ya muy adelantada la tarde, pasamos por la orilla de un laguito llamado de los Colorados, excavado por los derrumbes y las lluvias en el fondo del páramo o ventisquero del mismo nombre. Es profundo, de aguas oscuras y tranquilas, y tendrá poco más de cien metros de largo por cincuenta de ancho. Aquel paraje tiene todo el sello de la desolación y de la más ruda tristeza.

Logramos llegar más adelante a una miserable casucha, donde pernoctamos, cenando tolerablemente y durmiendo en el suelo como pudimos.

Al día siguiente marchamos desde las siete de la mañana por un abominable camino, muy difícil de transitar aun a pie; pasamos hacia la una por Pasca, pobre aldea de indios que hizo histórica la nobleza de alma del conquistador Lázaro Fonte, y a eso de las cinco de la tarde cruzábamos el llano de Fusagasugá. Allí tuvimos otro percance. Al caer al llano oímos sonar la corneta de una compañía veterana enviada por Melo para cubrir aquella vía, que es una de las que comunican a Bogotá con el alto Magdalena. Temerosos de que nos alcanzasen a ver, al atravesar una parte de la llanura que había muy escueta y plana, tuvimos que caminar en cuatro pies, al abrigo de una valla de piedra, en un trayecto como de trescientos metros. Pero, en fin, no hubo novedad, pasamos luego el río Cuja, y a las siete de la noche recibíamos hospitalidad de los señores Muñoces en la hacienda de |La Puerta.

Si don Francisco Caicedo Jurado (que ha sido uno de los más insignes caminadores a pie en esta tierra) iba muy fresco y sin novedad, los demás llevábamos los pies hinchados y casi lívidos y destrozados por las malezas y piedras del camino. Ha­bíamos andado durante una noche y dos días, y no podíamos dar un paso, sobre todo Camacho y yo. Después me he endurecido con sufrimientos y campañas, pero en aquellos días las jornadas a pie eran casi novedades para mí. Por gran fortuna conseguimos bestias, bien que por más del doble de su precio de alquiler, y pudimos seguir a caballo, por Melgar y el Carmen, hasta Santa Rosa.

Pero ¡qué figuras las que llevábamos! En lugar de sillas de montar nos habían proporcionado simplemente |jamugas -especie de enjalmas hechas con calcetas o bejucos de corteza de plátano-, y no teníamos frenos para guiar las cabalgaduras ni estribos para apoyar los pies. Hice para mi jamuga estribos con unos lazos plegados, atravesándoles en lo bajo unos palitos para asentar los pies sobre ellos. Cuando estuvimos a caballo, aderezados a la diabla, parecíamos todos pujes de San Juan derrotados; pero continuamos la marcha alegremente y nos creímos seguros, recorriendo aquellos hermosos campos solitarios, una vez que dejamos atrás el impetuoso y profundo río Icononzo, sobre cuyo abismo tendió la mano de Dios el maravilloso |Puente de Pandi.

Horas terribles fueron las primeras de la noche, que pasamos subiendo la larguísima cuesta de El Muerto, con lluvia, en la más profunda oscuridad y andando por atolladeros y barrancos; y después, dignas de la pluma de un hábil escritor de costumbres las escenas de la posada que pudimos procurarnos. En un romance intitulado El canto del gallo, que dediqué a Camacho Roldán, describí mucha parte de aquellos incidentes.

En el puerto de Santa Rosa me separé de mis compañeros. Camacho siguió con los Caicedos para Purificación, y después él solo para el Cauca a trabajar activamente en el sentido de la reacción constitucional, y yo me embarqué en una pequeña canoa, con Carlos Abondano, bajé el río al sol y al agua y llegué al día siguiente a Ambalema.

anterior | índice | siguiente