EL AÑO DE 1854
El año de 1854 comenzaba para mí como una época de esperanza y
de noble ambición de felicidad y gloria. Deseando principalmente
saber a qué atenerme en lo tocante a las ilusiones que había hecho
nacer en mi alma el encuentro con la señorita Acosta, en enero de
aquel año me encaminé hacia Bogotá, con ánimo de hacer
proposiciones formales en caso de ser aceptado.
Una rara coincidencia había llamado mi atención al tratar en
Guaduas a la señorita Acosta. Precisamente su padre había dado
hospitalidad en su casa al general López, cuando éste, después de
asistir al entierro de Elvira y despedirse de mí el 15 de enero de
1852, se había embarcado en el puerto de Ambalema para dirigirse
hacia Guaduas y en seguida regresar a Bogotá... De este modo, por
una misteriosa casualidad (yo veo más bien en ello la voluntad de
la Providencia) el general López, mi grande y buen amigo, servía de
lazo de unión entre la esposa muerta y la que después había yo de
aspirar a tener...
Y ¡cosa más extraña aún, que me fue revelada en agosto de 1855!
Cuando el general López refirió en casa del general Acosta las
circunstancias de la muerte de Elvira y la triste situación en que
me había dejado, a poco rato hubo este diálogo entre el segundo
general y su hija:
-¡Pobre joven! -dijo ella, aludiendo a mí.
-¿Y por qué te interesas tanto por él, si ni siquiera le
conoces?
-Porque comprendo su desgracia y estimo ciertas cualidades que
parece tener.
-Esa desgracia será transitoria.
-¿Por qué, padre?
-Porque
|ese
|joven... volverá a casarse.
-¿Con quién supone usted que se case?
-Contigo.
-¿Conmigo? ¡Oh!
-¡Contigo, sí, contigo! -repuso el general en tono muy serio y
extraño.
Cinco semanas después el general Acosta, que era hombre robusto
y vigoroso, moría en la flor de su energía y de su gloria, y otra
vez se enlutaba uno de los hogares visitados por el general
López...
Al llegar a Bogotá me hospedé en casa del doctor Murillo, que
entonces era mi amigo y me trataba con las mayores consideraciones
y mucha cordialidad. El sabía mostrarse obsequioso y amable, y su
digna señora, fría de temperamento y taciturna, pero muy
inteligente, instruida y reportada en sus maneras, se hacía estimar
y respetar. Desde luego, al habitar la casa del doctor Murillo,
jefe reconocido del joven partido radical, me hallé en el centro
mismo del movimiento político suscitado por el radicalismo, que era
entonces una mezcla de aspiraciones generosas, convicciones poco
reflexivas sobre reformas demasiado audaces, ciego culto tributado
a la lógica de las ideas, desinteresada y quijotesca filantropía,
espíritu novelero y de imitación del radicalismo revolucionario de
los franceses, y petulante confianza en el porvenir de la República
radical, organizada por la Constitución de 1853.
Reinaba en Bogotá la más ardiente agitación en los ánimos,
síntoma seguro de los conflictos que iban a surgir del próximo
congreso. El general Obando, sus secretarios y demás corifeos del
viejo liberalismo que le rodeaban, no podían avenirse con los
gobernadores libremente elegidos por las provincias, que
forzosamente habían de ser los a entes constitucionales del poder
ejecutivo nacional; ni con la tendencia que mostraban los radicales
-triunfantes en las elecciones de representantes y en muchas de las
de senadores- a disminuir mucho y aun abatir la institución
militar; ni con el espíritu de reforma que, patentizado con la
Constitución y muchas leyes, señoreaba la opinión del mayor número
de liberales. Así la administración tomaba precauciones para
asegurarse los necesarios elementos de fuerza, y se preparaba lo
mejor posible para sostener la lucha en el Congreso, donde iba a
encontrarse frente a frente con los radicales y los
conservadores.
Los radicales mirábamos a Obando y a sus amigos con suma
desconfianza, persuadidos como estábamos del propósito reaccionario
que les animaba contra las nuevas instituciones; y estábamos
seguros de que no tardaríamos mucho en tener que sostener con las
armas, por un camino u otro, la causa que ardorosamente sosteníamos
por la prensa e íbamos a sostener inmediatamente en las
cámaras.
Los conservadores, por su parte, procediendo con habilidad
consumada, se hacían aparentemente a un lado, dejando el campo de
la lucha a los partidos liberal y radical; pero a la sombra de este
antagonismo, no solamente se habían adueñado del gobierno de varias
provincias, al favor del sufragio universal y de la amplia
descentralización establecida, sino que habían ganado mayoría en el
senado. Era, pues, necesario contar con ellos, y les llegaba el
momento de ser cortejados por los dos partidos liberales, después
de haber sufrido rudos agravios de unos y otros, principalmente en
Bogotá y en las provincias del Cauca. Si el sentimiento natural y
el principio cristiano no fueran de suyo parte a inducir a los
hombres a respetar el derecho y obrar conforme a la justicia,
debería por lo menos ser de mucha fuerza para los partidos
políticos la consideración de lo inestable de la victoria y del
poder, ya que la fortuna coloca hoy en la cumbre a los que ayer
estuvieron en la profunda sima del infortunio. ¿Pero a qué esperar
de los partidos, cuando proceden sin contrapeso, sentimientos de
equidad ni sana previsión de las vicisitudes humanas?
Los hermanos Echeverría, jóvenes venezolanos, notables por su
habilidad tipográfica, tenían establecida en su imprenta la
publicación de un periódico que con bastante notoriedad se había
inclinado a servir a la causa radical. Habláronme con empeño para
que tomase a mi cuidado la redacción de dicho periódico, intitulado
|El Pasatiempo -que era tanto político y noticioso como
literario-, y acepté el encargo, bien que gratuitamente y sin
contraer un compromiso de larga duración. Entretanto se instaló el
Congreso, y la Cámara de Representantes me eligió su secretario,
empleo que no me fue posible rehusar. De esta suerte mi vida fue
otra vez sumamente laboriosa, y mi tiempo estuvo sin cesar
repartido entre el culto amoroso de Solita, los trabajos de la
Cámara y la redacción muy activa de
|El Pasatiempo.
Subió en breve de punto la exaltación política, las sesiones del
Congreso fueron frecuentemente agitadas, y dos elementos de los que
servían de apoyo al general Obando se hallaron en fermentación: el
Ejército, comandado en Bogotá por el general José María Melo, y los
artesanos liberales o miembros de la democrática. Militares y
democráticos de un lado y radicales o gólgotas del otro, éramos
enemigos declarados y nos detestábamos cordialmente; a tal punto,
que cualquier accidente podía hacer estallar el antagonismo de un
modo violento. Era notorio a los ojos de la oposición que el
gobierno preparaba un golpe de Estado, y casi todos los días se
llegaba en los corrillos hasta indicar la fecha señalada para el
atentado.
El 16 de abril, día domingo, dos circunstancias me hicieron
comprender que el peligro era inminente. Primero supe en casa de la
señora Acosta que allí acababa de estar de visita el general
Valerío F. Barriga, Secretario de Guerra, y que, interrogado sobre
la situación por las señoras alarmadas, había dicho: "Creo que algo
muy grave está a punto de suceder en estos días". Después, hacia
las cinco de la tarde, encontrándome con el mismo personaje, en la
extremidad sur del atrio de la Catedral, le pregunté qué había de
cierto sobre los rumores que circulaban de un inminente golpe de
Estado, y me contestó de un modo misterioso y evasivo: " ¡Qué sé
yo! Las cosas están muy críticas y... quién sabe lo que
sucederá".
Por la noche fui al Club del Comercio, establecimiento muy
concurrido que sostenía el español Villalba. Había allí muchísima
gente y todos anunciaban como inevitable el golpe de Estado para la
madrugada del día siguiente. Varios amigos me dijeron: "Póngase
usted en guardia, porque le irá muy mal si le atrapan los
draconianos". Y cada cual anunciaba que se iba a ocultar fuera de
su casa.
¿Qué había sucedido? El general Melo, poco tiempo antes, al
salir de un banquete y retirarse al cuartel de San Francisco, donde
vivía, se había encontrado en la plaza de Santander (la del
cuartel, con un cabo Quirós que sin licencia andaba por la calle en
altas horas de la noche; y, fuese porque el cabo se insolentase al
ser sorprendido, fuese porque Melo llevase muy cargada la cabeza
con los humos del banquete, tiró éste de la espada y atravesó de
parte a parte al infeliz subalterno, causándole la muerte. Fue el
suceso asunto de mucho escándalo y recriminaciones contra el
militarismo, y el juez del crimen inició el sumario
correspondiente. Al cabo se supo que el fiscal había pedido se
declarase con lugar a formación de causa contra Melo, por el delito
de homicidio voluntario, y como el juez (doctor Francisco de P.
Torres) era hombre íntegro y de carácter independiente y resuelto,
nadie dudaba que el 17 de abril pronunciaría su auto y mandaría
reducir a prisión al sindicado, que no gozaba de fuero.
Melo, viéndose amenazado, propuso dar un golpe de Estado con el
ejército y los democráticos, a fin de hacer aceptar el plan que su
interés personal le sugería; obró con empeño sobre el ánimo del
presidente Obando, presentándole el hecho como una necesidad
política. Obando y algunos de sus secretarios se opusieron, por
unas u otras razones, observando el primero que "todavía la breva
no estaba madura"; y Melo, viendo que el peligro era inminente para
él y no teniendo virtud para someterse a la ley, pues para él solo
tenía valor el sable, resolvió dar el golpe por sí solo; con la
intención, según parece, de proclamar después la dictadura de
Obando, si el golpe de Estado se consumaba ventajosamente en toda
la República. Tal es la versión que se ha dado del acontecimiento
del 17 de abril, fundada en revelaciones o indiscreciones privadas
de muchos de los principales actores en tan escandaloso drama.
Ello fue que me retiré del Club en la noche del 16
(magníficamente luminosa en altas horas), y que a eso de la una de
la mañana, al dirigirme a casa del doctor Murillo, me encontré con
una de las patrullas de tropa veterana que con otras de
milicianos democráticos, andaban preparando el golpe. Tomé el
opuesto lado de la estatua de Bolívar y me esquivé y torcí lo más
que pude para no ser conocido, y logré pasar sin novedad. Al llegar
a la casa encontré a la señora Murillo en vela en su salita y
enteramente sola. Desde algunos días antes Murillo, muy amenazado y
poco animoso para los lances peligrosos, dormía muy lejos de su
casa y enteramente oculto. La más elemental delicadeza me obligaba
a permanecer en la casa, a fin de proteger a la señora, cualquiera
que pudiese ser mi suerte.
-¿Qué sabe usted de Murillo? -me preguntó la señora, muy
alarmada, cuando hube entrado a saludarla.
-Está en lugar seguro -la contesté-. Y usted, mi señora Anita
¿por qué está levantada a estas horas?
-Temo que esta noche den el golpe, según los informes que me han
dado, y quiero estar lista para lo que ocurra.
-Bien. Entonces, si algo ocurriere, la llamaré a usted
-repuse.
-¡Cómo! ¿Y usted se queda en la casa?
-Sin duda.
-¡No, váyase usted! Usted corre gran peligro aquí.
-De ningún modo me iré mientras usted permanezca en la casa.
Mi alcoba distaba poco de una de las ventanas que daban sobre la
calle, y la casa del doctor Murillo estaba situada a unos cuarenta
metros de la esquina que llamaron del Camarín de la Concepción o de
las Secretarías, en la calle que hoy se llama Carrera 2ª al
occidente. A eso de las dos y media de la mañana dieron fuertes
golpes en la ventana, y una voz muy conocida nos llamó a Murillo y
a mí. Abrí con precaución, y afuera estaba don Patricio Pardo,
quien me dijo: "Váyanse volando, porque en este momento estalla la
revolución y una partida de democráticos vendrá a prenderlos. Lo sé
porque mi hermano Bernardo está metido en la danza y me acaba de
dar el aviso, como hermano masón, para salvarles a ustedes".
Llamé al punto a la señora Murillo, ordené a mi criado que se
quedara cuidando la casa y no abriese mientras no diese tiempo a
que nos alejásemos, y tres minutos después salí a toda prisa con la
señora, con ánimo de encaminarnos por la calle de Santa Clara abajo
(hoy día 2a al Sur), pero sin saber hacia dónde. Apenas sí habíamos
llegado a la esquina inferior del antiguo monasterio de Santa
Clara, cuando un fuerte pelotón de gente armada y de ruana asomó
por la esquina de las Secretarías (hoy día del
|Gran Hotel)
y marchó derecho a asaltar la casa del doctor Murillo. Bajábamos a
toda priesa, encontrando la calle enteramente solitaria, cuando
oímos la primera descarga de fusilería hecha sobre la puerta y las
ventanas de la casa. Recordé entonces que dos cuadras abajo vivía
una familia de Ambalema, muy poco conocida en Bogotá, -la de mi
amigo el señor Braulio Angarita-, y me ocurrió que aquel sería el
más seguro asilo. En efecto, llegamos en breve al portón de la casa
de este amigo, y por la primera ventana llamé por su nombre a la
señora. Nos abrieron, y al punto estuvimos en seguridad.
Grande fue nuestra ansiedad al oír en seguida los cañonazos que
disparaban en la plaza de Bolívar: con ellos y las más ruidosas
dianas celebraba el ejército su insigne traición del 17 de abril, y
entretanto se hacía toda diligencia por aprisionar los miembros del
Congreso y otros ciudadanos que más estorbaban a los autores de
aquella revolución de cuartel ... En nombre de la libertad se
exclamó la dictadura, se decretó la disolución del Congreso y se
declaró en suspenso la Constitución vigente, y en parte
restablecida la de 1843, como una ficción de elemento de
gobierno.
En casa de Angarita pasamos el día, y como nadie sabía dónde nos
habíamos asilado, la señora Murillo estaba impaciente por volver a
su casa e informarse de lo que hubiera ocurrido. Así lo hizo con
singular valor y entereza de ánimo, y encontró que todo en la casa
había sido destrozado y robado. Hasta habían hecho la sandez de
clavar con las bayonetas el retrato del doctor Murillo y el mío,
que pendían de la pared en el saloncito de la señora. Mi criado
había defendido el zaguán todo lo posible, y al cabo, al sentir que
trataban de echar abajo las ventanas, había abierto el portón. Le
maltrataron cruelmente, sólo por ser mi criado, le llevaron preso a
un cuartel y luego le tuvieron de soldado durante todo el tiempo de
la guerra civil, dándole de palos con frecuencia. Tal era la
recompensa que aquellos desenfrenados demagogos nos daban a los que
habíamos sido los más ardorosos tribunos de la democracia... Por mi
parte, reconozco que algo nos la merecíamos, pues con nuestras
enseñanzas habíamos extraviado, sin quererlo, a una muchedumbre
ignorante que aún no estaba educada para el gobierno verdaderamente
democrático.
Los asaltadores se habían robado de mi alcoba todo lo que
pudieron hallar a la mano: mi caja de rapé de oro, diez o doce
cóndores y otros objetos de valor; pero habían dejado un gran
sombrero de paja, un bayetón o manta de viaje, mis navajas de
barba, mis pistolas, y un buen cuchillo de monte, que tenía yo en
un baúl. Todos estos objetos me los envió la señora Murillo, en
tanto que yo me preparaba resueltamente para salir por la noche a
buscar otro asilo, pues la delicadeza me impedía permanecer oculto
en una casa donde sólo había señoras y señoritas, para quienes
podía ser gravosa mi permanencia en su modesto domicilio.
Hacia el fin de la tarde me afeité las patillas y la pera, me
pinté de negro los cabellos y bigotes, me calcé alpargates,
ensuciándolos adrede, y luego, cubriéndome con la manta y calándome
mi gran sombrero de viaje, quedé completamente inconocible. A las
siete de la noche salí a la calle, llevando mi cuchillo al cinto y
mis pistolas en las manos, resuelto a vender cara la vida si era
reconocido y trataban de atacarme o de aprehenderme. Todas las
calles estaban iluminadas por orden superior, pero nadie me
reconoció en las tres primeras cuadras que recorrí en dirección a
la calle de San Juan de Dios (hoy día calle 2 al norte), una de las
más concurridas de la ciudad.
Yo me encaminaba hacia la casa del señor Aquilino Quijano, mi
antiguo, inmejorable amigo, seguro de hallar en ella un excelente
asilo, mientras me procuraba medios de salir de Bogotá, sin mayor
peligro, para ir a tomar las armas en defensa de la causa
constitucional. Apenas si había vuelto la esquina y pasaba por
delante de una botica que tenía por allí el doctor Antonio Vargas
Reyes, cuando me encontré con el mayor riesgo. Bajaba un batallón
de doscientos democráticos comandados por el coronel José María
Barriga, que marchaba a ocupar prontamente la importante posición
de Honda; y como ya me había encontrado con dos o tres personas
conocidas que no me habían reconocido, resolví afrontar el peligro
con audacia. Paréme en la puerta de la botica y alcé la frente con
desembarazo y tranquilidad para que nadie sospechara en mí un
individuo que trataba de ocultarse o quería no ser reconocido. Todo
el batallón desfiló rozándose conmigo, y nadie paró la atención en
mí. Algunos instantes después golpeaba yo a la puerta de don
Aquilino, y su graciosa hija Virginia, casi niña todavía, salió a
abrirme. Quedé al punto instalado como en mi casa y tratado con las
más exquisitas atenciones y finezas. Allí me enteré, además, de
todo lo que había pasado, y desde luego comprendí que la
insurrección militar era poderosa y no podría ser vencida sino
emprendiendo una gran reacción y campañas en regla, acaso
prolongadas y muy sangrientas, en toda la República.
En la noche siguiente tuve un compañero inesperado y el más
agradable que hubiera podido desear: Salvador Camacho Roldán. En
la madrugada del 17 se había ocultado él en casa de una familia
Galvis, en la
|Calle de los Curas (hoy día carrera 2ª
occidente); pero a eso de las ocho de la noche la casa fue rondada
por los democráticos, y Camacho hubo de escapar saltando tapias
hasta llegar al nachuelo de San Francisco, sobre cuya orilla
izquierda daba la puerta falsa o de la caballeriza de la casa de
don Aquilino. Por casualidad se sintió que golpeaban suavemente a
esa puerta, la abrieron y Camacho pudo salvarse.
Al día siguiente se nos apareció, saltando por encima de los
tejados, Carlos Martín, que habitaba la casa contigua y permanecía
oculto. Mucho conversamos y conferenciamos allí los tres amigos y
camaradas sobre la situación creada y lo que debíamos hacer
nosotros. Martín esperaba que la insurrección no tendría apoyo y
sería de corta duración, y se inclinaba (porque siempre ha tenido
cierto espíritu de conjuración) a que se promoviese en Bogotá mismo
una contrarrevolución, apelando a tres o cuatro jefes y algunos
oficiales que no estaban enteramente comprometidos con Melo, o que
habían sido arrastrados por sorpresa al movimiento ejecutado.
Camacho y yo creíamos que tal medio no era conveniente, ni
realizable, y que lo mejor era salir a levantar prontamente los
pueblos de Mariquita, Neiva y el Cauca, contra la dictadura militar
y traidora y en defensa de la Constitución. Y este fue nuestro
partido. Martín permaneció en Bogotá, sin novedad alguna, durante
todo el tiempo de la guerra civil, hasta los últimos días de
noviembre.
Mientras que preparábamos Camacho y yo nuestra salida, con otros
amigos, estaba yo muy preocupado en otro sentido, a más de lo que
aparejaba la situación política. Desde el 18 había hecho saber
sigilosamente a la señora Acosta que estaba en sal yo y en buena
parte, lo que la había tranquilizado en lo tocante a mí; pero yo
estaba inquieto, porque Solita, muy reservada y tímida como era,
apenas me había dejado adivinar su amor, sin explicarse claramente.
Ella quería ser profundamente amada, pero también adivinada... Yo
pasaba los días de mi encierro llenando en prosa y verso todas las
páginas de un lujoso álbum que había comenzado a preparar para
ella, y me proponía enviárselo como un regalo de despedida. Al
cabo, el día de mi partida, al caer la noche, la tía Ana María, que
estaba en Bogotá, fue a visitarme y darme las gracias por el álbum,
en nombre de Solita. Al separarse de mí me dijo con la más
alentadora amabilidad: "¡Qué Dios lo lleve con bien! Váyase
tranquilo por lo que espera y desea, y cumpla con su deber como se
lo dicte su conciencia. Después todo saldrá bien".
Esto era lo que yo anhelaba, por el momento: me sentí, pues,
lleno de confianza y brío para salir de Bogotá a desafiar todo
peligro.
A las ocho de la noche salimos sucesivamente Camacho y yo,
tomando diferentes caminos, con dirección a la casa del Dividivi,
que era el punto de reunión señalado; de suerte que me fue menester
atravesar casi toda la ciudad, escapando como pude de tres o cuatro
patrullas y logrando no ser reconocido. En el Dividivi nos reunimos
con los señores Francisco, Domingo y Eustaquio Caicedo, y los
cinco, armados y acompañados de un criado que llevaba algunas
provisiones, emprendimos, protegidos por la oscuridad, la marcha a
píe hacia los Laches (campo que hace parte del extenso y poderoso
cerro de Guadalupe), por cuyos lados teníamos que ir a pasar el río
Fucha, Este grande y penoso rodeo era necesario para evitar todos
los destacamentos que Melo tenía situados en las afueras de la
ciudad, del lado meridional.
A eso de las cuatro de la mañana llegamos, mojados, ateridos de
frío, rendidos de cansancio y muy estropeados por las malezas y
asperezas de los cerros, a las casas de la hacienda de San Isidro,
que entonces pertenecía al doctor Antonio Herrán, vicario general
del Arzobispado. Allí descansamos durante dos horas y conseguimos
algunas provisiones y una bestia de carga para que las transportase
con nuestras exiguas maletas. Pero cuando ya estábamos en la orilla
del río Tunjuelo nos ocurrió un percance tan desagradable como
grotesco.
Súbitamente nos alcanzó corriendo un mozo de la hacienda y nos
dijo: " ¡Corran, porque viene gente armada!, Huir era difícil, pues
en un extenso campo habríamos estado a la vista y nos hubieran dado
alcance. Lo mejor era ocultamos como pudiéramos inmediatamente.
Pudo el peón ocultarse con la bestia detrás de un matorral, del
otro lado del río; pero nosotros, los cinco, sólo tuvimos un
recurso: hundirnos en un charco del río (cuya agua estaba tan
helada que parecía cortar como cuchillo), a la sombra de un espeso
grupo de alisos, cuyas ramas caían sobre el río, y nos metimos
hasta el cuello, con resolución de consumir la cabeza, sí esto era
menester para no ser vistos.
Llegó, en efecto, a la margen derecha del río un oficial con un
piquete de caballería, observó en todas direcciones, y no hallando
nada sospechoso se alejó en seguida. Pocos minutos después salimos
de nuestro pozo con los miembros entumecidos y sin poder casi dar
un paso.
Pasamos el río como pudimos, y comenzamos al punto a subir la
cuesta por el camino de Pasquilla. Tan empapados estábamos, que
nuestros vestidos pesaban muchísimo y casi no podíamos caminar.
Cuando ya estuvimos algo lejos y cubiertos por los grandes peñascos
salientes de un cerro, hicimos alto, nos desnudamos y envolvimos en
nuestras mantas, nos tendimos sobre la grama y el frailejón y
pusimos a secar la ropa al sol.
Tres horas después estábamos en la alta planicie del Páramo de
Pasquilla, que en aquella época y otras posteriores ha sido
excelente campamento de guerrilleros. Dondequiera la vegetación era
allí triste y raquítica, la soledad absoluta, el cielo estaba
nublado y de color gris y el huracán nos azotaba el rostro... Yo
describí la escena y las impresiones de aquel día en una
composición poética intitulada El Páramo. Ya muy adelantada la
tarde, pasamos por la orilla de un laguito llamado de los
Colorados, excavado por los derrumbes y las lluvias en el fondo del
páramo o ventisquero del mismo nombre. Es profundo, de aguas
oscuras y tranquilas, y tendrá poco más de cien metros de largo por
cincuenta de ancho. Aquel paraje tiene todo el sello de la
desolación y de la más ruda tristeza.
Logramos llegar más adelante a una miserable casucha, donde
pernoctamos, cenando tolerablemente y durmiendo en el suelo como
pudimos.
Al día siguiente marchamos desde las siete de la mañana por un
abominable camino, muy difícil de transitar aun a pie; pasamos
hacia la una por Pasca, pobre aldea de indios que hizo histórica la
nobleza de alma del conquistador Lázaro Fonte, y a eso de las cinco
de la tarde cruzábamos el llano de Fusagasugá. Allí tuvimos otro
percance. Al caer al llano oímos sonar la corneta de una compañía
veterana enviada por Melo para cubrir aquella vía, que es una de
las que comunican a Bogotá con el alto Magdalena. Temerosos de que
nos alcanzasen a ver, al atravesar una parte de la llanura que
había muy escueta y plana, tuvimos que caminar en cuatro pies, al
abrigo de una valla de piedra, en un trayecto como de trescientos
metros. Pero, en fin, no hubo novedad, pasamos luego el río Cuja, y
a las siete de la noche recibíamos hospitalidad de los señores
Muñoces en la hacienda de
|La Puerta.
Si don Francisco Caicedo Jurado (que ha sido uno de los más
insignes caminadores a pie en esta tierra) iba muy fresco y sin
novedad, los demás llevábamos los pies hinchados y casi lívidos y
destrozados por las malezas y piedras del camino. Habíamos andado
durante una noche y dos días, y no podíamos dar un paso, sobre todo
Camacho y yo. Después me he endurecido con sufrimientos y campañas,
pero en aquellos días las jornadas a pie eran casi novedades para
mí. Por gran fortuna conseguimos bestias, bien que por más del
doble de su precio de alquiler, y pudimos seguir a caballo, por
Melgar y el Carmen, hasta Santa Rosa.
Pero ¡qué figuras las que llevábamos! En lugar de sillas de
montar nos habían proporcionado simplemente
|jamugas
-especie de enjalmas hechas con calcetas o bejucos de corteza de
plátano-, y no teníamos frenos para guiar las cabalgaduras ni
estribos para apoyar los pies. Hice para mi jamuga estribos con
unos lazos plegados, atravesándoles en lo bajo unos palitos para
asentar los pies sobre ellos. Cuando estuvimos a caballo,
aderezados a la diabla, parecíamos todos pujes de San Juan
derrotados; pero continuamos la marcha alegremente y nos creímos
seguros, recorriendo aquellos hermosos campos solitarios, una vez
que dejamos atrás el impetuoso y profundo río Icononzo, sobre cuyo
abismo tendió la mano de Dios el maravilloso
|Puente de
Pandi.
Horas terribles fueron las primeras de la noche, que pasamos
subiendo la larguísima cuesta de El Muerto, con lluvia, en la más
profunda oscuridad y andando por atolladeros y barrancos; y
después, dignas de la pluma de un hábil escritor de costumbres las
escenas de la posada que pudimos procurarnos. En un romance
intitulado El canto del gallo, que dediqué a Camacho Roldán,
describí mucha parte de aquellos incidentes.
En el puerto de Santa Rosa me separé de mis compañeros. Camacho
siguió con los Caicedos para Purificación, y después él solo para
el Cauca a trabajar activamente en el sentido de la reacción
constitucional, y yo me embarqué en una pequeña canoa, con Carlos
Abondano, bajé el río al sol y al agua y llegué al día siguiente a
Ambalema.